16 de junio de 2012

Una historia de dolor detrás de las tumbas anónimas de Melincué.

16.06.2012 
Víctimas de la dictadura cívico -militar argentina 
Una historia de dolor detrás de las tumbas anónimas de Melincué 
Después de más de 30 años, cuando ya había perdido las esperanzas, Eric Domergue encontró el cuerpo de su hermano mayor desaparecido y el de su pareja.
En Huesos desnudos cuenta la larga búsqueda y el hallazgo.
Por: Ivana Romero 
Todo desaparecido merece que se conozca su historia y la de su desaparición. Yo me hago cargo de la historia de mi desaparecido, asumiendo toda la carga subjetiva y objetiva; pero a la vez, intentando que sea una proyección hacia los demás. Mostrar, por ejemplo, que detrás de cada desaparecido hay una familia.

En nuestro caso, el hecho de ser inmigrantes extranjeros me permitió el plus de vincular la historia familiar y el proyecto del “Proceso” con la más extensa historia contemporánea. Hay que poner en un marco histórico-político amplio lo sucedido; por eso la narración avanza hacia otros tiempos, espacios, personajes”, escribe Eric Domergue al inicio de su libro Huesos desnudos, editado por Colihue.

Él sabe de lo que habla: la identificación de los restos de su hermano Yves y la pareja de este, Cristina Cialceta Marull, en 2010, puso en evidencia –una vez más– la trama de complicidades que admitió e instigó el asesinato de miles de personas durante la dictadura. Pero a la vez, dejó en claro que por debajo de tanto horror también se tejieron tramas de solidaridad imperecederas.

Las mismas que permitieron la identificación de estos jóvenes, que permanecieron más de 30 años enterrados en Melincué como NN, preservados por la gente del lugar. “Nadie marcó las tumbas. Nadie sabía quiénes eran. Pero les llevaban flores y los acompañaron”, dice Eric ahora, en su casa de San Telmo mientras acepta, un vez más, contar una historia que comienza en Francia a fines de los ’50, atraviesa México, continúa en un pueblo del sur de Santa Fe y llega hasta acá, hasta ahora.

En 1959, Jean Domergue llegó al país desde Francia, para incorporarse a la empresa Novobra. A los pocos meses lo siguieron su esposa, Odile, y sus tres hijos: Yves, el mayor; Eric y Brigitte.

A comienzos de los sesenta nació el cuarto hijo, pero la familia sólo se completó con la llegada de cinco hermanos más. “Cuando mis padres se vinieron, la Argentina no era conocida. Aún no había Internet ni Maradona”, sonríe Eric y recuerda una casa donde vivían cerca de la cancha de River, con una mesa larga en Navidad (“mi padre siempre fue muy católico así que era una celebración especial”) y nueve pares de zapatos en vísperas de Reyes. “Yves nació el 8 de agosto de 1954. Yo, en 1956.

Estábamos juntos porque éramos los mayores en una casa donde todas las habitaciones estaban obligatoriamente compartimentadas. Y por otro teníamos casi la misma edad, los dos estudiábamos en el Liceo Franco-argentino y compartíamos amigos. Inclusive nos íbamos juntos de campamento, así recorrimos casi todo el país en tren. O sea que además de los vínculos de hermandad, éramos muy amigos.

Y todo esto se fue consolidando también en la adultez.” En 1971, Yves terminó la secundaria y al año siguiente comenzó a estudiar Ingeniería en la Universidad de Buenos Aires. Casi al mismo tiempo se sumó al Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT).

Eric también comenzó a militar pero en 1974, la familia Domergue volvió a Francia. Él único que decidió quedarse fue Yves. “Volví 15 días antes del golpe del ’76 con la idea de estar cerca de mi hermano y de seguir militando.” Ni una cosa ni la otra fueron sencillas.

“Desde el ’75, él estaba clandestino pero había distintos grados de clandestinidad, en función de los cargos dentro de la organización. La suya se incrementó a partir del golpe de Estado y sobre todo cuando cae toda la dirección del PRT, con Mario Roberto Santucho a la cabeza.

Yves sabía que yo estaba en una pensión de Colegiales. Pero yo no sabía dónde paraba él como forma de protegernos mutuamente. Así que cada tanto, él me ubicaba para definir el horario donde nos veríamos. Porque el lugar, ya lo sabíamos.”

El lugar era una esquina de la calle Sucre, en el barrio de Belgrano. En setiembre de 1976, Eric recibió una carta de su hermano con matasellos de Rosario fechada el 20, donde le informaba que volvería a Buenos Aires. “A partir de entonces, no supe nada más.

A veces caminaba por la calle Sucre con esperanza de verlo, pero no. Con el tiempo pudimos reconstruir que Yves, junto con su compañera Cristina, a quien nunca conocí personalmente, fueron interceptados y detenidos por una patrulla del Ejército argentino y llevados ilegalmente al interior de la base militar Batallón 121 de Comunicaciones, de Rosario.

Probablemente los hayan acribillado en la calle apenas los detuvieron.” En Huesos desnudos –un libro que le llevó más de diez años escribir y que comenzó sin saber que los restos de su hermano le serían restituidos– Eric refiere el calvario de su familia para dar con Yves.

Las averiguaciones ante los gobiernos de Argentina y de Francia, los organismos internacionales y hasta una carta enviada al Papa, todo ello acompañado por una intensa campaña en los medios, nunca tuvieron respuesta. Mientras tanto, muy lejos de París y de Buenos Aires, en Carreras (un pueblo santafesino), el 26 de setiembre Agustín Buitrón encontraba dos cuerpos en su campo, al lado de un molino.

El hombre hizo la denuncia y el juzgado de Melincué, la población cercana, labró un expediente completo, minucioso, poco frecuente en 1976, una época donde nadie sabía ni contestaba.

“Lo único que le faltaban eran los nombres pero tenía todo lo demás: fotos de los cadáveres, huellas dactilares, informe policial del lugar donde encontraron los cuerpos, autopsia, una breve investigación donde inclusive se logró ubicar al sastre que había cosido el saco que llevaba Yves, que en apariencia se lo prestó un compañero también desaparecido”.

Para Jorge Basuino, militante peronista, había algo raro, sórdido en esos dos cuerpos arrojados al costado del camino como una advertencia perversa. Por eso, este empleado de los Tribunales de Melincué custodió con celo el expediente durante más de 30 años. Y fue Basuino quien, convocado por la profesora Juliana Cagrandi, en 2003 le contó a los alumnos de quinto año de la Escuela Pablo Pizzurno, lo poco que sabía según el expediente.

Pero los chicos, como la mayoría de la gente del pueblo, eran conscientes de algo importante: en el cementerio había dos tumbas de jóvenes por los que nadie había reclamado pero que debían ser preservadas. Inclusive la laguna aledaña, famosa por crecer y anegar todo el pueblo en varias oportunidades, por alguna razón nunca rozó la tierra que atesoraba un secreto.

En 2000, por iniciativa de un abogado de Firmat (otra población cercana a Melincué) se envió una copia del expediente a la Secretaría de Derecho Humanos de la Nación, que tomó cartas en el asunto. Eric, obviamente, no sabía siquiera que el expediente existiera.

Por otro lado, en 2008, dos integrantes de la Secretaría de Derechos Humanos de Santa Fe fueron hasta su casa luego de algunos intercambios de mails discretos y le mostraron toda esa documentación perteneciente a alguien que, quizás pudiera ser Yves.

Los representantes de la Secretaría habían llegado hasta Eric gracias a Julieta, la profesora de la Pizzurno. “Aunque habían pasado varios años, ella nunca se desentendió del texto que habían escrito sus alumnos y lo mostró en diversos organismos. Así que fue Juliana fue quien golpeó la puerta de la Secretaría, que enseguida intervino.”

Así es como arriba de la mesa de su departamento de San Telmo, Eric tenía un expediente de un lugar remoto llamado “Melincué”. Hasta allí viajó con su mujer, Verónica. Además presentó un escrito para que se exhumaran los cuerpos y se realizaran los análisis de ADN correspondientes bajo la posibilidad de que se tratara de un familiar suyo.

Mientras tanto, al volver a Buenos Aires, se comunicó con el Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF), con quienes estaba en contacto desde el momento que había donado su sangre para integrar el Banco de Datos Genéticos.

¿Qué pensó Eric entonces?
Que se abría una esperanza pero que era imprescindible la cautela. “La gente del EAAF me contó que había recibido el expediente, y que inclusive había hecho todas las investigaciones necesarias, pero que las huellas dactilares que figuraban ahí no coincidían con el archivo de denuncias. Es decir, en ese momento todo indicaba que no se trataba de mi hermano.”

Sin embargo, en mayo de 2010, el EAAF se contactó nuevamente con Eric. Y ahí le confirmaron la noticia: ahora sí, habían encontrado a Yves. Y era una de las personas enterradas en Melincué.

“Ellos habían exhumado los cuerpos después de que yo presentara el escrito y se habían pasado meses estudiándolos, reconstruyéndolos, sacando una ventanita de fémur y un molar de cada uno. Así, a través del cotejo de ADN, confirmaron lo que las huellas dactilares no pudieron: que esos huesos desnudos, hasta entonces sin identidad, eran los de Yves.” Luego se confirmó también que junto a Yves, estaba el cuerpo de Cristina (ver recuadro).

Al momento de los asesinatos, él tenía 22 años y ella, 20. Por decisión de ambas familias, las cenizas de estos militantes fueron esparcidas en el Bosque de la Memoria de Rosario, donde además se sembró un timbó “porque en su savia, son Yves y Cristina quienes reviven”.

“Mis padres dijeron ‘si él dio su vida por Argentina, que se quede en la Argentina. Y por otro lado, ya que se amaron y murieron juntos y estuvieron 34 años enterrados juntos, que queden juntos’.” “Si bien nunca perdí las esperanzas, sabía que iba a ser muy difícil recuperar a mi hermano. Puede parecerte raro, pero el trabajo del EAAF permitió determinar, por ejemplo, que probablemente los hayan matado apenas los secuestraron.

O sea, es un alivio saber que no los torturaron”, dice Eric y reconoce que sí, que son cosas terribles pero que, a pesar de todo, la restitución le permitió a los Domergue cerrar un proceso de duelo abierto durante décadas. Algo que se evidencia en gestos casi imperceptibles.

“La desaparición de Yves hizo que cada uno de los integrantes de la familia, a su modo, se cerrara un poco. Y mirá lo que son las cosas. Antes, mi mamá detestaba la tecnología y con el único que podía comunicarme vía skype era con el viejo. Pero después de todo esto, cada tanto mamá lo saca de la silla y se pone ella frente a la computadora.”

La historia de Cristina 
María Cristina Cialecta Marull era hija de María Elena Marull y del ex mayor del Ejército Ignacio Jesús Cialceta. Él había ocupado el cargo de jefe de la Delegación Rosario del Servicio de Inteligencia del Estado.

Cuatro meses antes del secuestro de su hija, lo habían desplazado a pedido del general Ramón Genaro Díaz Bessone, comandante del Segundo Cuerpo del Ejército (un cargo que este ocupó hasta octubre de 1976), para castigarlo por haber denunciado actos de corrupción.

La única hija del matrimonio había nacido en México y por eso sus amigos le decían “la mexicana”. De regreso a la Argentina a los 16 años, en julio de 1972 y con sus padres separados, Cristina terminó el secundario y comenzó a estudiar Antropología en la Universidad Nacional de Rosario.

El hallazgo y reconocimiento de los restos de Yves y de Cristina permitió reconstruir la forma brutal en que fueron asesinados. Las pruebas fueron aportadas a la justicia, en el Tribunal Oral Federal 2 de Rosario, en la denominada causa Díaz Bessone.

Este ideólogo del terrorismo de Estado, de 86 años, que también fue Ministro de Planificación de Jorge Rafael Videla, fue condenado a cadena perpetua el pasado 26 de marzo.
Fuente:TiempoArgentino

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