En su búsqueda por reconstruir la historia de los jugadores desaparecidos, Julian Axat cuenta en primera persona cómo llegó al wing izquierdo de LPRC, cuyos últimos rastros quedaron en la emoboscada del río San Gabriel.

Hugo "Pinino" Lavalle, con la camiseta de La Plata Rugby Club
“¿Juegan los Canarios? ¿Me desean suerte?” Le decía Hugo “Pinino” Lavalle a sus padres antes de irse a cada partido. “Pinino”, sobrenombre que le pusieron los amigos por el parecido físico con el astro de River Plate Oscar “Pinino” Más. Bajito y potente, sus poderosas piernas retaconas le daban un pique corto y una fuerte pegada que la colocaba en ángulos imposibles. “Pinino” Lavalle no solo compartía esas virtudes transferidas al Rugby, sino que también lo honraba en la misma posición: wing izquierdo. De la historia de “Pinino” poco se sabe, hasta ahora.
Alguna vez “Tite” Eliçabe, hablando sobre la historia de mi padre, empieza a hablarme de “Pinino”: “Ese muchacho retacón y rápido a quien entrenábamos en las inferiores, y que de un día para otro cambió a Los Canarios por el Monte Tucumano…”. La historia parecía impresionante.
Mi encuentro con esa historia es por Alicia Lavalle, su hermana. Estos cruces vienen surgiendo casuales, inesperados. A veces me buscan, a veces los busco. Después escribo. En un evento de Hijos La Plata ella se acerca y me pregunta si soy el que anda escribiendo sobre los jugadores desaparecidos de LPRC. Yo ya sabía de ella, hace rato la buscaba.
Un tiempo antes había salido una nota sobre la historia de Santiago Sánchez Viamonte, y Alicia llamó por teléfono a la hija, Verónica, para preguntarle cómo era posible que en todos los registros su hermano figurase como un ex jugador de rugby asesinado, y punto seguido: “sin datos”. El día que Alicia me encuentra y pregunta si soy yo el que anda escribiendo sobre los jugadores desaparecidos de LPRC, me dice que todo esto es un disparate: “Ni asesinado, ni sin datos”.
Hace pocos días nos juntamos con Alicia en un café. Ella despliega sobre la mesa un arsenal de fotos, cartas, banderines del club, recortes de diarios, recibos de pago de una pelota datada en 1969. Las piezas del puzzle “Pinino” que yo voy a intentar armar:

Hijo de Florentino Lavalle y de Inés Casamiquela, Hugo Aníbal nace la tarde del 26 de julio de 1952 en La Plata. El nacimiento ocurre horas antes del fallecimiento de Evita. La anécdota que cuenta Alicia es que esa misma noche, su padre Florentino es detenido por la policía no por violar el luto, sino por estar tomando unas copas con sus amigos celebrando la llegada de su hijo.
Se crían en la casa de calle 58 entre 11 y 12. Va al Normal 3. Alumno abanderado, los boletines que me muestra Alicia son con todos con calificaciones diez. Me habla de sus amigos Homero Bibiloni, los vecinos Elena y Gustavo Mariani, su novia Silvia Bordoni. .

Le gustaba tocar la guitarra. Pero el deporte parece algo fundamental en la vida de "Pinino". El fútbol en sus inicios. Hincha del lobo, el padre lo lleva a la cancha seguido. Alicia me muestra una foto publicada en el diario El Día, en la que se lo ve a Pinino sentado en los tablones manipulando un yoyó. El rugby aparece a los 12 años, en las inferiores de LPRC. Coincide no casualmente con el momento en que ingresa al Colegio Nacional, la mudanza con la familia a la casa de la calle 55 entre 3 y 4; y la aparición en su vida de los amigos de juego: Marcelo Arriaga, Roberto Larrain, Hernán Mathieu, Homero Bibiloni, “Pinfo” Garriga y otros
La cuarta, quinta y sexta de LPRC. “¿Juegan los Canarios? Me desean suerte?” ya era un clásico en la casa de la calle 55, al punto que Florentino va a reescribir esa frase muchos años después, jugando a ser el alterego de su hijo. “Pinino siempre venía roto de los partidos”, dice Alicia. Pero hay dos anécdotas puntuales que recuerda especialmente. La primera es cuando se construyó una parte del Buffet en el predio de Gonnet, estaban los vidrios recién puestos y sin marcar, Pinino se los llevó por delante. La segunda es un accidente en pleno juego: cae encima de la guinda y le explota el vaso sanguíneo. Lo trasladan de inmediato, lo operan y se salva de milagro.
Que se puede vivir sin vaso lo prueba al año siguiente cuando egresa del Nacional, y hace un viaje de aventuras por Europa con dos amigos. “A trabajar”, le dice a sus padres antes de subirse al avión. Al poco tiempo llegan las cartas: “Sabés lo que es pelar una bolsa de papas…?”; “sabés lo que es lustrar 150 pares de zapatos?”. Empleado en un colegio inglés, después prueba suerte en el Metro de Paris pasando la gorra con la guitarra, al ritmo de “mañanas campestres”. Y les va excelente dice Alicia. El viaje dura hasta fines de 1972.

Corre el año 1973, ingresa a la facultad de Arquitectura de la UNLP. Ya por entonces quedan atrás los días del Rugby. La experiencia en las clases y talleres de Jorge Togneri lo van a marcar, dice Alicia. Por entonces Jorge Togneri proponía una visión de vanguardia en el claustro (“el arquitecto como artista urbano”). Esas ideas innovadoras impactaban a estudiantes como Hugo Lavalle, que comenzaban a vivir el proceso de radicalización política, del que tampoco es ajeno Alicia, quien por entonces transita la facultad de psicología.

La militancia de Pinino comienza en la Facultad. Alicia no puede definir con exactitud cuándo y de qué manera, ni cómo decide ir al monte Tucumano. Hay hechos que son como indicios. Por un lado un antecedente familiar: su prima Graciela Lavalle, militante de las FAP, presa desde 1972 y amnistiada por Cámpora en 1973. Alicia no puede asegurar si existía algún contacto entre su hermano y su prima; pero percibe que hay algo en esa presencia. Sin embargo Pinino no se define por el peronismo, sino como militante de superficie del PRT. Distribuye "El Combatiente" o "Estrella Roja", va a los barrios, se anota de manera infructuosa en algunas fábricas para proletarizarse, y hasta trabaja de albañil. Alicia cuenta que entre 1973 y 1974 hizo un viaje con Hugo al Congreso del FAS, recuerda que vieron de cerca de Agustín Tosco, y eso fue algo muy impactante para ambos.
El ambiente que se vivía en la casa de 55 era natural, dice Alicia. Sus padres nunca se opusieron o discutieron las elecciones políticas de sus hijos. Todo lo contrario, se vivía como algo normal las inclinaciones que tenía Hugo por lo social. Que él fuera un tipo solidario, que se apareciera con los hijos de los compañeros y les pidiera a ella y a su madre que los cuidaran por un rato, o que algunas noches ni apareciera, formaba parte del mismo clima.
Pero el 13 de septiembre de 1975 Hugo le plantea a su familia que va a hacer un viaje a Tucumán. Todos pensaron que iba a militar y a trabajar, más o menos lo que venía haciendo en La Plata por entonces. Alicia no se olvida que lo ayudó a armar el bolso. Nadie de la familia pensó que no lo iban a ver más. Un mes y dos días después de haber llegado al monte, Pinino desaparece. Tenía 23 años.

La batalla de San Gabriel lejos está de haber sido una batalla. El arte de ponerle nombre épico a los sucesos para ocultar el embrión del terrorismo de Estado simulando enfrentamientos, era una forma que para 1975 ensayaba el Operativo Independencia, y de alguna manera anunciaba lo que se iba a venir a partir del 24 de marzo de 1976. El operativo sobre el río San Gabriel fue orquestado por el propio Acdel Vilas, dos días después de que se firmara el decreto 2772, instruyendo a las Fuerzas Armadas a aniquilar el accionar subversivo. Con esa cobertura el 10 de septiembre de 1975, tres helicópteros especiales de ataque salieron hacia un objetivo fijo: la reciente unidad conformada entre ocho y doce combatientes del ERP que actuaba a lo largo de la ruta 38. Detectados de antemano cerca del arroyo, el objetivo era emboscarlos en el momento justo que fueran a aprovisionarse; pues como dice Daniel Gutman en su libro "La Sangre en el Monte" (pág. 209/2010) el primer objetivo del Operativo Independencia, no fueron los guerrilleros, sino amedrentar a los almacenes cercanos a la ruta 38, de manera de contar información precisa sobre los movimientos de los guerrilleros.

El relato de una supuesta batalla que uno encuentra en muchos registros, no es más que la farsa oficial montada por los periodistas convocados por los militares para encubrir una ejecución. De allí que ante una cacería devino en una masacre en la que un puñado de combatientes se defendió hasta las últimas circunstancias (el periódico Estrella Roja, del 2 de Noviembre de 1975 “La Verdad sobre Tucumán”, Pág.7 reconstruye el episodio resaltando el valor de los combatientes emboscados).
Inmediatamente después de los hechos, Florentino Lavalle viajó a Tucumán. Lo hizo en dos oportunidades. Además de interponer habeas corpus y denunciar la situación ante la OEA, en la zona del Acheral se entrevistó con los pobladores, pero no pudo dar con mayores datos sobre el paradero de su hijo. Por intermedio de la abogada Alicia Noli, hoy jueza federal de Tucumán por entonces una profesional comprometida, Florentino logra dar con un baqueano que arma un croquis y anota que el día 10 de octubre vio cómo el ejército cargaba diez cuerpos que habrían sido depositados en el patio de un galpón a la vera de la ruta 38; luego cargados con rumbo desconocido. De acuerdo a la anotación sobre el croquis, habría una constancia de esos cadáveres en la Brigada de Investigaciones de Tucumán, en la que se solicita con fecha 22 de octubre la autopsia de once cuerpos en zona de operaciones. Los cierto es que el ejército ya utilizaba la técnica de desaparecer los cuerpos.

Por eso Alicia repetía que su hermano no podía figurar como asesinado, pues su cuerpo nunca apareció, ni se dio un comunicado con los nombres de las supuestas bajas. Hasta el momento tampoco sus restos fueron identificados por el Equipo Argentino de Antropología Forense (en el Cementerio del norte de Tucumán existen fosas comunes en el que fueron hallados restos NN, e identificados en algunos casos).
Según el relato que hace Alicia, los otros desaparecidos que ella tiene apuntados (desconozco la fuente de dónde los obtuvo) serían: Roberto Conde, Héctor Campos, Angélica Fonseca Alonso, Adriano Daniel Ramírez, Augusto Roberto Ricardo. Hay cinco cuerpos hasta el momento NN. Al googlearlos muchos de esos nombres figuran como estudiantes desaparecidos de la Universidad Nacional de La Plata.
Sobre las bajas del ERP entre el 7 y el día 10 de octubre la cuestión es polémica, pues en esa secuencia existen dos emboscadas del ejército: una en la ruta 38, zona de arroyo San Gabriel, y otra en Sauce Huasco, el kilómetro 14 de la ruta 307. El ejército comunica 13 bajas (es el parte dado al diario La Prensa del 12/10/75), Estrella roja habla de 10 bajas en San Gabriel. En el libro La Voluntad, Tomo II, pág 588 se relata los asesinatos de Asdrúbal Santucho y Manuel Negrín, y con posterioridad (pág 589), se menciona a los guerrilleros muertos en “El Acheral”, y refieren 10 combatientes, sin contar a Negrín y Asdrúbal. Por su parte, María Seoane no refiere el número de bajas, pero sí los episodios (Todo o Nada, Pág 251). En el libro ya citado de Daniel Gutman (Pág. 266), un periodista que estuvo presente y describe la masacre (y a quien Gutman le preserva el nombre), refiere 14 bajas.
He intentado rastrear algún dato sobre la vida de "Pinino" en el mes que estuvo en el Monte; no he encontrado nada. Ninguna de las memorias de los compañeros del PRT-ERP lo menciona o caracteriza. Alicia me dice que también buscó, y nada. En la novela La compañía del Monte (Pág. 154/206), Eduardo Anguita narra la experiencia por los mismos días que estuvo Pinino, casualmente construye un personaje ex jugador de rugby (“Ramón”, el que no sabemos si es inventado o se trata del mismo Anguita), quien salva a un compañero herido, y más tarde es relevado por la cúpula para ser preservado.
Entre las cosas que Alicia tenía dentro de una caja, y con la cual armé este rompecabezas, hay una libreta del Reglamento del juego del Rugby (UAR – 1965), que ahora llevo conmigo a préstamo y como talismán. En la hoja final hay una cita que la cierra, dice así: “Sportsman es aquel que no solamente ha vigorizado su músculo y desarrollado la resistencia del ejercicio de algún gran deporte, sino que, en la practica de ese ejercicio, ha aprendido a reprimir su cólera, a ser tolerante con sus compañeros, a no aprovechar una vil ventaja, a sentir profundamente como una deshonra la mera sospecha de una trampa, y a llevar con altura un semblante alegre bajo el desencanto de un revés”.

En busca de Abigail, el desaparecido 18 de La Plata Rugby
Después de una referencia realizada por la presidenta Cristina Kirchner a los deportistas perseguidos, Julián Axat relata en primera persona la búsqueda de Abigaíl Attademo, la víctima omitida hasta ahora.

Abigail Attademo, el que se agacha atrás del que lleva la pelota
Por Julián Axat La historia de los 17 desaparecidos de La Plata Rugby Club (LPRC) es conocida. Muchos escribieron sobre ella. Gustavo Veiga con sus notas en Página 12, más tarde escribió un libro y hasta filmó una serie de pronta aparición en la TV pública. El escritor José Supera armó notas periodísticas y un “hall de la fama” en la revista interna del Club. Yo escribí un poema que se titula “Los canarios románticos”. Hasta acá, los jugadores desaparecidos de La Plata Rugby eran 17.
Nuestra presidenta, en un acto celebrado el jueves con motivo de la inauguración de DeportTV, mencionó a los jugadores de rugby desaparecidos de su ciudad, dijo bien: “eran 18… algunos muy amigos”. Pero esta historia es reciente. El jugador de rugby desaparecido número 18, era una omisión a punto de develarse, y que muy pocos conocían. Nuestra presidenta sorprende por su capacidad de información. Se anticipa a los hechos.
Vamos a la historia. La omisión de un jugador de Rugby desparecido por el terror de Estado es un agujero en la memoria colectiva de una institución. Un agujero en las palabras y en los recuerdos de varias generaciones de deportistas dentro de un mismo espacio. La justicia de la palabra salda estos olvidos, involuntarios por cierto, pero deliberados por efecto inconciente del terror de los perpetradores; incluso a tantos años vista.
Como todos los años, la camada 47 de La Plata Rugby suele juntarse a cenar, y recordar viejos tiempos. En las sobremesas de vitalicios las hazañas relumbran como instantes de peligro. Puedo jurar que por un retazo de pasado los he visto gritar y hasta casi batirse a duelo. Pero esta vez alguien recordó un partido, y luego un try hecho con agilidad y precisión. Entonces relumbró Abigail. Y entonces sucedió lo que tenía que ocurrir: tomaron consciencia de la omisión de “Abi”
La omisión de “Abi” es la de todos al mismo tiempo. La de todo un Club que mantiene viva su memoria, y su juego entre el pasado y el presente. Se cristaliza en una formal placa colocada hace diez años en el quincho central que recuerda a los 17 jugadores desaparecidos con una frase polémica: “A los jugadores víctimas de los 70”; como si el concepto de década bastara para nombrar el terror. Por suerte, tantas sobremesas hacen que la Comisión Directiva aprenda de los procesos de verdad y justicia; por eso últimamente la frase les viene haciendo algo de ruido... Aunque la omisión de “Abi” no es solo un ruido, es un eco profundo que exige un 2013 con otra placa.
Pero vayamos a Abigail Armando Attademo.
Abigail. “Abi”. Más tarde “Pedro”. Luego el “Comandante Miguel”. Nació en La Plata el 3 de Abril de 1948. Hizo La primaria en la Escuela “Anexa” de la UNLP. La secundaria en el “Colegio Nacional” Rafael Hernández. Por ser de abril le tocó la camada del 47. Allí se hizo amigo de mi padre Rodolfo “Fel” Axat, y de tantos otros que conforman “la barra”: “Naca” Pérez Arzueta, el “Negro” Eduardo Bustillo, Ricardo “Tite” Eliçabe; Juan “el gordo” Gascón; el “flaco” Bonilla, etc. La “barra” del Nacional de 1 y 49, no es solamente una camada. Es también la octava, más tarde la séptima, la sexta; todas del “Canario” La Plata Rugby Club.
Para Silvia Attademo, la única hermana de Abigail con quien consulté, la posibilidad de que su hermano jugase al rugby, eran inciertas. Le escribí varias veces para consultarle detalles. Me dijo que le preguntaría a algunos compañeros. A las semanas me escribió diciéndome que podría ser posible, pero que no había, ni tenía pruebas.
En el medio me escribe el querido Gustavo Veiga a punto de irse a Cuba a presentar su “Deporte y Dictadura”. Me pregunta si ya hay prueba cierta que Abigail Attademo es el desaparecido 18, “el olvidado”, me dice. Le digo que sí (apuesto que sí nomás), que “desde ya”. Pero –en el fondo- aun estoy en esa pesquisa.
Por esos días el “olvido de Abi” me lleva al compañero de mi padre y de Abi; “Tite” Eliçabe. Es Tite quien un sábado por la mañana me lleva a la casa del “Gordo” Gascón. Parecen médiums en una mesa del jardín. Se ponen a recordar situaciones de juego, me hablan de la inconstancia “muchas veces Abi se aparecía y venía a jugar, otras no… pero cuando jugaba, sí que jugaba”. Entonces “el Gordo” que está seguro que tiene fotos de Abi, saca un álbum de recortes amarillento (herencia del padre), y comenzamos a ver fotos del diario “El Día” de la época. Ahí estaba Abigail:
Nuestra presidenta, en un acto celebrado el jueves con motivo de la inauguración de DeportTV, mencionó a los jugadores de rugby desaparecidos de su ciudad, dijo bien: “eran 18… algunos muy amigos”. Pero esta historia es reciente. El jugador de rugby desaparecido número 18, era una omisión a punto de develarse, y que muy pocos conocían. Nuestra presidenta sorprende por su capacidad de información. Se anticipa a los hechos.
Vamos a la historia. La omisión de un jugador de Rugby desparecido por el terror de Estado es un agujero en la memoria colectiva de una institución. Un agujero en las palabras y en los recuerdos de varias generaciones de deportistas dentro de un mismo espacio. La justicia de la palabra salda estos olvidos, involuntarios por cierto, pero deliberados por efecto inconciente del terror de los perpetradores; incluso a tantos años vista.
Como todos los años, la camada 47 de La Plata Rugby suele juntarse a cenar, y recordar viejos tiempos. En las sobremesas de vitalicios las hazañas relumbran como instantes de peligro. Puedo jurar que por un retazo de pasado los he visto gritar y hasta casi batirse a duelo. Pero esta vez alguien recordó un partido, y luego un try hecho con agilidad y precisión. Entonces relumbró Abigail. Y entonces sucedió lo que tenía que ocurrir: tomaron consciencia de la omisión de “Abi”
La omisión de “Abi” es la de todos al mismo tiempo. La de todo un Club que mantiene viva su memoria, y su juego entre el pasado y el presente. Se cristaliza en una formal placa colocada hace diez años en el quincho central que recuerda a los 17 jugadores desaparecidos con una frase polémica: “A los jugadores víctimas de los 70”; como si el concepto de década bastara para nombrar el terror. Por suerte, tantas sobremesas hacen que la Comisión Directiva aprenda de los procesos de verdad y justicia; por eso últimamente la frase les viene haciendo algo de ruido... Aunque la omisión de “Abi” no es solo un ruido, es un eco profundo que exige un 2013 con otra placa.
Pero vayamos a Abigail Armando Attademo.
Abigail. “Abi”. Más tarde “Pedro”. Luego el “Comandante Miguel”. Nació en La Plata el 3 de Abril de 1948. Hizo La primaria en la Escuela “Anexa” de la UNLP. La secundaria en el “Colegio Nacional” Rafael Hernández. Por ser de abril le tocó la camada del 47. Allí se hizo amigo de mi padre Rodolfo “Fel” Axat, y de tantos otros que conforman “la barra”: “Naca” Pérez Arzueta, el “Negro” Eduardo Bustillo, Ricardo “Tite” Eliçabe; Juan “el gordo” Gascón; el “flaco” Bonilla, etc. La “barra” del Nacional de 1 y 49, no es solamente una camada. Es también la octava, más tarde la séptima, la sexta; todas del “Canario” La Plata Rugby Club.
Para Silvia Attademo, la única hermana de Abigail con quien consulté, la posibilidad de que su hermano jugase al rugby, eran inciertas. Le escribí varias veces para consultarle detalles. Me dijo que le preguntaría a algunos compañeros. A las semanas me escribió diciéndome que podría ser posible, pero que no había, ni tenía pruebas.
En el medio me escribe el querido Gustavo Veiga a punto de irse a Cuba a presentar su “Deporte y Dictadura”. Me pregunta si ya hay prueba cierta que Abigail Attademo es el desaparecido 18, “el olvidado”, me dice. Le digo que sí (apuesto que sí nomás), que “desde ya”. Pero –en el fondo- aun estoy en esa pesquisa.
Por esos días el “olvido de Abi” me lleva al compañero de mi padre y de Abi; “Tite” Eliçabe. Es Tite quien un sábado por la mañana me lleva a la casa del “Gordo” Gascón. Parecen médiums en una mesa del jardín. Se ponen a recordar situaciones de juego, me hablan de la inconstancia “muchas veces Abi se aparecía y venía a jugar, otras no… pero cuando jugaba, sí que jugaba”. Entonces “el Gordo” que está seguro que tiene fotos de Abi, saca un álbum de recortes amarillento (herencia del padre), y comenzamos a ver fotos del diario “El Día” de la época. Ahí estaba Abigail:

Gascón, Perez Arzueta, Grigera, Ronco, Martín, Attademo, Axat y Caro
Y aparece una foto:

Por un momento percibo que la emoción de Tite y el Gordo al ver los recortes (los dos tienen 65 años) es la de creer que yo no soy yo, sino mi padre que está a su lado maravillado con las fotos de ellos, como si él nunca hubiese desaparecido o yo fuera una suerte de reencarnación (tengo 36 años). Pero de pronto todo vuelve a ser seriedad: “Llevate estas fotos pibe, acá está la prueba de que Abigail jugó en LPRC”. Yo pienso, la prueba de la omisión.
Entonces le escribo a Silvia Attademo, le cuento de los recortes, se los mando. Ella me escribe maravillada y me manda algunas líneas sobre su hermano escritas para el libro “Huellas” de la Universidad. Silvia es amiga de mi tía Cristina, también fue mi compañera en la Maestría de Ciencias Sociales.
Abigail dejó el juego, se recibió de bachiller, y se metió en la facultad de Ciencias Naturales y Museo (hizo 2 años en Zoología) y paralelamente en la Facultad de Medicina (hizo hasta cuarto año). En el claustro se mete de lleno en el PRT “El Combatiente”. Decide que el camino que debía seguir era el de la lucha armada. Por eso tiempo después, del PRT salta al ERP donde milita su compañero (también jugador de LPRC y otro de sus desaparecidos) Eduardo Merbilah.

La vida en la clandestinidad es difícil. Viaja al monte Tucumano. Hace formación y supervivencia. Se destaca como un cuadro revolucionario. Deja de lado su sobrenombre “Abi”, y comienza a ser conocido entre los suyos como “Miguel”. Pronto será el “Capitán Miguel”.
En el año 1971 cae preso y en 1972 es pedida su extradición por el gobierno de Chile, donde rápidamente es liberado. En 1973, cuando en Argentina asume Héctor Cámpora, Abigail regresa al país. Se mantiene en las formaciones de del PRT, en donde conoce a su compañera Elena Mirenna, con quien se casa en 1974, y de cuya unión nacen Clarisa y Natalia Attademo.


Gustavo Plis-Sterenberg en su maravilloso libro sobre Monte Chingolo, refiere que el 23 de diciembre de 1975 a las 19.45 hs., 70 combatientes al mando de Abigail Attademo (“capitán Miguel”) iniciaban el asalto al Batallón Depósitos de Arsenales 601 Domingo Viejobueno, ubicado en la localidad de Monte Chingolo, con el objetivo de apropiarse de 20 toneladas de armamento para dar un vuelco en la relación de fuerzas político militares y, en lo inmediato, demorar la consumación de un nuevo golpe militar que ya estaba en preparación. El encargado de derribar el portón de entrada con un camión, es Jorge Moura, otro de los jugadores desaparecidos del LPRC, al igual que el ya mencionado Eduardo Merbilah, compañero de inferiores de Abigail. El escape de Abigail de Monte Chingolo, de acuerdo al relato de Plis-Sterenberg, no es más que espectacular.
En uno de sus libros de memorias sobre el PRT-ERP, Daniel De Santis, recoge un testimonio que lo retrata a Abigail de esta manera: “… Capitán Abigail Attademo, Capitán Miguel, Pedro o Panfleto, sobrenombre que sugiere que sería algo dogmático. Pero mire, usted, hasta donde llegó: al frente de los 70 combatientes de la Compañía de asalto al Batallón de Arsenales de Monte Chingolo, les tomó la mitad del cuartel pese a que nos estaban esperando con artillería pesada. Mientras reagrupaba sus fuerzas para ocupar el resto del cuartel llegaron las tropas del Regimiento 3 de Infantería, en tan delicada situación ensayó un contraataque para permitir la retirada propia. ¡Qué presencia de ánimo! ¡Qué capacidad de mando! ¡Qué experiencia militar! ¡Qué huevos! hay que tener para resolver brillantemente una situación como esa. Un jefe como él y como muchos otros no se encandilaron por la verborragia troscoidal perredista…”
Después de Monte Chingolo, el “Capitán Miguel”, Abigail Attademo era un objetivo número uno del ejército. Poco después es atrapado y asesinado Roberto Santucho. Es allí que Eduardo Merbilah es designado como uno de los principales dirigentes de la conducción del ERP. Su compañero Abigail, queda debajo de su línea directa.
El 4 de junio de 1976 Abigail es emboscado en la casa donde se encontraba junto a su nueva pareja, y otros compañeros de militancia. Al momento de su desaparición Abigail es herido.
Dice Silvia Attademo, su hermana: “Luego, ya por los años post dictadura, me encontré de modo casual con una persona que había estado en Campo de Mayo al momento que lo llevan a Abi. …quien había sido curado después de la emboscada, aquellas personas que como él estuvieron cautivos en Campo de Mayo, fueron arrojados al Río de La Plata en los llamados 'vuelos de la muerte' y que por tanto ha sido muy difícil en estos casos recuperar sus cuerpos…”
He buscado en Internet la historia de “Abi”, pero he encontrado poco y nada. Restos perdidos. La búsqueda a partir del juego del Rugby dispara hacia muchos lugares. Aunque el juego se deja, hay reglas que nunca se olvidan, y como con el “Che”, los guerreros -más tarde guerrilleros- la llevan a la batalla como épica. El mismo honor. La misma fuerza. La misma buena fe.
Abigail Attademo, desaparecido dos veces, ahora reaparece con toda su fuerza. Como si volviera a hacer ese try que sus compañeros recuerdan.
Fuente:Diagonales
Envío:Agnddhh
1 comentario:
Desde lejos, recuerdo y memoria
Hasta siempre
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