EL TESTIMONIO DE JUAN CARLOS CHACHQUES, MEDICO SOBREVIVIENTE DE LA ESMA
“Daban inyecciones y con eso mataban”
“Era el equivalente a la silla eléctrica”, dijo el sobreviviente sobre las inyecciones que los represores daban en la ESMA durante la primera etapa de la dictadura. El médico vive en Francia y su caso fue judicializado recientemente.
Por Alejandra Dandan
Los represores que están siendo juzgados en el megajuicio por los crímenes cometidos en la ESMA.
“Nos moríamos de frío. Me pasé un mes con las manos hacia atrás, en situaciones que realmente no eran humanas. ¿Por qué?”, preguntó Juan Carlos Chachques durante la audiencia. “Me interesaba el país, me comprometí con el gremialismo médico para que un hospital del Estado funcionara bien y fui sancionado de esa manera. Hice lo mismo en Francia. Fui profesor y fui condecorado con la Legión de Honor. Exactamente lo mismo en los dos lugares, me ocupé de la salud, pero en Argentina por eso me quisieron matar y en Francia me hicieron un reconocimiento.”
Chachques es un médico argentino que vive en Francia desde 1980. Es reconocido internacionalmente como inventor del “echarpe cardíaco”. Es biocirujano, doctor en biología, actualmente jefe de la Unidad de Bioasistencia Cardíaca y director de investigaciones cardiológicas del Hospital Pompidou de Paris, pero casi un desconocido como sobreviviente de la Escuela de Mecánica de la Armada. Hasta hace poco, su secuestro no estaba judicializado. Sólo se sabía de la presencia de un “médico” en abril de 1976 en la ESMA. Hace muy poco se supo su nombre. Los padres hicieron gestiones durante su secuestro; hubo denuncias en la policía, pero él formalizó la presentación recién en 2004 ante la Secretaría de Derechos Humanos de la Nación. Chachques declaró la semana pasada en el megajuicio por los crímenes de la Marina. Cuando salió de la ESMA no quería irse del país y no podía volver al Hospital de Clínicas, donde trabajaba cuando lo secuestraron. Consiguió un puesto en el Hospital Ferroviario y después en la Fundación Favaloro. “Mi historia no era muy conocida, me aceptaron y después de muchos años me enteré a través de amigos de que Sabato le había dicho a Favaloro: ‘Este tipo tiene buena voluntad, necesita completar su formación acá’. Así que pienso que Favaloro me consideró su alumno.”
“¡Tac!, y rompían una ampolla”
Chachques estuvo unos 28 días en el centro clandestino, desde el 10 de abril de 1976. Su testimonio iluminó parte del primer período de la ESMA en el que casi no hay sobrevivientes. Como médico, logró darse cuenta, con los ojos tapados pero a través de los sonidos, de un mecanismo que podría ser una de las primeras formas de “traslados”: escuchaba cómo rompían ampollas e inyectaban algún tipo de narcótico para matar a los secuestrados que, según su diagnóstico, habían entrado en una especie de shock.
“Yo no veía nada pero, como los ciegos, terminaba percibiendo las cosas”, dijo. “Una noche me hicieron escuchar a otra gente que torturaban y me dijeron: “Ahora el próximo sos vos”. Gritos de hombres, mujeres, terrible, terrible. Sacudones, gritos terribles. Y dijo: “Sentí que había gente que la volvían a subir después de las sesiones de electricidad, en un estado de excitación enorme, como son los electroshock repetidos. Tenían un desorden mental enorme, incontrolable, y yo sentía ‘¡tac!’, que se abrían ampollas. Que hacían inyecciones. Que las hacían dormir. Pero no solamente sentí que las hacían dormir –dijo–, sino que dejaban de respirar”.
Esto provocó conmoción en la sala. Las inyecciones aparentemente contenían anestésicos, pentotal o alguna droga, y según su teoría provocaban un paro respiratorio. “Directamente dejaban de respirar, y cuando uno deja de respirar se produce hipoxia y eso significa la muerte. Con el paro respiratorio, en pocos minutos, se para el oxígeno, se para el corazón, así que yo sentía cómo los cuerpos eran arrastrados y desaparecían por acción de los barbitúricos hechos para controlar un estado de situación que ellos consideraban de irritación, irrecuperables. Eran personas que a su criterio estaban gastadas, inutilizadas, y eran directamente sacrificadas a través de interrogatorios con los que habían querido sacarle información.”
–¿Esto lo escuchó más de una vez? –le preguntó el presidente del jurado.
–Sí –dijo–, más de una vez. Otra tortura que escuché fue la música. Violeta Parra y Julio Iglesias. Preguntaban, ¿te gusta? Y de golpe empezaban a pegar en los oídos. Lo que pareciera una cierta paz por acción de la música terminaba en un drama, gritos de ambos sexos.
Más tarde, las preguntas volvieron al tema.
–¿En qué momentos se realizaban estos traslados? –preguntó la fiscal.
–Todo pasaba a la madrugada. Yo conocí la diferencia entre el día y la noche por los pequeños reflejos de alguna ventana por la que entraba luz. Creo que dejaban que avanzara la noche. Durante el día nadie, nadie se movía; a la noche ya empezaban a llevar para interrogatorios, ésa era la mecánica, era tardío, nocturno, once, doce de la noche por lo menos.
–¿Quiénes aplicaban las inyecciones?
–Creo que era gente con experiencia en inyectables. Venían con maletín, abrían. Escuché a veces cargar más de una ampolla y quedarse un rato. Pienso que tal vez no había una persona, había un pequeño diálogo, tal vez venía un médico con algún enfermero. Pienso que era trabajo en equipo. Inyectar en esos casos era el equivalente a la silla eléctrica. Cuando uno inyecta y no se le puede ofrecer asistencia respiratoria, pienso que esa responsabilidad la tomaba un médico, no un enfermero. Era una decisión, sobre todo para la gente que estaba en medicina. En ninguna parte del mundo esto es así, los verdugos no son médicos, los médicos hacemos un juramento hipocrático, nos dedicamos a la vida, a salvar la vida y no a destruirla, eso es realmente muy condenable, merece la condena máxima.
Juan Carlos
Juan Carlos vivía hacía varios años en Buenos Aires, pero era de un pueblo de Santa Fe. Hizo medicina en Rosario y a comienzos de 1970 viajó a la Capital a hacer una residencia en el Hospital Rawson hasta que cerró y luego entró al Hospital de Clínicas apenas inaugurado. Vivió en el pabellón de médicos residentes.
Trabajó como voluntario en la cátedra de Anatomía y en 1973 sus compañeros lo propusieron como presidente de la Asociación de Médicos Residentes. “Mi vida era hospital público, era la docencia, la investigación, y esa formación con los años me permitió abrir otros caminos.”
Chachques ejerció el primer mandato entre 1973-1975. Lo reeligieron ese año. Con el golpe de 1976, todo se acabó. El hospital y la universidad fueron intervenidos por la Marina. Chachques pudo haber sido secuestrado por su actividad gremial, pero también se estudia la posibilidad de que su secuestro haya comenzado con una “equivocación”. En esos días, el GT buscaba a un tal “doctor Mario”, supuesto médico de Montoneros que atendía y curaba a los heridos de la organización. A las dos semanas de ser ingresado a la ESMA, sometieron a Chachques a una rueda de reconocimiento. “Dejaron que me crezca la barba, me venían a ver. ¿Tenés barba?, me preguntaban. Y a las dos semanas yo tenía barba. El doctor Mario era alto y aparentemente tenía barba”, explicó.
Fuente:Pagina12
Envío:Agnddhh
28 11 2013
TESTIMONIOS
113. “Un país sin justicia se destruye a sí mismo”
Fueron las palabras de Juan Carlos Chachques, sobreviviente de la ESMA. Además, declararon Lucía Coronel y Alejandro (Pedro) Sandoval, hijos de desaparecidos; Jorge Pomponi, ex detenido-desaparecido, y Miguel Corsi, hermano de María Elina, quien sigue desaparecida.
Juan Carlos Chachques (caso 642)
Juan Carlos Chachques, quien fue presidente de la Asociación de Médicos Residentes del Hospital de Clínicas José de San Martín, fue privado ilegalmente de su libertad, con violencia, abuso de funciones y sin las formalidades prescriptas por la ley, en abril de 1976 por personal de la Marina.
Posteriormente, fue llevado a la ESMA, donde permaneció en cautiverio bajo condiciones inhumanas de vida. Aproximadamente un mes después de ser detenido, fue liberado.
“Había sido declarado prescindible”
“Nací en el pueblo de Godoy, Provincia de Santa fe. En Rosario me recibí de médico, luego me presenté a un concurso para residencia y obtuve un puesto en el Hospital Rawson, y luego salí electo para hacer mi residencia en cirugía en el Hospital José de San Martín. Además, tenía experiencia como docente en Rosario y tenía muchas inquietudes en investigación, o sea que mi vida giraba en torno al hospital, la docencia y la investigación. Soy un hombre de campo que vine a Capital, a formarme lo mejor posible para poder ofrecer a mi país mi capacidad y mi esfuerzo, esa fue mi juventud”, así comenzó Chachques su relato.
“Más avanzados mis estudios, en el 3º año, mis compañeros me propusieron como presidente de la Asociación de Médicos Residentes y Becarios del Hospital de Clínicas. Yo acepté porque entendí que conocía la problemática y gané por amplia mayoría. Me religieron en el `73; luego llegó la intervención, en marzo, abril de 1976. Yo vivía en Palermo y no trabajaba en el hospital, pero seguía yendo. El Hospital de Clínicas y la UBA fueron intervenidos por la Marina. A partir de ahí me dijeron que había sido declarado prescindible. Yo había creado un curso de instrumentación quirúrgica, porque había notado que no había.
Además, seguía con la cirugía experimental. A fin de marzo de 1976 me dijeron que no podía ir más, así que traté de seguir yendo a la Facultad de Medicina y al curso. Me dijeron que era por mi actividad gremial en el pasado, porque yo hacía seis meses había terminado la Residencia, yo lo había hecho para que el hospital fuera de excelencia, público, al servicio de todos. Para ellos eso era un activismo negativo. Mi trayectoria era más gremial, había sido representante ante la Federación Argentina de Médicos Residentes”, contó.
El secuestro
“El 10 de abril de 1976, alrededor de las 5:00 de la madrugada, yo vivía en Castex 1330, piso 11 G. Alguien abrió en planta baja sin que sonara el portero. Había personas de Policía Federal Argentina, abrí la puerta, entraron como para inspeccionar: eran dos efectivos sin chapa de identificación, alrededor de 50/55 años, detrás entraron dos o tres personas más de civil, con camperas deportivas, revisaron, no encontraron nada y me dijeron que me vistiera porque me querían hacer preguntas. Ahí empezó el viaje a las tinieblas, esas dos personas me entregaron a otra como si fuera un paquete, me di cuenta que era algo clandestino, no sabía qué hacer, sabía que había desapariciones y muertes en Argentina de manera ilegal. Me pusieron en la parte de atrás de un Falcon, me empujaron contra el piso de un auto, me pusieron una capucha en la cabeza y me inmovilizaron”, relató.
La ESMA
“Llegamos a un lugar, que luego supe era la ESMA. Levantaron una barrera, unos cuantos metros detrás de un edificio, me escondían, y en un momento bajamos unas escalinatas y me metieron en un placard. Ahí me pasé todo el 10 de abril. Me dijeron que no me moviera. A la noche del segundo día me subieron a un altillo, donde soplaba mucho viento, y me metieron en un lugar donde no había ventanas. Pasé uno o dos días más en ese lugar que ellos llamaban Capuchita, por lo que leí después. Primero me ataron con alambre, venda en los ojos y capucha encima, después me pusieron esposas. Estuve un mes con las manos hacia atrás, tortura psicológica, física y moral, sufrimiento por tratar de que las cosas funcionaran bien”, narró Chachques.
“Ese mes pasaron muchas cosas, interrogatorios, me acusaban de ser médico de subversivos y por eso me golpeaban salvajemente, no comía ni tomaba, había un Pedro, había una gran crueldad sobre mí. En ese momento tenía 32 años, acababa de terminar mi formación y empezaba mi vida activa profesional. También recuerdo que luego me bajaron a un subsuelo y me hicieron escuchar gritos de otras personas que torturaban. Sentí que había gente que la volvían a subir después de darles electricidad, sentía que les daban inyecciones, que dejaban de respirar, eran anestésicos. El paro respiratorio en poco minutos te mata, yo sentía que después los cuerpos eran arrastrados, eran personas sacrificadas a través de interrogatorios, esto fue más de una vez. También escuché que ponían Violeta Parra y Julio Iglesias y ahí empezaban a golpear salvajemente. Escuché gritos de ambos sexos. A mí me acostaron en un colchón mojado, me empezaron a mostrar lo que me iban a hacer, me decían que cuente, que por algo estaba ahí. Yo no tenía ninguna vida paralela, era fácil seguir mi vida, después de un rato me dijeron que me salvaba porque era tarde, que mañana seguirían conmigo. Fueron perfeccionando los mecanismos de muerte. Habré estado 28 días o un mes”, recordó el sobreviviente.
“Alguien ahí me dijo que era de Rosario y me conocía. Después, otra persona, un represor que dijo si me acordaba de él, le dije que creía reconocer la voz del primer día cuando fueron a buscarme, después vino otra voz y me preguntó si ahora me acordaba. Dije que sí, aunque no. Era para mostrar confusión y que me liberaran”, contó Chachques. “Una noche buscaban al doctor Mario y me bajaron a una sesión de reconocimiento. Yo no lo recordaba, no entendía por qué estaba ahí. Yo creo que cuando me llevaron había también gente de APUBA (Asociación del Personal No Docente de la Universidad de Buenos Aires). Después me contaron que del Hospital de Clínicas se llevaron gente en la misma época”, agregó.
“Dormíamos en el piso, con las manos en la espalda, los hombros se destruyen, hay problemas nerviosos y circulatorios. No encontraba posición para dormir. Dos veces por día nos daban algo para comer, o algo, y ahí tenía el problema que tenía los ojos pegados por las lagañas, no podía abrirlos, era el único momento en que los abría y mis excrementos se caían encima de la comida, incluso cuando me destapaba la nariz y me comía mis propios excrementos, tampoco traían agua porque si no pedíamos orinar. Nunca me bañé hasta el último día en que me afeité. Me sacaron fotografías cuando llegué, cuando me creció la barba y cuando me fui”, describió Chachques.
“Yo me fui 4 años después, pasaba muchas veces por la ESMA, quería reconocer los lugares, lo vi desde afuera y siempre caminé del otro lado de la vereda. Quería entender. Llegué a reconocer las partes, los bordes. Hace 4 ó 5 años pedí visitar el lugar, fui y reconocí lugar por lugar, a pesar de las reformas, al placard no lo localicé, tal vez era un pequeño cuarto”, contó.
La liberación y el exilio
“Llamaban a mi casa luego diciendo que me estaban vigilando, demostrando que no estaba totalmente libre. Los llamados cesaron aproximadamente un año después. Me fui con una beca a Francia, a principios de agosto de 1980. Hice lo mismo y ahí fui condecorado, mientras que en Argentina me quisieron matar”, declaró. “Me llevaron en un auto a 3 ó 4 cuadras sobre Libertador y me dijeron que no volviera al hospital, que si podía me fuera del país y que no contara nada de lo sucedido. Me habían dado la llave de mi departamento, yo tenía una novia entonces, y viví unos días en su casa, después me fui a Rosario con mi familia”.
Sobre su distinción y trabajo en Francia, describió que siempre se preocupó “de que la medicina fuera accesible para todos. Una vez que aprendí acá a hacer cirugía consideré que tenía que innovar, crear para el futuro y pensé en la investigación quirúrgica, no remunerada y difícil. Traté de hacer algo que pudiera retardar o impedir la necesidad del trasplante, que fue la utilización de un músculo de la espalda, un marcapasos, con pocos medios. Todo eso lo aprendí acá, con pocos medios hacer muchas cosas, logramos hacer una operación accesible a todos, y dio la vuelta al mundo, salvo en países como Estado Unidos, que tenían más medios. Muchos pacientes se operaron así, seguimos en ese camino de la biocirugía. Dirijo un laboratorio en Francia, de investigaciones bioquímicas, la tecnología de los marcapasos. Nunca me olvidé de los problemas de mi país, no vine mucho, pero siempre hago misiones humanitarias en África u otras partes del mundo, estuve en Sudán un mes, nunca me olvidé de mis bases”.
Grigera
“Creo que Grigera (Gustavo Alberto, caso 328) era el representante del Hospital Italiano en las reuniones de la Federación, el nombre lo conocía de esas reuniones. De Grigera supe que lo buscaban, que se escondía, que lo encontraron después de que tratara envenenarse y se lo llevaron. Lo salvaron con un antídoto contra el cianuro y eso existe, es cierto. Usaron la medicina no para salvarlo, sino para rematarlo”, contó.
Las inyecciones
“Creo que las aplicaba gente que tenía experiencia en inyectables, venían con un maletín que abrían, escuché cargar más de una ampolla, a veces. Era un trabajo en equipo. Inyectar, en ese caso, era el equivalente de la silla eléctrica. Esa responsabilidad la debía tomar un médico, no un enfermero. A lo mejor, enfermeros aplicaban la inyección. Los verdugos no son médicos. Nos dedicamos a salvar vidas, no a destruirlas. Así que eso es condenable, con la condena máxima”, aseguró Chachques.
La búsqueda
Chachques narró que la familia realizó varias gestiones: “Mi padre, que era médico, habló con la gente del Hospital y le dijeron que era gente de ahí la que me había llevado, entonces fue a hablar con el marino Juárez, que era interventor del Hospital. Le dijo que ya había perdido un hijo y no quería perder al segundo”.
“Quiero rendir un homenaje a la justicia. Sin justicia no se puede vivir. Un país sin justicia se destruye a sí mismo. Argentina perdió una década de gente joven, interesante, es una pérdida para nosotros y para el país, esas pérdidas hay que valorarlas antes de organizarlas, fue infame hacer desaparecer a toda una generación”, dijo Juan Carlos al terminar su declaración.
Los casos de María Cristina Bustos de Coronel (243) y Lucía Coronel (681)
Tenía 32 años de edad y era abogada. La apodaban "Lucía". El 14 de marzo de 1977 fue privada ilegalmente de su libertad con su hija Lucía, por integrantes del Grupo de Tareas 3.3.2. Ambas fueron llevadas a la ESMA, donde permanecieron en cautiverio bajo condiciones inhumanas de vida. María Cristina fue "trasladada" y sigue desaparecida. La niña fue llevada al Hospital Pedro de Elizalde, de la Ciudad de Buenos Aires, donde fue encontrada por sus abuelos.
El testimonio de Lucía
"Mi padre, José Carlos Coronel, tucumano, estudiante de Abogacía, poeta, militante revolucionario, conoce a mi madre estudiando Abogacía. Ella se llamaba María Cristina Bustos de Coronel, tucumana también.
Ambos tenían compromiso político. Mi padre deja el estudio y se dedica a su militancia. Cae preso en 1971 por pertenecer a las FAR. Mi madre era su abogada, sale en mayo de 1973 por amnistía de presos políticos. Se casan, nace mi hermana. Para entonces, ambos ya estaban en Montoneros, en la Zona Norte, y en Capital Federal, porque mi padre pasa a pertenecer al Secretariado Nacional de Montoneros. Es asesinado el 29 de septiembre de 1976 en un operativo en la calle Córdoba, a cargo de Roualdes, donde muere también el resto del Secretariado", contó la testigo. Entre esas víctimas estaba María Victoria Walsh.
"Mi madre queda sin conexión con otros compañeros. Yo ya había nacido. Después de la primera quincena de mayo de 1976, no sé bien la fecha, se encontraba desprotegida, con dos niñas pequeñas. Todo lo que sabemos de la historia de mis padres lo averiguamos mi hermana, yo y otros compañeros de padres desaparecidos. Entre ellos, Patricia Walsh nos ayudó mucho en la búsqueda, que aún sigue. No teníamos información oficial del Ejército, a pesar de todas las gestiones que hizo mi abuela, hábeas corpus y demás", agregó Lucía.
Carta a Walsh
"Sabemos que mi madre se comunicó a través de un compañero con Rodolfo Walsh, le envía una carta en la que le cuenta la situación. La carta le llega y lo confirma Lilia Ferreyra, su última compañera. Él se conmueve y piensa cómo ayudarnos. Esto fue entre febrero y marzo de 1977. Mientras, mi madre estaba en casa de una tía en Capital. Sabemos por esa tía que el 14 de marzo de 1977 sale, dejando a mi madre con nosotras dos en casa. Cuando regresa ya no estaba y había dejado una nota diciendo que había tenido que salir, dejando a mi hermana en la casa. Salió conmigo. Como no regresa, mi tía se comunica con el hermano de mi padre, estudiante de Abogacía también, Joaquín Coronel, y también con mis abuelas paternos, quienes se trasladan a Capital y se alojan en el Hotel Savoy. Mi abuela comienza todos los trámites de búsqueda", relató la testigo.
El tío también
Lucía contó que Joaquín tampoco apareció: un diariero le dijo a la familia que vio cómo lo subían a un auto Ford Falcon. "A partir de ahí, no sabemos más nada de mi tío". Tenía 28 años y lo apodaban "Gato".
La nieta
Los abuelos de Lucía fueron quienes la encontraron en el Hospital Pedro Elizalde. "Después de muchas gestiones, encuentran una lista de entrada de la guardia. Había una menor con mis datos. En ese momento no acceden a la historia clínica. Yo accedo muchos años después y tengo copia. Ahí hay una nota, la tengo aquí, escrita a máquina, donde están todos mis datos, consta el fallecimiento de mi padre, datos de mi padre y madre, dirigida al Director de la Casa Cuna. Abajo figuran los datos de mis abuelos. No está firmada por nadie. Me dejan en la guardia con esa nota", dijo Lucía en la audiencia.
"El Director del Hospital da parte a la comisaría 16, que a su vez da parte a la Jueza de Menores del Juzgado de Menores, Secretaría 27. Esa jueza me pone a disposición de la Policía Federal Argentina y no avisa a mi familia. A los cinco días mi abuela llega a ese lugar y encuentra mi nombre. Se presenta en la comisaría y le es difícil lograr retirarme, probar que era su nieta. Además, le dijeron que éramos dos niños en la misma situación y que llegamos en las mismas condiciones. No sé quién es ese otro niño, ni qué pasó con él. Me retiran el 19 de marzo, el 22 secuestran a mi tío. El registro de ingreso es del 15 de marzo", narró Lucía
La abuela de Lucía se integró a Madres de Plaza de Mayo. "Siempre nos contó la verdad, pero no la entendíamos entonces. Desde chicas, con mi hermana empezamos a buscar. Entonces, la primera noticia fue a través de la CONADEP. Así llegamos luego a Graciela Daleo. Ella nos cuenta que no la ve personalmente, sino que forma parte de un grupo de testimonios que ella firma bajo su nombre. Entonces, nos acercamos a las tres personas exiliadas en Suecia. Nunca nos comunicamos, pero suponemos que es una de ellas. Luego nos reunimos con Martín Gras, uno de los mejores amigos de mi padre. Nos dijo que al poco tiempo de caer él, enero de 1977, no vio a mi madre personalmente, pero se entera que estaba con ´sus hijitas´ y que estuvo poco tiempo, porque de alguna manera no les servía para desmantelar alguna estructura de Montoneros, y sabe que hubo alguna discusión entre los asesinos de la ESMA sobre qué hacer conmigo. Discutían dejarme con alguna identificación plastificada, que en ESMA se hacía, pero finalmente me dejan con esa nota, y encuentra el nombre de mi madre con la ´T´ de trasladada en esa identificación que finalmente no se usó", dijo la testigo, y agregó: "hoy mi abuela tendría que estar aquí con este pañuelo, lo único que siempre pidió y pedimos es justicia, sobrevivimos por la fuerza de nuestros valores, que no son los que tienen esas bestias".
Para concluir, sostuvo: "pasaron 37 años. Si va a haber justicia, que sea efectiva, cárcel común, perpetua y efectiva para todos los asesinos. Que se investigue la complicidad del Poder Judicial".
El caso de Alejandro (Pedro) Sandoval Fontana (427)
Nació en cautiverio en la ESMA a fines del mes de diciembre de 1977, mientras su madre Liliana Clelia Fontana Deharbe estaba en detenida-desaparecida en la ESMA. A partir de su nacimiento, el niño permaneció clandestinamente alojado en ese centro clandestino, imposibilitando que sus familiares asumieran su protección y cuidado, sin brindarles ninguna información sobre su nacimiento o paradero que les permitiera recuperarlo, teniendo en cuenta que funcionarios estatales estaban impidiendo a sus padres el libre ejercicio de la patria potestad sobre él.
Asimismo, fue atormentado mediante la imposición de condiciones inhumanas de vida (sometido a las paupérrimas condiciones generales de alimentación, higiene y alojamiento existentes en el lugar), agravadas por su condición de recién nacido -que lo colocó en una situación de mayor desamparo-, por su nacimiento en cautiverio -en un ámbito de encierro, de máxima desprotección, privado de las condiciones mínimas de salubridad e higiene que necesita un bebé de esa edad- y por el hecho de que su madre también estaba detenida en ese sitio, padeciendo constantes maltratos y la angustia de haber parido en ese lugar y ante la posibilidad de perder a su hijo. Luego del parto, el niño fue separado de su madre.
Alrededor de julio o agosto de 1978, su madre Liliana Clelia Fontana Deharbe estuvo alojada en el centro clandestino de detención denominado “La Perla”, en la Provincia de Córdoba, a donde llegó sin el niño y junto con un grupo de personas que habían sido trasladadas desde otro centro clandestino ubicado en Buenos Aires; en ese centro clandestino, Fontana clamaba por su hijo.
El hijo de Liliana Clelia Fontana Deharbe y Pedro Fabián Sandoval, a quien sus padres deseaban llamar Pedro, fue ilegalmente integrado a la familia del gendarme Víctor Enrique Rei, quien simuló ser el padre biológico del niño, suprimió su identidad y lo inscribió bajo el nombre de Alejandro Adrián Rei. El hijo del matrimonio Fontana-Sandoval recuperó su identidad el 11 de julio del año 2006.
El testimonio de Pedro Sandoval Fontana, sus padres y su historia
“Todo comienza para mí en el año 2004, cuando detienen a mi apropiador. Por medio de Clarín, me entero de que lo habían detenido, era el diario que leía entonces. Él en los `90 participaba como asesor en política y pensé que era por eso. Después me llaman del Tribunal de Servini (jueza federal María Servini de Cubría) y me voy enterando. En 2009 le hacen el juicio y me empiezo a enterar de mi historia, que comenzó con el secuestro de mis padres en Caseros (Liliana Clelia Fontana Deharbe, caso 426, y Pedro Fabián Sandoval), ambos trasladados al centro clandestino Atlético, y me fui enterando por distintas declaraciones acerca de su situación. Cuando mi mamá fue secuestrada estaba (embarazada)de dos meses y medio, me entero por el juicio y por mi familia que a mi papá lo trasladan a distintos centros clandestinos de detención y tortura, y en el último, el ‘Turco Julián’ (Julio Simón) dice que mi papá había sido ‘patito al agua’, por lo cual concluyo que fue arrojado al Río de la Plata. Mi mamá hasta el 27 de diciembre de 1977 estuvo en Atlético. Después Marta Álvarez (Marta Remedios Álvarez, caso 36) la vio en la ESMA. Durante mucho tiempo pensé que había nacido en Campo de Mayo, pero después, por el juicio me vengo a enterar que fue en la ESMA. Mi apropiador dijo que no se animaba a contarme la historia y que la iba a contar en el juicio. Llegó a compararme a mí con el caso de adopciones en Vietnam y en un momento no sé si se dio cuenta que la estaba embarrando y ya no contó más nada. Cuando le dan la sentencia lo fui a ver al Penal y me echó la culpa de todo y se quedó en silencio, no dijo más nada”, relató Sandoval.
“Por dos meses, aproximadamente, tuve relación con mi apropiadora (Alicia Arteach de Rei), porque quería saber realmente mi origen. No sabía cómo encararlo, entonces iba a visitarla a la casa. Nunca llegó a decir nada, hasta que un día me enojé, la empecé a insultar y me dijo que yo venía de Campo de Mayo, pero no dónde había nacido. Entonces, dice que me trajo un 4 de abril de 1978. Le pregunté por mi mamá y me dijo: ‘Vos sabés lo que pasa con ellos’. Me enojé y me fui. Me quedó la tranquilidad de saber que desde que nací hasta el 4 de abril estuve en los brazos de mi mamá por un tiempo. Habré nacido entre el 27 y 28 de diciembre de 1977, en el juicio con la jueza Roqueta se puso en la partida (de nacimiento) que fue el 28 de diciembre de 1977”, contó.
“Dijo que como sufría de tiroides no podía quedar más embarazada, que nunca le gustaron los bebés tan chicos, entonces eligieron traerme ese día, porque el 5 de abril es el día del nacimiento de su hijo biológico, Gustavo Rei, y me traen en esa fecha para que ambos festejáramos el mismo día. Me contó que Gustavo quería tener un hermano y por cuestiones naturales perdió todos sus embarazos. Entonces, como mi apropiador estaba trabajando en la intervención de un banco y en Campo de Mayo, me dice me trajeron de ahí”, describió.
La militancia de Pedro y Liliana
“Los dos son oriundos de Entre Ríos. Mi mamá militaba junto con mi tío, con Mujica. Como mi abuelo era camionero, vinieron a vivir a Caseros. Mi tío conoce en Capital a mi papá en diferentes viajes, bajaban en la misma parada, se pusieron a hablar. Mi papá ya militaba en la JRP (Juventud Revolucionaria Peronista) con (Gustavo) Rearte y empezaron a militar juntos. Después se pasan a llamar Movimiento Revolucionario 17 de octubre. A mi papá le decían ‘El Erico’ y a mi mamá ‘Pati’”, contó el testigo. Pedro tenía 32 años cuando fue desaparecido y Liliana 20.
“Mi papá primero militó con Rearte en la JRP, por lo que se estaba viviendo primero estuvo detenido en Tucumán. Después la organización pasa a llamarse MR17 de octubre. Después, mi papá con otros compañeros y Rearte viajaron a España a ver a (Juan Domingo) Perón. También supe cómo mi papá y tío querían que mi mamá milite y ella en una fiesta le dijo a mi tío: ‘no te das cuenta de que ya estoy militando’ y ahí me entero cómo mis viejos empiezan a vivir con mi tío y su primera mujer en el Partido de Tres de Febrero”, narró.
La recuperación de la identidad
Sandoval describió que en un comienzo “tenía rechazo a todo lo que estaba pasando, no quería saber, más rechazo cuando el secretario del Tribunal de Servini me llamó para contarme lo que estaba pasando judicialmente: me relata en 10 minutos la importancia de la identidad. Se queda esperando que le diga algo, entonces me pregunta si por $ 250.000 el expediente de mi papá se perdía, le darían libertad. Lo miré y me fui. Por 3 ó 4 meses me siguieron llamando y citando para ver si quería hacerme el análisis de ADN, siempre con Parodi y después otra persona. Yo siempre decía que no quería saber nada. Un día me llama mi apropiador para que lo fuera a visitar y me cuenta que iban a allanar mi casa y me da unos objetos y me dice que se los diera a quien fuera a hacer el allanamiento: era como un kit de cosas de aseo personal. Como él tenía su perro en Campo de Mayo, le lavé los dientes al perro, lo peiné y le puse la remera. Dos días después hizo el allanamiento la Policía Federal Argentina, sin testigos ni nada, les di los objetos. Dijeron que había que llevarse las sábanas y sacaron unas del placard”.
Parodi, según el relato de Sandoval, era secretario de la jueza y era quien lo llamaba para informarle sobre la causa y pedirle plata, “también me llamaba cada 2 ó 3 semanas para preguntarme si quería hacerme el ADN. Cuando estuve con Servini no me animé a hablar con ella. Cuando pasa a juicio mi apropiación, empiezo a tener una relación con la jueza, antes del juicio, y en muchas oportunidades tuvimos diferencias, pero me dio la confianza de contarle lo que había pasado. Como no me animaba a decírselo verbalmente, le había escrito una carta de mi proceso 2004 a 2007/8, antes del juicio, y la jueza le dio esa carta a un Tribunal y había arrancado una investigación, pero después me enteré que esta persona falleció”.
“Meses después, la jueza se dio cuenta de que estaba todo mal, entonces hacen otro allanamiento las mismas personas, pero con testigos y cédula judicial. Gracias a eso, el 14 de julio de 2006 pudieron decirme quién era mi familia. Al principio era armar un lazo con mi verdadera familia, pero seguir la relación con mis apropiadores. Tenía muchas discusiones internas mías y con las dos partes: con mi familia y con mi apropiador. Entonces me tomé un año en el que no vi a ninguna de las dos partes, para reflexionar. Por eso, para mí fue muy importante el juicio, porque pude ver quién era quien yo creía que era mi padre. Yo creía que la Escuela de las Américas era un lugar donde mi apropiador había estudiado Economía y gracias al juicio pude ver realmente lo que era la Escuela de las Américas. Entonces se cae una careta de lo que eran mis apropiadores y comprendí lo que era mi familia y lo que yo estaba viviendo. A partir de ahí tuvimos un vínculo cada vez más fuerte. Lo importante es estar al lado de mi familia, más allá de desaciertos y discusiones”, contó.
“Uno siempre tiene que estar preparado para querer escuchar. Yo antes escuchaba, pero no comprendía. A partir del juicio empecé a comprender y a tener ganas de escuchar y saber qué había vivido mi familia, mis viejos y yo, primero en la panza de mi mamá y después con mis apropiadores. Empecé a comprender qué era un centro clandestino, qué era un desaparecido. Voy a estar eternamente agradecido a Madres (de Plaza de Mayo) y Abuelas (de Plaza de Mayo) por haber sabido esperar mi proceso de adaptación en un proceso difícil, por haber sabido esperar”.
El secuestro
“A la mañana del día que secuestran a mi viejo habían secuestrado a su hermana, entonces mi viejo va a la casa de mi abuelo, siempre voy a tener la duda de si mi viejo estaba shockeado o si estaba convencido de querer quedarse y seguir militando. Enterarme cómo mis viejos estuvieron primero en Atlético, de cómo los usaban como esclavos para asistir a los otros compañeros detenidos en ese centro… Sabiendo que aún viviendo en un centro clandestino de detención, tortura y exterminio tenían su momento de pareja y mi papá tocaba la guitarra… Según los compañeros no era muy bueno cantando. Le gustaba cantarle a mi mamá dos canciones como código para avisarle cuándo se iba y cuándo volvía: ‘Mujer niña y amiga’, y ‘Lunita Tucumana’; saber que estuvieron juntos esos meses te da un poco de alegría”, dijo Sandoval.
La búsqueda
“Mi tío se fue al exilio cuando pasó todo esto. Tiene contacto en España con Estela de Carlotto y le cuenta todo, y del embarazo. Estela se pone en contacto con mi abuela, mi tía y mi abuela en Buenos Aires eran las más allegadas a los organismos por el tema del embarazo de mi mamá. Mi papá antes estaba casado con Alicia Rabinovich, desaparecida y secuestrada en 1976, por eso mi familia tenía relación con la familia de mi hermano en la búsqueda de saber dónde estaban sus hijos y su yerno empezaron las rondas y demás”.
Víctor Enrique Rei
Sandoval relató que el último contacto que tuvo con Rei fue en el año 2009, después de la sentencia. Declaró que fue a verlo “para que me contara la verdad que nunca se animó a contar ni en el juicio, estaba detenido en el Penal de Marcos Paz. Él entró gritando que por mi culpa él está acá. Adelante mío se calló, entonces le dije: ‘No sabía que nacer era un delito, pensé que lo que hiciste vos era un delito’, y se calló.
Cuando se iba siguió gritando que era mi culpa, me di vuelta, me enojé bastante y el penitenciario me dijo que me fuera: ‘Esto ya acabó’ y fue real, la historia había terminado. Yo quería tener más relación con mis apropiadores, porque quería saber su versión y la verdad, pero es muy difícil la verdad de parte del terreno de ellos. Hoy me doy cuenta: ella cuando estuvo con Servini le pagó a un perito médico para que dijera que sufría Alzheimer cuando estaba más sana que todos”.
Los juicios
“Estos juicios son muy importantes para toda la sociedad, para todos los damnificados y en especial para quienes nos robaron la identidad. Nunca voy a perder la esperanza de que las personas que sí saben dónde están nuestros viejos y nuestro origen algún día tomen la valentía y el coraje de decir la verdad, y si no son ellos, ojalá los que los defienden, que están en todo su derecho de hacerlo, digan dónde están nuestros familiares”, dijo el testigo para finalizar su declaración.
El caso de Jorge Oscar Francisco Pomponi (362)
El 21 de agosto de 1977 a la madrugada, en el marco de un importante operativo en el departamento ubicado en Av. Libertador 2275, piso 10, de la Ciudad de Buenos Aires, aproximadamente 15 personas vestidas de civil privaron de su libertad, con violencia, abuso de funciones y sin las formalidades prescriptas por la ley a Jorge Oscar Francisco Pomponi y al esposo de Raquel Reich de Tobal y otras personas que estaban en el lugar.
La víctima fue llevada en un Ford Falcon de color naranja, patente C680.237 a la Seccional nro. 21 de la Policía Federal Argentina y, luego trasladada al centro clandestino de detención conocido como “Campo de Mayo”, donde permaneció detenida hasta el 23 de septiembre de 1977, momento en el que fue entregada por sus captores a los integrantes del Grupo de Tareas 3.3.2, quienes lo mantuvieron clandestinamente detenido en las instalaciones de la ESMA.
Durante su permanencia en esa dependencia naval fue atormentado mediante la imposición de condiciones inhumanas de vida, agravadas por la circunstancia de saber que su padre y su cuñado estaban cautivos en similares condiciones.
El 13 de febrero de 1978, conjuntamente con otras personas, fue llevado en un camión celular de la Policía Federal al Penal de Ezeiza (U. 19), donde fue puesto a disposición del P.E.N. por Decreto nro. 466/78. Finalmente, por Decreto nro. 1450/78, dejó de estar a disposición del P.E.N., siendo liberado el 8 de julio de 1978.
El testimonio de Jorge
Pomponi fue secuestrado el 21 de agosto de 1977: “estaba en casa de una gente amiga, aproximadamente entre las 21 y 22 horas, estaba en Coronel Díaz y Libertador, piso 11, sobre Libertador. Vinieron como policías en principio, uniformados de Policía Federal Argentina, al rato se distorsionó todo y aparecieron las capuchas, me trasladan a una comisaría, creo que la 23, de paso, y de allí empezaron los trasbordos. Había más gente esperando”, contó el testigo.
El secuestro de su padre, Joaquín (caso 363), y su cuñado, Federico Marcelo Dubiau (caso 364)
“Llegamos a esa comisaria, me pasan de auto y vamos a lo de mi cuñado, Federico Marcelo Dubiau, en Guise y Soler. Una hora después, aproximadamente, la misma mecánica: lo hacen bajar, lo llevan secuestrado Fuerzas policiales que intervenían, lo suben en otro vehículo. Luego vamos a la casa de mi padre, Joaquín Pomponi, en Hidalgo y Avellaneda, en Caballito. Ahí esta gente me pide colaboración, porque sabían que mi padre solía estar armado. Entonces, me piden que lo haga bajar. Yo pensé que era algo policial y lo hice. Ahí nos separan. Yo seguía encapuchado, así toqué timbre incluso. Había una impunidad tal que eso era normal. De ahí, entiendo que fuimos a la misma comisaría, porque escuchaba la radio policial”, relató el sobreviviente. “Mi padre falleció a raíz de todo esto, por problemas cardíacos, tenía 45 años aproximadamente al momento del secuestro. Mi cuñado se suicidó por depresión, era un año más chico que yo al momento de los hechos”, agregó.
Campo de Mayo y ESMA
“Después, con el tiempo me enteré de que fuimos trasladados a Campo de Mayo, alojados en un sector con celdas que creo eran para soldados, pero estábamos nosotros tres en celdas separadas, pero con vista y comunicación. Parecían de Gendarmería los que nos cuidaban. Después nos llevaron a una zona cercana a un hospital, nos interrogaron, nos llevan de nuevo a Campo de Mayo unos días y en una camioneta verde los tres tirados atrás debajo de una lona nos llevan a la ESMA, después lo supimos, subimos escaleritas. Hubo un señor que se hacía llamar como otro: Pedro. Nos dijo que estábamos en la ESMA. Confirmé lo de Capucha porque desde una ventana se veía la Comisión Nacional de Energía Atómica sobre Libertador. Yo estaba donde empezaba la ‘L’ de Capucha. Si van está mi nombre grabado en los caños arriba”, declaró Pomponi.
“Los Pedros”
“Se ve que era uno de los jefes de ahí, porque a las otras personas que nos cuidaban les hacían llamar ‘verdes’ y estos los trataban con respeto. Había más Pedros, no sé cuántos pero más de tres, por la voz”, describió.
Listado de secuestrados
“Ricardo, él se hacía llamar capitán, era montonero, fue quien le disparó un tiro en la boca al almirante Buzzeti cuando estaba en un centro odontológico. En la ESMA a él le hicieron lo mismo, pero sobrevivió, luego no lo torturaron, estuvo todo el tiempo al lado mío; no le gustaba hablar de lo íntimo, hablábamos de política, yo me fui antes de Ricardo, pero supongo que no salió porque llevó mis datos y nunca se comunicó. Estaba también detenida (Norma) Arrostito (caso 149), por medio de ella, que tenía ciertas libertades en el piso, nos traía lápiz y papel y empezó la idea de ir recabando información de cada uno y yo la llevé entre mis cosas durante mucho tiempo, y así saqué teléfonos, direcciones, etcétera. Cuando fui a la CONADEP me dijeron que ellos se iban a ocupar, la dejé ahí. El Capitán Ricardo era el que se encargaba de hablar, entonces me pasaba la información y yo iba anotando. Las monjas francesas estaban bien, dentro de toda la situación. Creo que estuvieron dos noches y se las llevaron, no sé si estaban solas o acompañadas, yo las vi a ellas”, narró. Además, contó que vio a más de cuatro detenidas-desaparecidas embarazadas.
Luego le consultaron por algunos nombres que aparecían ahí y contó que “es una recopilación de datos que no necesariamente yo vi o conocí a todos”:
“Quinto Casado Teniente Manuel (Gaspar Onofre Casado, caso 406): Él ahí pasó la dirección, estaba ahí, me acuerdo por la calle Azul, porque un familiar vive ahí”.
“Mónica: No estaba permanente con nosotros, pero nos hizo llegar su nombre”.
“Marcos: me había llamado la atención que era colectivero, por eso lo recuerdo”.
“Pajarito: lo recuerdo, pero no lo asocio con la persona”.
“Beto Ahumada (Alberto Ahumada, caso 89): no estaba tampoco con los permanentes, me llegó nombre y demás”.
De gala
Pomponi dijo que vio “uniformados en blanco como de gala. Me daba la impresión de que estaban mostrando a otros los ‘trofeos’, hacían la recorrida. El de gala era el único que hablaba con Arrostito, algunas veces se repetían las visitas, normalmente 3 ó 4, varias visitas, dos por mes seguro. Con el tiempo, por los medios, supe que uno era un tal (Rubén Jacinto) Chamorro, había otro que no es Marino, no recuerdo el nombre, si veo las caras los conozco”.
Los traslados
“Estábamos identificados por números, entonces escuchábamos que tal y tal salían en libertad. Por supuesto que eso no era verdad, porque nos decían que esos traslados eran para un helicóptero u otro lado, pero que no eran para bien. Decían que había traslados en que los subían a un helicóptero y los tiraban por ahí, no eran regulares, ni tampoco la cantidad de gente. Los traslados en general eran de los que estábamos permanentes, lo sé porque al otro día veíamos que no estábamos, aunque no supiéramos el número, estos espacios luego se reponían con otra gente”, contó el sobreviviente de la ESMA.
Las fotos
Pomponi recordó que le sacaron una fotografía, “a todos, en un sector que había que bajar unas escaleras y supe que la gente que sacaba estaba arriba”.
La liberación
“Nos llevan a una zona en Puente 12, en la Provincia. Al llegar, nos suben a un celular del Servicio Penitenciario Federal, de ahí se podía ver la zona, y yo la conozco. De ahí nos trasladan con custodia de Marinos hasta el Servicio Penitenciario en Ezeiza. No era una cárcel normal, nos mandan a Enfermería ahí y podemos comunicarnos con nuestras familias y al otro día llegaron todos. Nosotros todavía no estábamos a disposición del Poder Ejecutivo Nacional (PEN). Nuestras familias presentaron quejas y a los días recién nos pusieron a disposición del PEN. Nos enteramos a través del Diario Clarín que una serie de personas en condiciones de ser dejadas en libertad, en julio de 1978, y aparecemos en esa nómina”, relató.
Secretaría de Inteligencia
Pomponi contó que le preguntaron por su militancia, “pero yo estaba trabajando, igual que mi padre y cuñado, para la Secretaría de Inteligencia. Esto lo armaron ellos con la Marina, como que los habían engañado a ellos para que nos secuestraran y que por eso nos iban a largar”.
El caso de María Elina Corsi (138)
María Elina Corsi estaba de novia con Luis Alberto Lucero (caso 120), con quien estudiaba Ciencias Veterinarias en la Universidad de Buenos Aires. El 22 de noviembre de 1976, alrededor de las 2:00 horas, fue privada ilegítimamente de su libertad con violencia, abuso de funciones y sin las formalidades prescriptas por la ley, en su domicilio ubicado en Juan B. Justo 5833 de la Ciudad de Buenos Aires. El operativo fue hecho por una gran cantidad de personas vestidas de civil, quienes se identificaron como pertenecientes a “Coordinación Federal”, pero que pertenecían al Grupo de Tareas 3.3.2 de la ESMA. Los captores tenían un transporte militar con personal uniformado de casco blanco y uniforme azul. Exhibían ametralladoras, escopetas, itakas y fusiles. Se movilizaban en una camioneta F-100 con doble fila de asientos y un Ford Falcon sin chapa. Anteriormente, habían secuestrado a su novio Luis Alberto Lucero, quien se desempeñaba como ayudante docente en la ESMA.
María Elina fue llevada a la ESMA, donde permaneció clandestinamente detenida bajo condiciones inhumanas de vida y sigue desaparecida.
“El libro de Mariel”
Miguel Alejandro es el hermano de María Elina. En su declaración contó que “hace mucho tiempo yo escribí un libro que figura en internet “El libro de Mariel”, que fue declarado de interés municipal en Villa Regina e incluso traducido al italiano. No fue editado en papel, lamentablemente, pero figura en varios sitios de organizaciones de derechos humanos. La foto que figura adelante es del 74/75. Es un relato que hago yo a mis 19 años de lo vivido y cómo lo vivió la familia. El problema del desaparecido es que es una herida que no termina de cerrar nunca. Allí relato con detalles el momento del secuestro, porque estuve en el operativo: familia tradicional, Radical, clase media argentina. En el `73 mi hermana estudiaba Veterinaria y empieza a militar en la JP (Juventud Peronista). Al momento del Golpe, en los primeros meses había mucha expectativa por el gobierno militar que hoy sabemos que fue nefasto; la palabra desaparecidos no existía en el vocabulario común de la gente”.
El operativo
“Luis Lucero (Luis Alberto Lucero, caso 120) figura también secuestrado, compañero de la Facultad de mi hermana, un día fue a cobrar el sueldo, y no volvió; desapareció los primeros días de noviembre, primera semana. Yo no tuve contacto con sus familiares ni supe qué pasó con él. Se le prendió la alarma a mi hermana y durante 15 días no quiso pernoctar en casa. Un viernes vuelve, en ese momento tenía 22 años. El lunes 22 de noviembre escucho ruidos en la terraza en Juan B. Justo 5833. Pensé que eran ladrones, tomé la escopeta y salí a la terraza, miro detrás del tanque de agua y se asoma una persona con una ametralladora 9 milímetros y le pido que se identifique, me apunta, la levanta al cielo y se vuelve a parapetar detrás del tanque. Vuelvo a la casa, le aviso a mis padres que había un ladrón afuera y hacen detonar una bomba de estruendo gritando: ‘¡Salgan o en 30 segundos abrimos fuego!’. Le dije a mi hermana que había un operativo, pero que no era con ella, era la negación. Salimos a la venida Juan B. Justo, había dos camionetas F100 verdes de la Armada, había gente en la pizzería Citadella, enfrente mirando, uno o dos Ford Falcón verde con gente parapetada y el que estaba en la terraza con una PAM y FAL. Nos hacen poner contra las rejas, me di cuenta de que venían a llevar a mi hermana y le dije a mi madre que memorice las caras. Se identificó uno con credencial con nro. 154, a los 15 minutos nos hacen entrar y sentar en el comedor familiar, estaban también mi hermana Miriam y mi hermano, dieron vuelta la habitación de mi hermana. Yo había tenido un profesor en el secundario Jordan ejecutado por el ERP (Ejército Revolucionario del Pueblo) en 1974 y en el 75 cuando se cumplió un año salió en el diario un recordatorio que guardé. Fueron a mi pieza, encontraron armas, encontraron el recorte y se lo llevaron al jefe del operativo, me preguntó qué hacía con eso y creo que por ese motivo no me llevaron, los vecinos llamaron a la comisaría 50 correspondiente al domicilio`, pero hubo zona liberada”, describió Corsi.
También declaró que si bien no se identificaron como de alguna Fuerza, él “conocía la vestimenta, color azul, de la Marina, las armas incluso de color azul; Ejército era verde. Además las camionetas F100 eran de Marina, Ejército era diferente”.
El llamado y la ESMA
“Pasan 15 días, durante la primera semana de diciembre, y recibimos un llamado de mi hermana que dijo que estaba viva, fue la última comunicación. Atendió mi madre, María Antonia Barrionuevo, dijo que se quedara tranquila, que estaba bien, que estaría un tiempo guardada y la notó neutra”, contó.
“Todos los trascendidos la ubican en la ESMA. Hubo gente liberada que decía vagamente que había una Marilina que estudiaba Veterinaria y parecía estar bien. Después, hubo dos informaciones contradictorias: que la desplazaron a un centro clandestino cerca del Autódormoo y otro que estuvo hasta septiembre de 1979 en la ESMA, antes de la llegada de la OEA (Organización de Estados Americanos), entonces antes se habría ido en los vuelos, pero nunca supimos con certeza”.
“Fuimos idiotas útiles”
“Mi madre comenzó a juntarse con las Madres. Pasó 1977, fuimos idiotas útiles, porque nos llevaban de las narices. Presentamos hábeas corpus que quedaron sin respuesta. Nosotros somos de apellido italiano, por lo que el gobierno de Italia empezó a hacer presión para saber dónde estaba la gente detenida. Aún no se usaba el término desaparecidos, entonces conseguimos la doble nacionalidad para mi hermana, porque no era lo mismo un detenido italiano que uno argentino. Se sabía que los teléfonos estaban pinchados, hubo gestiones con (Jorge Rafael) Videla. Todo fue infructuoso. En casa teníamos de inquilino a alguien que era del Ejército, Pascual Anselmo Vidagle, y así supimos que estaba vigilada, pero fue en 1975”.
“Agradezco la oportunidad de compartir esta experiencia bastante macabra. Esperamos que se pueda hacer un poco de justicia, aunque sea tarde”, finalizó Corsi.
Próxima audiencia
El juicio continuará el miércoles 11 de diciembre desde las 9:30 horas con más declaraciones testimoniales.
Fuente:EspacioMemoriayDDHHExEsma
Juan Carlos Chachques, quien fue presidente de la Asociación de Médicos Residentes del Hospital de Clínicas José de San Martín, fue privado ilegalmente de su libertad, con violencia, abuso de funciones y sin las formalidades prescriptas por la ley, en abril de 1976 por personal de la Marina.
Posteriormente, fue llevado a la ESMA, donde permaneció en cautiverio bajo condiciones inhumanas de vida. Aproximadamente un mes después de ser detenido, fue liberado.
“Había sido declarado prescindible”
“Nací en el pueblo de Godoy, Provincia de Santa fe. En Rosario me recibí de médico, luego me presenté a un concurso para residencia y obtuve un puesto en el Hospital Rawson, y luego salí electo para hacer mi residencia en cirugía en el Hospital José de San Martín. Además, tenía experiencia como docente en Rosario y tenía muchas inquietudes en investigación, o sea que mi vida giraba en torno al hospital, la docencia y la investigación. Soy un hombre de campo que vine a Capital, a formarme lo mejor posible para poder ofrecer a mi país mi capacidad y mi esfuerzo, esa fue mi juventud”, así comenzó Chachques su relato.
“Más avanzados mis estudios, en el 3º año, mis compañeros me propusieron como presidente de la Asociación de Médicos Residentes y Becarios del Hospital de Clínicas. Yo acepté porque entendí que conocía la problemática y gané por amplia mayoría. Me religieron en el `73; luego llegó la intervención, en marzo, abril de 1976. Yo vivía en Palermo y no trabajaba en el hospital, pero seguía yendo. El Hospital de Clínicas y la UBA fueron intervenidos por la Marina. A partir de ahí me dijeron que había sido declarado prescindible. Yo había creado un curso de instrumentación quirúrgica, porque había notado que no había.
Además, seguía con la cirugía experimental. A fin de marzo de 1976 me dijeron que no podía ir más, así que traté de seguir yendo a la Facultad de Medicina y al curso. Me dijeron que era por mi actividad gremial en el pasado, porque yo hacía seis meses había terminado la Residencia, yo lo había hecho para que el hospital fuera de excelencia, público, al servicio de todos. Para ellos eso era un activismo negativo. Mi trayectoria era más gremial, había sido representante ante la Federación Argentina de Médicos Residentes”, contó.
El secuestro
“El 10 de abril de 1976, alrededor de las 5:00 de la madrugada, yo vivía en Castex 1330, piso 11 G. Alguien abrió en planta baja sin que sonara el portero. Había personas de Policía Federal Argentina, abrí la puerta, entraron como para inspeccionar: eran dos efectivos sin chapa de identificación, alrededor de 50/55 años, detrás entraron dos o tres personas más de civil, con camperas deportivas, revisaron, no encontraron nada y me dijeron que me vistiera porque me querían hacer preguntas. Ahí empezó el viaje a las tinieblas, esas dos personas me entregaron a otra como si fuera un paquete, me di cuenta que era algo clandestino, no sabía qué hacer, sabía que había desapariciones y muertes en Argentina de manera ilegal. Me pusieron en la parte de atrás de un Falcon, me empujaron contra el piso de un auto, me pusieron una capucha en la cabeza y me inmovilizaron”, relató.
La ESMA
“Llegamos a un lugar, que luego supe era la ESMA. Levantaron una barrera, unos cuantos metros detrás de un edificio, me escondían, y en un momento bajamos unas escalinatas y me metieron en un placard. Ahí me pasé todo el 10 de abril. Me dijeron que no me moviera. A la noche del segundo día me subieron a un altillo, donde soplaba mucho viento, y me metieron en un lugar donde no había ventanas. Pasé uno o dos días más en ese lugar que ellos llamaban Capuchita, por lo que leí después. Primero me ataron con alambre, venda en los ojos y capucha encima, después me pusieron esposas. Estuve un mes con las manos hacia atrás, tortura psicológica, física y moral, sufrimiento por tratar de que las cosas funcionaran bien”, narró Chachques.
“Ese mes pasaron muchas cosas, interrogatorios, me acusaban de ser médico de subversivos y por eso me golpeaban salvajemente, no comía ni tomaba, había un Pedro, había una gran crueldad sobre mí. En ese momento tenía 32 años, acababa de terminar mi formación y empezaba mi vida activa profesional. También recuerdo que luego me bajaron a un subsuelo y me hicieron escuchar gritos de otras personas que torturaban. Sentí que había gente que la volvían a subir después de darles electricidad, sentía que les daban inyecciones, que dejaban de respirar, eran anestésicos. El paro respiratorio en poco minutos te mata, yo sentía que después los cuerpos eran arrastrados, eran personas sacrificadas a través de interrogatorios, esto fue más de una vez. También escuché que ponían Violeta Parra y Julio Iglesias y ahí empezaban a golpear salvajemente. Escuché gritos de ambos sexos. A mí me acostaron en un colchón mojado, me empezaron a mostrar lo que me iban a hacer, me decían que cuente, que por algo estaba ahí. Yo no tenía ninguna vida paralela, era fácil seguir mi vida, después de un rato me dijeron que me salvaba porque era tarde, que mañana seguirían conmigo. Fueron perfeccionando los mecanismos de muerte. Habré estado 28 días o un mes”, recordó el sobreviviente.
“Alguien ahí me dijo que era de Rosario y me conocía. Después, otra persona, un represor que dijo si me acordaba de él, le dije que creía reconocer la voz del primer día cuando fueron a buscarme, después vino otra voz y me preguntó si ahora me acordaba. Dije que sí, aunque no. Era para mostrar confusión y que me liberaran”, contó Chachques. “Una noche buscaban al doctor Mario y me bajaron a una sesión de reconocimiento. Yo no lo recordaba, no entendía por qué estaba ahí. Yo creo que cuando me llevaron había también gente de APUBA (Asociación del Personal No Docente de la Universidad de Buenos Aires). Después me contaron que del Hospital de Clínicas se llevaron gente en la misma época”, agregó.
“Dormíamos en el piso, con las manos en la espalda, los hombros se destruyen, hay problemas nerviosos y circulatorios. No encontraba posición para dormir. Dos veces por día nos daban algo para comer, o algo, y ahí tenía el problema que tenía los ojos pegados por las lagañas, no podía abrirlos, era el único momento en que los abría y mis excrementos se caían encima de la comida, incluso cuando me destapaba la nariz y me comía mis propios excrementos, tampoco traían agua porque si no pedíamos orinar. Nunca me bañé hasta el último día en que me afeité. Me sacaron fotografías cuando llegué, cuando me creció la barba y cuando me fui”, describió Chachques.
“Yo me fui 4 años después, pasaba muchas veces por la ESMA, quería reconocer los lugares, lo vi desde afuera y siempre caminé del otro lado de la vereda. Quería entender. Llegué a reconocer las partes, los bordes. Hace 4 ó 5 años pedí visitar el lugar, fui y reconocí lugar por lugar, a pesar de las reformas, al placard no lo localicé, tal vez era un pequeño cuarto”, contó.
La liberación y el exilio
“Llamaban a mi casa luego diciendo que me estaban vigilando, demostrando que no estaba totalmente libre. Los llamados cesaron aproximadamente un año después. Me fui con una beca a Francia, a principios de agosto de 1980. Hice lo mismo y ahí fui condecorado, mientras que en Argentina me quisieron matar”, declaró. “Me llevaron en un auto a 3 ó 4 cuadras sobre Libertador y me dijeron que no volviera al hospital, que si podía me fuera del país y que no contara nada de lo sucedido. Me habían dado la llave de mi departamento, yo tenía una novia entonces, y viví unos días en su casa, después me fui a Rosario con mi familia”.
Sobre su distinción y trabajo en Francia, describió que siempre se preocupó “de que la medicina fuera accesible para todos. Una vez que aprendí acá a hacer cirugía consideré que tenía que innovar, crear para el futuro y pensé en la investigación quirúrgica, no remunerada y difícil. Traté de hacer algo que pudiera retardar o impedir la necesidad del trasplante, que fue la utilización de un músculo de la espalda, un marcapasos, con pocos medios. Todo eso lo aprendí acá, con pocos medios hacer muchas cosas, logramos hacer una operación accesible a todos, y dio la vuelta al mundo, salvo en países como Estado Unidos, que tenían más medios. Muchos pacientes se operaron así, seguimos en ese camino de la biocirugía. Dirijo un laboratorio en Francia, de investigaciones bioquímicas, la tecnología de los marcapasos. Nunca me olvidé de los problemas de mi país, no vine mucho, pero siempre hago misiones humanitarias en África u otras partes del mundo, estuve en Sudán un mes, nunca me olvidé de mis bases”.
Grigera
“Creo que Grigera (Gustavo Alberto, caso 328) era el representante del Hospital Italiano en las reuniones de la Federación, el nombre lo conocía de esas reuniones. De Grigera supe que lo buscaban, que se escondía, que lo encontraron después de que tratara envenenarse y se lo llevaron. Lo salvaron con un antídoto contra el cianuro y eso existe, es cierto. Usaron la medicina no para salvarlo, sino para rematarlo”, contó.
Las inyecciones
“Creo que las aplicaba gente que tenía experiencia en inyectables, venían con un maletín que abrían, escuché cargar más de una ampolla, a veces. Era un trabajo en equipo. Inyectar, en ese caso, era el equivalente de la silla eléctrica. Esa responsabilidad la debía tomar un médico, no un enfermero. A lo mejor, enfermeros aplicaban la inyección. Los verdugos no son médicos. Nos dedicamos a salvar vidas, no a destruirlas. Así que eso es condenable, con la condena máxima”, aseguró Chachques.
La búsqueda
Chachques narró que la familia realizó varias gestiones: “Mi padre, que era médico, habló con la gente del Hospital y le dijeron que era gente de ahí la que me había llevado, entonces fue a hablar con el marino Juárez, que era interventor del Hospital. Le dijo que ya había perdido un hijo y no quería perder al segundo”.
“Quiero rendir un homenaje a la justicia. Sin justicia no se puede vivir. Un país sin justicia se destruye a sí mismo. Argentina perdió una década de gente joven, interesante, es una pérdida para nosotros y para el país, esas pérdidas hay que valorarlas antes de organizarlas, fue infame hacer desaparecer a toda una generación”, dijo Juan Carlos al terminar su declaración.
Los casos de María Cristina Bustos de Coronel (243) y Lucía Coronel (681)
Tenía 32 años de edad y era abogada. La apodaban "Lucía". El 14 de marzo de 1977 fue privada ilegalmente de su libertad con su hija Lucía, por integrantes del Grupo de Tareas 3.3.2. Ambas fueron llevadas a la ESMA, donde permanecieron en cautiverio bajo condiciones inhumanas de vida. María Cristina fue "trasladada" y sigue desaparecida. La niña fue llevada al Hospital Pedro de Elizalde, de la Ciudad de Buenos Aires, donde fue encontrada por sus abuelos.
El testimonio de Lucía
"Mi padre, José Carlos Coronel, tucumano, estudiante de Abogacía, poeta, militante revolucionario, conoce a mi madre estudiando Abogacía. Ella se llamaba María Cristina Bustos de Coronel, tucumana también.
Ambos tenían compromiso político. Mi padre deja el estudio y se dedica a su militancia. Cae preso en 1971 por pertenecer a las FAR. Mi madre era su abogada, sale en mayo de 1973 por amnistía de presos políticos. Se casan, nace mi hermana. Para entonces, ambos ya estaban en Montoneros, en la Zona Norte, y en Capital Federal, porque mi padre pasa a pertenecer al Secretariado Nacional de Montoneros. Es asesinado el 29 de septiembre de 1976 en un operativo en la calle Córdoba, a cargo de Roualdes, donde muere también el resto del Secretariado", contó la testigo. Entre esas víctimas estaba María Victoria Walsh.
"Mi madre queda sin conexión con otros compañeros. Yo ya había nacido. Después de la primera quincena de mayo de 1976, no sé bien la fecha, se encontraba desprotegida, con dos niñas pequeñas. Todo lo que sabemos de la historia de mis padres lo averiguamos mi hermana, yo y otros compañeros de padres desaparecidos. Entre ellos, Patricia Walsh nos ayudó mucho en la búsqueda, que aún sigue. No teníamos información oficial del Ejército, a pesar de todas las gestiones que hizo mi abuela, hábeas corpus y demás", agregó Lucía.
Carta a Walsh
"Sabemos que mi madre se comunicó a través de un compañero con Rodolfo Walsh, le envía una carta en la que le cuenta la situación. La carta le llega y lo confirma Lilia Ferreyra, su última compañera. Él se conmueve y piensa cómo ayudarnos. Esto fue entre febrero y marzo de 1977. Mientras, mi madre estaba en casa de una tía en Capital. Sabemos por esa tía que el 14 de marzo de 1977 sale, dejando a mi madre con nosotras dos en casa. Cuando regresa ya no estaba y había dejado una nota diciendo que había tenido que salir, dejando a mi hermana en la casa. Salió conmigo. Como no regresa, mi tía se comunica con el hermano de mi padre, estudiante de Abogacía también, Joaquín Coronel, y también con mis abuelas paternos, quienes se trasladan a Capital y se alojan en el Hotel Savoy. Mi abuela comienza todos los trámites de búsqueda", relató la testigo.
El tío también
Lucía contó que Joaquín tampoco apareció: un diariero le dijo a la familia que vio cómo lo subían a un auto Ford Falcon. "A partir de ahí, no sabemos más nada de mi tío". Tenía 28 años y lo apodaban "Gato".
La nieta
Los abuelos de Lucía fueron quienes la encontraron en el Hospital Pedro Elizalde. "Después de muchas gestiones, encuentran una lista de entrada de la guardia. Había una menor con mis datos. En ese momento no acceden a la historia clínica. Yo accedo muchos años después y tengo copia. Ahí hay una nota, la tengo aquí, escrita a máquina, donde están todos mis datos, consta el fallecimiento de mi padre, datos de mi padre y madre, dirigida al Director de la Casa Cuna. Abajo figuran los datos de mis abuelos. No está firmada por nadie. Me dejan en la guardia con esa nota", dijo Lucía en la audiencia.
"El Director del Hospital da parte a la comisaría 16, que a su vez da parte a la Jueza de Menores del Juzgado de Menores, Secretaría 27. Esa jueza me pone a disposición de la Policía Federal Argentina y no avisa a mi familia. A los cinco días mi abuela llega a ese lugar y encuentra mi nombre. Se presenta en la comisaría y le es difícil lograr retirarme, probar que era su nieta. Además, le dijeron que éramos dos niños en la misma situación y que llegamos en las mismas condiciones. No sé quién es ese otro niño, ni qué pasó con él. Me retiran el 19 de marzo, el 22 secuestran a mi tío. El registro de ingreso es del 15 de marzo", narró Lucía
La abuela de Lucía se integró a Madres de Plaza de Mayo. "Siempre nos contó la verdad, pero no la entendíamos entonces. Desde chicas, con mi hermana empezamos a buscar. Entonces, la primera noticia fue a través de la CONADEP. Así llegamos luego a Graciela Daleo. Ella nos cuenta que no la ve personalmente, sino que forma parte de un grupo de testimonios que ella firma bajo su nombre. Entonces, nos acercamos a las tres personas exiliadas en Suecia. Nunca nos comunicamos, pero suponemos que es una de ellas. Luego nos reunimos con Martín Gras, uno de los mejores amigos de mi padre. Nos dijo que al poco tiempo de caer él, enero de 1977, no vio a mi madre personalmente, pero se entera que estaba con ´sus hijitas´ y que estuvo poco tiempo, porque de alguna manera no les servía para desmantelar alguna estructura de Montoneros, y sabe que hubo alguna discusión entre los asesinos de la ESMA sobre qué hacer conmigo. Discutían dejarme con alguna identificación plastificada, que en ESMA se hacía, pero finalmente me dejan con esa nota, y encuentra el nombre de mi madre con la ´T´ de trasladada en esa identificación que finalmente no se usó", dijo la testigo, y agregó: "hoy mi abuela tendría que estar aquí con este pañuelo, lo único que siempre pidió y pedimos es justicia, sobrevivimos por la fuerza de nuestros valores, que no son los que tienen esas bestias".
Para concluir, sostuvo: "pasaron 37 años. Si va a haber justicia, que sea efectiva, cárcel común, perpetua y efectiva para todos los asesinos. Que se investigue la complicidad del Poder Judicial".
El caso de Alejandro (Pedro) Sandoval Fontana (427)
Nació en cautiverio en la ESMA a fines del mes de diciembre de 1977, mientras su madre Liliana Clelia Fontana Deharbe estaba en detenida-desaparecida en la ESMA. A partir de su nacimiento, el niño permaneció clandestinamente alojado en ese centro clandestino, imposibilitando que sus familiares asumieran su protección y cuidado, sin brindarles ninguna información sobre su nacimiento o paradero que les permitiera recuperarlo, teniendo en cuenta que funcionarios estatales estaban impidiendo a sus padres el libre ejercicio de la patria potestad sobre él.
Asimismo, fue atormentado mediante la imposición de condiciones inhumanas de vida (sometido a las paupérrimas condiciones generales de alimentación, higiene y alojamiento existentes en el lugar), agravadas por su condición de recién nacido -que lo colocó en una situación de mayor desamparo-, por su nacimiento en cautiverio -en un ámbito de encierro, de máxima desprotección, privado de las condiciones mínimas de salubridad e higiene que necesita un bebé de esa edad- y por el hecho de que su madre también estaba detenida en ese sitio, padeciendo constantes maltratos y la angustia de haber parido en ese lugar y ante la posibilidad de perder a su hijo. Luego del parto, el niño fue separado de su madre.
Alrededor de julio o agosto de 1978, su madre Liliana Clelia Fontana Deharbe estuvo alojada en el centro clandestino de detención denominado “La Perla”, en la Provincia de Córdoba, a donde llegó sin el niño y junto con un grupo de personas que habían sido trasladadas desde otro centro clandestino ubicado en Buenos Aires; en ese centro clandestino, Fontana clamaba por su hijo.
El hijo de Liliana Clelia Fontana Deharbe y Pedro Fabián Sandoval, a quien sus padres deseaban llamar Pedro, fue ilegalmente integrado a la familia del gendarme Víctor Enrique Rei, quien simuló ser el padre biológico del niño, suprimió su identidad y lo inscribió bajo el nombre de Alejandro Adrián Rei. El hijo del matrimonio Fontana-Sandoval recuperó su identidad el 11 de julio del año 2006.
El testimonio de Pedro Sandoval Fontana, sus padres y su historia
“Todo comienza para mí en el año 2004, cuando detienen a mi apropiador. Por medio de Clarín, me entero de que lo habían detenido, era el diario que leía entonces. Él en los `90 participaba como asesor en política y pensé que era por eso. Después me llaman del Tribunal de Servini (jueza federal María Servini de Cubría) y me voy enterando. En 2009 le hacen el juicio y me empiezo a enterar de mi historia, que comenzó con el secuestro de mis padres en Caseros (Liliana Clelia Fontana Deharbe, caso 426, y Pedro Fabián Sandoval), ambos trasladados al centro clandestino Atlético, y me fui enterando por distintas declaraciones acerca de su situación. Cuando mi mamá fue secuestrada estaba (embarazada)de dos meses y medio, me entero por el juicio y por mi familia que a mi papá lo trasladan a distintos centros clandestinos de detención y tortura, y en el último, el ‘Turco Julián’ (Julio Simón) dice que mi papá había sido ‘patito al agua’, por lo cual concluyo que fue arrojado al Río de la Plata. Mi mamá hasta el 27 de diciembre de 1977 estuvo en Atlético. Después Marta Álvarez (Marta Remedios Álvarez, caso 36) la vio en la ESMA. Durante mucho tiempo pensé que había nacido en Campo de Mayo, pero después, por el juicio me vengo a enterar que fue en la ESMA. Mi apropiador dijo que no se animaba a contarme la historia y que la iba a contar en el juicio. Llegó a compararme a mí con el caso de adopciones en Vietnam y en un momento no sé si se dio cuenta que la estaba embarrando y ya no contó más nada. Cuando le dan la sentencia lo fui a ver al Penal y me echó la culpa de todo y se quedó en silencio, no dijo más nada”, relató Sandoval.
“Por dos meses, aproximadamente, tuve relación con mi apropiadora (Alicia Arteach de Rei), porque quería saber realmente mi origen. No sabía cómo encararlo, entonces iba a visitarla a la casa. Nunca llegó a decir nada, hasta que un día me enojé, la empecé a insultar y me dijo que yo venía de Campo de Mayo, pero no dónde había nacido. Entonces, dice que me trajo un 4 de abril de 1978. Le pregunté por mi mamá y me dijo: ‘Vos sabés lo que pasa con ellos’. Me enojé y me fui. Me quedó la tranquilidad de saber que desde que nací hasta el 4 de abril estuve en los brazos de mi mamá por un tiempo. Habré nacido entre el 27 y 28 de diciembre de 1977, en el juicio con la jueza Roqueta se puso en la partida (de nacimiento) que fue el 28 de diciembre de 1977”, contó.
“Dijo que como sufría de tiroides no podía quedar más embarazada, que nunca le gustaron los bebés tan chicos, entonces eligieron traerme ese día, porque el 5 de abril es el día del nacimiento de su hijo biológico, Gustavo Rei, y me traen en esa fecha para que ambos festejáramos el mismo día. Me contó que Gustavo quería tener un hermano y por cuestiones naturales perdió todos sus embarazos. Entonces, como mi apropiador estaba trabajando en la intervención de un banco y en Campo de Mayo, me dice me trajeron de ahí”, describió.
La militancia de Pedro y Liliana
“Los dos son oriundos de Entre Ríos. Mi mamá militaba junto con mi tío, con Mujica. Como mi abuelo era camionero, vinieron a vivir a Caseros. Mi tío conoce en Capital a mi papá en diferentes viajes, bajaban en la misma parada, se pusieron a hablar. Mi papá ya militaba en la JRP (Juventud Revolucionaria Peronista) con (Gustavo) Rearte y empezaron a militar juntos. Después se pasan a llamar Movimiento Revolucionario 17 de octubre. A mi papá le decían ‘El Erico’ y a mi mamá ‘Pati’”, contó el testigo. Pedro tenía 32 años cuando fue desaparecido y Liliana 20.
“Mi papá primero militó con Rearte en la JRP, por lo que se estaba viviendo primero estuvo detenido en Tucumán. Después la organización pasa a llamarse MR17 de octubre. Después, mi papá con otros compañeros y Rearte viajaron a España a ver a (Juan Domingo) Perón. También supe cómo mi papá y tío querían que mi mamá milite y ella en una fiesta le dijo a mi tío: ‘no te das cuenta de que ya estoy militando’ y ahí me entero cómo mis viejos empiezan a vivir con mi tío y su primera mujer en el Partido de Tres de Febrero”, narró.
La recuperación de la identidad
Sandoval describió que en un comienzo “tenía rechazo a todo lo que estaba pasando, no quería saber, más rechazo cuando el secretario del Tribunal de Servini me llamó para contarme lo que estaba pasando judicialmente: me relata en 10 minutos la importancia de la identidad. Se queda esperando que le diga algo, entonces me pregunta si por $ 250.000 el expediente de mi papá se perdía, le darían libertad. Lo miré y me fui. Por 3 ó 4 meses me siguieron llamando y citando para ver si quería hacerme el análisis de ADN, siempre con Parodi y después otra persona. Yo siempre decía que no quería saber nada. Un día me llama mi apropiador para que lo fuera a visitar y me cuenta que iban a allanar mi casa y me da unos objetos y me dice que se los diera a quien fuera a hacer el allanamiento: era como un kit de cosas de aseo personal. Como él tenía su perro en Campo de Mayo, le lavé los dientes al perro, lo peiné y le puse la remera. Dos días después hizo el allanamiento la Policía Federal Argentina, sin testigos ni nada, les di los objetos. Dijeron que había que llevarse las sábanas y sacaron unas del placard”.
Parodi, según el relato de Sandoval, era secretario de la jueza y era quien lo llamaba para informarle sobre la causa y pedirle plata, “también me llamaba cada 2 ó 3 semanas para preguntarme si quería hacerme el ADN. Cuando estuve con Servini no me animé a hablar con ella. Cuando pasa a juicio mi apropiación, empiezo a tener una relación con la jueza, antes del juicio, y en muchas oportunidades tuvimos diferencias, pero me dio la confianza de contarle lo que había pasado. Como no me animaba a decírselo verbalmente, le había escrito una carta de mi proceso 2004 a 2007/8, antes del juicio, y la jueza le dio esa carta a un Tribunal y había arrancado una investigación, pero después me enteré que esta persona falleció”.
“Meses después, la jueza se dio cuenta de que estaba todo mal, entonces hacen otro allanamiento las mismas personas, pero con testigos y cédula judicial. Gracias a eso, el 14 de julio de 2006 pudieron decirme quién era mi familia. Al principio era armar un lazo con mi verdadera familia, pero seguir la relación con mis apropiadores. Tenía muchas discusiones internas mías y con las dos partes: con mi familia y con mi apropiador. Entonces me tomé un año en el que no vi a ninguna de las dos partes, para reflexionar. Por eso, para mí fue muy importante el juicio, porque pude ver quién era quien yo creía que era mi padre. Yo creía que la Escuela de las Américas era un lugar donde mi apropiador había estudiado Economía y gracias al juicio pude ver realmente lo que era la Escuela de las Américas. Entonces se cae una careta de lo que eran mis apropiadores y comprendí lo que era mi familia y lo que yo estaba viviendo. A partir de ahí tuvimos un vínculo cada vez más fuerte. Lo importante es estar al lado de mi familia, más allá de desaciertos y discusiones”, contó.
“Uno siempre tiene que estar preparado para querer escuchar. Yo antes escuchaba, pero no comprendía. A partir del juicio empecé a comprender y a tener ganas de escuchar y saber qué había vivido mi familia, mis viejos y yo, primero en la panza de mi mamá y después con mis apropiadores. Empecé a comprender qué era un centro clandestino, qué era un desaparecido. Voy a estar eternamente agradecido a Madres (de Plaza de Mayo) y Abuelas (de Plaza de Mayo) por haber sabido esperar mi proceso de adaptación en un proceso difícil, por haber sabido esperar”.
El secuestro
“A la mañana del día que secuestran a mi viejo habían secuestrado a su hermana, entonces mi viejo va a la casa de mi abuelo, siempre voy a tener la duda de si mi viejo estaba shockeado o si estaba convencido de querer quedarse y seguir militando. Enterarme cómo mis viejos estuvieron primero en Atlético, de cómo los usaban como esclavos para asistir a los otros compañeros detenidos en ese centro… Sabiendo que aún viviendo en un centro clandestino de detención, tortura y exterminio tenían su momento de pareja y mi papá tocaba la guitarra… Según los compañeros no era muy bueno cantando. Le gustaba cantarle a mi mamá dos canciones como código para avisarle cuándo se iba y cuándo volvía: ‘Mujer niña y amiga’, y ‘Lunita Tucumana’; saber que estuvieron juntos esos meses te da un poco de alegría”, dijo Sandoval.
La búsqueda
“Mi tío se fue al exilio cuando pasó todo esto. Tiene contacto en España con Estela de Carlotto y le cuenta todo, y del embarazo. Estela se pone en contacto con mi abuela, mi tía y mi abuela en Buenos Aires eran las más allegadas a los organismos por el tema del embarazo de mi mamá. Mi papá antes estaba casado con Alicia Rabinovich, desaparecida y secuestrada en 1976, por eso mi familia tenía relación con la familia de mi hermano en la búsqueda de saber dónde estaban sus hijos y su yerno empezaron las rondas y demás”.
Víctor Enrique Rei
Sandoval relató que el último contacto que tuvo con Rei fue en el año 2009, después de la sentencia. Declaró que fue a verlo “para que me contara la verdad que nunca se animó a contar ni en el juicio, estaba detenido en el Penal de Marcos Paz. Él entró gritando que por mi culpa él está acá. Adelante mío se calló, entonces le dije: ‘No sabía que nacer era un delito, pensé que lo que hiciste vos era un delito’, y se calló.
Cuando se iba siguió gritando que era mi culpa, me di vuelta, me enojé bastante y el penitenciario me dijo que me fuera: ‘Esto ya acabó’ y fue real, la historia había terminado. Yo quería tener más relación con mis apropiadores, porque quería saber su versión y la verdad, pero es muy difícil la verdad de parte del terreno de ellos. Hoy me doy cuenta: ella cuando estuvo con Servini le pagó a un perito médico para que dijera que sufría Alzheimer cuando estaba más sana que todos”.
Los juicios
“Estos juicios son muy importantes para toda la sociedad, para todos los damnificados y en especial para quienes nos robaron la identidad. Nunca voy a perder la esperanza de que las personas que sí saben dónde están nuestros viejos y nuestro origen algún día tomen la valentía y el coraje de decir la verdad, y si no son ellos, ojalá los que los defienden, que están en todo su derecho de hacerlo, digan dónde están nuestros familiares”, dijo el testigo para finalizar su declaración.
El caso de Jorge Oscar Francisco Pomponi (362)
El 21 de agosto de 1977 a la madrugada, en el marco de un importante operativo en el departamento ubicado en Av. Libertador 2275, piso 10, de la Ciudad de Buenos Aires, aproximadamente 15 personas vestidas de civil privaron de su libertad, con violencia, abuso de funciones y sin las formalidades prescriptas por la ley a Jorge Oscar Francisco Pomponi y al esposo de Raquel Reich de Tobal y otras personas que estaban en el lugar.
La víctima fue llevada en un Ford Falcon de color naranja, patente C680.237 a la Seccional nro. 21 de la Policía Federal Argentina y, luego trasladada al centro clandestino de detención conocido como “Campo de Mayo”, donde permaneció detenida hasta el 23 de septiembre de 1977, momento en el que fue entregada por sus captores a los integrantes del Grupo de Tareas 3.3.2, quienes lo mantuvieron clandestinamente detenido en las instalaciones de la ESMA.
Durante su permanencia en esa dependencia naval fue atormentado mediante la imposición de condiciones inhumanas de vida, agravadas por la circunstancia de saber que su padre y su cuñado estaban cautivos en similares condiciones.
El 13 de febrero de 1978, conjuntamente con otras personas, fue llevado en un camión celular de la Policía Federal al Penal de Ezeiza (U. 19), donde fue puesto a disposición del P.E.N. por Decreto nro. 466/78. Finalmente, por Decreto nro. 1450/78, dejó de estar a disposición del P.E.N., siendo liberado el 8 de julio de 1978.
El testimonio de Jorge
Pomponi fue secuestrado el 21 de agosto de 1977: “estaba en casa de una gente amiga, aproximadamente entre las 21 y 22 horas, estaba en Coronel Díaz y Libertador, piso 11, sobre Libertador. Vinieron como policías en principio, uniformados de Policía Federal Argentina, al rato se distorsionó todo y aparecieron las capuchas, me trasladan a una comisaría, creo que la 23, de paso, y de allí empezaron los trasbordos. Había más gente esperando”, contó el testigo.
El secuestro de su padre, Joaquín (caso 363), y su cuñado, Federico Marcelo Dubiau (caso 364)
“Llegamos a esa comisaria, me pasan de auto y vamos a lo de mi cuñado, Federico Marcelo Dubiau, en Guise y Soler. Una hora después, aproximadamente, la misma mecánica: lo hacen bajar, lo llevan secuestrado Fuerzas policiales que intervenían, lo suben en otro vehículo. Luego vamos a la casa de mi padre, Joaquín Pomponi, en Hidalgo y Avellaneda, en Caballito. Ahí esta gente me pide colaboración, porque sabían que mi padre solía estar armado. Entonces, me piden que lo haga bajar. Yo pensé que era algo policial y lo hice. Ahí nos separan. Yo seguía encapuchado, así toqué timbre incluso. Había una impunidad tal que eso era normal. De ahí, entiendo que fuimos a la misma comisaría, porque escuchaba la radio policial”, relató el sobreviviente. “Mi padre falleció a raíz de todo esto, por problemas cardíacos, tenía 45 años aproximadamente al momento del secuestro. Mi cuñado se suicidó por depresión, era un año más chico que yo al momento de los hechos”, agregó.
Campo de Mayo y ESMA
“Después, con el tiempo me enteré de que fuimos trasladados a Campo de Mayo, alojados en un sector con celdas que creo eran para soldados, pero estábamos nosotros tres en celdas separadas, pero con vista y comunicación. Parecían de Gendarmería los que nos cuidaban. Después nos llevaron a una zona cercana a un hospital, nos interrogaron, nos llevan de nuevo a Campo de Mayo unos días y en una camioneta verde los tres tirados atrás debajo de una lona nos llevan a la ESMA, después lo supimos, subimos escaleritas. Hubo un señor que se hacía llamar como otro: Pedro. Nos dijo que estábamos en la ESMA. Confirmé lo de Capucha porque desde una ventana se veía la Comisión Nacional de Energía Atómica sobre Libertador. Yo estaba donde empezaba la ‘L’ de Capucha. Si van está mi nombre grabado en los caños arriba”, declaró Pomponi.
“Los Pedros”
“Se ve que era uno de los jefes de ahí, porque a las otras personas que nos cuidaban les hacían llamar ‘verdes’ y estos los trataban con respeto. Había más Pedros, no sé cuántos pero más de tres, por la voz”, describió.
Listado de secuestrados
“Ricardo, él se hacía llamar capitán, era montonero, fue quien le disparó un tiro en la boca al almirante Buzzeti cuando estaba en un centro odontológico. En la ESMA a él le hicieron lo mismo, pero sobrevivió, luego no lo torturaron, estuvo todo el tiempo al lado mío; no le gustaba hablar de lo íntimo, hablábamos de política, yo me fui antes de Ricardo, pero supongo que no salió porque llevó mis datos y nunca se comunicó. Estaba también detenida (Norma) Arrostito (caso 149), por medio de ella, que tenía ciertas libertades en el piso, nos traía lápiz y papel y empezó la idea de ir recabando información de cada uno y yo la llevé entre mis cosas durante mucho tiempo, y así saqué teléfonos, direcciones, etcétera. Cuando fui a la CONADEP me dijeron que ellos se iban a ocupar, la dejé ahí. El Capitán Ricardo era el que se encargaba de hablar, entonces me pasaba la información y yo iba anotando. Las monjas francesas estaban bien, dentro de toda la situación. Creo que estuvieron dos noches y se las llevaron, no sé si estaban solas o acompañadas, yo las vi a ellas”, narró. Además, contó que vio a más de cuatro detenidas-desaparecidas embarazadas.
Luego le consultaron por algunos nombres que aparecían ahí y contó que “es una recopilación de datos que no necesariamente yo vi o conocí a todos”:
“Quinto Casado Teniente Manuel (Gaspar Onofre Casado, caso 406): Él ahí pasó la dirección, estaba ahí, me acuerdo por la calle Azul, porque un familiar vive ahí”.
“Mónica: No estaba permanente con nosotros, pero nos hizo llegar su nombre”.
“Marcos: me había llamado la atención que era colectivero, por eso lo recuerdo”.
“Pajarito: lo recuerdo, pero no lo asocio con la persona”.
“Beto Ahumada (Alberto Ahumada, caso 89): no estaba tampoco con los permanentes, me llegó nombre y demás”.
De gala
Pomponi dijo que vio “uniformados en blanco como de gala. Me daba la impresión de que estaban mostrando a otros los ‘trofeos’, hacían la recorrida. El de gala era el único que hablaba con Arrostito, algunas veces se repetían las visitas, normalmente 3 ó 4, varias visitas, dos por mes seguro. Con el tiempo, por los medios, supe que uno era un tal (Rubén Jacinto) Chamorro, había otro que no es Marino, no recuerdo el nombre, si veo las caras los conozco”.
Los traslados
“Estábamos identificados por números, entonces escuchábamos que tal y tal salían en libertad. Por supuesto que eso no era verdad, porque nos decían que esos traslados eran para un helicóptero u otro lado, pero que no eran para bien. Decían que había traslados en que los subían a un helicóptero y los tiraban por ahí, no eran regulares, ni tampoco la cantidad de gente. Los traslados en general eran de los que estábamos permanentes, lo sé porque al otro día veíamos que no estábamos, aunque no supiéramos el número, estos espacios luego se reponían con otra gente”, contó el sobreviviente de la ESMA.
Las fotos
Pomponi recordó que le sacaron una fotografía, “a todos, en un sector que había que bajar unas escaleras y supe que la gente que sacaba estaba arriba”.
La liberación
“Nos llevan a una zona en Puente 12, en la Provincia. Al llegar, nos suben a un celular del Servicio Penitenciario Federal, de ahí se podía ver la zona, y yo la conozco. De ahí nos trasladan con custodia de Marinos hasta el Servicio Penitenciario en Ezeiza. No era una cárcel normal, nos mandan a Enfermería ahí y podemos comunicarnos con nuestras familias y al otro día llegaron todos. Nosotros todavía no estábamos a disposición del Poder Ejecutivo Nacional (PEN). Nuestras familias presentaron quejas y a los días recién nos pusieron a disposición del PEN. Nos enteramos a través del Diario Clarín que una serie de personas en condiciones de ser dejadas en libertad, en julio de 1978, y aparecemos en esa nómina”, relató.
Secretaría de Inteligencia
Pomponi contó que le preguntaron por su militancia, “pero yo estaba trabajando, igual que mi padre y cuñado, para la Secretaría de Inteligencia. Esto lo armaron ellos con la Marina, como que los habían engañado a ellos para que nos secuestraran y que por eso nos iban a largar”.
El caso de María Elina Corsi (138)
María Elina Corsi estaba de novia con Luis Alberto Lucero (caso 120), con quien estudiaba Ciencias Veterinarias en la Universidad de Buenos Aires. El 22 de noviembre de 1976, alrededor de las 2:00 horas, fue privada ilegítimamente de su libertad con violencia, abuso de funciones y sin las formalidades prescriptas por la ley, en su domicilio ubicado en Juan B. Justo 5833 de la Ciudad de Buenos Aires. El operativo fue hecho por una gran cantidad de personas vestidas de civil, quienes se identificaron como pertenecientes a “Coordinación Federal”, pero que pertenecían al Grupo de Tareas 3.3.2 de la ESMA. Los captores tenían un transporte militar con personal uniformado de casco blanco y uniforme azul. Exhibían ametralladoras, escopetas, itakas y fusiles. Se movilizaban en una camioneta F-100 con doble fila de asientos y un Ford Falcon sin chapa. Anteriormente, habían secuestrado a su novio Luis Alberto Lucero, quien se desempeñaba como ayudante docente en la ESMA.
María Elina fue llevada a la ESMA, donde permaneció clandestinamente detenida bajo condiciones inhumanas de vida y sigue desaparecida.
“El libro de Mariel”
Miguel Alejandro es el hermano de María Elina. En su declaración contó que “hace mucho tiempo yo escribí un libro que figura en internet “El libro de Mariel”, que fue declarado de interés municipal en Villa Regina e incluso traducido al italiano. No fue editado en papel, lamentablemente, pero figura en varios sitios de organizaciones de derechos humanos. La foto que figura adelante es del 74/75. Es un relato que hago yo a mis 19 años de lo vivido y cómo lo vivió la familia. El problema del desaparecido es que es una herida que no termina de cerrar nunca. Allí relato con detalles el momento del secuestro, porque estuve en el operativo: familia tradicional, Radical, clase media argentina. En el `73 mi hermana estudiaba Veterinaria y empieza a militar en la JP (Juventud Peronista). Al momento del Golpe, en los primeros meses había mucha expectativa por el gobierno militar que hoy sabemos que fue nefasto; la palabra desaparecidos no existía en el vocabulario común de la gente”.
El operativo
“Luis Lucero (Luis Alberto Lucero, caso 120) figura también secuestrado, compañero de la Facultad de mi hermana, un día fue a cobrar el sueldo, y no volvió; desapareció los primeros días de noviembre, primera semana. Yo no tuve contacto con sus familiares ni supe qué pasó con él. Se le prendió la alarma a mi hermana y durante 15 días no quiso pernoctar en casa. Un viernes vuelve, en ese momento tenía 22 años. El lunes 22 de noviembre escucho ruidos en la terraza en Juan B. Justo 5833. Pensé que eran ladrones, tomé la escopeta y salí a la terraza, miro detrás del tanque de agua y se asoma una persona con una ametralladora 9 milímetros y le pido que se identifique, me apunta, la levanta al cielo y se vuelve a parapetar detrás del tanque. Vuelvo a la casa, le aviso a mis padres que había un ladrón afuera y hacen detonar una bomba de estruendo gritando: ‘¡Salgan o en 30 segundos abrimos fuego!’. Le dije a mi hermana que había un operativo, pero que no era con ella, era la negación. Salimos a la venida Juan B. Justo, había dos camionetas F100 verdes de la Armada, había gente en la pizzería Citadella, enfrente mirando, uno o dos Ford Falcón verde con gente parapetada y el que estaba en la terraza con una PAM y FAL. Nos hacen poner contra las rejas, me di cuenta de que venían a llevar a mi hermana y le dije a mi madre que memorice las caras. Se identificó uno con credencial con nro. 154, a los 15 minutos nos hacen entrar y sentar en el comedor familiar, estaban también mi hermana Miriam y mi hermano, dieron vuelta la habitación de mi hermana. Yo había tenido un profesor en el secundario Jordan ejecutado por el ERP (Ejército Revolucionario del Pueblo) en 1974 y en el 75 cuando se cumplió un año salió en el diario un recordatorio que guardé. Fueron a mi pieza, encontraron armas, encontraron el recorte y se lo llevaron al jefe del operativo, me preguntó qué hacía con eso y creo que por ese motivo no me llevaron, los vecinos llamaron a la comisaría 50 correspondiente al domicilio`, pero hubo zona liberada”, describió Corsi.
También declaró que si bien no se identificaron como de alguna Fuerza, él “conocía la vestimenta, color azul, de la Marina, las armas incluso de color azul; Ejército era verde. Además las camionetas F100 eran de Marina, Ejército era diferente”.
El llamado y la ESMA
“Pasan 15 días, durante la primera semana de diciembre, y recibimos un llamado de mi hermana que dijo que estaba viva, fue la última comunicación. Atendió mi madre, María Antonia Barrionuevo, dijo que se quedara tranquila, que estaba bien, que estaría un tiempo guardada y la notó neutra”, contó.
“Todos los trascendidos la ubican en la ESMA. Hubo gente liberada que decía vagamente que había una Marilina que estudiaba Veterinaria y parecía estar bien. Después, hubo dos informaciones contradictorias: que la desplazaron a un centro clandestino cerca del Autódormoo y otro que estuvo hasta septiembre de 1979 en la ESMA, antes de la llegada de la OEA (Organización de Estados Americanos), entonces antes se habría ido en los vuelos, pero nunca supimos con certeza”.
“Fuimos idiotas útiles”
“Mi madre comenzó a juntarse con las Madres. Pasó 1977, fuimos idiotas útiles, porque nos llevaban de las narices. Presentamos hábeas corpus que quedaron sin respuesta. Nosotros somos de apellido italiano, por lo que el gobierno de Italia empezó a hacer presión para saber dónde estaba la gente detenida. Aún no se usaba el término desaparecidos, entonces conseguimos la doble nacionalidad para mi hermana, porque no era lo mismo un detenido italiano que uno argentino. Se sabía que los teléfonos estaban pinchados, hubo gestiones con (Jorge Rafael) Videla. Todo fue infructuoso. En casa teníamos de inquilino a alguien que era del Ejército, Pascual Anselmo Vidagle, y así supimos que estaba vigilada, pero fue en 1975”.
“Agradezco la oportunidad de compartir esta experiencia bastante macabra. Esperamos que se pueda hacer un poco de justicia, aunque sea tarde”, finalizó Corsi.
Próxima audiencia
El juicio continuará el miércoles 11 de diciembre desde las 9:30 horas con más declaraciones testimoniales.
Fuente:EspacioMemoriayDDHHExEsma

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