15 de septiembre de 2013

SIETE AÑOS SIN JULIO LÓPEZ.

15.09.2013
Instalarán una baldosa de la memoria en la puerta de su casa, último lugar donde fue visto con vida
Siete años sin Julio López
El albañil, el testigo, el sobreviviente de la represión, el dos veces desaparecido, será recordado una vez más el 18 de septiembre. Dos libros trazan hipótesis sobre su destino y narran la vida de este hombre necesario. 
Por: Pablo Roesler
Una marca urbana señalará su casa, el último lugar donde lo vieron hace siete años. "Aquí vive Jorge Julio López", dirá, en presente, la baldosa blanca de la memoria, como se llaman en La Plata esas señalizaciones contra el olvido. Y será colocada el miércoles en la puerta de la casa del barrio de Los Hornos donde vivía el testigo desaparecido el 18 de septiembre de 2006. Ese mismo día Rubén, el hijo mayor del albañil, planea presentar una fundación a la que no puede ponerle el nombre de su padre (ver aparte). Esas serán algunas de las actividades que se realizarán por el séptimo aniversario de la desaparición del testigo en el juicio que condenó a perpetuidad al comisario mayor Miguel Etchecolatz por crímenes cometidos en la dictadura militar, que este se cumple, además,  con la publicación dos libros: "En el cielo nos vemos", de Miguel Graziano, y "Los Días sin López", de Luciana Rosende y Werner Pertot, en los que se relata la vida, la primera y la segunda desaparición del testigo. 

La marcación urbana será colocada el miércoles a las 14 en la puerta de la casa de López, ubicada en 69 y 140 de Los Hornos. El homenaje fue decidido el jueves por el Concejo Deliberante de La Plata, a días de cumplirse siete años de la desaparición del testigo. También como parte de las actividades, el colectivo de organismos de Derechos Humanos Justicia Ya! lanzó una campaña para la "presentación masiva de habeas corpus por Julio López" que culminará el martes. Y el miércoles a las 18, como todos los años, marcharán hacia la casa de gobierno. 

"La desaparición de López fue un quiebre", explicó la abogada Guadalupe Godoy, que representó al testigo en el juicio de 2006, a días de cumplirse siete años de la desaparición. La letrada consideró que ese episodio constituyó "un antes y un después en los juicios y la manera de hacerlos". Y abundó: "No sólo lo fue para nosotros sino también para el Estado, que no había planificado ni había previsto cuáles eran las consecuencias posibles, porque muchas veces no somos conscientes de los monstruos a los que nos enfrentamos."

"La desaparición de López marcó todo lo que falta, como la democratización de la policía bonaerense, y marcó los déficits y las peleas que todavía tenemos que seguir dando", completó. 

Jorge Julio López tenía 77 años cuando desapareció el 18 de septiembre de 2006, el mismo día en que Godoy y Verónica Bogliano debían alegar en el juicio que el Tribunal Oral en lo Criminal Federal N°1 de La Plata realizaba a Etchecolatz y que dos días después terminó con la condena a prisión perpetua para el represor por los crímenes de lesa humanidad cometidos en el marco de un genocidio. 

Desde entonces no se supo nada de él. Apenas hay hipótesis de lo que pudo haber pasado. La causa que investiga la desaparición está radicada en el Juzgado Federal N° 1 de Manuel Blanco y no registra avances. El último movimiento importante ocurrió hace dos años, cuando se rastrilló el Parque Pereyra Iraola en base a un dato falso.  

PRESENTACIÓN. "La desaparición de López no responde a ninguna de las dos lógicas de desapariciones en democracia, que son la violencia institucional y policial, en general aplicada a jóvenes pobres, y la otra que es la trata de personas", explicaron los autores del libro Los días sin López, al presentarlo el jueves pasado en el Museo de la Comisión Provincial por la Memoria.

Los periodistas Luciana Rosende y Werner Pertrot reconstruyeron en el libro la vida del testigo, pero también avanzan sobre los déficits de la investigación judicial y sobre los posibles autores del crimen. Y señalaron tres grupos de sospechosos que identificaron en la causa judicial: "El primero –detalló Pertot– es el entorno de Etchecolatz, su círculo íntimo, su familia que pudo haber pedido el crimen. El segundo es el entorno policial, que son policías del Circuito Camps que López menciona en su declaración y en la causa vimos que se los investigó muy poco a pesar que eran potenciales secuestradores que tenían un interés directo de que no siguiera hablando." 

"Otro grupo son los integrantes del Servicio Penitenciario Bonaerense, que en 2010 fueron condenados en el juicio por la Unidad 9 de La Plata y que, como los policías, tenían el mismo interés de que se frenaran los juicios", finalizó. 

EL TESTIGO. "López es una persona que encarna y hace propia la consigna de Memoria, Verdad y Justicia, y que logra hacerse verbo, hacerse palabra", explicó Miguel Graziano autor del libro En el cielo nos vemos. La historia de Jorge Julio López. El libro, presentado en mayo pasado en la Feria del Libro, es la historia de las dos desapariciones del testigo, la primera en octubre de 1976 y la segunda en 2006, y la historia de la persona, la reconstrucción de su proceso sobre el cautiverio y la tortura y la reconstrucción de su memoria para que hubiera justicia, en base a una idea que repetía todo el tiempo: "Los argentinos tienen que saber." 

Graziano opina que López no fue un testigo más. "Fue un adelantado en el compromiso que tomó respecto de los juicios", explicó. Y abundó: "En el juicio identificó a los represores con nombre y apellido; lo ubicó al imputado en el lugar de los hechos; es testigo de dos homicidios de los ocho que se juzgaban; su propia experiencia es caso en el juicio y además es querellante, es decir, que promueve la acción penal." 
"No fue un testigo cualquiera, fue un testigo clave en el sentido de que él había tomado un compromiso mayor que el resto de los testigos", concluyó.  «
Una fundación que no puede llevar su nombre
"Volcar nuestra experiencia a todas las personas a las que les pase algo similar.” Esos serán los objetivos de la Fundación que Rubén, el mayor de los dos hijos de Jorge Julio López, y su familia esperan poder presentar el miércoles al cumplirse siete años de la desaparición del testigo, si llegan a tiempo con los trámites para su inscripción. En una entrevista con Tiempo Argentino, el hijo de López repasa estos siete años y adelanta el proyecto de la entidad que no podrá llevar el nombre de su padre por una cuestión legal: les exigen que López de consentimiento o que presenten un certificado de defunción. Pero López está desaparecido. 

"Son siete años de mucha bronca, de impotencia y lo único que me queda claro es que si alguna vez sabemos algo va a ser, como dijo mi hermano hace cuatro años, "cuando se lo lleven por delante". Y hoy me parece que no se quiere investigar. No sé por qué. Por mucho tiempo creí que no se encontraba nada porque no se sabía y no se podía investigar. Hoy creo que sí se puede y se sabe pero no se quiere. Es obvio que el juez (federal de La Plata, Manuel) Blanco no quiere avanzar en la causa, no sólo en esta, sino en una denuncia paralela que hicimos para saber si se pudiera haber evitado”, comenzó López. 
–En el séptimo aniversario colocarán una baldosa blanca y se presentaron dos libros. ¿Además planea presentar una Fundación? 
–Se va a colocar una baldosa, que junto con los libros son un granito más de arena. Y el miércoles  (día del aniversario) ojalá podamos también presentar la Fundación en la que hace un año que venimos trabajando y hace cuatro que venimos con la idea. Todo eso son granitos de arena para una gran montaña que tenemos que sumar todos que arriba diga: “Queremos saber qué pasó con López, necesitamos justicia”. La Fundación, los libros no me van a decir quiénes desaparecieron a mi viejo ni los va a condenar, pero sí van a sumar a la lucha. Y la lucha de todos y cada uno es la que nos va a brindar las respuestas que necesitamos nosotros como familia y también como ciudadanos de un país y sobre todo en democracia.

–¿Cómo es el proyecto de la Fundación?
–La Fundación es algo extraño porque no puede tener el nombre de mi viejo por una cuestión legal, porque necesitaríamos la aprobación de él con su firma, que como es obvio es imposible, o si no necesitaríamos un acta de defunción que tampoco tenemos. Entonces no va a tener su nombre. ¡Qué contradicción! Vamos a hacer una fundación que recree los conceptos básicos, el legado que nos dejó mi viejo que fue su voluntad de ir a declarar y no puede llevar su nombre. Pero bueno, vamos a ponerle otro nombre.

–¿Qué objetivos perseguirán?
–En principio volcar nuestra experiencia a todas las personas a las que les pase algo similar a lo que nos pasó a nosotros, para que no cometan los mismos errores. Hemos cometido errores llevándonos las paredes por delante en cuanto a cómo manejarse, a cómo accionar ante una desaparición cualquiera que sea el contexto. 
Marchas en capital federal y en la plata
Las organizaciones nucleadas en el Encuentro Memoria Verdad y Justicia (EMVyJ) convocan el miércoles próximo a marchar desde el Congreso de la Nación hasta Plaza de Mayo para exigir la aparición con vida de Jorge Julio López, al cumplirse siete años de su desaparición. La convocatoria es a las 18 horas y se suma a la que realizarán en La Plata los organismos nucleados en el espacio Justicia Ya! que se concentrarán a las 17 en la Plaza Moreno de esa ciudad para exigir el juicio y castigo a los responsables de su desaparición.

Jorge Julio López fue secuestrado y desaparecido por primera vez durante la última dictadura cívico militar y se presentó como testigo en el juicio oral y público contra el ex comisario Miguel Etchecolatz que se realizó en la ciudad de La Plata.
Fuente:TiempoArgentino

Un testigo cualquiera
Año 6. Edición número 278. Domingo 15 de Septiembre de 2013
Por Miradas al Sur
sociedad@miradasalsur.com
Homenaje. A seis años de la desaparición de Jorge Julio López, el 18 de septiembre de 2006, se reproduce un fragmento del libro En el cielo nos vemos, de Miguel Graziano.

Se había puesto la boina azul, la campera bordó y los zapatos que usó en cada una de las audiencias, sin importar si hiciera frío o calor. Quiso llevar el pulóver amarillo con el que lo tabicaron cuando lo secuestraron en 1976, para que los jueces pudieran comprobar que podía ver a través del tejido, pero le dijeron que no hacía falta. El Salón Dorado de la Municipalidad de La Plata estaba repleto y él andaba contento porque sus hijos Ruben, el mayor, y Gustavo, el menor, lo habían acompañado.

Aquel 28 de junio de 2006, los jueces rechazaron un recurso contra la decisión que revocó la prisión domiciliaria de Etchecolatz por considerarlo improcedente, por lo que el represor debía continuar en la cárcel federal de Marcos Paz.

Jorge Julio López no era un testigo más. No sólo sobrevivió a los campos de concentración, sino que, a los 77 años, asumió la responsabilidad de presentarse como querellante en la causa que se le seguía a Miguel Osvaldo Etchecolatz por su responsabilidad en los secuestros, las torturas y la desaparición de personas en los –al menos– 29 campos clandestinos de detención hasta ahora conocidos en la provincia de Buenos Aires durante la última dictadura cívico-militar.

Hugo, el sobrino al que hacía sus confidencias, lo pasó a buscar en su camioneta Ford F-100. Gustavo, que recién se había separado y pasaba una temporada en la casa de su infancia, fue con ellos. Ruben y su esposa, Koqui, los esperaron en el centro, por donde los pasaron a buscar bien temprano.
Ella tenía que ir al médico, por lo que sólo los hijos y el sobrino entraron a la sala a escucharlo. Los primos se sentaron juntos.

Ya habían declarado Nilda Eloy, Oscar Solís, Adolfo Paz, Horacio Masoto, Eduardo Castellanos, Walter Docters y Nora Ungaro. López dio su testimonio después de Adriana Calvo y antes de Víctor Illodo. Fue una jornada especial en muchos sentidos. Habló durante una hora veinte.

Adriana, que había encabezado el trabajo de recopilación de datos sobre ocho de los centros clandestinos dependientes de la Policía de la Provincia de Buenos Aires que integraron el Circuito Camps, recordó a cada una de las mujeres con las que compartió su detención, evocó el parto de sus compañeras y relató su propio parto en cautiverio.

López esperó en la sala destinada a los testigos.
–Va por los compañeros –se despidió de Nilda.

Con el orgullo de tener a su familia sentada entre el público y la decepción de que Etchecolatz había faltado a la audiencia, porque quería mirarlo a la cara, López entró al recinto con su gorra en la mano, juró por sus creencias y se sentó, con alguna dificultad, para decir verdad.

* * *
Cuando le tocó sentarse ante los jueces, no sólo contó cómo habían sido asesinados sus compañeros de la Unidad Básica de Los Hornos y describió a la perfección cómo eran los campos clandestinos de detención por los que pasó durante 160 días, entre el 27 de octubre de 1976 y el 4 de abril de 1977, cuando fue legalizado y trasladado a la Unidad 9, donde estuvo 812 días, hasta el 25 de junio de 1979, sino que se reivindicó como un ser político. Para su familia, fue un balde de agua fría. Ruben se quedó pasmado.

Una de las querellas y el fiscal participaron de la ronda final de preguntas.
–Relátenos las conversaciones que tuvo con Patricia Dell’Orto.
–Cuando la tiran a Patricia, me dice: “López, no me fallés si salís. El único que puede salir de nosotros sos vos”. Me dice: “Andá, buscalos a mi papá, a mi mamá, mis parientes, mi hermano, y deciles… dale un beso a mi hija de mi parte” –contó, con lágrimas en los ojos.
–Tranquilícese, si usted quiere que interrumpamos…
–No. Sigo.
–Tómese su tiempo. No tenemos ningún apuro. ¿Quiere un vaso de agua?
–Dame un poquito –tomó el vaso temblando y dijo–: Eso es lo que me dolió a mí…
–¿Está bien?
–Cada vez que me hablan de eso me enloquezco.
–Señor López, ¿usted qué era en aquel momento, cuando fue ilegalmente detenido?
–Y… yo cooperaba con los Montoneros, yo se lo digo derecho, yo no (sic) me saco la venda de los ojos. Yo cooperaba con ellos porque eran los únicos valientes que le hicieron frente a los 240 mil tipos, entre ellos policías, soldados, marinos, Prefectura, Gendarmería, que cooperaban todos. Fueron los únicos seis mil tipos que salieron a la calle. Y con orgullo se lo digo, con orgullo. Y si no, júzguenme. Con orgullo, porque fueron unos cuantos pibes que salieron a defender a la gente. ¿Sabe desde cuándo conozco a Patricia Dell’Orto? Desde antes que entrara a la Universidad. Y al marido, y a otros muchos muchachos, que también cayeron, y otros que se salvaron. Algunos dispararon del país.

–Mi pregunta era si los conocía de antemano.
–Sí. Los conocía de la Unidad Básica del barrio, 68 entre 142 y 143. El marido no sé si andaba en algo, pero ella nunca agarró un arma. ¿Sabe qué hacía Patricia? Como otras chicas, se dedicaban a cuidar chicos, a darles de comer. Y cuando nadie las apoyó, que se quedaron, iban con los chicos de la Universidad, toda la JP. Iban a pie o en bicicleta, sin tomar el micro para ahorrarse unos pesitos y llevarles algo a los chicos.
–Bueno, ahora vaya a descansar. Muy amable, señor López.
–Todas las preguntas y cooperación que necesiten, un servidor.
–Muchísimas gracias, señor López.
La sala estalló en un aplauso cuando López se paró para retirarse. Miró al auditorio y levantó la mano saludando a alguien, probablemente a sus hijos. En la sala contigua a la audiencia, el médico de la Municipalidad lo demoró cinco minutos, le tomó la presión y le dio un vaso de agua.
Rufino se apuró a salir y fue el primero en abrazarlo:
–Me van a matar, pero yo soy peronista y a estos hijos de puta me los llevo conmigo –le dijo.
Ruben, Gustavo y Hugo llegaron luego. Los hijos de López estaban consternados. Lo abrazaban.
Ruben permanecía estupefacto.
–¡Qué viejo tenés! –lo saludó Rufino.
–Yo siempre decía: “Callate, viejo loco” –reconoció.
Los compañeros se acercaban a saludarlo, él fue con Koqui, que acababa de llegar después de ir al médico y no lo había escuchado. Estaba orgulloso por todos los nombres que había recordado.
–Lo hice mierda a Plaza –le contó.
Aun en esa circunstancia, Koqui pensó que su suegro había enloquecido.
–Pero, Jorge, Plaza está muerto –le dijo.
–Ya sé –respondió–, pero quiero que lo saquen de la Catedral.
–¿Quiere un cigarrillo? –ofreció, mientras caminaban amontonados por los pasillos de la Municipalidad rumbo a la vereda.
–Dale…
Gustavo miró con bronca. No le gustaba que su padre fumara, algo que siempre había hecho a escondidas.


* * *
Mientras López declaraba, un agente de la policía irrumpió en la sala de testigos y amenazó a Illodo, quien prestó declaración aterrorizado, dubitativo e inseguro.
¿Amedrentó al testigo equivocado?.

Fuente:MiradasalSur

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