De Auschwitz a la ESMA
Año 7. Edición número 307. Domingo 6 de Abril de 2014
Por Raúl Argemí
sociedad@miradasalsur.com
Año 7. Edición número 307. Domingo 6 de Abril de 2014
Por Raúl Argemí
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Muchos visitantes. ¿Interés? ¿Turismo? Auschwitz siembra preguntas sobre los sitios de la memoria.
La ex ESMA, como se la llama coloquialmente, reúne varios centros de memoria activa, especialmente el que fuera Casino de Oficiales –núcleo de la actividad represiva en el predio–, fue uno de los centros clandestinos más grandes y activos. Por allí pasaron más de 5.000 detenidos desaparecidos.
Los centros dedicados a conservar la memoria tienen similitudes en todo el mundo, se llamen Auschwitz o ESMA, y enfrentan los mismos problemas, porque caminan sobre la cuerda floja que media entre el museísmo de cosa muerta en el pasado y la reinvención diaria del dolor y la tragedia, o entre la banalización y el grand guignol.
Una aproximación al tema exige revisar las definiciones y alcances de la “memoria” como objeto o tal vez herramienta.
Según el teórico Pierre Nora, lo primero es separar memoria de historia, que se propone ser crítica. Así la “memoria” remite a todas las formas de la presencia del pasado que aseguran la identidad de los grupos sociales y especialmente de un cuerpo nacional. Para sumar más, Maurice Halbwachs, en su libro Memoria colectiva y memoria histórica, comenta que “aún no estamos acostumbrados a hablar de la memoria de un grupo, ni siquiera de manera metafórica”. Sólo que, según quién mire, la noción misma de memoria colectiva, desgastada por sus uso excesivo, en ocasiones es poco más que una forma de metáfora.
En todo caso, la memoria colectiva remite a la compartida, vivida en común por una colectividad, pueblo o familia, por ejemplo. Pero define asimismo la historia o lo que se denomina “memoria histórica”, en cuanto garante de la permanencia de las grandes mitologías colectivas. Aquí es necesario detenerse brevemente para poner en duda la cientificidad de los estudios históricos. En su afán de objetividad, rechazan hacer un juicio moral sobre lo ocurrido, y terminan por encontrar algún eufemismo que permite esquivar las definiciones de víctima y verdugo. Esto no es lo que se busca en los centros como la ESMA, que remiten a los planteos básicos de Halbwachs: el pasado se reconstruye en el presente y la memoria sólo es posible dentro de los marcos de referencia social que encuadran a la persona. O sea que en el hoy lo que podemos ver es la representación del pasado y toda representación conlleva un factor estético, una forma de la representación, que suele ser difícil, si no imposible, de consensuar.
Theodor W. Adorno señaló al respecto de la relación de forma y contenido –tomando como referencia los crímenes nazis y los campos de concentración– que es excepcional el tratamiento explícito, que las formas indirectas se convierten en un abordaje estético del horror que no necesita nombrarlo directamente, pero deja pendiente una duda: que al convertirse “incluso el genocidio en bien cultural” es más fácil mantenerse dentro “de la cultura que dio a luz el crimen”.
Solo que al nombrar la cultura, con su abierto campo semántico, se tropieza con esta afirmación referida a la Segunda Guerra Mundial, sus criminales bombardeos y su campos de exterminio, de George Steiner, en su En el castillo de Barba Azul: “Me parece irresponsable toda teoría de la cultura, todo análisis de nuestras actuales circunstancias, que no tenga como eje la consideración de los modos de terror que acarrearon la muerte por obra de la guerra, del hambre y de matanzas deliberadas de unos setenta millones de seres humanos”.
En todo caso, después de la Segunda Guerra y sus atrocidades, se produjo un cambio que modifica las categorías y reconoce a la memoria como una “teoría del conocimiento”. Walter Benjamín fue su defensor y precede a la vertiente que, en términos de uso político en Argentina, nos habla de “el deber de memoria”.
Esa idea nació después de Auschwitz cuando los supervivientes de los campos dijeron “nunca más”, y apelan a la memoria como recurso necesario. No es una coincidencia que “Nunca más” fuera el título del informe de la Conadep sobre la desaparición de personas. Una experiencia de tal inhumanidad no debía repetirse, y la única forma de evitarlo era la memoria.
Que se haya repetido, si no en la misma escala, pero sí en toda América latina, pone en cuestión la eficacia de la memoria. O, para ser más ajustados, cuestiona el lapso –entre Auschwitz y la ESMA– que cambió la memoria crítica por una banalización desmemoriada. De todas maneras, lo corriente que alimenta los centros de la memoria asume que la memoria se inscribe en nuestro modo de pensar, en nuestra conciencia, y en la pretensión de ocultar, hacer invisible el sufrimiento. Exige repensar los hechos, las políticas y la moral teniendo en cuenta el horror al que se puede llegar otra vez, porque ya se llegó antes.
Pero hay todavía un tercer elemento que imponen los acontecimientos: el “deber de memoria”. El descubrimiento de este aspecto de la memoria ha sido reciente. Tiene lugar después de Auschwitz cuando los supervivientes lanzan desde todos los campos el “nunca más” y apelan a la memoria como recurso necesario. Los supervivientes han hecho una experiencia tan extrema de inhumanidad que se apresuran, tras su liberación, a avisarnos de que la humanidad no puede permitirse una repetición de ese horror porque sucumbiría en el intento. Y el antídoto contra esa tentación es la memoria. Llama la atención que la estrategia contra el peligro de deshumanización sea algo tan modesto como la memoria. Nace así lo que Adorno llamaría el Nuevo Imperativo Categórico: “Hitler ha impuesto a los seres humanos en su estado de ausencia de libertad un nuevo imperativo categórico: orientar su pensamiento y su acción de modo que Auschwitz no se repita, que no vuela a ocurrir nada semejante. ¿Cómo entender eso del ‘deber de memoria’?”
Sin memoria no hay justicia ni injusticia. Los no existentes, los no nombrables porque no tienen nombre, o aquellos a los que se les quita el nombre para sumarlos en una estadística, los NN, no se inventaron en Argentina; ni tampoco fueron cosa de un momento pasado.
La literatura tiene un ejemplo que todos citan, pese a que comparado con la realidad previa y posterior a su escritura es un pálido boceto: 1984, de George Orwell. Ese mundo de ficción donde la principal tarea del gobierno es cambiar permanentemente el pasado para que no exista lo que no le conviene. La supresión de la existencia de Trotsky de la historia y de la iconografía de la Revolución Rusa, operada por los practicantes del estalinismo, dejó chica a la ficción. Y fue sobre el mismo mecanismo de negación de la existencia –la desaparición, el NN– que se buscó hacer invisibles a los integrantes del campo popular desaparecidos.
Pero, los no nombrables no se limitan a los objetos de la represión. Hoy, los pobres, millones de pobres de un planeta donde lo más visible es la desigualdad en el reparto, no sólo de las riquezas, sino de los bienes elementales, también son sumergidos, borrados por las estadísticas. Al fin, son víctimas del hambre, un crimen con autor a la vista. Un autor que usa su poder para instalar en las mentes la inexistencia del otro, para terminar con la vida que más le incomoda, porque en todo asesinado hay dos muertes. La primera es la física. Pero el asesino no se contenta con esa; también tiene que borrar la existencia previa de la vida que ha extinguido. Para Primo Levi, la segunda muerte, aquella que borra la existencia y la condición humana de la víctima, alcanza el mayor nivel de inmoralidad posible. Y, frente a esa fuerza que busca la invisibilidad de la víctima sólo queda oponer la mirada. La mirada de la víctima convertida en objeto de la memoria.
En ese sentido, Max Horhkeimer fue muy claro al decir que el crimen y el sufrimiento infringido “solo sobreviven, una vez que han sido perpetrados, dentro de la conciencia humana que los recuerda, y se extinguen con el olvido. Entonces ya no tiene sentido decir que son aún verdad. Ya no son, ya no son verdaderos: ambas cosas son lo mismo”.
Lo que lleva a una afirmación determinante: sin memoria no hay justicia. Sin memoria, y sin las representaciones que reconstruyen la memoria, las generaciones posteriores a los hechos no tendrán ni idea de lo que ocurrió. Sin memoria es como si la injusticia no hubiera sucedido nunca. Si los nazis hubieran ganado la Segunda Guerra, tal vez Auschwitz sería hoy un gran shopping, y las familias consumirían hamburguesas totalmente ajenas a lo que sucedió en otro tiempo en ese mismo sitio. La garantía de impunidad, que de eso se trata al fin, está en la “desaparición” del pasado. Si no se sabe de su existencia no será necesario ni posible juzgarlo.
Fuente:MiradasalSur
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