23 de marzo de 2012

El pueblo aprendió que estaba solo...

El pueblo aprendió que estaba solo...
El pueblo aprendió que estaba solo y que debía pelear por sí mismo y que de su propia entraña sacaría los medios, el silencio, la astucia y la fuerza.
Rodolfo Walsh
Desaparecido el 24 de marzo de 1977

Irmina Kleiner y Remo Vénica, militantes de las Ligas Agrarias del Chaco desde su creación, y asesores de sindicatos de hacheros a principios de la década de 1970, tuvieron que refugiarse en el monte por la represión y persecución de militantes populares que se desató en el país en 1975 y luego recrudeció a partir del golpe cívico-militar del 24 de marzo de 1976.
Luego de tres años de heroica resistencia en el monte chaqueño, donde las fuerzas represivas los buscaban afanosamente, lapso en el que Irmina fue herida de un balazo en la espalda, un mes después de dar a luz una niña , asistida solo por Remo en el fondo de una cueva que ellos mismos habían cavado, deciden junto a otros dos compañeros, Hugo Vocouver y Luis Fleitas, marchar hacia la provincia de Santa Fe, atravesando montes y campos, difícil empresa por lo agreste del recorrido, la Policía y el Ejército tras sus pasos, y ellos sin ropa o calzado adecuados, escaso dinero y casi sin armas.(#)
A pesar de todo, y tras innumerables vicisitudes, en los primeros meses de 1979, los cuatro “expedicionarios” ya estaban instalados en un cañaveral en Las Mercedes, muy cerca de Villa Ocampo, donde Irmina tuvo otro hijo y allí hacían campamento con otros dos matrimonios de compañeros también perseguidos,
Una noche, muy tarde, y como parte de la actividad que los refugiados realizaban a diario, Remo y otro compañero marcharon furtivamente a recorrer los campos cercanos para “cosechar” verduras y todo lo que pudiera servir como alimento. Utilizaban ese horario y todas las precauciones posibles, porque las fuerzas represivas aún no habían detectado su presencia en esa zona y seguramente todavía los buscaban en el Chaco.
Era una noche muy clara, de luna llena, los dos compañeros decidieron separarse para cubrir una zona más amplia.
Después de varias horas de caminata, ya de madrugada, Remo volvía cansado pero feliz: había encontrado una plantación de batatas y llenó dos bolsas que cargaba al hombro con dificultad.
Al llegar a la cabecera del campo que estaba cruzando, desde donde ya se divisaba a unos cientos de metros, como un alto muro, el cañaveral donde estaba el campamento, Remo pasó las bolsas del otro lado del alambrado que separaba las dos parcelas y no aguantó la tentación de tomarse un descanso antes de emprender el último tramo de su recorrido, la caminata había sido larga, sentía las piernas doloridas y le ardía la planta del pie derecho, seguramente una ampolla, pensó Se sentó en el suelo apoyando la espalda en el poste que sostenía los hilos de alambre.
Miró la luna, inmensa, dorada, brillante.
Como una película empezaron a desfilar las imágenes de todo lo vivido en los últimos años, el nacimiento de la hija que finalmente dejaron al cuidado de un matrimonio de campesinos, las peripecias del cruce hacia Santa Fe, su nuevo hijo…..
Sus músculos se tensaron y se puso en cuclillas, una mano apoyada en el suelo y la otra volando hacia la cintura en busca de un arma que en esta ocasión no tenía. Sus sentidos no eran iguales a los de cualquier hombre, eran puro reflejo, puro instinto, casi como un animal del monte con los que había convivido tanto tiempo.
Ahora escuchó con más claridad, era como un galope que la mano apoyada en el suelo advertía con claridad. Miró desesperadamente hacia todos lados y en dirección a la luna, inmensa, brillante que casi lo encandilaba, lo vio: era como una bola oscura que se agrandaba vertiginosamente a medida que se acercaba. Se incorporó con las piernas separadas y los brazos en posición de pelea, presto a repeler el ataque de ese extraño agresor, pero ya no tuvo tiempo de pensar, lo último que recordaba haberse dicho sin palabras fue : -¡Un ñandú! Debe tener la cría cerca.
Atinó a prenderse con las dos manos del cogote del animal para evitar que lo golpeara con su temible pico, pero el impulso que este traía lo hizo trastabillar. Por momentos se afirmaba al suelo, pero al instante se sentía girando en el aire. Una nube de polvo y plumas los envolvía, hasta que Remo, ágil y fuerte logró tumbar al ñandú, allí se creyó victorioso: sin duda lo que el animal esperaba era eso, al sentir su cuerpo apoyado en el suelo empezó a largar una lluvia de patadas que, indefectiblemente, todas daban en Remo quien de pronto comenzó a sentirse como un indefenso punching-ball. La espalda pegada al alambrado y los dos brazos cubriéndole el rostro comprendió que no solo el pico era de temer, las patas del ñandú eran un arma formidable que el estaba padeciendo dolorosamente. Un golpe en el estómago lo dobló y otros, imposible identificar cuántos, en las piernas lo hicieron caer de espaldas, el ñandú retrocedió entonces unos pasos como para tomar impulso y después saltó dos veces impactando en el cuerpo de su vencido. Finalmente, subido en el abdomen de Remo, el ñandú, que mirado desde el suelo parecía gigantesco, inclinó su largo y grácil cogote hasta casi rozar con su pico la cara del caído, lo miró largamente, se bajó sin ninguna prisa, y al trotecito emprendió la retirada por el mismo camino que había venido, sin darse vuelta ni una vez, seguro de su victoria.
La luna, único testigo del combate, empezaba esconderse cuando Remo se reincorporó con mucho esfuerzo y dolor. Estaba lleno de tierra, la ropa rota en varios lugares y heridas en los brazos, piernas y en uno de los costados del cuerpo. Como pudo, intentó cruzar el alambrado, pisó el hilo inferior y cuando se agachaba para cruzar vio que llegaba su compañero.
-¡Remo! ¿Qué te pasó? Le preguntó alarmado al verlo en tan lamentable estado.
Remo sacó el pie del alambrado, se incorporó, intentó sonreír a su amigo y respondió:
-Perdí por nock out en el primero. Pero mañana vengo y le pido la revancha.-
(#)Narrado en la novela Monte Madre
JORGE MICELI
Envío:AexPPCdba.

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