13 de julio de 2009

OPINIÓN.

Neogolpismo
Por Juan Gabriel Tokatlian *
El golpe de Estado convencional –la usurpación ilegal, violenta, preconcebida y repentina del poder por parte de un grupo liderado por los militares y compuesto por las fuerzas armadas y sectores sociales de apoyo– fue una nota central de la política latinoamericana y del Tercer Mundo durante el siglo XX. El fin de la Guerra Fría, la ola democratizadora de los años noventa, el avance de la globalización, la gradual reducción de las disputas fronterizas entre países, la creciente interdependencia mundial y las promesas de la integración económica regional parecieron presagiar el ocaso del golpismo en la periferia. Sin embargo, el espectro golpista sigue intacto. Desde 2000 a la fecha se han llevado a cabo 24 golpes de Estado, unos exitosos y otros fallidos, en Africa, Asia y América latina y el Caribe. Los dos últimos, en 2009, se han producido en Madagascar y Honduras.
Con el tiempo, se fue gestando un neogolpismo: a diferencia del golpe de Estado tradicional, el “nuevo golpismo” está encabezado más abiertamente por civiles y cuenta con el apoyo tácito (pasivo) o la complicidad explícita (activa) de las Fuerzas Armadas, pretende violar la constitución del Estado con una violencia menos ostensible, intenta preservar una semblanza institucional mínima (por ejemplo, con el Congreso en funcionamiento y/o la Corte Suprema temporalmente intacta), no siempre involucra a una gran potencia (por ejemplo, Estados Unidos) y aspira más a resolver un impasse social o político potencialmente ruinoso que a fundar un orden novedoso.
En Latinoamérica ha existido una suerte de “aprendizaje” en materia de golpismo. Por ejemplo, los que se efectuaron en Ecuador –contra Abdalá Bucaram en 1997 y Jamil Mahuad en 2000– fueron ganando en efectividad y sofisticación, al punto de que los “putchs” cívico-militares fueron, a regañadientes, tolerados y aceptados en la región. No existió una virulencia desproporcionada y las sucesiones presidenciales se encargaron de darles visos de cuasi constitucionalidad. Washington y Brasilia (en especial, en el caso de Mahuad) no cuestionaron seriamente lo ocurrido y el Grupo de Río y la Organización de Estados Americanos se desentendieron.
Tiempo después, en 2002, se produjo la fracasada remoción forzada de Hugo Chávez en Venezuela. La región –particularmente Argentina, Brasil y Chile– reaccionó de inmediato, repudiando lo ocurrido y definiendo lo sucedido con el calificativo de golpe de Estado. La Casa Blanca no deploró el golpe; más aún lo justificó (lo mismo hicieron España, Colombia y el Fondo Monetario Internacional). La administración del presidente George W. Bush actuó como si se tratase de un “golpe benévolo”; es decir, le dio la bienvenida al intento de derrocamiento de un gobierno electo democráticamente, ya que los golpistas actuaban en consonancia con las preferencias ideológicas de Estados Unidos. La coalición cívico-militar venezolana terminó consumando un golpe ortodoxo y autoritario que, no obstante, resultó fallido: el detenido Hugo Chávez retornó a la presidencia.
Dos años más tarde, en 2004, se produjo la salida forzada de Jean-Bertrand Aristide en Haití. Tal como en Venezuela, en el ejemplo haitiano los golpistas insistieron en que Aristide fue el que provocó, con su comportamiento, la crisis institucional que lo llevó a su remoción del gobierno: de ese modo se justificó la destitución del presidente. De hecho, se producía –al igual que en el caso de Chávez pero esta vez con éxito– una inversión de valores, pues se terminó responsabilizando a la víctima en lugar del victimario. La coalición golpista y Washington aprendieron de un error previo en el caso venezolano: en vez de detener temporalmente a Aristide, el embajador de Estados Unidos puso al depuesto mandatario haitiano en un avión y lo envío a República Centroafricana; donde se había producido un golpe de Estado exitoso en 2002 y el golpista François Bozizé hizo redactar una nueva Constitución y resultó electo presidente en 2003.
Así llegamos al primer golpe de Estado exitoso en Centroamérica en el siglo XXI: el 28 de junio fue derrocado el presidente de Honduras, Manuel Zelaya. El presidente del Congreso, Roberto Micheletti, asumió como mandatario de facto. Los militares irrumpieron en la residencia oficial de Zelaya, lo detuvieron y lo trasladaron a Costa Rica. Los golpistas de la poderosa coalición cívico-militar aprendieron las lecciones de Venezuela y Haití: preservando el funcionamiento del Legislativo y del Judicial, expulsaron del país al mandatario constitucional. Sin embargo, en esta oportunidad el rechazo y repudio general fueron elocuentes. Todo el hemisferio, sus organizaciones políticas, las Naciones Unidas, la Unión Europea, el Banco Mundial, el Banco Interamericano de Desarrollo, ONG de derechos humanos y gobiernos de diversa orientación ideológica se manifestaron masiva y unánimemente contra el golpe de Estado.
La coincidencia de voces fuertemente críticas es muy alentadora. Sin embargo, si el golpe resulta victorioso –y esto significa que Zelaya no es restituido siquiera temporalmente en la presidencia– entonces la tentación del neogolpismo regional crecerá. Los golpistas entonces habrán aprendido una nueva lección: deponer y ejecutar el mandatario en el gobierno, simular que la crisis era de tal envergadura que no había otra opción que remover al Ejecutivo, mantener formalmente las instituciones y esperar hasta que las políticas antigolpe de la comunidad internacional resulten improductivas.
El caso de Honduras es muy trascendental: el futuro de la democracia en América latina está en juego. Y eso lo saben todos, en Washington, en Caracas y en Buenos Aires.
* Profesor de Relaciones Internacionales de la Universidad Di Tella y miembro del Club Político Argentino.


LAS ORGANIZACIONES RELIGIOSAS, CON LA DICTADURA
La fe mueve a los “gorilettis”

Por Arturo Cano *
Desde Tegucigalpa
Mientras el presidente Manuel Zelaya continúa empujando a Estados Unidos y promete acciones para regresar a su país, aquí unos rezan para que no vuelva y otros siguen en las calles para traerlo de regreso. En un complejo deportivo llamado Villa Olímpica, las gradas semivacías parecen dar la razón a los seguidores de Zelaya: muchos de los asistentes a las marchas blancas en apoyo al golpe de Estado van porque los empresarios, sus patrones, los obligan a asistir.
A pesar de la convocatoria a través de la televisión y la radio, de las planas enteras en los periódicos, la Iglesia Católica, la Confraternidad Evangélica, la Red Apostólica y la comunidad judía no llenan un pequeño estadio de béisbol. Los organizadores deben pedir a la gente que abandone las gradas y se reúna en el césped, frente al templete. Apenas se ocupa una sexta parte del campo.
“¡Bendito seas, Dios, por esa libertad que la democracia nos ha traído a Honduras!”, grita el pastor en el arranque de la Jornada de oración por nuestra nación. Los organizadores presumen un evento que se transmite a todo el mundo, a través de una red satelital evangélica, y se hacen presentes canales de televisión nacional, incluidos el 5, privado de gran audiencia, y el 8, que es el oficial.
Kevin Enamorado, representante de la comunidad judía, afirma que discutieron mucho si aceptaban la invitación de los jerarcas católicos, “porque nuestra comunidad no tiene posición política de ningún tipo”. Aceptaron, y Enamorado aprovecha para hacer “un enérgico llamado a todos a la paz, que no estamos dispuestos a cambiar ¡ni mucho menos a negociar!”.
Luego se hace sonar el enorme cuerno llamado shofar: “¡Con este sonido los ángeles de Dios bajan para proteger del mal a las almas buenas de Honduras!”, explica otro representante de la comunidad hebrea.
Y el evangélico completa: “¡Es el sonido de nuestra victoria en Cristo!”.
Otro de los victoriosos presentes es Darwin Andino, obispo auxiliar de Tegucigalpa, quien con el cardenal Andrés Rodríguez Madariaga enfrentó a Zelaya por el tema de la consulta popular: “El país no se puede entregar al chavismo ni a nadie, pues queremos seguir siendo libres e independientes”, aseveró Andino tres días antes del golpe.
Andino niega que el cardenal, a quien en 2005 se llegó a mencionar como papable en el Vaticano, haya estado al tanto de los preparativos del golpe, pues asegura que ni siquiera se encontraba en el país.
“El profundo atavismo de fervor cristiano que existe en Honduras mantiene en las capas modestas de este país un extraordinario potencial de movilización” (AndréMarcel d’Ans. Honduras después del Mith. Ecología política de un desastre. Cedoh, 2008). El mismo autor, desaparecido el año pasado, decía que la ardiente religiosidad y el fervor militante de los hondureños resultan muy temibles para los políticos.
Ciertamente, algunas (iglesias) se han manifestado en público, han participado en las marchas, blanqueadas y perfumadas, han hablado de paz y de diálogo junto a las armas. Han cerrado sus ojos y sus corazones al dolor de los que han sido brutalmente golpeados, perseguidos. El discurso teológico ha sido similar al discurso golpista. La Constitución es Dios. Ambos invitan al diálogo y a la paz sin restituir el orden constitucional. A la Constitución rogando y con la culata dando, afirma Juan Almendares, ex rector de la Universidad Autónoma de Honduras.
No todos los líderes religiosos están con el golpe, naturalmente. Con los zelayistas marcha el Movimiento Cristiano Popular y en los primeros días tras el golpe el Consejo Diocesano de Pastoral de la Diócesis de Santa Rosa de Copán emitió un comunicado que decía: “Repudiamos la sustancia, la forma y el estilo con que se le ha impuesto al pueblo un nuevo jefe del Poder Ejecutivo”.
* De La Jornada, de México.

Matan a políticos de izquierda
Dos dirigentes sociales del partido de izquierda hondureño Unificación Democrática (UD) fueron asesinados el sábado en el norte y occidente del país centroamericano. El presidente de una de las dos corrientes de UD, Renán Valdés, precisó que las víctimas eran Roger Bados, de 54 años, y Ramón García, de 40, y que hasta ahora “se desconocen las causas” de ambos crímenes, aunque el propio partido habría comenzado una investigación para determinar si existe alguna conexión entre las dos muertes y el clima político y social que se vive en Honduras desde el golpe de Estado el pasado 28 de junio. Valdés explicó que Bados, quien fue presidente local de UD, educador popular y miembro del Bloque Popular, fue asesinado en el sector de la populosa colonia Rivera Hernández, a pocos kilómetros de la ciudad de San Pedro Sula, la segunda en importancia del país. Según el relato de testigos reproducido por el hombre de la UD, “un hombre llegó a la casa de Bados a preguntar por un sobrino suyo y cuando respondió que iba a buscarlo, el agresor le disparó tres veces por la espalda, hiriendo también a otras dos personas de la familia”, tras lo cual huyó en bicicleta. El caso de García, a su vez, fue igualmente directo. “El compañero García fue bajado de un autobús por desconocidos a eso de las 16.00 hora local del sábado, en el sector de Callejones, departamento occidental de Santa Bárbara. Luego fue hallado muerto”, denunció el militante. Sobre García, además, Valdés agregó que éste venía participando activamente de las manifestaciones en el occidente del país para que Zelaya regrese y asuma de nuevo el poder, ahora en manos del Ejército y el legislador Roberto Micheletti, antes presidente del Parlamento y ahora dictador.
(Fuente:Pagina12).

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