Llegar a ver
Por Juan Forn
En la casa natal de Adriana Lestido, en el corazón de Mataderos, había una vieja cámara fotográfica de fuelle, arrumbada en un ropero. Era de su padre, que estaba preso. Adriana tuvo que ser un poco madre de su hermana menor y un poco hermana mayor de su madre durante su infancia. Fue fotógrafa de plaza, quiso ser enfermera (no médica sino enfermera), militó y perdió a su pareja Willy Moralli, secuestrado y desaparecido por el ejército en 1978. Su primera foto famosa es de 1982. Había poquísimas mujeres reporteras en prensa; ella era la única en el diario La Voz. La muchachada empezó a respetarla cuando, en una protesta en Lanús contra el gobierno militar, empezaron a reprimir y ella quedó en el medio, le arrancaron el bolso con el equipo pero siguió trabajando y volvió con buenas fotos. Al día siguiente había un acto de las Madres en Plaza de Mayo. Ella fue con el escaso equipo que le quedaba. De pronto entre la multitud bajó la vista y vio a su lado una nena con pañuelo blanco que lloraba. Le dio pudor levantar la cámara en ese momento pero entonces la mamá, que tendría la edad de Lestido, la alzó y gritaron juntas la clásica consigna: “Con vida los llevaron, con vida los queremos”. La foto, hoy conocida como Madre e hija de Plaza de Mayo, fue tapa del diario al día siguiente.
En 1986, haciendo un trabajo en el Borda y el Moyano, descubrió al lado el Hospital Infanto Juvenil, las madres adolescentes, así fue como se enteró de las mujeres presas que cumplían su pena con los hijos en brazos en la cárcel. Fue con una idea muy romántica de la maternidad en cautiverio. Pero el eje se fue corriendo de la palabra maternidad a la palabra cautiverio cuando, además de hacer fotos, propuso dar un taller con las presas y que ellas tomaran sus propias fotos. Lestido vio, y logró retratar después, aquello que veían esas mujeres, aquello que veía su padre cuando estaba en la cárcel. La serie se llamó Mujeres presas, ganó la prestigiosa Beca Hasselblad y le permitió a Lestido encarar la serie siguiente, que fue Madres e hijas. Una vez más logró captar a la vez lo micro y lo macro, la situación en sí y todo lo que representa, lo que ocurre adentro y lo que ocurre afuera de los fotografiados.
La serie siguiente fue El amor, pero algo empezó a pasar ahí: la figura humana, esencial en todas las fotos de Lestido, empezó a dejar lugar a la naturaleza, hasta entonces invisible. El amor ocurría en Villa Gesell, o más precisamente entre los médanos y el acacial de Mar de las Pampas, y la presencia humana iba pasando cada vez más a segundo plano. El paso siguiente fue ir a México, primero a la selva, después a los volcanes donde, a dos mil metros de altura, frente a la boca humeante de un cráter, esperando la salida del sol, Lestido sintió de golpe que lo que venía a continuación era la nieve, el hielo, ir hacia el blanco absoluto.
Antes reunió toda su obra en un librazo llamado Lo que se ve. Una vez le oí decir: “Yo no fotografío lo que vi, porque si ya lo vi, ¿para qué lo quiero en papel? Lo que quiero ver es lo que no ve mi ojo. Lo que percibo pero no llego a ver”. Varias veces le han preguntado por qué fotografía siempre en blanco y negro. Ella invariablemente contesta que en los sueños uno no se acuerda del color. Y no es que soñemos en blanco y negro; simplemente es imagen sin color: “Lo mío es eso, más que nada. No es que ame el blanco y negro; es que busco la imagen sin color”.
En el verano de 2011, en su casita de Mar de las Pampas, gracias al formidable Toni Postorivo, Lestido conoció a una bióloga que se iba a la Antártida y que la ayudó a que ella misma pudiera llegar al continente blanco, al fin del mundo. En todo fin hay un principio, cree Lestido. Con ese espíritu hizo el curso obligatorio para saber subsistir en una base antártica y partió con sus cámaras en busca del blanco absoluto.
Iba a alojarse en la hermosa y súper equipada Base. Por culpa del mal tiempo y otros azares terminó en Isla Decepción. La Base Decepción es una casilla en la ladera de un volcán, la tierra es arena volcánica, caliente, la nieve se derrite enseguida, el paisaje es negro y gris, el único blanco es el de la bruma casi constante. Supuestamente, Lestido y su grupo iban a viajar en un Hércules de la Fuerza Aérea pero los terminan mandando en el Beagle, un barco común, no preparado para el frío intenso ni para atravesar hielos. Llegan en medio de una tormenta, después de un incendio en la base brasileña más cercana. Al día siguiente se enteran de que no hay permiso para salir solos de la Base y la precariedad rige adentro de ella. Todo lo que esperaba Lestido de la Antártida debía reformularse. Así nace Antártida negra, los diarios que conforman este libro.
Las fumarolas humeantes, los lobos marinos, los pingüinos, los pájaros carroñeros, los enormes huesos de ballenas, el espesor de la albúfera, el cuidado de las cámaras para impedir la humedad y la condensación que arruina los lentes, el aspecto cada vez más tumbero que va adoptando el interior de la base, las caminatas interminables cuando el clima permite salir, la detestada orden de repliegue del guía cada vez que el paisaje parece abrirse, un guante que se vuela con el viento y que milagrosamente el viento trae de nuevo, cantar a gritos una ópera contra el rugido del mar, contarse sueños entre extraños a la exangüe luz de un sol de noche, asistir una mañana a la inexplicable desaparición de todos los gorros negros de la base (sólo los de color negro), ver nevar y derretirse la nieve al posarse sobre la negra arena volcánica, ver las aguas donde se juntan el Atlántico y el Pacífico, lugares llamados Bahía Luna, Playa de los Témpanos, una montaña bautizada La Chamana: agua, aire, fuego, tierra. Y todo eso anotado en un cuaderno hecho a mano por los presos del penal de José León Suárez donde Lestido fue a hacer fotos antes de partir hacia el extremo sur.
No es casualidad la presencia tutelar del alemán Werner Herzog a lo largo de este libro. Porque Antártida negra pertenece a la misma familia que Del caminar sobre el hielo, ese diario que llevó Herzog de su caminata a pie desde Munich hasta París cuando se enteró de que su adorada Lotte Eisner se estaba muriendo en la capital francesa. Se suele decir que un buen cuento es aquel donde algo cambia entre su principio y su fin. Eso es lo que sucede en Antártida negra. “Frente a tanta imagen y tanta nadería, prefiero preguntarme: ¿llego al hueso con lo que estoy haciendo? ¿Me transforma lo que hago? ¿Puede transformar al otro? ¿Puede sentir propias las imágenes?”, se pregunta Lestido. Einstein decía que, si nuestra vista fuera lo suficientemente buena, podríamos alcanzar a vernos la nuca cuando miramos a la distancia. Ojalá les suceda eso cuando lean este libro.
Este texto es el prólogo de Antártida negra: los diarios, que publica Tusquets en su colección Rara Avis.
08 de octubre de 2017
Adriana Lestido La teoría del iceberg
En 2011, en su casa de Mar de las Pampas, Adriana Lestido conoció a una bióloga que se iba a la Antártida y que la ayudó para que ella misma pudiera llegar al continente del fin del mundo. Así, tras hacer el curso obligatorio para aprender a subsistir en una base antártica, partió con sus cámaras en busca del blanco absoluto. Pero nada salió como estaba previsto y fue a dar a la base de Isla Decepción, un paisaje más negro y gris que blanco. Resultado de la expedición y sus contingencias fue la aventura fotográfica de Antártida negra, una colección de imágenes de belleza áspera y desconcertante y Antártida negra: los diarios, un registro del viaje accidentado a la Antártida, y de un viaje interior del que nadie podrá salir sin consecuencias.
Por Guillermo Saccomanno
“22/11/2011, martes, 6:30 pm. Me seleccionaron. El curso es entre el 30 y el 3. El examen, el 5”. Así inaugura Adriana Lestido su diario de viaje al fin del mundo, un cuaderno artesanal que le regaló un preso. “Antártida. Limpieza. Comienzo de algo nuevo. Otra etapa. Sólo limpiar, hacer espacio. Que las imágenes sean eso. Viajar liviana. Seguir mis sueños. Les voy a pedir que me cuenten sus sueños a los científicos que estén en las bases. ¿Los sueños ajenos me ayudarán? Volver a soñar. Escuchar el viento. Ir al blanco. ¿Cuál será esta vez el límite?”. En este comienzo, esperanzado y a la vez interrogante, se preanuncia una experiencia que la introducirá de lleno en una situación creadora que ahora nos entrega en dos libros únicos. Preguntarse: ¿A qué límite se refiere? ¿A ese límite border entre lenguaje y silencio? ¿Cómo establecer coordenadas de lectura para un libro de imágenes que pone en crisis no sólo lo que es la esencia de la imagen sino además aquello que la palabra no expresa ni puede expresar?
La Séptima Sinfonía de Beethoven se escucha en Antártida negra: los diarios de viaje que Lestido llevó en este territorio. El impacto emocional que ejercen las fotos que Lestido extrajo del hielo, su luz, oscuridad, provocan un efecto comparable al del segundo movimiento de la sinfonía escrita en homenaje a los caídos de la batalla de Leipzig. Debo aclararlo: como le ocurrió a Lestido escuchando Beethoven mientras era capturada por la belleza del fin del mundo, escribo estos apuntes bajo el imperio de la emoción. Tal el influjo que causan primero sus fotos y luego, como lectura complementaria, sus diarios. Quiero ser preciso: las fotos de Antártida negra componen un libro literario, tal vez el que más refleja su búsqueda de la belleza. Es cierto, la intención fotográfica de Lestido se apoya en la narración, pero tácita, sin palabras. ¿Cómo es esto? Mujeres presas puede ser apreciado como una novela coral sobre el encierro y la condición femenina entre rejas al igual que Madres e hijas puede ser una serie de cuentos que se centra en los diferentes grados de una relación familiar y de género que suele variar desde la tormenta a la ternura. Ahora bien, si las fotos antárticas de Lestido se prestan a una interpretación literaria (en un instante les diré porqué pienso esto), el diario, por su lado, enhebran las secuencias de un documento narrativo en la intemperie bajo cero.
Es sabido: el trabajo de Lestido ha llamado la atención de escritores. En sus libros de fotos ha incluido citas de John Berger (ha opinado entusiasta sobre su obra) y Raymond Carver (su escritor dilecto). Tal como ahora, en sus fotos de la Antártida y en los diarios convoca autorías de variada procedencia. Sus citas, que incluyen nombres tan diversos como Sara Gallardo, Clarice Lispector o la insoslayable Alejandra Pizarnik, lejos del recurso prestigiante, operan como afinidad y guiño sugiriendo sutiles cuál es el camino que la artista ha elegido. A modo de invitación son señales para su lectura. El repertorio de citas guía la mirada a través de una realidad que no es la que surge a primera vista. La superficie de lo que se ve (como tituló Lestido la magnífica recopilación de su summa de 2012) es apenas la parte de arriba del iceberg.
Y acá entra la teoría del iceberg (nada más apropiado ya que hablamos de lo polar) enunciada por Ernest Hemingway: “Siempre intento escribir de acuerdo con el principio del iceberg. Hay nueve décimos del bloque de hielo bajo el agua por cada parte que se ve de él. Uno puede eliminar cualquier cosa que sepa y eso sólo fortalecerá el iceberg”. En consecuencia, se advierte en el trabajo fotográfico de Lestido el registro de lo invisible, la alusión a una profundidad que vibrará también, como mensaje, en el corazón de quien se asome a su obra. Porque mensaje y no otro vocablo traduce en ella la función de su labor. Es que el mundo podría ser mejor si se le prestaran atención a sus imágenes.
Pero hay otra cuestión que queda picando: aunque Lestido puede citar escrituras, me importa subrayar que su oficio de narrar, desde sus comienzos como fotoperiodista, implica poner el cuerpo y entrar en zonas de peligro, trátese de la represión en una marcha, la violencia carcelaria como la incursión en paisajes agrestes y salvajes. Uno de estos paisajes ahora es la Antártida que, con su historiografía expedicionaria, se recorta como destino cénit. Recordemos, un solo antecedente, el viaje imperial de Ernest Shackleton entre 1914 y 1917, datado en las fantásticas imágenes del fotógrafo australiano Frank Hurley. Hay un nombre paradigmático en esta tendencia a lo extremo: Werner Herzog, la Antártida y el Amazonas de Herzog, lo gélido y lo selvático y, por qué no, el mandarse en un viaje a pie desde Berlín a París (léase Del caminar sobre hielo, esa joya de la literatura de viajes). Aludo a la clase de viajes que representan a un mismo tiempo la redención personal (la búsqueda de la pureza) y la iluminación (la conquista del áscesis). Escribe Lestido: “Hoy pensaba que lo que importa es lo que uno hace con lo que recibe. Reconocer lo bueno, desarrollarlo, darle espacio. Y ver lo malo no para autojustificarse o criticarlo o quejarse, sino para transformarlo. Saber que esa será la médula en la batalla que uno librará en esta vida. Ver lo malo en uno”.
Krakauer, periodista de viajes de la revista Outdoor empieza en los 90 a seguir la pista de Chris Mc Candless, un joven idealista, que abominaba las convenciones de una familia normal y el establishment y se perdió en las rutas de Alaska donde acabó escribiendo su diario en las páginas de una novela de Tolstoi mientras moría de frío y de hambre en el interior de un colectivo destartalado. Cuando Krakauer encaró la investigación sobre Mc Candless pensaba que aquello que motorizaba su escritura era el misterio que había dejado el pibe a su paso, pero no. Después de unos capítulos Krakauer se dio cuenta de dos cosas. La primera, que su viaje era interior. Y la segunda, que buscándolo al pibe se encontraba a sí mismo, en su juventud, acompañando a su padre que lo había iniciado como montañista. El libro se tituló Into the Wild (1995) y Lestido cita textual a Krakauer en su diario: “Una estancia prolongada en un lugar salvaje y desconocido agudiza tanto la percepción del mundo exterior como del interior. Es imposible sobrevivir en la naturaleza sin interpretar sus signos sutiles y desarrollar un fuerte vínculo emocional con la tierra y todo lo que la habita”. Similar a la experiencia de Krakauer, la de Lestido: el sur le propicia la evocación del padre, la madre y el amor perdido. Inexorable, durante el viaje, en ese sur de un blanco alucinatorio, a Lestido la aguardan sus orígenes y estos la habrán de acompañar irrumpiendo con su memoria mientras se adentra en la nieve, dispone un trípode, se aleja del campamento, se dedica a la meditación (Lestido medita todo el tiempo de este viaje que en sí mismo propicia ese estado). Una cita de Eliot correspondiente a East Coker anticipa el debajo del iceberg: “Lo que llamamos el principio es a menudo el fin/ y poner fin es poner un principio./El fin es el lugar donde empezamos”.
Si las fotos del viaje son estremecedoras en su insinuación de lo inapresable (eso que los filósofos y psicólogos dan en llamar el alma), el diario, su lectura, constituye un complemento enriquecedor de las fotos pero, además, redondea algunas ideas. Una, de los hermanos directores Jean Pierre y Luc Dardenne: Captar lo que ocurre en el momento en que ocurre, que se conecta, a la vez, con otra del fotógrafo chileno Sergio Larrain, quien luego de haberse convertido en estrella de la famosa agencia Magnum, abandonó su arte para retirarse a una montaña en el norte cordillerano y dedicarse a la meditación y la sanación. Larrain supo definir así su apartamiento: El presente no es el camino. El presente es la meta. Larrain se proyecta -gurú- sobre la artista multipremiada internacionalmente. Hablo de una gnoseología plasmada en saber chamánico. ¿Existe la casualidad? En la Antártida la espera la Chamana, una montaña que ni se imainaba. Llegar a mí, reflexiona acerca del viaje que escribe en ese cuaderno que le regalara un preso. ¿Por qué no, si el cuerpo es cárcel del alma, ahora el cuerpo y el alma como prisioneros en el blanco?
Lestido consulta el I Ching: “Cuando se contempla la forma del Cielo, puede explorarse la modificación de los tiempos. Cuando se contemplan las formas de los hombres, se puede configurar el mundo. El amor es el contenido y la justicia es la forma”. Podría pensarse que cito con arbitrariedad algunos de los apuntes de Lestido en apoyo de una hipótesis: Lestido ha desplegado en su trabajo ciertos dones. Baste citar sus ciclos de taller en Mar de las Pampas, que guían a sus seguidores a una revisión de sus historias personales, análisis que es creativo pero también, como vuelta de tuerca, opera como pasaje sanador. Deponer las barreras, prejuicios y resistencias del sujeto urbano, propone Lestido. Ese lugar meta es asimismo una travesía que concuerda con la premisa socrática: conocerse a uno mismo.
A esta altura mis reflexiones, lo admito, pueden resultar pura metafísica para más de un lector acostumbrado a Lestido como fotógrafa social, la que se recorta en nuestra historia contemporánea reciente como retratista del dolor. Ese lector puede encontrarse, de pronto, perplejo, transportado súbitamente a un espacio que es y no es reconocible porque el paisaje antártico genera extrañamiento, inquietud. Algunos asociarán esto con el clímax lovecraftiano de Las montañas de la locura, y otros con el horror del vacío, eso que Lestido se pregunta desde el comienzo: “¿Qué busco en el blanco?¿Qué me puede dar el blanco?”. La respuesta quizá resida en el capítulo que Herman Melville le dedicó al blanco de la ballena en Moby Dick, esa novela tratado sobre el abismo del corazón.
Por supuesto, en una reseña más descriptiva que esta, debería desarrollar todo lo que los diarios narran respecto al dispositivo expedicionario, la preparación física, las contingencias, los sobresaltos, tensiones y pequeños jubileos además del pertrecharse no sólo de cámaras sino también de abrigo y, esencial, indispensable, entrenarse mentalmente para una aventura que, si bien importa por lo que puede tener de introspección, se plantea a un tiempo ineludible el enfrentar rigores y miedos, un barco que se inclina y hunde en olas tumultuosas, el traslado de un barco a una lancha en plena tormenta de viento a través de una escalera de sogas, y después el aislamiento, la incomunicación y soledad en una base compartiendo el encierro no sólo con compañeros artistas. También con los milicos. Si de algo no cabe duda es que este viaje no es en absoluto turístico y prescinde de todo el glamour que las postales pueden ofrecer al interés paisajístico. Lo suyo es dar cuenta de otra visión: la crudeza de este territorio que inspira temor y temblor. En todo caso, como nunca, el cromatismo que cuenta (debería decir narra) es el blanco y negro, las infinitas gamas que van de uno a otro. Así Lestido rompe con la vulgata figurativa y alcanza en ocasiones una abstracción que causa vértigo, ese sentimiento que sabe enfrentar la poesía con la elocuencia del silencio, su límite. Salvatore Quasimodo, textual: Cada uno está solo sobre el corazón de la tierra/ traspasado por un rayo de sol: y de repente es la noche.
Sus fotos en blanco y negro tienen un atractivo poderoso, imantan la mirada. Apenas uno termina de recorrerlas necesita repetir el tránsito y retorna al comienzo como para cerciorarse, constatar que no fue testigo de un espejismo. En este sentido, será convincente, como testimonio del encanto hipnótico, la lectura de los diarios. Y es aquí donde, como apuntando a la develación del misterio, explicándoselo a ella misma, Lestido nos proporciona una anotación clave, reflexión que sintetiza el carácter literario de su ideología visual: “El despojamiento. ¿Tendrán que ver con eso las imágenes que hice en estos cuarenta días? ¿Será el desapego de mis propias imágenes? ¿De mi imagen interna? Soltar mi identidad. Vincularme con lo diferente. Entregarme a lo que no puedo controlar. Honrar lo incierto, lo inesperado. Dejarme transformar. Hace un rato pensaba que me gustaría ser escritora para no necesitar cámara”.
08 de octubre de 2017
La Antártida es así
Por Mariana Enriquez
En El peso de los sueños, el documental sobre cómo se rodó esa locura de película que es Fitzcarraldo, el director-mito Werner Herzog dice frente a cámara uno de sus parlamentos más famosos, con su forma de hablar tan solemne y dramática. En remera, joven, guapo, parado frente a los frondosos árboles de la selva peruana, dice que Klaus Kinski, el protagonista de Fitzcarraldo, ve erotismo en la selva. Pero él no. “Veo obscenidad. Oscuridad, asfixia, lucha por sobrevivir. Mucha tristeza. Los árboles lloran de tristeza, los pájaros no parecen cantar sino gritar de dolor. Es una tierra que, si Dios la creó, lo hizo con rabia. No hay armonía en el universo: tenemos que hacernos a la idea. Pero no odio a la jungla. La amo. La amo contra mi propia razón”.
Como los románticos, Herzog se rinde ante el horror y lo sublime de la naturaleza: su belleza y su amenaza. Herzog, sus textos, sus películas, acompañaron a Adriana Lestido en su viaje a la Antártida que, por contingencias, iba a llevarla a Bahía Esperanza (el blanco) y acabó en Bahía Decepción, la isla negra volcánica con su base modesta y el paisaje inesperado. La mirada de Lestido sobre la naturaleza es diferente de la de Herzog pero se complementan. Antes de llegar, Lestido ve Encuentros en el fin del mundo, la película de Herzog sobre el continente final, escucha aquello de “cantarle a la gloria de la Antártida” y piensa en “ir al corazón de la pureza… el umbral de algo hermoso”. Se pregunta: “¿Qué me va a enseñar el blanco? ¿Qué me espera?”. La espera la Isla Decepción. Ahí no hay exactamente decepción pero si cambio, la necesidad de otra mirada y otra actitud, porque la Isla y sus condiciones son duras. Y hay negro, tanto negro. “Estar en lo que es. Para algo pasa esto”, escribe Lestido y se entiende por qué la compañía de Herzog: funciona como el equilibrio entre el hombre que interroga a la naturaleza muda con desesperación y la mujer que la fotografía tratando de comprenderla con gentileza, buscando el sentido de este viaje al negro. “¡Fuego bajo hielo!”, exclama Lestido y escribe y se pregunta: “¿De qué se trata todo esto” ¿Será que para ver tiene que ser así? Poseída por la mirada”.
Antártida negra es un proyecto en dos libros: el de fotos, lujoso, que apenas tiene dos textos (citas de T.S Eliot y Salvatore Quasimodo), y los diarios editados en la colección Rara Avis de Tusquets. Los diarios son inquietos, accesibles, inteligentes y en absoluto pretenciosos. Incluso los momentos de tensión o angustia están contados con afabilidad y candor, encuentros con la gente, con los militares, con los compañeros de residencia, patinadas en el hielo, polenta para todos, escuchar a Beethoven y a los Redondos. Las fotos son, en cambio, el horror y la belleza de la Naturaleza. Un lugar pintado de negro por la divinidad. Brumoso, hostil, abandonado. A veces nos preguntamos qué estamos viendo, qué ve Lestido: la luna derramándose en la noche ántártica, un cielo que parece una ola marina de negrura, una bruma y el ¿mar?, salpicado de motas oscuras, los pingüinos como alivio, el blanco como regalo y alhaja cuando aparece, animales y barcos fantasma, fotos donde se ve el viento (se siente el viento), fotos donde lo que aparece desafía la comprensión (tierra abstracta), las montañas como castillos derrotados, las montañas rodeadas del humo de las fumarolas, piedras que simulan puertas gigantes, refugio de dioses olvidados, las montañas de la locura.
La fobia a los espacios abiertos se llama agorafobia. Tiene menos fama que la claustrofobia y parece menos lógica, pero, en realidad, no lo es. O no tanto. Del encierro se puede salir. ¿Hacia dónde ir cuando ya se está afuera? En Antártida Negra (los diarios) Lestido insiste en que quiere volver a la Antártida, que este viaje al negro es una introducción y que algún día irá al blanco, incluso juega con la posibilidad de invernar, es decir, pasar ahí los meses más fríos sin posibilidad de volver. ¿Lo hará? “Ni loca”, dice ahora. “Lo que necesitaba ya está. Y además fue muy complejo trabajar las imágenes. Yo siempre las voy asociando, armando un relato. Una guía. Y acá tuve que revelar todo y encontrar ese relato y la verdad es que dar con lo que estaba latente fue muy difícil. Si volviera, sería otra cosa”.
Pero, por cierto, no suena como si tuviese ganas de volver aunque deje abierta una tenue posibilidad.
Publicar los diarios fue una decisión casi de último momento. Quería que el libro de fotos tuviese la menor explicación-información posible. “Poner nada más donde fueron tomadas las fotos y algunas citas”. (La de Quasimodo dice: “Cada uno está solo frente al corazón de la tierra/ traspasado por un rayo de sol/ y de repente es la noche”). Pero como suele suceder, la convencieron de decir más. “Vino Graciela Iturbide, la fotógrafa mexicana. Estuvo de visita, comimos juntas. Le conté todo sobre el viaje. Ella me decía ‘¿Y eso está en el libro?’ Todo el tiempo. Yo le decía que no. Y ella insistía con que tenía que estar: no sabía que las islas volcánicas eran negras, no sabía del aislamiento y los problemas con el transporte, le parecía fundamental. ‘¿No llevaste diario?’, me preguntó. ‘Aunque sea volvelo a leer’”.
Le hizo caso, lo releyó. Y después intervino Juan Forn y apareció la colección y hubo sincronía.
Los diarios acompañan el vértigo de estas imágenes delirantes. Igual resulta increíble que una persona haya estado tan cerca de esta roca hermosa y terrible. Pero ella vivió ahí. Hay gente que vive ahí. “Dentro de todo la estancia fue benigna, aunque muy dura”, dice Lestido. “Me gusta que haya sido dura. La Antártida es así. En su película Herzog se disgusta cuando llega a una base americana y se da cuenta de que es como una ciudad. Tanta comodidad. Cuando uno quiere intentar llegar a lo real, es mejor una experiencia más ardua. Porque la Antártida es un lugar extremo.” Y reconoce: “También te desestabiliza, especialmente después de mucho tiempo. La espera, la incertidumbre, la falta de comunicación. En las Orcadas tienen una médica pero si hay durante el invierno hay una emergencia que ella no pueda resolver, se acabó. Es enloquecedor no poder decir me cansé, me vuelvo, quiero mi casa”.
En casa, Adriana Lestido leyó De caminar sobre hielo –otra vez Herzog–. Leyó, en el viaje, Conquista de lo inútil, los diarios de Fitzcarraldo, aquellos de la confesión de amor y odio por la selva, la contradicción de lo sublime. Herzoguiana (¿romántica?) Lestido escuchaba a Beethoven en la Antártida. Pero, hablando de Herzog hoy, en su casa, se ríe. “Fue la compañía de un grande, no me comparo un segundo. Es alguien para mí importantísimo, lo conocí cuando estudiaba, en 1979. Todo lo que hace me conmueve. Pero no lo veo a Herzog tratando de fundirse con el paisaje. Es una cuestión de temperamento”. Ella sí lo intenta. Ella no es tan peleadora como Herzog. Y escribe en los diarios: “Llegar a mí, de eso se trata: a mí en este lugar. Dejar que el espíritu hable, sea. Dibujarlo con luz”.
Los libros Antártida negra, el de fotos (Capital Intelectual, con el auspicio de Mecenazgo de la Ciudad de
Buenos Aires) y Antártida negra. Los diarios (Tusquets, colección Rara Avis) se presentan ambos el martes
24 de octubre a las 18 en la Fundación Fortabat, Olga Cosettini 141. A las 19 se inaugura la muestra
fotográfica.
Buenos Aires) y Antártida negra. Los diarios (Tusquets, colección Rara Avis) se presentan ambos el martes
24 de octubre a las 18 en la Fundación Fortabat, Olga Cosettini 141. A las 19 se inaugura la muestra
fotográfica.
Fuente:Radar - Pagina12



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