5 de marzo de 2014

PLAN CÓNDOR. JUICIOS x ESCRITORES:"SUM(ergidos)"-MOVIMIENTO DE JUSTICIA y DD.HH. BRASIL INFORMA.

3-3-2014
Lesa HumanidadLos juicios vistos por un escritor
Juicios x escritores: “SUM(ergidos)”
La escritora Selva Almada llegó temprano a Comodoro Py para presenciar una audiencia del juicio por el Plan Cóndor. Allí encontró un testigo, un acusado, y una señora que se sabía las respuestas. Dibujos de Iñaki Echeverría.
Por: Selva Almada
Es una tarde soleada en la ciudad de Buenos Aires, fresca para febrero. Antes de internarme en la oscuridad húmeda del subsuelo de los Tribunales de Comodoro Py, estuve un rato en el bar del noveno piso, mirando por una de las ventanitas el río brilloso atrás de los contáiners desperdigados por el puerto. Un poco de aire antes de bajar.

El piso y las paredes del subsuelo son grises, como si hiciera falta, como si no fuera suficiente con la ausencia de luz natural. En el Salón de Usos Múltiples (SUM) se tomará declaración a uno de los testigos de la causa Plan Cóndor, el militar retirado con el grado de coronel Marcelo Gustavo Beret.

Las numerosas denuncias de extranjeros desaparecidos en nuestro país comenzaron a dar forma a la larga investigación que llevó a este juicio, que ya va por su segundo año. Las dictaduras de Argentina, Bolivia, Brasil, Chile, Paraguay y Uruguay coordinaron la captura, interrogatorio, tortura, intercambio y asesinato de opositores políticos.

Como el testigo Beret vive en Bariloche, la audiencia se realizará por videoconferencia. Los problemas en la conexión alargan la espera. Los testimonios por la causa Plan Cóndor, la n° 2054, a cargo del Tribunal Oral en lo Criminal Federal n°1, en general dependen de esa conexión dado el origen de quienes declaran.

Atención, Bariloche, dice al micrófono uno de los miembros del Tribunal, pero Bariloche no responde.

La sala de audiencias está dividida por una puerta vidriada que se cierra rigurosamente con llave: de este lado, los espectadores que nos acreditamos con relativa rapidez (si no tenemos en cuenta que antes de dar con la ventanilla correcta, hay que tocar varias y preguntar a distintos policías y empleados que indican con un difuso “al fondo” de un pasillo tan largo que parece no terminar nunca). Del otro lado del vidrio, los jueces del Tribunal, los abogados defensores y querellantes, el fiscal, otras personas con notebooks encendidas frente a ellos, y entre los trajes de colores oscuros, la espalda envarada, vestida con una campera de gabardina beige clarito, el cabello plateado cortado prolijamente arriba de la nuca, del acusado.

Los de este lado vemos todo lo que pasa del otro lado por la pantalla de un plasma colgado tan alto que hay que levantar la cabeza y mantener el cuello doblado hacia atrás. Pero por ahora no pasa nada porque Bariloche no conecta y los técnicos, en la cabinita del fondo, meten y sacan cables y hablan por celular con otros técnicos en una cabinita similar en Río Negro.

Los de este lado somos pocos. Dos señoras de casual elegante, el ilustrador y yo. Una de ellas lleva unos rayban oscuros que impiden ver sus ojos, un carré impecable, de un castaño rojizo, pantalones y chaqueta de hilo. Parece relajada y segura, un pez que se mueve cómodamente en esta pecera de vidrio y cemento, en la profundidad oscura de este subsuelo. Ella me advierte que apague y guarde el celular, que está prohibido usarlo en esta sala, y que también está prohibido atravesar esa puerta, la que nos separa de los del otro lado.

Atención, Bariloche, vuelve a decir al micrófono el mismo miembro del Tribunal. Bariloche no responde, pero ahora en lugar de la imagen del interior de esta sala, vemos el interior de otra sala de audiencias y a un hombre sentado solo, de traje, con un micrófono en la mano. Detrás de él una cortina se mueve con el viento.

Hay imagen pero no hay audio, dice Buenos Aires a Bariloche. Y todos esperamos en silencio mirando al hombre solo que tal vez se sienta observado porque mueve la vista, incómodo, de un lado a otro, sin posarla en la cámara.

Finalmente imagen y sonido se juntan y la audiencia comienza. Luego de formularle las preguntas de rigor al testigo, que es testigo de la defensa, nombre completo, fecha y lugar de nacimiento, y profesión, el miembro del Tribunal pregunta si hay otras personas en la sala. Una voz sin imagen, el secretario del juzgado, responde que no, solos él y el testigo y el viento que entra por la ventana y sigue moviendo la misma cortina. Se le toma juramento al testigo, Marcelo Gustavo Beret, y comienzan las preguntas del fiscal.

Todas preguntas que girarán en torno a la cadena de comando, a quién imparte las órdenes, qué consecuencias tiene el poder de impartirlas, qué pasa si no se cumple una orden, etcétera. El testigo responde, con claridad y buena predisposición. Sin embargo, por momentos, no sé si porque sucede así o porque así nos llega por la baja calidad de la imagen, parece que la mano del testigo agarrada al micrófono, tiembla. Beret tiene, además, un tic: pestañea constantemente.

A algunas de las preguntas del fiscal, antes de escuchar la respuesta del testigo, responde la señora de los rayban. Las responde para ella y para los que estamos de este lado. Como esas buenas alumnas que se adelantan a la respuesta del compañero.

Agotado el interrogatorio del fiscal, arremete el abogado defensor. Un hombre maduro, de anteojos, que también se mueve acá como pez en el agua. Pero si la señora de los rayban brilla entre estas paredes como un delicado carassius, el defensor avanza rápido y directo, como esos tiburones veteranos, con el lomo lleno de cicatrices que se ven en los documentales de la National Geographic. Sus preguntas son casi las mismas que las del fiscal, pero las formula de tal manera que el testigo termina respondiendo distinto a cómo respondió hace un rato. Si antes admitió que “la responsabilidad del jefe es total”, ahora a la pregunta de si el jefe es responsable si uno de sus elementos subordinados roba un arma y sale a la calle y asesina a una persona, Beret responde que no, que por supuesto que en ese caso no. El viejo tiburón sonríe y dice que no tiene más preguntas.

La señora de los rayban me mira y reafirma que no, que claro que no.

El acusado no dice nada, apenas se mueve, y apenas lo vemos, o vemos su perfil, cuando la cámara enfoca a su abogado defensor. En este fondo submarino, el acusado, con su cabello y su bigote canos y su piel amarillenta, de anciano, parece una anémona. La causa Plan Cóndor tiene 106 víctimas y él es uno de los 21 imputados.

Cuando termina la audiencia, el acusado camina hasta el fondo de su sala, que viene a ser el frente de la nuestra, viene sonriendo con una bolsa de tela verde en la mano. La señora de los rayban también se acerca y los dos charlan a través del vidrio. Parece que él quiere darle la bolsa, pero la puerta está con llave. Él quiere abrir y la señora de los rayban le dice que no se puede, que está llavada. Pero él no termina de entenderle, quizá esté un poco sordo, como todos los viejos, y entonces se queda ahí parado, un poco ridículo con esa bolsa en la mano.

Selva Almada es escritora. Sus últimas novelas son “El viento que arrasa” y “Ladrilleros”.
Iñaki Echeverría es arquitecto e ilustrador. Publicó “Beya (le viste la cara a dios)” junto a Gabriela Cabezón Cámara.

Fuente:Infojus  




MOVIMENTO DE JUSTIÇA E DIREITOS HUMANOS/Brasil INFORMA:
Att,
Jair Krischke - Presidente
Movimento de Justiça e Direitos Humanos
INTERNACIONAL
Brasil aporta a la justicia argentina pruebas del presunto asesinato de Goulart
El expresidente brasileño murió en 1976 en Argentina y se sospecha que fue víctima del Plan Cóndor
Madrid, 21 FEB 2014
ALEJANDRO REBOSSIO Buenos Aires 
Goulart junto al presidente Kennedy. / ARCHIVO DE LA FAMILIA
Cada día hay más pruebas de que la causa de la muerte del expresidente brasileño João Goulart (1961-1964) en 1976 en Argentina no fue un paro cardíaco - como informó entonces la dictadura de Jorge Videla (1976-1981) - sino que fue envenenado en una de las operaciones del Plan Cóndor, programa con el que los regímenes militares de la mayoría de los países sudamericanos cooperaban para eliminar opositores.

El fiscal brasileño Iván Marx presentó una denuncia por el presunto crímen ante el juzgado de la provincia de Corrientes, en el noreste de Argentina, que ya venía investigando desde hace años la muerte de Goulart, popularmente conocido como Jango. Marx también aportó documentos que presuntamente prueban que el exjefe de Estado y otra decena de exiliados brasileños sufrían persecución y seguimiento de los uniformados de su país, así como también de los argentinos y uruguayos.

Un fiscal de Buenos Aires, Miguel Osorio, ha tomado la denuncia y ha decidido impulsar una investigación desde este país, según informó este miércoles la agencia de noticias estatal argentina Télam.

El Gobierno de Goulart se caracterizó por la adopción de políticas de izquierda y por eso fue derrocado por las Fuerzas Armadas en 1964.

La dictadura brasileña se extendió hasta 1985. Jango debió exiliarse primero en Uruguay y en 1973, por invitación del entonces presidente de Argentina, Juan Domingo Perón (1946-1955 y 1973-1974), se marchó hacia este país. En aquel 1973 también cayó la democracia uruguaya. Goulart, que impulsó una masiva reforma agraria pese a los orígenes terratenientes de su familia, contaba con fincas en el Estado de Río Grande do Sul, en el sur brasileño, así como en los países vecinos en los que se refugió. Murió el 6 de diciembre de 1976, ocho meses después del golpe de Estado en Argentina, en su hacienda La Villa, cercana a la pequeña ciudad de Mercedes, en Corrientes.

Precisamente, una juez de esa provincia, Gladis Borda, era la que estaba indagando sobre la muerte de Jango y en 2012 tomó declaración testimonial al nieto del expresidente, Christopher Goulart.

Ahora, el fiscal Osorio ha pedido que la causa sea trasladada a su jurisdicción, al juzgado de Buenos Aires que investiga los delitos del Cóndor, que unió a las dictaduras de Argentina, Brasil, Chile, Perú, Bolivia, Paraguay y Uruguay en los 70 y 80, pese a los recelos que existían entre ellas.

Sucede que las pruebas que Marx aportó apuntan a la hipótesis de que Goulart fue envenenado al ingerir un remedio en un hotel porteño, el Liberty, donde el expresidente se encontraba circunstancialmente alojado.

Además, el militante por los derechos humanos, abogado e historiador brasileño Jair Krischke suministró evidencias de que en mayo de 1976 el Ejército de su país pidió a la Policía Federal de Argentina que siguiera a Goulart. A partir de todo esto, Osorio inició una investigación contra integrantes de la Policía argentina y del Ejército brasileño, aunque en su escrito reconoce que la identidad de los sospechosos es desconocida de momento.

El fiscal porteño además solicitó a la Comisión de la Verdad de Brasil copias certificadas de la documentación presentada por su par brasileño. La Comisión de la Verdad fue creada en 2011 por la presidenta de Brasil, Dilma Rousseff, para que investigara los asesinatos, las torturas y otras violaciones de los derechos humanos en los 21 años de régimen militar del que ella también fue víctima y prisionera. A diferencia de Argentina o Chile, en Brasil rige una amnistía para los criminales de la dictadura.

En enero pasado, los ministros de Relaciones Exteriores de Brasil, Luiz Alberto Figueiredo, y de Argentina, Héctor Timerman, firmaron un pacto para desclasificar e intercambiar archivos sobre las víctimas de las dictaduras que ambos países padecieron. Se creará una comisión técnica bilateral para acometer esa tarea. Los funcionarios dejaron trascender tras aquel acuerdo que de ese intercambio de información podrían surgir datos sobre el deceso de Goulart.

Jango fue homenajeado el año pasado por Rousseff en un acto en el que le devolvió simbólicamente la presidencia. Fue ministro de Trabajo del Gobierno de Getúlio Vargas (1930-1945), caracterizado por una política de intervención del Estado en la economía y de subidas de salarios. Fue vicepresidente de los Gobiernos del desarrollista Juscelino Kubitschek (1956-1961) y del populista Jânio Quadros (1961), que, al ser depuesto por los militares, fue sucedido por el propio Goulart. Primero Jango gobernó Brasil bajo la tutela del Congreso, con presencia conservadora, y de las Fuerzas Armadas, pero en 1963 se liberó de ella y puso en marcha sus reformas, como el aumento del impuesto a la renta, la exigencia de reinversión de beneficios a las multinacionales y un plan de alfabetización. Si bien mantuvo una buena relación con EE UU, en plena Guerra Fría se atrevió a acercarse a la Unión Soviética. Le costó caro. En 1964 fue derrocado por los militares. En su exilio argentino, antes de su muerte, en el Gobierno de Isabel Perón (1974-1976), sufrió un intento de atentando de la fuerza parapolicial Alianza Anticomunista Argentina, la Triple A.
Envío:
Asociacion Ex Presos Politicos Cordoba
sitio web: https://sites.google.com/site/expresospoliticoscordoba/home

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