29 de noviembre de 2020

OPINION.

Diego, historia, identidad y pasión

Por Coordinadora Barrial Resistencia. Resumen Latinoamericano, 27 de noviembre de 2020.

A la derrota de los pueblos, algunos eligen llamarla neoliberalismo.
Es, en definitiva, un retorno a las fuentes y una profundización del virus del capitalismo, que destruyó y destruye todo vestigio de lazos comunitarios para arrojarnos a un mundo de individuos que compiten y consumen. Es ese modelo de civilización que hoy amenaza destruir a la naturaleza y, con ella, a la propia especie humana.

La expresión jurídica de esa cultura de “el hombre, lobo del hombre”, de “la sobrevivencia del más apto” (que algunos pretenden llamar “meritocracia”), está en la entronización del derecho a la propiedad privada. Para la burguesía (y para los giles), la propiedad privada forma parte, incluso, de los derechos humanos. En nuestro país es un derecho constitucional de primer orden que, como hemos visto en estos días, está por encima del derecho a la vivienda digna, de los derechos de la niñez y de la propia dignidad humana.

Esta es una historia de unos pocos cientos de años que, a lo mucho, tiene raíces más lejanas en algunas tribus de Europa occidental y lo que alguna vez se llamó Asia Menor. Por el contrario, desde los orígenes mismos del ser humano, su naturaleza está vinculada a lo comunitario. Sólo en la comunidad el individuo encuentra su identidad y su razón de ser. El ser humano es un animal social, comunitario.

En América, la invasión, el genocidio, el robo de las tierras, las guerras, la esclavitud y las formas feudales de servidumbre, fueron configurando, primero, una gran desarticulación de las civilizaciones y las culturas anteriores a la ocupación colonial y, luego, sociedades mestizas que convivieron, bien o mal, con los pueblos originarios. Dentro de ese mestizaje, además, se daban las estratificaciones importadas de la organización feudal europea.

Con la independencia de los colonos respecto de sus metrópolis, esas sociedades comenzaron a intentar constituirse en naciones (es decir en comunidades), inevitablemente por el camino inverso al de Europa, en donde las nacionalidades estuvieron antes que los estados-naciones: aquí, para empezar, se constituyeron los estados, en general de espaldas a las comunidades originarias derrotadas, una gran parte de las cuales se fue disgregando en el mestizaje, particularmente con las capas más bajas de la sociedad colonial. Un rasgo que se presentó en algunas de estas sociedades con cierto desarrollo comunitario y que pretendieron constituirse en naciones fue que, a poco de andar, se abrieron ansiosamente a la inmigración europea.

Las capas más bajas, el proletariado, de esos inmigrantes fue a fusionarse en aquel mestizaje, enriqueciéndolo en matices culturales y en experiencias. Un sector importante, sin embargo, empezó a verse a sí mismo como “clases medias”, que luego se verían engrosadas por ciertas de etapas de ascenso social.

Exactamente ciento cincuenta años después de la Revolución de Mayo, que dio inicio al proceso independentista de nuestro país, nació Diego Armando Maradona.

Cinco años antes de su nacimiento, había sido derrotado sangrientamente el segundo intento del pueblo argentino de sentar las bases de una comunidad, de una nación que merezca tal nombre, es decir una sustentada en el pueblo mismo constituido en una comunidad; superando la mera sociedad de individuos y en donde no hay nada superior a los intereses de la comunidad, del pueblo, de la mayoría trabajadora.

Pero la clase trabajadora mestiza, a la que pertenecía Diego por derecho de cuna, todavía persistía en esa voluntad de constituirse en el eje vertebrador de esa nación. Con apenas la conciencia de sí misma, mezclada con una vaga certeza de que, para la empresa gigante a la que aspiraba, necesitaba el poder. El poder que, sentadas en un trono de sangre, detentaban las oligarquías capitalistas sin proyecto de nación, sin otro proyecto de país que la continuidad de los modelos coloniales.

Todo pueblo puesto a construir una comunidad para proyectarla en una nación (esa tarea de siglos) trabaja en construir sus rasgos propios de identidad, de pertenencia. Visto de afuera, parece soberbio y pretencioso. Esas tareas históricas no son para cualquiera, no son para tibios.

Los que ya recorrieron ese camino, los que prefieren una buena colonia proveedora, “están de vuelta”. Dicen que ya pasó esa época, que eso es reaccionario. Ellos tienen sus siglos de historia como comunidades; su identidad; su orgullo, inclusive; pero dicen que lo de esa nueva comunidad es superfluo, innecesario; ahora tenemos que ser todos “ciudadanos del mundo”.

Todos sabemos cómo es esta historia: lo que mueve estas patrañas es la acumulación de riquezas, el saqueo, la posición dominante en los mercados. Los privilegios. Y las clases medias cosmopolitas, compran esa mierda. Pero es lógico, la tarea de construir naciones, comunidades; la tarea de hacer historia; les quedan grandes. Son pequeños, estériles, egos, “méritos”, “moral”, “mesura”.

Cuando Diego empezaba en Primera, con más sangre y más saña que nunca, la clase trabajadora argentina, que, con la potencia de sus luchas, de su prepotencia, de su ambición constructora, arrastró a un sector de las clases medias a “tan desmesurada empresa”, había sido “derrotada estratégicamente”. Pero tardamos en darnos cuenta todo el significado de esa expresión.
Y entonces, Diego se alzó. Y creímos.

Creímos en nuestra propia leyenda: que veníamos desde muy abajo, desde el Sur, desde lo más humilde; pero que, con los dientes apretados y la frente en alto, con prepotencia, con tropezones y caídas, puteando, encarando, boqueando, íbamos a vencer. Petisos morochos que nos llevábamos el mundo por delante. Como corresponde, como es nuestro deber. Con un talento inmenso; pero puesto al servicio “del grupo”, “del equipo”; en definitiva: del pueblo, de “la Argentina”. Cumpliendo una tarea, una misión. Cumpliendo nuestro destino de grandeza.

Creímos que íbamos a volver. Porque siempre volvemos.

Diego expresó, Diego fue, sin saberlo, sin que lo supiéramos, el fin de una etapa en la historia de nuestro pueblo. Una etapa que ya había terminado, manu militari ; y que agonizaba; pero que tuvo en Diego ese estertor luminoso, ese fulgor antes de la nada. Y nos estremecimos porque nos habíamos olvidado lo linda que era la vida; lo hermosa que es la victoria.

Después Diego cayó “ahí”, caímos “ahí”, en la final; pero con la frente en alta, llenos de orgullo. Después volvimos a creerle, volvimos a creer, pero ya no se podía. Ni frente en alto, ni final. La derrota es la derrota, pibe: basta.
Y, mientras tanto, había llegado el invierno del individualismo, del neoliberalismo, del posmodernismo, la posverdad; el fin de los relatos y, claro, el fin de la historia.

Y, como tantos otros, que habían ido a la batalla en comunidad, en comunión; con un proyecto para una clase, para un pueblo, para una nación, desandó el camino de lo comunitario y se hundió en su historia individual, que ya no tuvo grandeza (no por su culpa, claro; nada tiene grandeza en la derrota) sino brillantina, luces de artificio.
Pero Diego, al que tantos llaman Dios; tal vez por algún misterio de la Trinidad, en realidad era Hijo.

Él pudo representar los que representó, él pudo representarnos, porque era hijo de una clase y de un pueblo en ofensiva, ambicioso y prepotente. Camorrero, pasional, fanático. Su identidad y su razón de ser, estaban en este pueblo trabajador, el de los cabecitas que habían irrumpido para que, entre otras cosas, él naciera en un suburbio de la Buenos Aires industrial, en Fiorito.

Y como se impuso la propiedad privada sobre lo comunitario, hoy su familia, que ya no viene de dónde él vino gracias a él (como demasiadas veces pasa), se lo arrebató a su pueblo. Impuso su mundo chiquito; sus mezquindades; su propiedad, claro. En esta sociedad, ellos son los dueños del Diego y hacen lo que les parece.

Como muchos recordaron hoy, Diego era un negro de mierda. Y, a derecha y a izquierda, reaccionarios y progresistas, toda la clase media (con sus “pero”; con sus “persona, por un lado; jugador, por el otro”) piensa que este pueblo es un montón de negros de mierda. Están absolutamente convencidos de que este es un país de mierda, lleno de negros de mierda. Y que ellos nos hacen un favor cada día en que no se van a Europa.

Porque no se bancan a estos negros de mierda. Que se emborrachan en los velorios; con vino de cartón; que festejan; que se pelean con la policía; que rompen cosas; que no saben qué es un barbijo; que dicen “puto”, “maricón”; que no tienen conciencia de clase; machistas, patriarcales, quemados. Feos, sucios y malos. Y el Diego, que era nuestro Hijo, ni hablar: el peor.

Pero lo que tampoco saben (tal vez porque no lo practican), es que a los hijos se los banca y se los ama incondicionalmente. Ni siquiera saben lo que es ser incondicional. Ellos no se la juegan por nadie ni por nada.
Nos desprecian, nos odian. Desde siempre. Son pequeños, impotentes, mediocres. Y esconden su mediocridad atrás de una hipócrita pretensión de sensatez, de cordura, de razonabilidad, de meritocracia.

Nuestras cárceles revientan de pibes pobres. Todos. Miles. Ladrones, asesinos, femicidas, traficantes. De todo. A todos, a todos, los quiere su madre, los bancan los amigos. No hay monstruos; sólo gente pobre en un país destrozado, saqueado, derrotado.

Todos son nuestros hijos. Hijos de nuestra sociedad. Para los que nos hacemos cargo, porque nos hacemos cargo, esa sociedad a veces nos parece una comunidad, una identidad, una Patria. Buenos, malos o peores, son nuestros. Como el Diego. Acá nadie sabe manejar sus emociones, sus pasiones. Y ese es nuestro orgullo.

Ese es nuestro pueblo y hay quien quiere educarlo, enseñarle el marxismo, los derechos humanos, el respeto, la racionalidad, el lenguaje inclusivo.
Como todos vienen de esas clases estériles, que nada tienen para aportarle a la historia, predican la impotencia, con la palabra y con el ejemplo.

Gramsci decía, evidentemente al pedo, que nadie podía pretenderse un verdadero intelectual (es decir, un intelectual revolucionario) “si se halla separado del pueblo-nación, es decir, sin sentir las pasiones elementales del pueblo, comprendiéndolas y, por lo tanto, explicándolas y justificándolas por la situación histórica determinada; vinculándolas dialécticamente a las leyes de la historia, a una superior concepción del mundo, científica y coherentemente elaborada: el «saber».

No se hace política-historia sin esta pasión, sin esta vinculación sentimental entre intelectuales y pueblo-nación. En ausencia de tal nexo, las relaciones entre el intelectual y el pueblo-nación son o se reducen a relaciones de orden puramente burocrático, formal; los intelectuales se convierten en una casta o un sacerdocio (el llamado centralismo orgánico)”. Pasiones. De eso hablaban los verdaderos maestros de los trabajadores revolucionarios. De pasiones.

Y el Che, que al pueblo, lo que hay que enseñarle es a conquistar sus derechos; es decir, a pelear, “hacerlo entrar en revolución”. Después, él les va a enseñar a todos, decía.

Eso es lo que necesita nuestro pueblo, que lo amen y que, con sus pasiones como herramienta, se haga “política-historia”; no que le vengan a enseñar cómo comportarse (ni siquiera, o especialmente, “por su propio bien”). El pueblo argentino no necesita de la condescendencia de las clases medias, que es peor que el odio de las clases medias.

La muerte de Diego cierra definitivamente una etapa de la historia de nuestro pueblo trabajador. Y para una generación que empezó a andar las calles con los 70, marca también el ocaso. Pero la muerte es sólo una fase del ciclo. Nuestro pueblo necesita parir nuevos héroes, reales y simbólicos, nuestra realidad lo reclama a gritos. Es hora de llamar a la partera.
Hace falta desatar las pasiones más terribles de nuestro pueblo y hace falta quien las direccione.

Porque, más allá de las palabras y el chamuyo, todo lo que realmente tenemos como pueblo son nuestras pasiones. Diego Armando Maradona era “un torbellino de pasiones”. Por eso fue, es y será nuestro: nuestro ídolo, nuestro Hijo, nuestro Dios, nuestro espejo. Y al que no le guste, que la chupe.



Maradona en la batalla de ideas

Por Mónica Saiz. Resumen Latinoamericano, 27 de noviembre de 2020.

Hoy el huracán arrasador del amor popular barrió cualquier comentario insiodioso contra el Diego. Los que se atrevieron a hacer alguno, quedaron sepultados por la realidad inapelable de la pasión de las masas, esas que cuando se mueven por sus propios objetivos son capaces de cambiar la historia. Hoy el pueblo le tapó la boca al odio de las élites.

Macron, en representación de lo más alto del sistema político imperialista, deslizó su crítica contra el Maradona revolucionario, en una dudosa elegía. Ningún otro líder político de derecha se atrevió a abrir la boca. Solo los revolucionarios se solidarizaron con el dolor de nuestro pueblo.

Pero quiero detenerme en la carta de Macron porque es una señal de la desmaradonización que se vendrá, indefectiblemente, cuando las aguas bajen. Los franceses son conocidos por haber inventado el perfume para ocultar sus hediondeces, no encuentro metáfora mejor para esa carta.

Ahí dice que las visitas de Diego a Fidel y Chávez tienen sabor a derrota, claro, fue una derrota para el sistema dominante, para la cultura oligárquica, pero él pretende, como lo intentan muchos, asimilarlo a los errores del Diego que hay que perdonar, incluso algo mucho peor que la droga, se deja entender… ¡Qué canallada de Macron!

Y después dice que la revolución Diego la hizo en la cancha, para subrayar que él -como Napoleón venido a menos, subido en la cúspide de la civilización mundial- lo perdona a Diego y a la vez lo encasilla en el marco que a la historia oficial le conviene y pretenderá asignarle: la cancha.

Cuando la conmoción acabe, los miserables de la cultura oficial, los de la colonización pedagógica -como diría Jauretche-, van a seguir la línea de Macron. ¡Qué éxtasis para un colonizado de medio pelo poder citar al presidente francés! Qué asco, la verdad…

La militancia popular, como trinchera de la conciencia revolucionaria de nuestro pueblo, tiene la tarea de dar esa batalla de ideas. De reivindicar la cuestión social de Maradona, con sus luces de conciencia de clase y sus sombras, las que él mismo señaló cuando dijo que le dolía todo lo que le arrebató la droga, por todas las cosas que podría haber hecho, por todo lo que perdió. Porque nosotros, los revolucionarios, las revolucionarias, también estamos en una batalla para que la droga no se robe lo mejor de nuestras juventudes en el seno del pueblo. Porque el narco es un instrumento del imperialismo para la degradación de nuestras sociedades y la neutralización del espíritu impugnador, creativo y rebelde de nuestros pibes.

Tenemos que mostrarles a ellos, a ellas, ese drama de Diego, que quiso recuperarse, que en un momento lo logró con el apoyo de Cuba. Decirles que fue un triunfo en la vida de Diego su visita a Fidel, que significó un importante periodo de rehabilitación de su salud y de su formación política. No una derrota, como dice el miserable de Macron.

Además, no sé qué tipo de feminista soy, solo imagino que siguiendo por el camino ideológico que emprendió, Diego bien hubiera podido revisar su machismo, pero esta idea que tengo no es parte de la historia que podemos contar sino que pertenece a los pensamientos que surgen de nuestra condición revolucionaria, que nos hace proyectar lo necesario como posible.

En el terreno de lo histórico, solo puedo decir que le doy gracias por lo que fue, pienso que fueron demasiadas batallas para alguien que no se propuso ser un modelo de nada, que «solamente» llegó a ser el mejor futbolista de todos los tiempos. Desde ahí rompió todos los marcos. Lo demás fue yapa… Un maravillosa yapa que nos regaló.

El Diego antiimperialista, solidario con las mejores causas de la humanidad, el que aman en Cuba, en Nicaragua, en Venezuela, en Bolivia, en Palestina, en Siria, el que está en el corazón de los pueblos que se levantan contra los responsables de las Villas Fiorito, del hambre y el desamparo en el mundo.
Gracias Diego, tus goles a los ingleses son una bella alegoría de nuestra historia. Tu genialidad, tu irreverencia, tu patriotismo, tu lealtad al pueblo, tu valentía son necesarias para toda victoria. Por eso te odian, por eso te amamos.

Fuente: Editorial de Portal ALBA

Envio:RL



No hay comentarios:

Publicar un comentario