A 70 años del triunfo electoral de Perón.
Por Felipe Pigna
19.02.2016
A 70 años del triunfo electoral de Perón. Por Felipe Pigna
Por Felipe Pigna
El 24 de octubre de 1945, unos 50 sindicatos que habían apoyado decididamente a Perón fundaron el Partido Laborista (PL), inspirado en su homónimo inglés que por aquellos años gobernaba Gran Bretaña.
La conducción del PL quedó constituida con el dirigente telefónico Luis Gay como presidente y Cipriano Reyes como vice. En uno de los primeros comunicados públicos, el partido dio a conocer su apoyo a la candidatura de Perón y esbozó un programa de gobierno que incluía la economía planificada, el voto femenino, el pleno empleo, la reforma agraria, la distribución equitativa de la riqueza, el fomento activo a la industrialización, la nacionalización de los servicios públicos y las riquezas naturales.
La pretensión era clara: apoyar al Coronel pero, al mismo tiempo, como gremios “autónomos”, intentar marcarle la cancha. Este recurso se demostraría bastante ineficaz desde los inicios y a lo largo de toda la historia de las relaciones entre los distintos sectores del movimiento y el líder, particularmente cuando esas pretensiones venían desde los sectores de lo que podría definirse como “izquierda”.
Prácticamente toda la oposición partidaria, desde la izquierda, representada por el PC y el PS, hasta la derecha expresada por el Partido Conservador, pasando por el centro ocupado por radicales y demócratas progresistas, se nucleó en una alianza, que se formalizó el 8 de diciembre bajo el nombre de Unión Democrática (UD). Comenzaba la campaña electoral para los comicios del 24 de febrero de 1946, bajo el lema “por la libertad, contra el nazismo”, en el marco de un multitudinario acto en Plaza Congreso.
La elección de la fórmula presidencial, en la que los afiliados de los diferentes partidos habían tenido el mismo nulo protagonismo que en la elección de la fórmula de Perón, demostraba el convencimiento de que para ellos el Coronel era “invotable” y que no importaba quién encabezara el binomio.
Fueron designados José Tamborini (médico, ex senador, ministro de Alvear y candidato a presidente en 1937) y su correligionario radical y ex gobernador de Santa Fe en tiempos de la represión de las huelgas del quebracho en La Forestal, Enrique Mosca.
El 22 de febrero de 1946 terminaba la campaña electoral en torno a las elecciones que se llevarían adelante dos días después y que cambiarían para siempre la historia argentina. El candidato de la coalición Unión Democrática, el radical Tamborini, dijo desde el estrado, en su idioma de clase media:
“Cerraremos definitivamente el paso a las hordas que agravian la cultura convertidos en agentes de una dictadura imposible. [...] A la clase trabajadora le profeso tanto respeto que me avergonzaría de mí mismo si me acercara a ella para adularla en un plan de conquista o de soborno”.
Entre tanto, en su acto de cierre, en el que la multitud coreaba “Sube la papa, sube el carbón y el 24 sube Perón”, el Coronel no hablaba de respeto y elegía dirigirse a los trabajadores como uno de ellos, en un lenguaje directo y práctico: “Todos deben ir a votar. Rompan, si es preciso, cerraduras y candados, salten tranqueras.
No tomen bebidas alcohólicas de ninguna clase. Si el patrón los lleva a votar, acepten y luego hagan su voluntad en el cuarto oscuro”. En los últimos minutos de la campaña, Perón hizo declaraciones a un diario brasileño:
“Le agradezco a Braden los votos que me ha cedido... Si llego a obtener las dos terceras partes del electorado, un tercio se lo deberé a la propaganda que me ha hecho Braden”. El embajador inglés Kelly coincidía con el análisis de Perón:
“El odio histérico de los ricos [...] y la mal aconsejada campaña del embajador Braden fortalecieron de tal manera su dominio sobre las masas que pudo prescindir de cualquier otra clase de apoyo”.
El 24 de febrero hacía un calor terrible en Buenos Aires; era una jornada “bochornosa” como les gustaba decir a los speakers de las radios y escribir a los redactores de los diarios. Pero lo sería en más de un sentido para la oposición que descontaba su triunfo.
El escrutinio sería lento, dando márgenes de error y tiempo para declaraciones de las que no se vuelve, como la del candidato a presidente de la Unión Democrática, José Tamborini:
“La intervención de la Armada, el Ejército y la Aviación en el desarrollo de los comicios ha determinado, indiscutiblemente, la corrección de estas elecciones.
Señalo con viva complacencia la simpatía con que los ciudadanos han acogido ese resguardo”. Por su parte, Alfredo Palacios declaró:
“Sobre el resultado, nadie debe tener dudas; ha sido un triunfo rotundo, aplastante, de la democracia. Resultaría absurdo pensar aún en la victoria del candidato del continuismo”. El vespertino Crítica tituló sin titubear:
“Anticípase un aplastante triunfo de la democracia. En todo el territorio nacional se impuso la fórmula de la libertad”. La oposición en su conjunto coincidió en que los comicios podían calificarse como los más limpios e intachables de la historia.
Finalmente, el 8 de abril se difundieron los resultados oficiales: había votado el 88% del padrón; Perón había triunfado contra todos los pronósticos y con todos los medios de comunicación en contra.
Su fórmula había obtenido 1.527.231 votos y los candidatos Tamborini-Mosca, 1.207.155. La diferencia no era muy grande en términos numéricos, sólo 280.806 sufragios, pero siguiendo los postulados de la vigente Ley Sáenz Peña, Perón obtuvo 304 votos en el Colegio Electoral, y la UD sólo 72.
La fórmula peronista había obtenido todas las gobernaciones menos la de Corrientes, casi todas las bancas del Senado, excepto las dos de esa provincia mesopotámica, y 109 diputados.
En el bloque peronista se destacarán John William Cooke, Raúl Bustos Fierro, Eduardo Colom. La oposición obtuvo 49 diputados. De ellos, 44 pertenecían al radicalismo y pasarán a la historia como el “bloque de los 44”; entre ellos Arturo Frondizi, Ricardo Balbín y Ernesto Sanmartino.
Al conocerse los resultados, la prensa norteamericana reaccionó furibundamente contra el otrora noble y valiente embajador Braden. Su excesivo protagonismo lo había convertido en el padre de la derrota.
La influyente revista Life, en una extensa nota sobre las elecciones argentinas, decía, entre otras cosas: “La Argentina siempre ha sido nuestro rival por el liderazgo en América Latina. [...] Braden parece haberse equivocado hacia Perón en por lo menos dos aspectos. Uno de ellos es que Perón se ha apartado bruscamente de la norma fascista al celebrar elecciones limpias y libres fuera de toda cuestión.
El otro aspecto es que Perón es mucho más apreciado en la Argentina que lo que Braden o la prensa de los EE.UU. estaban dispuestos a admitir en el otoño pasado. Sus reformas económicas, no muy distintas de las de la primera época del ‘New Deal’, le aseguraron una enorme masa adicta rural y urbana”.
Es muy importante señalar que los sectores más lúcidos de la inteligencia y la opinión pública de los Estados Unidos ya estaban visualizando como potencial e inmediato enemigo a la Unión Soviética y el grupo de países satélites que se estaba conformando en su órbita.
Adelantándose a la inminente Guerra Fría, tenían en claro que era hora de ganar aliados en el hemisferio occidental y no de expulsarlos de la órbita norteamericana con impensables consecuencias.
Fuente:Veintitres

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