15.03.2014
Un fragmento de Montoneros silvestres, el libro de Mariano Pacheco
El Sur también existió
Una organización, Montoneros. Una región, el sur bonaerense. Una época, la dictadura. Un nuevo repaso de esos hechos, de los que se extrae el caso de uno de los militantes, Eusebio, y un análisis de los fundamentos de la Contraofensiva.
(Eusebio, I). En diciembre de 1978, Eusebio deja por fin Bolivia. Tras largos meses de espera, llegan los documentos y papeles necesarios para dejar atrás ese país rumbo a México, donde Montoneros había instalado una base de entrenamiento para preparar a las tropas que, en breve, ingresarían a la Argentina para desarrollar la «Contraofensiva Estratégica Carlos Hobert».
Desde el 28 de marzo Eusebio se encontraba en Bolivia, esperando la documentación y las directivas de la Conducción Nacional del Partido Montonero para reincorporarse a la guerra revolucionaria en Argentina. En ese lapso formaron un grupo de exiliados dispuestos a regresar a su patria. Y también, Noelia —su compañera— había quedado embarazada.
Eusebio había arribado al hermano país luego de permanecer cuatro años detenido. Tenía entonces 24 años y llevaba ya una década participando, de una y otra manera, en política. Los primeros pasos en la militancia los había dado en su Tucumán natal, en grupos cristianos que se dedicaban principalmente a desarrollar actividades comunitarias en una villa. Mi primer recuerdo de la política fue cuando el general Juan Carlos Onganía fue a Tucumán, cuando asumió, el 28 de junio de 1966, y fue presentado como una gran esperanza, recuerda Eusebio cuando ya se están por cumplir 30 años ininterrumpidos de democracia en Argentina. Al año siguiente—continúa— se produce el Cordobazo y tiempo después los dos Tucumanazos en los cuales yo ya participo pero, digamos, desde la agitación estudiantil.
Entonces comienzo a dejar la militancia cristiana y me acerco al peronismo. Con un grupo de jóvenes nos empezamos a juntar, leemos Actualización política y doctrinaria para la toma de poder, de Juan Domingo Perón, y vemos la película La hora de los hornos, de Fernando «Pino» Solanas y Octavio Getino.
Como tantos otros jóvenes de la época, también Eusebio terminó incorporándose a la Juventud Peronista. Justo en el momento en el que estaba más entusiasmado con la militancia, a mediados de 1972, le sale una beca en el exterior, gestionada por su padre. Como desde muy chico había estudiado inglés, me sale una beca para ir a Estados Unidos, para cursar un año del colegio allá. Mi idea era cumplir 6 meses y volver para fin de año, pero como era menor de edad tuve que cumplir
las reglas que tenía la beca y quedarme todo un año.
Eusebio regresa a la Argentina, finalmente, a mediados de 1973, justo en el momento de asunción de Héctor Cámpora como Presidente de la Nación. Y ahí arranqué inmediatamente con la militancia barrial, que ya había hecho antes, como parte del bloque 4 de la JP en San Miguel de Tucumán, que era el bloque que ocupaba todo el lado oeste de la ciudad.
Tiempo después, el 11 de noviembre de 1973, le proponen integrarse a Montoneros. Para mí fue todo un orgullo, recuerda Eusebio. Yo me integro a lo que en ese momento se llamaba UBR, que eran las Unidades Básicas de Revolucionarios. Pocos meses después se produce la ruptura entre Montoneros y Perón, el 1º de mayo de 1974, y el 1º de julio Perón fallece. El proceso político se pone bastante complejo en Tucumán, explica Eusebio, a tal punto que, cuando se produce el golpe del 24 de marzo de 1976, la provincia ya contaba con 280 detenidos-desaparecidos por razones políticas. El último acto que hicimos fue el 17 de octubre del 74. Recuerdo que fue un acto prácticamente clandestino y éramos muy poquitos. Inmediatamente después se producen varias caídas de compañeros y a mí me echan de mi casa, y como a mi compañera de entonces también la habían corrido de la suya, nos fuimos a vivir juntos a una pensión.
Eso fue a principios de 1975. Es la época en la que a Eusebio lo ascienden dentro de la organización. El Negro Bustos, un compañero que luego murió, que venía de Córdoba y que entonces era el jefe de la regional o de la columna, no me acuerdo bien, hace la evaluación (sobre la capacidad organizativa, política y militar) de una serie de compañeros, y entre los que promocionaron me encontraba yo. Y ahí me destinan a trabajar en el sur de Tucumán, y al poco tiempo que llego al sur, cerca de donde estaba operando la Compañía de Monte Ramón Rosa Giménez, del ERP, me encuentro con que todo el trabajo político nuestro, centrado en lo territorial y en las fábricas en las que teníamos agrupaciones, prácticamente había desaparecido. Entre fines de enero y principios de febrero de 1975, cuando llego a la zona, desaparecen prácticamente todos los integrantes de lo que se llamaban UBC, las Unidades Básicas de Combatientes, que en ese momento ya habían tomado el nombre de Unidades Básicas de Conducción. Lo concreto es que ese ámbito estaba formado por oficiales, que a su vez tenían a las UBR por debajo, es decir, tenían a cargo a grupos de lo que después se llamaron aspirantes, que a su vez tenían por abajo a milicianos. Como en muchos otros lugares, la «tropa» montonera persiste, pero comienza a quedarse sin conducción.
Al poco tiempo el jefe de Eusebio se queda también sin casa y se va a vivir con él y su compañera, Noelia, a la pensión. Como no encontraba otro lugar donde guardar las cosas de la organización, las llevó junto a él. Era una situación de mucha precariedad.
Allí lo detienen a Eusebio, el 19 de marzo de 1975. Inmediatamente le abren una causa judicial por «tenencia de explosivos», y queda a disposición del Poder Ejecutivo Nacional, hasta el 19 de marzo de 1978, fecha en que recupera la libertad. Yo estuve 2 años en Tucumán. El 14 de marzo de 1977 me trasladan a Sierra Chica, hasta el 21 de septiembre, y ahí me mandan a La Plata, de donde fui liberado.
También a Noelia, que en ese momento se encontraba en la pensión, se la llevaron presa. Y durante tres años permaneció detenida. Oficialmente Eusebio fue condenado a 9 años de prisión, por tenencia de explosivos. Era una barbaridad, porque yo tenía 20 años y no tenía antecedentes.Eusebio intentó hacer algo, pero su primer abogado le duró 24 horas: al tipo le tirotearon la casa y renunció. Después asumió su defensa Gerardo Pisarelo, un abogado radical que defendía a varios presos políticos de Tucumán, más allá de su pertenencia partidaria. Pero a Pisarelo lo terminan secuestrando al poco tiempo. Finalmente, su tercer abogado presentó un escrito y logró que el Poder Judicial hiciera lugar a su reclamo y le bajaron la condena, de 9 a 3 años de prisión. Como de los compañeros que habíamos caído presos yo era el que tenía grado más alto, de alguna manera era el que al principio los organizaba. Intentábamos hacer gimnasia, leíamos, funcionábamos políticamente, digamos. Pero esa dinámica duró poco. A las pocas semanas las condiciones carcelarias comenzaron a endurecerse cada día más, hasta llegar al 24 de marzo de 1976.
Cuando se produce el golpe de Estado, recuerda Eusebio, las condiciones en la cárcel se tornaron insoportables: les quitaron los recreos y todos los medios de distracción posibles.
A tal punto que nos pusieron en una especie de calabozo de castigo, con todo cerrado: no teníamos recreos, ni ropa, ni cama, ni colchones. Nada de nada… como un perro desnudo y tirado en el suelo estábamos. No había baño, así que hacíamos nuestras necesidades en bidones, pero a veces el bidón se llenaba, y no te lo sacaban en todo el día para vaciarlo. Tenías que hacer tus necesidades en el plato y después cuando venía la comida ir y limpiar y recibir la comida ahí, porque si llegabas a hacer tus necesidades en el piso, te mataban. Encima nos tiraban agua por debajo, y no te dejaban dormir.
Era una situación pavorosa. Había unos cuantos agujeritos hechos en la ventana, por donde entraban unos restitos de luz, y después luz artificial, pero si se quemaba el foco te dejaban una semana sin cambiarlo y apenas te enterabas de lo que pasaba afuera, si era de día o de noche, porque no tenías ningún tipo de luz natural y las ventanas permanecían cerradas, blindadas. Las golpizas eran permanentes. Nos pegaban en la cara, cosa que para nosotros era una mala señal.
Porque eso significaba que no íbamos a ser mostrados. En la jerga carcelaria si te pegan en la cara es porque no va a venir tu familia a verte, ni nadie. Y así fue: desde el 3 de mayo de 1976 hasta el 24 de marzo del año siguiente no tuvimos visitas. Después nos hacían mojar con agua helada, enjabonar sin enjuagar y nos metían perros en la celda para que nos mordieran. Era su diversión macabra… Hubo compañeros que no lo resistieron. Eso generó un deterioro muy grande, en su salud física y psíquica. Algunos comenzaron a volverse locos. Eso era lo más difícil de soportar. Buscaban la manera de aniquilarte. Así estuvimos en la cárcel de Tucumán durante más de un año.
Después de ese «infierno», Eusebio recibió la orden de traslado. En lo primero que pensó fue en que lo iban a matar, como a esos otros dos compañeros suyos que sacaron para llevarlos a otra cárcel y nunca más nadie los había vuelto a ver.
En La Plata estuvo primero en el pabellón 16 B, en la celda Nº 790. Por eso, cuando a Eusebio se le cumplieron los tres años de prisión, y lo sacaron de la órbita del Poder Ejecutivo Nacional para dejarlo «bajo pena», más que alegrarse comenzó a preocuparse enormemente. Porque estar bajo pena significaba que al cumplir la condena se podía ir, pero eso bien podía ser una trampa mortal. Así había sucedido con Dardo Cabo. Le anunciaron que lo trasladaban y lo mataron. Por eso mi familia se movió hasta llegar al Juez Federal de La Plata, y de alguna manera garantizaron mi salida en libertad.
Los últimos dos meses en la cárcel Eusebio los pasó en el pabellón número uno, cuyo responsable político era Osvaldo Cambiasso. Comenta que allí también estaban Villanueva, El Barba y El Lobito.
Antes de irme «El Viejo» Cambiasso me ordena que de ninguna manera me quedara en el país, y mucho menos en Tucumán. Salí el 19 de marzo, a las doce de la noche. Recuerdo la impresión que me provocó ver así a La Plata: era una ciudad tomada por los militares
LOS FUNDAMENTOS DE LA CONTRAOFENSIVA.
Tras la reunión del Consejo Nacional realizada en octubre de 1978, el Partido Montonero decide avanzar en la planificación de la Contraofensiva, considerando que la estrategia «basada en la Resistencia Sindical y Popular, apoyada en la Resistencia Armada, triunfó definitivamente sobre la estrategia enemiga». Así quedó plasmado en el Boletín Interno Nº 8, donde se publicó la «Orden General de Campaña de Lanzamiento de la Contraofensiva Popular». Son tres, por lo menos, los factores que la Conducción Nacional tiene en cuenta para fundamentar la necesidad de llevar adelante la maniobra estratégica.
En primer lugar, el fracaso de la estrategia enemiga de «aniquilamiento de la subversión», que preveía la destrucción de sus fuerzas centralizadas hacia fines de 1976 y, durante el año siguiente, «perseguir y aniquilar» los «núcleos residuales dispersos». «Esta estrategia la hicimos fracasar porque nuestra fuerza tuvo el suficiente heroísmo en su capacidad de combate y la suficiente capacidad de maniobra estratégica como para evitar el aniquilamiento y mantener la resistencia hasta lograr que se fuera masificando la resistencia obrera, en forma paulatina y creciente, hasta transformarse en fuerza con capacidad de contraofensiva», se afirma en el Boletín Nº 9, donde también se sostiene: «Luego de dos años de salvaje ofensiva de cerco y aniquilamiento el enemigo no había logrado destruir nuestra capacidad centralizada de conducción, no tenía armas con qué combatir nuestras propuestas políticas, que poco a poco han ido asumiendo todas las fuerzas políticas y gremiales del país, no pudo destruir nuestra capacidad de producción logística ni tenía políticas definidas para responder al desprestigio internacional que le producíamos con nuestra vigorosa acción política en el espacio exterior». También la Junta había fracasado —argumentan—, una vez decidida la maniobra de Contraofensiva, en su intento por «aniquilar el centro de gravedad» del proyecto revolucionario argentino (asesinato en el exterior de los integrantes de la CN del PM) durante fines de 1978 y principios de 1979.
El segundo factor que la CN tiene en cuenta para lanzar la Contraofensiva es el vuelco a las calles del pueblo argentino, con motivo del Mundial de Fútbol, a mediados de 1978. «En un doble movimiento de consolidar la posición y desviar a las masas del eje principal de lucha fue que desarrollaron la campaña para el Mundial de Fútbol 1978. Sin embargo también aquí nuestra campaña de Ofensiva Táctica Integral hizo fracasar las pretensiones de la dictadura: aumentamos enormemente la denuncia internacional contra la dictadura sin boicotear el torneo, demostramos ante el mundo que la propaganda sobre nuestro aniquilamiento era falsa y, fundamentalmente, las masas lograron ganar las calles, imponiendo su poder incontenible de fuerza movilizada, luego de tres años de terror…»
La tendencia a unificar al peronismo a través de la clase obrera, representada en el PM, su partido de vanguardia, es el tercer elemento que se tuvo en cuenta a la hora de evaluar la posibilidad de lanzar la Contraofensiva. «El rol de vanguardia que venimos construyendo desde hace ya 11 años y que ejercimos indiscutiblemente durante estos 3 años de resistencia, lo consolidaremos definitivamente con el lanzamiento primero y la profundización después de la Contraofensiva Popular», sentencia el Boletín Interno.
Estos elementos se profundizan una vez decidida la campaña, con el fracaso de la maniobra «diversionista» de la Junta, que intentó llevar adelante una guerra con Chile por el Canal de Beagle, y su retorno al «frente interno» luego de un profundo desgaste provocado por el cambio brusco de maniobras. «Al reconvertir nuevamente su frente principal hacia el frente interno, al cúmulo de fracasos que va coleccionando deben agregarle que se encuentran con una Contraofensiva Popular ya en marcha», organizada precisamente en sus momentos de «distracción» del frente interno, cuando destinaron su atención principal a organizar los recursos y movilizar las tropas en función de una hipótesis de conflicto externo, se argumenta.
La intensificación de la lucha obrera, que logró de hecho conquistar márgenes de semilegalidad sindical más allá de las formalidades, con un pico atípico de huelgas en los dos primeros meses de 1979, es otro de los factores que fortalecen la decisión tomada. Es más, estos últimos acontecimientos —las huelgas obreras, «que demostraban un cambio de calidad de la lucha sindical», por su «tendencia hacia la coordinación entre sí» y las «formas de enfrentamiento superiores» que asumían— llevaron a la CN a plantearse la necesidad de adelantar la fase dos (de aproximación al territorio) de la Contraofensiva, al menos con una parcialidad de la fuerza, mientras el resto continuaba con la finalización de la fase uno (de concentración en el exterior del país). Es que en la mayoría de los casos los huelguistas habían amenazado con tomar los lugares de trabajo o salir a las calles, y habían conquistado por lo menos un 50% (cuando no más) de las reivindicaciones planteadas.
De alguna manera, el hecho de que se vislumbrara una posibilidad de apertura política, basada en el accionar de los trabajadores de las grandes fábricas del Gran Buenos Aires (sobre todo las de la Zona Norte), lograba entusiasmar, más allá de las acciones puntuales, por la historia reciente de Argentina: el 17 de octubre de 1945, y el Rodrigazo a mediados de 1975, fortalecían un imaginario insurreccionalista protagonizado por la clase obrera.
La posibilidad de que Montoneros pudiera brindar una disputa —respecto del proyecto de país— con el Proceso de Reorganización Nacional fue otro de los elementos que se pusieron en juego a la hora de decidir avanzar con los planes de la Contraofensiva. Sostiene la Conducción Nacional en el ya citado Boletín Interno Nº 9 que, como «la conciencia política, la experiencia de lucha y el grado de organización de la clase obrera argentina no permite estabilizar políticamente los regímenes pro imperialistas», el proyecto de Martínez de Hoz, sostenido por las armas de la dictadura, se vio obligado, directamente, a «desmantelar el aparato industrial argentino» y a «desmantelar el aparato económico de propiedad estatal, que el país ha heredado y desarrollado desde la década peronista)». Por eso, dicen, la mayor debilidad del programa económico de la dictadura es de carácter político, ya que los sectores perjudicados (empezando por la clase trabajadora) «tienen conciencia de que quieren ser eliminados y tienen capacidad de resistencia frente a los ataques de la política económica».
Lo que apunta la CN de Montoneros es que si «los trabajadores y el pueblo mantuvieran ilimitadamente la resistencia contra la política económica sin pasar a la contraofensiva para destruirla, a la larga ésta beneficiaría al “gradualismo” de Martínez de Hoz, ya que la debilidad política de su proyecto se vería disimulada por la inexistencia de una fuerza con poder y decisión política suficiente capaz de voltearlo». Y luego agregan: «Si la resistencia no sobrepasara nunca su condición de simple resistencia, lo único que lograría es retrasar en el tiempo el cumplimiento de los objetivos de Martínez de Hoz». Y por último, rematan: «La única forma de impedir su logro es que la resistencia masificada adopte el movimiento de contraofensiva con la fuerza suficiente como para acabar con el proyecto y no sólo retardarlo».
Por otra parte, se sostiene que en el peronismo hay una serie de elementos a tener en cuenta: unidad en la base, vacío de conducción y radicalización del conjunto de sus sectores ante la violenta represión que las FF.AA. han sostenido durante tres años, de forma consecutiva. Esa situación, asegura la CN, aumenta el espacio de Montoneros dentro del peronismo.(...)
Desde la militancia
"Es mi cuarto libro. Aunque debería haber sido el primero. Entre la primera línea escrita y su publicación medían 12 años. La demora tiene una explicación. Podría decir que durante todo este tiempo me dediqué a tratar de aprender a escribir para poder hacer este libro. Pero sería un poco injusto con mis textos anteriores, y con mi recorrido biográfico. Cuando inicié esta travesía, durante el segundo semestre de 2002, era un joven de 21 años, militante de los (denominados) movimientos sociales. El golpe que implicó el asesinato de mi amigo y compañero de militancia Darío Santillán (junto a Maximiliano Kosteki, aquel sombrío y frío miércoles 26 de junio de 2002) me llevaron a revisitar las historias de resistencia a la última dictadura que, durante mis primeros pasos en la militancia -a mediados de la década del 90-, había escuchado por primera vez de compañeros más grandes, que habían sido protagonistas de aquellas luchas". El prólogo del propio Mariano Pacheco resume la dirección que tuvo el trabajo de este joven escritor y peridiodista de 32 años que nació en Quilmes, estudió en la UBA y ahora reside en Dique Chico, Córdoba. Es coautor de "Darío Santillán, el militante que puso el cuerpo", y viene de escribir recientemente "Kamchatka. Nietzsche, Freud, Arlt: ensayos sobre política y cultura de Mariano Pacheco".
Fuente: TiempoArgentino
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