27 de noviembre de 2011

LOS DILEMAS DE UN SOBREVIVIENTE.

Mario Villani
Los dilemas de un sobreviviente
Publicado el 27 de Noviembre de 2011
Por Gerardo Aranguren
Mario Villani estuvo desaparecido 1300 días durante la última dictadura militar. Físico de profesión, sus amplios conocimientos de electrónica le permitieron sobrevivir en el oscuro tránsito por cinco centros clandestinos de detención. En una entrevista con Tiempo Argentino, recuerda el horror del cautiverio y habla de la carga de la relación que mantuvo con los represores. Las contradicciones que lo persiguieron durante los últimos 30 años.

Desde su secuestro, Mario Villani luchó por sobrevivir cada minuto de los 1300 días en los que estuvo desaparecido. Su anhelo secreto, mientras era utilizado como mano de obra esclava para reparar aparatos electrónicos o limpiar y cocinar, era poder relatar lo que había padecido junto a sus compañeros en su paso por Club Atlético, Banco, el Olimpo, el Pozo de Quilmes y la ESMA. Y así lo hizo en el Juicio a las Juntas en 1985, en Europa, luego de las leyes de impunidad y los indultos, y en los últimos meses en las causas contra los represores del circuito ABO y ESMA.
Su libro, Desaparecido. Memorias de un cautiverio, que escribió junto a Fernando Reati, es un nuevo intento por decir lo indecible y también para reflexionar sobre las preguntas que lo tuvieron en vilo los últimos 30 años: ¿Por qué lo dejaron vivir? ¿Cuál fue su grado de colaboración con la represión?
Mario fue secuestrado en noviembre de 1977, a los 38 años. Fue llevado por una patota al centro clandestino de detención Club Atlético, donde le robaron la identidad. Allí fue nombrado “X96” y torturado durante varios días. Su profesión, físico, y sus conocimientos avanzados de electrónica lo volvieron útil para el mantenimiento diario del campo y para los arreglos que los miembros de la patota le iban pidiendo: televisores, radios, equipos de música. Esa capacidad lo llevó a integrar el “Consejo” o “Staff”, un grupo de detenidos que se encargaba del orden del centro y que tenía ciertas libertades, como no estar tabicados. Esos “privilegios” de los que gozaba y la convivencia diaria con los torturadores le permitirían, años más tarde, identificar a más de 130 represores y a casi 200 secuestrados con los que compartió cautiverio. Del Consejo también formaron parte otros detenidos que hacían tareas de inteligencia o que señalaban y torturaban a sus propios compañeros. “Ni el peor colaborador es equiparable con un represor”, reflexiona Villani en el libro.
“Estoy seguro de que lo que hice ayudó a los represores. Yo no niego haber sido un colaborador como tampoco niego ser un ser humano. Cada uno hizo como pudo para sobrevivir. Es como si tuviera que pagar un precio por sobrevivir. ¿Hasta qué precio estoy dispuesto a pagar? ¿Qué precio le pongo a mi vida? ¿Estoy dispuesto a torturar a un compañero para sobrevivir o a arreglar un televisor?”, piensa Villani mientras dialoga con Tiempo Argentino en un bar del centro porteño. Junto a él está Reati, quien lo entrevistó durante tres años para armar el relato testimonial que se publicó este año con prólogo del juez de la Corte Suprema Eugenio Zaffaroni.
–Pero el límite lo trazó cuando se negó a arreglar la picana del torturador Colores (el fallecido Juan Antonio del Cerro)...
–En ese momento me pregunté, ¿contribuyo a la tortura y salvo mi vida o no contribuyo y me arriesgo a que me maten? Pero Colores estuvo mucho más sutil de lo que hubiese pensado. Porque empezó a usar un vari volt, que producía quemaduras profundas, que los detenidos entraran en coma y hasta la muerte. Hubo un momento que no soporté más y le reparé la picana, por lo menos así iba a haber menos gente en coma.
–Además tuvo la rebeldía de bajarle la potencia a la picana...
–Es que ellos no podían darse cuenta de eso, sino la hubiesen reparado ellos mismos la picana. Les devolví una picana más débil y sufrían menos los torturados. También pagué el precio arreglándole los televisores al Petiso Rolando (Guillermo Minicucci). Es una especie de colaboración porque yo le arreglaba el televisor, él como jefe del Banco y Olimpo no me incluía en los traslados. Eso hacía que otros prisioneros me vieran vivo, con privilegios por ese tipo de cosas. Yo abrí los ojos y reconozco que tuve esa colaboración para sobrevivir.
–La sociedad por mucho tiempo silenció estos hechos. ¿Por qué decidió hablar y atestiguar?
–Cuando estaba detenido pensaba “tengo que sobrevivir, tengo que salir y contar todo esto”. Cuando salí en libertad me pregunté “¿por qué a mí?” La única respuesta que pude encontrar es que necesitaban que alguien lo contara, como una forma de difundir el terror. Contándolo estaba cumpliendo un mandato pero si no lo contaba estaba siendo cómplice de esos delitos. Finalmente tomé la decisión de contarlo y también de contar este dilema.

“La vida en los campos estuvo plagada de dilemas”, asegura Villani también en su libro. Allí no sólo se encontró ante la decisión de arreglar una picana. También pasó varias horas haciendo respiración artificial a un hombre sabiendo que si se salvaba inmediatamente iba a ser torturado nuevamente o debió sentarse afuera del quirófano (sala de torturas) para, impotente, cebarle mate a los interrogadores mientras escuchaba los gritos desbocados de la víctima.
Villani describe esas situaciones límite como una tortura peor que la picana o los golpes.
En esa misma secuencia, recuerda un paseo surrealista y macabro en el tren para niños del Parque Chacabuco junto a dos represores y dos detenidas embarazadas. O haber visto el Mundial de Fútbol de 1978 mientras estaba cautivo en el Banco. “Cuando estábamos viendo la final Argentina-Holanda yo pensaba que estaba condenado a muerte, eso era una tortura. Veía el televisor como una ventanita a un mundo al que yo no tenía acceso”, rememora.
“El objetivo de este libro es que la gente entienda que no hay que bajar los brazos”, repite varias veces durante la entrevista. Y finaliza: “Esto no termina con las condenas porque si no mantenemos los ojos abiertos puede volver a pasar, si no terminamos con un sistema que necesita a los torturadores el mismo sistema va a generar nuevos”.
Fuente:TiempoArgentino