3 de noviembre de 2013

OPINIÓN.

OPINION
Son las instituciones, gil
Las elecciones y la sentencia de la Corte Suprema, ejemplos de cómo funcionan las instituciones. El debate que no termina ni resolverá cómo será el futuro. El espacio radical-socialista, el PRO y el peronismo “federal”: cómo quedaron. Lo que hizo el Gobierno después de agosto. Lo que se discute desde el domingo pasado.
Por Mario Wainfeld

Pasó una semana de órdago, que incidirá mucho en el escenario político de los años por venir. Las elecciones y la sentencia de la Corte Suprema delinean un combo tan incitante como incompleto: su sentido y su proyección se completarán con acciones futuras. Podrá parecer ingenuo en medio del griterío que connota la política doméstica pero es forzoso resaltar, como eje central, que las instituciones funcionan en la Argentina. Distan de ser perfectas o ejemplares, pero rayan mucho más alto que lo que traduce la Vulgata dominante.
El pueblo votó en 24 provincias, dando cuenta de su federalismo, cambios de talante y diversidad. La jornada fue tan ejemplar cuan masiva, el escrutinio resultó prolijo y veloz. La traducción está en disputa, algo lógico ante un veredicto con aristas variadas.
La Corte resolvió con ajuste a derecho, enfrentando presiones corporativas tremendas y de- satando la furia de la derecha real, cuyo espíritu democrático vuela muy bajito (ver asimismo nota aparte).
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Datos, versiones y porvenires: La polémica sobre el saldo del pronunciamiento popular se viene cruzando desde agosto. El oficialismo enfatiza la conservación, ligeramente mejorada, de las mayorías en el Congreso nacional. También su condición de primera minoría nacional. Le asiste razón, a condición de admitir que el cuadro incluye otras variables, que son las que subrayan las fuerzas opositoras.
Estas hacen centro en la disminución del caudal total del kirchnerismo, sus derrotas amplias en las cinco provincias más pobladas, la amplia diferencia en Buenos Aires, la aparición exitosa del intendente de Tigre Sergio Massa. Son válidas, a condición de asumir lo mencionado en el párrafo precedente.
La preservación de un quórum (casi) propio en las dos Cámaras prefigura para el Gobierno un horizonte más desahogado que el de 2009. La necesidad de construir una candidatura presidencial que no sea la de Cristina Fernández de Kirchner es un intríngulis severo, inexistente en aquel entonces.
La hipótesis de esta columna es que las urnas han demarcado el terreno pero no cristalizado el resultado de 2015. Los opositores hablan de “fin de ciclo”, lo que hasta es entendible como táctica para debilitar al oficialismo, pero insuficiente como vaticinio. Para que termine el zarandeado ciclo, les queda construir alternativas ganadoras y construir un favor popular direccionado a una o dos coaliciones. Hay virtualidad para armarlas, pero hoy no existen.
El kirchnerismo se autorretrata como vencedor serial, le queda cimentar las condiciones para proseguir su saga dentro de dos años.
Los adversarios tienen una carga parecida: transformar sus interpretaciones en realidades. Para eso, deben hacer política y no quedar ensimismados en discusiones interesantes pero insuficientes.
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Cuando la espuma baja: A medida que baja la espuma de los brindis, decantan análisis más acabados que las tapas simplistas de los diarios hegemónicos. Es recomendable, en su totalidad, la nota del politólogo Andrés Malamud en la revista El estadista. Malamud consigna, provocativo y certero en los datos: El Frente para la Victoria triunfó en doce provincias (incluyendo a Salta en la categoría senadores) y salió segundo en ocho. Y desagrega a “la opo”: El radicalismo con sus aliados socialistas y lilitos ganó siete, su promedio desde 1983. Los peronistas con remordimientos ganaron cuatro, y el Movimiento Popular Neuquino prevaleció en la que gobierna desde 1983. La conclusión está cifrada en el título de la nota “El fin de ciclo se acerca: es en 2019”. Conviene aclarar y resaltar que, desde la perspectiva ideológica de Malamud, una victoria del peronismo antikirchnerista no sería un fin de ciclo, ni una cabal alternancia, sino una “sucesión” dentro del universo peronista.
El sociólogo Eduardo Fidanza coquetea con una idea parecida, ayer en La Nación. Según él no hubo un pronunciamiento contra los lineamientos generales del kirchnerismo. El votante, cree, “se mantuvo en las proximidades de la Presidenta, premiando a un hijo descarriado, no a un miembro de otra familia”. Integrante de la consultora Poliarquía, Fidanza cifra así la demanda electoral promedio: “Pide un ecualizador que aumente la calidad de la melodía, no quiere reemplazarla. Un poco menos de inflación, algo más de seguridad, la misma proporción de empleo, salario, consumo y vacaciones”. Modelo con sintonía fina, pongámosle.
Ambos observadores miran con escepticismo las hipótesis de resurrección de la familia panradical-socialista. Un estudio básicamente numérico del politólogo Javier Zelaznik de la Universidad Torcuato Di Tella aporta cifras que comprueban que ese sector sólo mejoró su patético desempeño de 2011 pero que no trasgredió sus medias históricas anteriores.
El cronista coincide con esa parte de la interpretación aunque disiente con el sentido y las eventuales consecuencias del crecimiento del “peronismo federal”. A su ver, configuran una propuesta diferente, una regresión potencial mayúscula en términos culturales y políticos.
Cabe asignarle una entidad diferente que debe alertar al Frente para la Victoria (FpV) si quiere corroborar, en la cancha y cuando se juegue el partido respectivo, que su bien ganada permanencia en el Gobierno proseguirá después de 2015.
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Rivales deseados y reales: El presidente Néstor Kirchner imaginó, tiempo ha, un sistema político dominado por dos vertientes: el FpV encarnando al centro izquierda (limitando con la pared) y el centro derecha dominado por el PRO. La trayectoria del partido del jefe de Gobierno, Mauricio Macri, torna borrosa la tesis (nada es imposible en el futuro, se machaca). Fuerte en la Capital, lábil en rodeo ajeno, el macrismo conserva su feudo y lo embellece apenas con un segundo puesto lejano en Santa Fe, otro (forzando un poco la lectura) en Entre Ríos y un cuarto en Córdoba. Queda poco competitivo. Vaya una referencia, que podría extrapolarse, con variantes, a otras fuerzas. El PRO entra al senado, ocupando tres bancas. Si ganara la mayoría en todas las que se renuevan dentro de dos años, totalizaría 19, apenas más de un tercio de la Cámara. Sería una magra base para construir gobernabilidad. La legitimidad allende la Avenida General Paz tampoco ayuda, ya se dijo.
Así las cosas, la derecha posible con más potencial es otra. Aciertan el establishment económico en general y el mediático en especial cuando ponen su mayor cantidad de fichas a manos del peronismo “federal”. Hasta hace poco, su “candidato A” era el gobernador Daniel Scioli y el intendente Sergio Massa el plan “B”. Esas posiciones relativas se enrocaron, a la luz del veredicto de las urnas en Buenos Aires.
La amplia victoria del Frente Renovador es otra clave de las elecciones, que sería necio subestimar. Por el volumen de la diferencia, por lo que impacta en el total nacional, porque se obtuvo desgajando votantes, dirigentes e intendentes que respondían al kirchnerismo.
Este cronista supone que es difícil que Massa tenga combustible para llegar indemne dentro de dos años. Pero ningún vaticinio es seguro (lo que, ay, incluye a los propios) ni mucho menos escribe de antemano la historia.
La emergencia de Massa, construida en pocos meses, es una alerta importante para el oficialismo. Entre otras variables, porque es imposible imaginar una reválida del FpV para la Casa Rosada sin revertir mucho el resultado en Buenos Aires. También porque resucitó al “otro” peronismo que venía muy maltrecho.
La dirigencia peronista es, en tendencia, itinerante y de lealtades móviles. Las predicciones de cambio de camisetas que se escuchan hoy son apresuradas, se comen la cena antes del almuerzo. Pero la posibilidad es real, se ha catalizado. El kirchnerismo la conoce y el mejor modo de neutralizarla es recobrar fuerzas en el terreno que mejor le vale: el de la gestión pública.
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Palabras y medidas: Las declaraciones a los medios el día de los comicios son un insumo interesante, aunque efímero. El kirchnerismo tomó nota del resultado de las Primarias, que incluía achicamiento de su popularidad.
Por eso, arbitró una serie de medidas. Estaba cantado que su proyección electoral en octubre sería limitada pero valen porque dan cuenta de haber recapacitado. Y porque implican mejoras a sectores importantes de la población. Hablamos de las reformas al mínimo no imponible de ganancias y a las escalas del monotributo.
También revisó su táctica electoral, dentro los márgenes estrechos que le quedaban. Corrigió (poco) el mensaje de campaña. No tenía margen para cambiar las candidaturas nacionales pero en la Ciudad Autónoma mejoró su oferta incorporando al ex Canciller Jorge Taiana como primer candidato a legislador porteño y al joven luchador Pablo Ferreyra liderando una lista colectora.
Los candidatos aceptaron notas “de visitantes” en medios hostiles al Gobierno, hasta en la galaxia Clarín. A su vez, la presidenta Cristina Fernández de Kirchner se mostró en entrevistas televisadas, de formato peculiar, con pocos precedentes.
Las convocatorias a las centrales empresarias y gremiales afines al oficialismo para discutir acciones concretas demarcaron un camino interesante.
La salud de la Presidenta dejó en pausa esas medidas y jugadas, que son válidos esbozos de lo mucho que queda por hacer.
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Repliegue y desafíos: Era de cajón imposible repetir el plebiscito de 2011, pero no estaba escrita la magnitud de la merma. La comparación con la elección de 2009 es parcialmente válida pues se trata de la peor performance del kirchnerismo en “medio término”. Revisar qué motivó la sangría de preferencias es un desafío para una fuerza con vocación mayoritaria, lo que exige sumar siempre.
Este cronista cree que el FpV se replegó desde su inusual éxito de dos años atrás. Se amuralló en sus fronteras, achicó su elenco de aliados. Hablar sobre las elecciones en general es impropio, teniendo a la vista resultados muy disímiles en distintas provincias. En sesgo general, prevaleció la idea de amurallarse en la identidad propia y presentar candidatos “del palo”. Con los guarismos a la vista es patente que muchos de ellos sumaron poco o nada sólido al piso del kirchnerismo.
Los movimientos internos se ralentan y asordinan, determinados por la licencia de la Presidenta. Pero quienes salieron bien parados se dejan ver, lo que es lógico porque la decisión popular jamás debe ignorarse. Las ambiciones existen y son justas, si se las modula en su medida y armoniosamente. Los gobernadores Sergio Urribarri y Jorge Capitanich y el senador Miguel Pichetto dejaron constancia de que en sus distritos el FpV salió mucho mejor parado que en el promedio nacional.
El jefe de Gabinete, Juan Manuel Abal Medina, consignó que los cambios del equipo de gobierno siempre están a mano, lo que no es novedad ni alcanza el rango de un anuncio, pero sí de una señal.
Dos ministros compitieron en sus provincias el domingo pasado: el de Salud, Juan Manzur y el de Agricultura, Norberto Yahuar. El tucumano ambiciona la gobernación de su provincia, su salida está cantada. El chubutense naufragó en las preferencias de su pago, sería infausto que continuara en su cargo después del traspié. Se especula sobre otros ingresos, salidas o ascensos en el Gabinete. Son resorte exclusivo de la Presidenta, nada de lo que se prediga es serio en este intervalo.
Los relevos en el equipo de gobierno, medidas de nuevo cuño, un relanzamiento del oficialismo están disponibles y son necesarios. Reverdecer los laureles dista de ser imposible tanto como de estar garantizado sólo con alusiones a la “década ganada” que hegemonizaron demasiado los discursos de campaña, parcos en alusiones a cómo consolidarla en el próximo bienio.
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Cimientos e interpelaciones: Hace treinta años que se eligen autoridades con regularidad. A las compulsas nacionales se añaden las locales y algunos ejercicios de democracia semidirecta: consultas, referéndums, plebiscitos. En ese carril hay un terreno fértil para avanzar, convocando al soberano en más ocasiones, para decisiones variadas sobre su destino. Un reto para oficialistas, opositores o referentes sociales interesados en enriquecer el sistema político.
El voto popular no sólo designa y remueve legisladores o mandatarios, en buena hora. También sintoniza y detecta el conformismo o la crítica, que interpelan a los protagonistas, amén de ungirlos o de bajarles el copete.
La Corte dictó una sentencia histórica, completando el gran recorrido de la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual en los poderes del Estado y en la sociedad civil.
Las instituciones dan la base, le cabe a “la política” seguir demarcando los rumbos con una oreja siempre atenta al mensaje de las urnas.
Fuente:Pagina12

Las opiniones y los balances al aire libre
Año 6. Edición número 285. Domingo 3 de Novimbre de 2013
Por Eduardo Anguita
eanguita@miradasalsur.com

Protagonistas. J. Capitanich, S. Urribarri, D. Scioli y M. A. Pichetto.
El mismo día en que la Corte Suprema de Justicia fallaba por la constitucionalidad plena de la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual, el senador Miguel Ángel Pichetto disparaba munición gruesa. En efecto, el martes pasado, el jefe de la bancada kirchnerista en la Cámara alta decía que Sergio Massa, quien había pegado un golpe duro al Frente para la Victoria en el distrito bonaerense, no está dentro del proyecto “pero en el futuro podría estar”. La lectura no requiere demasiada sutileza: Pichetto reafirmó la distancia que históricamente tuvo del oficialismo aún siendo parte de él. Cabe recordar que en 2007 se había presentado como candidato a gobernador en Río Negro al mismo tiempo que el radical Miguel Saiz se presentaba a la reelección con apoyo del kirchnerismo. La propia Cristina Fernández de Kirchner apoyó públicamente a Saiz quien se impuso a Pichetto. Eran los tiempos de la Concertación Plural, que llevaba a Julio Cobos como candidato a vice. En estas elecciones, con el radicalismo divorciado del kirchnerismo, el senador peronista tuvo su revancha: obtuvo el 42% de los votos al encabezar la lista para senadores mientras que Saiz tuvo el 25,4%. Pero Pichetto nunca tuvo buena sintonía con la Casa Rosada: en la visita de la Presidenta a Bariloche el 26 de septiembre –entre las PASO y las legislativas–, el propio Pichetto se quejaba de que Cristina no lo nombró en ningún momento. Tres días antes de las elecciones, en una entrevista al periodista Santiago Rey (de AN Bariloche), Pichetto ya hablaba de un poder en retirada. El centro de la campaña de Pichetto en Río Negro no fue ser parte del kirchnerismo, sino ser un gestor eficaz para las necesidades de la provincia. Es cierto, su lugar protagónico en el Senado le permite ser el portavoz de los intereses tanto de los exportadores del Valle como de los sectores turísticos de la Cordillera y de la localidad atlántica de Viedma. Pichetto expresa un problema aún no resuelto: si bien se coparticipó el 30% de las retenciones agropecuarias, todavía las provincias obtienen recursos de la Nación en función del vínculo que establecen sus autoridades provinciales o municipales.

Río Negro es parte de una Patagonia que cambió bastante de signo el pasado domingo. Salvo en Tierra del Fuego, donde el kirchnerismo hizo una buena elección, el resto de las provincias exhibe un comportamiento preocupante para el oficialismo. Concretamente en Neuquén, ganó el Movimiento Popular Neuquino pero con una lista contraria al acompañamiento que los Sapag hicieron en esta década. Quien encabezó la lista de senadores fue el dirigente sindical petrolero Guillermo Pereyra, aliado de Hugo Moyano, cuyos próximos pasos son indescifrables en temas muy sensibles, como por ejemplo, las inversiones en el yacimiento de Vaca Muerta, donde el acuerdo YPF-Chevron fue aprobado por la Legislatura pero requiere de un acompañamiento permanente. En Chubut, arrolló Mario Das Neves con el 55,84% y el candidato oficialista Norberto Yahuar, todavía ministro de Agricultura, sacaba el 21%. El gobernador de esa provincia, Martín Buzzi, se encontrará ahora entre dos fuegos: había ganado la gobernación en 2011 de la mano de Das Neves, pero saltó al kirchnerismo al compás del gran impulso de la Presidenta, reelecta en ese momento con el 54% de los votos. Ahora, Buzzi puede ser un buen gestor de las necesidades de Chubut en la Casa Rosada, pero deberá cuidar sus espaldas en su ex jefe político Das Neves. En Santa Cruz, el radical Eduardo Costa, con el 42% de los votos logró desplazar las pujas del peronismo local que tienen como protagonistas a los seguidores históricos del kirchnerismo y el gobernador Daniel Peralta, distanciado de ese espacio.

¿Qué es hacer política? El escenario árido del sur argentino se reproduce en la mayoría de los distritos. Los reacomodamientos o saltos por intereses y conveniencias se dieron en varios distritos. La pregunta que revolotea, tras la caída electoral del kirchnerismo, es si habrá un polo de atracción por fuera del oficialismo capaz de aglutinar voces críticas como la de Pichetto. La respuesta es abierta. Depende, en alguna medida, de que el círculo más cercano a la Presidenta tome nota del nuevo escenario: no sólo hacia adentro, donde es fácil reconocer los errores, sino de cara al conglomerado de referentes que aglutina el peronismo y el kirchnerismo. Está claro que el Frente Renovador no tiene ni los recursos del Estado ni la estructura política como para prometer, en los próximos dos años, un anclaje para las necesidades de gobernadores, intendentes o dirigentes disgustados con el Gobierno Nacional.

A su vez, dentro del oficialismo ya se conocieron las voces de quienes tuvieron buena performance electoral. Es lógico que en un primer momento, salieran al ruedo prematuros aspirantes a la Casa Rosada como es el caso de los gobernadores de Chaco y Entre Ríos, provincias en las que el Frente para la Victoria tuvo buenos números. Tanto Jorge Capitanich como Sergio Urribarri salieron a mostrar que no sólo Daniel Scioli es una espada para 2015. Estos dos gobernadores, aunque provengan de provincias relativamente chicas, quieren exhibir una adhesión más cercana al kirchnerismo que el propio Scioli, quien nunca se mostró como un alineado pleno aunque sí como un aliado cumplidor de la Presidenta. Sin embargo, lo que está en juego estos dos años para el oficialismo no es armar y desarmar candidaturas, sino gestionar el Estado de un modo que mejore la calidad de vida de la sociedad y que, como consecuencia, pretenda recomponer las simpatías electorales. Y lo segundo tiene que ver con la manera de hacer política: lo que un poco ligeramente ha sido catalogado como hegemonía no fue más que una gran adhesión electoral acompañada por un Ejecutivo centralizado y un Congreso con mayoría oficialista. Eso no es poco, es casi una proeza en un país con un anclaje potentísimo del gorilismo político, de un individualismo creciente, de destrucción del Estado y de medios de comunicación mayoritariamente opositores. No obstante los logros, desde la Casa Rosada en los últimos dos años hubo una clara construcción radial: desde el Poder Ejecutivo hacia la periferia, pasando por círculos concéntricos en los cuales se privilegió la cercanía ideológica o el silenciamiento de las diferencias. Eso fue eficaz pero, como todo, ante los cambios de escenario puede ser peligroso darle continuidad. La realidad es que no bien reasuma la Presidenta se van a poner en marcha una serie de cambios. Y no sólo deberían ser relevos de nombres en cargos clave, sino que deberían contemplar la jerarquización de aquellos dirigentes que mostraron su capacidad de diálogo y de búsqueda de alianzas al mismo tiempo que sus convicciones hablen por la historia y no por las declamaciones.

Hacer política sectaria en tiempos de reacomodamientos reduce la capacidad de buscar dónde estuvieron las fallas. Por el contrario, una apertura a recomponer vínculos con sectores de la sociedad no kirchneristas permitiría salir de esa rústica oposición entre “propios y ajenos” que es sólo funcional para quienes detentan cuotas de poder o privilegios que el común de los militantes o representantes políticos no tiene.

Por caso, los resultados en la provincia de Buenos Aires dieron un duro golpe al oficialismo . Pero fuera de una visión tremendista, se trata nada más que del mensaje de las urnas. De ahí en más se pueden elegir distintos caminos. Desde el que se monta en el triunfalismo más extremo que se sintetiza en la patética frase de “lo único que no se perdona en el peronismo es la derrota”, hasta la búsqueda de un período de tiempo donde queden de lado las peleas oportunistas con adversarios internos.
Buscar caminos con matices y dirigentes a la altura de este escenario tiene sentido si el plan del Gobierno es profundizar medidas y programas de la agenda popular, tanto de los trabajadores como de los excluidos y de las capas medias. Si María Lucila Pimpi Colombo, secretaria de Defensa del Consumidor, tiene respaldo como para decir que la inflación no es un problema en la Argentina y que los supermercadistas respetaron el acuerdo de 500 productos, es que el Gobierno está en problemas. Quizá no sea fácil cambiar la política cambiaria, aunque se paga un precio. Pero desconocer los problemas de precios no ayuda. En la nómina de dirigentes de esta década hay una cantidad de personas destacadas, que no son excéntricos para mostrarse en motos cuando tienen grandes responsabilidades, que no precisan sobreactuar su adhesión a un proyecto político y que no tienen denuncias públicas ni judiciales. Desde ya, hay quienes sostienen con mucha razón que la agenda de funcionarios y líderes no la deben hacer los medios conservadores. Con el mismo énfasis debería agregarse que tampoco puede ser sólo el grupo de personas que se adecuan a las instrucciones o directivas de lo más alto de la pirámide del Ejecutivo.

Esta semana hubo una extraordinaria lección política para la sociedad argentina. La dio la Corte Suprema de Justicia, con un fallo impecable que es un desafío para las grandes corporaciones económicas con posiciones monopólicas o de privilegio en muchos otros ámbitos y no sólo de medios de comunicación. Las cadenas de supermercados deberían tomar nota, las cerealeras o los bancos o las siderúrgicas y automotrices también. Estuvieron en juego los derechos de los usuarios y consumidores, no sólo de los televidentes o radioescuchas. Pero la Corte no sólo mostró valentía jurídica, sino también actuó como un poder apenas dos días después de una elección que castigaba al Ejecutivo. Una Corte que no está alineada aunque a muchos comunicadores oficialistas no les caiga bien. Una Corte con algunos integrantes con pretensiones políticas sencillamente porque ocupan cargos que son políticos. Algunos políticos a veces se traicionan y usan la palabra política como si fuera una mala palabra. Es que todos hacemos política, sobre todo los que no tienen más poder que expresarse cada dos años en las urnas.
Fuente:MiradasalSur

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