7 de abril de 2013

Fuentealba.

Fuentealba
Año 6. Edición número 255. Domingo 7 de abril de 2013
Por Juan José Becerra. Escritor 
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El asesinato de Carlos Fuentealba fue por ese llamado poder de policía: liberar la violencia del Estado con un simple sí o no.
Un policía mata a un maestro. De todos los intercambios que puede haber entre agentes estatales, éste debe ser el peor. Por varias razones. En primer lugar, por la relación de fuerzas, muy despareja (en todas las relaciones de fuerzas siempre es la policía la que obtiene ventaja material), pero también por el choque que se produce entre dos discursos, dos mitologías, dos funciones sociales importantes y dos mundos ideológicos. Pero el hecho más importante es cierta diferencia perceptible y acaso olvidada: ¿qué policía no tuvo alguna vez un maestro? La ley y sus órganos de aplicación represiva podrán ser anteriores a la educación pública, pero el maestro siempre parece anterior. Se es maestro de todos los niños, incluso de los niños en los que late un futuro policía.
La especulación que puede dar letra a la defensa de estos servidores públicos, beneficia al maestro. Es el débil (no está armado) y su trabajo no es justamente el de reprimir, aunque no han de faltar los maestros que reprimen, ni los policías que eduquen. Por lo que es imperioso recordar el poema “¡El PCI para los jóvenes!”, de Pier Paolo Pasolini, escrito contra los estudiantes burgueses del ’68. Se le llama poema porque está escrito en verso, pero por donde se lo mire tiene el perfil contenidista de una opinión política sobre la procedencia proletaria de los policías, a quienes señala –y en la división de clases no hay americanos o europeos– como hijos de pobres: “Cuando ayer en Valle Giulia pelearon con los policías, ¡yo simpatizaba con los policías! Porque los policías son hijos de los pobres”.
Si bien Pasolini no habla de los maestros, queda claro, con una certeza difícil de refutar, que los policías, defensores de la propiedad privada y del orden, de las leyes conservadoras y del espacio público, encierran en su razón de ser y en su tradición operativa, una paradoja. La policía es un ejército de pobres que trabaja para que el Estado tenga a raya a otros pobres, que son un reflejo desarmado de ellos mismos.
En abril de 2007, el asesinato del maestro Carlos Fuentealba por parte del policía “especial” José Darío Poblete, produjo una novedad en las relaciones de la policía con sus reprimidos. Una orden del Estado de Neuquén activó sus herramientas represivas, y mataron a un trabajador del Estado de Neuquén. Es un episodio que se da en un círculo que se cierra sobre sí mismo, y en cuyo interior se produce el enfrentamiento entre la autoridad estatal delegada en grupos policiales de choque y sus zonas bajas (las zonas de reclamo).
Recuerdo que el psicoanalista Gustavo Carranza me contó que en esos días estaba en una casa del sur. Un carpintero hacía unos trabajos que se interrumpieron cuando sonó su teléfono. Escuchó, colgó. El mensaje era incomprensible. Le avisaban que habían baleado a su hermano, Carlos Fuentealba. Se trataba de una muerte inexplicable, excepto que se explique por el lado del escarmiento, ese castigo desproporcionado que funciona como uno de los discursos silenciosos preferidos del fascismo: el de la supresión física de los conflictos (la supresión reemplaza la discusión).
El 4 de abril de 2007, se produce una caza de hombres en el desierto neuquino. El paisaje, y hasta el método de persecución, forman la versión documental de un western. En el desierto, la ley es un libreto del que se puede abusar. El desierto, ya lo dijo Borges, es un laberinto. La tentación de combinar el deber institucional (de despejar una ruta) puede deslizarse sin problemas hacia el acto de matar. ¿O matar no es despejar?
La policía de Neuquén reprimió varias veces, en varios escenarios, y cuando el conflicto se había agotado atacó por detrás a un auto en retirada. Poblete disparó con una granada de gas lacrimógeno y desnucó a Fuentealba.
Una testigo de una de las estampidas, Nidia Pérez, contó a un diario de Río Negro que en el primer piquete instalado en Arroyito (un lugar que en la asamblea que decidió el reclamo docente, Fuentealba intuyó que había que evitar por peligroso) “andaba un policía en camisa y escopeta como cazando conejitos”. El desierto neuquino se convirtió en pocas horas en un coto de maestros, y el “especial” Poblete tuvo su pieza.
La muerte de Fuentealba liquida la suerte del gobernador Sobisch de arrastrar hacia su bigote algún interés electoral en las elecciones presidenciales de 2007, en las que saca el 1,56% de los votos. El peronismo conservador le huye; también Mauricio Macri. Lo acompañan al patíbulo su candidato a vicepresidente, Jorge Asís, y el empresario Juan Carlos Blumberg. ¿Sobisch? No sabemos muy bien quién fue ni dónde está. Pero allí donde lo busquemos, lo acompañará una palabra: “Fuentealba”.
Vamos a insistir con Pasolini porque estaba obsesionado con la policía, y porque el caso Fuentealba es un caso policial. No, justamente, de un policía loco o un policía suelto sino de una actuación policial que en la Argentina, como en tantos lados, tiene sus elementos extremos. Porque si ese día no mataba Poblete, mataba alguno de sus compañeros cazadores “de conejitos”; y si no moría Fuentealba, podría haber muerto alguno de quienes lo acompañaban en el auto baleado. De cualquier manera las cosas terminaban mal.
Pasolini escribe en el periódico Tempo, en diciembre de 1968, unos pensamientos agitados (hay que ver el extraordinario talento de Pasolini para pensar en caliente) bajo el título de “Por una policía democrática”. Dice que la policía es “el más vistoso, espectacular y persuasivo aparato de poder”. Y hablando con irritación sobre sus enemigos, los jóvenes burgueses que apuestan por la lucha de clases (de la que saldría triunfante la burguesía) y no, como él, por la revolución, se pregunta si los jóvenes agitadores serían capaces de abolir la policía. Finalmente, tras pasar por otra buena reflexión –abolir la policía es perder el poder–, dice que “en lo tocante a la policía, no se puede ser más que reformista”.
El asesinato de Carlos Fuentealba, un crimen sin dudas estatal, no se produjo por el corte de las rutas en Neuquén, ni por los reclamos docentes, ni por el carácter combativo de la víctima, ni porque al loco Poblete se le escapó el tiro o se creyó Django en el desierto. Ocurrió porque hay una cosa que se llama poder de policía. Ese poder consiste en liberar o controlar la violencia de Estado con un simple sí o no. En abril de 2007, Sobisch dijo “sí” y el poder se liberó.
Desde entonces, no sabemos muy bien si esa violencia está contenida –entre otras cosas porque desde la muerte de Fuentealba no es sencillo liberarla– o simplemente estamos teniendo suerte.

Fuente:MiradasalSur

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