14 de febrero de 2012

MARCHAN MAñANA EN CATAMARCA CONTRA LA MEGAMINERÍA EN LA PROVINCIA.

MARCHAN MAñANA EN CATAMARCA CONTRA LA MEGAMINERIA EN LA PROVINCIA
Otro reclamo, dos años después
Ayer se denunció que una camioneta con miembros del Serpaj fue interceptada por promineros.
La marcha prevista para mañana en Andalgalá, Catamarca, para rechazar la megaminería a cielo abierto, ha generado una serie de pronunciamientos enfrentados. Mientras los vecinos movilizados en Andalgalá ratificaron la presencia de una “patota prominera” que estaría impidiendo el ingreso a esa ciudad de particulares y de periodistas que quieren sumarse o informar sobre la protesta, las autoridades de Minera Alumbrera aseguraron, en un comunicado, que no tienen “ninguna relación” con ese grupo, rechazando así la acusación formulada por los asambleístas. Por su parte, el gobierno de Catamarca hizo saber, desde la capital de la provincia, que dispuso el envío de 90 policías a la ciudad de Andalgalá, con el objeto de “garantizar el orden y la seguridad”, dijeron voceros oficiales. Los asambleístas temen que la fuerte presencia policial y de los grupos “promineros” terminen recreando lo sucedido hace dos años, en esa misma ciudad, cuando las fuerzas de seguridad reprimieron con dureza una marcha que enfrentó a promineros contra los que se oponen a esa actividad. La marcha de mañana, además de rechazar la megaminería, es también en repudio a lo sucedido hace dos años.

Ayer se denunció que una camioneta en la que iban diez miembros del Servicio Paz y Justicia (Serpaj), que lidera Adolfo Pérez Esquivel, fue interceptada en la ruta por “los promineros” que les pidieron que se identificaran, actuando como si fueran “una fuerza de seguridad”.

En la ciudad de Catamarca, el ministro de Gobierno, Francisco Gordillo, reconoció que se enviarán “unos 90 policías” con destino a Andalgalá, para reforzar la vigilancia en la zona. Grupos ambientalistas de distintas provincias confirmaron que mañana participarán de la marcha programada en Andalgalá, donde se ratificará la oposición a los emprendimientos actuales y a futuros proyectos mineros, a la vez que se repudiarán los incidentes ocurridos en 2010, donde hubo manifestantes heridos, automóviles incendiados y destrozos en edificios públicos. Esa manifestación fue en contra de la puesta en marcha del yacimiento de Agua Rica.

Frente a la situación planteada, el Serpaj –que conduce el Premio Nobel de la Paz 1980, Adolfo Pérez Esquivel– presentó ayer en los tribunales de Catamarca un hábeas corpus preventivo para “resguardar la integridad física de las personas que participan de las protestas contra la megaminería”. El Serpaj criticó “la represión contra los vecinos de Tinogasta”, ocurrida el viernes pasado en esa localidad catamarqueña.

El organismo de derechos humanos cuestionó las intervenciones que tuvieron la fiscal subrogante Liliana Carrizo y la policía provincial. El recurso preventivo fue presentado por la coordinadora nacional del Serpaj, Ana Almada, y por la abogada Mariana Katz. El Serpaj pidió que “se garanticen los derechos a la libertad de expresión, de reunión y de peticionar y reclamar”, respetando los artículos 14 de la Constitución Nacional y los artículos 7 y 10 de la Carta Magna de Catamarca.

Por esa razón pidió al Estado nacional y al provincial que “provean de estos derechos fundamentales que hacen el edificio institucional de la democracia”. Ana Almada denunció que ayer un grupo “prominero” interceptó en el acceso a Andalgalá a una camioneta del Serpaj, e identificaron a cada uno de los ocupantes del vehículo, como si fueran policías.

Por su parte, la empresa Minera Alumbrera, que opera la mayor mina de Catamarca, aseguró ayer que “no es responsable” ni tiene “ningún tipo de relación con la aparición de grupos de choque” en Andalgalá. De esa forma respondió a la acusación formulada por los asambleístas. La compañía sostuvo que “la participación de sus empleados en los acontecimientos reflejados en los medios de prensa sobre el cercenamiento a la libertad de expresión es absolutamente falsa”. Agregó que “respeta y hace respetar el trabajo de los periodistas y la libertad de expresión democrática”.

OPINION
La minería, la invención democrática y el desarrollo sustentable
Por Ricardo Forster
Imagen: Guadalupe Lombardo
1 Pensar la democracia es intentar desnaturalizarla, es decir, abordarla no como algo dado de una vez y para siempre sino como una continua invención capaz de redefinir sus condiciones históricas y el horizonte de sus posibilidades. Pero también es penetrar en sus contradicciones, conflictos y tensiones no resueltas, esas mismas que hoy se despliegan en el interior de ese otro magma de la vida contemporánea que es el mercado, la economía global y su forma actual, que es el capitalismo financiero. La democracia, que recorrió un largo camino desde su alborada griega, hoy se encuentra ante los límites del liberalismo, ideología que, una vez desplazados los modos totalitarios encarnados por el nazismo y el estalinismo, se enfrenta ante una profunda crisis que arrastra consigo su gran invención: el individuo imaginado como sujeto de su propia libertad mientras queda atrapado en la alienación mercadolátrica. En todo caso, la bancarrota económica de países como Grecia y España pone en evidencia no apenas los problemas del paradigma de acumulación y valorización financiera del neoliberalismo, sino que desnuda las carencias del individuo en el interior de una sociedad dominada por el consumismo y el egoísmo; carencias que lo dejan inerme ante la tempestad desatada por las fuerzas indescifrables, para ese individuo autofestejado y socialmente fragmentado, del mercado global que terminan por poner en evidencia la fragilidad de su supuesta libertad allí donde queda desnutrido de palabras e ideas para revertir la catástrofe social a la que ha sido arrastrado por el “anarcocapitalismo financiero”. Una sociedad construida bajo las premisas de la objetualización y la rentabilización de todas las esferas de la vida, que no ha podido parir otra realidad que la de la sumisión del individuo a las fuerzas inescrutables de la economía-mundo, tiene como consecuencia necesaria la profunda despolitización de esa misma sociedad que equivale, esto también hay que señalarlo, al vaciamiento de la democracia que hace pareja, desde sus orígenes, con la política entendida como la lengua que se hace cargo de lo no resuelto y del conflicto en el interior de las relaciones sociales.

Por eso entre nosotros, y pienso en Argentina y en otros países sudamericanos, la salida, todavía incipiente y contradictoria, de la brutal dominación del capitalismo neoliberal se dio bajo la forma de la repolitización de nuestras sociedades. En una época en la que nada parecía torcer el rumbo triunfante del economicismo hegemónico de matriz especulativo-financiera reapareció, bajo las condiciones del retorno de lo social popular, la conjunción entre democracia y política; una conjunción que no anula ni oculta los conflictos en el interior de las sociedades, sino que los procesa políticamente bajo el paradigma de otra concepción de los sujetos sociales, de la esfera pública, del rol del Estado y de los derechos de cada uno de los que integra la vida en común. La democracia, siguiendo esta perspectiva, condensa pluralidad y diversidad de intereses, visiones, concepciones, experiencias, tradiciones y prácticas que en su entrelazamiento no dejan de evidenciar sus problemas no resueltos y sus contradicciones.

Uno de los puntos nodales, al menos para países como los nuestros que se enfrentan a la imperiosa necesidad de reducir los índices de desigualdad y pobreza, es encontrar el difícil equilibrio entre políticas de desarrollo y crecimiento económico (que incluye industrialización, tecnologías innovadoras y nuevas formas de extracción de las riquezas naturales) y esa doble dimensión que articula la sustentabilidad medioambiental con los derechos históricos de los pueblos a continuar con sus estilos de vida, formas productivas e identidades culturales que en más de una ocasión chocan con la lógica del desarrollo. Democracia, entre otras cosas, es ese movimiento complejo y abigarrado que tensiona todas estas dimensiones pero bajo la matriz innegociable de la soberanía popular a la hora de determinar qué políticas, para qué y para quiénes.

2 Los tiempos de la política se cruzan, lo sabemos y no podría ser de otro modo en una sociedad absolutamente atravesada y saturada por los lenguajes comunicacionales, con los del periodismo. A veces porque lo ocurrido tiene, de por sí, una dimensión que no puede ser ignorada por los medios de comunicación; otras porque son esos mismos medios los que se apropian de un acontecimiento y lo convierten en el centro de su cotidiano machacar hasta hacer de algo menor el centro exclusivo y excluyente de la realidad.

Hay, sin embargo, otra ocasión, tal vez la más significativa, en la que se potencia el suceso por sí mismo impulsando tanto a la política como a la construcción mediática. Y esos suelen ser momentos en los que ni la intencionalidad política de los gobiernos o de las oposiciones ni la construcción virtual de los medios define las condiciones de emergencia y de continuidad de un acontecimiento. Suelen ser coyunturas que se enraizan en antiguos reclamos y que movilizan a amplios sectores populares que salen en defensa de derechos, historias, tradiciones, identidades, conquistas, sueños y hasta futuro enfrentándose, incluso, a las promesas de progreso y bienestar de quienes son los portadores de las fuerzas del cambio. En un extraordinario, bello y erudito libro sobre Emiliano Zapata y la revolución mexicana, el historiador John Womack le explica al lector que “éste es un libro acerca de unos campesinos que no querían cambiar y que, por eso mismo, hicieron una revolución. Nunca imaginaron un destino tan singular. Lloviera o tronase, llegaran agitadores de fuera o noticias de tierras prometidas fuera de su lugar, lo único que querían era permanecer en sus pueblos y aldeas, puesto que en ellos habían crecido y en ellos, sus antepasados, por centenares de años, vivieron y murieron...”

Difícil encontrar un comienzo tan potente y enigmático como el que eligió John Womack para tratar de explicar por qué los campesinos del Estado de Morelos se levantaron contra los proyectos de transformación productiva y tecnológica que, desde finales de siglo XIX, comenzaron a desarrollar, sin escatimar ningún tipo de “instrumentos” jurídicos, políticos, económicos, técnicos y de los “otros”, los nuevos empresarios del azúcar. Sospecharon de la palabra “progreso” cuando se dieron cuenta de que ellos tendrían que pagar todo el precio de una promesa de futuro que, en el presente, significaba expulsión y violencia de quienes, por generaciones, habían vivido y trabajado la tierra de modo comunitario y que ahora eran brutalmente desalojados por los nuevos ingenios azucareros que representaban, para la gran prensa de aquellos días, para el poder político y para el paradigma cultural-civilizatorio dominante, la quintaesencia del progreso y de la innovación tecnológica. Aquel tremendo acontecimiento de la historia latinoamericana que produjo uno de los líderes populares más significativos y míticos de nuestro continente, como lo fue Emiliano Zapata, puso en evidencia, una vez más, el conflicto entre los adalides del progreso y el desarrollo, por lo general provenientes de las ciudades y dueños del capital llamado a cambiar las formas económicas ancestrales y apoyados por los gobiernos de turno, y los campesinos que se levantaban contra las fuerzas de una novedad que la veían, quizás sin equivocarse, como las sepultureras de sus tradiciones y modos de vida. Lo que tal vez no pudieron ver ni Zapata ni el otro gran líder campesino, Pancho Villa, era que los vientos de la época soplaban a favor de la magia irradiada por la palabra “progreso” y que su lucha, allí donde no lograba comprender las complejidades de los nuevos tiempos, estaba destinada a la derrota si no lograba, como efectivamente terminó por suceder, encontrar los lenguajes, las fuerzas y las ideas que impidiesen la consumación de la hegeliana “astucia de la razón en la historia”, brutal eufemismo para ocultar la estela de violencia y barbarie que conllevó y sigue conllevando la lógica del “progreso”.

3 No se trata, estimado lector, de homologar las rebeliones zapatistas de principios de siglo XX con las protestas de las distintas poblaciones de La Rioja y Catamarca que, en las últimas semanas, vienen sacudiendo el escenario político y mediático argentino planteando, de una manera poderosa y provocativa, la compleja cuestión de la minería. Se trata, antes bien, de señalar las raíces profundas que se manifiestan en los reclamos de muchos de los habitantes de Famatina y de Tinogasta, de Belén y de Andalgalá (los nombres más significativos que incluyen a otros pueblos y pequeñas ciudades cordilleranas), que se enfrentan, como en otros tramos de la historia caliente de nuestro país y del continente, a la sed de transformación e innovación que trae aparejadas el desarrollo económico y sus formas, que parecen irrefrenables, de expansión tecnológica y, en muchas ocasiones, ciegas ante los deseos y los derechos de los pobladores.

Pero a diferencia de aquellos campesinos que se rebelaron en el México de Porfirio Díaz y que en su rebelión contribuyeron a desatar una revolución que cambió la historia de ese país, y lo hicieron porque no tenían quien los pudiera escuchar, en la Argentina de 2012 hay una democracia que supo reencontrarse con la memoria de los derechos y que, desde que Néstor Kirchner llegó al gobierno, rechazó la represión como medio de dirimir las protestas sociales. Una democracia, bajo el giro histórico que le imprimió el kirchnerismo, que recuperó la memoria de la igualdad y de la participación y que volvió a hacer visibles a los invisibles. Y es desde esta reinvención democrática de una Argentina que va logrando dejar atrás el modelo neoliberal que se vuelve indispensable no sólo impedir que policías provinciales acostumbradas a actuar como capangas y como fuerza de choque de los poderosos repriman la genuina protesta de quienes tienen derecho a oponerse a la minería a cielo abierto –y esto más allá del indispensable debate en torno a su sustentabilidad o no–, sino que también es tarea del gobierno (el nacional si los provinciales no se muestran interesados o simplemente juegan solo del lado de los intereses corporativos) convocar al diálogo y abrir, como lo señaló hace pocos días Cristina Kirchner, un profundo e indispensable debate sobre la minería capaz de incorporar cuestiones tan relevantes como la sustentabilidad medioambiental, la protección de las economías tradicionales y los caminos que hagan posible un desarrollo sin el cual resulta imposible construir una sociedad más equitativa que logre distribuir riqueza genuina y no pobreza. Dicho de otra manera: cómo encontrar el equilibrio entre políticas de transformación económico-productivas que requieren de nuevas tecnologías y de emprendimientos extractivos, y sin las cuales es muy difícil imaginar la creación de riquezas socialmente distribuibles, y la protección del medio ambiente y de las identidades de los habitantes históricos de esas localidades que se han convertido en el centro de una nueva “fiebre del oro”. Bajo otras condiciones, algo de lo mismo viene sucediendo con la expansión de la frontera sojera y la expulsión de cientos de pequeños campesinos. La pregunta inquietante, la que no se puede eludir, es de qué modo garantizar los recursos para hacer mejor la vida, la educación y la salud de una sociedad que no puede desentenderse de la riqueza de su suelo y de su subsuelo. Ninguna corriente ecologista o medioambientalista puede resolver la ecuación, extremadamente compleja, entre creación de riquezas, disminución de la pobreza y distribución igualitaria si es que no se hace cargo de darle alternativas a sociedades que necesitan salir del atraso y de la dependencia; alternativas que no respondan a visiones regresivas y neoconservadoras, sino que puedan dar un profundo debate, de matriz humanista, sobre los vínculos entre producción, tecnologías, medio ambiente, inversión necesaria y sustentabilidad. Lo demás es falso virtuosismo incapaz de pensar la cuestión social o simple cinismo.

Así como resulta absurdo, económica y políticamente, desconocer la historia y la proyección futura de la minería en un país que es atravesado de norte a sur por miles de kilómetros de cordillera, también resulta indispensable reconocer el derecho de los habitantes de esas geografías a ser partes activas a la hora de planificar y resolver estrategias de desarrollo que involucran directamente sus vidas y la de sus hijos. No hay soberanía territorial que no venga acompañada por la soberanía del pueblo, pero no entendida como unanimidad abstracta, sino como conjunción de diversidades. “Pruebas de fuego –escribe María Pía López– para los gobiernos populares, que deben refundar su legitimidad permanentemente en el ejercicio de una vasta conversación que se hace de conflictos, tensiones, discusiones y acuerdos. Nunca –salvo propicios y escasos momentos– de consensos unánimes. Por eso, las destrezas no deberían dedicarse tanto a la búsqueda de estas efímeras unanimidades –que conocimos en días de fiesta o de combate contra un enemigo exterior–, sino a la composición democrática de lo heterogéneo.”

Ese es el abc de la democracia, el núcleo fundador de cualquier proyecto de nación que tenga como brújula orientadora la idea emancipatoria que reúne en un mismo movimiento la indispensable generación de riquezas –industriales y primarias–, la distribución equitativa, la preservación y expansión de los derechos y la protección del medio ambiente. Nadie dice que sea sencillo encontrar la ecuación adecuada. Esa es la tarea de la genuina invención democrática, la que aspira a construir una sociedad más justa.
Fuente:Pagina12

Un aporte a lo que dice el compañero Miguel Angel Godoy a quien le envío copia y adhiero a su nota, les envío una nota que publicó entonces el ing Enrique Martínez.
Propone un sistema alternativo, participativo y de ganancias colectivas sin depredar los recursos como se está haciendo.

Curiosamente en estos días solo se escucha hablar a los Gioja, a los que aseguran que esto es negocio para el país...pero a Martínez nadie le pregunta nada.

Espero que sirva al debate.

Nota: Los misterios de las computadoras caprichosas acomodaron por decisión unilateral los dos textos, no es mi decisión
El  ing. Enrique Martínez, presidente del INTI, es uno de los imprescindibles de este país y uno de los mejores funcionarios de la estructura de gobierno, de los muy pocos que no dicen que sí a todo y a cualquier cosa y no se priva de criticar cosas como esta..claro, está a veces en radio AM 750, una radio perdida en el dial a pesar de su frecuencia central.

Siempre aporta a cada problema una solución posible, coherente con lo racional y con las necesidades del país pero fundamentalmente del pueblo real, no de las macroempresas expoliadoras.

Aquí nos ofrece una propuesta sobre la minería...¿alguien la tomará en cuenta? hummm, esperemos que lo tengan en cuenta.

La pequeña minería como camino superador
Año 5. Edición número 193. Domingo 29 de enero de 2012
Por Enrique Martínez
politica@miradasalsur.com
Uno de los temas más transitados de la política industrial y tecnológica, aunque no resuelto, es el apoyo a las pequeñas unidades productivas. Una y otra vez se advierte que necesitan ayuda para mantenerse en el mercado o para evitar dependencias fuertes de proveedores o clientes mucho más poderosos, pero en rigor subyace en toda acción pública la idea de que esa desventaja es inexorable.
Es decir: se podrá tratar de apuntalar a los pequeños, pero sólo los que pasen a ser medianos o grandes tendrán reales posibilidades de éxito. No se dice, pero es lo que se cree. En tal contexto conceptual, siempre será poco lo que se pueda mostrar como exitoso en el camino de los pequeños y la concentración será una constante, con cada vez menos empresas, cada vez más grandes, decidiendo el futuro del sector productivo.
Para salir del círculo vicioso, es útil encontrar escenarios en que el sentido común esté claramente en contra del gigantismo, de manera que puedan al menos servir de ariete para preguntarse si esa verdad no podrá trasladarse a otras actividades. El caso de la minería del oro es muy interesante en este sentido.
Es una actividad tan vieja como la civilización, ya que el oro es un metal prácticamente inerte en condiciones normales, lo cual lo coloca como candidato preferencial para hacer con él obras que nos trasciendan biológicamente o para usarlo como refugio de valor. Durante miles de años, la extracción de oro se basó en su diferente densidad con respecto a los restantes componentes de las arenas auríferas donde se lo encontró. A pesar de su muy baja proporción, el lavado con agua y el tesón de los operadores permitía sumar pepita tras pepita, a las cuales luego se refinaba fundiendo el concentrado y separando el oro de alta pureza.
Hace algunos siglos, apareció el uso del mercurio, que se amalgama con el oro y así lo extrae del mineral, separándose luego con calor. Se trata de manipular un material peligroso para usarlo en el campo y en contacto con una corriente de agua, porque dañaría todo uso posterior del líquido. El Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (Pnud) realizó propuestas que combinan el método prehistórico y tratan luego el concentrado con mercurio, pero en una planta cerrada y controlada, para eliminar todo riesgo de contaminación pública.
Pero sigue siendo un camino que exige mucho trabajo de campo y relativamente poca maquinaria.
Finalmente apareció la gran minería. Aquí se mueven enormes volúmenes de material en bruto, se usa cianuro, para producir un compuesto con oro, así como grandes volúmenes de agua. En la refinación posterior se recicla el cianuro, que se reúsa a partir de lagunas protegidas y en la etapa final se vuelve a usar mercurio.
Es cierto que el proceso en teoría recicla todo el cianuro. También es cierto que las historias de problemas ambientales por fallas en el sistema son muchas, en varias partes del mundo. Pero, aparte, está el uso de agua en volúmenes muy importantes, en regiones que la necesitan para otros usos y todos los otros problemas ambientales derivados de movimiento de camiones gigantes y uso de explosivos.
Parece conveniente agregar un elemento clave al análisis: No se está produciendo un elemento imprescindible para la vida comunitaria. Hay 150.000 toneladas de oro refinado en el mundo, de las que apenas un 3 o 4 por ciento se puede decir que cumplen un fin industrial necesario. El resto son joyas, reservas de bancos y de individuos. Reciclando apenas una pequeña fracción de esta cantidad se puede satisfacer cualquier necesidad imperiosa.
Se podrá decir que hay quienes quieren invertir y quienes quieren comprar el oro a producir. En efecto. Según la ley minera vigente, a una provincia que auspicie ese negocio –aunque no tenga lógica social– le quedará el 3 por ciento del valor.
¿Y si se elige otro camino? Se puede programar una minería no agresiva en la extracción, a cargo de pequeñas empresas. Se puede complementar eso con pequeñas plantas de refinación con diseño seguro y control público estricto. Se pueden agregar escuelas de diseño de joyas, promoción de unidades elaboradoras de objetos con oro, producción de componentes industriales que requieren el uso de oro. Todo eso en las mismas regiones que hoy reciben con los brazos abiertos a las megamineras por el 3 por ciento.
El sentido común sugiere que la ocupación local sería mucho mayor en la alternativa; los ingresos provinciales mayores; la contaminación controlable y tendiendo a cero.
¿Qué hace falta? Elegir el camino de poner a la comunidad por encima de todo. Buscar asistencia técnica nacional e internacional. Planificar integralmente la zona minera. Avanzar en función de los recursos disponibles y no de los cantos de sirena. Pensar y pensar. No es necesario aclarar todo lo que se ganaría.
FuentedeOrigen:MiradasalSur
Envío:Cecilio M. Salguero

No hay comentarios:

Publicar un comentario