Por Horacio Verbitsky
La actitud de Jorge Bergoglio durante la dictadura surge de testimonios de los sacerdotes secuestrados y de los otros protagonistas, así como de documentos oficiales y de la Iglesia, y no como parte de una campaña anticlerical, como afirmó el vocero del Vaticano.
FRANCISCO SE DESPRENDE DE JORGE MARIO BERGOGLIO
Cambio de piel
La primera conferencia de prensa del vocero del papa Francisco fue para desprenderse de Jorge Mario Bergoglio, acusado por la entrega de dos sacerdotes a la ESMA. Como los testimonios y los documentos son incontestables, el camino elegido fue desacreditar a quien los difundió, señalando a este diario como izquierdista. Las tradiciones se conservan: es lo mismo que Bergoglio dijo de Jalics y Yorio ante quienes los secuestraron.
Por Horacio Verbitsky
En su primer encuentro con la prensa luego de la elección del jesuita Jorge Mario Bergoglio como Papa de la Iglesia Católica Apostólica Romana, su vocero también jesuita Federico Lombardi descartó como viejas calumnias de la izquierda anticlerical, difundidas por un diario caracterizado por las campañas difamatorias, las alegaciones sobre el desempeño del ex provincial de la Compañía de Jesús durante la dictadura argentina y sobre todo, el papel que desempeñó en la desaparición de dos sacerdotes que dependían de él, Orlando Yorio y Francisco Jalics. Al mismo tiempo, medios y políticos argentinos de oposición incluyeron la nota “Un ersatz”, publicada aquí al día siguiente de la elección papal, entre las reacciones del kirchnerismo por la entronización de Bergoglio. También un sector del oficialismo prefirió aclamarlo como “Argentino y peronista” (la misma consigna con que cada septiembre se recuerda a José Rucci) y negar los hechos incontestables.
La reconciliación
Desde Alemania, donde Jalics vive retirado en un monasterio, el provincial jesuita germano dijo que el sacerdote se había reconciliado con Bergoglio. En cambio el anciano Jalics, hoy de 85 años, aclaró que se sentía reconciliado con “aquellos acontecimientos, que para mí son asunto terminado”. Pero aún así reiteró que no haría comentarios sobre la actuación de Bergoglio en el caso. La reconciliación, para los católicos, es un sacramento. En palabras de uno de los mayores teólogos argentinos, Carmelo Giaquinta, consiste en “perdonar de corazón al prójimo por las ofensas recibidas” 1, con lo cual sólo indica que Jalics ya perdonó el mal que le hicieron. Esto dice más de él que de Bergoglio. Jalics no niega los hechos, que narró en su libro Ejercicios de meditación, de 1994: “Mucha gente que sostenía convicciones políticas de extrema derecha veía con malos ojos nuestra presencia en las villas miseria. Interpretaban el hecho de que viviéramos allí como un apoyo a la guerrilla y se propusieron denunciarnos como terroristas. Nosotros sabíamos de dónde soplaba el viento y quién era responsable por estas calumnias. De modo que fui a hablar con la persona en cuestión y le expliqué que estaba jugando con nuestras vidas. El hombre me prometió que haría saber a los militares que no éramos terroristas. Por declaraciones posteriores de un oficial y treinta documentos a los que pude acceder más tarde pudimos comprobar sin lugar a dudas que este hombre no había cumplido su promesa sino que, por el contrario, había presentado una falsa denuncia ante los militares”. En otra parte del libro agrega que esa persona hizo “creíble la calumnia valiéndose de su autoridad” y “testificó ante los oficiales que nos secuestraron que habíamos trabajado en la escena de la acción terrorista. Poco antes yo le había manifestado a dicha persona que estaba jugando con nuestras vidas. Debió tener conciencia de que nos mandaba a una muerte segura con sus declaraciones”.
En una carta que escribió en Roma en noviembre de 1977, dirigida al asistente general de la Compañía de Jesús, padre Moura, Orlando Yorio cuenta lo mismo, pero reemplazando “una persona” por Jorge Mario Bergoglio. Nueve años antes que el libro de Mignone y 17 años antes que el de Jalics, Yorio cuenta que Jalics habló dos veces con el provincial, quien “se comprometió a frenar los rumores dentro de la Compañía y a adelantarse a hablar con gente de las Fuerzas Armadas para testimoniar nuestra inocencia”. También menciona las críticas que circulaban en la Compañía de Jesús en contra de él y de Jalics: “Hacer oraciones extrañas, convivir con mujeres, herejías, compromiso con la guerrilla”. Jalics también cuenta en su libro que en 1980 quemó aquellos documentos probatorios de lo que llama “el delito” de sus perseguidores. Hasta entonces los había conservado con la secreta intención de utilizarlos. “Desde entonces me siento verdaderamente libre y puedo decir que he perdonado de todo corazón.” En 1990, durante una de sus visitas al país, Jalics se reunió en el instituto Fe y Oración, de la calle Oro 2760, con Emilio Fermín Mignone y su mujer, Angélica Sosa. Les dijo que “Bergoglio se opuso a que una vez puesto en libertad permaneciera en la Argentina y habló con todos los obispos para que no lo aceptaran en sus diócesis en caso que se retirara de la Compañía de Jesús”. Todo esto no lo dice Página/12, sino Orlando Yorio y Francisco Jalics. ¿Quién quiere destruir la Iglesia, entonces? Cada tomo de mi Historia Política de la Iglesia en la Argentina incluye una advertencia: “Estas páginas no contienen juicios de valor sobre el dogma ni el culto de la Iglesia Católica Apostólica Romana sino un análisis de su comportamiento en la Argentina entre 1976 y 1983 como ‘realidad sociológica de pueblo concreto en un mundo concreto’, según los términos de su propia Conferencia Episcopal. En cambio, su ‘realidad teológica de misterio’ 2 sólo corresponde a los creyentes, que merecen todo mi respeto”.
En defensa de la tradición
La calificación de este diario por el vocero de Bergoglio como de izquierda anticlerical revela la continuidad de arraigadas tradiciones. Es lo mismo que el ahora pontífice hizo hace 37 años con sus sacerdotes, aunque entonces implicaba un grave peligro. Las acusaciones contra Bergoglio fueron formuladas por primera vez antes de que existiera Página/12. Su autor fue Mignone, director del órgano oficial de la Acción Católica, Antorcha, fundador de la Unión Federal Demócrata Cristiana y viceministro de Educación en la provincia de Buenos Aires y en la Nación. Ninguno de esos cargos podía alcanzarse sin la bendición episcopal. En su libro Iglesia y dictadura, de 1986, Mignone escribió que los militares limpiaron “el patio interior de la Iglesia, con la aquiescencia de los prelados”. El vicepresidente de la Conferencia Episcopal, Vicente Zazpe, le reveló que poco después del golpe la Iglesia acordó con la Junta Militar que antes de detener a un sacerdote las Fuerzas Armadas avisarían al obispo respectivo. Mignone escribió que “en algunas ocasiones la luz verde fue dada por los mismos obispos” y que la Armada interpretó el retiro de las licencias a Yorio y Jalics y las “manifestaciones críticas de su provincial jesuita, Jorge Bergoglio, como una autorización para proceder”.
Para Mignone, Bergoglio es uno de los “pastores que entregaron sus ovejas al enemigo sin defenderlas ni rescatarlas”.
Dos décadas después encontré por azar las pruebas documentales que Mignone no conoció y que confirman su enfoque del caso. Que Bergoglio haya ayudado a otros perseguidos no es una contradicción: lo mismo hicieron Pío Laghi e incluso Adolfo Tortolo y Victorio Bonamín.
Cronos
En estas páginas se profundizó el caso cuatro años antes de que el kirchnerismo llegara al gobierno. La primera nota, publicada en abril de 1999, “Con el mazo dando”, decía que el flamante Arzobispo porteño “según la fuente que se consulte es el hombre más generoso e inteligente que alguna haya vez haya dicho misa en la Argentina o un maquiavélico felón que traicionó a sus hermanos en aras de una insaciable ambición de poder. Tal vez la explicación resida en que Bergoglio reúne en sí dos rasgos que no siempre van juntos: es un conservador extremo en materias dogmáticas y posee una manifiesta inquietud social. En ambos aspectos se parece a quien lo designó al frente de la principal diócesis del país, el papa Karol Wojtyla”. El concepto es el mismo que expresé el jueves cuando la fumarola blanquiceleste conmovió a todas las hinchadas, de La Quiaca a Tierra del Fuego. Aquella nota contraponía la versión de Mignone con la de Alicia Oliveira, abogada del CELS y amiga de Bergoglio, cuya hermana trabajaba en la villa de Flores junto con la hija de Mignone y con los dos curas. “Les dijo que tenían que levantarse y no le hicieron caso. Cuando los secuestraron, Jorge averiguó que los tenía la Armada y fue a hablar con Massera, a quien le dijo que si no pone en libertad a los sacerdotes, yo como Provincial voy a denunciar lo que pasó. Al día siguiente aparecieron en libertad.” También incluía la refutación de un sacerdote de la Compañía de Jesús: “La Marina no se metía con nadie de la Iglesia que no molestara a la Iglesia. La Compañía no tuvo un papel profético y de denuncia, a diferencia de los palotinos o los pasionistas, porque Bergoglio tenía vinculación con Massera. No son sólo los casos de Yorio, Jalics y Mónica Mignone, de cuyo secuestro la Compañía nunca formuló la denuncia pública. Otros dos curas, Luis Dourrón, que luego dejó los hábitos, y Enrique Rastellini, también actuaban en el Bajo Flores. Bergoglio les pidió que se fueran de allí y cuando se negaron hizo saber a los militares que no los protegía más, y con ese guiño los secuestraron”. Ese sacerdote, que murió hace seis años, era Juan Luis Moyano Walker, quien había sido íntimo amigo de Bergoglio. A raíz de la nota, Bergoglio me ofreció su propia versión de los hechos, en la que aparecía como un superhéroe. Tanto él como Jalics, a quien llamé por teléfono a su retiro alemán, me pidieron que atribuyera sus declaraciones a un sacerdote muy próximo a cada uno de ellos. Bergoglio dijo que vio dos veces a Videla y otras dos a Massera. En la primera reunión con cada uno, ambos le dijeron que no sabían qué había ocurrido y que iban a averiguar. “En la segunda reunión, Massera estaba fastidiado con ese jovencito de 37 años que se atrevía a insistir.” Según Bergoglio, tuvieron este diálogo:
“–Ya le dije a Tortolo lo que sabía –dijo Massera.
–A monseñor Tortolo –corrigió Bergoglio.
–Mire Bergoglio... –comenzó Massera, molesto por la corrección.
–Mire Massera...–le respondió en el mismo tono Bergoglio, antes de reiterarle que sabía dónde estaban los sacerdotes y reclamarle por su libertad”.
Me limité a transcribir lo que Bergoglio dijo, con la atribución que me pidió. Pero hasta hoy no me parece verosímil ese diálogo con uno de los gobernantes más poderosos y más crueles, que lo hubiera hecho desaparecer sin ningún escrúpulo. Ambos tenían en común la relación con Guardia de Hierro, el grupo de la derecha peronista en el que Bergoglio militó en su juventud y al que Massera le designó un interventor a partir del golpe, con el propósito de sumarlo a su campaña por la herencia del peronismo. En 1977 la Universidad jesuítica del Salvador recibió como Profesor Honorario a Massera, quien objetó a Marx, Freud y Einstein, por cuestionar el carácter inviolable de la propiedad privada, agredir el “espacio sagrado del fuero íntimo”, y poner en crisis la condición “estática e inerte de la materia”. Massera indicó que la Universidad era “el instrumento más hábil para iniciar una contraofensiva” de Occidente, como si Marx, Freud y Einstein no formaran parte de esa tradición. Bergoglio se cuidó de subir al estrado ese día, de modo que nadie ha visto una foto suya con Massera. Pero es inimaginable que el dictador haya recibido la distinción sin que la ceremonia fuera autorizada por el provincial jesuita que delegó la gestión diaria en una asociación civil conducida por Guardia de Hierro, pero retuvo su conducción espiritual. Luego, Massera fue invitado a exponer en la universidad jesuítica de Georgetown, en Washington. El sacerdote irlandés Patrick Rice, quien pudo dejar la Argentina luego de ser secuestrado y golpeado, interrumpió esa conferencia exigiendo explicaciones sobre los crímenes de la dictadura. Según Rice, el provincial estadounidense no hubiera invitado a un personaje semejante sin la aprobación, o el pedido, del provincial argentino. Estos hechos comprobables desmienten el diálogo fantasioso en el que el jovencito Bergoglio desafía al amo de la ESMA.
Una muerte cristiana
En 1995, un año después que el libro de Jalics se publicó El Vuelo, donde el capitán de fragata Adolfo Scilingo confiesa que arrojó a treinta personas aún vivas al mar desde aviones de la Armada y la Prefectura, luego de drogarlas. Además dice que ese método fue aprobado por la jerarquía eclesiástica por considerar el vuelo como una forma cristiana de muerte, y que los capellanes de la Armada consolaban a quienes volvían perturbados de esas misiones, con parábolas bíblicas sobre la separación de la cizaña del trigo. Impresionado, retomé una investigación que había iniciado años antes sobre la isla del Tigre “El Silencio”, en la que la Armada escondió a 60 detenidos-desaparecidos para que no los encontrara en la ESMA la Comisión Interamericana de Derechos Humanos. Era propiedad del Arzobispado de Buenos Aires y allí celebraban su graduación los seminaristas que egresaban cada año y descansaba los fines de semana el cardenal Juan Aramburu. El sacerdote Emilio Grasselli la había vendido al grupo de tareas de la ESMA, que la compró con un documento falso a nombre de uno de sus prisioneros. Pero no había visto los títulos de propiedad hasta que Bergoglio me dio los datos precisos sobre el expediente sucesorio de Antonio Arbelaiz, el solterón administrador de la Curia que figuraba como dueño. Esto muestra que con aquel episodio no tuvo relación. Arbelaiz hizo testamento a favor de la Curia, que es donde fue a parar el dinero que la Armada le pagó a Grasselli por la isla, donde los 60 prisioneros pasaron dos meses encadenados. Parece el camino típico de una operación de lavado: Arbelaiz vende a Grasselli que vende a la ESMA que compra con un documento falso y la hipoteca se levanta pagándole a la Curia, que es la heredera de Arbelaiz. En uno de sus testimonios judiciales, Bergoglio reconoció que habló conmigo sobre el secuestro de Yorio y Jalics. Pero dijo que nunca oyó hablar de la isla “El Silencio”. Siempre el doble juego, la admisión privada y la negativa pública.
Por la espalda
Durante la investigación encontré por azar en el archivo del ministerio de Relaciones Exteriores una carpeta con documentos que a mi juicio terminan con la discusión sobre el rol de Bergoglio en relación con Yorio y Jalics. Busqué una escribana que certificó su ubicación en el archivo, cuyo director de entonces, ministro Carlos Dellepiane, los guardó en la caja fuerte para impedir que fueran robados o destruidos. La historia que cuenta esa carpeta suena familiar. Al quedar en libertad, en noviembre de 1976, Jalics se marchó a Alemania. En 1979 su pasaporte había vencido y Bergoglio pidió a la Cancillería que fuera renovado sin que volviera al país. El Director de Culto Católico de la Cancillería, Anselmo Orcoyen, recomendó rechazar el pedido “en atención a los antecedentes del peticionante”, que le fueron suministrados “por el propio padre Bergoglio, firmante de la nota, con especial recomendación de que no se hiciera lugar a lo que solicita”.
Decía que Jalics tuvo conflictos de obediencia y una actividad disolvente en congregaciones religiosas femeninas, y que estuvo “detenido” en la ESMA junto con Yorio, “sospechoso contacto guerrilleros”. Es decir, los mismos cargos que le habían formulado Yorio y Jalics (y que corroboraron muchos sacerdotes y laicos que entrevisté): mientras aparentaba ayudarlos, Bergoglio los acusaba a sus espaldas. Es lógico que este hecho de 1979 no alcance para una condena legal por el secuestro de 1976. El documento firmado por Orcoyen ni siquiera fue incorporado al expediente, pero perfila una línea de conducta. Sumar al Director de Culto Católico de la dictadura a una conspiración contra la Iglesia sería demasiado. Por eso, Bergoglio y su portavoz callan sobre estos documentos y prefieren descalificar a quien los encontró, preservó y publicó.
1 Carmelo Giaquinta: “Reconciliándonos con nuestra Historia”, organizado por el Proyecto “Setenta veces siete” y Editorial San Pablo, en la 36ª Feria Internacional del Libro, Salón Roberto Arlt, 8 de mayo de 2010.
2 Conferencia Episcopal Argentina (CEA), Plan Nacional de Pastoral, Buenos Aires, 1967, p. 14, cfr. Luis O. Liberti, Monseñor Enrique Angelelli. Pastor que evangeliza promoviendo integralmente al hombre, Editorial Guadalupe, Buenos Aires, 2005, p. 164.
De puño y letra de Bergoglio, sobre la isla de la Curia. El manuscrito en el que identifica el expediente sucesorio de la propiedad.
Bergoglio imputa a sus sacerdotes contactos con guerrilleros. El documento que ridiculiza la acusación de campaña anticlerical.
Muy bueno
De fiesta
El anticipo
Los primeros pasos, y sobre todo, los gestos del papa Francisco siguen generando expectativas y muchas preguntas respecto de cuál será su accionar en el futuro, cuál su programa de gobierno en la Iglesia Católica de todo el mundo. Una mirada a los antecedentes del propio Jorge Bergoglio llevaría a pensar que si continúa, como es esperable, con los mismos lineamientos de su acción en la Argentina y en Buenos Aires, no habría que esperar cambios significativos en el rumbo de la Iglesia. Lo lógico y esperable a la luz de los antecedentes es que Bergoglio reafirme las grandes orientaciones doctrinales que ha seguido la Iglesia en los últimos tiempos y que fueron ejecutadas por sus antecesores Juan Pablo II y Benedicto XVI. ¿Por qué entonces su designación despierta expectativas de renovación alentadas incluso por figuras importantes de la llamada Teología de la Liberación?
En primer lugar esto ocurre, seguramente, porque el estilo de Bergoglio como Papa se aparta en mucho de sus anteriores. Le devolvió “humanidad” al papado rompiendo con el protocolo y generando, con mucha inteligencia, gestos de proximidad a la gente y enviando señales al interior de la Iglesia para indicar que quiere promover cambios, que quiere encontrar la manera de dar respuesta a los desafíos que hoy se le plantean al catolicismo y a la institución.
Una demostración de lo anterior fue el incidente que protagonizó con el cardenal estadounidense Bernard Law, acusado de haber encubierto a unos 250 curas pederastas entre 1984 y 2002, cuando fue arzobispo de la diócesis de Boston, en Estados Unidos. Bergoglio y Law, que renunció a su diócesis después de haber recibido las acusaciones de encubrimiento, se cruzaron en la Basílica Santa María la Mayor, en Roma, donde el estadounidense es arcipreste emérito. El norteamericano vio al Papa, lo saludó y siguió su camino. De inmediato, relatan testigos, Bergoglio dijo a sus colaboradores: “No quiero (por Law) que frecuente más esta basílica”.
Al margen de los gestos públicos, que pueden ser parte de una estrategia para instalar su figura en el inicio del pontificado, actitudes como la relatada podrían indicar que Bergoglio está dispuesto a tomar firmemente las riendas de la institución eclesiástica poniendo límites a los desa-guisados y, si es necesario, sacando del juego a quienes tienen conductas que a su juicio se contradicen con la doctrina y la moral que la misma Iglesia predica.
Pero volviendo a la pregunta con la que iniciamos esta nota. Dada su tradición conservadora, ¿se pueden esperar cambios importantes de Bergoglio en su condición de pontífice?
El suizo Hans Küng, quien fuera uno de los teólogos más importantes del Concilio Vaticano II hace medio siglo, compañero en esa tarea de Joseph Ratzinger y luego duro crítico de la acción de éste cuando estuvo al frente de la Congregación de la Doctrina de la Fe y luego como papa, ha dicho que Francisco “asumirá una posición más reformista que la del papa anterior (Benedicto XVI)” y que “no hará una revolución, sino que realizará reformas lentamente”.
En declaraciones al diario O Globo de Brasil, y para explicar lo anterior, Küng utilizó una comparación y dijo que Bergoglio cumplirá en la Iglesia Católica una tarea semejante a la que desempeñó Mijail Gorbachov en la Unión Soviética de los años ochenta. “El (por Gorbachov) no hizo una revolución, sino que introdujo reformas que corrigieron los errores que había antes. Lo mismo espero de Bergoglio, aun cuando no haga una revolución, para no dividir la Iglesia, él empezará a introducir reformas.”
Otros dentro de la Iglesia sostienen que bastaría que Francisco retome los lineamientos del Concilio Vaticano II y los lleve a la práctica para que muchas cosas en la Iglesia cambien, se modifiquen sustancialmente. Se trata de grandes orientaciones nacidas hace medio siglo, cuya implementación inició el papa Paulo VI (1963-1978) y que luego fueron congeladas o revertidas por Juan Pablo II y Benedicto XVI.
No deja de llamar la atención también las opiniones y la carta de crédito abierta por reconocidos teólogos de la liberación latinoamericanos como los brasileños Leonardo Boff, Frei Betto y Oscar Beozzo. En términos conceptuales y prácticos, Bergoglio se ubica en la acera opuesta de la Teología de la Liberación que ha sido discutida y condenada en más de una ocasión por diferentes estamentos de la Iglesia institucional. Es más. La presencia de Boff en la Argentina fue cuestionada en más de una ocasión por la jerarquía de la Iglesia ya en tiempos en los que Bergoglio tenía una voz importante de mando. Sin embargo Boff rescata ahora el hecho de que Bergoglio haya elegido el nombre de Francisco para su pontificado porque “Francisco no es un nombre, es un proyecto de Iglesia, pobre, sencilla, evangélica y desprovista de todo poder”. Y agregó que “Francisco fue obediente a la Iglesia y a los papas, pero al mismo tiempo siguió siempre el camino con el Evangelio de la pobreza en la mano”.
El teólogo brasileño dijo también que con los gestos realizados hasta ahora el nuevo papa quiere “presidir en la caridad”, dejando de lado la condición de “monarca absoluto, revestido de poder sagrado” y dándole “centralidad al Pueblo de Dios”. Y destaca el hecho de que Bergoglio “viene del Gran Sur, donde están los más pobres de la humanidad y donde vive el 60 por ciento de los católicos” para asegurar que “con su experiencia como pastor, con una nueva visión de las cosas, desde abajo, podrá reformar la curia, descentralizar la administración y dar un nuevo rostro creíble a la Iglesia”.
Una pregunta que alguien podría hacerse es si Boff, quien fue sancionado por sus ideas por Juan Pablo II y a iniciativa de Ratzinger, y terminó abandonando el sacerdocio católico, está en realidad expresando un punto de vista respecto de lo que cree que hará Bergoglio, o bien está exponiendo su mirada para, del modo que sea, marcarle un plan de acción al nuevo papa. O quizás todo se reduzca a una expresión de deseo y a extender una carta de crédito a la espera de los hechos. No lo aclara el propio Boff. Y tampoco parece probable que Francisco lo convoque como su asesor... por lo menos en lo inmediato.
Pero Boff no es el único que ha puesto a circular opiniones en este sentido. Frei Betto, otro teólogo a quien se ha conocido en el mundo entre otros motivos por su muy estrecha amistad con Fidel Castro, presentó sus reparos respecto de la trayectoria eclesiástica y política de Bergoglio. Sin embargo, dijo que “San Francisco de Asís (de quien el Papa tomó el nombre, según él mismo lo confirmó ayer en audiencia pública con los periodistas) es símbolo de la opción por los pobres y la ecología” y eso significa que Bergoglio “tiene conciencia de que hay que reformar la Iglesia”. Agregó que “tengo muchas esperanzas de que este hombre (por Bergoglio) sea coherente con la inspiración de san Francisco de Asís”. Aunque recogió también otra preocupación que está presente en algunos círculos políticos y eclesiásticos: “América latina es ahora, con sus gobiernos progresistas, un problema para el sistema y para la Casa Blanca. Espero que esta elección no sea una nueva estrategia del neoliberalismo para América del Sur, para combatir los procesos de Chávez, Cristina, Correa, Evo, Lula y otros”.
En declaraciones hechas a la televisión brasileña José Oscar Beozzo, sacerdote católico, teólogo de la liberación e historiador, se expresó en términos similares a los anteriores. Subrayó la importancia que se le da al hecho de que Bergoglio haya elegido el nombre de Francisco y dijo que esto implica en sí mismo un programa de gobierno para que la Iglesia “vuelva a ser servidora y pobre, que tenga una apertura al mundo musulmán y que adquiera una perspectiva ecológica” que estuvo presente en el santo de Asís. Y se declaró feliz “porque la agenda de la iglesia latinoamericana entre en la iglesia mundial”.
Sin duda Bergoglio es un exponente de la Iglesia latinoamericana actual. Fue una de las figuras clave de la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano celebrada en Aparecida (Brasil), en el 2007. Allí fue reconocido por sus pares del continente y fue uno de los principales redactores del documento final. Hay quienes señalan que fue allí donde Bergoglio generó gran parte de su prestigio e inició realmente su camino al pontificado.
Pero es claro que esta Iglesia latinoamericana actual está muy lejos de la Iglesia renovadora y posconciliar de Medellín (1968) y Puebla (1979) ocasiones en las se sintió con fuerza la influencia de los teólogos de la liberación y en las que se ratificó con firmeza la “opción por los pobres”. Esta Iglesia latinoamericana actual, que no abandona el reclamo por la justicia, que insiste en la paz y la atención a los pobres y a los desvalidos, usa más la palabra reconciliación que la palabra liberación, y está más preocupada por recuperar el espacio que el catolicismo pierde en la sociedad y por preservar los valores católicos en la cultura, que por su cercanía y alianza con los movimientos sociales y populares. Esa es la Iglesia que representa Bergoglio y la visión que llevará al pontificado. Aun así, vista la situación actual de la Iglesia universal, la perspectiva latinoamericana introduciría un cambio significativo en la Iglesia mundial.
“Cómo me gustaría una Iglesia pobre y para los pobres”, dijo ayer Francisco al reunirse con los periodistas, para sumar un gesto más en la línea de los que viene suscitando desde que asumió el pontificado. Y ratificó, para quitar cualquier duda, que eligió su nombre por Francisco de Asís, “un hombre de paz, el hombre de la pobreza, que ama y mantiene lo creado” en clara alusión a una perspectiva ecológica. En esa misma audiencia Bergoglio se autoadjudicó el papel de “reformador” pero lo completó con un rasgo que es parte de su discurso tradicional: “La Iglesia, aunque es una institución humana no tiene naturaleza política, sino que es esencialmente espiritual. Es el Pueblo de Dios, el santo Pueblo de Dios, que camina al encuentro con Jesucristo”.
Todo parece indicar que Bergoglio cumplirá la tarea de ser un reformador, no un revolucionario, en la Iglesia. Esa reforma podría conducir a la puesta en práctica de muchas de las decisiones que se adoptaron en el Concilio Vaticano II y que quedaron en el olvido. Para muchos esto no bastará, será claramente insuficiente dada la velocidad de los cambios. Para otros, si esto se concretara, podría ser la forma de sentar las bases para que se abrieran las puertas a la renovación, incluso para permitir que germinen otras ideas, otras miradas. Para otros, los más pesimistas, será la manera de cambiar algo, de manera superficial, para que todo quede como está.
En cualquier caso habrá que esperar los próximos pasos del nuevo papa y analizar cada nombramiento, cada gesto, cada decisión, además de sus discursos y declaraciones. Si es fiel al estilo que lo ha caracterizado en su ejercicio episcopal, Bergoglio no producirá hechos espectaculares, cambios abruptos. Tomará decisiones –tiene la mano firme– y las traducirá en normas, designaciones, lineamientos.
Una de las primeras tareas que parecen inevitables será la reforma de la curia romana, del gobierno central de la Iglesia. Allí encontrará, sin duda, fuertes resistencias. Bergoglio no fue el candidato preferido por los curiales ni tampoco por los italianos. Ni Angelo Sodano (ex secretario de Estado de Juan Pablo II) ni Tarcisio Bertone (ex secretario de Estado de Benedicto XVI) tenían a Bergoglio como candidato. Querían a un italiano (¿Scola?) que le diese continuidad a la forma de manejo de la curia y que no insistiese en investigar en los casos de corrupción y mal manejo. Todo indica, por el contrario, que una de las razones por las que se escogió a Bergoglio es por su fama de hombre prolijo, buen administrador y apegado a las normas, para que investigue y tome decisiones. Con esas cualidades la reforma de la conducción de la Iglesia parece una de las primeras tareas. Tan importante como inevitable.
Si lo intenta tendrá que dar muchas batallas internas y vencer resistencias importantes. Una clave será entonces los nombramientos que realice, en particular el del nuevo secretario de Estado.
Pero la reforma de la Iglesia pasa también por una forma más colegiada de gobierno, compartida por el Papa con los obispos y cardenales. Algunos mensajes en ese sentido ya mandó Francisco y una decisión en esa línea estaría en consonancia con la idea de retomar el Concilio Vaticano II. Esto implicaría más consulta, más participación en las decisiones por parte de los episcopados nacionales. Desde su condición de arzobispo de Buenos Aires y de presidente de la Conferencia Episcopal Argentina Bergoglio discutió con Roma para defender su autonomía. Ganó y perdió. Nunca se desacató. Pero también ha sido inflexible en mantener el poder y su propia autoridad. Tomó decisiones e impuso sus puntos de vista. Nunca permitió indisciplinas. Es difícil saber qué hará desde el pontificado.
Se abren muchas posibilidades y son numerosos los aspectos para tener en cuenta. Otros rescatan que en su actuación en Argentina el cardenal Bergoglio fue un gran impulsor del diálogo inter religioso, una carencia notable y un retroceso grave en los pontificados de Juan Pablo II y Benedicto XVI. Esta podría ser también una característica de la acción de Bergoglio como papa.
El Vaticano no es una potencia mundial, pero es una referencia política importante en el diálogo con las potencias. En distintas situaciones ha quedado demostrado que su poder de interlocución y de lobby es significativo. Bajo la gestión de Bergoglio como un papa que predica la justicia internacional y la defensa de los pobres ¿tendrá el Vaticano una presencia más protagónica en los organismos internacionales para reclamar mayor justicia? Uno de los calificados voceros de la Iglesia en la materia es el cardenal hondureño Oscar Rodríguez Maradiaga. Un llamado a este arzobispo para participar del gobierno central de la Iglesia podría estar dando un indicio en este sentido.
También se maneja la posibilidad de que Francisco convoque a un concilio, una gran asamblea de los obispos de todo el mundo, para estudiar los problemas, buscar alternativas. Puede ser también una forma de vencer las resistencias al cambio. Pero, claro está, este hecho también puede limitar el poder del Papa.
¿Recurrirá Bergoglio a esta instancia aun a riesgo de autolimitarse? Si uno atendiera a su historia reciente la respuesta debería ser que no.
Lo que sí está claro es que Francisco está decidido a “humanizar” la figura del papa, a entablar otro tipo de relaciones con la gente, con el pueblo, hablando un lenguaje comprensible para todo el mundo, acercarse a los problemas y a las inquietudes de los fieles. Para hacerlo, Bergoglio tiene la “escuela de la calle” porteña, su caminar en los barrios, escuchando y dialogando. Seguramente esto no basta, incluso puede resultar no más que un maquillaje, pero hará a la Iglesia y al Papa más “amigables” para la gente. Para lo demás, respecto de lo aquí planteado y de otros muchos temas que han quedado por fuera, habrá que aguardar a que los hechos desplacen y den por tierra con las especulaciones.
Las primeras fotos del papa Francisco aparecieron antes de ayer en las librerías de la Via della Conciliazione entre las omnipresentes imágenes de Juan Pablo II y las ocasionales fotos de Benedicto XVI. Las banderas argentinas florecen hoy en las puertas de los negocios que venden chucherías y recuerdos del Vaticano. Los iconos nuevos reemplazan a los de antes a una velocidad que contrasta con los ritos seculares y lentos de la Santa Sede. Comparado con el estado deplorable de los últimos dos papas, Francisco luce resplandeciente, con la mano levantada sobre un extraño fondo amarillo.
Ayer también estaba luminoso y juvenil. Recibió a la prensa que cubrió la hecatombe vaticana en estas largas semanas de dramas y victorias y dijo lo que ya había demostrado con los hechos la noche de su elección y al día siguiente: Francisco expresó su deseo de tener “una iglesia pobre para los pobres”. Su frase arrancó los aplausos de los presentes en una curiosa simbiosis entre el Papa y los periodistas, quienes, en principio y por regla de oro, no tienen por qué aplaudir a la figura cuya información cubren. La confusión resulta inaudita. No faltan aquellos –y son muchos– que festejan en voz alta la victoria de un papa argentino como antídoto contra el actual gobierno nacional.
Al lector tal vez le asombre la profundidad de la fe humana, pero es así: están convencidos de que Francisco será la cruz que llevará la cruzada de la oposición hacia adelante. La perspectiva es desproporcionada: hay que imaginarse al responsable de un poder simbólico de alcance planetario combatiendo a un gobierno nacional surgido de la voluntad popular. ¿Tal vez con un golpe de Estado? ¿Una revuelta popular? O por qué no una insurrección religiosa de conservadores, empresarios y decepcionados del kirchnerismo en plena Plaza de Mayo.
Francisco aclaró, no obstante, que “la Iglesia no tiene una naturaleza política sino espiritual”, pero la gran mayoría de los comentaristas apuesta por una suerte de reencarnación de Juan Pablo II y su combate frontal contra el comunismo. El Sumo Pontífice se merece un Oscar por el mejor actor: seductor, lleno de humor, cercano y con autoridad y con una picardía llena de doble sentido. Francisco les dio un buen consejo a los 6000 periodistas reunidos para escucharlo. Una buena nota, dijo, consta de tres ingredientes: “Verdad, bondad y belleza”. Un verdadero maestro de ceremonias que hizo trizas la austeridad polaca y alemana. Roma descubre el encanto latino oriundo del otro lado del océano. Y detrás de ese encanto hay un astuto contador de historias.
Francisco habla como quien está contando una historia y ésa es una de sus fuerzas. El Papa narró la historia que lo llevó a elegir el nombre de Francisco. Según dijo, cuando la elección quedó decidida a su favor, el arzobispo emérito de São Paulo, el cardenal Claudio Humnes, lo abrazó y le advirtió “No te olvides de los pobres”. Y Francisco no se olvidó. Apenas elegido papa, salió al balcón de la plaza San Pedro a saludar “al pueblo” –palabra proscripta del vocabulario papal desde hacía casi cuatro décadas– y apareció sin los atuendos ostentosos de sus predecesores. Fue la palabra “pobres” la que lo indujo a pensar en San Francisco de Asís. “Los pobres, los pobres. Mientras avanzaba el recuento (de los votos) pensé en San Francisco de Asís, en su relación con los pobres. Y luego pensé en las guerras. Francisco, el hombre de la paz. Y así llegó el nombre a mi corazón. El hombre de paz. El hombre pobre. ¡Cómo desearía una Iglesia pobre y para los pobres...!”
El papa argentino les dará mucho trabajo a los comunicadores y a sus adversarios. La juventud mental, la experiencia de la mediación, la práctica del poder y la consiguiente sabiduría se aúnan en un personaje de peso. Francisco se permitió el lujo de mostrarse comprensivo con los periodistas que son incapaces de entender qué es la fe. “La Iglesia –dijo– responde a una lógica que no entra en la categoría de las cosas mundanas.” En adelante, además de discernir la futura geopolítica del Papa habrá también que aprender y aceptar que la base de esa geopolítica es la fe. En todo caso, Francisco puntualizó un par de rumbos. Uno: la “Iglesia es Cristo, no el Papa”. Dos: su “vocación es espiritual y no política”. Estamos aquí para comprender la fe y constatar si cumple o no con su meta.
En otro guiño hacia la región, Francisco recibirá también a la brasileña Dilma Rousseff, con quien dialogará sobre las Jornadas Mundiales de la Juventud que se llevarán a cabo en julio en Río de Janeiro, con la presencia papal. En el Gobierno especulan con que mañana el pontífice le informe a la Presidenta acerca de su voluntad de visitar Buenos Aires en ese mismo viaje a Sudamérica.
La audiencia entre el Papa y la mandataria argentina será a las 12.50 de Italia (nueve menos diez de la mañana aquí) y tendrá lugar en la Casa de Santa Marta, donde Francisco se encuentra alojado de forma interina hasta tanto alisten su nueva residencia apostólica. El encuentro sería con agenda abierta y duraría entre diez minutos y media hora, estimaron fuentes de la comitiva que participan de los preparativos.
La confirmación de la cita con el flamante pontífice obligó a cambiar los planes de Fernández de Kirchner, que adelantó casi un día su viaje y partió anoche del área militar del Aeroparque Metropolitano de Buenos Aires a bordo del avión presidencial con rumbo a Marruecos, donde el Tango 01 está a salvo de acciones judiciales por parte de fondos buitre según la evaluación de la Cancillería. Allí hará trasbordo con un charter que la depositará en Roma hoy por la tarde, entre las cuatro y las cinco, hora local.
Según pudo averiguar Página/12, CFK no tiene otras actividades oficiales en la agenda aparte de la audiencia con el papa Francisco y la misa de iniciación que se llevará a cabo el martes por la mañana y adonde se le reservó un asiento de privilegio en la primera fila. Allí, la mandataria estará acompañada por una comitiva de doce miembros, la más numerosa de todas las que asistirán a la ceremonia. Inmediatamente después, emprenderá su viaje de regreso a Buenos Aires, adonde tiene previsto llegar ese mismo día por la noche, si no hay cambios en el cronograma.
Además de la jefa de Estado, estarán presentes en San Pedro el canciller Héctor Timerman; el presidente de la Corte Suprema, Ricardo Lorenzetti; el titular de la Cámara de Diputados, Julián Domínguez; el diputado radical Ricardo Alfonsín; el presidente de la Conferencia Episcopal Argentina, José María Arancedo; y el de la Comisión Episcopal de Pastoral Social, Carlos Alberto Acaputo.
Completan la comitiva oficial los dirigentes de la CGT Antonio Caló, Omar Viviani y Omar Suárez; el secretario de Comunicación Pública y vocero presidencial, Alfredo Scoccimarro; el titular de la Unión Industrial Argentina, Ignacio de Mendiguren, y el presidente de la Federación Argentina de Municipios e intendente de Florencio Varela, Julio Pereyra.
En el Vaticano estiman que serán más de 150 los países que enviarán sus representantes a la ceremonia de iniciación de Francisco. De América latina confirmaron su presencia, además de Fernández de Kirchner y Rousseff, el chileno Sebastián Piñera, el mexicano Enrique Peña Nieto, la costarricense Laura Chinchilla, el paraguayo Federico Franco (cuyo mandato no es reconocido por la Unasur) y el hondureño Porfirio Lobo.
Por España participarán no sólo el presidente Mariano Rajoy sino también el príncipe Felipe de Borbón, heredero de la corona, y su esposa, la princesa Letizia. La alemana Angela Merkel también será de la partida, mientras que el francés François Hollande enviará en su lugar a su primer ministro, Jean-Marc Ayrault; y al titular de la cartera de Interior, Manuel Valls. La Unión Europea también estará representada por el presidente del Consejo, el belga Herman Van Rompuy, y el de la Comisión Europea, el portugués José Manuel Durao Barroso.
El norteamericano Barack Obama no viajará al Vaticano, aunque sí lo hará su vice, el católico Joe Biden; y Canadá tendrá como emisario al gobernador general David Johnston. El irlandés Michael Higgins también confirmó asistencia mientras que el Reino Unido todavía no informó quién será su representante.
“Inclusión social”
Salvo que el vocero vaticano Federico Lombardi considere a la Historia como “izquierdismo anticlerical”, Bruno fue quemado vivo en la hoguera en 1600 tras los juicios de la Inquisición veneciana y, luego, de la Inquisición romana a cargo de Belarmino.
Tanto Bruno como Galilei sostenían la teoría heliocéntrica que ponía al sol y no a la Tierra como centro del universo. Giordano, además, cuestionaba la centralidad terrenal de la Iglesia Católica.
Según el historiador inglés Jonathan Wright en su libro Los jesuitas, Belarmino teorizó “sobre el poder temporal del papado”, es decir acerca de su derecho a intervenir en los asuntos seculares. Wright no es, ciertamente, un izquierdista anticlerical. En su libro no figura la incineración de Bruno en Campo de’Fiori.
Nacido en 1542 y canonizado en 1930, Belarmino integró la Compañía de Jesús, fundada por Ignacio de Loyola en 1540. Bergoglio es un jesuita y por eso con el cardenalato le fue conferido un título honorífico sobre la iglesia romana de San Roberto Belarmino.
Como toda institución, la Compañía alberga enfoques diversos. En el cónclave de 2005 pudieron expresarse porque había dos electores jesuitas, Bergoglio y Carlo María Martini, entonces arzobispo emérito de Milán y cardenal del título de Santa Cecilia, en honor a la mártir cristiana que luego fue canonizada y es patrona de los poetas, los músicos y los ciegos. Considerado un miembro del ala progresista del episcopado italiano, coautor de un libro con Umberto Eco sobre En qué creen los que no creen, Martini murió en 2012. Igual no hubiera sido elector, porque cumplió los 80 en 2006.
La Iglesia Católica jamás revisó institucionalmente el proceso contra Giordano Bruno.
En el link http://bit.ly/hyAZEZ es posible acceder al discurso sobre Belarmino pronunciado por Benedicto XVI en la audiencia del 23 de febrero de 2011. Tampoco allí figura el nombre del napolitano sometido al suplicio y a la hoguera.
Bergoglio, que antes aceptó el nombre de Belarmino, acaba de elegir el nombre de Francisco en homenaje a San Francisco de Asís. Si se acepta que el segundo hecho es un símbolo, hasta el padre Lombardi podría admitir que el primero también lo es.
Qué pasó en 2005
Tres mandatos con el apellido Kirchner en la Presidencia y la sorpresiva renuncia de un papa tienen la ventaja de permitir la apelación a la historia. Néstor Kirchner era presidente cuando murió Juan Pablo II y fue reemplazado por Joseph Ratzinger. Esa vez, a diferencia de ésta, la muerte de un papa convocó a jefes de Estado y de gobierno y la entronización del sucesor convocó a comitivas en muchos casos diferentes.
En la entronización de Benedicto XVI, el domingo 24 de abril de 2005, hubo 140 delegaciones. Sólo 36 eligieron un nivel más alto que el de ministro o vicepresidente. La Argentina fue uno de los 36 casos. Si esta vez el protocolo no se altera, primero saludarán al papa Francisco los representantes de las monarquías. El Vaticano es una de ellas, y además absoluta. No existe ningún ejemplo igual en Europa, donde las monarquías son constitucionales. Lo más parecido al Vaticano, por estructura de poder, es la monarquía de Arabia Saudita, aunque los cargos son hereditarios y no elegidos por una nobleza de 115 cardenales como en la Santa Sede. Después de los monarcas saludarán los presidentes. Y como la Argentina empieza con la letra a, si se respeta el orden de 2005 Cristina Fernández de Kirchner será una de las primeras jefas de Estado de una república en darle sus buenos augurios al Papa.
En 2005 Néstor Kirchner de-seó buena suerte. A su lado, la entonces senadora Cristina Fernández de Kirchner introdujo un matiz diferente: “Que Dios lo bendiga”, dijo.
A esa altura habrá terminado la misa que Ratzinger dedicó sobre todo a la parábola del buen pastor y a su papel con las ovejas descarriadas. El martes habrá que prestar atención a la homilía de Bergoglio, que llega al pontificado con más experiencia pastoral que Ratzinger, un teólogo e intelectual sin tanto ejercicio de diócesis. En este aspecto, la trayectoria de Bergoglio se parece más a la de Juan Pablo II, aunque Karol Woityla tenía 58, 19 años menos que Bergoglio.
Son cuestiones terrenales, claro, pero como dice el investigador Eric Frattini, entre los cardenales electores “se discute de hombres, no de Dios”.
Frattini es el autor del libro Los cuervos del Vaticano, donde predijo la posibilidad de que el Papa renunciara. En un chat con los lectores de la web ecodiario.es lo repitió: “La renuncia creo que ha sido una sorpresa para los diplomáticos de Sodano y para los bertonianos de Bertone. Aunque lo que sí es cierto es que Benedicto XVI dio señales de renuncia desde antes de salir elegido en el cónclave de 2005. Incluso habló de la renuncia de un papa durante una entrevista en 1980”.
Sodano es Angelo Sodano, el secretario de Estado, virtual primer ministro, durante el pontificado de Juan Pablo II. Bertone es Tarcisio Bertone, secretario de Estado con Ratzinger. Con Sodano trabajó como número dos el argentino Leonardo Sandri. A él se lo vinculó también con pruebas palpables de su adhesión espiritual, el ex embajador de Carlos Menem en el Vaticano y ex secretario de Culto de Carlos Ruckauf, Esteban Caselli. Las relaciones de Bergoglio con Caselli y con el arzobispo de La Plata, Héctor Aguer, eran malas. A su vez, Bergoglio nunca fue hombre de Sodano.
Pobres
En su reunión con cinco mil periodistas el nuevo Papa explicó por qué eligió el nombre Francisco. Dijo que durante la elección estaba junto al arzobispo emérito de San Pablo, Claudio Humnes. “Cuando la cosa se hacía peligrosa, me confortaba, y cuando los votos alcanzaron los dos tercios se produjo el aplauso. El me abrazó, me besó y me dijo: ‘No te olvides de los pobres’. Esa palabra entró aquí: pobres. Pensé en Francisco de Asís inmediatamente, y en las guerras, mientras seguía el escrutinio.”
Fue un modo de confirmar la hipótesis obvia de que los cardenales, como cualquier elite nobiliaria del mundo, disputan poder, y que el todavía cardenal seguía la cuestión de su candidatura con ansiedad.
Según trascendidos brasileños, porque en 2005 un cardenal fue indiscreto con un periodista, Bergoglio habría obtenido 40 votos en la primera votación de 2005 y declinó seguir compitiendo frente a Ratzinger.
Aunque habrá que esperar algún VatiLeaks para encontrar la respuesta (ya ni el Vaticano tiene secretos), nada impide preguntarse si las cosas sucedieron así:
- Ya en 2005 Bergoglio comprobó que su figura recogía apoyo entre los cardenales.
- Si Frattini fue capaz de estudiar a Ratzinger, parece lícito suponer que Bergoglio también lo hizo.
- Si la renuncia era una eventualidad, el arzobispo de Buenos Aires bien podía preparar el terreno para un probable segundo cónclave de cardenales electores. Bergoglio tenía 68 años en el 2005. Le quedaban doce hasta los ochenta que quitan la condición de cardenal apto para votar papa.
- En 2007 los obispos latinoamericanos se reunieron en Aparecida, Brasil, para su V Conferencia. Redactaron un largo documento. Pero el verbo “redactaron” es un eufemismo. Por más que haya varias manos, siempre una sola mano presenta el esqueleto inicial y redondea el texto final. Esa mano fue la de Bergoglio, que ahí construyó una suerte de base territorial que sumó a sus relaciones en Europa. Luego Benedicto XVI, que clausuró el cónclave, aprobó el documento. El texto combina guiños a las comunidades eclesiales de base, ortodoxia pura y dura en cuestiones de género y separación de Iglesia y Estado, y la típica descripción de la pobreza y la miseria sin indicadores históricos. En 2007 Hugo Chávez llevaba ocho años en el gobierno, Luiz Inácio Lula da Silva y Néstor Kirchner cuatro años, Evo Morales un año y Tabaré Vázquez dos. En Venezuela, Brasil, la Argentina y Uruguay la pobreza y la indigencia habían descendido respecto de cada gobierno que precedió a esos cuatro presidentes.
–Pasadas las dictaduras y los gobiernos neoliberales, ¿qué significa la elección de un papa argentino justo cuando América latina protagoniza procesos de transformación con amplia legitimidad de sus gobiernos?
–Significa que la Iglesia Católica ha decidido asignarle a América latina prioridad, sobre todo de presencia religiosa que permita dinamizar el catolicismo, dado que en el mundo católico latinoamericano es donde más ha disminuido la cantidad de fieles. Pensarlo sólo en clave política no alcanza. Innegablemente influye, pero la principal preocupación de la Iglesia Católica es el descenso de sacerdotes, religiosos y creyentes en un mercado de bienes religiosos diversificado, en el cual los creyentes no encuentran qué posturas tener. A su vez, en América latina ese catolicismo se ha pensado muy cercano al Estado y a los grupos dominantes. Ese vínculo es más fuerte que en Europa o Estados Unidos y queda en evidencia ante las denuncias de abuso sexual, que en América latina casi no tienen repercusión. Aquí tienen más impunidad, como se vio ante la condena del padre Julio Grassi.
–¿Minimiza la influencia que pueda tener el nuevo papa en los procesos políticos de Sudamérica?
–Creo que los papas, por una larga tradición romana, actúan en consonancia con las iglesias locales y las nunciaturas. Cuando un papa visita México consulta a la Iglesia mexicana. Si visita Cuba y le dicen “no escuche a los de Miami”, el Papa lo hace. Es una política que tiene su lógica y que empieza con Juan Pablo II, ya que antes apenas se movían de Italia. Juan Pablo II tuvo una política de movilizar a las bases para tratar de renovar y aggiornar ese catolicismo emotivo que había en nuestros países a partir del contacto directo. Pero todos los estudios mostraron que la mayoría de la gente que participaba de esas movilizaciones disfrutaba del Papa, pero no tenía idea de su mensaje. Si el Papa fuera a Brasil apoyaría a la Iglesia brasileña, que tanto con Lula como con Dilma tiene vínculos estables. También en México, donde el PRI ha dejado de lado su anticlericalismo de otra época y tiene una postura de acercamiento a Roma. En Cuba no tendría ningún problema, acaba de ir Benedicto XVI. Si va a Venezuela sería interesante, porque la Iglesia Católica venezolana está muy ligada a las fuerzas políticas de oposición. Debería pensar bien si va a sumarse a esa perspectiva o a buscar una presencia masiva aprovechando que hay una sensibilidad popular católica fuerte que se vio con la muerte de Chávez. En Ecuador no habría problema, Correa tiene vínculos históricos con sectores de la Iglesia. En Perú habría que ver qué posición toma, es muy fuerte la presencia del cardenal Cipriani, del Opus Dei, y hay grandes conflictos internos. En Bolivia sería problemático porque la Iglesia no tiene buena relación con el Estado. En Uruguay históricamente hay mayor autonomía. En Chile no tendría problema.
–¿Y en la Argentina?
–En Argentina mis dudas son mayores. No hay experiencia histórica de un papa latinoamericano, con todo lo rico que significa que se descentre la mirada del Vaticano. Habría que ver la experiencia histórica de Bergoglio, con contactos fluidos con líderes opositores y una mirada muy crítica hacia el Gobierno. Ha aparecido más como referente político de oposición que como líder religioso. La venida como Papa tal vez lo lleve más a ser referente religioso para evitar ser utilizado políticamente.
–¿Cambiará de perfil?
–Habrá que ver si viene Bergoglio o Francisco. Ahí lo pensará muchísimo porque tendrá todas las miradas encima, de Argentina y de América latina. Esto vale también para la oposición, que lo va a querer como referente, y para el Gobierno, que tendrá que ver qué hace ahora, cuando Bergoglio se transforma en un referente mundial. El Gobierno deberá reflexionar más sobre su vínculo con Roma y con la Iglesia local, que se va a transformar en una correa de transmisión muy fuerte del propio Papa, quien ahora designará nuevos obispos y puestos claves del episcopado.
–La sociedad y el Estado argentinos avanzaron en la última década en la conquista de derechos, como el matrimonio igualitario, pese a la oposición de la Iglesia Católica con Bergoglio a la cabeza. ¿Qué nos espera ahora?
–A ese nivel me parece que no va a haber grandes cambios. Tendrá que aceptar las leyes y propuestas que tienen amplio consenso en la democracia argentina. Hay aborto en Italia, Francia, Alemania, había en Polonia, y esto no supuso que ni que Juan Pablo II ni que Benedicto XVI intentaran cambiarlo. Intentan disminuirlo, tratan de que las leyes se cumplan lo menos posible, que los católicos no lo practiquen. Son iglesias acostumbradas a la separación del Estado. Habrá que ver si Francisco se nutre de la experiencia de autonomía de estas iglesias o quiere retomar una postura fuerte como en América latina, de politizar lo religioso y catolizar lo político.
–De volver a tener la influencia del siglo pasado...
–Sí, lo que fue durante las dictaduras, que en muchos países incluían a vastos sectores políticos, religiosos, económicos y mediáticos. No es un tema de oficialismo u oposición, seamos claros: la política en América latina no se piensa autónomamente de lo religioso, se piensa cómo cada uno hace suya una parte de lo religioso, en especial con la Iglesia Católica. La pregunta es cuál va a ser la autonomía de los partidos respecto a una presencia mucho más fuerte de la Iglesia. Va a depender tanto de los actores políticos como del papado. Cada uno deberá pensar en una sociedad que se manifiesta en un 75 por ciento católica pero donde pesa fuertemente el cuentapropismo religioso que toma distancia de clérigos, preceptos y dogmas aunque sienta a ese catolicismo como identidad o cultura nacional. Descubrir los hilos de todo esto va a exigir a los partidos y al propio Estado mucha fineza en el análisis, porque la presencia simbólica de tener un papa argentino tiene un peso que no conocemos. Tanto para Francisco como para la Iglesia Católica argentina como para la sociedad política, mediática y económica es todo un desafío.
–Bergoglio decidió ser Francisco por un santo que se caracterizó por su espíritu de pobreza y desprendimiento. ¿Le alcanzarán el nombre y los gestos de austeridad para revertir la imagen de la Iglesia?
–Los gestos y los símbolos son importantes en sociedades mediáticas, pero no definen una política de gobierno, no alcanzan. Es valorable ser sencillo, humilde y austero. En un mundo globalizado donde los focos sobre la institución están puestos en los escándalos es un buen signo. Pero no alcanza, no es un programa de gobierno, no es un programa teológico pastoral. El programa será conservador, es innegable, porque la enorme mayoría o la totalidad de quienes lo eligieron son conservadores o ultraconservadores. Habrá que ver cómo se mueve ahí adentro.
–El sociólogo Juan Cruz Esquivel pronosticaba que una de las prioridades de Bergoglio será ordenar la curia romana. ¿Qué significa?
–Estoy de acuerdo. Se refiere a los escándalos del Vaticano de los últimos años. En realidad son de larga data, el cambio se da a partir de la sociedad mediática globalizada, que hace que estos hechos repercutan mundialmente. Los escándalos de la curia producen una pérdida de autoridad de obispos y cardenales. Los fieles los escuchan cada vez menos. Antes, los escándalos no llegaban a inquietar la base social de la Iglesia, hoy inquietan al conjunto de la feligresía católica. Otro problema es la propia estructura del Estado vaticano. ¿Esa estructura creada hace 150 años favorece las expectativas de creyentes y especialistas? ¿O implica una lógica más política que religiosa con los 177 Estados que tienen relación con el Vaticano? Ahí hay una tensión que es histórica, pero que en este momento se hace muchísimo más fuerte entre la Iglesia local y el nuncio que decide en vinculación directa con el Papa. En Argentina no va a suceder porque el Papa va a decidir más que el nuncio, pero en otras iglesias es todo un tema. En la medida en que los Estados y las sociedades políticas busquen lo sagrado para compensar sus pérdidas, la estructura católica internacional es una de las más preparadas para dar respuestas, pero esa estructura necesita muchísima gente y dinero, necesita que la informen, necesita relaciones con políticos, por eso lo de Vatileaks. Eso da un amplio poder político, pero no da el reconocimiento religioso de los creyentes. Ya veremos qué se hace en este sentido, pero deben pensar qué curia se necesita para que los creyentes tengan más participación y no sólo sean tenidos en cuenta los Estados y la sociedad política. No es decisión sólo de Francisco, hay que ver cómo analizan y deciden los distintos grupos de poder que existen en la Iglesia.
–Bergoglio no excomulgó al pedófilo condenado Julio Grassi. ¿Enfrentará el problema de los curas pedófilos?
–Lo va a tener que enfrentar porque no es una decisión individual: iglesias poderosísimas de Estados Unidos y Europa decidieron enfrentarlo, por problemas éticos, de credibilidad y en el caso de Estados Unidos financieros, por el costo de los juicios. En Argentina la Conferencia Episcopal no se pronunció ante las condenas de Grassi ni del obispo Edgardo Storni ni de Christian Von Wernich, que siguen perteneciendo a la institución. En los últimos tiempos, en las iglesias del norte, han sido puestos a disposición de la Justicia y suspendidos. Hay que reconocer que la postura de Benedicto XVI ha sido más inflexible. Esas denuncias son más factibles en sociedades acostumbradas a denunciar estos casos que en las nuestras donde, por ser patriarcales, machistas, con poca valoración de las víctimas, no sólo no denuncia la Iglesia sino tampoco organizaciones políticas, económicas, culturales o mediáticas. Y cuando se denuncia, la mayoría de las veces son encarpetadas por instituciones estatales o por la Justicia.
–Bergoglio intentó sin éxito unificar a la oposición contra el gobierno argentino, que es parte del proceso de cambios que atraviesa la región. ¿La asunción como papa permite pensar que dejará en un segundo plano el frente interno o, al contrario, que la respaldará con más fuerza?
–Pienso que los problemas que tiene con los escándalos, la curia, las transformaciones que debe hacer, lo van a ocupar de manera primordial. De cómo solucione esos problemas dependerá en gran medida cuánto tiempo dedique a temas de la Argentina. También va a depender de quién sea el próximo cardenal de Buenos Aires, que será su decisión y dará indicios sobre el rumbo. Pero supongo que le va a llevar un tiempo bastante importante en tratar de ordenar los escándalos de la propia curia.
Los creyentes y la dictadura
Por Horacio Verbitsky
El 22 de junio de 1976 fue secuestrada la asistente social y militante Lucía Cullen, sobrina del sacerdote jesuita Guillermo Willy Wilson. La madre recurrió a otro jesuita, conocido de Willy, que la sorprendió con el nivel de información que tenía sobre su hija. “Si saben tanto van a poder hacer algo”, se ilusionó. Por esta vía llegó a una entrevista con Bergolio, quien le preguntó por la relación de Lucía con el asesinado padre Carlos Mugica, y por el casamiento religioso que Mugica había bendecido en 1972, de Lucía Cullen con el entonces prófugo de la justicia José Luis Nell. “Le preguntó con delicadeza si había continuado sus ‘actividades políticas’ después del suicidio de Nell en 1974. Cuando mi madre dijo que su hija no había tenido ninguna actividad política después del 20 de junio de 1973, el sacerdote dijo: ‘Eso es muy bueno’. Esta frase abrió en mi madre enormes expectativas que nunca se cumplieron”, cuenta hoy su hermano Rafael Cullen, quien agrega: “Hoy, con la información a la que puede acceder el Vaticano le solicito a su autoridad máxima el compromiso para ubicar los restos mortales de mi hermana Lucía. Eso permitirá cumplir con el rito de la sepultura, que diferencia a humanos de animales y es muy valorado por la Iglesia Católica”.
Por Horacio Verbitsky
Mientras Bergoglio se muestra pródigo en gestos de austeridad, humildad, colegialidad y ecumenismo, la inminente reina Máxima de Holanda se apresta a participar en la inauguración de su papado. Su padre, secretario de Agricultura de Videla y Martínez de Hoz, Jorge Zorreguieta, ha sido acusado ante la Justicia, pero igual que Bergoglio, hasta ahora sin consecuencias. No es el caso del propietario del Ingenio Ledesma, Carlos Pedro Blaquier. Recibió su carta de invitación, enviada por el obispo de la curia romana Marcelo Sánchez Sorondo pero no podrá acudir, ya que está procesado por el secuestro de tres decenas de trabajadores durante la dictadura, sin prisión preventiva pero con prohibición de salir del país, dado el riesgo de fuga, que en este caso reeditaría el asilo en sagrado de la Edad Media. Quienes no tienen la menor chance de viajar son el ex general Luciano Menéndez y los demás represores procesados en Córdoba, que saludaron la elección del papa porteño luciendo en la sala de audiencias cintas con los colores del Vaticano. Ellos sí que tienen todo claro. Con Bergoglio en Roma comienza la contraofensiva para abortar los juicios por crímenes de lesa humanidad, o al menos las líneas de investigación y denuncia de la trama económica, social y política que sostuvo a la dictadura.
Por Horacio Verbitsky
Hace tres años, esta columna destacó la simultaneidad entre el lanzamiento del libro autobiográfico de Bergoglio, El Jesuita, con la referencia de la publicación más importante de Alemania, Der Spiegel, al “papado fallido” de Joseph Ratzinger. Agregaba que el arzobispo de Buenos Aires emprendía así una operación de lavado de imagen ante las denuncias de Yorio y Jalics. El sacerdote Paolo Farinella escribió en la prestigiosa revista italiana de filosofía MicroMega, que Benedicto XVI debería pedir perdón a los creyentes afectados por la estrictez del celibato, por las condiciones en los seminarios y por los miles de casos de abusos de niños y decirles: “Me retiraré a un monasterio y pasaré el resto de mis días haciendo penitencia por mi fracaso como sacerdote y como papa”. La nota, del 11 de abril de 2010, se tituló “Operación Cónclave” y señaló que la revista alemana mencionaba a Celestino V, un papa del siglo XIII que renunció porque no se sintió capaz de cumplir con sus funciones. “Por si algo de eso ocurre, Bergoglio necesita una foja de servicios pulida. Ante una pregunta acerca del papa ideal, el presidente de la Asociación Alemana de Juventudes Católicas, Dirk Tänzler, dijo al Der Spiegel que preferiría que haya trabajado en una parte pobre de Sudamérica o en otra región golpeada por la pobreza, ya que tendría una visión distinta del mundo. La compasión por la pobreza, compartida con la Sociedad Rural y la Asociación Empresaria AEA, es el nicho de oportunidad elegido por el Episcopado bajo la conducción de Bergoglio”. Amén.
EL NUEVO PAPA GENERA EXPECTATIVAS DE CAMBIO, PERO SUS ANTECEDENTES SON CONSERVADORES
Los límites de la reforma
Pensar la gestión de Francisco implica no distraerse con sus gestos de sencillez e informalidad, y pensar en sus antecedentes en la Argentina. Lo que indica que no habría cambios profundos en el rumbo de la Iglesia.
Por Washington Uranga
Imagen: EFE.
En primer lugar esto ocurre, seguramente, porque el estilo de Bergoglio como Papa se aparta en mucho de sus anteriores. Le devolvió “humanidad” al papado rompiendo con el protocolo y generando, con mucha inteligencia, gestos de proximidad a la gente y enviando señales al interior de la Iglesia para indicar que quiere promover cambios, que quiere encontrar la manera de dar respuesta a los desafíos que hoy se le plantean al catolicismo y a la institución.
Una demostración de lo anterior fue el incidente que protagonizó con el cardenal estadounidense Bernard Law, acusado de haber encubierto a unos 250 curas pederastas entre 1984 y 2002, cuando fue arzobispo de la diócesis de Boston, en Estados Unidos. Bergoglio y Law, que renunció a su diócesis después de haber recibido las acusaciones de encubrimiento, se cruzaron en la Basílica Santa María la Mayor, en Roma, donde el estadounidense es arcipreste emérito. El norteamericano vio al Papa, lo saludó y siguió su camino. De inmediato, relatan testigos, Bergoglio dijo a sus colaboradores: “No quiero (por Law) que frecuente más esta basílica”.
Al margen de los gestos públicos, que pueden ser parte de una estrategia para instalar su figura en el inicio del pontificado, actitudes como la relatada podrían indicar que Bergoglio está dispuesto a tomar firmemente las riendas de la institución eclesiástica poniendo límites a los desa-guisados y, si es necesario, sacando del juego a quienes tienen conductas que a su juicio se contradicen con la doctrina y la moral que la misma Iglesia predica.
Pero volviendo a la pregunta con la que iniciamos esta nota. Dada su tradición conservadora, ¿se pueden esperar cambios importantes de Bergoglio en su condición de pontífice?
El suizo Hans Küng, quien fuera uno de los teólogos más importantes del Concilio Vaticano II hace medio siglo, compañero en esa tarea de Joseph Ratzinger y luego duro crítico de la acción de éste cuando estuvo al frente de la Congregación de la Doctrina de la Fe y luego como papa, ha dicho que Francisco “asumirá una posición más reformista que la del papa anterior (Benedicto XVI)” y que “no hará una revolución, sino que realizará reformas lentamente”.
En declaraciones al diario O Globo de Brasil, y para explicar lo anterior, Küng utilizó una comparación y dijo que Bergoglio cumplirá en la Iglesia Católica una tarea semejante a la que desempeñó Mijail Gorbachov en la Unión Soviética de los años ochenta. “El (por Gorbachov) no hizo una revolución, sino que introdujo reformas que corrigieron los errores que había antes. Lo mismo espero de Bergoglio, aun cuando no haga una revolución, para no dividir la Iglesia, él empezará a introducir reformas.”
Otros dentro de la Iglesia sostienen que bastaría que Francisco retome los lineamientos del Concilio Vaticano II y los lleve a la práctica para que muchas cosas en la Iglesia cambien, se modifiquen sustancialmente. Se trata de grandes orientaciones nacidas hace medio siglo, cuya implementación inició el papa Paulo VI (1963-1978) y que luego fueron congeladas o revertidas por Juan Pablo II y Benedicto XVI.
No deja de llamar la atención también las opiniones y la carta de crédito abierta por reconocidos teólogos de la liberación latinoamericanos como los brasileños Leonardo Boff, Frei Betto y Oscar Beozzo. En términos conceptuales y prácticos, Bergoglio se ubica en la acera opuesta de la Teología de la Liberación que ha sido discutida y condenada en más de una ocasión por diferentes estamentos de la Iglesia institucional. Es más. La presencia de Boff en la Argentina fue cuestionada en más de una ocasión por la jerarquía de la Iglesia ya en tiempos en los que Bergoglio tenía una voz importante de mando. Sin embargo Boff rescata ahora el hecho de que Bergoglio haya elegido el nombre de Francisco para su pontificado porque “Francisco no es un nombre, es un proyecto de Iglesia, pobre, sencilla, evangélica y desprovista de todo poder”. Y agregó que “Francisco fue obediente a la Iglesia y a los papas, pero al mismo tiempo siguió siempre el camino con el Evangelio de la pobreza en la mano”.
El teólogo brasileño dijo también que con los gestos realizados hasta ahora el nuevo papa quiere “presidir en la caridad”, dejando de lado la condición de “monarca absoluto, revestido de poder sagrado” y dándole “centralidad al Pueblo de Dios”. Y destaca el hecho de que Bergoglio “viene del Gran Sur, donde están los más pobres de la humanidad y donde vive el 60 por ciento de los católicos” para asegurar que “con su experiencia como pastor, con una nueva visión de las cosas, desde abajo, podrá reformar la curia, descentralizar la administración y dar un nuevo rostro creíble a la Iglesia”.
Una pregunta que alguien podría hacerse es si Boff, quien fue sancionado por sus ideas por Juan Pablo II y a iniciativa de Ratzinger, y terminó abandonando el sacerdocio católico, está en realidad expresando un punto de vista respecto de lo que cree que hará Bergoglio, o bien está exponiendo su mirada para, del modo que sea, marcarle un plan de acción al nuevo papa. O quizás todo se reduzca a una expresión de deseo y a extender una carta de crédito a la espera de los hechos. No lo aclara el propio Boff. Y tampoco parece probable que Francisco lo convoque como su asesor... por lo menos en lo inmediato.
Pero Boff no es el único que ha puesto a circular opiniones en este sentido. Frei Betto, otro teólogo a quien se ha conocido en el mundo entre otros motivos por su muy estrecha amistad con Fidel Castro, presentó sus reparos respecto de la trayectoria eclesiástica y política de Bergoglio. Sin embargo, dijo que “San Francisco de Asís (de quien el Papa tomó el nombre, según él mismo lo confirmó ayer en audiencia pública con los periodistas) es símbolo de la opción por los pobres y la ecología” y eso significa que Bergoglio “tiene conciencia de que hay que reformar la Iglesia”. Agregó que “tengo muchas esperanzas de que este hombre (por Bergoglio) sea coherente con la inspiración de san Francisco de Asís”. Aunque recogió también otra preocupación que está presente en algunos círculos políticos y eclesiásticos: “América latina es ahora, con sus gobiernos progresistas, un problema para el sistema y para la Casa Blanca. Espero que esta elección no sea una nueva estrategia del neoliberalismo para América del Sur, para combatir los procesos de Chávez, Cristina, Correa, Evo, Lula y otros”.
En declaraciones hechas a la televisión brasileña José Oscar Beozzo, sacerdote católico, teólogo de la liberación e historiador, se expresó en términos similares a los anteriores. Subrayó la importancia que se le da al hecho de que Bergoglio haya elegido el nombre de Francisco y dijo que esto implica en sí mismo un programa de gobierno para que la Iglesia “vuelva a ser servidora y pobre, que tenga una apertura al mundo musulmán y que adquiera una perspectiva ecológica” que estuvo presente en el santo de Asís. Y se declaró feliz “porque la agenda de la iglesia latinoamericana entre en la iglesia mundial”.
Sin duda Bergoglio es un exponente de la Iglesia latinoamericana actual. Fue una de las figuras clave de la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano celebrada en Aparecida (Brasil), en el 2007. Allí fue reconocido por sus pares del continente y fue uno de los principales redactores del documento final. Hay quienes señalan que fue allí donde Bergoglio generó gran parte de su prestigio e inició realmente su camino al pontificado.
Pero es claro que esta Iglesia latinoamericana actual está muy lejos de la Iglesia renovadora y posconciliar de Medellín (1968) y Puebla (1979) ocasiones en las se sintió con fuerza la influencia de los teólogos de la liberación y en las que se ratificó con firmeza la “opción por los pobres”. Esta Iglesia latinoamericana actual, que no abandona el reclamo por la justicia, que insiste en la paz y la atención a los pobres y a los desvalidos, usa más la palabra reconciliación que la palabra liberación, y está más preocupada por recuperar el espacio que el catolicismo pierde en la sociedad y por preservar los valores católicos en la cultura, que por su cercanía y alianza con los movimientos sociales y populares. Esa es la Iglesia que representa Bergoglio y la visión que llevará al pontificado. Aun así, vista la situación actual de la Iglesia universal, la perspectiva latinoamericana introduciría un cambio significativo en la Iglesia mundial.
“Cómo me gustaría una Iglesia pobre y para los pobres”, dijo ayer Francisco al reunirse con los periodistas, para sumar un gesto más en la línea de los que viene suscitando desde que asumió el pontificado. Y ratificó, para quitar cualquier duda, que eligió su nombre por Francisco de Asís, “un hombre de paz, el hombre de la pobreza, que ama y mantiene lo creado” en clara alusión a una perspectiva ecológica. En esa misma audiencia Bergoglio se autoadjudicó el papel de “reformador” pero lo completó con un rasgo que es parte de su discurso tradicional: “La Iglesia, aunque es una institución humana no tiene naturaleza política, sino que es esencialmente espiritual. Es el Pueblo de Dios, el santo Pueblo de Dios, que camina al encuentro con Jesucristo”.
Todo parece indicar que Bergoglio cumplirá la tarea de ser un reformador, no un revolucionario, en la Iglesia. Esa reforma podría conducir a la puesta en práctica de muchas de las decisiones que se adoptaron en el Concilio Vaticano II y que quedaron en el olvido. Para muchos esto no bastará, será claramente insuficiente dada la velocidad de los cambios. Para otros, si esto se concretara, podría ser la forma de sentar las bases para que se abrieran las puertas a la renovación, incluso para permitir que germinen otras ideas, otras miradas. Para otros, los más pesimistas, será la manera de cambiar algo, de manera superficial, para que todo quede como está.
En cualquier caso habrá que esperar los próximos pasos del nuevo papa y analizar cada nombramiento, cada gesto, cada decisión, además de sus discursos y declaraciones. Si es fiel al estilo que lo ha caracterizado en su ejercicio episcopal, Bergoglio no producirá hechos espectaculares, cambios abruptos. Tomará decisiones –tiene la mano firme– y las traducirá en normas, designaciones, lineamientos.
Una de las primeras tareas que parecen inevitables será la reforma de la curia romana, del gobierno central de la Iglesia. Allí encontrará, sin duda, fuertes resistencias. Bergoglio no fue el candidato preferido por los curiales ni tampoco por los italianos. Ni Angelo Sodano (ex secretario de Estado de Juan Pablo II) ni Tarcisio Bertone (ex secretario de Estado de Benedicto XVI) tenían a Bergoglio como candidato. Querían a un italiano (¿Scola?) que le diese continuidad a la forma de manejo de la curia y que no insistiese en investigar en los casos de corrupción y mal manejo. Todo indica, por el contrario, que una de las razones por las que se escogió a Bergoglio es por su fama de hombre prolijo, buen administrador y apegado a las normas, para que investigue y tome decisiones. Con esas cualidades la reforma de la conducción de la Iglesia parece una de las primeras tareas. Tan importante como inevitable.
Si lo intenta tendrá que dar muchas batallas internas y vencer resistencias importantes. Una clave será entonces los nombramientos que realice, en particular el del nuevo secretario de Estado.
Pero la reforma de la Iglesia pasa también por una forma más colegiada de gobierno, compartida por el Papa con los obispos y cardenales. Algunos mensajes en ese sentido ya mandó Francisco y una decisión en esa línea estaría en consonancia con la idea de retomar el Concilio Vaticano II. Esto implicaría más consulta, más participación en las decisiones por parte de los episcopados nacionales. Desde su condición de arzobispo de Buenos Aires y de presidente de la Conferencia Episcopal Argentina Bergoglio discutió con Roma para defender su autonomía. Ganó y perdió. Nunca se desacató. Pero también ha sido inflexible en mantener el poder y su propia autoridad. Tomó decisiones e impuso sus puntos de vista. Nunca permitió indisciplinas. Es difícil saber qué hará desde el pontificado.
Se abren muchas posibilidades y son numerosos los aspectos para tener en cuenta. Otros rescatan que en su actuación en Argentina el cardenal Bergoglio fue un gran impulsor del diálogo inter religioso, una carencia notable y un retroceso grave en los pontificados de Juan Pablo II y Benedicto XVI. Esta podría ser también una característica de la acción de Bergoglio como papa.
El Vaticano no es una potencia mundial, pero es una referencia política importante en el diálogo con las potencias. En distintas situaciones ha quedado demostrado que su poder de interlocución y de lobby es significativo. Bajo la gestión de Bergoglio como un papa que predica la justicia internacional y la defensa de los pobres ¿tendrá el Vaticano una presencia más protagónica en los organismos internacionales para reclamar mayor justicia? Uno de los calificados voceros de la Iglesia en la materia es el cardenal hondureño Oscar Rodríguez Maradiaga. Un llamado a este arzobispo para participar del gobierno central de la Iglesia podría estar dando un indicio en este sentido.
También se maneja la posibilidad de que Francisco convoque a un concilio, una gran asamblea de los obispos de todo el mundo, para estudiar los problemas, buscar alternativas. Puede ser también una forma de vencer las resistencias al cambio. Pero, claro está, este hecho también puede limitar el poder del Papa.
¿Recurrirá Bergoglio a esta instancia aun a riesgo de autolimitarse? Si uno atendiera a su historia reciente la respuesta debería ser que no.
Lo que sí está claro es que Francisco está decidido a “humanizar” la figura del papa, a entablar otro tipo de relaciones con la gente, con el pueblo, hablando un lenguaje comprensible para todo el mundo, acercarse a los problemas y a las inquietudes de los fieles. Para hacerlo, Bergoglio tiene la “escuela de la calle” porteña, su caminar en los barrios, escuchando y dialogando. Seguramente esto no basta, incluso puede resultar no más que un maquillaje, pero hará a la Iglesia y al Papa más “amigables” para la gente. Para lo demás, respecto de lo aquí planteado y de otros muchos temas que han quedado por fuera, habrá que aguardar a que los hechos desplacen y den por tierra con las especulaciones.
CONFERENCIA DE PRENSA DEL NUEVO PAPA EN ROMA
Habló el nuevo “icono”
Dando una imagen de energía que contrasta con la de sus dos antecesores, Francisco habló de pobreza y dijo que la Iglesia “no es política”. Los souvenires y la bandera.
Por Eduardo Febbro
Desde Ciudad del Vaticano
Roma ya se pobló de imágenes del nuevo papa y hasta de banderas argentinas en los negocios.Las primeras fotos del papa Francisco aparecieron antes de ayer en las librerías de la Via della Conciliazione entre las omnipresentes imágenes de Juan Pablo II y las ocasionales fotos de Benedicto XVI. Las banderas argentinas florecen hoy en las puertas de los negocios que venden chucherías y recuerdos del Vaticano. Los iconos nuevos reemplazan a los de antes a una velocidad que contrasta con los ritos seculares y lentos de la Santa Sede. Comparado con el estado deplorable de los últimos dos papas, Francisco luce resplandeciente, con la mano levantada sobre un extraño fondo amarillo.
Ayer también estaba luminoso y juvenil. Recibió a la prensa que cubrió la hecatombe vaticana en estas largas semanas de dramas y victorias y dijo lo que ya había demostrado con los hechos la noche de su elección y al día siguiente: Francisco expresó su deseo de tener “una iglesia pobre para los pobres”. Su frase arrancó los aplausos de los presentes en una curiosa simbiosis entre el Papa y los periodistas, quienes, en principio y por regla de oro, no tienen por qué aplaudir a la figura cuya información cubren. La confusión resulta inaudita. No faltan aquellos –y son muchos– que festejan en voz alta la victoria de un papa argentino como antídoto contra el actual gobierno nacional.
Al lector tal vez le asombre la profundidad de la fe humana, pero es así: están convencidos de que Francisco será la cruz que llevará la cruzada de la oposición hacia adelante. La perspectiva es desproporcionada: hay que imaginarse al responsable de un poder simbólico de alcance planetario combatiendo a un gobierno nacional surgido de la voluntad popular. ¿Tal vez con un golpe de Estado? ¿Una revuelta popular? O por qué no una insurrección religiosa de conservadores, empresarios y decepcionados del kirchnerismo en plena Plaza de Mayo.
Francisco aclaró, no obstante, que “la Iglesia no tiene una naturaleza política sino espiritual”, pero la gran mayoría de los comentaristas apuesta por una suerte de reencarnación de Juan Pablo II y su combate frontal contra el comunismo. El Sumo Pontífice se merece un Oscar por el mejor actor: seductor, lleno de humor, cercano y con autoridad y con una picardía llena de doble sentido. Francisco les dio un buen consejo a los 6000 periodistas reunidos para escucharlo. Una buena nota, dijo, consta de tres ingredientes: “Verdad, bondad y belleza”. Un verdadero maestro de ceremonias que hizo trizas la austeridad polaca y alemana. Roma descubre el encanto latino oriundo del otro lado del océano. Y detrás de ese encanto hay un astuto contador de historias.
Francisco habla como quien está contando una historia y ésa es una de sus fuerzas. El Papa narró la historia que lo llevó a elegir el nombre de Francisco. Según dijo, cuando la elección quedó decidida a su favor, el arzobispo emérito de São Paulo, el cardenal Claudio Humnes, lo abrazó y le advirtió “No te olvides de los pobres”. Y Francisco no se olvidó. Apenas elegido papa, salió al balcón de la plaza San Pedro a saludar “al pueblo” –palabra proscripta del vocabulario papal desde hacía casi cuatro décadas– y apareció sin los atuendos ostentosos de sus predecesores. Fue la palabra “pobres” la que lo indujo a pensar en San Francisco de Asís. “Los pobres, los pobres. Mientras avanzaba el recuento (de los votos) pensé en San Francisco de Asís, en su relación con los pobres. Y luego pensé en las guerras. Francisco, el hombre de la paz. Y así llegó el nombre a mi corazón. El hombre de paz. El hombre pobre. ¡Cómo desearía una Iglesia pobre y para los pobres...!”
El papa argentino les dará mucho trabajo a los comunicadores y a sus adversarios. La juventud mental, la experiencia de la mediación, la práctica del poder y la consiguiente sabiduría se aúnan en un personaje de peso. Francisco se permitió el lujo de mostrarse comprensivo con los periodistas que son incapaces de entender qué es la fe. “La Iglesia –dijo– responde a una lógica que no entra en la categoría de las cosas mundanas.” En adelante, además de discernir la futura geopolítica del Papa habrá también que aprender y aceptar que la base de esa geopolítica es la fe. En todo caso, Francisco puntualizó un par de rumbos. Uno: la “Iglesia es Cristo, no el Papa”. Dos: su “vocación es espiritual y no política”. Estamos aquí para comprender la fe y constatar si cumple o no con su meta.
CRISTINA FERNANDEZ DE KIRCHNER SE REUNIRA MAÑANA CON EL PAPA EN EL VATICANO
La primera audiencia con Francisco
La Presidenta partió anoche hacia Roma. El suyo será el primer encuentro privado del pontífice con un jefe de Estado. El martes presenciará la ceremonia de iniciación del papado de Jorge Bergoglio, quien también recibirá a Dilma Rousseff.
Por Nicolás Lantos
La Presidenta y Bergoglio volverán a verse mañana a la mañana en la Casa Santa Marta.Imagen: DyN
Cristina Fernández de Kirchner será recibida por el papa Francisco mañana al mediodía (hora de Roma), confirmó ayer la Oficina de Prensa del Vaticano. La Presidenta, que salió anoche de Buenos Aires a bordo del Tango 01, será así la primera mandataria que mantendrá una audiencia con el flamante obispo de Roma antes de la ceremonia de iniciación de su pontificado que se llevará a cabo el martes en la basílica de San Pedro, a la que se espera asistirán jefes de Estado y de gobierno de todo el mundo. La noticia fue considerada en la Casa Rosada como “un gesto de buena voluntad” que puede “propiciar un acercamiento” entre el pontífice y CFK, cuya relación cuando Jorge Bergoglio ocupaba la Arquidiócesis de Buenos Aires y encabezaba la Conferencia Episcopal Argentina no era buena.En otro guiño hacia la región, Francisco recibirá también a la brasileña Dilma Rousseff, con quien dialogará sobre las Jornadas Mundiales de la Juventud que se llevarán a cabo en julio en Río de Janeiro, con la presencia papal. En el Gobierno especulan con que mañana el pontífice le informe a la Presidenta acerca de su voluntad de visitar Buenos Aires en ese mismo viaje a Sudamérica.
La audiencia entre el Papa y la mandataria argentina será a las 12.50 de Italia (nueve menos diez de la mañana aquí) y tendrá lugar en la Casa de Santa Marta, donde Francisco se encuentra alojado de forma interina hasta tanto alisten su nueva residencia apostólica. El encuentro sería con agenda abierta y duraría entre diez minutos y media hora, estimaron fuentes de la comitiva que participan de los preparativos.
La confirmación de la cita con el flamante pontífice obligó a cambiar los planes de Fernández de Kirchner, que adelantó casi un día su viaje y partió anoche del área militar del Aeroparque Metropolitano de Buenos Aires a bordo del avión presidencial con rumbo a Marruecos, donde el Tango 01 está a salvo de acciones judiciales por parte de fondos buitre según la evaluación de la Cancillería. Allí hará trasbordo con un charter que la depositará en Roma hoy por la tarde, entre las cuatro y las cinco, hora local.
Según pudo averiguar Página/12, CFK no tiene otras actividades oficiales en la agenda aparte de la audiencia con el papa Francisco y la misa de iniciación que se llevará a cabo el martes por la mañana y adonde se le reservó un asiento de privilegio en la primera fila. Allí, la mandataria estará acompañada por una comitiva de doce miembros, la más numerosa de todas las que asistirán a la ceremonia. Inmediatamente después, emprenderá su viaje de regreso a Buenos Aires, adonde tiene previsto llegar ese mismo día por la noche, si no hay cambios en el cronograma.
Además de la jefa de Estado, estarán presentes en San Pedro el canciller Héctor Timerman; el presidente de la Corte Suprema, Ricardo Lorenzetti; el titular de la Cámara de Diputados, Julián Domínguez; el diputado radical Ricardo Alfonsín; el presidente de la Conferencia Episcopal Argentina, José María Arancedo; y el de la Comisión Episcopal de Pastoral Social, Carlos Alberto Acaputo.
Completan la comitiva oficial los dirigentes de la CGT Antonio Caló, Omar Viviani y Omar Suárez; el secretario de Comunicación Pública y vocero presidencial, Alfredo Scoccimarro; el titular de la Unión Industrial Argentina, Ignacio de Mendiguren, y el presidente de la Federación Argentina de Municipios e intendente de Florencio Varela, Julio Pereyra.
En el Vaticano estiman que serán más de 150 los países que enviarán sus representantes a la ceremonia de iniciación de Francisco. De América latina confirmaron su presencia, además de Fernández de Kirchner y Rousseff, el chileno Sebastián Piñera, el mexicano Enrique Peña Nieto, la costarricense Laura Chinchilla, el paraguayo Federico Franco (cuyo mandato no es reconocido por la Unasur) y el hondureño Porfirio Lobo.
Por España participarán no sólo el presidente Mariano Rajoy sino también el príncipe Felipe de Borbón, heredero de la corona, y su esposa, la princesa Letizia. La alemana Angela Merkel también será de la partida, mientras que el francés François Hollande enviará en su lugar a su primer ministro, Jean-Marc Ayrault; y al titular de la cartera de Interior, Manuel Valls. La Unión Europea también estará representada por el presidente del Consejo, el belga Herman Van Rompuy, y el de la Comisión Europea, el portugués José Manuel Durao Barroso.
El norteamericano Barack Obama no viajará al Vaticano, aunque sí lo hará su vice, el católico Joe Biden; y Canadá tendrá como emisario al gobernador general David Johnston. El irlandés Michael Higgins también confirmó asistencia mientras que el Reino Unido todavía no informó quién será su representante.
La Presidenta destacó el aumento de 68 por ciento de egresados universitarios entre 2001 y la actualidad y afirmó que “no es un milagro de la naturaleza, es la inclusión social, la posibilidad del trabajo, que permite que el estudiante termine su carrera”. A través de su cuenta de Twitter recordó lo manifestado en su discurso del jueves y resaltó que en 2001 se registraron 65 mil egresados universitarios, mientras que en 2011 hubo 109 mil, según datos del censo realizado aquel año. “Los números de la década ganada. Los de los sueños de un hombre que prometió no dejar sus convicciones en la puerta de Casa Rosada”, remató.
EL INQUISIDOR BELARMINO, LA INAUGURACION PAPAL, LOS VOTOS DE BERGOGLIO
Las historias que no cuenta el padre Lombardi
Preocupado por Página/12, el vocero del Vaticano no tiene tiempo de relatar símbolos tan interesantes como la elección del nombre Francisco. Belarmino, inquisidor, teólogo y austero. América latina en el cónclave. ¿Hubo un plan de Bergoglio? ¿Cómo hay que saludar a un papa?
Por Martín Granovsky
Si se arrodillará o no. Si besará o no el anillo. Si, si, si. Abundan las especulaciones menores sobre qué ocurrirá entre Jorge Bergoglio y la Presidenta el día de la ceremonia de inauguración papal. Ya que todo parece transcurrir en el mundo de las formas y los símbolos, conviene ir adelantando un dato: quien no se arrodilla ni besa el anillo no falta al protocolo. Simplemente, saluda de otra forma. Y ya que la Iglesia Católica aprecia las tradiciones, va otro dato: Bergoglio no era solo arzobispo de Buenos Aires sino que tenía el título de honor de San Roberto Belarmino. El teólogo fino, culto y austero que dirigió el proceso contra Giordano Bruno e interrogó a Galileo Galilei.
Salvo que el vocero vaticano Federico Lombardi considere a la Historia como “izquierdismo anticlerical”, Bruno fue quemado vivo en la hoguera en 1600 tras los juicios de la Inquisición veneciana y, luego, de la Inquisición romana a cargo de Belarmino.
Tanto Bruno como Galilei sostenían la teoría heliocéntrica que ponía al sol y no a la Tierra como centro del universo. Giordano, además, cuestionaba la centralidad terrenal de la Iglesia Católica.
Según el historiador inglés Jonathan Wright en su libro Los jesuitas, Belarmino teorizó “sobre el poder temporal del papado”, es decir acerca de su derecho a intervenir en los asuntos seculares. Wright no es, ciertamente, un izquierdista anticlerical. En su libro no figura la incineración de Bruno en Campo de’Fiori.
Nacido en 1542 y canonizado en 1930, Belarmino integró la Compañía de Jesús, fundada por Ignacio de Loyola en 1540. Bergoglio es un jesuita y por eso con el cardenalato le fue conferido un título honorífico sobre la iglesia romana de San Roberto Belarmino.
Como toda institución, la Compañía alberga enfoques diversos. En el cónclave de 2005 pudieron expresarse porque había dos electores jesuitas, Bergoglio y Carlo María Martini, entonces arzobispo emérito de Milán y cardenal del título de Santa Cecilia, en honor a la mártir cristiana que luego fue canonizada y es patrona de los poetas, los músicos y los ciegos. Considerado un miembro del ala progresista del episcopado italiano, coautor de un libro con Umberto Eco sobre En qué creen los que no creen, Martini murió en 2012. Igual no hubiera sido elector, porque cumplió los 80 en 2006.
La Iglesia Católica jamás revisó institucionalmente el proceso contra Giordano Bruno.
En el link http://bit.ly/hyAZEZ es posible acceder al discurso sobre Belarmino pronunciado por Benedicto XVI en la audiencia del 23 de febrero de 2011. Tampoco allí figura el nombre del napolitano sometido al suplicio y a la hoguera.
Bergoglio, que antes aceptó el nombre de Belarmino, acaba de elegir el nombre de Francisco en homenaje a San Francisco de Asís. Si se acepta que el segundo hecho es un símbolo, hasta el padre Lombardi podría admitir que el primero también lo es.
Qué pasó en 2005
Tres mandatos con el apellido Kirchner en la Presidencia y la sorpresiva renuncia de un papa tienen la ventaja de permitir la apelación a la historia. Néstor Kirchner era presidente cuando murió Juan Pablo II y fue reemplazado por Joseph Ratzinger. Esa vez, a diferencia de ésta, la muerte de un papa convocó a jefes de Estado y de gobierno y la entronización del sucesor convocó a comitivas en muchos casos diferentes.
En la entronización de Benedicto XVI, el domingo 24 de abril de 2005, hubo 140 delegaciones. Sólo 36 eligieron un nivel más alto que el de ministro o vicepresidente. La Argentina fue uno de los 36 casos. Si esta vez el protocolo no se altera, primero saludarán al papa Francisco los representantes de las monarquías. El Vaticano es una de ellas, y además absoluta. No existe ningún ejemplo igual en Europa, donde las monarquías son constitucionales. Lo más parecido al Vaticano, por estructura de poder, es la monarquía de Arabia Saudita, aunque los cargos son hereditarios y no elegidos por una nobleza de 115 cardenales como en la Santa Sede. Después de los monarcas saludarán los presidentes. Y como la Argentina empieza con la letra a, si se respeta el orden de 2005 Cristina Fernández de Kirchner será una de las primeras jefas de Estado de una república en darle sus buenos augurios al Papa.
En 2005 Néstor Kirchner de-seó buena suerte. A su lado, la entonces senadora Cristina Fernández de Kirchner introdujo un matiz diferente: “Que Dios lo bendiga”, dijo.
A esa altura habrá terminado la misa que Ratzinger dedicó sobre todo a la parábola del buen pastor y a su papel con las ovejas descarriadas. El martes habrá que prestar atención a la homilía de Bergoglio, que llega al pontificado con más experiencia pastoral que Ratzinger, un teólogo e intelectual sin tanto ejercicio de diócesis. En este aspecto, la trayectoria de Bergoglio se parece más a la de Juan Pablo II, aunque Karol Woityla tenía 58, 19 años menos que Bergoglio.
Son cuestiones terrenales, claro, pero como dice el investigador Eric Frattini, entre los cardenales electores “se discute de hombres, no de Dios”.
Frattini es el autor del libro Los cuervos del Vaticano, donde predijo la posibilidad de que el Papa renunciara. En un chat con los lectores de la web ecodiario.es lo repitió: “La renuncia creo que ha sido una sorpresa para los diplomáticos de Sodano y para los bertonianos de Bertone. Aunque lo que sí es cierto es que Benedicto XVI dio señales de renuncia desde antes de salir elegido en el cónclave de 2005. Incluso habló de la renuncia de un papa durante una entrevista en 1980”.
Sodano es Angelo Sodano, el secretario de Estado, virtual primer ministro, durante el pontificado de Juan Pablo II. Bertone es Tarcisio Bertone, secretario de Estado con Ratzinger. Con Sodano trabajó como número dos el argentino Leonardo Sandri. A él se lo vinculó también con pruebas palpables de su adhesión espiritual, el ex embajador de Carlos Menem en el Vaticano y ex secretario de Culto de Carlos Ruckauf, Esteban Caselli. Las relaciones de Bergoglio con Caselli y con el arzobispo de La Plata, Héctor Aguer, eran malas. A su vez, Bergoglio nunca fue hombre de Sodano.
Pobres
En su reunión con cinco mil periodistas el nuevo Papa explicó por qué eligió el nombre Francisco. Dijo que durante la elección estaba junto al arzobispo emérito de San Pablo, Claudio Humnes. “Cuando la cosa se hacía peligrosa, me confortaba, y cuando los votos alcanzaron los dos tercios se produjo el aplauso. El me abrazó, me besó y me dijo: ‘No te olvides de los pobres’. Esa palabra entró aquí: pobres. Pensé en Francisco de Asís inmediatamente, y en las guerras, mientras seguía el escrutinio.”
Fue un modo de confirmar la hipótesis obvia de que los cardenales, como cualquier elite nobiliaria del mundo, disputan poder, y que el todavía cardenal seguía la cuestión de su candidatura con ansiedad.
Según trascendidos brasileños, porque en 2005 un cardenal fue indiscreto con un periodista, Bergoglio habría obtenido 40 votos en la primera votación de 2005 y declinó seguir compitiendo frente a Ratzinger.
Aunque habrá que esperar algún VatiLeaks para encontrar la respuesta (ya ni el Vaticano tiene secretos), nada impide preguntarse si las cosas sucedieron así:
- Ya en 2005 Bergoglio comprobó que su figura recogía apoyo entre los cardenales.
- Si Frattini fue capaz de estudiar a Ratzinger, parece lícito suponer que Bergoglio también lo hizo.
- Si la renuncia era una eventualidad, el arzobispo de Buenos Aires bien podía preparar el terreno para un probable segundo cónclave de cardenales electores. Bergoglio tenía 68 años en el 2005. Le quedaban doce hasta los ochenta que quitan la condición de cardenal apto para votar papa.
- En 2007 los obispos latinoamericanos se reunieron en Aparecida, Brasil, para su V Conferencia. Redactaron un largo documento. Pero el verbo “redactaron” es un eufemismo. Por más que haya varias manos, siempre una sola mano presenta el esqueleto inicial y redondea el texto final. Esa mano fue la de Bergoglio, que ahí construyó una suerte de base territorial que sumó a sus relaciones en Europa. Luego Benedicto XVI, que clausuró el cónclave, aprobó el documento. El texto combina guiños a las comunidades eclesiales de base, ortodoxia pura y dura en cuestiones de género y separación de Iglesia y Estado, y la típica descripción de la pobreza y la miseria sin indicadores históricos. En 2007 Hugo Chávez llevaba ocho años en el gobierno, Luiz Inácio Lula da Silva y Néstor Kirchner cuatro años, Evo Morales un año y Tabaré Vázquez dos. En Venezuela, Brasil, la Argentina y Uruguay la pobreza y la indigencia habían descendido respecto de cada gobierno que precedió a esos cuatro presidentes.
FORTUNATO MALLIMACI, SOCIOLOGO ESPECIALISTA EN RELIGION
“Ser humilde y austero no alcanza”
Afirma que los gestos de austeridad son “un buen signo”, pero no un programa de gobierno. Analiza los posibles cambios en la relación entre el Gobierno, el Vaticano y la Iglesia argentina. Los escándalos sexuales. La última dictadura.
Por Diego Martínez
El programa de Francisco será conservador porque quienes lo eligieron son conservadores o ultras. La estructura del Vaticano le da amplio poder político, pero no garantiza el reconocimiento religioso de los creyentes. La mayor preocupación de la Iglesia Católica es el descenso de religiosos y fieles. Los gestos de austeridad del Papa no dicen nada sobre cuál será su política ante los grandes dilemas de la Iglesia Católica. La presencia simbólica de tener un papa argentino tiene un peso desconocido. ¿Qué tan autónomos serán los partidos políticos ante una presencia más fuerte de la Iglesia Católica? ¿Qué personalidad se impondrá cuando el Papa visite el país? ¿El líder opositor Jorge Mario Bergoglio o el líder religioso Francisco? Reflexiones e interrogantes pertenecen al sociólogo Fortunato Mallimaci, investigador del Conicet y profesor del seminario Sociedad y religión en la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires. Amigo personal de Orlando Yorio, Mallimaci no tiene dudas sobre la complicidad de Bergoglio en las detenciones de Yorio y Francisco Jalics.
–Pasadas las dictaduras y los gobiernos neoliberales, ¿qué significa la elección de un papa argentino justo cuando América latina protagoniza procesos de transformación con amplia legitimidad de sus gobiernos?
–Significa que la Iglesia Católica ha decidido asignarle a América latina prioridad, sobre todo de presencia religiosa que permita dinamizar el catolicismo, dado que en el mundo católico latinoamericano es donde más ha disminuido la cantidad de fieles. Pensarlo sólo en clave política no alcanza. Innegablemente influye, pero la principal preocupación de la Iglesia Católica es el descenso de sacerdotes, religiosos y creyentes en un mercado de bienes religiosos diversificado, en el cual los creyentes no encuentran qué posturas tener. A su vez, en América latina ese catolicismo se ha pensado muy cercano al Estado y a los grupos dominantes. Ese vínculo es más fuerte que en Europa o Estados Unidos y queda en evidencia ante las denuncias de abuso sexual, que en América latina casi no tienen repercusión. Aquí tienen más impunidad, como se vio ante la condena del padre Julio Grassi.
–¿Minimiza la influencia que pueda tener el nuevo papa en los procesos políticos de Sudamérica?
–Creo que los papas, por una larga tradición romana, actúan en consonancia con las iglesias locales y las nunciaturas. Cuando un papa visita México consulta a la Iglesia mexicana. Si visita Cuba y le dicen “no escuche a los de Miami”, el Papa lo hace. Es una política que tiene su lógica y que empieza con Juan Pablo II, ya que antes apenas se movían de Italia. Juan Pablo II tuvo una política de movilizar a las bases para tratar de renovar y aggiornar ese catolicismo emotivo que había en nuestros países a partir del contacto directo. Pero todos los estudios mostraron que la mayoría de la gente que participaba de esas movilizaciones disfrutaba del Papa, pero no tenía idea de su mensaje. Si el Papa fuera a Brasil apoyaría a la Iglesia brasileña, que tanto con Lula como con Dilma tiene vínculos estables. También en México, donde el PRI ha dejado de lado su anticlericalismo de otra época y tiene una postura de acercamiento a Roma. En Cuba no tendría ningún problema, acaba de ir Benedicto XVI. Si va a Venezuela sería interesante, porque la Iglesia Católica venezolana está muy ligada a las fuerzas políticas de oposición. Debería pensar bien si va a sumarse a esa perspectiva o a buscar una presencia masiva aprovechando que hay una sensibilidad popular católica fuerte que se vio con la muerte de Chávez. En Ecuador no habría problema, Correa tiene vínculos históricos con sectores de la Iglesia. En Perú habría que ver qué posición toma, es muy fuerte la presencia del cardenal Cipriani, del Opus Dei, y hay grandes conflictos internos. En Bolivia sería problemático porque la Iglesia no tiene buena relación con el Estado. En Uruguay históricamente hay mayor autonomía. En Chile no tendría problema.
–¿Y en la Argentina?
–En Argentina mis dudas son mayores. No hay experiencia histórica de un papa latinoamericano, con todo lo rico que significa que se descentre la mirada del Vaticano. Habría que ver la experiencia histórica de Bergoglio, con contactos fluidos con líderes opositores y una mirada muy crítica hacia el Gobierno. Ha aparecido más como referente político de oposición que como líder religioso. La venida como Papa tal vez lo lleve más a ser referente religioso para evitar ser utilizado políticamente.
–¿Cambiará de perfil?
–Habrá que ver si viene Bergoglio o Francisco. Ahí lo pensará muchísimo porque tendrá todas las miradas encima, de Argentina y de América latina. Esto vale también para la oposición, que lo va a querer como referente, y para el Gobierno, que tendrá que ver qué hace ahora, cuando Bergoglio se transforma en un referente mundial. El Gobierno deberá reflexionar más sobre su vínculo con Roma y con la Iglesia local, que se va a transformar en una correa de transmisión muy fuerte del propio Papa, quien ahora designará nuevos obispos y puestos claves del episcopado.
–La sociedad y el Estado argentinos avanzaron en la última década en la conquista de derechos, como el matrimonio igualitario, pese a la oposición de la Iglesia Católica con Bergoglio a la cabeza. ¿Qué nos espera ahora?
–A ese nivel me parece que no va a haber grandes cambios. Tendrá que aceptar las leyes y propuestas que tienen amplio consenso en la democracia argentina. Hay aborto en Italia, Francia, Alemania, había en Polonia, y esto no supuso que ni que Juan Pablo II ni que Benedicto XVI intentaran cambiarlo. Intentan disminuirlo, tratan de que las leyes se cumplan lo menos posible, que los católicos no lo practiquen. Son iglesias acostumbradas a la separación del Estado. Habrá que ver si Francisco se nutre de la experiencia de autonomía de estas iglesias o quiere retomar una postura fuerte como en América latina, de politizar lo religioso y catolizar lo político.
–De volver a tener la influencia del siglo pasado...
–Sí, lo que fue durante las dictaduras, que en muchos países incluían a vastos sectores políticos, religiosos, económicos y mediáticos. No es un tema de oficialismo u oposición, seamos claros: la política en América latina no se piensa autónomamente de lo religioso, se piensa cómo cada uno hace suya una parte de lo religioso, en especial con la Iglesia Católica. La pregunta es cuál va a ser la autonomía de los partidos respecto a una presencia mucho más fuerte de la Iglesia. Va a depender tanto de los actores políticos como del papado. Cada uno deberá pensar en una sociedad que se manifiesta en un 75 por ciento católica pero donde pesa fuertemente el cuentapropismo religioso que toma distancia de clérigos, preceptos y dogmas aunque sienta a ese catolicismo como identidad o cultura nacional. Descubrir los hilos de todo esto va a exigir a los partidos y al propio Estado mucha fineza en el análisis, porque la presencia simbólica de tener un papa argentino tiene un peso que no conocemos. Tanto para Francisco como para la Iglesia Católica argentina como para la sociedad política, mediática y económica es todo un desafío.
–Bergoglio decidió ser Francisco por un santo que se caracterizó por su espíritu de pobreza y desprendimiento. ¿Le alcanzarán el nombre y los gestos de austeridad para revertir la imagen de la Iglesia?
–Los gestos y los símbolos son importantes en sociedades mediáticas, pero no definen una política de gobierno, no alcanzan. Es valorable ser sencillo, humilde y austero. En un mundo globalizado donde los focos sobre la institución están puestos en los escándalos es un buen signo. Pero no alcanza, no es un programa de gobierno, no es un programa teológico pastoral. El programa será conservador, es innegable, porque la enorme mayoría o la totalidad de quienes lo eligieron son conservadores o ultraconservadores. Habrá que ver cómo se mueve ahí adentro.
–El sociólogo Juan Cruz Esquivel pronosticaba que una de las prioridades de Bergoglio será ordenar la curia romana. ¿Qué significa?
–Estoy de acuerdo. Se refiere a los escándalos del Vaticano de los últimos años. En realidad son de larga data, el cambio se da a partir de la sociedad mediática globalizada, que hace que estos hechos repercutan mundialmente. Los escándalos de la curia producen una pérdida de autoridad de obispos y cardenales. Los fieles los escuchan cada vez menos. Antes, los escándalos no llegaban a inquietar la base social de la Iglesia, hoy inquietan al conjunto de la feligresía católica. Otro problema es la propia estructura del Estado vaticano. ¿Esa estructura creada hace 150 años favorece las expectativas de creyentes y especialistas? ¿O implica una lógica más política que religiosa con los 177 Estados que tienen relación con el Vaticano? Ahí hay una tensión que es histórica, pero que en este momento se hace muchísimo más fuerte entre la Iglesia local y el nuncio que decide en vinculación directa con el Papa. En Argentina no va a suceder porque el Papa va a decidir más que el nuncio, pero en otras iglesias es todo un tema. En la medida en que los Estados y las sociedades políticas busquen lo sagrado para compensar sus pérdidas, la estructura católica internacional es una de las más preparadas para dar respuestas, pero esa estructura necesita muchísima gente y dinero, necesita que la informen, necesita relaciones con políticos, por eso lo de Vatileaks. Eso da un amplio poder político, pero no da el reconocimiento religioso de los creyentes. Ya veremos qué se hace en este sentido, pero deben pensar qué curia se necesita para que los creyentes tengan más participación y no sólo sean tenidos en cuenta los Estados y la sociedad política. No es decisión sólo de Francisco, hay que ver cómo analizan y deciden los distintos grupos de poder que existen en la Iglesia.
–Bergoglio no excomulgó al pedófilo condenado Julio Grassi. ¿Enfrentará el problema de los curas pedófilos?
–Lo va a tener que enfrentar porque no es una decisión individual: iglesias poderosísimas de Estados Unidos y Europa decidieron enfrentarlo, por problemas éticos, de credibilidad y en el caso de Estados Unidos financieros, por el costo de los juicios. En Argentina la Conferencia Episcopal no se pronunció ante las condenas de Grassi ni del obispo Edgardo Storni ni de Christian Von Wernich, que siguen perteneciendo a la institución. En los últimos tiempos, en las iglesias del norte, han sido puestos a disposición de la Justicia y suspendidos. Hay que reconocer que la postura de Benedicto XVI ha sido más inflexible. Esas denuncias son más factibles en sociedades acostumbradas a denunciar estos casos que en las nuestras donde, por ser patriarcales, machistas, con poca valoración de las víctimas, no sólo no denuncia la Iglesia sino tampoco organizaciones políticas, económicas, culturales o mediáticas. Y cuando se denuncia, la mayoría de las veces son encarpetadas por instituciones estatales o por la Justicia.
–Bergoglio intentó sin éxito unificar a la oposición contra el gobierno argentino, que es parte del proceso de cambios que atraviesa la región. ¿La asunción como papa permite pensar que dejará en un segundo plano el frente interno o, al contrario, que la respaldará con más fuerza?
–Pienso que los problemas que tiene con los escándalos, la curia, las transformaciones que debe hacer, lo van a ocupar de manera primordial. De cómo solucione esos problemas dependerá en gran medida cuánto tiempo dedique a temas de la Argentina. También va a depender de quién sea el próximo cardenal de Buenos Aires, que será su decisión y dará indicios sobre el rumbo. Pero supongo que le va a llevar un tiempo bastante importante en tratar de ordenar los escándalos de la propia curia.
Los creyentes y la dictadura
–Hace más de 25 años Emilio Mignone citó a Bergoglio como ejemplo de los “pastores que entregaron a sus ovejas al enemigo sin defenderlas ni rescatarlas”, y es público su rol en los casos de Yorio y Jalics...
–Coincido ampliamente con Mignone sobre la complicidad del superior de los jesuitas con las detenciones de Jalics y Yorio. Eso formó parte del proceso de catolización y militarización que impulsaron las dictaduras cívico-militares-católicas en nuestro país. Eso me parece clarísimo. He hablado extensamente del tema con Mignone y con Yorio, que son víctimas y en quienes confío totalmente. Yorio estaba convencido de que el superior los desprotegió y no hizo nada para evitar que los detuvieran.
–La pregunta, tal vez ingenua, es cómo se puede llegar a papa con esos antecedentes y cómo podrán digerir la noticia los creyentes comprometidos con el proceso de verdad y justicia.
–La primera pregunta también me la hago. Quizá quienes lo eligieron no han conocido o valorado suficientemente la historia. Además es un cónclave muy conservador. Hay que reconocer que desde el punto de vista penal no hay condena, pero es una discusión que tengo: más allá de las responsabilidades penales, que tienen reglas propias, hay otro tipo de responsabilidades en juego. Sobre los creyentes, entiendo que la colaboración con la dictadura es un tema que afecta y muy fuerte al catolicismo en la Argentina, con muchos creyentes desinstitucionalizados. El grupo de Cristianos para el Tercer Milenio lo ha demostrado: cuestionan que no se resuelva el tema de la participación y la complicidad, la falta de arrepentimiento, la no entrega de archivos, la falta de colaboración para encontrar a niños robados. Pero también es verdad que hay un “carisma de función”, como decimos los sociólogos: cualquiera fuera el Papa, una gran mayoría de los católicos “de a pie” le reconoce legitimidad y autoridad, al menos en una primera etapa. El nombramiento de un nuevo papa siempre emociona y genera esperanzas, más aún si se trata del primer papa latinoamericano y argentino. El día a día dirá si esas esperanzas se concretan y si ese carisma de función se convierte en un liderazgo transformador.
La euforia renovadora cundió entre los críticos de la jerarquía de las últimas décadas y en especial de los dos anteriores pontífices. Juan Pablo II y Benedicto XVI fueron los que armaron el padrón del Cónclave que ungió a quien fuera hasta entonces el arzobispo Jorge Mario Bergoglio. Es un dato que, acaso, tenga más relevancia que la que se le asignó, en promedio.
También se extasían los que colmaron de elogios esa etapa reaccionaria, filointegrista. Son reconvertidos, vaya a saberse si de buena o de mala fe.
En la Argentina la alegría es la emoción dominante y palpable. Su causa central es que Francisco está haciendo una promesa venturosa, de difícil concreción. Algunos la dan por ya cumplida con sus primeros gestos, hábilmente mediatizados. Puede haber algún ingrediente banal (parangones con la reina Máxima de Holanda) pero sería una necedad pensar que ése es el núcleo de la masiva buena onda.
Entre los que se regocijaron están los curas villeros de esta etapa, que pisan el barro y están cerca de los humildes. Los que se baten (con sus herramientas y criterios) por la dignidad de los pobres, los que luchan contra la proliferación del paco. El portal Mundo villa.com lo llama “el Papa villero” y pone muy en alto su condición de peronista.
La euforia también se expresa en los medios dominantes, incluyendo a La Nación, que siempre abominó de (y batalló contra) esos sectores y esa ideología.
Los líderes de nuestra región se suman a la alegría. El ecuatoriano Rafael Correa, de formación cristiana militante, es apologético. El vicepresidente venezolano Rafael Maduro, en un alarde de misticismo caribeño, vincula al recientemente fallecido presidente Hugo Chávez con la llegada de Francisco. El gobierno brasileño adopta otro estilo pero confluye con el tono de exaltación.
Esas voces suscitan el respeto y la atención del cronista, tanto como el beneplácito de tantas personas de a pie. Sobre la fe, nada debe decir quien es ajeno a la grey católica, solo respetarla en el marco de la libertad de creencias. Cabe, sí, puntualizar que la creencia católica, aunque mayoritaria, es una entre tantas en una república que, para ser democrática, debe ser laica.
La eventual incidencia en el escenario coyuntural de la Argentina y, sobre todo, la posibilidad de virtuales impactos en el sistema democrático sí atañen más a esta columna, que hará centro en esos tópicos.
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Primus inter pares: Hombre de cuna humilde, Bergoglio supo ascender peldaño a peldaño la jerarquía en la Argentina, llegando a ser el primero entre sus pares, sin desentonar entre ellos. Esto lo conecta a casi cuarenta años (una cifra irrisoria comparada con la eternidad, pero sensible en términos terrenales) de deplorable conducta de la cúpula eclesiástica. Llamarla “Iglesia” contradice el propio lenguaje católico, que incluye en el vocablo a los curas rasos y a todos los creyentes. La mención vale porque hubo una puja entre sectores, avivada al calor del Concilio Vaticano II, en la que triunfó la facción que Juan Pablo II y Benedicto XVI expresaron con rudeza y coherencia. Esa facción siempre fue mayoritaria. Fue instigadora, cómplice y ulterior encubridora de la última dictadura militar. No se habla acá especialmente de las acusaciones específicas contra Bergoglio, sino del comportamiento de la jerarquía.
Los grupos hegemónicos de la jerarquía no revisaron su conducta durante el período democrático, que va a cumplir 30 años. Tardaron décadas en hacer reconocimientos muy módicos. “No haber hecho lo suficiente contra...” es un planteo falaz, porque su responsabilidad es, caramba, haber hecho demasiado a favor. No se conoció autocrítica profunda, no se vio acto de contrición de los purpurados, mucho menos se reveló la frondosa información que, sin duda, poseen. El flamante Papa sumó su reticencia a la del conjunto, aun cuando declaró en juicio.
Ya en la etapa democrática, la jerarquía se opuso tenazmente a cualquier iniciativa de ampliación de derechos, de secularización de respeto a costumbres socialmente implantadas. El divorcio, el matrimonio igualitario, la designación de una jueza de la Corte partidaria de la interrupción legal del embarazo, el intento de veto a un ministro del gobierno del presidente Raúl Alfonsín por ser ateo... Los ejemplos son muchos y van en un solo sentido.
Bergoglio no desentonó jamás. Su verbo respecto del matrimonio igualitario fue tonante, discriminatorio e integrista. También fue puntal en el pedido de censura a la exposición de León Ferrari en el Centro Cultural Recoleta.
La jerarquía patea con dos piernas, lo que no es admisible en la esfera democrática: discute con todo derecho pero (sin él) se vale de la superioridad divina de su mensaje para imponer sus criterios, estética, ética y dogma a quienes no los comparten. Grupo de presión, lobby calificado, he ahí el rol que es forzoso limitar al máximo.
Un argumento socorrido es que Bergoglio pertenecía al ala moderada y que estaba forzado a hacer concesiones a los halcones como el obispo Héctor Aguer. Las internas existen, aliados de Aguer definieron alguna vez al ahora papa Francisco como “el obispo del silencio”, frente al kirchnerismo. La réplica frecuente, por ejemplo en el “caso Ferrari”, fue plegarse al mensaje más brutal.
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Leyes con historia: La gravitación de la Iglesia (digámosle así, para acortar) en el sistema político tiene una larga tradición, mal antecedente en un país con tantos desvaríos autoritarios. No opera sólo de facto, como se aludió en el apartado anterior. Legalmente, goza de una serie de prerrogativas exorbitantes. Si se las examina de a una, son inusuales en los países democráticos más arraigados. Si se las mira en combo, ranquean alto (y mal) a la Argentina.
El discurrir de la sociedad civil, afortunadamente, ha sido en pos de la libertad de cuerpos y mentes, de la diversidad, del ecumenismo y del mejor posicionamiento de las minorías. No se ha hecho lo suficiente pero sí mucho. No ha sido merced al poder privilegiado de la Iglesia sino dejándolo de lado o confrontando, cuando vino a cuento.
Recordemos algunas de las potestades reconocidas a la Iglesia Católica.
Una de las más gruesas es el intenso apoyo estatal y económico a su subsistema de educación privada. Las protestas de docentes que paralizan la iniciación normal de las clases en tantas provincias usan ese argumento, entre otros, como base de sus reclamos. El interés de la cúpula no es menor. Cuando Carlos Custer presentó sus credenciales de embajador argentino al papa Juan Pablo II se sorprendió por el interés del pontífice en discusiones salariales docentes en Argentina. El presupuesto propio depende de ellas. La anécdota es llamativa, para quienes piensan que es clavado que el papa Francisco no será un activo gestor en la Argentina.
Otra canonjía, mucho menos justificable, es que el Estado paga sueldos de obispos, seminaristas, párrocos de frontera y capellanes castrenses.
La ley que los regula rige desde tiempos de la dictadura. Los sueldos de capellanes de las Fuerzas Armadas son una rareza en la legislación comparada. Existen en Chile, donde la herencia del pinochetismo es potente.
Los obispos retirados por razones de edad o de salud perciben también un sucedáneo de jubilación, presentado como “asignación mensual y vitalicia”. No es exactamente una jubilación, porque no cobran aguinaldo y porque jamás hicieron aportes. Tampoco pagan el tan zarandeado Impuesto a las Ganancias.
Son muy escasos los países no integristas que reconocen esos privilegios. Desde luego que ni por las tapas existen en Uruguay, Francia y Estados Unidos, regímenes democráticos diversos que gozan de buena prensa.
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Reacciones: La presidenta Cristina Fernández de Kirchner viene actuando con lógica institucional. Ordenó a la Cancillería redactar velozmente un mensaje de salutación, conciso y respetuoso. El borrador estuvo a cargo del secretario de Culto Guillermo Olivieri y del ministro Héctor Timerman. La mandataria lo aprobó, se remitió. Cristina preparó el viaje acompañada por funcionarios y legisladores oficialistas y opositores. También será de la partida el presidente de la Corte, Ricardo Lorenzetti.
Tras un par de días de encomiable silencio, muchos dirigentes, legisladores o funcionarios kirchneristas incursionaron en el ditirambo elogioso al papa Francisco. Su condición de peronista y su presunta convergencia con las políticas socioeconómicas son la base del entusiasmo. Al cronista, cuya historia inscribe en esa pertenencia y cultura, le parece que la condición de peronista abarca demasiados significados y trayectorias. Peronistas fueron los presidentes Kirchner, Isabel Perón y Carlos Menem. Los dos ministros Taiana y Oscar Ivanissevich. José López Rega y John William Cooke. Carlos Ruckauf y el cura Carlos Mugica. Los que chocaron en Ezeiza. ¿Chicanea este escriba? Un poco, apenas, con fines ilustrativos. Pero sostiene que la garantía de calidad peronista peca de exceso de simplismo o fantasía. Y que durante la dictadura y el gobierno de Isabel, el peronismo estuvo en los dos extremos de la picana.
La dirigencia opositora se sintió en estado de gracia. La política doméstica adolece de exceso de vecinalismo, todo se lee en clave kirchnerismo-céntrica. Atisban en el papa Francisco la nueva gran esperanza blanca. Nadie lo dijo con tanto énfasis ni erudición como el sociólogo Eduardo Fidanza ayer en La Nación. “En términos sociológicos la Iglesia franciscana le disputará capital simbólico al kirchnerismo.
Tiene con qué. Se inspira en los pobres. Sabe de pueblo y de política.” Y vaticina, feliz: “Francisco anuncia un nuevo tiempo. Laclau tendrá que confrontar con Ignacio de Loyola. Y me parece que el santo tiene todas las de ganar”. No se refiere a San Lorenzo de Almagro, que desde ayer adora la imagen del Papa modesto.
Festejos en las dos tribunas: por lo menos una se equivoca. Habrá que ver qué pasa en el corto plazo en la política doméstica. El cronista es avaro con las predicciones, cree que el futuro es sinuoso, incluso superando las decisiones de los grandes protagonistas.
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El riesgo: El mayor riesgo de un argentino empoderado súbitamente como papa, insiste este escriba, trasciende al oficialismo, aunque lo interpela. Consiste en que, al calor del nuevo clima, la Iglesia recupere espacios político-institucionales que se le han achicado. El alfonsinismo hizo esfuerzos para reducirlos, algo consiguió. De ahí que se lo motejara como “sinagoga radical” desde las filas de la derecha, que el alto clero también integra. El kirchnerismo constriñó más ese poder corporativo, entre varios. En parte por su gran intuición acerca de la imperiosa necesidad de fortalecer el poder político. En parte por contingencias coyunturales como fue la simpática iniciativa del obispo Antonio Baseotto de arrojar al mar a quienes piensan distinto.
La regresión, cuya primer área sensible podría ser la lucha por los derechos humanos, tiene tierra sembrada desde el vamos. Enlaza con la aciaga tradición local. Subsiste en muchos gobiernos provinciales, muchos de ellos de la escudería K. Se nota en las áreas sociales, educativas y de salud. Se palpa en la dificultad de aplicar el fallo de la Corte Suprema sobre aborto no punible, por mentar solo un ejemplo cercano.
Todo se dice en potencial, se repite. El cambio tremendo deja al analista sin precedentes a los que recurrir. ¿Qué esperar entonces sobre promesas de confluencia entre el movimiento popular más numeroso y Francisco? ¿O sobre las promesas de regeneración de la Iglesia carcomida por sus desvaríos, su intolerancia, la pedofilia y el lavado de dinero? Habrá que ver para saber. Y, aun, mociona el cronista, para creer.
Fuente:Pagina12
Francisco Primero Pascua y redentio
16/03/2013
Por Horacio Çaró
La llegada al trono de Pedro de un cardenal argentino ha generado no pocos debates, algunos de los cuales están siendo desarrollados ahora mismo en las redes sociales, como facebook, en los medios de comunicación masiva y en el territorio de la política, excediendo largamente los ámbitos religiosos.
En el caso de las redes sociales, la discusión muestra cuán valiosa pueden ser aquellas como medios que posibilitan y hasta promueven el intercambio de saberes, pareceres, opiniones y sentencias entre quienes no conviven en el mismo espacio geográfico, ni tan siquiera se conocen lo suficiente para entablar este tipo de debates.
Y más allá de los oportunistas de siempre, que generan disparadores meramente provocativos y, a menudo, sin otro fin que la venganza personal contra quienes son interpretados como enemigos ideológicos, en una lectura mezquina y lineal, sobresalen otros ricos intercambios, entre los que me interesa y motiva especialmente, el que algun@s compañer@s católicos y peronistas vienen sosteniendo desde la designación y asunción de Jorge Bergoglio como Obispo de Roma o Papa, que es lo mismo expresado en forma diferente.
Una amiga y compañera, Lorena García, quien comparte conmigo algunos tramos más que densos de la espiral de ADN –rosarina, canalla, (o centralista, para los neófitos), periodista, católica y peronista–, plantea las dificultades que representa para ella el insoslayable hecho histórico de que un Sumo Pontífice, por primera vez en un milenio, no sea europeo, sea argentino y, encima, sea ¡¡¡peronista!!! Dificultades que se plantan frente a ella a causa de las dos últimas características que describí como marcas cuasi genéticas que ambos compartimos: Francisco I, y todo lo que ello implica, la interpelan como católica y peronista. Vaya interpelación. A quien se sienta tentad@ de analizar tamaña confrontación entre el ser y la eternidad en forma liviana o lineal, le sugiero que se ahorre seguir leyendo estos párrafos, es un buen momento para bajarse de este bondi en la próxima esquina.
En ese profundo sentido, y desde esa caracterización –soy cristiano y peronista– a mí quienes me interpelan, desde esta vida, desde toda la muerte, y desde el ominoso no lugar al que la última dictadura argentina condenó a permanecer a l@s desaparecid@s son ést@s últim@s, y los millones de compañer@s perseguid@s, asesinad@s, discriminad@s, las mujeres que mueren como moscas por abortos clandestinos, l@s pobres de toda pobreza, l@s indigentes, l@s analfabet@s de todo el mundo, pero en particular de la Argentina. Tod@s ell@s, de parte de la jerarquía católica sólo obtuvieron silencio y complicidad.
Hace unos días, apenas conocida la designación de Bergoglio como nuevo Papa, el vicegobernador de la provincia de Buenos Aires, Gabriel Mariotto, expresó, observando el hecho desde un interesante punto de vista, que debemos esperar de Francisco I un accionar que sorprenderá a muchos, y que esa gestión remite necesariamente a su condición de argentino, latinoamericano y peronista. No tengo la fe de Mariotto en que la llegada de Pancho One, como amistosamente denominan algun@s amig@s al flamante jefe de la Iglesia, vaya a modificar ese indiferente accionar del clero romano, ni aportar a que esa cúpula se arrime al fogón de los curas del Pueblo, que es el mismo que entibiaba los corazones de los primeros cristianos, que no tenían a la cruz como símbolo, sino la figura de un pez, como los que Jesús multiplicó y distribuyó entre miles de sus pares para saciar su hambre terrenal, luego de abastecer durante horas con su prédica el hambre espiritual.
Entiendo las dudas y los cimbronazos que puede provocar en los cristianos honestos este encumbramiento de Jorge Bergoglio a jefe de la Iglesia, pero no puedo dejar de escuchar con debida atención el discurso de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner luego del envío de su felicitación protocolar al titular del Estado Vaticano. Tras la salutación, la mandataria enumeró una serie de puntos que constituyen la agenda de lo que esperamos los cristianos argentinos de un Pontífice argentino, pero también lo que esperan centenares de millones de católicos en el mundo de un Papa progresista y latinoamericano. Y me pregunto, y les pregunto a quiénes se muestran acaso prematuramente entusiasmados, con la mano en el corazón, ¿cuántos de esos puntos creemos que el flamante arzobispo de Roma llevará adelante?
Necesito decir esto porque me parece que es un planteo que pretende abordar una angustiosa cuestión espiritual, de conciencia y en la que much@s también le metemos el cuerpo con pasión cristiana y peronista.
No deja de sorprenderme la facilidad –no quiero sonar ofensivo, pero también podría hablar de liviandad– con que algun@s compañer@s confunden o sitúan en el mismo lugar a la jerarquía eclesiástica romana con el pueblo católico, lo que l@s lleva a destacar y ponderar la lógica alegría popular ante la designación de un papa argentino.
Con ese criterio, a quienes alertamos desde la Historia, no desde la Profecía teológica, sobre la poca esperanza de que esa irrupción cambie en forma positiva los andares de esa cúpula, que lleva casi dos mil años actuando de esa manera, se nos confunde con vanguardistas que no pueden entender la sensibilidad popular, o elitistas que manejan información opinable que hasta que no sea saldada por la Justicia, se trata poco menos que material que bien podría ser debatido en Intrusos del Espectáculo con los animadores Jorge Rial y Luis Ventura. A ell@s quisiera proponerles un modesto ejercicio contrafáctico. Entre los posibles sucesores de Pio XII, el Papa que –por ser diplomáticos– mantuvo relaciones estrechas con el fascismo italiano y con el nazismo alemán, podría haber estado el cardenal Antonio Caggiano, alguien que no fue capaz de expresarse en contra de que los aviones de la Armada conducida por el almirante Isaac Francisco Rojas llevaran la leyenda “Cristo Vence” pintada en sus fuselajes, sino que, muy por el contrario, fogoneó, junto a otros de sus pares, la marcha de Corpus Cristi, transformándola en la mayor movilización opositora a Juan Perón en 1955. A Caggiano también se lo llegó a definir como peronista”, y los aviones de Rojas, para quienes pudieran estar distraídos, fueron los que bombardearon la Plaza de Mayo y asesinaron a centenares de compañeros peronistas.
¿Quién de los actuales esperanzados lo estaría si las chances de aquel cardenal hubiesen sido las de Bergoglio hoy? Por suerte el sucesor de Pio XII fue Juan XXIII… Pero el corto mandato de aquel Papa Bueno, si bien dejó la llama encendida del Concilio Vaticano II, que convocó a la Iglesia a generar cambios que la acercaban como nunca a aquella mística de los primeros cristianos, que cobijó a los curas tercermundistas y no censuró ni persiguió a los teólogos de la Liberación, fue el límite real de ese empuje imprescindible para darle vida y sentido a una Iglesia que se había convertido en una organización secular que velaba por intereses financieros, políticos y sociales muy distintos al mandato evangélico, y finalmente esa revitalizante fogata dejó paso, una vez asumido Paulo VI, a un nuevo retroceso y a un alejamiento de esas bases que reclamaban algo más que recuperar la palabra que les había sido vedada a través de siglos de oscuridad y silencio litúrgico.
El Concilio Vaticano II fue la prueba de que no era necesario apelar a los postulados de la reforma luterana ni al calvinismo para revisar y remover los sombríos cánones que impedían al Pueblo católico acceder a las Sagradas Escrituras, a la Palabra de Dios; que fijaban el ofensivo mandato a los pastores de rezar la Santa Misa de espaldas a la grey y en latín; que negaba irracionalmente cualquier tipo de aproximación ecuménica que fijara las bases de un diálogo con otras religiones, abriendo de ese modo el camino hacia entendimientos básicos que apuntalaran una intervención multiconfesional ante las potencias seculares que explotaban y explotan al ser humano, ya sea a través del mercado o por medio del Estado.
Atrás quedaba el apoyo oficial del máximo poder eclesiástico a los curas que comenzaron a reinterpretar la teología de la dominación y el miedo, ofreciendo, desde el análisis metódico, histórico y científico, un nuevo relato, liberador, fiel a los acontecimientos de una teología del amor y de la solidaridad, no del silencio ante los atropellos del poder imperial económico en todas sus variantes.
A modo de ejemplo de la potencia de aquel esfuerzo por reinterpretar desde el contexto histórico algunos pasajes clave del Evangelio, no podré olvidar jamás el aporte de un cura del Pueblo, Cacho Cámpora, salesiano, cuando nos pedía que pensemos con rigor qué lógica encontrábamos en la sumisión de Cristo ante el poder romano a lo largo del episodio en el que un soldado al mando de Poncio Pilatos lo abofetea y él, según la interpretación “oficial” de la Iglesia romana, le ofreció la otra mejilla en señal de renuncia a cualquier desafío, mostrando un Jesús sumiso, que prefería ser golpeado con tal de mostrar que el momento de la Justicia no está en este tiempo ni en este mundo, sino en el más allá que le espera a los Justos. Aquel cura, con la rigurosidad de quien revisó los textos evangélicos contextualizando la gestualidad, la psicología de los personajes y las costumbres de la época, luego de escuchar nuestras opiniones, se despachó con la siguiente tesis: “Aquel que ante un golpe o un cachetazo sólo puede manifestar sumisión agacha su cabeza, esconde su rostro, evita la mirada del golpeador, le teme o bien quiere mostrar que no luchará. Sólo aquel que quiere dejar sentada la única forma de desafío a ese cobarde poder del cual surge el golpe a un hombre indefenso, eleva su rostro, mira fijo al agresor, y muestra entera su otra mejilla, desafiando a intentar una nueva bofetada, que por otra parte no llegó. Piénsenlo. Jesús no agachó su cabeza ni escondió su rostro, no mostró mansedumbre, por el contrario, desafió a su golpeador desde el único gesto que le quedaba dada su condición de prisionero maniatado e indefenso”.
Como ése pasaje, hay tantísimos que explican cuestiones que ponen en un brete enorme a una Iglesia socia del poder secular, y genera contradicciones agudas al seno de una jerarquía gestora de esa interrelación con los poderes políticos y económicos terrenales. Ésa y no otra es la tarea de un Papa que quiera, mucho más allá de los símbolos y de la gestualidad, cambiar las bases teológicas de la Eclesia, la que debería dar cobijo a sus ovejas como la daban las comunidades del Primer Siglo, muchos de cuyos integrantes habían conocido de pequeños al propio Jesucristo, o bien tenían de primera mano los relatos frescos de su paso por el mundo, para cumplir el Plan de Dios.
Modestamente considero que en la Argentina éste es un tiempo de debate político como nunca antes se había dado desde el regreso de la democracia, allá lejos en el tiempo, pero no tanto como para olvidar que fue en 1983, después de una dictadura que arrojó cadáveres, pobreza, deuda externa, desaparecidos y una guerra infame enmascarada por el legítimo reclamo sobre Malvinas.
Poner en el centro del debate a la jerarquía eclesiástica no es sinónimo de enangostar horizonte alguno, más bien creo que es el derecho de muchos cristianos de interpelar a ese poder que es el único que no le pidió perdón a la sociedad argentina por su silencio ante los crímenes descritos durante el período 1976-1983.
Y con la misma modestia, quisiera dejar testimonio de que Néstor Kirchner y Cristina, lejos de “escapar” –como dicen algunos– de la trampa del Tedeum de cada 25 de Mayo, supieron optar por otros ámbitos en los que el poder espiritual no se inmiscuyera de la manera más innoble en el devenir secular, una práctica que no se circunscribió exclusivamente al arzobispo de Buenos Aires, hoy ejerciendo ese cargo en la diócesis romana. El ejemplo de monseñor José Miguel Medina retando a Raúl Alfonsín –quien debió subir al púlpito para responderle- debería alcanzar para que muchos recuerden que esas amonestaciones, que NO TIENEN CARÁCTER OBLIGATORIO PARA NINGÚN GOBERNANTE, remiten a un rol político que en los dos primeros gobiernos peronistas culminó con aquella leyenda “Cristo Vence” en los fuselajes de los aviones de la Marina que arrojaron sus bombas en Plaza de Mayo.
Dicho todo lo anterior, como cristiano y peronista, celebro el debate y espero con honestas expectativas que Francisco I desarrolle su mandato al frente de la Eclesia sacudiendo los cimientos de la cúpula romana hasta retornarla al espíritu de los primeros cristianos. No es una utopía, es un mandato evangélico, cargado de la fuerza que tiene aún, para muchos millones de cristianos, el Plan de Dios, que no envió a su Hijo unigénito para que la Humanidad compitiera o se asociara con el poder del César. La jerarquía romana está en deuda con ese Plan. Desconocer eso nos hace cómplices de tanto silencio y tanta inacción frente a las injusticias del mundo.
La redentio, esa figura que explica aquel Plan de Dios Padre, que no es otro que el de haber enviado a su Hijo unigénito para morir y resucitar por nuestros pecados, no es patrimonio de la teología judeocristiana, pero le sirvió a los primeros apóstoles para predicar ante los gentiles, aquellos no judíos que no podían entender que un dios ofreciera a su propio hijo para salvar a toda la Humanidad, que lo hiciera pasar por tamañas humillaciones e incluso lo dejara morir en una cruz, rodeado de ladrones, luego de pasar tres años mostrando el poder de su Palabra y un puñado nada desdeñable de milagros.
La redentio era la paga que cualquier romano, noble o plebeyo, podía ofrecer para rescatar a alguien condenado a morir en la cruz o en cualquier otra forma. Un romano, por lo que fuese, al ver en la cruz o en la estaca a un hombre que todavía podía rendir como esclavo o sirviente, o a una joven que pudiera ser vendida a un precio conveniente, podía pagar una redentio y rescatar de las garras de la muerte a esa persona. De ahí el concepto de redención: el magno pago que Dios Padre decidió hacer para rescatar a su máxima creación, el ser humano, que en ejercicio de su libertad desafió a su Creador incumpliendo la única restricción que éste le impuso para convivir eternamente en armonía junto a Él.
Una Iglesia que no es capaz de entender a la redentio de otra forma que enfrentar a los poderosos para rescatar a los más vulnerables de las garras de su codicia no cumple su misión evangélica. Hoy la Iglesia sólo tiene un instrumento de pago: su opción por los pobres, por los desvalidos, por los perseguidos, por quienes sufren las inclemencias del poder económico y político, por las víctimas de las guerras preventivas, los desplazados por la angurria financiera, los desamparados de todo derecho. Francisco I tiene la gran oportunidad de dar ese paso, de recrear la Pascua, y atravesar el puente entre el viejo y oscuro orden clerical y fundar otro, diáfano, de la mano de quienes necesitan tanto de la Palabra como de los panes y los peces.
Fuente:RedaccionRosario
16.03.2013
Vaticano
"Cómo me gustaría una Iglesia pobre y para los pobres", dijo Francisco
La presentación del papa ante los representantes de los medios de comunicación se realizó esta mañana en la sala Pablo VI del Vaticano.
“Cómo me gustaría una Iglesia pobre y para los pobres”, afirmó el sumo pontífice, al explicar porque había elegido llevar el nombre Francisco, en homenaje San Francisco de Asís que "era el "hombre de la pobreza, el hombre de la paz", lo que generó un fuerte aplauso de la multitud.
En su presentación ante los periodistas, el sumo pontífice indicó también que la Iglesia “no tiene una naturaleza política, sino esencialmente espiritual”.
“La Iglesia existe para comunicar la verdad, la bondad y la belleza”, remarcó, invitando a los asistentes a conocer cada vez más la naturaleza de esta institución “con sus virtudes y pecados”.
En su mensaje, el papa Francisco subrayó que “la Iglesia dedica una gran atención al trabajo que ustedes hacen, que requiere sensibilidad y experiencia y una atención particular a la verdad y la belleza, y esto nos hace especialmente vecinos, porque la Iglesia también está para transmitir esto”.
El sumo pontífice comenzó leyendo su discurso pero de repente se frenó, alzó la vista y dijo: “les voy a contar una historia”.
Ahí comenzó a relatar por qué decidió presentarse al mundo con el nombre de Francisco, por referencia al Santo de Asís, protector de los pobres.
“Durante la elección tenía a mi lado al arzobispo emérito de San Pablo, Claudio Hummes, un gran amigo, y cuando el tema se puso peligroso él me reconfortaba”, contó el hasta hace tres días cardenal primado de Argentina y arzobispo de Buenos Aires.
Luego, prosiguió, “cuando los votos llegaron a los dos tercios y los cardenales aplaudieron, él me abrazo y me besó y me dijo: “no te olvides de los pobres”.
Según explicó, con esa palabra en la mente, pensó en San Francisco de Asís y también en las guerras y que no tuvo dudas en elegir el nombre de este santo.
Con su estilo cercano, el nuevo papa relató que en el cónclave algunos cardenales le propusieron que se llamase Adriano, en honor al conocido “reformista” Adriano VI, y se necesita “reformas”.
Otro cardenal, contó Bergoglio, le dijo que su nombre “debería ser Clemente. ¿Por qué? porque así se vengaba de Clemente XIV, quien en 1773 suprimió la orden de los jesuitas, a la que él pertenece.
En la que fue su presentación oficial a la prensa, el papa Francisco habló en italiano pero sobre el final hizo su primera intervención en castellano indicando que, “como muchos de los presentes no pertenecen a la Iglesia católica, impartirá su bendición en silencio, respetando la conciencia de cada uno, pero sabiendo que todos son hijos de Dios”.
Antes de finalizar la audiencia, el papa saludó sobre el escenario a varios periodistas, entre ellos la argentina Virginia Bonard, redactora de Ciudad Nueva, una revista digital, quien le entregó un mate de regalo.
Tras su encuentro con la prensa, el papa Francisco rezará mañana su primer el Ángelus desde la ventana de su estudio privado a la multitud de fieles que se espera que asistan a la plaza de San Pedro del Vaticano.
Antes de su ceremonia de entronización, el próximo martes, el pontífice argentino tendrá su primer audiencia con un jefe de Estado este lunes al recibir a la presidenta de la Republica Argentina, Cristina Fernández de Kirchner, encuentro que tendrá lugar a las 12.50 en la casa Santa Marta, donde actualmente reside Bergoglio.
Y el 23 de marzo tendrá lugar el esperado e inédito encuentro entre el papa Francisco y el papa emérito Benedicto XVI en el Palacio pontifico de Castelgandolfo a las 12.15 horas.
Será la primera vez en la historia que un papa convive con otro que sigue llamándose papa, aunque emérito, título que se creó con la renuncia de Joseph Ratzinger, algo desconocido en los últimos 600 años.
A la ceremonia del martes asistirán unas 150 delegaciones, con la más alta representación en los Jefes de Estado y gobierno de varios países latinoamericanos.
Además de Cristina Fernández de Kirchner, confirmaron su asistencia la presidenta brasileña, Dilma Rousseff, el ecuatoriano Rafael Correa, de chileno Sebastián Piñera; entre los europeos el presidente del gobierno español, Mariano Rajoy y el príncipe Felipe; y el vicepresidente de Estados Unidos, y el vicepresidente estadounidense Joe Biden, entre muchos otros.
–La pregunta, tal vez ingenua, es cómo se puede llegar a papa con esos antecedentes y cómo podrán digerir la noticia los creyentes comprometidos con el proceso de verdad y justicia.
–La primera pregunta también me la hago. Quizá quienes lo eligieron no han conocido o valorado suficientemente la historia. Además es un cónclave muy conservador. Hay que reconocer que desde el punto de vista penal no hay condena, pero es una discusión que tengo: más allá de las responsabilidades penales, que tienen reglas propias, hay otro tipo de responsabilidades en juego. Sobre los creyentes, entiendo que la colaboración con la dictadura es un tema que afecta y muy fuerte al catolicismo en la Argentina, con muchos creyentes desinstitucionalizados. El grupo de Cristianos para el Tercer Milenio lo ha demostrado: cuestionan que no se resuelva el tema de la participación y la complicidad, la falta de arrepentimiento, la no entrega de archivos, la falta de colaboración para encontrar a niños robados. Pero también es verdad que hay un “carisma de función”, como decimos los sociólogos: cualquiera fuera el Papa, una gran mayoría de los católicos “de a pie” le reconoce legitimidad y autoridad, al menos en una primera etapa. El nombramiento de un nuevo papa siempre emociona y genera esperanzas, más aún si se trata del primer papa latinoamericano y argentino. El día a día dirá si esas esperanzas se concretan y si ese carisma de función se convierte en un liderazgo transformador.
OPINION
La fumata y sus cenizas
Un papa distinto, sus primeras señales. La alegría, las euforias, las dudas. La gravitación de la Iglesia en el sistema político argentino, su poder fáctico y legal. El accionar de la jerarquía en dictadura y en democracia. La oposición y sus ilusiones. La respuesta del Gobierno. La condición peronista, matices. Un futuro abierto, con riesgos imaginables.
Por Mario Wainfeld
La llegada del primer papa jesuita, no europeo, latinoamericano y argentino acumula novedades extraordinarias. La magnitud del cambio es inmensa, lo que fuerza a ser cauto en todo vaticinio sobre el porvenir. El papa Francisco eligió una presentación que entusiasmó a los fieles de la Iglesia Católica y a varios que no lo son. Habló en italiano y no en latín, se vistió con sotana blanca, esquivó las joyas, anduvo en bondi, usó la palabra “pueblo” en su primera aparición. Su mensaje alude a una Iglesia caminante, dora austera, cercana a los pobres, no a una ONG misericordiosa. Así dicho, sería una revolución respecto de la Iglesia de Roma, real y existente, arraigada desde hace cerca de medio siglo.
La euforia renovadora cundió entre los críticos de la jerarquía de las últimas décadas y en especial de los dos anteriores pontífices. Juan Pablo II y Benedicto XVI fueron los que armaron el padrón del Cónclave que ungió a quien fuera hasta entonces el arzobispo Jorge Mario Bergoglio. Es un dato que, acaso, tenga más relevancia que la que se le asignó, en promedio.
También se extasían los que colmaron de elogios esa etapa reaccionaria, filointegrista. Son reconvertidos, vaya a saberse si de buena o de mala fe.
En la Argentina la alegría es la emoción dominante y palpable. Su causa central es que Francisco está haciendo una promesa venturosa, de difícil concreción. Algunos la dan por ya cumplida con sus primeros gestos, hábilmente mediatizados. Puede haber algún ingrediente banal (parangones con la reina Máxima de Holanda) pero sería una necedad pensar que ése es el núcleo de la masiva buena onda.
Entre los que se regocijaron están los curas villeros de esta etapa, que pisan el barro y están cerca de los humildes. Los que se baten (con sus herramientas y criterios) por la dignidad de los pobres, los que luchan contra la proliferación del paco. El portal Mundo villa.com lo llama “el Papa villero” y pone muy en alto su condición de peronista.
La euforia también se expresa en los medios dominantes, incluyendo a La Nación, que siempre abominó de (y batalló contra) esos sectores y esa ideología.
Los líderes de nuestra región se suman a la alegría. El ecuatoriano Rafael Correa, de formación cristiana militante, es apologético. El vicepresidente venezolano Rafael Maduro, en un alarde de misticismo caribeño, vincula al recientemente fallecido presidente Hugo Chávez con la llegada de Francisco. El gobierno brasileño adopta otro estilo pero confluye con el tono de exaltación.
Esas voces suscitan el respeto y la atención del cronista, tanto como el beneplácito de tantas personas de a pie. Sobre la fe, nada debe decir quien es ajeno a la grey católica, solo respetarla en el marco de la libertad de creencias. Cabe, sí, puntualizar que la creencia católica, aunque mayoritaria, es una entre tantas en una república que, para ser democrática, debe ser laica.
La eventual incidencia en el escenario coyuntural de la Argentina y, sobre todo, la posibilidad de virtuales impactos en el sistema democrático sí atañen más a esta columna, que hará centro en esos tópicos.
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Primus inter pares: Hombre de cuna humilde, Bergoglio supo ascender peldaño a peldaño la jerarquía en la Argentina, llegando a ser el primero entre sus pares, sin desentonar entre ellos. Esto lo conecta a casi cuarenta años (una cifra irrisoria comparada con la eternidad, pero sensible en términos terrenales) de deplorable conducta de la cúpula eclesiástica. Llamarla “Iglesia” contradice el propio lenguaje católico, que incluye en el vocablo a los curas rasos y a todos los creyentes. La mención vale porque hubo una puja entre sectores, avivada al calor del Concilio Vaticano II, en la que triunfó la facción que Juan Pablo II y Benedicto XVI expresaron con rudeza y coherencia. Esa facción siempre fue mayoritaria. Fue instigadora, cómplice y ulterior encubridora de la última dictadura militar. No se habla acá especialmente de las acusaciones específicas contra Bergoglio, sino del comportamiento de la jerarquía.
Los grupos hegemónicos de la jerarquía no revisaron su conducta durante el período democrático, que va a cumplir 30 años. Tardaron décadas en hacer reconocimientos muy módicos. “No haber hecho lo suficiente contra...” es un planteo falaz, porque su responsabilidad es, caramba, haber hecho demasiado a favor. No se conoció autocrítica profunda, no se vio acto de contrición de los purpurados, mucho menos se reveló la frondosa información que, sin duda, poseen. El flamante Papa sumó su reticencia a la del conjunto, aun cuando declaró en juicio.
Ya en la etapa democrática, la jerarquía se opuso tenazmente a cualquier iniciativa de ampliación de derechos, de secularización de respeto a costumbres socialmente implantadas. El divorcio, el matrimonio igualitario, la designación de una jueza de la Corte partidaria de la interrupción legal del embarazo, el intento de veto a un ministro del gobierno del presidente Raúl Alfonsín por ser ateo... Los ejemplos son muchos y van en un solo sentido.
Bergoglio no desentonó jamás. Su verbo respecto del matrimonio igualitario fue tonante, discriminatorio e integrista. También fue puntal en el pedido de censura a la exposición de León Ferrari en el Centro Cultural Recoleta.
La jerarquía patea con dos piernas, lo que no es admisible en la esfera democrática: discute con todo derecho pero (sin él) se vale de la superioridad divina de su mensaje para imponer sus criterios, estética, ética y dogma a quienes no los comparten. Grupo de presión, lobby calificado, he ahí el rol que es forzoso limitar al máximo.
Un argumento socorrido es que Bergoglio pertenecía al ala moderada y que estaba forzado a hacer concesiones a los halcones como el obispo Héctor Aguer. Las internas existen, aliados de Aguer definieron alguna vez al ahora papa Francisco como “el obispo del silencio”, frente al kirchnerismo. La réplica frecuente, por ejemplo en el “caso Ferrari”, fue plegarse al mensaje más brutal.
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Leyes con historia: La gravitación de la Iglesia (digámosle así, para acortar) en el sistema político tiene una larga tradición, mal antecedente en un país con tantos desvaríos autoritarios. No opera sólo de facto, como se aludió en el apartado anterior. Legalmente, goza de una serie de prerrogativas exorbitantes. Si se las examina de a una, son inusuales en los países democráticos más arraigados. Si se las mira en combo, ranquean alto (y mal) a la Argentina.
El discurrir de la sociedad civil, afortunadamente, ha sido en pos de la libertad de cuerpos y mentes, de la diversidad, del ecumenismo y del mejor posicionamiento de las minorías. No se ha hecho lo suficiente pero sí mucho. No ha sido merced al poder privilegiado de la Iglesia sino dejándolo de lado o confrontando, cuando vino a cuento.
Recordemos algunas de las potestades reconocidas a la Iglesia Católica.
Una de las más gruesas es el intenso apoyo estatal y económico a su subsistema de educación privada. Las protestas de docentes que paralizan la iniciación normal de las clases en tantas provincias usan ese argumento, entre otros, como base de sus reclamos. El interés de la cúpula no es menor. Cuando Carlos Custer presentó sus credenciales de embajador argentino al papa Juan Pablo II se sorprendió por el interés del pontífice en discusiones salariales docentes en Argentina. El presupuesto propio depende de ellas. La anécdota es llamativa, para quienes piensan que es clavado que el papa Francisco no será un activo gestor en la Argentina.
Otra canonjía, mucho menos justificable, es que el Estado paga sueldos de obispos, seminaristas, párrocos de frontera y capellanes castrenses.
La ley que los regula rige desde tiempos de la dictadura. Los sueldos de capellanes de las Fuerzas Armadas son una rareza en la legislación comparada. Existen en Chile, donde la herencia del pinochetismo es potente.
Los obispos retirados por razones de edad o de salud perciben también un sucedáneo de jubilación, presentado como “asignación mensual y vitalicia”. No es exactamente una jubilación, porque no cobran aguinaldo y porque jamás hicieron aportes. Tampoco pagan el tan zarandeado Impuesto a las Ganancias.
Son muy escasos los países no integristas que reconocen esos privilegios. Desde luego que ni por las tapas existen en Uruguay, Francia y Estados Unidos, regímenes democráticos diversos que gozan de buena prensa.
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Reacciones: La presidenta Cristina Fernández de Kirchner viene actuando con lógica institucional. Ordenó a la Cancillería redactar velozmente un mensaje de salutación, conciso y respetuoso. El borrador estuvo a cargo del secretario de Culto Guillermo Olivieri y del ministro Héctor Timerman. La mandataria lo aprobó, se remitió. Cristina preparó el viaje acompañada por funcionarios y legisladores oficialistas y opositores. También será de la partida el presidente de la Corte, Ricardo Lorenzetti.
Tras un par de días de encomiable silencio, muchos dirigentes, legisladores o funcionarios kirchneristas incursionaron en el ditirambo elogioso al papa Francisco. Su condición de peronista y su presunta convergencia con las políticas socioeconómicas son la base del entusiasmo. Al cronista, cuya historia inscribe en esa pertenencia y cultura, le parece que la condición de peronista abarca demasiados significados y trayectorias. Peronistas fueron los presidentes Kirchner, Isabel Perón y Carlos Menem. Los dos ministros Taiana y Oscar Ivanissevich. José López Rega y John William Cooke. Carlos Ruckauf y el cura Carlos Mugica. Los que chocaron en Ezeiza. ¿Chicanea este escriba? Un poco, apenas, con fines ilustrativos. Pero sostiene que la garantía de calidad peronista peca de exceso de simplismo o fantasía. Y que durante la dictadura y el gobierno de Isabel, el peronismo estuvo en los dos extremos de la picana.
La dirigencia opositora se sintió en estado de gracia. La política doméstica adolece de exceso de vecinalismo, todo se lee en clave kirchnerismo-céntrica. Atisban en el papa Francisco la nueva gran esperanza blanca. Nadie lo dijo con tanto énfasis ni erudición como el sociólogo Eduardo Fidanza ayer en La Nación. “En términos sociológicos la Iglesia franciscana le disputará capital simbólico al kirchnerismo.
Tiene con qué. Se inspira en los pobres. Sabe de pueblo y de política.” Y vaticina, feliz: “Francisco anuncia un nuevo tiempo. Laclau tendrá que confrontar con Ignacio de Loyola. Y me parece que el santo tiene todas las de ganar”. No se refiere a San Lorenzo de Almagro, que desde ayer adora la imagen del Papa modesto.
Festejos en las dos tribunas: por lo menos una se equivoca. Habrá que ver qué pasa en el corto plazo en la política doméstica. El cronista es avaro con las predicciones, cree que el futuro es sinuoso, incluso superando las decisiones de los grandes protagonistas.
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El riesgo: El mayor riesgo de un argentino empoderado súbitamente como papa, insiste este escriba, trasciende al oficialismo, aunque lo interpela. Consiste en que, al calor del nuevo clima, la Iglesia recupere espacios político-institucionales que se le han achicado. El alfonsinismo hizo esfuerzos para reducirlos, algo consiguió. De ahí que se lo motejara como “sinagoga radical” desde las filas de la derecha, que el alto clero también integra. El kirchnerismo constriñó más ese poder corporativo, entre varios. En parte por su gran intuición acerca de la imperiosa necesidad de fortalecer el poder político. En parte por contingencias coyunturales como fue la simpática iniciativa del obispo Antonio Baseotto de arrojar al mar a quienes piensan distinto.
La regresión, cuya primer área sensible podría ser la lucha por los derechos humanos, tiene tierra sembrada desde el vamos. Enlaza con la aciaga tradición local. Subsiste en muchos gobiernos provinciales, muchos de ellos de la escudería K. Se nota en las áreas sociales, educativas y de salud. Se palpa en la dificultad de aplicar el fallo de la Corte Suprema sobre aborto no punible, por mentar solo un ejemplo cercano.
Todo se dice en potencial, se repite. El cambio tremendo deja al analista sin precedentes a los que recurrir. ¿Qué esperar entonces sobre promesas de confluencia entre el movimiento popular más numeroso y Francisco? ¿O sobre las promesas de regeneración de la Iglesia carcomida por sus desvaríos, su intolerancia, la pedofilia y el lavado de dinero? Habrá que ver para saber. Y, aun, mociona el cronista, para creer.
Fuente:Pagina12
Francisco Primero Pascua y redentio
16/03/2013
Por Horacio Çaró
La llegada al trono de Pedro de un cardenal argentino ha generado no pocos debates, algunos de los cuales están siendo desarrollados ahora mismo en las redes sociales, como facebook, en los medios de comunicación masiva y en el territorio de la política, excediendo largamente los ámbitos religiosos.
En el caso de las redes sociales, la discusión muestra cuán valiosa pueden ser aquellas como medios que posibilitan y hasta promueven el intercambio de saberes, pareceres, opiniones y sentencias entre quienes no conviven en el mismo espacio geográfico, ni tan siquiera se conocen lo suficiente para entablar este tipo de debates.
Y más allá de los oportunistas de siempre, que generan disparadores meramente provocativos y, a menudo, sin otro fin que la venganza personal contra quienes son interpretados como enemigos ideológicos, en una lectura mezquina y lineal, sobresalen otros ricos intercambios, entre los que me interesa y motiva especialmente, el que algun@s compañer@s católicos y peronistas vienen sosteniendo desde la designación y asunción de Jorge Bergoglio como Obispo de Roma o Papa, que es lo mismo expresado en forma diferente.
Una amiga y compañera, Lorena García, quien comparte conmigo algunos tramos más que densos de la espiral de ADN –rosarina, canalla, (o centralista, para los neófitos), periodista, católica y peronista–, plantea las dificultades que representa para ella el insoslayable hecho histórico de que un Sumo Pontífice, por primera vez en un milenio, no sea europeo, sea argentino y, encima, sea ¡¡¡peronista!!! Dificultades que se plantan frente a ella a causa de las dos últimas características que describí como marcas cuasi genéticas que ambos compartimos: Francisco I, y todo lo que ello implica, la interpelan como católica y peronista. Vaya interpelación. A quien se sienta tentad@ de analizar tamaña confrontación entre el ser y la eternidad en forma liviana o lineal, le sugiero que se ahorre seguir leyendo estos párrafos, es un buen momento para bajarse de este bondi en la próxima esquina.
En ese profundo sentido, y desde esa caracterización –soy cristiano y peronista– a mí quienes me interpelan, desde esta vida, desde toda la muerte, y desde el ominoso no lugar al que la última dictadura argentina condenó a permanecer a l@s desaparecid@s son ést@s últim@s, y los millones de compañer@s perseguid@s, asesinad@s, discriminad@s, las mujeres que mueren como moscas por abortos clandestinos, l@s pobres de toda pobreza, l@s indigentes, l@s analfabet@s de todo el mundo, pero en particular de la Argentina. Tod@s ell@s, de parte de la jerarquía católica sólo obtuvieron silencio y complicidad.
Hace unos días, apenas conocida la designación de Bergoglio como nuevo Papa, el vicegobernador de la provincia de Buenos Aires, Gabriel Mariotto, expresó, observando el hecho desde un interesante punto de vista, que debemos esperar de Francisco I un accionar que sorprenderá a muchos, y que esa gestión remite necesariamente a su condición de argentino, latinoamericano y peronista. No tengo la fe de Mariotto en que la llegada de Pancho One, como amistosamente denominan algun@s amig@s al flamante jefe de la Iglesia, vaya a modificar ese indiferente accionar del clero romano, ni aportar a que esa cúpula se arrime al fogón de los curas del Pueblo, que es el mismo que entibiaba los corazones de los primeros cristianos, que no tenían a la cruz como símbolo, sino la figura de un pez, como los que Jesús multiplicó y distribuyó entre miles de sus pares para saciar su hambre terrenal, luego de abastecer durante horas con su prédica el hambre espiritual.
Entiendo las dudas y los cimbronazos que puede provocar en los cristianos honestos este encumbramiento de Jorge Bergoglio a jefe de la Iglesia, pero no puedo dejar de escuchar con debida atención el discurso de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner luego del envío de su felicitación protocolar al titular del Estado Vaticano. Tras la salutación, la mandataria enumeró una serie de puntos que constituyen la agenda de lo que esperamos los cristianos argentinos de un Pontífice argentino, pero también lo que esperan centenares de millones de católicos en el mundo de un Papa progresista y latinoamericano. Y me pregunto, y les pregunto a quiénes se muestran acaso prematuramente entusiasmados, con la mano en el corazón, ¿cuántos de esos puntos creemos que el flamante arzobispo de Roma llevará adelante?
Necesito decir esto porque me parece que es un planteo que pretende abordar una angustiosa cuestión espiritual, de conciencia y en la que much@s también le metemos el cuerpo con pasión cristiana y peronista.
No deja de sorprenderme la facilidad –no quiero sonar ofensivo, pero también podría hablar de liviandad– con que algun@s compañer@s confunden o sitúan en el mismo lugar a la jerarquía eclesiástica romana con el pueblo católico, lo que l@s lleva a destacar y ponderar la lógica alegría popular ante la designación de un papa argentino.
Con ese criterio, a quienes alertamos desde la Historia, no desde la Profecía teológica, sobre la poca esperanza de que esa irrupción cambie en forma positiva los andares de esa cúpula, que lleva casi dos mil años actuando de esa manera, se nos confunde con vanguardistas que no pueden entender la sensibilidad popular, o elitistas que manejan información opinable que hasta que no sea saldada por la Justicia, se trata poco menos que material que bien podría ser debatido en Intrusos del Espectáculo con los animadores Jorge Rial y Luis Ventura. A ell@s quisiera proponerles un modesto ejercicio contrafáctico. Entre los posibles sucesores de Pio XII, el Papa que –por ser diplomáticos– mantuvo relaciones estrechas con el fascismo italiano y con el nazismo alemán, podría haber estado el cardenal Antonio Caggiano, alguien que no fue capaz de expresarse en contra de que los aviones de la Armada conducida por el almirante Isaac Francisco Rojas llevaran la leyenda “Cristo Vence” pintada en sus fuselajes, sino que, muy por el contrario, fogoneó, junto a otros de sus pares, la marcha de Corpus Cristi, transformándola en la mayor movilización opositora a Juan Perón en 1955. A Caggiano también se lo llegó a definir como peronista”, y los aviones de Rojas, para quienes pudieran estar distraídos, fueron los que bombardearon la Plaza de Mayo y asesinaron a centenares de compañeros peronistas.
¿Quién de los actuales esperanzados lo estaría si las chances de aquel cardenal hubiesen sido las de Bergoglio hoy? Por suerte el sucesor de Pio XII fue Juan XXIII… Pero el corto mandato de aquel Papa Bueno, si bien dejó la llama encendida del Concilio Vaticano II, que convocó a la Iglesia a generar cambios que la acercaban como nunca a aquella mística de los primeros cristianos, que cobijó a los curas tercermundistas y no censuró ni persiguió a los teólogos de la Liberación, fue el límite real de ese empuje imprescindible para darle vida y sentido a una Iglesia que se había convertido en una organización secular que velaba por intereses financieros, políticos y sociales muy distintos al mandato evangélico, y finalmente esa revitalizante fogata dejó paso, una vez asumido Paulo VI, a un nuevo retroceso y a un alejamiento de esas bases que reclamaban algo más que recuperar la palabra que les había sido vedada a través de siglos de oscuridad y silencio litúrgico.
El Concilio Vaticano II fue la prueba de que no era necesario apelar a los postulados de la reforma luterana ni al calvinismo para revisar y remover los sombríos cánones que impedían al Pueblo católico acceder a las Sagradas Escrituras, a la Palabra de Dios; que fijaban el ofensivo mandato a los pastores de rezar la Santa Misa de espaldas a la grey y en latín; que negaba irracionalmente cualquier tipo de aproximación ecuménica que fijara las bases de un diálogo con otras religiones, abriendo de ese modo el camino hacia entendimientos básicos que apuntalaran una intervención multiconfesional ante las potencias seculares que explotaban y explotan al ser humano, ya sea a través del mercado o por medio del Estado.
Atrás quedaba el apoyo oficial del máximo poder eclesiástico a los curas que comenzaron a reinterpretar la teología de la dominación y el miedo, ofreciendo, desde el análisis metódico, histórico y científico, un nuevo relato, liberador, fiel a los acontecimientos de una teología del amor y de la solidaridad, no del silencio ante los atropellos del poder imperial económico en todas sus variantes.
A modo de ejemplo de la potencia de aquel esfuerzo por reinterpretar desde el contexto histórico algunos pasajes clave del Evangelio, no podré olvidar jamás el aporte de un cura del Pueblo, Cacho Cámpora, salesiano, cuando nos pedía que pensemos con rigor qué lógica encontrábamos en la sumisión de Cristo ante el poder romano a lo largo del episodio en el que un soldado al mando de Poncio Pilatos lo abofetea y él, según la interpretación “oficial” de la Iglesia romana, le ofreció la otra mejilla en señal de renuncia a cualquier desafío, mostrando un Jesús sumiso, que prefería ser golpeado con tal de mostrar que el momento de la Justicia no está en este tiempo ni en este mundo, sino en el más allá que le espera a los Justos. Aquel cura, con la rigurosidad de quien revisó los textos evangélicos contextualizando la gestualidad, la psicología de los personajes y las costumbres de la época, luego de escuchar nuestras opiniones, se despachó con la siguiente tesis: “Aquel que ante un golpe o un cachetazo sólo puede manifestar sumisión agacha su cabeza, esconde su rostro, evita la mirada del golpeador, le teme o bien quiere mostrar que no luchará. Sólo aquel que quiere dejar sentada la única forma de desafío a ese cobarde poder del cual surge el golpe a un hombre indefenso, eleva su rostro, mira fijo al agresor, y muestra entera su otra mejilla, desafiando a intentar una nueva bofetada, que por otra parte no llegó. Piénsenlo. Jesús no agachó su cabeza ni escondió su rostro, no mostró mansedumbre, por el contrario, desafió a su golpeador desde el único gesto que le quedaba dada su condición de prisionero maniatado e indefenso”.
Como ése pasaje, hay tantísimos que explican cuestiones que ponen en un brete enorme a una Iglesia socia del poder secular, y genera contradicciones agudas al seno de una jerarquía gestora de esa interrelación con los poderes políticos y económicos terrenales. Ésa y no otra es la tarea de un Papa que quiera, mucho más allá de los símbolos y de la gestualidad, cambiar las bases teológicas de la Eclesia, la que debería dar cobijo a sus ovejas como la daban las comunidades del Primer Siglo, muchos de cuyos integrantes habían conocido de pequeños al propio Jesucristo, o bien tenían de primera mano los relatos frescos de su paso por el mundo, para cumplir el Plan de Dios.
Modestamente considero que en la Argentina éste es un tiempo de debate político como nunca antes se había dado desde el regreso de la democracia, allá lejos en el tiempo, pero no tanto como para olvidar que fue en 1983, después de una dictadura que arrojó cadáveres, pobreza, deuda externa, desaparecidos y una guerra infame enmascarada por el legítimo reclamo sobre Malvinas.
Poner en el centro del debate a la jerarquía eclesiástica no es sinónimo de enangostar horizonte alguno, más bien creo que es el derecho de muchos cristianos de interpelar a ese poder que es el único que no le pidió perdón a la sociedad argentina por su silencio ante los crímenes descritos durante el período 1976-1983.
Y con la misma modestia, quisiera dejar testimonio de que Néstor Kirchner y Cristina, lejos de “escapar” –como dicen algunos– de la trampa del Tedeum de cada 25 de Mayo, supieron optar por otros ámbitos en los que el poder espiritual no se inmiscuyera de la manera más innoble en el devenir secular, una práctica que no se circunscribió exclusivamente al arzobispo de Buenos Aires, hoy ejerciendo ese cargo en la diócesis romana. El ejemplo de monseñor José Miguel Medina retando a Raúl Alfonsín –quien debió subir al púlpito para responderle- debería alcanzar para que muchos recuerden que esas amonestaciones, que NO TIENEN CARÁCTER OBLIGATORIO PARA NINGÚN GOBERNANTE, remiten a un rol político que en los dos primeros gobiernos peronistas culminó con aquella leyenda “Cristo Vence” en los fuselajes de los aviones de la Marina que arrojaron sus bombas en Plaza de Mayo.
Dicho todo lo anterior, como cristiano y peronista, celebro el debate y espero con honestas expectativas que Francisco I desarrolle su mandato al frente de la Eclesia sacudiendo los cimientos de la cúpula romana hasta retornarla al espíritu de los primeros cristianos. No es una utopía, es un mandato evangélico, cargado de la fuerza que tiene aún, para muchos millones de cristianos, el Plan de Dios, que no envió a su Hijo unigénito para que la Humanidad compitiera o se asociara con el poder del César. La jerarquía romana está en deuda con ese Plan. Desconocer eso nos hace cómplices de tanto silencio y tanta inacción frente a las injusticias del mundo.
La redentio, esa figura que explica aquel Plan de Dios Padre, que no es otro que el de haber enviado a su Hijo unigénito para morir y resucitar por nuestros pecados, no es patrimonio de la teología judeocristiana, pero le sirvió a los primeros apóstoles para predicar ante los gentiles, aquellos no judíos que no podían entender que un dios ofreciera a su propio hijo para salvar a toda la Humanidad, que lo hiciera pasar por tamañas humillaciones e incluso lo dejara morir en una cruz, rodeado de ladrones, luego de pasar tres años mostrando el poder de su Palabra y un puñado nada desdeñable de milagros.
La redentio era la paga que cualquier romano, noble o plebeyo, podía ofrecer para rescatar a alguien condenado a morir en la cruz o en cualquier otra forma. Un romano, por lo que fuese, al ver en la cruz o en la estaca a un hombre que todavía podía rendir como esclavo o sirviente, o a una joven que pudiera ser vendida a un precio conveniente, podía pagar una redentio y rescatar de las garras de la muerte a esa persona. De ahí el concepto de redención: el magno pago que Dios Padre decidió hacer para rescatar a su máxima creación, el ser humano, que en ejercicio de su libertad desafió a su Creador incumpliendo la única restricción que éste le impuso para convivir eternamente en armonía junto a Él.
Una Iglesia que no es capaz de entender a la redentio de otra forma que enfrentar a los poderosos para rescatar a los más vulnerables de las garras de su codicia no cumple su misión evangélica. Hoy la Iglesia sólo tiene un instrumento de pago: su opción por los pobres, por los desvalidos, por los perseguidos, por quienes sufren las inclemencias del poder económico y político, por las víctimas de las guerras preventivas, los desplazados por la angurria financiera, los desamparados de todo derecho. Francisco I tiene la gran oportunidad de dar ese paso, de recrear la Pascua, y atravesar el puente entre el viejo y oscuro orden clerical y fundar otro, diáfano, de la mano de quienes necesitan tanto de la Palabra como de los panes y los peces.
Fuente:RedaccionRosario
16.03.2013
Vaticano
"Cómo me gustaría una Iglesia pobre y para los pobres", dijo Francisco
El papa lo aseguró al pronunciar un mensaje ante unos seis mil periodistas, en una audiencia celebrada en el Vaticano.
“Cómo me gustaría una Iglesia pobre y para los pobres”, afirmó el sumo pontífice, al explicar porque había elegido llevar el nombre Francisco, en homenaje San Francisco de Asís que "era el "hombre de la pobreza, el hombre de la paz", lo que generó un fuerte aplauso de la multitud.
En su presentación ante los periodistas, el sumo pontífice indicó también que la Iglesia “no tiene una naturaleza política, sino esencialmente espiritual”.
“La Iglesia existe para comunicar la verdad, la bondad y la belleza”, remarcó, invitando a los asistentes a conocer cada vez más la naturaleza de esta institución “con sus virtudes y pecados”.
En su mensaje, el papa Francisco subrayó que “la Iglesia dedica una gran atención al trabajo que ustedes hacen, que requiere sensibilidad y experiencia y una atención particular a la verdad y la belleza, y esto nos hace especialmente vecinos, porque la Iglesia también está para transmitir esto”.
El sumo pontífice comenzó leyendo su discurso pero de repente se frenó, alzó la vista y dijo: “les voy a contar una historia”.
Ahí comenzó a relatar por qué decidió presentarse al mundo con el nombre de Francisco, por referencia al Santo de Asís, protector de los pobres.
“Durante la elección tenía a mi lado al arzobispo emérito de San Pablo, Claudio Hummes, un gran amigo, y cuando el tema se puso peligroso él me reconfortaba”, contó el hasta hace tres días cardenal primado de Argentina y arzobispo de Buenos Aires.
Luego, prosiguió, “cuando los votos llegaron a los dos tercios y los cardenales aplaudieron, él me abrazo y me besó y me dijo: “no te olvides de los pobres”.
Según explicó, con esa palabra en la mente, pensó en San Francisco de Asís y también en las guerras y que no tuvo dudas en elegir el nombre de este santo.
Con su estilo cercano, el nuevo papa relató que en el cónclave algunos cardenales le propusieron que se llamase Adriano, en honor al conocido “reformista” Adriano VI, y se necesita “reformas”.
Otro cardenal, contó Bergoglio, le dijo que su nombre “debería ser Clemente. ¿Por qué? porque así se vengaba de Clemente XIV, quien en 1773 suprimió la orden de los jesuitas, a la que él pertenece.
En la que fue su presentación oficial a la prensa, el papa Francisco habló en italiano pero sobre el final hizo su primera intervención en castellano indicando que, “como muchos de los presentes no pertenecen a la Iglesia católica, impartirá su bendición en silencio, respetando la conciencia de cada uno, pero sabiendo que todos son hijos de Dios”.
Antes de finalizar la audiencia, el papa saludó sobre el escenario a varios periodistas, entre ellos la argentina Virginia Bonard, redactora de Ciudad Nueva, una revista digital, quien le entregó un mate de regalo.
Tras su encuentro con la prensa, el papa Francisco rezará mañana su primer el Ángelus desde la ventana de su estudio privado a la multitud de fieles que se espera que asistan a la plaza de San Pedro del Vaticano.
Antes de su ceremonia de entronización, el próximo martes, el pontífice argentino tendrá su primer audiencia con un jefe de Estado este lunes al recibir a la presidenta de la Republica Argentina, Cristina Fernández de Kirchner, encuentro que tendrá lugar a las 12.50 en la casa Santa Marta, donde actualmente reside Bergoglio.
Y el 23 de marzo tendrá lugar el esperado e inédito encuentro entre el papa Francisco y el papa emérito Benedicto XVI en el Palacio pontifico de Castelgandolfo a las 12.15 horas.
Será la primera vez en la historia que un papa convive con otro que sigue llamándose papa, aunque emérito, título que se creó con la renuncia de Joseph Ratzinger, algo desconocido en los últimos 600 años.
A la ceremonia del martes asistirán unas 150 delegaciones, con la más alta representación en los Jefes de Estado y gobierno de varios países latinoamericanos.
Además de Cristina Fernández de Kirchner, confirmaron su asistencia la presidenta brasileña, Dilma Rousseff, el ecuatoriano Rafael Correa, de chileno Sebastián Piñera; entre los europeos el presidente del gobierno español, Mariano Rajoy y el príncipe Felipe; y el vicepresidente de Estados Unidos, y el vicepresidente estadounidense Joe Biden, entre muchos otros.
Fuente:Telam






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