9 de mayo de 2018

Argentina entró al FMI con la Revolución Libertadora.

09 de mayo de 2018 
Argentina entró al FMI con la Revolución Libertadora. 
Sus exigencias siempre fueron catastróficas 
Una relación tóxica de seis décadas La Libertadora con Prebisch, Frondizi con Alsogaray, Onganía, el peronismo de los setenta, Videla con Martínez de Hoz, Alfonsín con Sourrouille, Menem con Cavallo, Duhalde y ahora Macri vieron marcadas sus gestiones por la relación con el FMI.
Aramburu, Alsogaray, Onganía, Martínez de Hoz, Sourrouille, Cavallo, Menem y Macri firmaron acuerdos con el Fondo Monetario Internacional. 
Desde 1956 a la fecha, la relación entre la Argentina y el Fondo pasó por períodos de mayor y menor acercamiento aunque el organismo mantuvo una línea de conducta, con la exigencia de condiciones vinculadas al ajuste fiscal y la desregulación comercial y financiera. La economista Noemí Brenta detalla en su trabajo “Argentina y el FMI: efectos económicos de los programas de ajuste de larga duración” que “entre 1956 y 2006 la Argentina suscribió 21 acuerdos de condicionalidad fuerte con el FMI: 18 de derechos de giro, 2 de facilidades extendidas (1992 y 1998) y 1 de servicio de complementación de reservas, en 2001. También se celebraron otros acuerdos de condicionalidad menor: 7 compensatorios por fluctuaciones de exportaciones en las décadas de 1970 y 1980 y 1 correspondiente al servicio financiero del petróleo, en 1975”. En adelante, los hitos en la relación con el FMI:
1 Argentina ingresó al organismo en 1956 por consejo del economista Raúl Prebisch luego de que la Revolución Libertadora derrocara al presidente Juan Domingo Perón. 
2 El presidente Arturo Frondizi fue el primero en pedirle ayuda al Fondo en diciembre de 1958 para intentar equilibrar la balanza de pagos y sentar las bases de su plan de desarrollo.
Para ganarse la confianza del FMI, Frondizi designó a Alvaro Alsogaray en el Ministerio de Economía quien se encargó de recortar el gasto público, poner fin a las restricciones a las importaciones, eliminar los controles de precios, congelar los salarios y liberar el dólar.
4 Como consecuencia de las medidas que pidió el FMI, en 1959 el salario real cayó 23 por ciento y la participación de los trabajadores en el ingresó se redujo del 44,4 al 37,7 por ciento.
5 Los primeros conflictos con el FMI surgieron durante la presidencia de Arturo Illia luego de la crisis económica de 1962-63, pero el golpe militar de Juan Carlos Onganía puso fin a las disidencias internas y disciplinó al país con los intereses de la “comunidad internacional”. 
La administración peronista que llegó al poder en 1973 cuestionaba la permanencia argentina en el FMI, pero mantuvo relaciones y luego de ese interregno la dictadura de Videla firmó un nuevo acuerdo para recomponer reservas y sostener el plan de estabilización.
Con la última dictadura, la receta del FMI volvió a aplicarse: congelamiento de salarios, liberalización de precios, apertura de la economía y desregulación del sistema financiero.
8 El primer ministro de Economía de Alfonsín, Bernardo Grinspun, desafió al FMI negándose a firmar un acuerdo stand by y queriendo imponer sus condiciones en la negociación en el intento de conformar un “Club de deudores” luego de la crisis de la deuda heredada de la economía de la dictadura, pero fue desplazado.
9 En 1985, el nuevo ministro de Economía, Juan Vital Sourrouille, lanzó el Plan Austral, con el apoyo del FMI. Durante toda la presidencia de Alfonsín el Fondo sujetó los desembolsos a condicionalidades tales como la apertura comercial y el ajuste fiscal.
10 En el inicio de la convertibilidad, el Fondo estuvo ligado a la adhesión de la Argentina al Plan Brady, en 1992, que supuso la reestructuración de la deuda soberana y dispuso como condicionalidad la privatización del sistema de seguridad social, la eliminación del impuesto a las transacciones financieras, a las ganancias y de las contribuciones patronales a la seguridad social y la ampliación de la base imponible del impuesto al valor agregado.
11 En los 90, la relación con el Fondo se fortaleció. El 10 de octubre de 1998 Michel Camdessus, director gerente del organismo, afirmó que “el mejor presidente de los últimos 50 años es Carlos Menem”.
12 Ese apoyo incondicional del FMI a la convertibilidad, expresado en créditos millonarios, entre ellos el “Blindaje” de enero de 2001 por un monto total de 40 mil millones de dólares, prolongó la agonía del 1 a 1 hasta enero de 2002 y derivó en la mayor crisis de la historia moderna argentina.
13 A comienzos de 2003, el presidente interino Eduardo Duhalde firmó con el Fondo un acuerdo de reprogramación de deuda.
14 El 15 de diciembre de 2005, el presidente Néstor Kirchner anunció la cancelación total de la deuda con el FMI para poner fin a las condicionalidades del organismo. El pago se efectivizó el 3 de enero de 2006.
15 Apenas asumió, el presidente Mauricio Macri anunció que el país volvería a aceptar las misiones de los “técnicos” previstas en el artículo IV. A fines de 2016, esa evaluación incluyó, entre otras recomendaciones, el cambio a la baja en el índice de movilidad jubilatoria, que el Gobierno aplicó el año pasado.
16 Ayer, Macri anunció que Argentina vuelve a pedir plata prestada al FMI por un monto total que ascendería a los 30 mil millones de dólares. 
Fuente:Pagina12



09 de mayo de 2018
Lifschitz y Bonfatti cargaron contra el presidente Macri 
No es pesimismo sino realismo 
"La palabra FMI nos eriza la piel", dijo el gobernador ante el anuncio oficial de pedir ayuda financiera al organismo internacional. "Es un ajuste que afectará especialmente a los que menos tienen", señaló el actual presidente del socialismo.
Para Lifschizt, el anuncio de Macri significará desocupación, recesión y costos sociales. 
"Las palabras Fondo Monetario Internacional nos eriza la piel a más de uno, nos trae recuerdos de experiencias anteriores que ya pasamos, que ya sufrimos, cuyas consecuencias son previsibles", disparó el gobernador Miguel Lifschitz luego de que el presidente Mauricio Macri anunciara que le iba a pedir ayuda financiera al FMI. Por su parte el presidente del Partido Socialista, Antonio Bonfatti, sostuvo que la vuelta al FMI significará un "retroceso" y un "ajuste" que afectará "especialmente a los que menos tienen". Sin vueltas el ex gobernador dijo que "si no hay un gran acuerdo nacional volvemos al 2001".
"Esta es una película que se repite otra vez", dijo Lifschitz. "Es como que ya sabemos cómo se va a ir desarrollando y cuáles son las consecuencias que vamos a sufrir al final del camino: desocupación, recesión, inflación, costos sociales". El gobernador expresó su inquietud por el rumbo de la economía, a partir de las decisiones tomadas por el gobierno nacional. Además, afirmó que las medidas adoptadas por el equipo económico generaron "corridas bancarias" y son producto del "mercado que presiona, los grandes operadores, capitales especulativos, los negocios con el dólar, la necesidad de financiamiento, la aparición del fondo monetario, los planes de ajuste".
"Ojalá que el gobierno y también la oposición encuentren de manera inteligente salir del atolladero porque si no el destino es nuevamente sumergirnos en una situación de  inflación y de crisis económica", agregó.
"Este camino -remarcó- de recurrir al endeudamiento, al financiamiento internacional, de no apostar al desarrollo de las fuerzas productivas, apostar a hacer caer el consumo para bajar la inflación y altas tasas de interés nos va quitando capacidad de reacción y de respuesta ante los problemas. Y nos va llevando a situaciones cada vez más extremas. El problema es que cuando uno se va metiendo en un desfiladero a medida que va avanzando, el camino se va haciendo más estrecho y las alternativas son cada vez menores".
Lifschitz validó la decisión del gobierno nacional de generar confianza en los inversores y el mercado internacional pero advirtió que "primero hay que generar confianza en los actores de la economía real de la Argentina, en los pequeños y medianos empresarios, comerciantes y en los trabajadores si es que realmente se piensa en un proyecto de desarrollo del país".
"El gobierno deberá tener una actitud de mayor humildad, de reconocer errores y de rectificar el rumbo", señaló.
Por su parte Bonfatti sostuvo que la vuelta al FMI significará un "retroceso" y un "ajuste" que afectará "especialmente a los que menos tienen". "Es un retroceso a una etapa que ya creíamos superada", señaló el ex gobernador de Santa Fe en la red social Twitter. "Sabemos lo que eso significa: una receta de ajuste que afecta a los trabajadores, a los jóvenes, a los jubilados y especialmente a los que menos tienen".
Además, en diálogo con la prensa santafesina, cuestionó al gobierno de Macri por "su soberbia" y advirtió que "el camino de la mentira no es el camino". "Creo que es más de lo mismo de otras oportunidades que ya vivimos en el país. No se puede tapar y negar con discursos y cobertura mediática que Argentina necesita de un gran acuerdo entre el sector del trabajo y el productivo, un consenso económico y social para poder salir adelante y no negarlo con soberbia", cuestionó.
"Creo que el gobierno no tiene un plan económico y lo dijimos desde el primer día. Nos decían que éramos pesimistas y éramos realistas, lamentablemente no nos equivocamos. Este camino nos lleva nuevamente a cosas que vivimos y que no queremos reiterar", apuntó.
"Pero fundamentalmente -remarcó- quien va a pagar los platos rotos son nuevamente los sectores del trabajo, los que no tienen trabajo, la pequeña y mediana industria. Abrieron la importación indiscriminadamente, cambiaron la reforma previsional, ahora pretenden la reforma laboral".
Acerca de las justificaciones de la gestión de Macri con la herencia recibida, Bonfatti expresó: "Creo que ese argumento se les termina porque ya llevan dos años y medio de gobierno y han profundizado tremendamente una situación de inflación que la negaban continuamente".
Fuente:Rosario12



Dólar, ajuste y FMI: anotale un punto al shock 
9 mayo, 2018 
Por Santiago Buraschi

Unas semanas agitadas

Parece que hubieran pasado dos años. Pero no, todo pasó en apenas un par de semanas: dos semanas de mucho movimiento y bien importantes en la dinámica actual de las luchas en Argentina. Mientras escribo esto, las repercusiones de la vuelta del Fondo Monetario Internacional (FMI) a Argentina explotan y empieza a pandir el cúnico.
Primero, el Banco Central vendió en una semana (entre el 23 y el 27 de abril) 4343 millones de dólares para impedir, sin mucho éxito, que la moneda estadounidense se disparara. Después, y como si fuera poco, a comienzos de la semana pasada, en una especie de “regreso de los muertos-más-vivos-que-nunca”, apareció dando consejos de manejo de crisis Domingo Cavallo.
El jueves empezó a explotar la bomba: los grandes jugadores entraron a la cancha y el dólar se disparó a $23. La respuesta del mejor equipo de los últimos 50 años fue casi instantánea: el presidente del Banco Central, Federico Sturzenegger, subió la Tasa de Política Monetaria a 40% y el Ministro de Hacienda, Nicolás Dujovne, anunció recortes en la obra pública y una reducción en la meta del déficit fiscal del 3,2% al 2,7%. En la Facultad de Ciencias Económicas, donde los eufemismos están a la orden del día, le dicen “combinación de política fiscal y monetaria contractiva”. Ajuste contra lxs trabajadorxs capaz le quedaba mejor. “Los mercados” salieron a aplaudir rabiosos la medida.

Como frutillita del postre, este martes Macri volvió a mencionar las siglas malditas, al comunicar que la Nación estaba gestionando un auxilio financiero con el FMI. Sí, todo eso en 15 días. Un ¿pasado? más presente que nunca.
Son tiempos intensos, interesantes para la reflexión y, por supuesto, para arremangarse. ¿De qué se trata todo este lío? ¿Qué pasa con “la economía”? ¿Le hacemos caso a Forbes y al Indio y nos subimos a los botes? Aquí haremos algunos aportes, intentando rescatar una idea central: en la tensión constante entre shock y gradualismo que atraviesa el macrismo desde su asunción, las últimas dos semanas consisten un punto a favor del primero, un paso adelante del capital frente al trabajo. Es momento de sumar cada vez más fuerzas para ponerle freno al avance del ajuste.

El dilema de la política económica: Shock vs. Gradualismo

Vamos a partir de algo que parece una obviedad, pero no lo es tanto. Como dice el dicho, si tiene cuatro patas, mueve la cola y ladra, entonces es un perro. Por más que salten y pataleen los paladines de la economía ortodoxa y desde el gobierno intenten cubrirlo con giros del lenguaje, el programa económico del macrismo es una herramienta para el ajuste. Es decir, un programa que busca aumentar las ganancias de los sectores empresarios para incentivar la llegada de las inversiones (esa lluvia sí que tarda) y, para eso, necesita avanzar fuertemente sobre las condiciones de vida del conjunto de la clase trabajadora. Los aumentos de las tarifas, la reforma jubilatoria y los techos a las paritarias que producen caídas en el poder adquisitivo son, quizás, las muestras más claras de esa estrategia.

Sin embargo, esto que para quienes estamos sufriendo los efectos de las políticas económicas es evidente, no parece ser tan claro para muchos sectores. Es que, en su estrategia ajustadora, el macrismo no está yendo tan profundo como le gustaría. Es decir, no está aplicando el shock que la economía necesitaría para arrancar.


Esto sucede porque estos programas no ocurren en el aire, sino en el marco de un conjunto de luchas que les marcan la cancha, como quedó en evidencia a fines del año pasado. El gobierno, fortalecido por el resultado de las elecciones legislativas, creyó que tenía la espalda para dar un golpe fuerte sobre la clase trabajadora y preparó un paquete integral de reformas: Reforma Previsional, Reforma Tributaria y Reforma Laboral. La primera en ser puesta a prueba fue la Reforma Previsional, y los efectos están a la vista. Si bien logró aprobarla finalmente, la resistencia expresada en la calle por distintos sectores de la sociedad le obligó al macrismo a pagar un alto costo político. Aunque la Tributaria se aprobó casi en silencio, el gobierno debió postergar el tratamiento de la Reforma Laboral, el punto neurálgico del ajuste.
En este marco, toma más fuerza la idea del gradualismo, como método de conducción del ajuste. El gradualismo es izado como una bandera de pragmatismo político por el gobierno, como una virtud propia de una administración que escucha a la gente, que sabe adaptarse al escenario. Sin embargo, la verdadera cara del gradualismo es otra. Es una estrategia que surge como un producto de los límites que las luchas sociales le van poniendo al plan de ajuste que está en el corazón del actual programa económico.
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Así como el kirchnerismo, el gobierno macrista es hijo del 2001 y, en consecuencia, hay ciertos cables pelados que no puede tocar, o que corre mucho peligro si lo hace. El gasto social (apuntado por muchos como el principal problema del país), es evidentemente uno de ellos, y por ello el gobierno tiene extremado cuidado con él. Tocó un cable pelado con la Reforma Laboral y le dieron un par de patadas. Volver a pedir auxilio al FMI es otro de esos cables.

Shock y gradualismo difieren, entonces, en temporalidad, pero no en esencia. Las dos son maneras de implementar un plan de ajuste contra la clase trabajadora, aunque con distinta intensidad y velocidad.


Las idas y vueltas del gradualismo

Después de diciembre, entonces, el gradualismo tuvo que ganar terreno en el manejo del ajuste. Aquí hay dos cuestiones para tener en cuenta. En primer lugar, en el escenario del ajuste gradual, el trabajo logró defenderse con cierto éxito del avance del capital. Un ejemplo de esto es que el tratamiento de la Reforma Laboral se siguió postergando. En segundo, al no afectar fuertemente al déficit fiscal, el éxito del gradualismo depende exclusivamente de la capacidad de conseguir financiamiento externo.
Estos dos elementos fueron quitándole vida útil al gradualismo y poniendo nerviosos a distintos sectores, que lo relacionan con la tibieza de quienes comandan la política económica para tomar decisiones “duras pero necesarias”. Acá sirven de fuente de inspiración las redes sociales de los economistas ortodoxos, como por ejemplo el twitter de José Luis Espert, donde vienen militando el ajuste vía shock más que TN. Pero ellos son sólo algunos (seguro los menos peligrosos) entre los nerviosos. Y la paciencia se les está acabando.
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Este es telón de fondo en el que, en estas semanas, se desarrollaron los hechos que describimos antes. Como señalaba Sebastián Soler en una nota publicada hace unos días, explicaciones para el “dólar récord” puede haber varias: la suba de las tasas de interés en Estados Unidos, el impuesto a la renta financiera, el boom de los créditos UVA que potencia la demanda, la sequía que afecta el volumen de las divisas liquidadas por el sector agrícola, entre otras. Sin embargo, las causas de esta “corrida” son más profundas, y se relacionan con las limitaciones que está presentando el programa económico del gobierno, con la ya mencionada tensión entre shock y gradualismo.
Como se evidencia en la difundida nota de Forbes, los sectores más concentrados están perdiendo la paciencia ante la estrategia gradualista. Quieren acción en serio, quieren shock. Así como los sectores populares tienen a la organización y la movilización como sus formas de intervención en la lucha de clases, el capital también tiene sus herramientas para marcar la cancha. Y cuenta con las facilidades de un gobierno que hace un culto de la “libre movilidad de capitales”.

Así, los grandes inversores, protagonistas de esta corrida, jugaron su carta y presionaron con fuerza sobre el dólar, llevándolo a pasar los $23. Sumarle un poroto al shock frente al gradualismo parece ser el eje de esta nueva ofensiva. Y el gobierno les anotó el poroto al día siguiente: suba de tasas y reducción del gasto público. La estrategia ortodoxa clásica para “generar un buen ambiente para las inversiones”. Y están que saltan de la alegría.


Para profundizar ese rumbo, este martes Macri anunció que se iniciaron negociaciones para pedir un “auxilio financiero” al FMI. La historia de estos acuerdos, en Argentina y en el mundo, es bien conocida: préstamos con la condición de desarrollar distintas medidas que profundicen el ajuste sobre la clase trabajadora. Nuevamente, como a finales del año pasado, el gobierno y los grupos económicos han tomado la ofensiva.
Sin embargo, los sucesos de diciembre nos recuerdan que no hay que ser pesimistas de antemano. Es importante, como en aquel momento, fortalecer la unidad para dejar en claro que recurrir al FMI es otro cable pelado, y que puede dar patadas.
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Fuente:LaTinta




Te lo anticipamos en enero 
Lo que Macri / Dujovne te informaron hoy ya se veía venir desde hace tiempo
El anuncio del Presidente Macri sobre la apertura de negociaciones con el FMI no fue una sorpresa para los lectores de El Cohete a la Luna. El columnista Sebastián Soler lo anunció en la nota “Las Buenas Maneras del FMI”, que se reproduce a continuación.
En 2016 el gobierno del presidente Mauricio Macri le pidió al Fondo Monetario Internacional que volviera a auditar la economía argentina, después de diez años de saludable abstinencia. Durante esa década, cuyas estadísticas no incluyen los registros sumamente favorables de los primeros tres años de la presidencia de Néstor Kirchner, el país creció a un promedio anual equivalente al que el presupuesto plurianual de Macri promete y celebraría alcanzar al final de su mandato; disminuyó el desempleo a casi la mitad (10,4% a 5,9%), y redujo la deuda pública hasta el nivel más bajo de todas las naciones del G20. A pesar de automedicarse. O, mejor dicho, gracias a ello.
El por entonces Ministro de Hacienda y Finanzas Públicas, Alfonso Prat-Gay, relativizó la importancia de esa visita inaugural: “En este momento tenemos una misión del Fondo Monetario que lo único que está haciendo es analizar la situación de Argentina; nosotros no tenemos por qué hacerle caso”. La aclaración es válida si se consiente la literalidad de la frase. “Argentina” no tenía por qué hacerle caso, pero su nuevo gobierno sí.
Son dos las razones por las cuales los gobiernos acatan las recomendaciones del FMI: porque ideológicamente las comparten o porque económicamente no tienen más remedio. Cuando se combinan ambas, como le sucede al gobierno de Macri, se le hace caso en todo. Un encomiable artículo de Julián Blejmar, publicado en la última edición dominical de El Cohete a la Luna, describe en detalle las equivalencias entre las políticas públicas impulsadas por Macri y las sugerencias incluidas en los informes finales de las auditorías completadas por el
staff del organismo en 2016 y 2017, en cumplimiento del Artículo IV del Convenio Constitutivo del FMI.
El gobierno aduce que las revisiones del Artículo IV sólo aconsejan medidas económicas pero no imponen las “condicionalidades” características de los programas de asistencia financiera del FMI, como los clásicos acuerdos stand-by. Verdadero, pero engañoso. La frontera entre los consejos y las condiciones se vuelve porosa a medida que crece la deuda pública de un país con el mercado internacional de capitales, y el nuestro está emitiendo bonos a un ritmo anual de 30.000 millones de dólares. A falta de lluvia de inversiones, tsunami de deuda. En su último informe, el FMI nos advierte la diferencia entre esos dos fenómenos climáticos. Después de pronosticar que “el endeudamiento se mantendrá elevado en los próximos años”, se lamenta porque “la inversión extranjera directa sigue siendo escasa, equivalente a un 0,75% del PBI, comparada con el promedio de 1,5% del PBI entre 2006 y 2016”, y explica que “posiblemente se deba al deseo de los inversores internacionales de ver un progreso sostenido en la implementación de las reformas estructurales”.
No hace falta leer el resto del informe para saber de qué “reformas estructurales” se trata porque son siempre las mismas, como lo ilustran dos estudios realizados por la Organización Internacional del Trabajo (OIT) en 2012 y por el Center for Economic and Policy Research (CEPR) en 2013, que analizaron, respectivamente, los informes del Artículo IV de 50 países de medianos y bajos ingresos (OIT) y de 27 países de la Unión Europea (CEPR). Por ejemplo, en 48 de los 50 países analizados por la OIT y en los 27 países analizados por el CEPR, el informe del FMI recomendó un ajuste fiscal y, en general, el método sugerido para ese ajuste fue el recorte del gasto público en vez del aumento de impuestos.
Ni siquiera el país más desarrollado de Europa esquiva la jeringa. En el informe revisado por el CEPR, el FMI le aconsejaba a la Alemania de Angela Merkel “incrementar la flexibilidad del mercado laboral mediante la reducción de las protecciones laborales jurídicas y judiciales”. Un repaso de las últimas auditorías del Artículo IV de nueve países sudamericanos —Argentina, Brasil, Bolivia, Chile, Colombia, Ecuador, Paraguay, Perú y Uruguay—, ninguno de los cuales tiene en la actualidad un acuerdo stand-by u otra modalidad de financiamiento del FMI que le exija condicionalidades, también revela un parecido notable entre las políticas públicas que el FMI les recomienda adoptar al margen de sus distintos grados de desarrollo, estructuras productivas, niveles de desigualdad y coyunturas económicas.
La similitud persiste aun cuando se comparan las recetas de la Argentina y Bolivia, dos países que se hallan en las antípodas económicas e ideológicas de nuestra región. En ambos casos, el FMI reclama recorte del gasto público, reducción de la participación del salario en el producto bruto, aumento de las tarifas de los servicios públicos, ampliación del impuesto a las ganancias, eliminación de las líneas de crédito subsidiadas a pequeñas y medianas empresas, aumento de la edad jubilatoria, flexibilidad laboral, congelamiento y recortes de la ayuda social. Como es de estilo, los informes incluyen una sección donde se expresan las “opiniones de las autoridades”, donde sí se puede apreciar la diferencia entre ser gobernado por Mauricio Macri o por Evo Morales.
Mientras las “autoridades” argentinas sólo disienten del informe para vaticinar resultados más optimistas, sin objetar ninguna de las medidas que el FMI les demandaría si su optimismo resultara infundado, el gobierno boliviano no deja dudas sobre lo que opina de ellas. Según se lee en el informe, las autoridades bolivianas “no adhieren a la recomendación del staff de ajustar la política fiscal”, “siguen creyendo en el rol del Banco Central de fomentar el desarrollo económico”, “consideran que los créditos del Banco Central a las empresas estatales son cruciales para financiar proyectos de inversión estratégicos con el fin de alcanzar la industrialización”, “plantean que la administración del tipo de cambio promueve estabilidad y protege a la economía doméstica de las presiones inflacionarias”, y “en general mantienen su compromiso con un modelo de desarrollo económico y social liderado por el estado”.
Más allá de las desmentidas políticamente correctas de sus funcionarios, la conducta del gobierno sugiere que le gustaría acordar con el FMI una Línea Flexible de Crédito (FCL) sin condiciones explícitas, facilidad excepcional que sólo está disponible para países con un “historial de adopción de políticas macroeconómicas adecuadas”.
Mientras Macri se ilusiona con que la Argentina se sume a Colombia, el único país sudamericano que ya ha obtenido una FCL, le convendría reparar en otros episodios cercanos que demuestran cuán velozmente un evento inesperado puede erradicar las sutilezas diplomáticas de la relación con el FMI. En 2016, Ecuador obtuvo del organismo una asistencia financiera de emergencia “no condicionada” (Instrumento de Financiamiento Rápido o RFI) de u$s 364 millones, para cubrir necesidades urgentes de balanza de pagos por los gastos extraordinarios de reconstrucción luego del terremoto que asoló a ese país. En la carta que le envió el gobierno ecuatoriano a la directora ejecutiva del FMI para solicitarle esa ayuda de emergencia, el gobierno se comprometió a “evitar medidas o políticas que potenciarían las dificultades de la balanza de pagos” y a “implementar las medidas de gastos y recursos necesarias para alinear nuestra situación fiscal con el financiamiento disponible”, incluyendo “la generación de recursos adicionales mediante la venta de activos estatales”.
Cuando menos se lo espera, los consejos se transforman en condiciones y las promesas devienen contratos.
Fuente:ElCohetealaLuna

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