16 de diciembre de 2015

OPINIÓN.

Mauricio Macri y América Latina 
Espejo de domingo
Carlos Villalba 
13/12/2015 

Son olas, flujo que empuja hacia adentro, marea que saca. Miles y más miles de personas en la experiencia impactante de recorrer un símbolo, un monumento, un pedazo de historia y, hace siete días, una raya en el instante exacto que separa dos momentos del presente, el que termina y el que arranca. Es el Centro Cultural Kirchner un domingo en plena tarde de primavera porteña, en realidad, en el último domingo en que ostentará su nombre bajo el gobierno de quienes concibieron este gigante de acceso gratuito a sus 42 salas, su mirador y su salón de exposiciones, colgante y vidriado.

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Empezó a subir las escaleras con un nudo en la garganta, con resaca de tiempo concluido. Trepó los 18 escalones de la entrada principal en medio de gente, turistas de diferentes idiomas, argentinos de colores diferentes. ¿Estarían también ellos despidiendo algo…? ¿Serían apenas pasajeros de un fin de semana largo y aprovechando que no se cobra un peso por mirar lugares, arte, ingeniería, recuerdos…? Pasan por los lugares ya míticos a pesar de su corta existencia, como “La Ballena Azul” o la “Gran Lámpara”. A él le cambia la jornada el despacho central de aquel Correo construido por quienes se sentían dueños del país, en un país que pisaba fuerte en el mundo a paso de vaca y del trigo de sus estancias. En 1946, en esa oficina gigantesca, se instaló Eva Perón para atender los asuntos de la Fundación que aceleraba los tiempos de un proceso de redistribución de la riqueza que acababa de comenzar de la mano de su marido general y presidente.

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La mirada recorría el espacio, sidra y pan dulce; juguetes, desde autitos a pedal hasta loterías y muñecas, cartas, el saquito con el que Evita completaba sus trajes sastre, bicicletas, cartas y cartas y cartas, además de audios que hacían recordar las provocaciones de las damas del poder que no toleraban a aquella santa de los pobres. La cabeza del visitante iba de aquel momento al presente. Casi en desvarío se le juntaban conceptos como grieta, clientelismo, populismo…, todos usados con desprecio, maldad, mala fe, para atribuirles malas intenciones a los únicos gobiernos decididos a armar herramientas para distribuir de otra manera la riqueza que producen todos, y no solo los dueños de las máquinas de enriquecerse.

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Más de 40 salones tiene el CCK, además de los emblemáticos, en los que ya tocaron la Argerich o Fito Páez, los Jaivas, León Gieco o las orquestas infanto juveniles… En uno de ellos, el guía, joven, licenciado en Historia del Arte, cuenta a su grupo una angustia parecida a la del visitante que acompaña este relato. No sabe qué pasará a partir del jueves próximo, que para el lector es el jueves pasado. ¿Tendrá trabajo, lo perderá? Con prudencia agrega algo que trasciende lo personal, ¿seguirá siendo gratis? Desde la tercera fila el observador completa con la duda punzante sobre si tercerizarán el proceso y comercializarán las actuaciones. Ajena a la historia, los intereses y las intenciones profundas de un proceso disfrazado de azúcares, la señora de la segunda fila, de hombros anchos y vestido multicolor, buena, casi una tía, le dice que se quede tranquilo, que los que vienen “son gentiles”. La dama quiso convencerlo de que son gente “amable”, una muchachada macanuda, diría el barrio. Fila Tres recordó que, en realidad, gentiles en pleno mundo monárquico eran los poseedores de títulos entregados por el Rey y, entre los judíos, las personas que profesan otra religión. Y sí, sentenció para adentro, quienes están desembarcando sobre el Estado son ajenos a la comunidad de a pie y poseen los títulos, transformados en acciones, que entregan los grupos económicos más duros del país.

Con honestidad indiscutible, unos y otros, los del nudo en la garganta y los que, se les veía, se les notaba, llegaron hasta el Centro con esperanza confiada y honesta en “lo nuevo” y el “cambio”, expresaron que esa maravilla era del pueblo, de los argentinos y que todos iban a defenderlo, junto con el trabajo del pibe que los conmovía. Una maravilla de respuesta, si se concretase ese ataque a las conquistas logradas, como a cualquiera de las otras realidades que mejoraron la vida de los argentinos en los últimos 12 años.

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El atardecer es hermoso en la zona. El río se infiltra entre los galpones de ladrillo a la vista construidos por los ingleses, los negocios de comida y tragos en que fueron convertidas sus plantas a nivel y debajo de esas torres de Nueva York que permitió el desquicio urbanístico de los negocios. Están las dos embarcaciones que antecedieron a la fragata Libertad, los yates de los millonarios y hasta algunas “góndolas”, que Buenos Aires da para todo… Son dos veredas. Mucho se habla de la grieta y mucho se refuta el concepto o se atribuye el tajo a uno o a otro, sin explicar que las minorías intentan siempre controlar a las mayorías y, sobre todo, enriquecerse a costa de sus esfuerzos y, cuando un gobierno intenta dar vuelta la tortilla lo acusan, precisamente, de separar, dividir, aislar, y no le dan el crédito por sumar, integrar e incluir.

En la tarde de maravillas de Puerto Madero, más que grieta parecen dos veredas. Paralelas que se miran. Sentados en sus mesitas a $240 una pizzeta y una cerveza los que disfrutan del paisaje del lugar. Caminando, grupos familiares y de amigos, ríos de gente que grita, gesticula, con sus pibes en brazos o correteando hasta el borde de agua, que miran más hacia los de las mesas que los docks, que al cielo casi sin nubes o los mástiles exagerados de los barcos. Desde atrás de los vasos de frío líquido dorado los otros observan, el horizonte no está limpio, se llena de “el otro”, esa multitud que avanzó, al menos un poco, que trabaja y ahora “va al centro”, se come un chori en el puestito, es feliz aferrado a lo que consiguió y mira a los que los miran. ***** 

Había subido las escaleras con un nudo en la garganta. Salió con el mismo nudo y un orgullo casi tan grande como la mole que estaba abandonando. Después, en medio de las dos veredas de puerto, creyó asistir a la ilustración de lo que es el peronismo, esa herramienta de redistribuir, mejorar la situación de los más y construir puentes para facilitar el paso en los caminos difíciles.

Doce años no alcanzan para transformar realidades construidas en contra de los pueblos a lo largo de décadas; quedan muchas cosas por hacer. Sin embargo, las llamas del infierno ya no son aquellas de 2003. Está en aquellas olas que se cruzan en las puertas de las realizaciones, en esos ríos de gente que se mira, en dirigir la marea para el mismo lado y los ojos hacia el mismo Norte para empezar a volver.
Fuente:MiradasalSur

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