23 noviembre, 2020
Murió Sara Solarz de Osatinsky, la Kika
Militante y viuda de Marcos Osatinsky, dirigente de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR), organización político militar de los años 70, fue sobreviviente de la ESMA y querellante en juicios de lesa humanidad. Falleció a los 85 años en Suiza.
Este lunes falleció en Suiza a los 85 años Sara Solarz de Osatinsky. Conocida como la Kika, fue un cuadro revolucionario, testigo clave del robo de bebés en la dictadura genocida y querellante en los juicios de lesa humanidad. Era viuda de Marcos Osatinsky, dirigente de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR) y madre de dos hijos asesinados por la dictadura cívico militar.
En 1977 fue detenida y trasladada a la Escuela Mecánica de la Armada (ESMA) donde fue torturada y violada. En 1979 fue liberada y embarcada en avión para España por personal de la Armada Argentina.
Durante su cautiverio la obligaron a atender a las detenidas embarazadas a las que luego le robaban sus bebés. Presenció trece partos y recordaba el nombre y apellido de sus compañeras parturientas. Por esto, su testimonio fue fundamental para conocer el mecanismo por el cual sustraían a las criaturas de sus madres.
En la ESMA, el genocida Héctor Verges le contó cómo había matado a su hijo Mario, de 18 años, cómo había secuestrado y dinamitado el cuerpo de su marido, Marcos, y le expresó “su alegría” por la desaparición de su hijo José, de 15 años, también en Córdoba.
En 2018 fue querellante en Córdoba en la causa Montiveros, que juzgó el secuestro y desaparición de José, su hijo menor de 15 años acribillado por la Policía en barrio Güemes junto a un estudiante universitario.
Fuente:Notas
El testimonio de la sobreviviente de la ESMA, que murió ayer, en el juicio por La Perla
Sara Osatinsky: "El represor Vergez me contó paso a paso el asesinato de mi marido y de mis hijos de 15 y 19 años"
Marta Platía
Desde Córdoba
A lo largo de muchas de las audiencias del megajuicio por los crímenes cometidos durante la dictadura en el centro clandestino La Perla, en Córdoba, varios testigos describieron atroces crueldades no sólo porque las padecieron en carne propia, sino porque fueron los mismos criminales los que se solazaron contándolas como si fuesen hazañas. Algunos hasta casi las firmaron: como si se tratara de un artista que firma una obra de arte. Total –solían repetir en los campos de concentración– hablaban “con muertos vivos”. Uno de los casos más aberrantes de este tipo de perversión con sello de origen fue el que sufrió Sara Solarz de Osatinsky: la viuda del reconocido militante Marcos Osatinsky, cuyo asesinato en Córdoba mencionó Rodolfo Walsh en su legendaria Carta abierta a la Junta Militar de 1977. Sara atestiguó que fue el represor Héctor Pedro Vergez, alias “Vargas” o “Gastón”, el que no le ahorró ni media pena, quien le relató el itinerario de sangre y muerte que diezmó a su familia y que Sara contó ante el Tribunal Oral Federal Nº 1 de esta provincia.
La única sobreviviente de la familia de Marcos Osatinsky viajó desde Suiza para dar su testimonio. Sara recordó que el mismísimo Vergez la fue a buscar a la ESMA, donde la mantenían torturada y cautiva, con el fin de trasladarla a Córdoba para asesinarla: “El me dijo que el apellido Osatinsky tenía que ser borrado de la faz de la Tierra en Córdoba –remarcó–. Y me contó paso a paso cómo mataron a mi marido Marcos; a mi hijo Mario, de 19 años, y a José, el menor, de 15”. Sobre José, incluso, Vergez le enrostró a la madre una queja de asesino frustrado: “Al más chico lo mató la policía... Desgraciadamente no fuimos nosotros. Nos ganaron de mano”. Los “nosotros” de Vergez eran sus cómplices y sicarios del Comando Libertadores de América (CLA), la versión cordobesa de la Triple A.
En la sala de audiencias, lo de Sara fue a veces insoportable. Pero con la energía de quien despertó todos estos años, día por día cuidando cada bocanada de vida para llegar a ese momento, ella declaró durante más de cinco horas con las fotos de sus amados sobre su escritorio. “El (Vergez) me dijo que querían borrar nuestro apellido de la faz de la Tierra. Pero no pudieron, y acá estoy yo para dar testimonio por los míos, por mí”, dijo Sara, y el represor pegó su barbilla contra el pecho, la boca ajustada en una mueca que ya no pudo destrabar.
“¿Y usted cómo es que sabe todo eso?”, preguntó el juez Julián Falcucci. “Es que Vergez me contó todo. El me buscó en la ESMA y habló, habló... Me contó cómo habían torturado a Marcos (Osatinsky) en el D2, en el Campo de la Ribera. Cómo lo habían llevado una vez a una quinta para picanearlo, pero que como se les cortó la electricidad y no pudieron, entonces lo ataron al paragolpes de un auto y corrieron carreras con su cuerpo torturado. Me dijo: ‘su marido es un hombre muy recto, ¿sabe? No le pudimos sacar ni una palabra’. Y que cuando ya estuvo muerto y lo llevaban en un cajón rumbo a Tucumán para entregárselo a sus familiares para que lo enterraran, él y los del Comando Libertadores de América se robaron el cajón, lo abrieron y dinamitaron el cuerpo”. Sara aseguró que ella tuvo “una especie de premonición el día que mataron a Marcos (21 de agosto de 1975). Nadie tuvo que avisarme. Me desperté de golpe, oí una sirena de la policía y supe que ya estaba muerto.” Algo parecido le sucedió con el asesinato de su hijo Mario: “Este hombre (Vergez) me contó que lo rodearon a él y a tres amigos en una casa en La Serranita. Que con megáfonos les dijeron que salieran. Ellos escaparon por detrás. Uno de los muchachos conocía muy bien la zona y huyeron por el monte. Pero en la madrugada, cuando subieron a la ruta cerca de Alta Gracia, como todos los caminos estaban tomados por los militares, los estaban esperando y los acribillaron. Yo estaba en casa. De pronto por la radio una voz dijo ‘Alta Gracia’ y me desmayé. Caí seca al piso. Cuando volví en mí, lloraba a los gritos”.
Con Sara ya secuestrada y cautiva en la ESMA, Vergez tampoco se ahorró ironías en la descripción de la feroz cacería humana en la que asesinaron a José, de 15 años, el hijo más pequeño de los Osatinsky. La laceró repitiéndole que “desgraciadamente” la policía se les había adelantado a los suyos, los del CLA. “José todavía iba a la secundaria, era nada más que un chico –se quebró la madre–. Me contó que lo corrieron por los techos de las casas del barrio. Que lo acribillaron.” Con los ojos fijos en la foto del hijo, Sara contó que, a diferencia de Marcos y Mario, “a él no pude llorarlo. No quería creer que estaba muerto. Recién en 1984, cuando lo encontraron en una fosa común y me avisaron, pude hacer el duelo... La doctora María Elba Martínez (una de las abogadas decanas en la defensa de derechos humanos de Córdoba) me llamó y me dijo que habían identificado sus restos... Le pedí a ella que lo enterrara. Yo ya estaba en el exilio”. Pero los restos no pudieron ser sepultados. Ocurrió que a último momento –y aún no está claro por qué– “alguien” dio una orden y las bolsas con los huesos de él y de otras víctimas de la represión fueron incineradas. La querella del abogado Claudio Orosz y la fiscalía de Facundo Trotta pidieron que se investigara la cadena de autoridades: desde el intendente hasta el director del cementerio, ya que “en 1984 Córdoba vivía en democracia”.
Sara nunca fue trasladada a Córdoba. Pero el detalle de los crímenes de sus dos hijos y esposo se fijaron en su memoria nada menos que por la palabra de quien se adjudicó la autoría. Y en este punto Héctor Pedro Vergez parece llevar la delantera a sus cómplices, aunque no es el único cultor de esta perversión ególatra. También por su propia boca se conocería paso a paso cómo masacraron a la familia de Mariano Pujadas: uno de los 19 jóvenes acribillados en Trelew en 1972. El testigo Gustavo Contepomi, quien declaró desde España por videoconferencia, denunció la existencia de “un documental catalán” en el que los periodistas fueron guiados por “una voz” que él creyó reconocer “como uno que se hacía llamar Gastón, y que por las indicaciones, lugares y precisiones que les daba a los documentalistas no podría ser de alguien que no fuera partícipe necesario en la masacre”: la madrugada del 14 de agosto de 1975 en que un comando del CLA mató al padre, la madre, el hermano y dos cuñadas del joven Pujadas. Al respecto, las testigos Cecilia Suzzara y Liliana Callizo coincidieron: “Vergez siempre se jactaba de cómo los habían tirado en un pozo y los dinamitaron”; al tiempo que Callizo implicó también a Barreiro en esta matanza.
Es que entre la horda afecta a reclamar el derecho de autor también se cuenta el represor Ernesto “Nabo” Barreiro, quien, entre otros crímenes, no habría tenido reparos en descerrajarle en la cara al sobreviviente Jorge De Breuil mientras lo atormentaba en el Campo de La Ribera: “¿Te gustó la orgía de sangre que hicimos con tu hermano?”, refiriéndose al fusilamiento de Gustavo De Breuil, asesinado junto al abogado Miguel Hugo Vaca Narvaja (h.) y a Higinio Toranzo en un simulacro de fuga. Una frase-tortura que De Breuil remarcó en sus testimonios ante el Tribunal. Otros, como el pertinaz violador Miguel Angel “Gato” Gómez, gustaba de quitarles la venda a sus víctimas antes de ultrajarlas y les lanzaba: “Mirame bien, yo soy el Gato, tu torturador”. O José “Chubi” López, quien le ordenó a Graciela Geuna que lo mirara “porque cuando te podamos matar te voy a matar yo. Y cuando te mate, lo último que vas a ver son mis ojos”. O el relato de una noche en La Perla, cuando ante Patricia Astelarra el represor “Luis Manzanelli y otros contaron como una anécdota cómo habían asesinado en la ruta al obispo (de la Rioja, Enrique) Angelelli, y cómo lo habían dejado tirado en el pavimento, con los brazos abiertos en cruz”. Reconocido por su saña en la sala de tortura, Manzanelli solía presumir de que “todos, absolutamente todos los que pasaron por aquí han pasado por mis manos”. También por su propia boca, y en su afán por ensuciar a los sobrevivientes, el represor civil Ricardo “Fogo” Lardone terminó admitiendo, en pleno juicio, haber participado en “lancheos”: recorridas por la ciudad para secuestrar gente y alimentar así la maquinaria de terror, tortura y muerte de La Perla.
Tenía 85 años
Murió Sara Solarz de Osatinsky, testigo clave del robo de bebés durante la última dictadura
"Era como una madre para todos nosotros, yo tenía 20 y ella tendría 45, había perdido a sus dos hijos adolescentes y habían matado a su marido, era una mujer tan maternal, cálida y solidaria, con su tonito tucumano", recordó ante Página/12 Miriam Lewin, sobreviviente también del campo de exterminio que funcionó en la Esma. "Sufrió muchísimo pero no perdió su ternura. Vivió su exilio en Suiza y trabajó con refugiados, volvió para recuperar los restos de uno de sus hijos", agregó Lewin, periodista y actual Defensora del Público. En los últimos tiempos, Osatinsky tenía problemas de memoria y cognitivos, un grupo de compañeras ex militantes se hicieron cargo de cuidarla.
De cabellos castaños y largos, con una sonrisa permanente detrás de la que se ocultaba una inmensa tristeza, era viuda de Marcos, jefe de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR), y madre de los jóvenes Mario y José, todos asesinados por la dictadura. Solarz fue detenida en Buenos Aires en 1977 y mantenida cautiva en la Escuela de Mecánica de la Armada. Allí fue torturada y violada, luego denunciaría al prefecto Héctor Febres por abuso sexual. También fue obligada a realizar trabajo esclavo, puntualmente en la sala donde eran atendidas las cautivas embarazadas, a las que luego les robaban sus bebés, por eso sus compañeras también la llamaban "la partera".
Quica asistió al parto de Patricia Roisinblit y no menos de quince mujeres más, y por eso declaró en 1998 en la causa por la apropiación de menores durante la dictadura, cuyo juez, Adolfo Bagnasco, había viajado para interrogarla a ella y a otras sobrevivientes exiliadas en Suiza y España, hechos que fueron reflejados por Página/12. “Había mujeres que pedían que no les cortaran el cordón umbilical porque sabían que serían separadas de sus bebés y que las matarían”, fue una de las frases más dolorosas de Osatinsky cuando declaró en Berna.
Solarz de Osatinsky recuperó su libertad en 1979, cuando fue embarcada en avión para España por personal de la Armada Argentina, con pasajes suministrados por la fuerza. Ya en el exterior, fue protagonista de una intensa campaña que denunció, en todo el mundo, los crímenes de lesa humanidad perpetrados por la dictadura cívico-eclesiástica-militar argentina. Ese año fue protagonista del denominado Testimonio de París, donde tres mujeres sobrevivientes (además de Sara Solarz de Osatinsky, Alicia Milia de Pirles y Ana María Martí) describieron el funcionamiento de la Esma, los vuelos de la muerte y la apropiación de bebés.
En aquel testimonio, Quica pudo ubicar, entre otros, a Gonzalo "Chispa" Sánchez, el oficial de Prefectura que también participó del secuestro de Rodolfo Walsh, y que en mayo pasado fue extraditado desde Brasil. Contó que un par de días después del secuestro, cuando la hicieron sentar y sacar la capucha para fotografiarla, Sánchez le dijo: “Yo soy uno de los que la secuestró”. Y que más tarde le contó también cómo los cuerpos eran tirados al mar.
Con el retorno de la democracia, fue testigo del Juicio a las Juntas (Causa 13), donde relató que, pocos días después de su ingreso en la Esma, fue interrogada por dos hombres de civil que dijeron pertenecer al Tercer Cuerpo de Ejército y al campo de concentración La Perla. Según el testimonio uno de ellos, Héctor Vergés, le relató cómo había matado a su hijo Mario, de 18 años, cómo había secuestrado y dinamitado el cuerpo de su marido, Marcos, y le expresó “su alegría” por la desaparición de su hijo José, de 15 años, también en Córdoba.
Una y otra vez Sara Solarz de Osatinsky dio testimonio. En 2018 Sara tenía ya 83 años pero no cejaba en su afán militante: fue querellante en Córdoba en la causa Montiveros, que juzgó el secuestro y desaparición de José, su hijo menor. Había comenzado denunciando junto a otras compañeras ante la Comisión Argentina de Derechos Humanos (CADHU), en 1980, donde detalló la metodología del Terrorismo de Estado.
Organismos de derechos humanos estarían organizando el posible traslado de su cuerpo desde Ginebra para enterrarla en Tucumán con los restos de su hijo, al que identificó el Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF). Fue el primer logro del trabajo de exhumaciones que el EAAF realizaba desde diciembre de 2003 en el Cementerio San Vicente de Córdoba: uno de los cuerpos desenterrados fue identificado como el de Mario Osatinsky, asesinado el 25 de marzo de 1976, a los 18 años, en La Serranita, un paraje cercano a la localidad de Alta Gracia. Así lo estableció la Justicia federal cordobesa en la resolución que le entregó entonces a Sara, cuando regresó de Europa para buscar los restos de su hijo.
Fuente:Pagina12



No hay comentarios:
Publicar un comentario