12 de julio de 2015

LAS FOTOS QUE VICTOR BASTERRA SACO DE LA ESMA, PRUEBAS EN EL MEGAJUICIO CONTRA LOS REPRESORES DE ESE CENTRO CLANDESTINO

LAS FOTOS QUE VICTOR BASTERRA SACO DE LA ESMA, PRUEBAS EN EL MEGAJUICIO CONTRA LOS REPRESORES DE ESE CENTRO CLANDESTINO
Memoria de los sobrevivientes
Esta semana el juicio entró en etapa de alegatos y los fiscales proyectaron algunas de esas fotos en la sala. Basterra cuenta la historia detrás de esas fotos y detalla el trabajo de documentación que hizo a partir de ellas.
Por Alejandra Dandan

Algunos de los represores retratados por Víctor Basterra en la ESMA, entre ellos Alfredo Astiz, con un detalle de su papel dentro del aparato represivo.
Víctor Basterra todavía continuaba secuestrado en la Escuela de Mecánica de la Armada, pero esa noche salió, bajo el sistema de salidas vigiladas de los represores de la Armada. Eran los últimos meses del régimen. Basterra se sentó en la casa de una compañera. Repensó escenas de los últimos tiempos. Empezó a organizarlas de alguna manera sin saber que iniciaba un trabajo de casi cuarenta años. “Hay todo un primer desarrollo que se produce mientras yo seguía adentro”, dice. “Yo comienzo a sistematizar. Nunca había escrito nada. Todo estaba acá, en la cabeza, pero yo sabía que eso también se podía perder. Ese día en la casa de esa compañera, que está viva, me quedé toda la noche con un libro: La Dieta Scardale. Empecé a pasar hoja por hoja, y a pinchar en las letras los nombres de los marinos según sus grados. Una escala jerárquica que yo tenía en mi cabeza.”
–¿Por ejemplo, de quiénes?
–Horacio Pedro Estrada era uno de los capos. Entonces, buscaba, por ejemplo, en una oración que decía: “Se tiene que tomar sopa de arvejas...”. En la “e” dibujaba un par de pinchitos; después en la “s” y en la “t” de la dieta. O sea, que si alguien abría el libro completo aparecía una larga lista de nombres que yo tenía en mi cabeza. Afortunadamente los iba volcando en un lugar, pero tampoco los olvidaba. Después todo eso sirvió como ayuda memoria pero en ese momento mi cabeza estaba fresca.
Basterra permaneció secuestrado desde el 10 de agosto de 1979 al 3 de diciembre de 1983 en la ESMA y con controles hasta julio de 1984. Luego de los primeros meses de tabique en Capucha, hizo trabajo forzado en la imprenta montada por los marinos. Había sido obrero gráfico y eso le permitió una sobrevida que nunca sabía cuándo podía acabar. Mientras estuvo en la ESMA, puso en riesgo su vida para empezar a sacar –primero en sus calzoncillos–, los negativos de los detenidos desaparecidos tomadas por la Armada y copias de fotos de los represores, que casi cuatro décadas después son parte de las pruebas del megajuicio ESMA Unificado.
Esta semana el juicio entró en etapa de alegatos. Los fiscales proyectaron algunas de esas fotos en la sala. Las imágenes simbolizan el trabajo de reconstrucción y memoria de los sobrevivientes. Esa tarea individual y a la vez colectiva también apareció proyectada en la sala con la reproducción de los primeros listados de víctimas y de represores escritos por los sobrevivientes. Allí estaban las listas más conocidas. La primera denuncia pública que molestó a los represores presentada por tres mujeres, Alicia Milia de Pirles, Sara Solarz de Osatinsky y Ana María Martí ante la Asamblea Nacional de Francia en 1979. O textos manuscritos como el de Cachito Fukman. Los listados contenían nombres propios o apodos que, como dijo la fiscalía, permitieron con el tiempo “completar, comparar y entrecruzar datos”.
Basterra abre la puerta del café del Centro Cultural Borges. Llega de La Plata convocado a una de las salas para dar una charla a estudiantes norteamericanos. El Juicio a las Juntas estuvo lindo, va a decir enseguida. Jorge Luis Borges escribió la crónica de su declaración. Basterra sigue conmovido. Dijo en el diario La Nación que el juicio había sido uno antes y otro después de Basterra.
–¿Qué pasó entonces con la dieta Scardale?
–Quedó ahí. Si a mí me pasaba algo, esa compañera lo podía presentar en la Justicia. Por supuesto que la compañera ¡lo perdió! –dice y ríe–. Estratégicamente ella me decía: “Yo voy a tratar de olvidarme de todo”. Y yo le decía: “Ana, no seas pelotuda. ¡Mirate las piernas, mirate los tobillos! Ves que todavía tenés marcas de los grilletes y de las ligaduras”.
–¿Cuándo fue el segundo intento de organizar recuerdos?
–Yo empiezo a las escondidas, siempre obsesivamente, a recordar los nombres. Conozco a un flaco, arquitecto. Le cuento la historia. La compañera era compañera de laburo de Laura Seoane (su mujer). Nos hicimos muy amigos, Jorge Gerber, gran tipo, había sido activista y militante del MAS. Ahora está muerto. Con él empezamos a armar el primer listado que yo iba a presentar en la Conadep en marzo de 1984, en el lapso que estaba libre pero con controles. Cada diez días venía un tipo (Jorge Manuel Díaz), Smith o algún otro a controlar, a ver qué carajo hacía. Yo quería presentar esto en la Conadep, y en la Conadep todavía están las hojas que escribí.
–¿Cómo organizaron esa información? ¿Servía que él fuera arquitecto?
–Lo hacíamos en hojas cuadriculadas: la foto arriba, el nombre, el sosías y el nombre de guerra, que son cosas distintas. El nombre real por ejemplo, era Oscar Rubén Lanzón (jefe de Inteligencia del GT entre 1980 y 1981). El nombre de guerra, Horacio Gurati. Y sosías, en ese caso no tenía. El sosías era el nombre falso que usaban en los documentos. “Fafá”, por ejemplo, era un nombre de guerra. El sosías era Roberto Mario Erhardt. Y el nombre real, Claudio Pittana. Y, además, había un desarrollo de las cosas que yo más o menos les había visto hacer o sabía. Así organizamos cada hoja.
Basterra rescató sobre todo dos tipos de fotografías. Negativos de los detenidos desaparecidos. Fotos hechas por los marinos durante la tortura. Una serie del período previo al que estuvo él, de 1977, y otra en la que estaban él y sus compañeros tomada a los veinte días de llegar a la ESMA. Documentos visuales que son los únicos que existen de los desaparecidos. Y otra serie de imágenes que no son negativos, sino copias en papel de los represores de la ESMA. Fotografías tomadas por él, que permitieron tempranamente ponerles cara a los represores. Entre ellas está, por ejemplo, la foto del marino Alfredo Astiz. Víctor le sacó la foto en 1982. El Angel de la Muerte aparece con la cara demacrada. Dice Víctor que volvía de la guerra de Malvinas donde había estado detenido por los ingleses. Bien miradas, entonces, esas no son fotos todas iguales. El hacía cuatro fotos para ellos, y se quedaba con una quinta.
“Los marinos se hacían cuatro fotos para un juego de documentos básico –dice–, DNI, cédula de identidad, registro de conductor y credencial de policía. Todos con nombres falsos. Las dos primeras fotos eran de frente y las otras dos, de tres cuartos perfil derecho. Yo, como fotógrafo, lo tengo que saber. Entonces, yo hacía una quinta foto. Sencillo: es la que escondí.” Los documentos formaban parte de los que usaba el Grupo de Tareas para moverse. Cuando hacían un procedimiento en la calle, paraban un coche y mostraban la credencial amarilla de la Policía. “‘¡Córranse!’, le decían a la gente –cuenta Víctor–, y en esa época nadie decía nada. Subían al coche y se iban a la mierda. Te afanaban el coche. Y así obtenían los coches para los operativos.”
Los documentos se hacían a nombre del sosías que, en general, dice Basterra, lo tomaban de un nombre real. “Si vos viajabas a Uruguay, los registros de Buquebus iban a Prefectura o Policía Federal. Y luego eso iba a la ESMA. Entonces se hacía un documento en función de la edad del tipo real. Y el tipo funcionaba con el documento de una persona viva.”

Un Monje negro
Basterra dice que sus fotos son como el comienzo de una historia, sobre la que continuará escribiéndose años más tarde. Una de sus fotos muestra a un hombre de frente, un muchacho, camisa blanca, corbata. Víctor escribió unas pocas líneas:
“Ramón Antonio Monje. Cabo ARA, nombre de guerra: Carlitos (Foto 1983)” Según dichos, fue asistente del capitán Acosta en 1978. Apareció nuevamente en 1982, con desequilibrios mentales muy evidentes: intentó suicidarse estando en el pabellón COY, pegándose un tiro en el pecho con la pistola del capitán Peyón.

A través de la desclasificación y análisis de archivos del Ministerio de Defensa, hoy se sabe algo más de esa historia. “¿Señores jueces ustedes saben quién era en realidad Monje?”, preguntó la fiscal Mercedes Soiza Reilly el lunes pasado a la sala.

Monje había sido uno de los estudiantes de la Escuela de Mecánica que ocupaba el predio de la ESMA. Por sus buenas calificaciones, en 1978 quedó en el Grupo de Tareas 3.3.2: el director de la ESMA, Rubén Jacinto Chamorro, premiaba con ese “ascenso” a los estudiantes con promedio igual o mayor a siete. Monje era señalero, pero comenzó a destacarse a poco de entrar. Entre el 13 de febrero y el 15 de noviembre de 1978 estuvo en la UT y a fin de año, Néstor Savio, el Tigre Acosta y Jorge Vildoza lo calificaron con un “sobresaliente”. Savio dijo: “Condiciones personales y profesionales no comunes para su grado, jerarquía y edad. Considero que se trata de uno de los casos excepcionales dentro de la institución”. Acosta le dedicó un infrecuente párrafo especial. Monje le resultaba “sumamente discreto y callado. Es un ejemplo como cabo segundo ante todo lo que sea cumplir órdenes con total dedicación y criterio. Debe ser tenido en cuenta para formar el escalafón inteligencia. Muy inteligente, sabe adaptarse a cada una de las circunstancias con un tacto totalmente inusual para su edad. Ha superado problemas que le son derivadas de su propia familia”.

Más tarde, pasó a Sudáfrica con Acosta. Volvió. En 1982, lo internaron en el pabellón psiquiátrico de Río Santiago con cuadros de delirios. Permaneció ahí hasta que Ricardo Cavallo se lo llevó sin tener siquiera el alta médica. Y es ahí cuando, aparentemente, Basterra vuelve a verlo en la ESMA. Un año más tarde, volvieron a internarlo y en 1983 la Armada lo desvinculó con la baja y lo indemnizó. Hoy se sabe que estuvo medicado durante los años siguientes y que debería estar en juicio pero está exceptuado por un cuadro de salud.

“La noche esa me pegué un cagazo bárbaro”, dice Basterra. “Yo estaba dormido. Dormía en el COY, el pabellón ubicado frente a la Enfermería donde se había trasladado el Grupo de Tareas para la época. De pronto siento un tiro. ¡Ton! Gente que corre. Abro la puerta. ¿Qué pasó? Corrían todos. ‘¡Se pegó un tiro Carlitos!’, me dice uno. Pero se pegó mal el tiro, porque quedó herido. Y cuando lo van a auxiliar decía: ‘¡Fue el otro, fue el otro!’. El pibe tenía un proceso esquizofrénico. Y yo pensaba: a ver si estos hijos de puta piensan que el otro soy yo.”

Vía Conadep
–¿Como siguió el camino de los negativos y las copias?
–Bien, eso se presentó en la Conadep con la condición de que no se dé a conocer, sino que sirva como archivo para el futuro. Ellos me pagaron el pasaje a Neuquén para llevar a mi familia. Me acuerdo de mi hija menor, Soledad, que tenía 4 años y decía: ¿Cuándo adanca (sic) este colectivo? y en realidad íbamos a diez mil metros de altura. Yo viajé para tenerlas lejos a ellas. Cosa que me di cuenta que fue importante tiempo después. En el mientras tanto, me contacto con el CELS y empezamos a organizar la información de otra forma, más ordenada y sistemática. Cada foto estaba en una hoja oficio. Luego venía el desarrollo.

Con esa información Basterra hizo una presentación judicial en agosto de 1984 en el Juzgado de Instrucción 30, a cargo de Juan Cardinali. El CELS hizo una síntesis del material en un informe de difusión. Salió una primera versión y luego una segunda edición con breve presentación del estado judicial del Informe con la firma de Emilio Mignone, hoy conocido como Informe Basterra. “Si vos mirás el Informe, vas a ver que las historias están muy achicadas pero con cosas muy puntuales, porque fueron una síntesis de lo que se escribió. El librito o Informe agarra una parte de las fotos. El todo es mucho más grande.

Eso quedó en el CELS completo y en la Conadep. Y luego está el original que se entregó por primera vez en el Juzgado 30, del doctor Cardinali, Secretaría de Adrián César Giménez. Eso fue a las 10 de la mañana. Y a las 12 hice una conferencia de prensa. El único medio que aportó fue La Voz. Que agotó sus ediciones en un rato porque había mucha hambre de conocimiento de estas cosas. Cuando di la conferencia de prensa allanaron la casa donde yo había estado viviendo en José C. Paz. ¡Pobre Tano! Lo fui a ver al Tano ese: le rompieron toda la casa.”

–¿Estaba con miedo?
–No, cuando salgo, salgo. Ya está.

–¿Por qué organizan la información tal como quedó?
–La foto sola no dice nada. Tenés que tener información. Si no la conocés, no sabés quién es. Te hago una breve descripción, y con eso más o menos tenés una idea. Si hay un testimonio y otro y otro, eso se va agrandando como el inicio de una historia.

–Una historia que, como la de Monje, se termina 40 años después.
–¡Qué te parece! Un día vino un compañero, Marcelo. Le había dado la dirección en la que yo vivía, ahí en José C. Paz a dos madres. Para que me entrevisten. Era principios de 1983. Y viene Adela Gard de Antokoletz y otra más. Entonces estaban conmocionadas. Porque veían todo eso. Yo contaba, y ellas eran las madres. Gente sufriente. Las movía el dolor y la esperanza. Y bueno, fui lo más llano con ellas y en un momento me dijeron si quería, me ofrecían sacarme del país. Yo les dije: “No. ¡Tengo que terminar el laburo!”. Y claro: me quedaban un montón de cosas adentro. ¿Cómo hacía para sacarlas si me iba? No me quise ir del país porque si no, no se terminaba la cosa. Si no estos 20 o 30 que están siendo juzgados por las fotos que se aportaron en su momento, no hubieran estado. Nadie los hubiese conocido.


Las fotos de los desaparecidos
¿Y las fotos de tus compañeros?
–Eso fue horrible porque como intervino la Justicia militar en esos años, todos los negativos que había podido sacar se los quedaron ellos. Esa fue una odisea para mí. ¡Ahí sí corté clavos en serio! Robé una llave de Inteligencia.

–¿Por qué una odisea?
–Hay unas fotos que son en colores. Que se ve la huevera. La trituradora de papeles. Primero, yo lo saqué en rollo color. Habían comprado un flash nuevo. Un día empiezo a sacar y cuando apreto la última foto siento: “¡La puta que te parió! ¿Qué estás haciendo ahí?”. Y le digo que estoy probando el flash al mismo tipo con el que habíamos ido a comprarlo. Pero la cámara además tenía rollo. A ese tipo sí que lo volví loco. Se creía que era un piola bárbaro. Un oficial de Prefectura. Díaz Smith. Yo agarraba, veía un escrito de él, lo sacaba y lo guardaba. El tipo venía y miraba. “¡La concha de la vaca!” “¿Qué pasa Luis?”, decía yo. “¡¡Había un escrito acá!! ¿Dónde está!!” “¿Es este?”, le decía yo. “Ah, sí”, respiraba. Un día se olvidó una pistola. La escondí y la metí en un cajón. Se volvió como loco. Yo veía que abría, cerraba. Iba y venía. “¿Qué pasa Luis?” “¡Me olvidé la pistola! ¡La concha de su padre!” Era una Colt cuarenta. “Tomá”, le digo yo. Eso era como una especie de empezar con la complicidad. Y el tipo entró. Era un torturador de remil... Un día, en pedo, me dice: “Pensar que yo un día en Zárate agarré la ametralladora y maté a cuarenta perros”. Al principio digo: “¿Mató a perros?”. Y ahí entendí, la concha de su padre.

–Iba contando sobre las fotos del Sector 4.
–Bueno, yo saco esas fotos. Entró en Inteligencia. Me voy al laboratorio. Pongo una mesa de reproducción, pongo la máquina, una tripa y empiezo a pasar. Trac, trac, tres rollos. ¡Tres rollos! Guardo todo. Lo escondo. Entro de nuevo en Inteligencia. Guardo todo como estaba. Salgo y siento una puerta. ¡La concha de su padre! Entonces, me metí en el laboratorio y me puse a esperar. Observo. Vamos a esperar. Media hora. Una hora. Se hicieron las cinco de la mañana. Salgo. Voy por el pasillo. Nada. Veo la puerta que yo había dejado cerrada, abierta. Y pum, se golpeó. ¡Era una noche de tormenta! Era eso. Son esas noches de relámpagos sucesivos. Entonces aproveché para sacar los interiores de Inteligencia. Que son las fotos que están en blanco y negro.

–¿Son las fotos famosas con la pizarra en las que están los dibujos de los operativos de secuestros?
–Sí. Hay unas fotos que se ven muy mal porque las revelé una noche de invierno en la casa de mi cuñado. Tenía un laboratorio muy precario. Y hacía frío. Y llevaba mucho tiempo. Y si lleva mucho tiempo, también se abre mucho el grano. Pero además le di más tiempo del habitual, pero hacía mucho frío y pasó que quedó un poco transparente. Fue dificultoso hacer la copia, pero igual se hizo.

–¿Qué pasó con esas fotos?
–El juzgado pasó todo a la Justicia militar y ahí se perdieron los negativos. Eso es lo que más vena me da. La Justicia civil debería ver qué pasó con esas cosas.

–¿Las fotos de los desaparecidos que sacó?
–Las saqué porque en realidad me vi a mí mismo. Unos veinte días después de caer nos bajaron y nos sacaron las fotos a cada uno de los compañeros. En una tira de fotogramas que había en una bolsa, un pedazo de película lo vi, y ahí meto la mano, entonces recojo un rollito que agarré. Y lo guardo. Ahí está (Alberto Eliseo) Donadío, Sosa de Uruguay y una compañera Elsa. Esas son del ’77 porque son coetáneos de Donadío, este pibe que era el primo del Topo Sáenz.

–Entonces, hay unas de 1977 y otras de 1979.
–Exacto.



Los nombres
¿Las listas, los nombres, cómo empezó?
–No se hizo todo en un día, pero tampoco terminó. Eso estaba en mi cabeza. Los volqué con Jorge Gerber. Después de terminar la lista de los represores. Anoté todo lo que había visto. Es más, si vos mirás, dice compañeros que no están. Que fueron vistos. Nina, Adriana, compañeras que no fueron parte de mi generación de cautiverio pero los vi un día. También, los compañeros que estuvieron cautivos conmigo. Los que aparecían eventualmente. Los desaparecidos compañeros. Los iba anotando en algún papel. Y lo más lindo es que con algunos que me reunía después, no querían que los ponga en el listado por eso aparecen con sobrenombres. No querían al principio. Los otros están porque estaban afuera.
Fuente:Pagina12

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