8 de diciembre de 2013

TREINTA AÑOS DE DEMOCRACIA.

TODOS LOS EX PRESIDENTES INVITADOS POR LA PRESIDENTA A LA CONMEMORACION DE LA VUELTA DE LA DEMOCRACIA
Acto y fiesta para los treinta años
Será este martes, a las seis de la tarde, en el Museo del Bicentenario. Fueron invitados los cuatro ex presidentes y la familia de Alfonsín y también se entregarán los premios Azucena Villaflor. Luego, fiesta en la Plaza de Mayo.
Cristina Fernández de Kirchner, que asumió dos veces un 10 de diciembre, será la principal oradora.Imagen: Télam
El gobierno nacional realizó una amplia convocatoria a todos los sectores políticos para el acto de conmemoración de los 30 años de democracia, que se realizará el próximo martes a las 18 en el Museo del Bicentenario. La ceremonia, que será encabezada por la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, tendrá como invitados a todos los ex mandatarios desde la restitución democrática. Se espera, a su vez, la presencia de los representantes de la oposición. Además, en Plaza de Mayo se realizará un festival desde las 15 en donde actuarán reconocidos artistas.

De cara a la celebración de las tres décadas de democracia, el gobierno nacional invitó a todas las fuerzas politicas del país, tanto nacionales como provinciales, para que participen de la ceremonia. A su vez, el oficialismo invitó a los ex presidentes y familias de ex mandatarios que cumplieron mandato desde 1983. En ese sentido, se indicó que fueron convocados al acto Carlos Menem (1989-1995; 1995-1999), Fernando de la Rúa (1999-2001), Adolfo Rodríguez Saá (2001), Eduardo Duhalde (2002-2003) y también la familia del fallecido Raúl Ricardo Alfonsín (1983-1989). El mandatario radical fue, justamente, quien asumió el 10 de diciembre de 1983, tras imponerse con casi el 52 por ciento de los votos y terminar así con 7 años de dictadura, que se habían iniciado en 1976.

La jefa de Estado será la principal oradora del acto, en el que además se entregarán los premios Azucena Villaflor. La fecha –10 diciembre– coincide con el día en que la mandataria asumió en las dos oportunidades en las que fue electa. De esta manera, Cristina volverá a participar de un acto tras el reposo que siguió a su operación. Ayer se supo que la Presidenta deberá someterse a nuevos chequeos médicos para evaluar la evolución general de su salud, al cumplirse dos meses de la neurocirugía a la que fue sometida el 8 de octubre. Aunque no se comunicó oficialmente, se prevé que la Presidenta se realice los chequeos en el Hospital Universitario de la Fundación Favaloro, donde trató su dolencia y fue sometida quirúrgicamente.

En paralelo a la ceremonia en el Museo del Bicentenario, se desarrollará la fiesta popular “Democracia para Siempre” con epicentro en la Plaza de Mayo, que contará con la presencia de numerosos artistas de primer nivel.

El objetivo “es festejar 30 años de democracia, de derechos para todos, de libertad garantizada, de alegría compartida y de futuro con inclusión”, según reza la convocatoria realizada por la Secretaría de Cultura de la Nación, prevista para las 15. No se descarta que también allí hable la Presidenta, en el escenario que se montó frente a la Casa de Gobierno.

Según se anunció, en el festival a realizarse en Plaza de Mayo actuarán Horacio Lavandera, Chango Spasiuk, León Gieco, Kapanga, la selección nacional de Tango junto con Cacho Castaña, Adriana Varela, Susana Rinaldi, Rodolfo Mederos, Leopoldo Federico y Ariel Ardit. Además estarán Horacio Guarany con el Chaqueño Palavecino, Kapgan, Jaime Torres con Melania Pérez, Tukuta Gordillo, Daniel Vedia, Víctor Heredia, Teresa Parodi, Gustavo Santaolalla y Man Ray. Durante el festejo habrá, a su vez, un número a cargo del grupo de acróbatas Choque Urbano, espectáculos de luces y proyecciones de mapping contra la fachada del Cabildo por la noche.

Para el festival artístico, un equipo de técnicos trabajó desde el viernes en el armado de un escenario de estructura tubular frente a la Casa Rosada, para luego concretarse el acto oficial a partir de las 18.

Recuerdo en la Santa Cruz
Las fundadoras de Madres de Plaza de Mayo, las religiosas francesas y los familiares de desaparecidos conocidos como “Grupo de los Doce” de la Iglesia de la Santa Cruz serán recordados hoy en un nuevo aniversario de su secuestro y desaparición. El acto, en el que se celebrarán los 30 años de democracia, se realizará a las 18 en el jardín de la parroquia, en Estados Unidos 3150. Una docena de actrices y actores –entre ellos Hugo Arana, Alejandro Awada, Carlos Belloso, Graciela Borges, Alejandra Darín, Pablo Echarri, Mónica Galán, Mario Galvano, Constanza Maral, Juan Palomino y Andrea Pietra– personificarán a los doce secuestrados entre el 8 y el 10 de diciembre de 1977. La música estará a cargo de Julia Zenko y Víctor Heredia. La Iglesia de la Santa Cruz fue declarada monumento por decreto de la presidenta Cristina Fernández. En sus jardines fueron enterrados los restos de Esther Ballestrino de Careaga y Mary Ponce de Bianco, fundadoras de Madres, de la religiosa francesa Léonie Duquet, todas integrantes del Grupo de los Doce, y de Daniel Bombara, primer desaparecido de Bahía Blanca. Los cuatro fueron identificados por el Equipo Argentino de Antropología Forense.

EL FISCAL Y EL JUEZ LIJO
Acusaciones cruzadas
El fiscal federal Jorge Di Lello advirtió ayer sobre la irregularidad que significa que el juez Ariel Lijo les haya tomado declaración como testigos a Guillermo Reinwick y Nicolás Ciccone, siendo que ambos estaban imputados en la causa. Di Lello señaló que esa misma advertencia se la hizo al magistrado el lunes pasado, antes de que declarara Reinwick, yerno de Ciccone, y luego durante la propia declaración de Ciccone. Los dos integrantes de la familia propietaria de la calcográfica dieron un giro llamativo a la causa: durante dos años habían dicho que eran los dueños de la empresa y Reinwick hasta firmó una solicitada en la que se adjudicaba el manejo del 70 por ciento del fondo que rescató Ciccone. Pero ahora ambos sostuvieron que Amado Boudou negoció con ellos la transferencia de la imprenta y que no lo dijeron durante todo este tiempo porque estaban amenazados de muerte. Ante este último argumento, el juez Lijo también impidió que la defensa de Boudou –encabezada por Diego Pirota– o del ex director de Ciccone Alejandro Vandenbroele participaran de las tomas de declaraciones.

Hasta hace diez días, los integrantes de la familia Ciccone estaban imputados por varios delitos, entre ellos lavado de dinero, porque no estaba claro de dónde salió el dinero con el que se rescató la calcográfica de quiebra. Sin embargo, en forma sorpresiva el juez Lijo decidió citarlos como testigos. La sorpresa es porque, por ejemplo, el que robó un banco no puede declarar como testigo de ese robo. Ayer, en el programa que conduce Romina Manguel por Radio América, el fiscal explicó que no bien se enteró le entregó un escrito al juez advirtiéndole de la irregularidad.

Durante la semana que pasó, el yerno y el suegro declararon ante el magistrado y dijeron que Boudou negoció personalmente la transferencia de la imprenta en dos oportunidades, en un estudio de Telefe y en un restaurante de Puerto Madero. La versión encaja al milímetro con lo que sostiene la oposición. Es más, según un escrito presentado por la defensa del vicepresidente, la diputada Graciela Ocaña estuvo en la mesa de entradas del juzgado y dijo que ella había hablado con Reinwick y que éste declararía. Boudou niega en forma categórica que haya participado con los Ciccone de alguna reunión por el tema de la calcográfica.
La defensa del vicepresidente denunció también que no se les permitió estar en la declaración del yerno y el suegro. El argumento del juez Lijo es que Reinwick y Ci-ccone señalaron que estaban amenazados. Frente a ello, Pirota –el defensor de Boudou– señaló que ninguno de los dos presentó nunca una denuncia por amenazas, que no presentaron ninguna evidencia de esas amenazas y que en todo caso no podía considerarse que los abogados fueran peligrosos. Pirota y los otros dos defensores de Boudou, Verónica Lichtman y Eduardo Durañona, se presentaron en la Comisión de Etica del Colegio de Abogados denunciando que los abogados de los Ciccone sostuvieron que la presencia de los letrados de Boudou constituía “un riesgo para la vida de nuestros asistidos”. Para Pirota, Lichtman y Durañona se trata de una violación del código de ética.

Pirota también pidió la nulidad de las declaraciones y cuestiona al juez en su escrito: “¿Qué habrá cambiado en la causa? ¿Por qué los imputados ahora son testigos? ¿Por qué a las partes ya no se les permite ejercer su rol? ¿Por qué ya ni se atienden los requerimientos del fiscal? ¿Por qué la investigación se ha restringido a la –ya evidenciada– nueva postura del magistrado? ¿Por qué el señor juez no quiso que los abogados defensores presenciemos las declaraciones?”.

El enfrentamiento en la causa tiene dos puntas:

- Los Ciccone dicen ahora que Boudou negoció con ellos y que se quedó con la empresa a través de su amigo José María Núñez Carmona. Afirman que no dijeron esto antes porque estaban amenazados.

- Quienes respaldan al vicepresidente aseguran que esa versión es falsa, que Boudou nunca tuvo firma para hacer posible esa transacción y que la empresa fue llevada a la quiebra por los Ciccone y luego rescatada por ellos mismos con dinero del financista Raúl Moneta. En el camino, el Poder Ejecutivo la nacionalizó y por eso ahora quieren recuperarla con las denuncias.
Fuente:Pagina12         



EL DIPUTADO RICARDO ALFONSIN RECUERDA LA ASUNCION Y EL GOBIERNO DE SU PADRE
“El juicio puso en riesgo y a la vez consolidó la democracia”
El hijo del ex presidente habla de la campaña, la votación y la asunción presidencial de 1983. Destaca el Juicio a las Juntas y reivindica el discurso de las “felices Pascuas”. Los logros y las deudas de los 30 años de democracia.
Por Victoria Ginzberg
Imagen: Joaquin Salguero
El 10 de diciembre de 1983 Ricardo Alfonsín se levantó, se vistió y se instaló en la Casa de Gobierno. Su padre, Raúl Alfonsín, asumía la presidencia de la Nación luego de casi ocho años de dictadura. Ocho años de asesinatos, torturas, desapariciones. Ocho años, que también habían empezado antes, de miedo y de terror. Alfonsín padre había ganado las elecciones anunciando “somos la vida” y el 10 de diciembre la muerte parecía haber quedado sepultada, aunque más no fuera durante la fiesta que se vivía en la calle. 

Ricardo acompañó a su papá al Congreso, donde habló ante la Asamblea Legislativa, estuvo en el Salón Dorado, donde el dictador Reynaldo Benito Bignone le entregó los atributos del mando, siguió desde la terraza de la Casa Rosada el discurso del Cabildo y luego fue, junto con toda la familia, a la quinta de Olivos. Quería que el día terminara: “me la pasaba saludando gente y no soy muy sociable, soy bastante tímido”, explica hoy el diputado.

Muchos años después, cuando Alfonsín ya estaba enfermo, Ricardo se animó a hablar con él de la muerte, pensó que tal vez lo ayudaría.

–Viejo, ¿estás preocupado?
–Estaba más preocupado ahí –contestó señalando la foto en la que se lo ve entrando a la Casa Rosada, saludando a los Granaderos, en su primer día de gobierno.

Durante la campaña electoral, Raúl Alfonsín había usado el preámbulo casi como un rezo, como un mantra y había insistido en que “con la democracia se come, se cura y se educa”. Ricardo imita a su padre, su dedo índice levantado, mientras dice la frase, como poco después hará el abrazo a la distancia que Alfonsín usaba en los actos y que el publicista David Ratto modificó y perfeccionó hasta convertirlo en un sello personal.
“Había una demanda social de ley, paz. La Constitución decía lo que reclamaba la sociedad. Y él supo interpretar la demanda –dice Ricardo–. Después, las demandas cambiaron y ahí empezaron los problemas porque no se podía dar respuesta a todas las cosas que habían sido postergadas durante la dictadura militar.

El objetivo principal era consolidar la democracia política. Como dijo mi padre, quien no comprende la diferencia entre la democracia y la dictadura no comprende la diferencia entre la vida y la muerte. La democracia formal era valiosa en sí misma, pero también tenía un costado instrumental: recuperando la democracia formal podíamos ir por la democracia social, por mayores niveles de igualdad, la que está cuando cada uno come, cada uno se educa y cada uno tiene salud. Muchos, para desacreditar al gobierno popular, querían hacer aparecer como un incumplimiento de Alfonsín lo que era un mandato orientador: hacia eso debemos ir, eso es la democracia en serio. El decía que si con la democracia no se cura, se come y se educa, la democracia es renga.”

Ricardo acompañó a su padre durante la campaña. Era un todoterreno y a la vez un aprendiz. Iba a los actos, ayudaba con la militancia y servía las empanadas en reuniones importantes. En uno o dos lugares, “ignotos y pequeños”, asegura, se animó a decir unas palabras que se había aprendido de memoria.

El 24 de octubre votó con su padre en la escuela N° 1 de Chascomús, donde los Alfonsín ocupaban varias hojas en la guía de teléfono. El comando de campaña se instaló en una quinta en Boulogne. En la galería había una radio a pilas y adentro una televisión. Allí, después de dormir la siesta, Raúl Alfonsín se enteró del resultado de la elección. No había bocas de urna.

–¿Confiaban en el triunfo? Dicen que al peronismo lo sorprendió la derrota.
–Nosotros hacíamos simulacros de elecciones. En las fábricas del Gran Buenos Aires, sobre todo en lugares en los que, a priori, el peronismo tenía que ganar. Se le pedía permiso al dueño y se ponían urnas. Era voluntario, pero como todos estaban tan politizados, participaban. Ganaba Alfonsín por diferencias importantes. Y cuando se imponía (el candidato peronista Italo) Luder era por escaso margen. Mi padre creía que iba a ganar, a diferencia de lo que piensan muchos. Y la quema del cajón de Herminio Iglesias no cambió el resultado, es un mito. Las encuestas que se hacían, los simulacros, eran anteriores.

–Supongo que no fue casual que el traspaso de mando fuera el Día Internacional de los Derechos Humanos.
–Fue pensado, sí. Y que el discurso se hiciera en el Cabildo también. Querían simbolizar que ese momento era una bisagra. El Juicio a las Juntas fue un hecho extraordinario en el mundo. Creo que fue el hecho que más en riesgo puso la democracia, y al mismo tiempo el hecho que la consolidó. Fue una gesta extraordinaria del pueblo argentino. Para mí, lo importante, además de que fueran presos, fue que los argentinos pudimos saber qué habían hecho esos señores. Y que pudiéramos observarnos a nosotros mismos. Eso conmovió a la sociedad argentina, lo que habíamos tolerado, disimulado. Eso fue el principal reaseguro de la democracia, generó anticuerpos.

–Los organismos de derechos humanos querían que la investigación sobre los desaparecidos la hiciera una comisión bicameral. El Gobierno hizo la Conadep. ¿Por qué?
–Recordemos que el justicialismo decía que no se podía derogar la ley de impunidad más gravosa (la de autoamnistía de los militares). Entiendo que creía que no estaban dadas las condiciones de fuerza, no era una claudicación ética. Pero algunos de los que criticaron después los tres niveles de responsabilidad de los que hablaba Alfonsín, cuando Alfonsín les explicó cuál era su política le dijeron: “¿Por qué le tenemos que creer que va a hacer eso?”. Creían que era mucho. Durante la campaña hablamos de tres niveles de responsabilidad: los que dieron las órdenes, los que las cumplieron y los que se excedieron en el cumplimiento de las órdenes (violaciones y apropiación de niños), que fue lo que recogió luego la obediencia debida. Dijimos que esa iba a ser la política.

–Es cierto, pero después del Juicio a las Juntas y que la Cámara ordenara continuar los juicios, había expectativa en que ese planteo fuera superado.
–Los que primero decían que no se podía hacer nada se pusieron muy exigentes. Nosotros hablamos de una ética de las convicciones y una ética de la responsabilidad. Si me manejo sólo por los principios digo “justicia para todos aunque perezca el mundo”, pero si van a morir todos ¿para qué quiero la justicia? Hay valores encontrados, que son positivos ambos, y hay que tomar decisiones. Eso lo define el que está gobernando, porque se supone que sabe y porque tiene más información que nadie. Cuando hablan del discurso de “Felices pascuas. La casa está en orden, no hay sangre en la Argentina”... creo que pocas veces se fue tan injusto con las palabras de un presidente.

–Se toma como un discurso bisagra porque había mucha gente movilizada y apareció como una claudicación ante las presiones militares...
–Eso es una irresponsabilidad. ¿Qué hubiera pasado si la gente iba a Campo de Mayo como querían algunos? Alfonsín toma la decisión de ir a hablar personalmente. ¿Qué hubiera pasado si disparaban contra la multitud? Era una posibilidad que debía considerar un presidente, podría haber habido miles de muertos. Cuando el presidente va, podían haberlo asesinado, secuestrado. Ninguna de esas cosas ocurrió, se rindieron, estuvieron presos –después los indultó (Carlos) Menem a los carapintadas– y dijo “felices pascuas, la casa está en orden y no hay sangre en la Argentina”: lo resolvimos sin sangre. Le quiero agradecer a Antonio Cafiero, cuyo acompañamiento en ese momento fue extraordinario y arrastró a todo el justicialismo. Pero una vez resuelto el conflicto se hicieron valoraciones críticas que partieron de los mismos que decían que tenía que hacer reformas a las que se negaba. Y el justicialismo se sumaba a eso. La oposición fue muy obstructiva, por decirlo de alguna manera, hubo muy poca lealtad republicana.

–¿Entiende la crítica de los organismos? Ellos no buscaban la reforma neoliberal, no lo criticaban por eso.
–Ellos se enojan por las leyes de obediencia debida y punto final, pero lo habíamos dicho durante la campaña.

–¿Siente que su padre se fue desprestigiado del gobierno y después hubo una reivindicación de su figura?
–Sí, pero no sé si él lo vio. Lo que ocurrió el día de su velorio, no lo imaginé nunca ni él tampoco. A los dos días tuve que salir a recorrer la provincia, porque estaba en elecciones internas –qué raro los radicales, ¿no?– y en cada pueblo se llenaban los comités, tuvimos que hacer actos en la calle. Pero no porque era yo, iban a saludar al hijo del muerto...

–¿Le gustó el acto que hizo la Presidenta?
–Sí. Se lo agradecí a Cristina y a Sergio Massa, que era el jefe de Gabinete. Se lo agradecí mucho, de la misma manera que agradecí cuando se interesaron por su salud y se pusieron a disposición.

–¿Su padre tenía una relación personal con la Presidenta?
–No en realidad. Pero después de la última cosa que dijo Néstor Kirchner (el discurso de la ESMA donde pidió perdón en nombre del Estado por no haber hecho nada) cuando lo llama a papá para pedirle disculpas... pero le quiero decir que las ofensas públicas merecen disculpas públicas.

–Fue público.
–Sí (no muy convencido). Pero a partir de ahí tuvieron un mejor trato. Y con ella empezó todavía un mejor trato. Es cierto que reconocieron cosas de papá, fueron generosos. Ella vino a visitar a toda la familia cuando él murió.

–¿Cuál cree que fue el mayor logro de estos 30 años?
–El mayor logro de la democracia es su existencia. En lo económico y social hemos mejorado, pero no lo que nos hubiera gustado. En el ’83 nos imaginábamos que en 30 años íbamos a estar mejor de cómo estamos ahora. Tal vez no nos dábamos cuenta de los condicionantes del pasado.

–¿La mayor deuda sería ésa?
–Sí. Lo que tiene que ver con el desarrollo social.  
Fuente:Pagina12 



LA PRESIDENTA DE ABUELAS DE PLAZA DE MAYO, ESTELA CARLOTTO, Y EL RETORNO DE LA DEMOCRACIA
“Pensábamos que la tarea se terminaba”
El 10 de diciembre de 1983, estuvo en la Plaza de Mayo, con su pañuelo y con otras Madres y Abuelas. “Pensábamos que el estado de derecho iba a recomponer todo lo que había hecho el Estado terrorista”, recuerda. Logros y deudas.
Por Victoria Ginzberg

Pablo Piovano
El 10 de diciembre de 1983, Estela Carlotto se levantó, se vistió y se encontró con otras Abuelas en La Plata. Juntas, viajaron a Buenos Aires. El grupo se fue haciendo más grande, había Madres y Familiares de Desaparecidos. Estaban cerca del Cabildo, donde habló Raúl Alfonsín. Las mujeres se colocaron sus pañuelos blancos y todos levantaron sus carteles. A pesar de la muerte que los había rodeado durante años, estaban contentos. A Estela no le viene a la mente una imagen, más bien una sensación: “Era una fiesta. Festejábamos algo conseguido después de mucha lucha. Estaba el pueblo entero. Era el retorno a una nueva era”.

Las Abuelas de Plaza de Mayo creían que el 10 de diciembre de 1983 su tarea, tal como la habían iniciado en 1977 y mantenido hasta el final de la dictadura, se había terminado; que dejarían de ser detectives, activas en la búsqueda de los niños robados, porque el Estado democrático asumiría esa labor. “Era un pensamiento muy limpio: ‘Viene un gobierno constitucional, elegido por el pueblo y entonces nosotras ahora vamos a pasar a ser colaboradoras’. Realmente pensábamos que el estado de derecho iba a recomponer todo lo que había hecho el Estado terrorista: que iba a buscar a los desaparecidos, a los nietos, que iba a juzgar y condenar. Y nosotras íbamos a pasar a ser, no espectadoras, pero sí colaboradoras y entregar todo lo que sabíamos.”

Habían empezado a encontrar nietos en 1979. Los primeros fueron los hermanos Anatole y Victoria Julien Grisonas, localizados en Chile por la agrupación Clamor. Después vinieron Tatiana Ruarte Britos y Laura Jotar Britos, adoptadas de buena fe, “pero con mala fe de la Justicia”, Juan Pablo Moyano y Tamara Arze.

“Eran nietos ya nacidos y no había una acción legal, porque eran adoptados legalmente en su mayoría por gente que no estaba relacionada con los militares. Se conectó con la familia, se restituyó el vínculo, pero los chicos se quedaron con la familia adoptiva porque era gente buena. A Pablito Moyano Artigas lo encontramos por carteles que poníamos en la calle. Lo tenía una mujer a la que se lo había dado un juez también. Todo el acopio de información, sobre todo lo que nos contaron los liberados, lo aportamos a la Justicia. Teníamos una ilusión total”, recuerda Estela.

Estela sabe que en 1983 votó en una escuela de La Plata a quince cuadras de su casa, que fue con su esposo, Guido, pero el resto se le desdibuja. No se acuerda si estaban sus hijos, Claudia, perseguida hasta hacía muy poco, Kibo, que se había ido al exilio, y Remo, que había hecho el servicio militar durante la dictadura. Tampoco sabe a quién votó. Las Abuelas habían apoyado la candidatura a diputado de Augusto Conte, fundador del CELS, pero él se presentaba en la ciudad de Buenos Aires, y ella vivía en provincia.

“Era votar con bastante confusión, estábamos muy golpeadas. Por eso ni siquiera me acuerdo por quién voté. Festejé porque Guido quería muchísimo a Alfonsín. No lo conocía, pero cuando hablaban (Ricardo) Balbín o Alfonsín, iba a los actos. Cuando Guido estaba secuestrado, detenido-desaparecido, pensaba fugarse, no sé cómo, e ir a la casa de Alfonsín a Chascomús a refugiarse. Eramos todos radicales”.

–Pero los chicos eran peronistas.
–Los chicos eran todos peronistas. De los radicales hablaban siempre pestes: “Golpeaban la puerta de los cuarteles, no saben gobernar...”.

–Los organismos de derechos humanos preferían una comisión bicameral antes que la Conadep. ¿Por qué?
–Entendíamos que tenía más fuerza, más potencia y poder de garantías lo que se dijera. No quedaba en manos de un grupo de notables, sino dentro del Parlamento. Le daba más proyección en el tiempo. La Conadep duró muy poco.

–¿Y visto a la distancia?
–Que hubiese sido mejor una bicameral. Pero fue la Conadep. La Conadep trabajó muy bien, pero el tiempo fue cortísimo.

–El día que asumió Alfonsín, ¿creía que se iba a juzgar a los militares?
–Creíamos todo. Que iba a haber justicia y que nuestros hijos iban a volver y nuestros nietos...

–¿Pensaban en conocer el destino de los cuerpos o que podían estar vivos?
–Yo había recibido el cuerpo de mi hija Laura, sabía lo que pasaba ahí adentro. Pero hasta el día de hoy te quieren convencer de que están vivos. El Servicio de Inteligencia hacía cosas miserables y tenía enganchadas a familias con falsas informaciones. Decían que estaban en Uruguay o Paraguay con otro nombre, que estaba en un loquero. Decían que estaban en el Sur, en lugares de recuperación. Eso me lo dijo (Reynaldo) Bignone a mí.

–¿Qué balance hace del Juicio a las Juntas?
–Fue realmente un acto heroico. Hacer un juicio casi inmediatamente después de recuperar la democracia fue una audacia, estaba todo fresco. Nadie podía pensar que iban a ser santos después de entregar el poder. Hay que valorarlo históricamente. El mismo Alfonsín confesó después que tenía un revólver en la sien, que lo amenazaban con un golpe. Fuimos al juicio, aunque no se podía ir todas las veces que querías. No salía casi de las cuatro paredes. No se publicaba casi nada. Estuvimos, sí, el día de la sentencia. Ahí estábamos todas sentadas y cuando (el fiscal Julio César) Strassera dice ‘Nunca más’ hay un griterío... Lo que pasó ahí es que detuvieron a un grupo de Madres por revoltosas. Yo vi que salían por otra puerta y fui para allá y me dijeron: ‘¿Usted quiere ir detenida?’. Las llevaban por haber perturbado el acto. En la puerta empezamos a pedir que fueran liberadas. Contribuimos con nuestros testimonios, pero después vimos el retroceso de las leyes.

–¿Se acuerda de las “felices pascuas”?
–También estábamos en la Plaza. Queríamos ir a Campo de Mayo. Y nos dijo “no vayan, la casa está en orden”. Nosotros estábamos ahí para movilizarnos.

–El radicalismo argumenta que podía haber sido un baño de sangre.
–Nadie quería morir, pero estaban en juego nuestros hijos. Teníamos miedo pero lo enfrentábamos, siempre. Más en democracia. Es una historia densa.
Carlotto, Rosa Roisinblit y María “Chicha” Mariani se entrevistaron con Alfonsín un tiempo después de que concluyó el Juicio. Roisinblit recuerda con mayor claridad la reunión. Tenían un reclamo: una herramienta para poder identificar científicamente a los niños que estaban buscando. Así nació el Banco Nacional de Datos Genéticos.

“Muchos critican a Alfonsín, pero creo que nadie hubiera podido hacerse cargo sin ceder algo. Creo que atravesamos 30 años de gobiernos constitucionales, pero la democracia es otra cosa, es algo que construimos todos los días entre todos”, dice ahora Rosa, vicepresidenta de Abuelas. Estela tiene algo clarísimo. “Nunca le pedimos que excluyera de las leyes de punto final y obediencia debida el tema de los niños. Cuando nos quisieron consolar diciendo que las Abuelas teníamos algo, porque se excluía la sustracción de menores, nos enojamos. ¿Cómo nos conforman con eso? Nuestros nietos no nacieron de un repollo, queremos justicia para todos.

–¿Cree que las leyes de punto final y obediencia debida se podían haber evitado?
–Hay que estar sentada en el Sillón de Rivadavia para saber, pero desde mi lugar... Alfonsín no nos dijo nada. Si lo que confesó tardíamente lo hubiera dicho en ese momento y habría hecho una convocatoria al pueblo; si hubiera dicho, ‘me están amenazando con un golpe de Estado’... Pero él lo resolvió entre gallos y medianoche.

–¿Cómo lo ve hoy?
–Creo que fue un buen hombre, honesto. Que hizo lo que sabía hacer, tampoco se le puede pedir peras al olmo. No era un revolucionario. Era un radical. Y en muchas cosas los radicales son tibios. Pero era un hombrecon buenas intenciones. Yo lo aprecié siempre y lamenté mucho su muerte.

–¿Se enojó por las leyes?
–Criticamos mucho al gobierno en general. Era Alfonsín, pero eran los parlamentarios también.

–¿Cuál son los principales logros de estos 30 años?
–El Juicio, y en lo particular de Abuelas, la creación del Banco Nacional de Datos Genéticos, en épocas de Alfonsín y los fiscalitos (una comisión de fiscales para investigar la apropiación de niños). En épocas de Menem, la creación de la Conadi (Comisión Nacional por el Derecho a la Identidad) y que se ascendiera la Dirección a Secretaría de Derechos Humanos. Y en esta década ganada, la anulación y la inconstitucionalidad de las leyes que conllevan a los juicios orales y públicos que se están llevando a cabo y que son el logro máximo en cuanto a justicia.

–¿Y en general, los logros de estos 30 años como ciudadana?
–Tener en cuenta el derecho humano de todos. Y me refiero a esta década: los planes de vivienda, la educación, la atención para los más desposeídos, la Asignación Universal por Hijo, las jubilaciones, las leyes de casamiento igualitario... Creo que tenemos 30 años muy positivos y eso que todavía estamos esperando saber de los desaparecidos y de los nietos, pero eso no quita que se pueda ver bien lo que se consiguió para todos.

–¿Y la principal deuda?
–Que cada argentino tenga lo que se merece para vivir con dignidad, que todos tengan trabajo, que críen a sus hijos en una casa digna, que no vivan entre latas y cartones, que no anden descalzos, indocumentados.

–¿Y respecto de Abuelas?
–Que se aclare el destino de cada uno y que encontremos a los nietos. Esas son deudas serias pendientes.

–¿Se hace todo lo posible o hay algo más?
–Ahora estamos trabajando en la provincia con un fiscal para buscar todas las partidas de nacimiento de esos años, se va a formar una comisión.

–Serían 400 deudas entonces.
–Claro. Esto es un agravio mundial. Estuve hace poco en Italia y les dije: “Acá se perdió hace años un niño, que se cayó en un pozo, y se movilizó toda Europa para sacar a ese chico de un pozo. Nosotros tenemos 400 en un pozo. Hay que sacarlos”.
Fuente:Pagina12


08.12.2013
escenario 
La reparación 
El martes se cumplen 30 años de democracia ininterrumpida. De Alfonsín a los Kirchner, la larga lucha de la sociedad argentina para sacudirse la herencia de la dictadura. 






Por: Roberto Caballero
Este martes, los argentinos festejaremos los primeros 30 años de democracia ininterrumpida. Se trata del ciclo más extenso de gobiernos constitucionales del que tengamos memoria. La fecha es un hito en sí mismo, un mojón simbólico extraordinario. Al fin, para las generaciones que no vivieron en dictadura, la democracia se volvió un paisaje institucional obvio, casi naturalizado, con todo lo bueno que eso implica. Pero para los que padecieron la represión, el exilio, la ausencia de libertades, la censura, el recorte de derechos o pusieron en juego su vida bajo los sucesivos gobiernos de facto que asolaron nuestro país, estas tres décadas tienen el sentido de una meta largamente añorada y, finalmente, alcanzada. Una pesadilla dejada atrás, un sueño dulce hecho costumbre.


El 10 de diciembre de 1983, Raúl Alfonsín asumió la presidencia citando el preámbulo de la Constitución Nacional y prometiendo 100 años de democracia. La transición no acabó con el legado de terror de un día para el otro. Si aún hoy sus secuelas criminales son evidentemente dañinas, a la distancia puede decirse que atravesar aquellos años inciertos fue una verdadera proeza. 

Cuando todavía el Partido Militar autor del genocidio era fuerte y los grupos concentrados que lo alentaron regían la economía sin cuestionamientos, el alfonsinismo dio una batalla inmensa para recuperar las formas de la legalidad constitucional. El Juicio a las Juntas fue una epopeya. La Teoría de los Dos Demonios, una ofensa. Las leyes del perdón, la muestra acabada de la impotencia. 

El Nunca Más, un desafío al futuro. Pero el contexto era un campo minado; y cada nueva elección, un milagro que se iba produciendo en cuotas. Alfonsín fue un líder controversial, con dosis iguales del coraje fruto de la sangre gallega que le surcaba las venas y una prudencia paternal exasperante, que trasladada a la política mutó en posibilismo. Al discurso antimperialista en los jardines de la Casa Blanca contra la invasión a Nicaragua frente a Ronald Reagan, le sucedió la economía de guerra anunciada desde los balcones del Cabildo. A la pelea por el divorcio vincular, le siguió el Felices Pascuas en la Plaza de Mayo ante una multitud que no podía creer lo que escuchaba. 

Su estrella finalmente se fue apagando, jaqueado por los carapintadas, la deuda externa, los golpes de mercado, los saqueos organizados y una hiperinflación descontrolada. Decir que hizo poco es mezquino. Plantear que hizo todo bien, una falsedad. Negarle que al menos lo intentó, un acto de omisión. Alfonsín soñó más de la cuenta en un país urgido por despertar. Quiso llevar la capital al sur y no pudo. Quiso disciplinar a los sindicatos y no lo dejaron. Quiso fundar el Tercer Movimiento Histórico desde Parque Norte y la historia lo pasó por encima. A través de Juan Carlos Pugliese les habló con el corazón a empresarios y banqueros, y estos le respondieron con el bolsillo. Visto a la distancia, con el diario de varios lunes después, puede decirse que Alfonsín tuvo un plan perfecto difícil de explicar para un país imperfecto claramente explicable. Hoy su figura, despojada de incidencias concretas en los fulgores de la política presente, es reivindicada por muchos de los que le hicieron la vida prácticamente imposible. Se tuvo que ir antes de tiempo de la Casa Rosada.

La alianza contra natura del peronismo de Carlos Menem y los mercados de Domingo Cavallo se lo llevó puesto. Así comenzaba la etapa neoliberal en la Argentina. De las leyes de impunidad al indulto y las políticas de reconciliación. Del Plan Austral a la Convertibilidad. Del gran relato, donde la democracia venía a dar de comer, a educar y a curar, al fin de la historia, de los grandes relatos y cualquier esperanza de equidad social. 

Del Estado como expresión organizada del patrimonio colectivo al remate vil de lo público con privatizaciones amañadas. El menemismo, que desbancó a Alfonsín prometiendo el salariazo y la revolución productiva, cedió ante el neoconservadurismo y se convirtió en alumno patológicamente aplicado de las recetas del fondomonetarismo y el Consenso de Washington, mientras su líder se abrazaba con Isaac Rojas, Álvaro Alsogaray y George Bush padre. 

Con el aval de Alfonsín, Menem modificó la Constitución Nacional, lo que le permitió ser reelegido. Entonces, donde había fábricas aparecieron galpones vacíos. Donde había algo de industria nacional comenzó un festival de lo importado. Donde había regulación dejó de haberla. Donde había soberanía se comenzó a hablar de relaciones carnales.

La desocupación fue en aumento, los campos eran rematados y la lógica de un peso-un dólar terminó por devorarse a sus propios promotores. En una década, el sueño económico de la dictadura se convirtió en realidad lacerante. Paradójicamente, fue bajo la presidencia de Menem que el Partido Militar cedió protagonismo y hasta dejó de existir la colimba. Su herencia, de todos modos, fue macabra: una sociedad desigual, un Estado corrompido y quebrado, una deuda externa sideral y un corset monetario convertido en bomba de tiempo. Así llegó la Alianza al poder, esa sociedad entre radicales, frepasistas y progresistas varios.

El agua y el aceite aprovechando que Menem no podía ser reelecto. Fernando De la Rúa empeoró todo lo que podía empeorarse en apenas dos años. Su eficacia para generar desastres está fuera de discusión. Si la herencia recibida fue un lastre pesado, su gobierno se ocupó desde el primer día en averiar la nave, hasta hundirla del todo. Leyes antilaborales, podas salariales, superendeudamiento, un ajuste tras otro, el retorno de Cavallo al Ministerio de Economía, el corralito, el corralón, el resultado no podía ser otro que el que fue: el estallido social de 2001, con su secuela de más de 30 muertos por la represión policial, la mitad de la población bajo la línea de pobreza y uno de cada cuatro argentinos desocupado.

Los tres primeros gobiernos de la democracia recuperada fueron una sumatoria de esperanzas astilladas. La fuga en helicóptero de De la Rúa cerró un ciclo atravesado una y otra vez por la desilusión. El lapso de cinco presidentes evaporados en una semana, el fracaso dantesco del sistema de relevos previstos. El default, la drástica consecuencia de programas económicos pensados para la timba financiera. El ejercicio provisional de Eduardo Duhalde, un atajo que allanó el camino a la hiperdevaluación que volvió más ricos a los ricos y más pobres a los pobres. Con el apoyo de la Iglesia, Duhalde timoneó los mínimos consensos para atacar las llamas del incendio desatado. Hasta que los crímenes de Kosteki y Santillán lo eyectaron del sillón presidencial que ocupaba de prestado. Antes de partir, de todos modos, eligió un delfín para asegurarse de que su viejo archienemigo Menem no volviera a ser reelecto. Néstor Kirchner asumió después de que Menem, ganador en primera vuelta, desistiera de competir en el balotaje. El santacruceño llegó al poder en 2003 con más desocupados que votos y con una impresionante mochila social de frustraciones previas.

Del kirchnerismo, protagonista del último tercio de la democracia, se escribió, se escribe y se va a escribir mucho más todavía. Este aniversario lo encuentra aún en la Casa Rosada, encarnado en la figura de Cristina Fernández de Kirchner. Cuando cumpla su mandato, dentro de dos años, habrá gobernado doce años consecutivos. Más que el peronismo original y más que el menemismo reciente.

¿Qué cosa le aportó el kirchnerismo a la democracia en estos últimos años? El sentido de reparación. Puso esperanza donde había desazón. Estado donde no había nada. Proteína animal donde había apenas mate cocido. Puestos de trabajo donde faltaban. Fábricas abiertas en galpones cerrados. Dignidad donde había subordinación carnal. Justicia contra la impunidad. Memoria sobre el olvido. Otras voces donde hablaba sólo el monopolio. Goles donde había fútbol prohibido. Ganas de no dejarse pechear por las corridas cambiarias. La lista de hechos es interminable, tan larga y extensa como todo lo que falta. Porque es cierto: el kirchnerismo no pudo construir el paraíso en la tierra. La democracia arrastra y seguirá arrastrando muchos problemas, durante un largo tiempo. Los desafíos que quedan son enormes y la coyuntura pesa como un elefante en el pecho.

Pero sería descabellado que, en el balance de estos 30 años, no se advirtiera que esta última década turbulenta, con sus más y con sus menos, recuperó las palabras esenciales del diccionario democrático que comenzamos a balbucear el 10 de diciembre de 1983.

El Nunca Más fue Nunca Más de verdad en estos años, en los que el dictador Jorge Rafael Videla murió estando preso en una cárcel común, como sucede en un país serio. Y la FAO, la agencia de Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura, y no la propaganda oficial, acaba de reconocer que Argentina llegó al "hambre cero" junto a otros once países de América Latina. Como se ve, también en estos años se concretó eso de que "con la democracia se come".

Las tareas pendientes siguen ahí y son muchas. Sería estúpido negarlo. Igualmente necio es mirar hacia atrás y creer que estamos parados en el mismo lugar del que partimos atemorizados como un pájaro sin luz después de haber vivido la mayor tragedia de nuestra historia.

Sólo por eso, el martes merecemos festejar. 
Fuente:TiempoArgentino

30 años de democracia
Año 6. Edición número 290. Domingo 8 de Diciembre de 2013
Por Eduardo Anguita | Daniel Cecchini | Miguel Russo | Francisco Balázs | Emiliano Guido | Roracio Rovelli | Alberto Elizalde Leal | María Cecilia Miguez | Fortunato MalLimaci | Guillermo Pintos
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El vértigo del peronismo
Año 6. Edición número 290. Domingo 8 de Diciembre de 2013
Por Eduardo Anguita
eanguita@miradasalsur.com
Con una trayectoria que incluye el haber sido miembro fundador del Plan Fénix de la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad de Buenos Aires y autor del clásico La economía argentina –texto leído por generaciones de economistas y que desde 1963 ha agotado treinta reimpresiones en sus versiones castellana, inglesa, portuguesa, y japonesa–, Aldo Ferrer es uno de los referentes del pensamiento económico nacional.

Cuando termine el mandato de Cristina Fernández de Kirchner, el peronismo habrá cumplido siete décadas de existencia. Pocos partidos políticos latinoamericanos de origen popular han mostrado, al mismo tiempo, tanta vitalidad y tantas contradicciones. Uno es el Partido Revolucionario Institucional mexicano, fundado por el presidente Plutarco Elías Calles, un partido heredero de las luchas revolucionarias que se convirtió en el partido de gobierno, donde convivían todos los caudillos, sin distingos ideológicos. El PRI gobierna ahora y se dispone a cumplir 20 años de tratado de libre comercio con Canadá y Estados Unidos, amoldado a los intereses de las multinacionales.

Otros movimientos latinoamericanos emergentes entre los treinta y los cincuenta del siglo XX fueron también por caminos sinuosos. La Alianza Popular Revolucionaria Americana (APRA) peruana fue fundada por Víctor Haya de la Torre y fue solidaria con la gesta de César Sandino cuando este general nicaragüense encabezó la lucha contra la invasión de los marines yanquis. Años después, con Alan García, el APRA se alineaba con la ola de los tratados librecambistas orientados por Washington. El Movimiento Nacional Revolucionario (MNR) boliviano, fundado en 1942 por Víctor Paz Estenssoro, llegó al gobierno una década después y parió la reforma agraria y la nacionalización de las minas de estaño. Paz Estenssoro volvió a la presidencia tres veces más en Bolivia, la última, entre 1985 y 1989, fue de la mano del neoliberalismo. Sus principales enemigos fueron los mineros, 23.000 de los cuales fueron echados durante esa última presidencia.

En estas casi siete décadas de existencia, el peronismo vivió todas las estaciones ideológicas posibles, a veces dirimió con violencia extrema sus diferencias y, otras tantas, aplacó con hermetismo las desavenencias entre sus distintas facciones. Al llegar 1983, Ítalo Luder fue el candidato presidencial. Era el mismo que ocho años antes había firmado los criminales decretos de aniquilación de la subversión inducido por los mandos militares que dieron el golpe de Estado de marzo de 1976. En la provincia de Buenos Aires, la figura emblemática era Herminio Iglesias, arquetipo de la derecha bonaerense heredera de la peor tradición conservadora.

Los miles de militantes peronistas desaparecidos, los cientos de miles de peronistas unidos a la tradición nacional, siguieron contenidos en el movimiento y encontraron nuevas formas de expresarse, de participar y hasta de parir una nueva dirigencia. Un primer paso fue la Renovación Peronista, que encontró un remanso en la figura de Antonio Cafiero, que acompañó a Raúl Alfonsín en el balcón de la Casa Rosada en el primer levantamiento carapintada de abril de 1987 y que, pocos meses después, se imponía en la provincia de Buenos Aires en las elecciones a gobernador. Era oxígeno para los sectores medios, daba esperanzas a una construcción ordenada y racional de los espacios partidarios. La Renovación daba un guiño a la socialdemocracia europea que apadrinaba a Alfonsín, pero que no le daba ningún apoyo económico para afrontar la perversa deuda externa argentina. Esa misma socialdemocracia que tenía al Estado de Bienestar como portaestandarte y que, tres décadas después, es corresponsable del Estado de Malestar en el Viejo Continente.
La Renovación perdió la interna frente a quien levantó las banderas más sentidas del movimiento nacional, Carlos Menem. Pero Cafiero llevaba como candidato a vice nada menos que a José Manuel de la Sota. Y su jefe de campaña era José Luis Manzano, el primero en sumarse sin culpa a las huestes del riojano cuando todavía estaba caliente el cuerpo del peronismo renovador. El Consenso de Washington fue argumento suficiente para que en la cúpula no se debatiera identidad ideológica. Las relaciones carnales podían doler a los trabajadores, a los empresarios nacionales y al ideario de la resistencia y la lucha contra las dictaduras. Pero el pragmatismo asentado en décadas permitió que los grupos disidentes fueran pocos. Mentes brillantes como las de Norberto Invancich, líderes combativos como Germán Abdala, fueron abriendo otros caminos. La militancia recuperaba orgullo, no se despegaba del territorio y soñaba con algo distinto.
Néstor Kirchner, con su Grupo Calafate, encarnó, como Quijote patagónico, el desafío de poner la mística por delante de lo conveniente. Así como el cinismo y la realpolitik alimentaron los noventa, Kirchner supo que se había incubado algo en el movimiento nacional. Y lo hizo a fines de los noventa, mientras crecían expresiones obreras combativas, como la Central de Trabajadores Argentinos y el Movimiento de Trabajadores Argentinos, y se afianzaba la lucha de las organizaciones de derechos humanos contra la impunidad.

Así llegó, en 2003, un político inesperado. El Kirchner real, el que negociaba espacios pero no cedía iniciativa ni rumbo, no estaba en los planes del poder económico ni de la vieja dirigencia política, ni de los editorialistas de los diarios conservadores. Estuvo al frente de las grandes decisiones de Estado, compartió con Cristina todo su mandato y confió ciegamente en que ella era lo mejor para continuar con ese primer mandato. Al mismo tiempo, el animal político que era le permitió ver que estaba parado encima de una alianza de intereses políticos llamado kirchnerismo porque no podía configurarse una nueva dirigencia, ni por fuera ni por dentro del peronismo. Llegó 2013 y, de nuevo, el vértigo del peronismo, puso a figuras claves del aparato partidario en el centro de la escena. ¿Qué es finalmente el peronismo de este siglo XXI?

¿Cuánto de la impronta kirchnerista y del primer peronismo pueden quedar en este momento de avance del capital transnacional a escala mundial? ¿Las señales a los organismos internacionales de crédito y la profundización de la extranjerización de la economía podrán convivir con los intereses populares sin doblegarlos?
Los cambios, vertiginosos, en el peronismo siempre fueron difíciles de vaticinar. Los cuadros intelectuales del peronismo, que los tiene y brillantes, suelen utilizar sus diagnósticos para actuar antes que para generar análisis, dar sustento y tomar decisiones pausadas, consistentes. El peronismo actúa, más de una vez corrige rumbos, otras tantas veces cambia de figuras dirigentes. Pasado el tiempo, genera debates para entender el pasado. El peronismo es la fuerza política con más vitalidad social y, al mismo tiempo, el partido del poder en la Argentina.

De los dos demonios al fin de la impunidad
Año 6. Edición número 290. Domingo 8 de Diciembre de 2013
Por Daniel Cecchini
dcecchini@miradasalsur.com
Un informe elaborado en julio de este año por la Procuración General de la Nación sobre el estado de las causas judiciales por violaciones de los derechos humanos cometidas por el terrorismo de Estado señala que, hasta ese momento, había un total de 1049 procesados (es decir, personas respecto de las cuales se dictó al menos un auto de procesamiento) por esos crímenes. De ellos, 559 ya contaban con una o más causas elevadas a juicio, y otros 63 tenían alguna causa en la que la fiscalía había solicitado la elevación a juicio. “Por lo tanto –dice el informe–, 59,3% del total de personas procesadas cuenta con una causa elevada a juicio o con requerimiento de elevación a juicio presentado por el Ministerio Público Fiscal.”

Asimismo, de las 471 personas juzgadas hasta ese momento por delitos de lesa humanidad, 426 habían recibido diferentes condenas, mientras que los jueces dictaron 45 absoluciones. Según la Procuraduría, y sobre la base de estos datos, “el número de condenados continúa creciendo exponencialmente”.

A treinta años de recuperada la democracia, puede decirse que la Justicia argentina ha dado importantes pasos para terminar con la impunidad. Sin embargo, en estas tres décadas de democracia, la sociedad argentina y sus dirigentes políticos –en el caso de estos últimos, algunos por convicción y otros por oportunismo– fueron variando sus percepciones y posiciones frente a las violaciones de los derechos humanos cometidas por la última dictadura. La excepción fueron los organismos de derechos humanos –con las Madres y las Abuelas de Plaza de Mayo a la cabeza–, quienes no flaquearon ni un momento en una lucha que iniciaron bajo el terror dictatorial y continuaron durante todos estos años. Su perseverancia para establecer la verdad, mantener viva la memoria y exigir justicia son un ejemplo no sólo en la Argentina sino en todo el mundo.

La campaña para las elecciones presidenciales de 1983, las de la recuperación de la democracia, dividió las aguas –aunque es imposible saber cuánto influyó el tema en la decisión de los votantes– por las posiciones de los principales candidatos frente a qué hacer con los crímenes de lesa humanidad del terrorismo de Estado. En plena cuenta regresiva para la elección, los dictadores se fabricaron una autoamnistía con fuerza de ley para garantizarse la impunidad. El candidato peronista Ítalo Luder anunció que no la derogaría, mientras que el radical Raúl Alfonsín prometió que se juzgaría a los responsables.

El radicalismo triunfante tomó la histórica decisión de juzgar a los integrantes de las juntas militares como máximos responsables de los crímenes de la dictadura, pero también “oficializó”, en aquel primer prólogo del Nunca más escrito por Ernesto Sabato, la teoría de los dos demonios que, de alguna manera, justificaba el discurso de la dictadura –que sostenía que había habido una guerra– y equiparaba las acciones de los grupos resistentes a los crímenes cometidos por el terrorismo de Estado.

No cabe hacer en estas líneas un repaso pormenorizado de los retrocesos y los avances ocurridos a partir de allí. El mismo gobierno radical que había tomado la decisión histórica de juzgar a las juntas volvió a abrir las puertas a la impunidad con las leyes de obediencia debida y de punto final que, es necesario decirlo, no le fueron arrancadas por los levantamientos carapintada. Por el contrario, fueron esos cuartelazos los que le dieron la excusa para salir de una situación que le resultaba ideológicamente incómoda. El golpe de gracia a la acción de la Justicia lo terminó dando Carlos Menem con los indultos. Por entonces, gran parte de la sociedad argentina miraba para otro lado, encandilada por el espejismo del bienestar neoliberal. Para ese sector, los crímenes de la dictadura eran cosa de un pasado que era necesario olvidar. Desde los discursos interesados, la palabra “impunidad” fue reemplazada por otra que encubría sus consecuencias: reconciliación. Los únicos que resistieron, casi en soledad, fueron nuevamente los organismos de derechos humanos.

Fue necesario que ocurriera el previsible derrumbe del modelo neoliberal, con sus devastadores consecuencias sociales, para que pudiera revertirse esa situación de impunidad. Importantes sectores de la sociedad argentina empezaron a darse cuenta de que la dictadura y el menemato habían buscado el mismo fin pero con diferentes métodos: el vaciamiento del país. Y que la dictadura no había sido una obra exclusivamente militar, sino que había contado con una pata civil que la había sustentado y se había beneficiado con ella. También se hizo notorio que la ausencia de justicia tenía un efecto ineluctable: la repetición.

Por eso, la decisión política de Néstor Kirchner de promover la nulidad de las leyes de obediencia debida y punto final fue aceptada mayoritariamente. Los juicios comenzaron con lentitud, pero fueron creciendo exponencialmente. El fallo de la Cámara Federal de La Plata estableciendo la figura de “genocidio” en el caso Von Wernich terminó de armar el andamiaje legal contra la impunidad. Los crímenes de lesa humanidad cometidos con las herramientas del terrorismo de Estado son imprescriptibles.

Hay que decirlo con claridad: el kirchnerismo dio un giro copernicano a la cuestión de los derechos humanos en la Argentina, pero el mayor mérito sigue siendo el de aquellos que, en una sociedad que les había dado la espalda, jamás dejaron de luchar: los organismos de derechos humanos.

Si hoy la teoría de los dos demonios es un argumento del pasado que sólo sostienen los retrógrados más recalcitrantes de la política y –volviendo a los datos que están al principio de estas líneas– puede vislumbrarse que el fin de la impunidad de los genocidas y sus cómplices civiles está al final de un camino por el que se avanza, pero que todavía será arduo recorrer, se debe fundamentalmente a ellos.

La construcción de la realidad
Año 6. Edición número 290. Domingo 8 de Diciembre de 2013
Por Miguel Russo
mrusso@miradasalsur.com
Dice la leyenda, la anécdota o la más pura verdad (que qué otra es sino leyenda y anécdota con el correr de los tiempos) que una mañana de 1577, luego de cuatro años en las mazmorras de la Inquisición (de 1572 a 1576) por haber traducido con absoluta libertad la Biblia a despecho de las órdenes de las monárquicas y teológicas autoridades españolas, y luego de un año de miserias sin trabajo ni domicilio fijo pero ya absuelto, Fray Luis de León volvió a ser profesor de la Universidad de Salamanca y arrancó su clase, flaco hasta el desmayo, con un contundente “como decíamos ayer”.

Hizo futuro Fray Luis de León. Sabía que los que profesan cualquier tipo de religión comienzan su día con oraciones como una manera de ordenar el mundo en el que van a transcurrir la jornada. Y quizás intuía que, alguna vez, cerca o lejos en el tiempo, esa forma de pisar sobre seguro mutaría en otra: la de recibir noticias a primera hora para saber a qué atenerse. De allí a la lectura de los diarios durante el desayuno, a la imperiosa necesidad de prender la radio al bañarse o a la no menos imprescindible instalación de hombres y mujeres que detrás de una pantalla dicen qué está pasando allá afuera de la seguridad momentánea de café con leche hubo un paso. Un paso que despabila con el continuo “decíamos ayer”. Así despertó la gran mayoría del periodismo vernáculo la mañana del 10 de diciembre de 1983, luego de siete años y nueve meses de imposición a cerrar los ojos y seguir los dictados noticiosos de sucesivos criminales uniformados.
De esa mañana, pasaron 30 años. Un rato, un “decíamos ayer” en los que, realmente, pasó de todo, bueno y malo, angustiante y eufórico, tenebroso y feliz. Pero, sobre manera, pasaron tres décadas en las que se pudo comprobar que la realidad es una construcción. Y se comprobó que esa construcción se realiza sobre la base de la multiplicidad de voces (sentenciosas o prudentes, malquistadas o bienaventuradas, parciales o imparciales, chantajistas o sinceras). Voces que formaron y forman un entramado discursivo con el que la sociedad en su conjunto (por diarios, revistas, radios, canales de televisión, redes sociales) ordenó y ordena su día a día desde aquel 10 de diciembre de 1983.

Ese entramado acepta hoy, 30 años después del regreso de la democracia, de igual manera –sin importar aquí con qué ideología se mira la realidad, sino de un ejercicio de reproducción–, la retórica de Víctor Hugo Morales y la de Marcelo Bonelli, el análisis de un suceso realizado por Mario Wainfeld o por Ricardo Kirschbaum, un reportaje de Magdalena Ruíz Guiñazú o uno de Carlos Ulanovsky, una crónica de Baby Etchecopar o una de Cristian Alarcón, una síntesis de Nelson Castro o una de Jorge Halperín. Del mismo modo fueron construyendo el día a día político, social, económico, cultural, deportivo o de entretenimiento las voces de quienes estuvieron o están a favor y de quienes estuvieron o están en contra de un proyecto determinado. Y también, mucho más, la de quienes dijeron y siguen diciendo que no están ni a favor ni en contra porque se autoproclaman “independientes”, esa cada vez menos sutil forma de decir que siempre estuvieron y están en contra.

Dicho esto, 30 años de periodismo en democracia demostraron, también, que, como muy bien refleja la publicidad (esa otra forma encubierta de generar y promover la necesidad de vivir cierta realidad) televisiva que promociona un automóvil que estaciona solo, el avance tecnológico corre miles de kilómetros por delante de las posibilidades humanas de asimilarlos a conciencia. Recién con la cobertura de los sucesos del 19 y 20 de diciembre de 2001 –luego de 18 años de periodismo ejercido en democracia–, comenzó a tambalear la hasta entonces absoluta credibilidad en los medios. La contundencia de los hechos reales volcados como noticia al país entero por la soledad más absoluta de la cámara del programa que por entonces tenía el periodista de espectáculos Jorge Rial por el canal América, puso al descubierto que, en los medios (en los dueños de los medios), había una alta cuota de intencionalidad política al brindar u ocultar información. A partir de allí, el tambaleo se potenció sin pausa comercial que lo salvara.

Ese tembladeral hace ver hoy, a 30 años de vida democrática, las artimañas de una forma de ejercer el periodismo que se llamaba a sí misma transparente. Desde el arranque mismo de la cosa: la tapa dividida de Clarín del 10 de diciembre de 1983, con “Asume Alfonsín” y, abajo, “Isabel Perón: ‘Contribuiremos a defender la estabilidad institucional’” (ver http://tapas.clarin.com.html#19831210) y la pantalla partida de TN durante el conflicto de marzo de 2008 con el discurso de Cristina Fernández de Kirchner de un lado y las morisquetas pseudo camperas e insolentes de Alfredo De Angeli y Eduardo Buzzi del otro, ¿son pura casualidad? El epígrafe de la foto de tapa de Clarín del 21 de diciembre de 2001, al día siguiente de la renuncia de Fernando de la Rúa, donde se menciona que “la crisis ya costó 25 vidas” (ver http://tapas.clarin.com.html#20011221), ¿fue un globo de ensayo dejado pasar y que parió la inolvidable y vergonzosa tapa del mismo diario del 27 de junio de 2002, con el título “La crisis causó 2 nuevas muertes” (ver http://tapas.carin.com. html# 20020627)? La elección para la foto de tapa de Mauricio Macri levantando el brazo triunfal con Gabriela Michetti el día 10 de diciembre de 2007 (ver http://tapas.clarin.com.html#20071210), casualmente el mismo día que juró al frente del Ejecutivo Cristina Fernández de Kirchner y la redacción de la volanta y el título principal que se cuidan muy bien de nombrarla, “Recambio presidencial a 24 años del retorno democrático: Asume la primera presidenta del país”, ¿es una muestra de periodismo independiente? Y el titular del 14 de febrero de 1987, al día siguiente al discurso de Raúl Alfonsín en la Sociedad Rural fustigando las maniobras desestabilizadoras de Clarín, “Duro ataque de Alfonsín a la oposición” (ver http://tapas.clarin.com.html#19870214), ¿es un acto de sincericidio?

Desde aquella mañana del 10 de diciembre de 1983 en que el periodismo nacional dio la noticia a la sociedad del retorno de la democracia, pasaron 30 años. En esos 30 años de democracia, como se dijo, pasó de todo: del histórico juicio a las juntas militares con las caras de los asesinos sin poder creer lo que está ocurriendo a la recepción que el histriónico Carlos Saúl enfundado en traje amarillo dio a los Rolling Stones en la Quinta de Olivos con la cara de Keith Richards preguntándose “cuánto me faltará a mí para llegar a ser como éste”; de la subida de De la Rúa en helicóptero al cielo de los olvidables a la bajada de los cuadros ordenada por Néstor Kirchner al sótano de los despreciables. Y en esos 30 años de periodismo en democracia también pasó de todo: del impacto causado por la aparición de La Maga en los ’90, la que fue la mejor revista cultural en democracia, a la venta de la misma revista al por entonces dirigente racinguista Daniel Lalín, famoso culturalmente por recibir un redoblante en su cara; del reinado en soledad de las AM a la multiplicidad de las FM; de la salida de los diarios La Voz, Sur, el Tiempo Argentino de la Junta Coordinadora de la UCR o el Crítica de Jorge Lanata al cierre de los cuatro proyectos; de los cinco canales televisivos de aire al universo de las señales de cable; del primer número de Página/12, lo que provocó un cambio rotundo en la manera gráfica de dar las noticias, a la continuidad de Página/12; de la inanidad al vértigo; de la pasión a la bronca, pasando por las verdades más dolorosas o más entrañables a las mentiras más despiadadas y las operaciones más nefastas. Y de una ley de medios de la dictadura a una ley de medios de la democracia, aunque algunos medios aún insistan en recusarla, como decíamos ayer.

30 años de radicalismo
Año 6. Edición número 290. Domingo 8 de Diciembre de 2013
Por Francisco Balázs
fbalazs@miradasalsur.com
"No creemos que la sociedad se haya derechizado, pero si así fuera, lo que tiene que hacer la Unión Cívica
Radical es, en todo caso, prepararse para perder elecciones, pero nunca para hacerse conservadora.”

Raúl Alfonsín, 1992

Durante los últimos 30 años, la Unión Cívica Radical tuvo dos presidentes de la Nación, Raúl Alfonsín y Fernando de la Rúa, y también un vicepresidente, Julio Cobos, durante el primer mandado del gobierno de Cristina Fernández de Kirchner.

Ambos presidentes, Alfonsín y de la Rúa, fueron claros representantes de las dos líneas internas del partido. La liderada por Raúl Alfonsín a través de Renovación y Cambio, de cuño progresista, o socialdemócrata, y la más conservadora, corrida a la derecha, representada por lo que se denominó como Línea Nacional que representó Fernando de la Rúa.

Trazar un repaso sobre el derrotero de la UCR en las últimas tres décadas implica recorrer sus contradicciones, su compleja identidad y extravíos, y a su vez, intenta prefigurar cuál de sus líneas internas prevaleció dentro del partido durante este período.

El radicalismo que llevó a Raúl Alfonsín en el primer gobierno democrático significó una ruptura con la anquilosada y conservadora Línea Nacional que lideró Ricardo Balbín durante las décadas anteriores, en especial la del sesenta y setenta. A partir de la creación del movimiento de Renovación y Cambio, en 1972, reunió a los sectores más progresistas de la UCR, convocando a militantes de agrupaciones radicales conformadas a fines de la década de 1960: la Junta Coordinadora Nacional y la corriente universitaria Franja Morada. En la interna partidaria de 1983 vence a Fernando de la Rúa, candidato de la Línea Nacional, y decide encarar el camino que lo llevaría a la Presidencia de la Nación retomando las banderas de Leandro N. Alem y de Hipólito Irigoyen. Alfonsín revalorizó y recuperó a la democracia como el mecanismo fundante de la nueva etapa que comenzaría a transitar el país a partir del 10 de diciembre de 1983. Avanzó con la decisión de enjuiciar a las Juntas Militares de la última dictadura. Recuperó la figura de Juan D. Perón y al mismo tiempo desafió a un peronismo que ofrecía poca consistencia en sus candidatos para llevar adelante la tarea de recuperar al país de las consecuencias políticas, sociales, culturales y económicas heredadas de la dictadura. Alfonsín procuró orientar su gobierno y al partido con una impronta socialdemócrata, corriendo por izquierda a gran parte de sus correligionarios, de los que recibió muchos apoyos y también retaceos. La Línea Nacional, aunque derrotada en la elección interna, mantenía espacios estratégicos en todo el territorio nacional. Alfonsín tuvo que ceder y negociar con ellos. La provincia de Córdoba, fuerte bastión radical, impuso al conservador Víctor Martínez como candidato a vicepresidente.

Luego, para la conformación de su gabinete tuvo que recurrir a otros “históricos” de la UCR, casi todos ellos enrolados también en la vieja Línea Nacional.

En el tramo final de su gobierno, agobiado por la crisis económica, los levantamientos militares y el nuevo orden mundial que se perfilaba con el fin del socialismo real, el radicalismo eligió a Eduardo Angeloz, gobernador de Córdoba, como el candidato moderno, corriendo por derecha, dispuesto a competir en la arena del ideario neoliberal que comenzaba a imponerse con el eje puesto en la reforma del Estado, la apertura económica al capital privado y a insertarse en un mundo que se globalizaba. El establishment local ya había elegido a Carlos Menem como su candidato, y apresuró su llegada al poder a costa de profundizar la crisis hiperinflacionaria desatada a partir de la corrida cambiaria de febrero de 1989.

La entrega anticipada del gobierno a manos de Carlos Menem, llevó al radicalismo a una severa crisis que duraría casi toda la década del noventa. En el año 1992, el alfonsinismo crea una nueva línea, el Movimiento para la Democracia Social (Modeso), como expresión de un reacomodamiento de fuerzas para resistir el proceso de las fracturas internas que implosionaron tras la salida del gobierno en el contexto del feroz avance neoliberal que golpeaba al país.

En 1993, llegaría el Pacto de Olivos, celebrado entre Menem y Alfonsín para la reforma de la Constitución que perseguía el riojano con el fin principal de obtener la reelección. El pacto fue visto como un acuerdo entre las viejas corporaciones políticas. El radicalismo y Alfonsín, tal vez de forma desmedida, quedaron atrapados como responsables de facilitarle la reelección a Menem.

Un año más tarde, en las elecciones presidenciales de 1995, la UCR decide llevar al entonces gobernador de la provincia de Río Negro, Horacio Massaccesi, candidato sin atributo alguno, lejos de estar a la altura de enfrentar al reinante Carlos Menem. La decisión de llevar a Massaccesi como candidato a presidente fue el resultado de un grave error estratégico del partido que termina abortando la candidatura de Federico Storani y de una eventual alianza con Octavio Bordón y el Frepaso. Massaccesi termina en tercer lugar, con el 16,9% de los votos, detrás de la fórmula del Frepaso que obtuvo el 29,6%. Esa alianza, frustrada en 1995, sería el germen que daría origen en los años siguientes a la Alianza, que se conformaría con las candidaturas de Fernando de la Rúa y Carlos Chacho Álvarez.

Mientras tanto, Fernando de la Rúa se convertía lentamente en el referente con mejor imagen del radicalismo. En 1996 es elegido jefe de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires y acrecienta su protagonismo dentro del partido. A partir de allí, se consolidaría como el candidato natural para encabezar la fórmula de la Alianza. Con de la Rúa avanzaba el sector más conservador, la vieja Línea Nacional.

Las posteriores disputas internas con el alfonsinismo generarían inmediatas tensiones que se expresarían en el armado del gabinete que conformaría de la Rúa al llegar a la presidencia en 1999. Su breve gobierno, continuadora del orden de las políticas neoliberales llevó en dos años al fracaso estrepitoso de su gestión y a la mayor crisis política, económica y social de la historia argentina y, también, a la implosión del sistema tradicional de los partidos políticos del país. En las elecciones presidenciales del año 2003, la UCR obtuvo el 2% de los votos.

Desde entonces, el radicalismo emprendió un camino de fracturas y divisiones internas. Parte de los sectores más progresistas brindaron su apoyo al proceso político que inició Néstor Kirchner y continuara con Cristina Fernández. Sus principales dirigentes, en la actualidad, cabalgan por la centroderecha y, en algunos casos, por la derecha conservadora.

Las últimas dos candidaturas presidenciales de la UCR reflejan el derrotero del partido en los últimos años. En el 2007, llevó, por primera vez en su historia, a un candidato no radical, el peronista Roberto Lavagna. En 2011, fue Ricardo Alfonsín el candidato repentino ungido tras la muerte de su padre, encabezando la fórmula junto al peronista Javier González Fraga, llevando como candidato a gobernador de la provincia de Buenos Aires, a Francisco de Narváez.

Entre el Mercosur y Ronald Reagan
Año 6. Edición número 290. Domingo 8 de Diciembre de 2013
Por Emiliano Guido
eguido@miradasalsur.com
En el año 1982, el presidente norteamericano Ronald Reagan realizó una gira por América latina. Durante una cena protocolar, el actor fetiche de las películas de westerns cometió un error tremebundo. En el momento del brindis, el líder de la Casa Blanca alzó la copa y pidió un saludo al pueblo de Bolivia. En ese momento, la comandancia castrense a cargo del Palacio Planalto y del Palacio Itamaraty no supo cómo reaccionar. Reagan intentó excusarse de su furcio alegando que el país del altiplano era el próximo paso de su visita al Cono Sur. Brasil también empieza con B larga, se debe de haber autojustificado en silencio. La anécdota marca cuál era el clima de época político en el sistema inter- americano. Además, grafica en qué contexto de las relaciones internacionales finalizaban los terrorismos de Estado y, paralelamente, cuál era el pasado cercano del retorno a las urnas y los cuartos oscuros.

En líneas generales, el Partido Republicano en Estados Unidos, junto a Margaret Thatcher en el Reino Unido, lideraba un período global denominado en los manuales de historia del siglo XX como la Restauración Conservadora. Era, además, el último tramo de la Guerra Fría contra la Unión Soviética. El capitalismo occidental levantaba la copa del campeón. En consecuencia, las dictaduras militares del Cono Sur entraban en tiempo de descuento. Pero, Reagan, con la bajada de línea del complejo militar industrial del Pentágono, inauguraba otra lista de enemigos a vencer. Así nació la estrategia militarista de la guerra contra las drogas, que hoy sigue en curso. Por otro lado, la Casa Blanca sólo pretendía vincularse con Suramérica con la agenda de la deuda externa. Así miraba el hegemón mundial al sur del Río Bravo.

Paralelamente, el sistema democrático retornaba a la región. Primero, en los países del arco andino. Luego, en la zona de la Cuenca del Plata. El proceso de integración sudamericano había tocado fondo. Se había descendido al peor de los infiernos. En ese cuadro, sólo unos años después de que Reagan descorchara champagne en países imaginados por él mismo, nace el prólogo del Mercosur.

“Cuando asume la Presidencia de Brasil José Sarney (1985), los gobiernos democráticos de ambos países concordaron estrechar aún más los lazos económicos y comerciales. En noviembre de 1985, durante la inauguración del Puente Tancredo Neves, sobre el río Iguazú, los presidentes (Raúl) Alfonsín y Sarney se reunieron e iniciaron las conversaciones para promover una gradual integración Argentina-Brasil para la creación de un Mercado Común. Al cual después podrían asociarse otros países y luego, con la unificación creciente del espacio suramericano, alcanzar el máximo de autosuficiencia en productos esenciales, insumos básicos y bienes de capital, sustituyendo al dólar por una moneda convenio en el intercambio regional y así diluir las presiones sobre la balanza de pagos”, contextualiza el famoso historiador brasileño Luiz Alberto Moniz Bandeira en su obra cumbre Argentina, Brasil y los Estados Unidos - De la Triple Alianza al Mercosur. Las palabras de Moniz Bandeira –el reconocido académico que hoy vive en Alemania pero fue uno de los principales asesores de Itamaraty en las últimas tres décadas– sintetizan el paradójico momento regional. Si bien la salud política y financiera de Suramérica era pésima: gobernabilidad acotada (los militares seguían siendo un importante factor de poder doméstico) más languidez de los aparatos productivos nacionales, la dupla Alfonsín-Sarney logró forjar el grado cero de un proceso de articulación que hoy alcanzó pisos denominadores comunes, inimaginados entonces, como la Unasur, el Consejo de Defensa Sudamericano o el Banco del Sur.

Por último, ¿cómo fue el traspaso de mando político de las juntas militares a la clase político durante los ochenta? En un brillante paper titulado Revisando las transiciones democráticas en América latina, el sociólogo chileno Manuel Garretón identifica dos tipos de bisagras institucionales en la región: “las transiciones por arriba (Brasil-Chile)” y las “transiciones desde abajo” (países centroamericanos). “La incapacidad de generar un régimen político permanente legitimado de carácter autoritario obligó a las dictaduras a abrirse a fórmulas que implicaran algún tipo de innovación democrática. Desde el caso más evidente del régimen brasileño, que creó un sistema acotado de partidos de gobierno hasta el plebiscito chileno”, interpreta el investigador trasandino en la citada obra y, luego, concluye que: “Pero, también hubo procesos de movilización social y política (la huelga general de la CGT en 1982 podría ser un ejemplo) que se combinaron para forzar las aperturas desde arriba. Es el componente desde abajo. Mientras más sociales fueron tales movilizaciones, más descompusieron el régimen militar, pero menos avanzaron en una transición política ordenada”.

En definitiva, la vuelta a las urnas en Suramérica clausura una etapa, donde partidos políticos, clases sociales y Estados apelaron a la vía militar como táctica excluyente; y, paralelamente, cristaliza el nacimiento de la disputa de la hegemonía político cultural por medios pacíficos. En términos concretos, se acaban los fierros como alternativa, y emerge la democracia como teatro político dominante. Cuando el afamado politólogo francés Alan Rouquie presentó en Buenos Aires su último libro, A la sombra de las dictaduras - La democracia en América Latina, el pensador galo leyó el significativo momento político de la región de la siguiente manera: “La violencia política desapareció como alternativa de poder en el tablero latinoamericano por varias razones pero, principalmente, porque se terminó la guerra fría. Este hecho quitó a los militares el pretexto para intervenir en el nombre de la libertad, la sociedad cristiana, etcétera. Y les quitó presupuesto también. Y, por otro lado, la izquierda abandonó la lucha armada como opción porque entendieron que toda esa retórica criticando a la democracia como formal o burguesa cayó en saco roto. Porque más valía democracia formal que desaparecidos”.

La inflación en la democracia
Año 6. Edición número 290. Domingo 8 de Diciembre de 2013
Por Horacio Rovelli. Licenciado en Economía
politica@miradasalsur.com
La inflación es el crecimiento generalizado de los precios, y es también el deterioro del poder adquisitivo del dinero.

La inflación perjudica a los que tienen ingresos fijos, generando una puja entre los que pueden fijar precios (1) y los que no, afectando a la población, y paralelamente, a la capacidad del Estado de contar con un medio de cambio idóneo y que sea medio de ahorro a la vez.

En una economía como la Argentina, fuertemente concentrada en pocas empresas y pocos y grandes productores y comercializadores, sobre todo tras la dictadura militar, el límite que tienen para fijar precios es la convalidación de la demanda (que alguien se lo pague).

La inflación es el mecanismo que tienen los formadores de precios para apropiarse de una mayor productividad del trabajo, de otro modo debería aumentar el salario real, cosa que puede llegar a suceder pero, siempre, en menor proporción que el aumento de la tasa de ganancia, y que es de lo que “nunca se habla”, como nos indicaba Enrique Silberstein en su tiempo.

Una vez enmarcado el concepto y las causas, es fácil entender por qué el proceso inflacionario en la Argentina se desata con el primer peronismo, que incrementó fuertemente el gasto estatal (y su financiamiento vía emisión monetaria), y al industrializar al país dejó que se fijaran libremente y en paritarias los salarios. Toda esa expansión de la demanda agregada, que implicó el fuerte crecimiento del Producto Bruto Interno, también significó una mayor inclusión social y una mejora en la distribución del ingreso. La defensa “natural” de los intereses de los formadores de precios fue y es la inflación.

El modelo que encerraba el peronismo (y el viejo radicalismo de Illia y de Grinspun) es el de una alianza de hecho entre los trabajadores y los productores que venden al mercado interno, de manera tal que se crece en base al fortalecimiento del mercado local por mayor remuneración al trabajo.

Pese a los varios gobiernos militares, el modelo económico sobrevivió hasta el 24 de marzo de 1976 en que cambió integralmente la lógica que articulaba la producción y la sociedad, para reemplazarlo por una estructura productiva con un bloque de poder hegemónico y una dinámica de funcionamiento diferente en la reproducción del circuito económico. Orientado y dependiente del exterior, su instrumento clave fue el endeudamiento y la valorización financiera del capital, la apertura externa irrestricta al comercio y los capitales y la acumulación rentística y financiera.

Traducida en congelamiento de salarios, liberación de precios, atraso cambiario, fomento a la competencia externa así como altas y confiscatorias tasas de interés. El previsible resultado fue una caída sin precedentes del nivel de vida de la población (con una inflación promedio del 193% anual de 1976 a 1981), con ello del mercado interno, y con ello del PBI.

La dictadura dejó como legado la destrucción de eslabones de la cadena productiva, una fuerte concentración y extranjerización económicas y una impagable deuda externa.

El primer gobierno democrático encabezado por Raúl Alfonsín confiaba en que la orfandad política de amplias capas de la sociedad haría que se encolumnaran detrás del ideario de crecimiento económico con justicia social y de un gobierno que diera fin con un Estado que transfería recursos de la población a la casta de privilegiados que lo usufructuaban. La primera gestión la condujo don Bernardo Grinspun, quien aumentó los salarios por decreto y controló los precios, y paralelamente, trató vanamente de que funcione una comisión investigadora de la deuda y de constituir un “Club de Deudores”, pero se pudo muy poco o nada, y en diciembre de 1984 el IPC (2) creció un 40%, para cerrar el año con una inflación anual de 688%.

Tras haber echado de su despacho a Joaquín Ferrán que era el representante del FMI en la región, Alfonsín le pidió la renuncia. Su reemplazo por Juan Vital Sourrouille y su plan Austral fue el retorno a los mercados internacionales y a la política de ajuste, con el reconocimiento del total de la deuda externa heredada de la dictadura, que fueron las principales razones de la furiosa oposición empresarial, política y hasta de la burocracia sindical.

El Plan Austral significó una fuerte devaluación inicial, con control de salarios y de precios, y un cambio de moneda (pesos por un austral).

Con fecha 1 de julio de 1985, mediante los Comunicados A-695, A-696, y A-697 del BCRA, se reemplazaron títulos de deuda externa heredados de la dictadura militar por “Obligaciones de Banco Central de la República Argentina”, reconocido en el libro El manejo de la Deuda Externa en condiciones de crisis de balanza de pagos, firmado por José Luis Machinea y Fernando Sommer (3), donde dicen textualmente:

“La reducción de los pasivos externos del sector privado derivó, en la práctica, en la nacionalización de gran parte de esa deuda externa. La deuda externa del sector público, que era del 53% de la deuda total en 1980, se incrementó a 83% en 1985”.

Paralelamente significó la licuación de la deuda externa privada a través de la aceptación de títulos de deuda externa como pago de redescuentos, on lending, y avales caídos (4), de esa manera la deuda externa privada se transformó en pública.

Esa monumental transferencia de ingresos no podía ocasionar más que déficit fiscal y cuasifiscal del 8% del PBI, y al ser la emisión monetaria la principal fuente de financiamiento convalidó aumentos de precios por 3.079% en 1989, donde el dólar de valer 37,62 australes el 6 de febrero de ese año, en abril pasó el valor de 100 australes, cuando asumió Menem el 9 de julio de 650 australes, y continuó de tal manera que el 1 de abril de 1991 se fijó el tipo de cambio convertible en 10.000 australes el dólar.

Los dos primeros años de la gestión de Menem en un marco hiper inflacionario, consistió en confiscar los depósitos y canjearlos por Bonex (Bonos de Deuda Externa), privatizar activos públicos con el pretexto de reducir el déficit fiscal, y merced a un tipo de cambio alto, reconstituir las reservas internacionales del BCRA vía superávit comercial, preparando el camino para lo que fue el Plan de Convertibilidad.

Con la “Convertibilidad” sólo se podía aumentar la Base Monetaria si aumentaban las Reservas Internacionales del BCRA, con lo cual nuestra moneda era un “vale” por un dólar que es la reserva de valor.
El mecanismo contuvo la inflación, pero causó otros desequilibrios, como la sobrevaluación del peso, la desindustrialización y destrucción del aparato productivo, una triplicación de la deuda externa y una brutal y
regresiva redistribución del ingreso.

El gobierno de la “Alianza”, preso de la convertibilidad con tipo de cambio fijo de un peso igual a un dólar “de aquí a la eternidad”, terminó de la peor forma, con las aciagas jornadas del 19 y 20 de diciembre 2001, con déficit fiscal y comercial, con niveles de pobreza y exclusión como nunca antes se registró y con el pueblo en la calle pidiendo que “se vayan todos”, y sin embargo, ese año hubo deflación (el IPC fue de –1,1%).

La devaluación del año 2002 fue para superar la crisis económica producida por el estrangulamiento del sector externo, y los altos niveles de endeudamiento, que dieron fin al modelo de valorización financiera del capital y su sustitución por otro de valorización productiva, a la par que se abandonaba la orientación y dependencia del exterior, para priorizar el mercado interno y el mercado regional latino americano.

Es claro que del año 2003 al año 2008 se creció y sin inflación, porque se utilizaba la capacidad ociosa (fábricas cerradas, máquinas paradas, trabajadores desocupados), pero cuando, sobre todo los grandes empresarios, tenían que ampliar la capacidad instalada, lo hicieron muy parcial y deficientemente, prefiriendo ante la demanda sostenida, aumentar los precios en lugar de aumentarla producción.

La demanda sostenida permitió la inclusión social por el crecimiento del empleo con una evolución que permitió recuperar el poder adquisitivo de la población y convertirse en el principal sostén del crecimiento del mercado interno. Eso se consiguió con la recuperación de herramientas como son el Salario Mínimo, Vital y Móvil y las negociaciones paritarias (5), principalmente, pero al no aumentar la inversión se desata un nuevo proceso inflacionario, que si bien no logra impedir el crecimiento del PBI, sí cercena permanentemente el poder adquisitivo de los que tienen ingresos fijos y atrasa el tipo de cambio, y ése es el conflicto en que nos encontramos.

1. Por supuesto, cuanto mayor poder económico se tiene es mayor la capacidad de formar precios, con lo que afecta no sólo la distribución del ingreso entre el capital y el trabajo, sino también la distribución del ingreso desde las empresas pequeñas a las grandes.

2. Tomamos al Índice de Precios al Consumidor (IPC) como referente para medir la inflación, como tradicionalmente se pondera en nuestro país.

3. Presidente y Director del BCRA en la gestión de Juan Sourrouille./i>

4. Las grandes empresas no pagaban la deuda y el Estado que había avalado esos compromisos debió hacerse cargo del pago. Al no tener los recursos, el Tesoro de la Nación emitió nuevos títulos de deuda. Es más, mediante el Decreto 1.003/1.988 se aceptaban títulos de deuda externa por avales caídos; como dichos títulos podían comprarse al 25% de su valor nominal, significaba una nueva transferencia de recursos del Tesoro en favor de los grandes deudores. Tampoco fue casualidad que esas mismas empresas deudoras fueran las principales compradoras de empresas estatales en la privatización menemista.

5. Paritarias que permiten el incremento salarial en donde pesan múltiples factores y no exclusivamente por productividad, como proponen los empresarios.


La pelea de la militancia juvenil
Año 6. Edición número 290. Domingo 8 de Diciembre de 2013
Por Alberto Elizalde Leal
politica@miradasalsur.com
En su primer libro, Aden Arabia, el comunista francés Paul Nizan estampó una frase desesperanzada que habría podido suscribir cualquier argentino, pero especialmente cualquier joven durante la dictadura del ’76: “Tenía veinte años y no permitiré nunca que nadie diga que es la edad más hermosa de la vida”. En esa época, cerradas todas las opciones de participación política, de expresión cultural y organización ciudadana, cualquier joven con inquietudes de cambio tenía ante sí el camino del silencio y la autocensura o el más arriesgado de la clandestinidad. Se ha dicho muchas veces: durante la dictadura, ser joven era sospechoso y militar en política podía ser letal. Miles de tumbas clandestinas así lo atestiguaban.

Pero a finales de 1983 la convergencia de los propios errores militares con el crecimiento de la inquietud y el hartazgo popular y el giro “pro derechos humanos” de la política exterior estadounidense obligó a la dictadura a celebrar elecciones libres que llevaron al poder –el 10 de diciembre– a Raúl Alfonsín.

Todos los argentinos salieron de la pesadilla dictatorial y la militancia juvenil se derramó como un torrente en todos los ámbitos de estudio, de trabajo y de actividad artística y cultural. Las agrupaciones de todos los colores políticos se lanzaron, entusiastas, a captar la adhesión de los miles de jóvenes que comenzaban a vivir una ilusión negada durante siete años: la de participar en paz y democracia en un proceso de cambios que hiciera realidad la promesa alfonsinista, que con la democracia “se come, se cura y se educa”. Los intentos oficiales de transformación gremial desde el Estado, la preeminencia de la Juventud Radical en los claustros universitarios, la reaparición pública de los partidos de izquierda y el reagrupamiento del peronismo, herido por el resultado de diciembre, fueron el telón de fondo de un despliegue juvenil cuyas consignas tenían un condimento novedoso comparado con expresiones del pasado: la revalorización y defensa de la democracia. El movimiento por los derechos humanos, reconfortado por el histórico juicio a las Juntas Militares, aspiraba a una democracia plena con Memoria, Verdad y Justicia y sus banderas ondeaban siempre al frente de las movilizaciones en las que los jóvenes volvían a ser protagonistas destacados.

Lamentablemente, el alfonsinismo no supo o no pudo dar respuestas valederas a las necesidades de la coyuntura y pese a algunas iniciativas positivas en el plano doméstico y en las relaciones exteriores, su capitulación ante las demandas militares y la incapacidad para enfrentar con firmeza las extorsiones del poder económico lo llevaron a entregar el poder en forma anticipada a Carlos Menem, que asumió como presidente en julio de 1989.

Los jóvenes que habían militado durante todo el alfonsinismo para que se profundizaran los juicios a los militares, para que se negociara con firmeza con los acreedores internacionales, para que se pusiera en caja a los grupos concentrados de la economía, para que se concretaran los proyectos de reformulación de la salud y la educación y se orientara la política exterior en un sentido autónomo y soberano no tendrían tiempo de ilusionarse ni de generar expectativa alguna en el nuevo equipo gobernante. La inmersión del menemismo en las aguas del neoliberalismo fue rápida y brutal. El Estado fue desguazado y vendido al mejor postor, los militares presos fueron indultados, desaparecieron las convenciones colectivas de trabajo, los productos extranjeros invadieron el mercado nacional destruyendo la industria nacional y el país, al ritmo del “deme dos” en Miami, se embanderó sin condiciones con la política del Departamento de Estado. La década menemista tuvo después sus epígonos económicos en el gobierno de la Alianza, que en lo sustancial continuó bajo los lineamientos generales del neoliberalismo vigente en el mundo.

Las consecuencias del menemismo y de su continuismo vergonzante, el gobierno de De la Rúa, fueron devastadoras no sólo para la economía: la desesperanza, la falta de horizontes, el individualismo, la frivolidad y el consumismo marcaron con un sello indeleble la conciencia de no pocos argentinos. Pero la militancia no desapareció, desde trincheras defensivas, enrolada en los distintos reagrupamientos políticos que la propia devastación social generaba, replegada pero no vencida, redescubría viejas banderas que la visión quizá demasiado optimista de una democracia aséptica y puramente instrumental había relativizado o dejado de lado. Redescubría la dependencia, palabra que había desaparecido del lexicón político de esos años nefastos, redescubría la noción de la unidad latinoamericana, el antiimperialismo, la justicia social, la organización popular como garante real de cualquier proceso de transformación social. En los fogones de los petroleros de Cutral Có, en los piquetes de los desocupados y villeros, en los escraches de HIJOS, en las tomas de claustros y en los paros y movilizaciones impulsados por comisiones internas y cuerpos de delegados combativos, se fue gestando lo que haría eclosión en el 2001, barriendo en jornadas de lucha con doce años de políticas antipopulares.

El proceso abierto por el kirchnerismo en 2003 es en gran medida tributario de esas experiencias colectivas de lucha y recomposición de las fuerzas populares, y las distintas opciones en que se expresa la militancia juvenil actual permiten imaginar nuevamente un futuro donde se puedan concretar las transformaciones de fondo que el país necesita.

La política exterior de los últimos treinta años: de vaivenes, disputas y consensos
Año 6. Edición número 290. Domingo 8 de Diciembre de 2013
Por María Cecilia Míguez. Doctora en Ciencias Sociales
politica@miradasalsur.com
Hace treinta años, los gobiernos constitucionales que vendrían heredaban las secuelas de una dictadura feroz, no solamente por el horror de los crímenes cometidos por el terrorismo de stado, sino también por la devastación de la estructura económica y una consecuente inserción internacional precarizada. La fraudulenta e ilegítima deuda externa, la destrucción de ramas enteras de la industria nacional, el establecimiento de mecanismos de valorización financiera que marcarían el comportamiento de algunos sectores económicos hasta el día de hoy, y la herida abierta de la Guerra de Malvinas, condicionaron el devenir de las relaciones internacionales. Realizar un balance nos lleva a analizar vaivenes, que requieren interpretarse en profundidad. A la crítica fácil de “no tuvimos política de Estado”, le caben varios señalamientos: 1) el Estado no es monolítico y expresa la disputa de intereses y fuerzas profundas, así como vínculos de largo, mediano y corto plazo con distintos actores del sistema internacionales; por lo tanto, ¿qué sería una política “de Estado”? Implicaría una hegemonía sostenida de algunas de las líneas y sectores que disputan el poder; 2) esa enorme disputa entre fuerzas políticas, económicas y sus vínculos internacionales es la que se refleja en lo que algunos interpretan como políticas erráticas; 3) no siempre la continuidad y el consenso expresan por sí solos algo positivo. Es decir, la hegemonía sostenida de determinado proyecto no es necesariamente un hecho auspiciante para las mayorías populares. Al hacer un breve repaso de aquellos puntos sobresalientes de la política exterior aparece una constante, y es que los sucesivos discursos dominantes instalaron desde la década de los ochenta la palabra reinserción para referirse a los desafíos de la política exterior Argentina, dándole un contenido distinto según la ocasión. Esa idea de reinserción fue caballo de batalla para justificar y promover determinadas asociaciones. Qué significa aislamiento, reinserción, etc., está más bien asociado a cuáles son las prioridades, quiénes son los aliados y socios en cada período histórico. Por ejemplo, la dictadura no aisló a la Argentina en todos los sentidos. En términos económicos profundizó su rol dependiente en el sistema mundial reprimarizando su economía, orientándola a la exportación de unos pocos productos primarios, endeudándola en forma escandalosa, y vinculándola estrechamente a las corrientes de flujos financieros y especulativos internacionales. Cuando Alfonsín asumió, referirse a la necesidad de reinsertar a la Argentina sirvió para buscar un nuevo rol político en el mundo, de vocación democrática, que mostró la voluntad de defender la solución pacífica de las controversias, acercarse a la región latinoamericana a través de políticas conjuntas y poner reparos a las exigencias económicas de los Estados Unidos a partir de las buenas relaciones con Europa y la URSS. Pero también fue útil para ocultar que el país había quedado mucho más atado y dependiente que antes del gobierno militar, y para desprestigiar el reclamo legítimo de las Islas Malvinas con una política de desmalvinización.

Más allá de las primeras intenciones, la deuda no se revisó, no se cuestionó, aumentó, no hubo planes de reindustrialización, y ello llevó a que la política se ajustara a los requerimientos de las grandes potencias mundiales, derivando en parálisis productiva e hiperinflación. El menemismo, que acusó a su predecesor de no ajustarse lo suficiente a los nuevos vientos de cambio globalizantes, con su pregonada intención de insertar a la Argentina en el Primer Mundo, siguió los pasos de las transformaciones estructurales iniciadas con la dictadura, para dar forma acabada a un modelo neoliberal y aperturista, asociado a toda una nueva política exterior, que rompía tradiciones históricas de la Argentina. Y el gobierno envió tropas a la guerra del Golfo Pérsico y retiró al país del Movimiento de No Alineados y desactivó el misil Cóndor II y ratificó los Tratados de No Proliferación. Continuó con la política de desmalvinización y se subió a cuanto ejercicio militar propusieran los Estados Unidos en nombre de la lucha contra el narcotráfico. Impulsó un Mercosur que era pensado sólo como plataforma para el ALCA. Todas pruebas de amor carnal que nos traerían más miseria y deuda. La Alianza fue vergonzosa continuidad. Durante la década de los noventa hubo un consenso de fondo en temas centrales de la inserción internacional. Esa política “de Estado” que duró diez años, poco tuvo de bueno para el país y las amplias mayorías. Tal como demostraron los sucesos del 2001, ese consenso “por arriba”, sólo podía romperse “desde abajo”.

La presidencia de Néstor Kirchner tuvo lugar en un contexto caracterizado por el creciente debilitamiento de los Estados Unidos, los gobiernos de nuevo signo político en América latina, la mejora de los precios de las materias primas y la irrupción de la demanda china. La región cobró un nuevo protagonismo, el rechazo del ALCA demostró márgenes de autonomía respecto de los Estados Unidos y proliferaron políticas heterodoxas, en el marco del alejamiento del FMI y el canje de deuda. La cuestión Malvinas tuvo un giro discursivo importante, caracterizando la ocupación británica como “enclave colonial”. El gobierno de Cristina Kirchner tomó medidas que ratificaron la línea política anterior y avanzó en cuestiones económicas clave que hacen a la relación con los capitales internacionales: la restricción a determinados bienes importados, la nacionalización de las AFJP y de la mayoría del paquete accionario de YPF. Esto le generó la oposición de algunos de los sectores dominantes y gran parte de los partidos políticos, que nuevamente lanzaron su crítica con la acusación de “aislamiento”, y la necesidad de reinserción. Que ahora significa ni más ni menos que abandonar aquellas políticas que en los últimos diez años fueron respuesta a las demandas populares que habían venido de abajo. Y sirve para negar los rasgos de dependencia estructural que nuestro país todavía mantiene. Si los actuales cantos de sirena de los sectores dominantes y sus socios políticos que bregan por la necesidad de un nuevo consenso que reinserte a la Argentina en el mundo –como si realmente estuviera aislada– vienen de la mano de la devaluación, del Fondo Monetario Internacional, del ajuste y de la entrega de la soberanía nacional, más bien evitemos el consenso….

Rock a la velocidad del sonido
Año 6. Edición número 290. Domingo 8 de Diciembre de 2013
Por Guillermo E. Pintos
politica@miradasalsur.com
Resulta inevitable pensar al rock argentino en estas tres décadas de libertad recuperada a partir de una relación tiempo-vida. Es decir, estos 30 años de vida como si fueran aquellos 30 minutos de vida del título de un disco fundamental de Moris, escrito bastante tiempo antes (1970) y en otro contexto de país (y eso, en Argentina, donde todo se construye y se destruye tan fácilmente, como escribió Charly, es mucho decir). Entonces, 30 años como 30 minutos. A la velocidad del sonido, lo que permite repasar nombres y situaciones, canciones y recitales. Con palabras, muchas palabras. Sucedió a lo largo de estas tres décadas cruzadas por la evolución tecnológica del soporte físico y el aumento sostenido de los vehículos de difusión. Todo cambió. Del vinilo al cd y de ahí a variados formatos digitales. De un casi inexistente panorama de medios de comunicación, a una explosión de radios, plataformas multimedia y muchas opiniones esparcidas –para todos los gustos– en la inmensidad de internet.

En 1983 se editaron Clics modernos, de Charly García; Vasos y besos, de Los Abuelos de la Nada; La dicha en movimiento, de Los Twist, y Agujero interior, de Virus. Todos, por distintos motivos y circunstancias, canciones y letras, fueron bastante elocuentes sobre el clima de época. Un tiempo que era un no-tiempo, cuando se acercaba el 10 de diciembre pero la dictadura todavía no se había ido del todo. En Buenos Aires, como centro de irradiación cultural de un país básicamente central, ya pasaban muchas cosas. Esos discos, aquellas canciones, estaban hechos por músicos de distintas generaciones e historias de vida.

Charly García fue cronista de los estados de ánimo y reflexiones de una vasta porción de la clase media porteña durante la dictadura, pero en otro momento se fue a Brasil en busca de oxígeno –allí surgió Seru Giran, la gran banda del período 1978-1982. Los Abuelos de la Nada había cobrado vida luego del regreso de Miguel Abuelo, a la vuelta de un viaje loco por Europa que duró 10 años, con una sabia mezcla de veteranos y jóvenes promesas (Andrés Calamaro tenía 22 años). Los Twist surgieron de las andanzas de dos muchachos muy divertidos, Daniel Melingo y Hugo Pipo Cipolatti que daban vueltas por los bares de moda de la Ciudad. Virus, en cambio, venía de otro medio ambiente, el de la ciudad de La Plata (incluida en la historia, la carga emocional de la tragedia que la familia Moura vivía con la desaparición del mayor de sus hijos, Jorge). La bisectriz que une las distintas coordenadas que esta nueva música planteaba era, por más común que suene, vivir. Bailar, salir a la calle, tomarse las cosas un poco menos en serio. Los Twist, irreverentes, firmaron “Pensé que se trataba de cieguitos”, una canción-cómic sobre un secuestro que se convirtió en hit. “Hay que salir del agujero interior” es lo primero que se oyó de aquel tremendo disco de Virus. Había que hacerlo. Salir, cantar, bailar. Vivir.

30 años después, pasaron muchas cosas. Un breve repaso por los protagonistas fundamentales de esta historia ayuda a comprender el devenir. Charly García vivió en los ochenta la década más productiva y fundamental de su histora como músico popular argentino. Spinetta se murió, no hay nada que hacerle. El inmenso poder de seducción de masas que ejercieron Patricio Rey y sus redonditos de ricota, dejó una estela tal que todavía hoy, a más de 10 años de su disolución, se traduce en el impresionante poder de convocatoria de su cantante, ahora solista-empresario de su propio mito, Carlos Solari. Soda Stereo es una banda imprescindible: nacieron ahí (julio del ’83, primer show), explotaron al máximo las nuevas posibilidades de imagen y sonido que la época brindó, y consagraron, de una vez y para siempre, la figura de Gustavo Cerati, hoy lamentablemente muerto en vida. Los Abuelos de la Nada languidecieron luego de la muerte de Miguel Abuelo a fines de los ’80 (con HIV, como Federico Moura, casi al mismo tiempo), pero quedó en pie Andrés Calamaro como aventajado alumno hoy convertido en maestro. Virus sigue, pero no es lo mismo sin Federico. Sumo, un barrilete cósmico de rock en estado puro que llegó de Roma vía Londres y cayó directo aquí, duró poco pero dejó huella: ahí están, todavía, Divididos y Las Pelotas haciendo quilombo. Después de Sumo, enseguida, nació el reggae argentino como síntoma de época:

Marley estampita, porro como rito de iniciación y Los Pericos y Los Fabulosos Cadillacs como hitos generacionales. Los ’90 de Menem trajeron, además del 1 a 1 que favoreció fantasías primermundistas de más de un tilingo, el rock barrial, chabón y futbolero que tuvieron en Los Piojos, La Renga y tristemente en Callejeros, la banda de sonido de una sensación de abandono social que se traducía en bronca. Pero también aparecieron Babasónicos y Catupecu Machu, parte de un Nuevo Rock Argentino. Y Fito Páez –un producto neto de la explosión del ’83, por entonces tenía 20 años– fue la primer superestrella con conciencia social, el sobrino dilecto de Charly y Spinetta. La tragedia de Cromañón, el fatídico 30 de diciembre de 2004, cortó las piernas de una generación. Hubo que barajar y dar de nuevo. Todavía se vive en esa confusión, a veces desconcertante, en otros momentos excitante. El rock ya no es lo que fue, pero será otra cosa, mejor, más valiente, siempre viva, válvula de escape para cada nueva generación (Violetas al margen). Ahí va, ahí vamos.

Las palabras que supimos escuchar
Año 6. Edición número 290. Domingo 8 de Diciembre de 2013
Por Miradas al Sur
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Miradas al Sur armó una selección –siempre arbitraria y siempre limitada– de las frases que marcaron el tiempo transcurrido desde el 10 de diciembre de 1983. Cada una de ellas fue recibida con alegría, con dolor, con angustia, con esperanza, con bronca, con confianza, según qué se decía, quién lo decía y cuándo lo decía. Leídas en su conjunto, ayudan a reflexionar sobre la responsabilidad colectiva de estos últimos treinta años.

1983. Raúl Alfonsín. Presidente.
“Con la democracia se come, se educa, se cura” (durante la campaña presidencial).

1984. Bernardo Grinspun. Ministro de Economía.
“Si querés que me baje los pantalones, me los bajo” (luego, le dio la espalda al enviado del FMI, Joaquín Ferrán, y se bajó los pantalones).

1985. Julio Strassera. Fiscal.
“Quiero renunciar expresamente a toda pretensión de originalidad para cerrar esta requisitoria. Quiero utilizar una frase que no me pertenece, porque pertenece ya a todo el pueblo argentino. Señores jueces: “Nunca más” (al finalizar el alegato del juicio a las Juntas militares).

1986. Diego Maradona. Futbolista.
“Fue la mano de Dios” (después de hacerle un gol con la mano a Inglaterra, en el mundial de fútbol de 1986, en México).

1987. Raúl Alfonsín. Presidente.
“Hoy podemos dar gracias a Dios: la casa está en orden y no hay sangre en la Argentina. ¡Felices Pascuas!” (en Plaza de Mayo, cuando terminó la rebelión carapintada de la Semana Santa de 1987).

1988. Miguel Angel Toma. Ministro de Defensa.
“No habrá amnistía ni indultos” (durante la campaña electoral de Menem, el 28 de abril de 1988. Luego, Menem indultaría, incluso, a los que no tenían sentencia).

1989. Roberto Dromi. Ministro de Obras Públicas.
“Nada de lo que deba ser estatal, quedará en manos del Estado” (durante un mensaje sobre las privatizaciones).

1990. Luis Barrionuevo. Dirigente sindical.
“En este país, tenemos que tratar de no robar por lo menos por dos años.”

1991. Ángel Luque. Diputado por Catamarca.
“Si él hubiera matado a esa pobre criatura, yo le juro que ése cadáver no aparece nunca más” (sobre su hijo Guillermo, asesino de María Soledad Morales).

1992. Norma Beatriz Guimil de Plá. Abanderada de los jubilados.
“Yo gano 150 pesos, me arreglo porque me ayudan mis hijos, pero hay otros que están todavía peor que yo. Pedimos 450 pesos de jubilación, ¿es mucho? –y ante las lágrimas del Ministro agregó–: No llore, señor ministro, no llore. Tenga fuerza para defender lo suyo. Usted tiene madre… pero seguro que no está en la Plaza Lavalle con nosotros. Debe estar mejor” (al ministro Cavallo que había dicho que gastaba 10 mil pesos mensuales frente a un grupo de jubilados).

1993. María Julia Alsogaray. Secretaria de Medio Ambiente.
“En mil días vamos a poder tomar agua del Riachuelo” (anunciando un programa para descontaminar el Riachuelo, el 4 de enero).

1994. Eduardo Duhalde. Gobernador de la provincia de Bs. As.
“El mejor jefe de la mejor policía del mundo” (sobre Pedro Klodzyck, jefe de la “Maldita Policía”).

1995. Alberto Lestelle. Secretario para la Lucha contra la Drogadicción.
“En las sesiones largas, algunos legisladores se dan un nariguetazo.”

1996. Carlos Menem. Presidente.
“Se va a licitar un sistema de vuelos espaciales mediante el cual, desde una plataforma que quizás se instale en la provincia de Córdoba, esas naves espaciales van a salir de la atmósfera, van a remontar a la estratosfera y, desde ahí, elegir el lugar donde quieran ir, de tal forma que en una hora y media podamos desde Argentina, estar en Japón, en Corea o en cualquier parte” (en una escuela primaria de Tartagal).

1997. Alfredo Yabrán. Empresario postal.
“El poder es impunidad.”

1998. Aldo Rico. Ex-militar.
“Yo no dudo, los soldados
no dudan. La duda es una jactancia de los intelectuales” (sublevado en Monte Caseros, en rueda de prensa).

1999. Guido Di Tella. Canciller.
“La causa (judicial) de las armas me tiene podrido” (procesado por el contrabando de armas a Ecuador y Croacia).

2000. René Favaloro. Médico.
“En este último tiempo me he transformado en un mendigo. Mi tarea es llamar, llamar y golpear puertas para recaudar algún dinero que nos permita seguir con nuestra tarea. Sólo quiero decir que el final se acerca de a poco. No es para que te asustes, pero todo está consumado, y siento que estoy solo en esta sociedad, realmente, de mierda” (luego se suicidó).

2001. Fernando De la Rúa. Presidente.
“Vamos a resolver el problema de los saqueos como solucionamos los problemas económicos” (dicembre

2001, poco antes de renunciar).

2002. Eduardo Duhalde. Presidente interino.
“La Argentina es un país condenado
al éxito.”

2003. Néstor Kirchner. Presidente.
“No voy a dejar los sueños en la puerta de la Casa de Gobierno.”

2004. Ayelén Stroker. Sobreviviente de Cromañón.
“Siento los cuerpos caer tuc, tuc, tuc, encima mío, estaba debajo de todo y se me paralizó todo el cuerpo. No grité más porque me quedaba sin aire. Sólo faltaba esperar.”

2005. Antonio Baseotto. Obispo.
“Los que escandalizan a los pequeños merecen que les cuelguen una piedra de molino en el cuello y los tiraran al mar” (en carta personal al ministro de Salud Ginés Gonzalez García, recriminándole su toma de posición a favor del aborto).

2006. Julio López. Testigo.
“Patricia me dijo: ‘López, de todos nosotros el único que puede salir sos vos. Andá, buscá a mi mamá, a mis parientes, a mi hermano y deciles… y dale un beso a mi hija de parte mía’… Cada vez que me hablan de eso me enloquezco… (…) Etchecolatz era un asesino serial, no tenía compasión” (testimonio previo a su desaparición).

2007. Cristina Fernández. Presidenta.
“Somos miembros de una generación que creyó en ideales y en convicciones y que ni aún ante el fracaso y la muerte perdimos las ilusiones y las fuerzas para cambiar al mundo.”

2008. Julio Cobos. Vicepresidente.
“Mi voto no es positivo” (definiendo el voto del Senado por las retenciones al campo).

2009. Néstor Kirchner. Ex-Presidente.
“Clarín: no se por qué estás tan nervioso; hacé democracia, usá los medios para informar y no para desinformar a la gente.”

2010. Indio Solari. Cantante.
“Me gusta ver una presidenta que hable de la manera que lo hace en la ONU, y por fin tenemos un gobierno con los cojones para enfrentar a todas las corporaciones al mismo tiempo.”

2011. Ider Peretti. Dirigente rural cordobés.
“Desde que Néstor y Cristina llegaron al gobierno, nunca más se remató una sola hectárea de tierra en la Argentina” (dijo durante el velatorio público de Néstor Kirchner).

2013. Martín Sabbatella. Titular de Afsca.
“No es un triunfo sólo del Gobierno; es un triunfo de la democracia, de la libertad, del pluralismo; es un triunfo de los miles de medios y trabajadores que en todo el país pujan por hacer uso de su derecho a expresarse en libertad sin que ningún gigante condicione el mercado y los silencie” (luego del fallo que declaró la constitucionalidad de la ley de medios).

2012. Susana Trimarco. Madre de víctima de trata.
“Si las chicas ven que los proxenetas están sentados con jueces, ¿cómo se van a escapar? Lo único que pueden hacer es sobrevivir” (al cumplirse hoy 10 años del secuestro y desaparición de su hija, Marita Verón).

30 años de democracia. Fotos
Año 6. Edición número 290. Domingo 8 de Diciembre de 2013
Por Miradas al Sur
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Fuente:MiradasalSur

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