30 de junio de 2013

PARAGUAY.

A un año del golpe contra Lugo
Año 6. Edición número 267. Domingo 30 de junio de 2013
Por Miradas al Sur
politica@miradasalsur.com

Paraguay - anticipo de la masacre de Curuguaty. En junio de 2012, un brutal desalojo de campesinos precipitó el juicio parlamentario contra el presidente. El periodista Julio Benegas investigó lo sucedido y publicó un interesante libro, del que se reproducen fragmentos.
Las letras de la ley y de la Justicia en favor de los pobres duermen cuando el poder establecido actúa con la total impunidad y los gerentes de los gobiernos de turno no se atreven a poner en riesgo ese poder, dejando al desamparo a la gente frente a los aparatos formales de represión, como ocurre casi todos los días, y como ocurrió el 15 de junio de 2012 en Marina Kue. En el campo, cuando los aparatos formales de represión no dan abasto; cuando la gente, en su miseria absoluta, se reinventa para exigir sus derechos, aparece el matonismo sicario como forma de silenciamiento.

Este es el escenario en el que, aquel sábado 1º de diciembre de 2012, un sicario terminó con la vida de Vidal Vega, dos veces secretario de la Comisión Vecinal Naranjaty, y en el momento de su muerte, síndico de dicha comisión y activista de la organización de víctimas y familiares de víctimas de la masacre. No esperaba yo novedad alguna aquel sábado caluroso en la Plaza de la Libertad, tomando terere y jugando a las damas, cuando me llevaron la noticia. La noticia me sobrecogió. Recordé entonces la última entrevista con él, en su rancho. Recordé a aquel hombre que había recreado una manera muy peculiar de captar y mejorar la señal de televisión: por encima del techo de eternit emergen dos palos de tacuara en cuyas puntas un foquito tirabuzón recibe un cable con farolitos tras un recorrido por otros tres tubos fluorescentes rectos y finos entrecruzados. Recordé que en Vidal relucían dos dientes enchapados que revelaban la época de su juventud en que usar relojes enchapados en oro, un diente dorado reluciente, algún anillo carretón o pantalones con bocamangas anchas eran repurete. Recordé también que la casa de ladrillos de techo eternit albergaba una abarrotada alcoba, un rancho con un fogón a leña y un pequeño depósito de materiales de trabajo y que en el sitio criaban dos enormes chanchos, daban sus primeros frutos las doscientas plantas de tomate y el gallo cantaba sin reloj en el tumulto de gallinas que se rebuscaban lombrices y semillitas en tierra abonada.

Lo recordé amable, abierto, transparente y jugado por sus creencias. Y me maldije nuevamente esa forma tan estúpida de perder las cosas. Una semana antes debía entrevistarme con él, con él que me había conseguido los videos de la masacre campesina, pero no, había perdido la plata destinada para el viaje. 

Aquel sábado 1º de diciembre me dio por llorar, por gritar o desaparecer justo en un momento en que andaba en esa intención extraña, vana, de ser un hombre rudo. Vidal tenía sus diferencias metodológicas con la última ocupación, pero entendía claramente que la forma en que se organizó tuvo por base la profunda creencia de que esas tierras eran del Estado y que estaban, legalmente, habilitadas para la reforma agraria.

Ya en la tardecita del 14 de junio de 2012 el mundo de Yvypytã enrareció. La noticia corría de puerta en puerta. “Ya viene el desalojo, mi ama”, le dijo Vidal Vega a su mujer. Montó la moto y salió a la ruta a observar aquel espectacular despliegue policial. En la noche del 14 ya estaban acampanados en el portón principal de acceso a Marina Kue los 42 efectivos del Grupo Especial de Operaciones, unas 25 patrulleras al costado de la ruta principal y la policía montada. El presentimiento de que algo muy grande ocurriría lo asaltó. Él sabía que esta vez muchos ocupantes habían decidido morir por aquel pedazo de tierra y también recordaba que ni el desalojo del 2010, en el que metieron presas a 49 personas, presentaba ese cuadro operacional de la Policía Nacional. Por qué Marina Kue había adquirido tanta importancia, se preguntó entonces, al memorar que desde un mes y medio atrás ya estaba acampado un pelotón del grupo de operaciones especiales y efectivos policiales de otras unidades.

Aquel majestuoso despliegue mantuvo en vigilia a varias familias de Yvypytã en la noche del 14 de junio, y a la madrugada del 15 el minucioso recorrido de rebuscarse virutas para la fogata y hierbas para el mate se alteró completamente. Más de un centenar de personas de Yvypytã observó ese desplazamiento policial desde las cuatro de la mañana. El teléfono de Vidal Vega no paraba de sonar. La desesperación se había apoderado de las familias de Yvypytã. Vidal Vega comprendía que el operativo policial era parte de un plan mayor. Cómo se explica entonces, se preguntaba, aquel operativo jamás visto de sacar de una ocupación a un grupo de no más de 60 personas con ese despliegue policial.

Vidal se enteró del operativo el día anterior cuando sus vecinas enfermeras fueron convocadas, cuando observó el desplazamiento en la noche del 14 de junio de tres grandes colectivos con los efectivos traídos de Ciudad del Este, cuando vio desfilar cuatro ambulancias, cuando escuchó el sobrevuelo tempranero del helicóptero. Ya eran para él señales de malos augurios. Vidal conocía la intimidad de aquella ocupación, la historia de esas tierras, la decisión de los antiguos ocupantes de aferrarse a su parcela y al dedillo manejaba el expediente 135.504 del Indert. Es el expediente de la Comisión Vecinal de Sintierras de Naranjaty que él tramitaba.

Tanto sabía que de un santiamén nos contó el número de expediente, nos confirmó que esa tierra fue donada a las Fuerzas Armadas en el 67, que Nicanor Duarte Frutos transfirió al Indert en 2004 para la Reforma Agraria, que Campos Morombi intentó legalizar la usurpación con un juicio que salió con número de otra finca, que el abogado Víctor Peña Gamba, tres años después, en vano quiso corregir, y que, por lo tanto, y en consecuencia, esa tierra era del Estado paraguayo, únicamente del Estado paraguayo y debía ser distribuida a la Comisión de Sintierras de Naranjaty que la tramitaba desde 2004. Qué es todo esto mi Dios, por qué tanto absurdo, por qué ese despliegue policial contra campesinos que ocupaban una tierra a la que tenían derecho por Constitución.

Vidal tenía un presentimiento aterrador que en vano intentó ocultarle a su mujer y en vano quiso administrar con los vecinos que asaltaron la ruta para observar el despliegue. Vidal tenía más información que el resto y, aunque nervioso, con trágico presentimiento, trataba de sobreponerse para contener la avalancha de madres y hermanas desesperadas que se habían agolpado en la ruta principal desde las cuatro de la madrugada. No le cabía en la cabeza la presencia de efectivos armados con Galil, fusil ametrallador con posibilidad de dar en el objetivo hasta de 300 metros, con mp5, pistola ametralladora calibre 9mm, efectivos de la Fope, del Geo, de la Montada y refuerzos de la policía convencional.

A las cuatro de la mañana comenzó la lenta incursión policial al territorio ocupado. Luego de la masacre, Vidal se integraría plenamente a la comisión vecinal de sintierras Naranjaty y a la comisión de víctimas y familiares de víctimas, organizando el vínculo de las víctimas con agentes de derechos humanos, con los investigadores de toda laya y asumiendo las posiciones frente a los nuevos gerentes del gobierno paraguayo.
Vidal Vega, 47 años, nacido en Paso Mbutu, Horqueta, Concepción, hombre abierto, amable, fue abatido en la madrugada del 1° de diciembre de 2012 en su rancho, frente a su familia, por balas sicarias. En la región, su voz clara, transparente, se suma a otras voces como la del gran líder de Santa Catalina, Yasy Cañy, Mariano Jara, asesinado, en el 2010, frente a sus familiares por un matón de terratenientes que rápidamente fue liberado por la mafia política y judicial de Curuguaty tras su captura por los vecinos del lugar y un policía que creía estar cumpliendo su deber.


La impotencia. Decíamos que la humedad se había apoderado del campamento de los ocupantes y enfermado a la gente aquellos días previos a la masacre. Esa razón y sus tres hijos en la ocupación fueron más que suficientes para que María Estela participara íntegramente del campamento con la esperanza de que los suyos, al igual que ella y su marido, consiguiesen un sitio para fundar un hogar. Su hija, Brígida, 26 años, con tres hijos varones, se salvó de la masacre por pura casualidad. Ella estuvo en el campamento desde el 15 de mayo, al igual que cinco mujeres más que también necesitaban un pedazo de tierra donde asentarse, producir y dar de comer a sus críos. Brígida no puede explicarse cómo pudo ocurrir la masacre.

Ella se enteró por la radio de la tragedia y le asaltaron susto, preocupación y rabia que la sacudieron ese día y los días posteriores. Kuña pyryri (mujer guapa, rápida) María Estela, su madre, es de esas mujeres que pueden alzar el mundo al hombro, un poco por el carácter heredado de la madre, y gran parte porque en su vida todo lo fundó con su marido. Ambos de la Pastora, Caaguazú, se acoplaron a la primera ocupación en esas extensas tierras que durante el régimen de Alfredo Stroessner se cedieron al entonces jefe de la Policía, Francisco Britez Borges. Era enorme kaoeaguy (monte), recuerda, y su marido agrega: “Cuando vinimos, esto era monte y lugar de jaguareté”.

De su comunidad, Britez Cue, hubo una docena de ocupantes, la mayoría muy jóvenes, entre ellas su hija, madre soltera con tres hijos que, casualmente el día de la masacre, no se encontraba en el lugar sitiado. Casi todos los ocupantes de Marina Kue eran muchachos que crecieron en otros asentamientos como Carro Kue, Yvypytã, Britez Cue, Pindo… Aquel 15 de junio ella estaba en su trabajo, en el puestito de salud de Britez Cue. Allí escuchó en la radio que en Marina Kue ya se había desatado el enfrentamiento, con campesinos y policías muertos. Britez Cue está ubicado como a 30 kilómetros del teatro trágico. En sus fondos se observan ya las primeras líneas boscosas del Mbaracayú. A esa altura la tierra roja y fértil empieza a ceder a la arcilla y a mutarse en pedregullos, forjándose terrenos buenos para pastoreo y poco hábiles para la agricultura.

En el mismo momento en que ella se enteró de la tragedia, le dijo a su compañero de trabajo: “Yo me iré porque allá tengo familia”. Al salir a la calle se encontró con mucha gente en moto, gente conocida a la que en su gran mayoría, en su función de partera empírica, ayudó a cortar el cordón umbilical. En 40 minutos llegó a la ruta, encontrándose con el escenario de la tragedia completamente sitiado. Buscó internarse entre los trabajadores de salud. Nadie más que la policía, hasta tres horas después, podía ingresar. En vano fue el intento de hablar por teléfono con sus dos hijos, de 20 y 16 años. Desde ese lugar observó el espectáculo de balas, bombas de gases lacrimógenos tiradas desde el helicóptero, llamaradas y un tumulto que le remitía a los relatos de su padre sobre la Guerra Grande y se imaginaba así la Guerra Grande.

Ella, amiga de la mayoría de los ocupantes, recibía llamadas por celular que le informaban de heridos que quedaban atrapados sin auxilio, pero nada de sus hijos. Tres horas esperó ahí, entre los trabajadores de Salud, impotente, sin información de sus hijos, y sin poder auxiliar a los heridos campesinos, mientras que los policías eran rescatados por sus camaradas en esas primeras horas de la masacre. “Socorran a nuestra gente y dejen a los otros”, escuchó ella decir a uno de los jefes de la operación rescate. Ella, allí, que esperaba una información de sus hijos; ella, enfermera, sin poder auxiliar a los heridos, observó cómo los heridos policiales eran auxiliados y ella, allí, comiéndose las uñas sin información de sus hijos ni del estado de los campesinos heridos.

Para María Estela no era un espectáculo de morbo, de aglomerarse para ver quién quedó atrapado debajo de una rueda de camión o quién se rompió las costillas en los profusos accidentes de moto, sino que, aparte de contar con dos hijos de la ocupación, vio nacer y crecer a la mayoría de los jóvenes de Britez Cue y acompañó permanentemente la ocupación con medicamentos y víveres. Compartió con ellos el frío, la humedad, el mate, la fogata, la gripe y la espera de contar con ese pedazo de tierra usurpada por Campos Morombi del Estado Paraguayo.

Hay mujeres. Hay personas que hacen que esta historia no sea un punto muerto y que la bastarda idea que arropa nuestros cobardes corazones de que nada se puede hacer contra lo establecido esté en litigio y se arbitre una duda que nos recuerda que la historia es un punto móvil. Es gente, en fin, necesaria. Aquel 15 de junio, a Dominga Noguera la información de la masacre la encontró en el asentamiento Manduoearã, en su habitual recorrida por las comunidades.

Ella, mujer de organización, ya tenía información previa sobre el desalojo. Y de los tantos que en su vida vivió y acompañó no se esperaba nada de envergadura. Si en la última intervención policial desalojaron a 650 personas para sacar del terreno ocupado, qué cosa extraordinaria podría ocurrir en una incursión armada para desterrar a un puñado de jóvenes, mujeres y niños. Nada extraordinario. Qué resistencia podría oponer esa gente. Dominga, al igual que la mayoría de la dirigencia campesina, estaba en otra cosa, estaba en consolidar los asentamientos conquistados desde las semanas posteriores de la caída de la dictadura stronista. Ella misma había apoyado esa idea de que lo más importante en ese tiempo no eran las nuevas ocupaciones sino cómo sostener la vida comunitaria en esas cien mil hectáreas que la gente conquistó a lo largo de 20 años en el departamento de Canindeyú.

Qué hacer para que los jóvenes no emigren por estudios, por conseguir salarios, para que no se revendan los terrenos, para que la producción primaria tenga precio, para extender mercado, salud, educación y demás servicios en esas comunidades. Entonces, con la dirigencia campesina ocupada en tramitar servicios, conseguir capital a través de proyectos agrícolas, ampliar coberturas de salud y educación en los asentamientos, los nuevos ocupantes de tierra quedaban, en general, sin una cobertura organizativa mayor, una de las razones por las cuales emergió en el centro de la disputa territorial la Liga Nacional de Carperos, que en el primer año de gobierno de Fernando Lugo metió gran presión con las carpas establecidas al costado de las tierras de Texeira, en San Pedro, de unas 22.000 hectáreas y que se ubicara como primera fuerza de ocupación con alrededor de cinco mil personas que exigían un asentamiento en Ñacunday, Alto Paraná, en tierras usurpadas por el zar de la soja en Paraguay, el también brasilero Tranquilo Favero.

La anterior ocupación de las tierras de Marina Kue, que desembocara en un desalojo de unas 650 personas, fue liderada por una persona afín a este sector, el dirigente liberal Leonor Rivas. Con las más antiguas organizaciones campesinas metidas en consolidación de servicios para los asentamientos, y golpeado con fuerza (alrededor de cincuenta imputados por perturbación de la paz pública, invasión de propiedad y otros presuntos delitos) el intento de dirección de la ocupación por parte de gente afín a la Liga Nacional de Carperos, los últimos ocupantes de Marina Kue quedaron aislados, sin cobertura política mayor, sin fuerte vínculo institucional y con la sola idea de aferrarse a ese pedazo de tierra, que con razón superior de la necesidad se juraron defender con la vida si fuere necesario.

Dominga Noguera es médica naturista, con estudios en diversas universidades. Vive en el pueblo de Curuguaty, al lado mismo de la radio popular Canindeyú que ella ayudó a instalar y ayuda a sostener con mucha otra gente de organizaciones sociales. Con orgullo sostiene que de su antigua comunidad, Luz Bella, a tan solo una semana de haberse caído Alfredo Stroessner, ocuparon un extenso latifundio y lo convirtieron en lo que hoy es el populoso asentamiento campesino Maracaná.

Aquel 15 de junio ella se enteró temprano de la tragedia. Al igual que María Estela, dejó sus cosas y se mudó a Curuguaty para ver en qué podría ayudar. Allí se percató de que los policías heridos eran llevados en ambulancias, camionetas comunes, contaban con doctores e instrumentos de salud, pero que ningún campesino, herido ni muerto, era sacado de ese territorio sitiado sino hasta las 10 de la mañana. “Yo me fui para ayudar pero retrocedimos porque estaba todo cubierto, todo cerrado por la policía y no dejaban pasar”, comenta. Al ver que la policía cercó el escenario de la masacre, Dominga se dirigió al hospital de Curuguaty. En el hospital conversaron con la ministra de Salud, Esperanza Martínez, que ya había emitido una orden a la dirección regional de no enviar personal médico al escenario de la tragedia porque seguían escuchándose tiros esporádicos que mucha gente asegura eran parte de la cacería posterior de los campesinos heridos o refugiados, muchos ya indefensos.

Al enterarse de la orden del Ministerio de Salud de no enviar más personal médico a los campos de Marina Kue, ella se puso en contacto con un ex alumno, trabajador por entonces de aps (Atención Primaria de Salud) y otro alumno, indígena, que conocía bien el territorio ensangrentado. Juntos prepararon el terreno para ingresar “porque sabíamos que había varios campesinos heridos y que la orden era que los agentes de Salud ya no ingresaran en el predio”. Entonces, prepararon un equipo para entrar. Dominga y los familiares de las víctimas sabían casi con precisión la ubicación de algunas personas heridas en mal estado, sin posibilidad de socorro inmediato.

Con ocho paramédicos y varias personas afines a las víctimas ingresaron al territorio. Entraron como si fueran trabajadores de salud, con sus vestidos blancos, algunas insignias de la Cruz Roja y remedios básicos. El equipo de cuarenta personas que Dominga Noguera reclutó podría encontrarse con escenas muy desgarradoras. Decidieron morderse la lengua para no levantar la sospecha de la policía que mantenía sitiado el lugar. Con el vestido blanco, el equipo improvisado de socorro de los campesinos heridos no tendría inconveniente de ingresar a los fondos, hacia los barrancos, el arroyo, la zanja. De los cuarenta, Dominga contaba con ocho personas con capacidad de prestar socorro médico inmediato. El resto era familiar de los ocupantes con “corazón”. De esta gente se esperaba ayuda en la búsqueda y contención al encontrarse con casos graves. Este equipo de tareas extra institucional rescató a siete heridos graves.
Era desesperante la situación: tumulto y desesperación esta intervención de coraje y compromiso con la gente, ella cree que a lo mejor amanecían siete muertos más. Aparte de los siete heridos muy graves, sacaron a unos cuantos más que podían caminar con ayuda. La penetración del equipo paramédico permitió la ubicación de los muertos, cuestión que ayudó a la búsqueda del otro día cuando los familiares, desbordando el miedo y el cerco impuesto por la policía, ingresaron, con la multitud agolpada, a buscar los cuerpos abandonados en el territorio: los cuerpos de Fermín Paredes y De los Santos Aguero.

Fuente:MiradasalSur

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