16 de enero de 2023

OPINION.

 


Infinita energía

15/01/2023 

Dos años atrás se publicaban en esta columna las aventuras de dos muchachos santarroseños (Fabián y Javier Barreiro) quienes, residentes en EEUU, y dedicados al rubro de la programación y la automatización, terminaron por firmar contrato con la NASA. El objetivo de ese contrato es algo así como el sueño del pibe (o no tan pibe, el sueño de cualquiera que leyera ciencia ficción en las décadas del '60 y 70 del siglo pasado): desarrollar autos voladores. Claro que la NASA no los llama así: para ellos son "vehículos de movilidad aérea avanzada".

 

Autos.

 

El recuerdo resultó inevitable al tomar contacto con las reseñas de un libro de muy reciente aparición, "¿Dónde está mi auto volador?", de J. Storrs Hall. Una obra polémica, que abreva un poco en las promesas incumplidas de la tecnología de aquellos años (no sólo los autos voladores, sino también los viajes espaciales accesibles, las bases lunares, las ciudades bajo el mar, etcétera) y que suelen resumirse en el quejoso slogan: "el futuro ya no es lo que era".

 

La verdad es que el desarrollo tecnológico nos ha llevado a otros lugares no menos extraños, un poco como ha ocurrido con la distopía de George Orwell en "1984", que no se cumplió pero casi. En los '60 nadie lo predijo con tanta claridad, pero hoy gozamos de adelantos igualmente asombrosos, y véanse si no la internet, los teléfonos inteligentes, los televisores de pantalla plana, las videoconferencias y el "streaming" de películas, las vacunas de ARN mensajero, la inteligencia artificial que compone sinfonías y escribe novelas.

 

Sin embargo, el interés de J. Storrs Hall no se detiene meramente en la tecnología, sino en algo subyacente, más profundo, que es el uso de la energía. En un análisis histórico irrefutable, se encarga de señalar cómo la explosión del consumo de energía a partir de fines del siglo XVIII, con el carbón, el vapor y el petróleo, permitió adelantos que elevaron la calidad de la existencia humana en todos los sentidos, sin ir más lejos, duplicando la cantidad de años de expectativa de vida.

 

Mientras en la corte de Versailles, que acumulaba todo el lujo posible en el planeta, no existía la calefacción y debían deambular por el palacio con tapados de piel, mientras el agua se congelaba en las copas, el proceso que describe Hall permitió que el consumo de energía creciera a un promedio del 7% anual, como así también el optimismo y la confianza en el progreso que traería la ciencia.

 

Atasco.

 

Sin embargo, alrededor de la década del '70 del siglo pasado, ese paradigma cambió, y comenzó a imperar un pensamiento que el autor denomina "ergofobia", según el cual estaríamos convencidos de que hay algo malo en que usemos la energía. Desde luego, no hay duda de que los combustibles fósiles están deteriorando el planeta y su clima, pero ya existen indicios de energías limpias y abundantes a las que todos podríamos tener acceso, especialmente con el anuncio, el mes pasado, de que ya es posible replicar en laboratorio la fusión nuclear, esto es, el sistema por el cual el Sol produce la energía a la que le debemos la vida en la Tierra.

 

Las estadísticas lo demuestran: en EEUU el consumo promedio de energía en 1979 era de casi 11 Kw. por persona. Cuarenta años después en 2019 ese promedio se redujo a 9,2 Kw. Esta tendencia va en línea con lo que promueven los ambientalistas, pero Hall lo ve como poco menos que una catástrofe para la civilización.

 

Para él la humanidad está estancada, precisamente por esa autoimposición del ahorro energético, que inviabiliza desarrollos tecnológicos necesarios, si no imprescindibles. Por ejemplo, ¿cómo es posible que siendo el agua el elemento preponderante en el planeta, todavía no hayamos diseñado un sistema eficiente para desalinizar y potabilizar la que se encuentra en los mares, solucionando así la escasez de agua dulce? ¿cómo podemos tolerar que nuestros sistemas sanitarios y cloacales continúen funcionando con la misma tecnología de hace tres o cuatro siglos atrás?

 

Igualdad.

 

Hay algunos argumentos del libro que resultan inquietantes. Por ejemplo, cuando el autor lamenta que las armas atómicas hayan complicado tanto el arte de la guerra, y ya no sea más como antaño, cuando un país mal administrado por sus gobernantes era presa fácil para los apetitos expansionistas de sus vecinos más vigorosos. Viendo la calidad de la dirigencia argentina, esa perspectiva no resulta muy alentadora que digamos.

 

Sin embargo, hay un punto en el que el argumento de Hall parece dar en el blanco, y es que la actual escasez de energía tiene un efecto directo en la inequidad entre los seres humanos, cuya calidad de vida puede medirse conforme el consumo energético. Si la energía -como propugna Hall- puede y debe ser abundante y barata, muchas más personas tendrían acceso a ella.

 

Lo que ocurre es que -según su visión- hemos perdido aquel ímpetu que comenzara con la Revolución Industrial, por el cual marchábamos confiados hacia un futuro que presagiábamos mejor, y en buena medida, con razón. El futuro aparece, hoy, prácticamente ausente en el debate político, salvo para presagiar desastres. "La derecha se concentra en las glorias imaginarias del pasado, mientras la izquierda sólo ve las injusticias del presente", comenta Ezra Klein en su reseña del libro.

 

Por supuesto, este fenómeno de estancamiento ocurre porque existen, en el poder, muchas personas interesadas en mantener el status quo. Y muchos que no tienen interés alguno en los efectos democratizadores de la energía.

 

Y es que, bien mirada, la energía no sólo es una necesidad básica del ser humano. Es además toda una metáfora de la vida. Un ordenador del pensamiento filosófico. Su culto bien podría servir de base para fundar una religión, pero claro, probablemente eso arruinaría toda la belleza del asunto.

 

PETRONIO

Fuente:LaArena

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