30 de junio de 2013

URUGUAY.

Nuevo espaldarazo a la ley que permite el aborto
Año 6. Edición número 267. Domingo 30 de junio de 2013
Por Miradas al Sur
contacto@miradasalsur.com
Uruguay. Más discusiones políticas partidarias luego de producido el referéndum donde quedó firme la ley ya votada.
La falta de un liderazgo político y social claro, el frío de una tarde, el fútbol y una evidente falta de sintonía con la ciudadanía desembocaron en algo medianamente previsible: la ley de Interrupción Voluntaria del Embarazo (IVE) sigue firme. Los detractores de la ley, con la quitojesca campaña del diputado blanco Pablo Abdala como referente, algunas pocas manifestaciones de la Iglesia Católica y una campaña poco feliz y engañosa que tenía a la actriz y conductora televisiva Claudia Fernández como figura no consiguieron alcanzar el 25% del padrón electoral (655.000 personas) para habilitar la concreción de un referéndum contra la ley que despenaliza el aborto antes de las 12 semanas.

En Montevideo, el escrutinio primario de la Corte Electoral reveló que la idea de impulsar un referéndum obtuvo un 8,8% del total de habilitados: 232.841 personas apoyaron la iniciativa. Esta cifra variará mínimamente cuando se conozca la situación de los votos observados que son 4.632.


Como ya se dijo desde estas páginas, el episodio alineó de un lado a los virtuales precandidatos presidenciales blancos y colorados, la Iglesia Católica del laico Uruguay, las iglesias tipo "Pare de sufrir" y Tabaré Vázquez, y del otro lado estuvo el Frente Amplio, varias organizaciones no gubernamentales y el ex presidente colorado Julio María Sanguinetti. Fueron a votar, además de Vázquez, los nacionalistas Jorge Larrañaga, Luis Lacalle Pou, Sergio Abreu; los colorados Pedro Bordaberry y José Amorín, y Pablo Mieres, del Partido Independiente.


El resultado del domingo fue el más bajo en cuanto a adhesiones para habilitar un referéndum. Hasta ese momento, la vez en la que se registró el menor apoyo a una iniciativa de este tipo ocurrió en enero de 1999, cuando solo el 9,53% de la población apoyó una iniciativa contra el artículo 29 de la denominada “Ley de Inversiones” referido a los plazos para efectuar demandas laborales.


El resultado demuestra que “la gente es muy independiente y que toma sus decisiones aun contrariamente o sin necesidad de seguir a pie juntillas lo que hace su referente político, porque por algo ayer votaron a todos los futuros precandidatos a la presidencia de la República y sin embargo no alcanzamos el 10%”, comentó el lunes 24 en radio El Espectador el diputado blanco Pablo Abdala, principal impulsor de la iniciativa.

El legislador dijo que los líderes políticos se pronunciaron a favor de la medida y que es materia de "análisis" si eso fue "suficiente o no".

Según Abdala, con el resultado del domingo se "cierra una etapa" y habrá que ver si se puede reabrir el tema en el futuro. Algunos de los impulsores de la derogación de la ley evalúan hacer un planteo ante la Corte Interamericana de Derechos Humanos. La de Abdala fue una patriada casi en solitario. Careció de aparato y de militantes capaces de armar una estructura potente. Pero más allá de la logística, resultó obvio que la ciudadanía quiso mantener la ley.


En tanto, en el Partido Colorado, se evaluó el lunes 24 que quedaba saldado el tema respecto de lo que plantea la ley. "El futuro dirá, no analizamos el tema de fondo", explicó el secretario general colorado Max Sapolinsky. Para el dirigente, quedó clara la "libertad de la gente para decidir".


En tanto, el senador Bordaberry dijo que el tema seguirá estando en su discurso. "Voy a dar mi opinión sobre el tema. Yo entiendo que hay vida desde la concepción. Estoy en contra de la pena de la muerte y estoy a favor de defender la vida en todo, en esto también", dijo. Al ser consultado si será tema de campaña dijo: "Yo no voy a renunciar a lo que estoy convencido, como es la defensa de la vida. Esto no es un tema de política económica ni de cualquier estrategia. Es un tema donde está la vida de por medio. Pero obviamente voy a escuchar a los compañeros y voy a escuchar la voz de los uruguayos que evidentemente hoy dijeron no queremos decidirlo con el voto", opinó.


Según Bordaberry, "faltó el apoyo logístico en todos los partidos" para sacar adelante la iniciativa. "El doctor Vázquez se pronunció a favor, presentó un libro y votó. Lo que acá hay es que todos los que queremos ser candidatos a presidente el año que viene nos pronunciamos de una forma que el pueblo no acompañó". Incluso, con ironía, asemejó el resultado de la consulta a la goleada que ese mismo día Uruguay le propinó por la Copa de las Confederaciones que se disputa en Brasil a la amateur Tahití: 8 a 0.


La izquierda. En el Frente Amplio se festejó el resultado. "La contundencia de los resultados nos hace sentir que ha sido ratificada plenamente y contundentemente esta política pública", sostuvo la presidenta del Frente Amplio, Mónica Xavier, una de las principales impulsoras de la ley.


Xavier también promovió la ley que fue vetada en el período por Vázquez cuando desempeñaba la presidencia. Y el hecho determinó su desafiliación del Partido Socialista.


"Y ya lo ve, y ya lo ve, es para Vázquez que lo mira por TV", cantaban en tanto en la sede de la ONG Cotidiano Mujer, que defiende la norma. Entre los presentes estaba Leonel Briozzo, subsecretario de Salud Pública, según consignó el diario El Observador el lunes 24. "Los derechos sexuales y reproductivos no se plebiscitan; se deben cumplir e implementar. Seguiremos trabajando en esa dirección, ahora con el espaldarazo que significa para la política pública que la inmensa mayoría de la población no quiera plantear su análisis revocatorio, lo cual la reafirma como política sanitaria", dijo Briozzo a ese matutino.


La votación de Vázquez era esperada. A diferencia de su habitual rutina electoral que pasa por votar temprano en la mañana, esta vez Vázquez lo hizo a media tarde: "Yo dije que iba a participar. No hay sorpresas. En Uruguay todos saben cuál es mi posición. No hay secretos Hay cosas en las que no hay que medir costo político y ésta es una de ellas", dijo luego de colocar el sobre en la urna.


Uno de los vicepresidentes del Frente Amplio, el comunista Juan Castillo, dijo que Vázquez se "equivocó" al ir a votar. "Los precandidatos escucharon mal la voz del pueblo, o más bien el silencio del pueblo. Perdieron sintonía con los dos sectores de su electorado más sometido al silencio político: los jóvenes y las mujeres", opinó la senadora Constanza Moreira (Espacio 609), según el diario El País, del martes 25.


Esa noche, en una cena organizada por una coordinadora territorial del Frente Amplio, Vázquez opinó de lo ocurrido el domingo 23. Hizo referencia al fracaso de la iniciativa para derogar la ley de IVE. Apuntó que sobre ese tema "no todos tenemos la misma opinión" y que eso "no es un drama": "Por el contrario, es saludable que una comunidad se interrogue a sí misma. Lo sucedido el domingo es el punto final y definitivo de este episodio. Tras el contundente e inexcusable pronunciamiento cívico, aquí no hay buenos o malos, hay una ciudadanía convencida de que nuestro país debe ser cada día mejor".


En una entrevista publicada el jueves en el semanario Búsqueda, Vázquez ahondó más en su análisis de lo que ocurrió hace una semana. "La fuerza política a la que pertenezco llamó a no votar en esa instancia y yo fui y voté. No sé si se puede tener costos políticos. Pero si los tuviera los asumiría", dijo.


Luego se refirió a la ciudadanía: "Hubo un mensaje muy claro en el sentido de que la ciudadanía tiene que jugar un rol participativo. Y en el sentido de que para llevar a buen puerto una consulta popular, para producir una situación distinta a la que se vivió el domingo, hay que tener el convencimiento de que esa propuesta es la que la gente respalda implícitamente". Y remató convencido que "el domingo la ciudadanía demostró que es independiente".


La postura, no por desconocida, de Vázquez generó singular malestar entre dirigentes y militantes de la izquierda. Pero la gran mayoría decidió masticar la bronca puertas adentro y no cobrarle facturas públicas. Quizás uno de los pocos pronunciamientos públicos discrepantes con Vázquez pero definitivamente jugados a dar espacio a su postura fue el de la ex diputada frentista y actual directora de la Comisión Técnica Mixta de Salto Grande, Silvana Charlone. "Yo voté a favor de la despenalización del aborto. Tabaré la vetó.


Nunca antes de ser presidente le ocultó a nadie qué pensaba del tema. Siempre dijo que no estaba de acuerdo. Nosotros pensamos que, si la votábamos, él iba a cambiar de idea. No lo hizo y marcó su coherencia. Hoy la ley está aprobada. Es un tema de conciencia, filosófico, para algunos, religioso. Yo pienso distinto que Tabaré en este tema, pero considero muy respetable su derecho a expresarse. Como los que estamos a favor tenemos el nuestro. Y siendo un tema muy importante, no determina la agenda nacional. Ni puede comprometer el próximo gobierno del Frente Amplio. Así que, desde mi discrepancia, le digo a Tabaré ¡Salud, Presidente!", escribió Charlone más de un mes antes de la consulta en su perfil de Facebook.

Por si faltaban condimentos a cómo Vázquez maneja su futuro, en la misma entrevista de Búsqueda soltó que "no le desespera hacia el futuro ningún cargo de gobierno".
Fuente:MiradasalSur

DOSSIER LARED21: 40 AÑOS DEL GOLPE 

El cuerpo de las mujeres fue “botín de guerra” durante la dictadura uruguaya 
Durante la última dictadura uruguaya, "el cuerpo de las mujeres fue utilizado como botín de guerra", afirma Beatriz Benzano, quien décadas después del régimen promovió, junto a otras expresas políticas, la primera demanda colectiva por violencia sexual ejercida contra las detenidas en ese periodo. 
Beatriz Benzano. ex-monja, tupamara, sometida a torturas y abusos en la dictadura 
Lo que hicieron los militares con las mujeres detenidas fue “un crimen de guerra”, asegura Beatriz, exmonja que luego militó en el Movimiento de Liberación Nacional-Tupamaros (MLN), guerrilla urbana que se inició en la década del 60 y fue derrotada militarmente en 1972, antes que comenzara la última dictadura (1973-1985). 

“El cuerpo de la mujer era usado como botín de guerra, en los cuarteles nos entregaban a la tropa para que hicieran lo que quisieran con nosotras. Y como campo de batalla, por eso lo hacían delante de compañeros o esposos”, relata Beatriz, quien estuvo encarcelada entre 1972 y 1976. 


Ella es una de las 28 expresas políticas que presentaron en octubre de 2011 una denuncia contra más de un centenar de militares, policías, médicos y enfermeros que participaron de las torturas y abusos sexuales contra las detenidas. 


La denuncia sostiene que las detenidas sufrieron especialmente “en su condición de mujeres”. 


El ensañamiento era mayor “por el hecho de ser mujeres y por ser ellos una institución tan jerarquizada, autoritaria y machista”, sostiene Beatriz. “No podían tolerar que nosotras nos hubiéramos salido del rol tradicional de esposas, madres, amas de casa”.


“La desnudez forzada era lo primero que nos hacían, al llegar al cuartel nos arrancaban la ropa. En esa situación de vulnerabilidad e indefensión empezaban a torturarnos y a hacer algunas prácticas de violencia sexual”, recuerda, con la mirada empañada. 


Cientos de denuncias 

Si bien hay unos 15 condenados en los últimos años en Uruguay por delitos cometidos durante la dictadura -entre ellos los exdictadores Gregorio Álvarez y el fallecido Juan María Bordaberry-, todos fueron culpados por el delito de homicidio.

Con el regreso de la democracia en 1985 y la aprobación un año después de una ley que frenó las investigaciones sobre los crímenes de la dictadura, los detenidos callaron las torturas. 


“Lo que hicimos fue pelear por memoria y verdad, tratar de encontrar a los desaparecidos, nos parecía que era lo más urgente”, señaló Benzano. 


Luego que la Corte Interamericana de Derechos Humanos ordenara en 2011 a Uruguay investigar y juzgar los delitos de la dictadura, las expresas evaluaron que ahora sí podían denunciar. Pero se toparon con la gran dificultad para hablar del tema. 


“Hablamos con más de un centenar de compañeras, invitándolas a hacer la denuncia, algunas que sabíamos que habían sido violadas, y al final quedamos 28 haciendo la denuncia. Hay compañeras del grupo que jamás lo habían hablado con su compañero o durante 30 años de terapia no se lo habían dicho al terapeuta ni a nadie“, relata Beatriz. 


Un proceso similar vivieron 90 expresos y expresas que presentaron una denuncia separada, también en 2011, por las torturas y tratos degradantes cometidos en las prisiones uruguayas, que llegaron a albergar unos 6.000 presos políticos. 


También en este caso, “más allá de identificar a los responsables y castigarlos por un delito cometido, para nosotros lo fundamental es que se avance en la jurisprudencia en el país para que este tipo de delitos nunca más ocurran. Y que si ocurren, que haya instrumentos jurídicos reales y efectivos para castigarlos“, dijo a la AFP Clarel de los Santos, exdetenido y uno de los impulsores de esta denuncia. 


De los Santos sostiene que “durante muchos años se negó que la tortura hubiera existido, una parte importante de la población no creyó”.


“Por eso nos parece ponerlo en el tapete: que existió tortura, que la tortura generó secuelas en una cantidad de gente que nunca pudo rehabilitarse, que en general cambió para siempre a las personas que fueron torturadas. Aunque hayan hecho esfuerzos por canalizar su vida no fue lo mismo”, enfatizó. 


Beatriz coincide en que la sociedad uruguaya ha recibido las denuncias sobre torturas “con asombro, como si nunca hubieran oído hablar (de esto)”.


“Creo que también todo el mundo trató de olvidar lo peor: el horror del terrorismo de Estado”, sostiene. “Que estaban todos los cuarteles y las comisarías del país convertidos en centros de tortura y de exterminio, con cuerpos colgados del aire, balanceándose como muñecos, desnudos siempre. Cuerpos tirados, amontonados, mugrientos, sangrientos, desfigurados por los golpes en la cara, en todo el cuerpo, en los genitales, donde se ensañaban, ultrajados, pisoteados”.


Ambas denuncias están actualmente en la Suprema Corte de Justicia (SCJ), para que el máximo tribunal resuelva si se pliega al pedido de la defensa de los acusados, que sostienen que los delitos prescribieron, basándose en un fallo emitido por la propia SCJ para otro caso este año.


Sin embargo, en estos dos casos las víctimas aseguran que seguirán adelante.


“Es urgente, no podemos dejar ese fardo a las generaciones venideras”, dice Beatriz. “Los hijos y los nietos de ellos oyen que sus padres o abuelos siguen reivindicando lo que hicieron. El trabajo es de justicia pero también por un nunca más”. 


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Fuente: http://www.lr21.com.uy
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miércoles, 25 de julio de 2012
Uruguay: Testimonios de ex presas abusadas sexualmente

"cada uno tenia su mujer "
Mirta Macedo (centro), frente al juzgado donde se formalizó la denuncia colectiva sobre abuso sexual a prisioneras
Sabemos, porque lo registra la historia, que los ejércitos de ocupación, las tropas victoriosas, los aparatos represivos, violan sistemáticamente a sus prisioneros, como método de dominación, de destrucción sicológica e incluso de eliminación de una identidad colectiva, además de la perversidad básica. Sabemos que ha ocurrido en los más recientes escenarios de conflictos armados, en Yugoeslavia, en Kosovo, en Etiopía, en Irak; y que en nuestro continente la violación sistemática ha sido una herramienta del terrorismo de Estado, en Guatemala, El Salvador, Honduras. ¿Qué cosa excepcional nos inducía a creer que el terrorismo de Estado en Uruguay, el que torturó, asesinó, desapareció, robó niños, se había abstenido de violar a las prisioneras y a los prisioneros, o que se trataba de episodios aislados? La ignorancia nos daba cierta tranquilidad de conciencia. Con lo que las víctimas, en especial y mayoritariamente mujeres, se sintieron doblemente débiles, para superar el trauma primero y para exponerse públicamente después al denunciar las atrocidades vividas. Ahora, la denuncia colectiva sobre abuso sexual en los centros de detención de la dictadura abre el espacio para el conocimiento, por más que la sensibilidad se resista. El valiente y descarnado testimonio de la ex presa y hoy escritora Mirta Macedo nos introduce en ese submundo de horror e inhumanidad. No ahorra detalle, porque eso significaría que el torturador y violador seguiría teniendo poder sobre su víctima, 35 años después.
Un sentimiento de justicia movilizó a Mirta, desde chica y de adolescente, y la impulsó a militar políticamente. En su Treinta y Tres natal había muchas injusticias que ella no soportaba. La pobreza de don Isabelino, un señor que vivía en su carreta y la sacaba a pasear en ella, la marcó para siempre. Le parecía injusto que ese señor tan bueno, fuera tan pobre. A su vez, un tío “anarco”, que luego se pasó al comunismo, le dejó una marca a fuego de lucha y solidaridad. “Mi tío era tan maravilloso con su comunismo, parecía que lo iba a resolver todo”.
Sus padres la persiguieron desde chica. Ser del partido blanco nunca les permitió entender su militancia. A los 20 años se fue a Montevideo por una operación al corazón y se quedó allí. Comenzó a estudiar en la Escuela de Servicio Social, se adhirió a la Unión de Jóvenes Comunistas y luego al partido. Abandonó sus estudios por la mitad para ejercer sus obligaciones políticas. “No me costó dejar la carrera porque el tema de la responsabilidad ocupó mi vida, me dediqué a eso porque yo estaba convencida de que ese era el camino para el cambio. Fui funcionaria del partido, estaba sumamente comprometida”. Y así, militó hasta las últimas consecuencias.
El 23 de octubre de 1975 Mirta estaba en su casa de Ciudad Vieja durmiendo junto a su marido. Un grupo de militares vestidos de civiles entraron en la madrugada; el único que reconoció fue al Pajarito Silveira. Era el segundo día de la caída del partido, fue la número 27 en caer. “Entraron con una llave y nos desparramaron toda la casa. Yo estaba en camisón, nos paramos junto a la cama y cuando vi aquellos hombres me hice pichí del susto, se me aflojó el alma. Después de eso Silveira me decía la meona. Mientras me vestía él revolvió todo y abrió una caja de madera donde estaba mi sueldo, el de mi esposo y otro dinero; lo agarró y se lo metió en el bolsillo. En ese instante sentí temor, pánico, miedo porque ya había muerto mucha gente. Desde un primer momento supimos que íbamos derecho a un picadero de carne, como efectivamente fue”.
“Nos llevaron a la casa de Punta Gorda. Apenas llegamos nos sacaron la ropa. Después nos pusieron de plantón. Así estuve cinco o seis días: te paraban con brazos y piernas abiertas, después te decían ‘siéntense’ y cuando te estabas aflojando te ordenaban volver a pararte. Era muy perverso, cansaba horrible. Todo esto, desnudos. Cuando pasaban, te tocaban, te picaneaban e incluso me colgaron una o dos veces. Mientras, me preguntaban qué hacía, cuándo me había afiliado al partido, con quién estaba, si tenía armas. Nos ponían vendas con tela de poncho que nos causaban conjuntivitis; además ellos pasaban y te frotaban los ojos para que no lográramos ver nada”.
Tras un breve paso por la cárcel del pueblo expropiada al Movimiento de Liberación Nacional -era uno de los “300”, como llamaban a los centros clandestinos de detención del OCOA-, el 2 de noviembre de 1975 Mirta, junto a un grupo grande de presos, fue llevada al “300 Carlos”, ubicado en los predios del Servicio de Material y Armamento en el Batallón 13 de infantería. “Un sargento del cuartel nos dijo: ‘acá se les terminó lo bueno, mañana empieza lo bravo’. No nos olvidamos más de ese día”. Allí sufrió torturas que hasta el día de hoy la atormentan.
“Era dantesco. En la mañana nos traían una leche quemada con una galleta que era imposible comer. Después nos traían guiso, que era un asco, al mediodía y de noche. Para poder comer nos hacían hincar y ponían la comida arriba de una silla. La gente se moría de hambre, se moría literalmente”. “A veces nos dejaban varios días sentadas en una silla sin llevarnos al baño. El tema de la menstruación era horrible, nauseabundo. Nosotras pedíamos: ‘señor, estoy menstruando ¿no me podrá conseguir algo?’ Y nada. Yo estaba con la misma ropa con la que entré y nos manchábamos todas. Y no solamente eso, cuando te colgaban o cuando estabas mucho parada te hacías caca y pichí. Ahí aprovechabas para hacer; si hacías cuando estabas sentada se te desparramaba por todos lados, era asqueroso. Cuando iba al baño trataba de sacarme las costras”.
“La tortura especializada la aplicaban todo el tiempo, varias veces por día. A mí lo que más me hicieron fue colgarme. Con un gancho te colgaban de las muñecas juntas con los brazos para atrás, a tal extremo que mis brazos quedaban hechos pelota. Mientras, me metían una tenaza en la vagina y me pasaban electricidad que era muy doloroso, en los senos también. Te toqueteaban, te hacían absolutamente de todo y siempre encapuchada. También te amenazaban con violarte y varias veces, luego de descolgarme, me violaron ahí, en ese mismo espacio”.
“Yo tenía un problema de circulación en el brazo derecho desde la operación del corazón, por los cateterismos. Y no sé si era por eso pero me dolía muchísimo, más que el otro brazo. Un día ya no podía más y les dije: por favor, mi brazo. Me tiraron en una especie de camilla y llamaron a un médico. Le dije: ‘¿Usted no puede dejar indicado que no me cuelguen más de este brazo? No puedo más’. Él me agarró el brazo y yo pensé: ‘ay, qué buen hombre, me va a salvar”. Acto inmediato me llevaron de nuevo y me colgaron de los pies con la cabeza para abajo, lo cual era dantesco porque no podías respirar, me hice pichí, me tragué la orina, era impresionante. Luego, me llevaron de nuevo a la camilla y el médico me toca el brazo y me dice: ‘¿Y ahora qué tal?’ Cuando salí lo denuncié ante el Consejo Central del Sindicato Médico. Fui a un careo y él negó todo, quedó en nada. Creo que después lo echaron del sindicato”.
Al tiempo logró que la llevaran a bañarse “y ahí vino la tragedia”. “Me llevaron sola. Como yo no me sacaba la bombacha el hombre me dijo: ‘¿Dónde se ha visto que una persona se bañe con calzones?’ Cuando me la saqué el hombre me apretó contra la pared, me penetró, tuvo todas las relaciones del mundo. Esa misma persona, cuando llegaba a la guardia, pasaba por donde yo estaba, apenas me tocaba y yo ya sabía que era él, le tenía terror, pánico. Es más, los días que ellos no tenían guardia iban a violarnos, éramos como sus putas. Ese hombre siempre me violó mientras estuve en el 300. El tipo me agarraba y me llevaba al baño. Uno al principio tiene intento de defenderse pero ¿qué te vas a defender con las manos atadas? Me violaba día por medio, cada dos días. Y después siempre me sentaba junto a mi marido. Era muy duro”.
“En el momento de las violaciones no te preguntaban nada, sólo te llevaban para tener relaciones. Ellos andaban calladitos y cada cual tenía su mujer. Yo, se ve que era la mujer de ese hombre porque él siempre venía a mí”.
Luego de dos meses en el 300 Carlos “a un grupo grande de mujeres y hombres nos llevaron al cuartel 14, en Camino Maldonado. Allí nos daban de comer, estábamos sentados, las cosas eran diferentes. Al tiempo nos procesaron, estábamos esperando para ir al penal. Pero antes me dijeron que me aprontara porque me llevaban al 300 de vuelta. Me torturaron, no fue mucho, a esa altura de la vida después de que me violaron yo deseaba que me colgaran (de los brazos); me dolió, no me hago la campeona, me dolió mucho pero ta, pasó”.
“Volví seis veces al 300 y todas las veces que fui me violaron. Y una vez entre seis o siete hombres, en condiciones macabras. En los baños había tazas donde el pichí y la caca corrían a raudales. Me tiraron encima de eso, estaba acostada en el piso. Los tipos repugnantes, inmundos. Al principio mi actitud con las violaciones era apretar el cuerpo como forma de defenderme pero no te defendés, al contrario, después me di cuenta porque te ahorcaban para que te aflojaras, y lo hacías”.
“Los milicos nos decían: ‘mirá quien vino, llegó una gordita linda, una flaca linda… Y se referían a nuestro cuerpo, lo que nos iban a hacer, todo lo que te puedas imaginar, me da hasta vergüenza repetirlo, pero eran así. La parte más difícil para mí fue la del 300 y las vueltas allí. Cada vez que me llevaban era terrible. A mí no me violó ninguno de los altos cargos, estoy segura. Por eso yo digo: fui violada por la tropa”.
“Éramos botín de guerra. Cuando nos llevaban al baño los tipos se paraban enfrente para mirarnos. Nos desnudaban para eso, éramos todas jóvenes; decían: ‘mirá que caderas que tiene ésta, mirá que tetas tiene ésta’. Y nosotras, calladitas. Había grados de perversidad muy fuertes. Otra cosa que hacían era ponernos paradas en fila y dos o tres tipos con penes erectos pasaban refregándonos, tratando de penetrarnos. Por ejemplo, se masturbaban con nuestras colas, con nuestros senos y después bueno, te penetraban… Era terrible”.
“En el grupo (Denuncia) somos 28 mujeres y aparecieron dos casos de violación; y hay otra compañera que tiene testigos de que la violaron pero ella no lo recuerda. Es horrible, es la forma que encontró para poder sobrevivir”.
Florencia Pagola



 
Las denunciantes
El escrito presentado ante el juez penal de Turno fue firmado por las siguientes ex presas políticas:

Alicia Cadenas
Lucía Arzuaga Gilboi
María Herminia Ferraro Scoteguazza
María Alicia Chiesa Pennino
María Angélica Montes Estévez
Silvia Sena
Gloria María Telechea Mondino
Antonia Yañez Barros
Elena Medina Barriere
Ana Amorós
Brenda Nilena Sosa Fernández
Carmen Canoura Sande
María Corina Iriondo Chiesa
Beatriz Benzano Seré
Beatriz Myriam Weismann Blus
Blanca Luz Menéndez Mariño
Graciela Nario López,
Gianella Peroni Ugarte
Mirta Macedo
María Ivonne Klinger Launardie
Jackeline Guruchaga
Edin María Artigas Miranda
Anahít Aharonian Kharputilan
Rosario del Río
Alicia Blanco Alvárez
Margarita María Lagos Mederos
Ana María Espinoza Cargarello

TESTIMONIOS DE EX PRESAS ABUSADAS SEXUALMENTE
 
 "ELLOS SIGUEN TRABAJANDO EN NOSOTRAS DESDE HACE 30 AÑOS"

 
El 29 de agosto de 1978 fue detenida y llevada a La Tablada donde en ese momento funcionaba un centro de torturas; allí permaneció hasta el 27 de noviembre de ese año siendo torturada sistemáticamente. He aquí su testimonio.
-Mi vivencia particular fue terrible, porque me pasó algo que arrastro hasta el día de hoy. A través de años de terapia y de tratamiento psiquiátrico lo he logrado entender desde el punto de vista racional, pero no sé si voy a lograr –al menos hasta ahora no lo hice– sentirme bien.

Las torturas a las que fui sometida consistieron en plantón, submarino, gancho (me colgaban con los brazos esposados hacia atrás); estando colgada me aplicaban la picana y como yo levantaba los pies para no hacer tierra, me ataban alambres a los dedos gordos para mantener el contacto a tierra. Lo que más usaron en mi caso – con particular especialidad para darse cuenta de qué era lo que el detenido más temía – fue el caballete.
El hecho es que ellos pensaban que yo era el enlace de la dirección del Partido Comunista, pero lo bueno es que no sabían nada de mí. Yo tenía la certeza de que era un muro entre mis compañeros y los milicos. Me torturaron terriblemente y me preguntaban por los compañeros de la dirección del partido que ni siquiera conocía.

Durante la primera parte que estuve presa -un mes y medio, dos meses- en todo momento dije que no sabía nada y que estaban equivocados. Incluso habían encontrado en mi casa material de propaganda, yo les decía que eso era un error, que me lo traía una persona que no conocía y que no me animaba ni siquiera a quemarlo, no sabía qué hacer con eso. Al principio me mantuve en esa tesitura.

Como parte de la rutina  me desnudaban, eso era sistemático. Pero antes de proceder a torturarme, primero me decían: “¿Gorda, vas a hablar o no? Bueno, entonces ya sabés las reglas de la casa”, y eso “las reglas de la casa” significaba que tenia que desnudarme. Un día no me llevaron a una sala de tortura, me rodearon varios milicos, liderados por un oficial, me empezaron a manosear y a decir cosas, me metían un tolete entre las piernas y me dijeron que ya no estaban violando a las detenidas, pero como yo me hacía muy la loca, me iban a violar. Por primera vez me puse a llorar a gritos – nunca había llorado. Ellos se morían de risa y decían: “Mirá vos, sabía llorar la torita”.  En ese momento –yo estaba desnuda– el oficial me puso su hombro para que llorara y me dijo: “Vestite y vení conmigo, déjenla, déjenme hablar con ella”, actuando como un salvador. Ese oficial era Jorge Silveira.

El “Pajarito” Silvera fue quien me detuvo en mi casa y estuvo al frente de mi tortura; en ese momento se hacía llamar Páris o Isidoro. Me dejaba colgada o en el caballete y me decía: “Cuando quieras hablar, pedí que llamen a Isidoro”. Entonces yo, que en ese momento estaba absolutamente destrozada, cometí el gravísimo error de ponerme a conversar con él. Una de mis tonterías fue decirle: “Qué me viene a hablar a mí de años de cárcel, si ustedes me van a matar acá, porque ¿qué se piensa, que voy a aguantar toda la vida acá? Toda mi familia tiene problemas cardíacos”. Y él me dijo con el sadismo más espantoso que te puedas imaginar: “Mirá, gorda, no te vamos a matar, quedate tranquila, yo te garantizo que vos de acá salís viva. Eso sí, vos que sos comunista, le vas a rogar a dios para morirte, porque te vamos a hacer conocer el límite de la locura”. Entonces le dije que en ese caso le estaría eternamente agradecida y que, como muestra de agradecimiento, si algún día tenía la oportunidad, lo iba a matar a él. En la indignación le eché un discurso: que era un fascista, que ni a las moscas les podrían hacer las cosas que me estaban haciendo a mí, que eran una vergüenza para la humanidad; de ahí al caballete fue una pasada.

Mientras me torturaban en el caballete me decían: “Así que nos vas a matar, comunista de mierda”. Les respondí: “Yo a ustedes no los conozco, le dije eso a Isidoro”. Entonces me sacaron del caballete, me bajaron la venda y desfilaron todos ante mi. Cuando le tocó el turno a Gavazzo, me dijo: “Gorda, el día que vengas a matarme no me des ni un minuto, porque si me lo das te vacío el cargador acá – y señaló con el dedo mi frente – porque si fuera por mí te hacía cavar una fosa con tus propias manos y te enterraba viva, pero no puedo”. Y a pesar de que él me estaba diciendo la verdad, que estaba impedido de matarme, yo no le creí, a partir de ese momento me sentí como un muerto que camina. Tenía la certeza de que más temprano que tarde me iban a matar; me aterraba que ellos, que se cuidaban de que no les vieran la cara, se habían plantado expresamente ante mi .
En ese momento el “Pajarito Silveira” comenzó a hacer el trabajo fino, a decirme que era mi amigo, que me quería sacar de allí, que yo era tremenda mujer y que no podía creer que me dejara matar por el partido. Me dejaban de plantón y en ese momento sufría muchas infecciones por causa del caballete. Yo repasaba todas las cosas que me habían hecho y dicho. Una vez que estaba colgada, me picaneaban y yo levanté las piernas para no hacer tierra; entonces me ataron los pies a las puntas de un palo, con alambres en los dedos gordos para hacer tierra, y me picanearon en la vagina.

Cuando me llevaban a hablar con “Isidoro”, yo iba como una “araña peluda”; me ponía a hablar y a los diez minutos estaba charlando así como lo estoy haciendo contigo. Y aunque racionalmente comprendía que Isidoro intentaba obtener lo que no me habían sacado en la tortura -los nombres de compañeros-, no logré evitar involucrarme desde el punto de vista afectivo. Recién después de muchos años de terapia comprendí – me lo han explicado los psicólogos y psiquiatras – que no podía enfrentar mi muerte, porque era lo que me había armado en mi cabeza, sin sentir o inventarme, aunque sea, un ser humano a mi lado.

Estaba como esquizofrénica, sentía que me desdoblaba, repasaba todo lo que me hacían, y al otro día estaba sentada charlando con él, contándole mi vida. Tuve una tremenda confusión a nivel afectivo y eso para mí fue terriblemente destructivo. No di un sólo nombre pero él logró que llegara al penal sintiéndome una traidora. Siempre digo que no le fallé al partido porque no delaté a nadie, pero me fallé a mí misma.

Un día el “Pajarito Silveira” me dijo que él no resistía pensar que me torturaran nuevamente, que tenía que dar aunque fuera un nombre para hacer un acta e irme. Había un “malo” de la película que se hacía llamar Rodrigo, que cuando el Pajarito estaba de guardia me permitía sentarme y cuando se iba me hacía parar. Y teníamos como un diálogo escrito porque Rodrigo me preguntaba:
-¿Cómo estás, gorda?
-Acá estoy -le decía yo
-¿Vas a hablar?
-No
Entonces me daba una serie de piñazos.

Otro día me dijo: “Vos podrás pensar que acá adentro tenés protectores o que podés tener algún privilegio. Si alguien te manda a sentarte, decile que tenés órdenes de Rodrigo de morirte parada, porque vos no hablarás, pero te vas a morir parada”.

Durante el plantón me habían ordenado tener cuatro baldosas de separación entre pie y pie, lo que significa que te resbalás; es matador, pero había milicas que directamente me pateaban los tobillos. Un soldado me dijo un día “¿Por qué no les decís algo así te vas de acá, no ves que te están deshaciendo, mirá cómo estás? Al final te van a hacer hablar, deciles algo.” Y le dije: “No, yo no puedo pensar en salir de acá dejando un compañero en mi lugar, porque entonces, afuera, tengo que pegarme un tiro. Y además alguien dijo alguna vez ‘más vale morir de pie que vivir de rodillas’ y yo estoy de acuerdo”.

En noviembre de 1978 me obligaron a firmar un acta y me trasladaron al cuartel de La Paloma y el 8 de diciembre, ya en el penal, apareció el “Pajarito Silveira”; abrió la ventanita del calabozo y yo no lo reconocí: tenía cara de maldad. Hasta el día de hoy me hizo pomada. Repito, he llegado desde un punto de vista racional a comprenderlo, porque me lo han explicado, pero acá adentro – se señala el corazón – no llegó la explicación. Creo que nunca llegará porque hace muchos años que lo vengo trabajando y no he logrado salir de esa sensación.

Creo que a partir del momento de que te aplicaban las “reglas de la casa” (como ellos decían) ya sentías una invasión a tu intimidad. Era una agresión a todos los planos de tu ser, de tu integridad. Fue todo un proceso ponerme en pie nuevamente y en eso estoy hasta hoy… Sigue siendo destructivo, porque ellos siguen trabajando en nosotros desde hace 30 años, nos sigue pesando, continuamos con esa mochila. Nunca me hubiera imaginado que en situaciones absolutamente diferentes vividas por otras compañeras, también pudieran sentir culpa.

Ya en libertad hice un intento de suicidio. Cuando querés suicidarte sentís que la única cosa digna que podés hacer es desaparecer. Ese fue mi punto de inflexión, tomé conciencia del disparate que estaba haciendo.

Loana Ascárate
 
CONOZCA LO QUE PASO
 
Ana es militante del Partido por la Victoria del Pueblo, integra la Mesa Permanente contra la Impunidad, así como la Asociación de Ex Pres@s Polític@s del Uruguay (CRYSOL). A su vez, es una de las 28 mujeres que participa del grupo Denuncia con el cometido de acusar los abusos sexuales realizados durante la pasada dictadura militar uruguaya. Esta es su historia.

El 20 de Julio de 1972 un grupo de militares la secuestró de su casa por su vínculo con la Organización Popular Revolucionaria 33 Orientales (OPR33). Allí dejaron montada una ratonera gracias a la cual fueron detenidos al otro día el diariero -se lo mostraron luego de apalearlo-, su madre, una tía, el esposo de ésta y el hijo de ambos. A partir de ese momento Ana, con 20 años de edad, estuvo desaparecida por nueve meses y presa por seis largos años.

Primero la llevaron al 4º de Caballería, luego al 9º, después a la Escuela de Armas y Servicios y por último al Penal de Punta de Rieles: en el medio tuvo una larga estadía en el Hospital Militar debido a un tratamiento que le aplicaron porque supuestamente padecía el Mal de Koch o Pot (tuberculosis en los huesos), enfermedad diagnosticada por el médico Nelson Marabotto pero que en realidad nunca tuvo. Una de las secuelas de dicho tratamiento fue una polineuritis medicamentosa con la cual convive hasta el día de hoy.

Ana acudió desde un principio al llamado que se hizo para denunciar la violencia sexual que sufrió durante el terrorismo de Estado. Tiene la fuerte convicción de que es hora de que se conozcan las atrocidades que vivieron. “Denunciamos por un compromiso moral. Yo no quiero que ésto vuelva a pasar, hay gente que vive en el limbo y no tiene ni idea de que todo ésto sucedió. También pensamos en las mujeres que siguen siendo violadas en todos los ámbitos sociales. Pretendemos que estos delitos no se sigan callando”. Mientras abraza a su nieto de tres años me mira y dice: “Pensando en ellos también, que nunca les vaya a pasar lo que vivimos nosotros”.

Violencia sexual: herramienta para torturar


El grupo denuncia que la violencia sexual fue aplicada sistemáticamente a mujeres y hombres durante todo el proceso de dictadura. La utilizaron como una herramienta para “denigrar y destruir al ser humano”.

A Ana le cuesta mucho decirme que la violaron, que fue en tres oportunidades. Todos podemos pensar que es uno de los hechos más horribles y asqueantes de su vida pero nunca vamos a poder entenderla cabalmente, y ella lo sabe. Así lo escribió en el texto de su denuncia: “Fui llevada por el Sargento Gómez a dialogar con (Gilberto) Vázquez. (…) Comenzó a tocarme y el terror se apoderó de mi ser entero. Siempre había pensado que si alguna vez estaría expuesta a eso, me defendería, lo patearía, mordería, pero no lo hice, quedé inmóvil. Recuerdo su cara déspota cuando me mandó devolver al calabozo, el tono burlón de Gómez cuando me llevaba. Desde esa noche algo se murió en mí, me sentí sucia, maldije mi género, no lograba entender por qué no me había defendido, era la peor tortura. Dos noches después se repitió la pesadilla, esa vez intenté defenderme, zafarme, le gritaba, pero no logré detenerlo”. (…) “Luego me llevaron al 4º de caballería, careos, plantones y Vázquez nuevamente, me despertaba asco, pero debo reconocer que le temía realmente. Cuando me llevaban rumbo a Punta de Rieles me preguntó socarronamente si se me había pasado el miedo, a lo que yo le contesté: ‘lo peor lo viví aquí hace unos meses’. Se burló de mí y me dijo: ‘No existieron violaciones, fue todo hormonal’. Me sentí muy mal, y me seguí torturando”.

Ana contó que no sólo abusaban de ellas sino que las molestaban: “En el noveno se quedaban nuestras bombachas como trofeo, las colgaban. A veces venían de noche y te levantaban las sábanas mientras dormías”. Lo mismo pasaba cuando las interrogaban, si no hablaban las amenazaban con llevarlas al “cuarto de las papas”. Así le llamaban los torturadores a cualquier cuarto cerrado que les permitiera abusar de sus víctimas.

El Talón de Aquiles


Los militares estudiaron para torturar, estaban preparados para ello. Sabían lo que le dolía más a cada uno, tanto en el plano físico como psíquico. El punto débil de Ana era la maternidad. Un año antes de caer presa falleció su primera hija con pocos años de vida. Se llamaba Daniela. Gilberto Vázquez se aprovechó de este hecho traumático, la amenazaba con llevarla al cementerio donde estaba enterrada su hija y abrirle el cajón, para lograr que hablara.

Usaban la maternidad en su contra todo el tiempo, tan es así que cuando se enfermó los médicos le dijeron que iba a quedar estéril. “Yo quería morirme, y algo les creí porque había leído sobre la enfermedad y sabía que era posible. Eran macabros”.

Una vez liberada, como la mayoría de los ex presos políticos, Ana siguió ligada a la represión. Quedó en libertad vigilada y debía firmar todas las semanas para comprobar su presencia en el país. El día en que debía dar a luz a su cuarta hija tenía programada una cesárea a las 16 horas. “Fui a la una a firmar y pensé que a las tres ya podía irme para el Casmu. ¿Puedes creer que me tuvieron de plantón hasta las cuatro? Estaba con mi hijo mayor que en ese momento era chico y estaba insoportable y se hizo pichí encima porque no podíamos ir al baño. Cuando vino el teniente le dije: ustedes son locos. Me dejaron ir. Cuando llego al sanatorio mi marido y la doctora estaban en un ataque”.

Para quienes luchaban contra la “subversión” que un militante fuera mujer era un “doble pecado”, lo cual se lo hacían sentir permanentemente a las presas. “Para ellos te habías rebelado frente a las leyes de la sociedad, en las cuales las mujeres están para tener hijos y cocinar. Nosotras habíamos optado por otra cosa. Nos decían: vos te lo buscaste, o te hacían sentir que te habían usado, a mí me lo decían permanentemente”, contó Ana.

Después del infierno…


El abuso, la represión y el maltrato dejaron secuelas físicas y psíquicas en las víctimas. Si bien Ana ha hecho terapia, 30 años después de lo sucedido no ha logrado abrirse, dejar de sentir culpa, inclusive llorar. “Me han pasado cosas horribles, se murieron mis padres, mi hijo tuvo un accidente espantoso y alguna lágrima se dispara pero no lloro”. Tampoco le contó a su familia cómo fue abusada. Ella piensa que sus hijos lo saben, pero nunca se lo preguntaron. “Nunca lo pude hablar con ninguna de mis dos parejas. Lo intenté muchas veces y no pude. Y con mi segundo esposo, que estuvo preso, hablábamos de la tortura física, pero de esto otro no. En un momento mi marido me llegó a decir: la guerrillera mató a la ternura. Porque yo me trababa, había una parte de mí que no quería saber nada con tener relaciones, me acordaba de Gilberto Vázquez y chau. Recién se lo pude contar a una psicóloga por primera vez en el 2009”.

“Lo que me pasó lo viví durante toda mi existencia como una culpa”. Ana, como la mayoría de las víctimas de violación, se reprocha el no haber tenido fuerzas suficientes como para defenderse. Durante los años de cárcel junto a sus compañeras, nunca lo contó. La estigmatización y el pudor con respecto a lo sucedido les impedía hablarlo. Las ganas de salir adelante y el no aferrarse al pasado también jugaron un rol importante. “Hoy me doy cuenta, gracias a la terapia, que yo no podía hacer nada en ese momento; de todas maneras hay una parte que no quiero dejar salir y todavía me hace sentir mal. Es como que lo guardé, lo cerré con mil llaves y las tiré”. Ana asegura que la culpa persiste hasta el día de hoy.

La denuncia


Con la Ley de Caducidad todavía vigente y la discusión de la prescriptibilidad de los delitos realizados durante la dictadura, muchas mujeres que tenían planeado denunciar dejaron el grupo por miedo a que sus esfuerzos y la exposición que iban a sufrir no sirvan de nada. Ana confirmó que temen ser revictimizadas una vez presentada la denuncia. “Nuestra expectativa es que sirva. La única batalla que se pierde es la que no se lucha.

Además, ¿Qué ejemplo le dejamos a las nuevas generaciones sino peleamos por esto? No es justo”. También dejó en claro que si son llamadas a careos, lo van a evaluar, son conscientes de que puede pasar pero no quieren enfrentarse a eso. “A veces pienso que si lo veo (Gilberto Vázquez) lo golpeo por todos los años que me hizo sentir que una parte de mi era sucia. Él está preso pero nunca lo denunciaron por esto. Hay compañeras que les asusta eso, no los quieren ver”.

Es la primera vez que Ana se enfrenta a lo que le sucedió. Quiere gritarlo a los cuatro vientos pero todavía hay miedos que la frenan. Afirma que contarlo es como volver a vivirlo, por eso se vuelve tan difícil, por eso tantas compañeras no quieren ni pueden hablarlo, menos denunciarlo.

Florencia Pagola

PSICOLOGA ANALIZA LAS DENUNCIAS POR VIOLACIONES SEXUALES EN DICTADURA
A fin de poder entender un fenómeno tan complejo como es el hecho de que a más de treinta años se presente una denuncia por violaciones durante la dictadura, Sala de Redacción consultó a la psicóloga María Celia Robaina, que desde la Cooperativa de Salud Mental y Derechos Humanos (Cosameddhh) brinda atención psicológica a un grupo de ex presas políticas. La especialista analiza la valentía de estas mujeres denunciantes, que recién hoy exorcizan las culpas de las que se creían responsables. Los verdaderos responsables -militares que sistemáticamente practicaban violencia sexual contra las mujeres detenidas- contaban con el silencio íntimo de las víctimas, pero ahora serán juzgados por el testimonio de las que eligieron no llevarse el secreto a la tumba.

El pedido de apoyo psicológico surgió del colectivo de mujeres que estaba preparando la presentación de una denuncia por violencia sexual. No sabían específicamente qué tipo de tratamiento necesitarían, sabían que iban a hablar de temas dolorosos, removedores, que por algo habían estado ocultos durante tanto tiempo. Las posibilidades reales que les podía ofrecer la Cosameddhh era un espacio grupal, quincenal de dos horas cada vez, y en ese régimen trabajan desde diciembre de 2010.

Según la psicóloga al principio hubo algunas mujeres que estaban ávidas de hablar, querían contar frente al resto del grupo sus vivencias particulares, pero ella evaluó que desde lo terapéutico eso no era conveniente, no había aun un grupo definido, nunca eran las mismas. Para que cada una pudiera tratar su testimonio era necesario un ámbito individual o un grupo sólido. En mayo de 2011 recién se consolidó un grupo de unas trece mujeres que van siempre y en la última etapa se dio el clima oportuno para que las que quisieran contaran su experiencia personal.
En Uruguay se ha tratado muy poco el tema de la tortura durante la dictadura, y menos los delitos de índole sexual, por eso en el camino hacia la denuncia, el grupo y cada una de las mujeres debió asumir y aceptar que esas cosas habían pasado, debieron romper un tabú. Un tabú que también es alimentado por personas que padecieron violaciones y no están dispuestas a contarlo.

Ante la posibilidad de que tengan que enfrentarse a quienes las torturaron en el marco de la investigación judicial, Robaina indicó que esa sería una oportunidad para ellas “de dar vuelta el vínculo que el torturador generó”. Pasando del lugar de sometimiento en el que estuvieron, a denunciar estos delitos, están haciendo un pasaje de “lo pasivo a lo activo, interpelando al Estado, obligándolo a hacer algo respecto de lo denunciado”. En opinión de la psicóloga, eso ya “es reparador, es sanador, porque se estarían quitando la figura opresiva que quedó internalizada”. El hecho de haber sufrido violaciones y torturas y nunca haber hablado de esos temas implica que el tormento se prolongó mucho más allá del momento en que esas violaciones fueron perpetradas.

Otro tema importante a tratar en lo previo fue la culpa. Muchas de las ex presas manifestaron que aun teniendo claro que estaban en una condición de absoluta dominación, que no podían hacer nada para librarse de lo que les estaba pasando, aun así se sentían culpables. “Esa culpa se las transmitió el torturador. Las humillaban, las insultaban, les decían que se habían buscado lo que les estaba pasando”. Los militares se ensañaron con las mujeres militantes por salirse del prototipo de mujer de la época. En muchos casos la culpa permanece hasta el día de hoy y contarlo es una manera de exorcizarlo, “de romper la dinámica que se tomaba como normal y poder depositar la culpa en el único culpable”.

Robaina indicó que psicólogos especializados en trabajo con víctimas de violencia sexual en cualquier ámbito y en diferentes circunstancias afirman que la culpa siempre aparece. “Tiene que ver con haber estado en una situación de tanta dominación, de tanta sumisión a un otro que uno no se acepta a sí mismo en esa imagen, en esa posición”. En muchos casos aparece la pregunta retórica, sin respuesta posible “¿qué podría haber hecho para que esto no me pasara?”

Si bien la violencia sexual fue general y sistemática durante el terrorismo de Estado porque todas las mujeres ―y muchísimo hombres― fueron desnudadas forzosamente, fueron manoseadas, fueron humilladas, recibieron tortura sexual en los genitales, en los senos, fueron despreciadas por su condición de mujeres y madres, sólo algunas fueron violadas, no todas. Y eso también era una estrategia: generaba la macabra sospecha de “por qué a vos te violaron y a mí no”, “qué hiciste vos para que te violaran”. Y lo mismo se preguntaba la víctima de violación. El clima de sospecha tenía el objetivo de dividir los grupos de pertenencia. Se podría presumir que los violadores también sabían que las personas en general no cuentan estas experiencias, contaban con el silencio de las víctimas.

Para la psicóloga, las mujeres mantuvieron tanto tiempo el silencio porque “los hechos traumáticos  generan que uno reprima lo que duele, hasta bloqueando algunos recuerdos”. Eso nos pasa a todos frente a una situación extrema o límite, que el psiquismo no puede procesar por los mecanismos habituales, lo traumático queda como escindido, fuera del yo. También es cierto que es difícil contar una experiencia extrema porque parece que no alcanzaran las palabras, “es tan salvaje, tan primitivo, tan bruto, tan descarnado que el lenguaje simbólico no llega a poder dimensionarlo, no puede nombrarlo”. Tampoco les preguntaron acerca de esto, en algunos casos ni siquiera sus parejas se animaron a indagar, los demás esquivaron el querer saber o confirmar lo que sospechaban.

Las denunciantes tienen varias expectativas con lo que pueda pasar. Una de las razones por las que denuncian es que quieren desenmascarar lo que ocurrió y que se sepa la verdad. Por otro lado, la culpa genera una especie de deuda, algo que siempre está pendiente, que no se puede cerrar. Según Robaina, “este proceso que están haciendo permite cicatrizar, cerrar, elaborar”.

También está la expectativa de la justicia, que se sepa que hubo militares que sistemáticamente practicaban violencia sexual contra las mujeres detenidas y que se los juzgue por eso. Algunas de las ex detenidas manifestaron que no querían morirse llevándose este secreto.

La denuncia también funciona como tregua. Muchas mujeres vieron afectada su vida cotidiana a partir de lo que sufrieron. “Experiencias de tanto impacto que tocan una zona tan íntima y tan vinculada a la vitalidad ―porque la sexualidad tiene que ver con el amor, la ternura, la procreación, el placer, el disfrute― que esa zona haya sido transformada en un territorio de horror, de dolor, de asco, de mancha, pervierte lo esencial de la sexualidad”. No sólo la sexualidad se ve afectada, impidiendo tener relaciones sexuales o tenerlas con mucho dolor, no poder disfrutarlas; también se pueden manifestar secuelas en la autoestima que pueden producir depresión, rechazo hacía sí mismas.

A nivel político las ex presas sienten soledad en lo que podrían ser políticas de Estado, han manifestado miedo a represalias ya que las denuncias implican a torturadores que aun están libres. Tampoco quieren exponer a sus familias al morbo de la opinión pública. Pero son riesgos que están dispuestas a correr. Para Robaina, deberíamos tener en Uruguay un programa de atención y acompañamiento a testigos, como existe en Argentina, y la justicia “tiene que dar un tratamiento especial a estos crímenes, no se pueden manejar con las mismas lógicas que cualquier delito”.

“Hoy mucha gente cree que estas mujeres están locas por estar tratando este tema. Incluso otras ex presas políticas que sufrieron lo mismo les preguntaban qué necesidad hay de pasar por eso nuevamente. Mostrar algo horroroso hace que la gente mire para otro lado. Para mí estas mujeres son muy valientes”.

Lucia Pedreira

Antecesores - Los denunciados
Esta es la lista de represores presentada por el equipo de abogados del colectivo de ex presas, según surge de los testimonios.Jorge Silveira,José Nino Gavazzo, Gilberto Vázquez, Cap. Chiosi, Comandante “La Momia”, soldados enfermeros Sunna y Techera, soldados mujeres Rivero, Izmendi, Selva De Mello, Lestón; Coronel Barrabino, Abi Vique, Teniente Echeverría, Cap. Parisi, médicos Rosa Marsicano, Marabotto, Cap. Gustavo Criado, Sargento Díaz, Dr. Abu Arab, Cap. Herrera, soldado “Mosquito” Modernel , Uruguay Ortega, Cabo Luciano González, Dr. Simeone, Jefe del Batallón Laborde, Cabo Armando Paz, Alférez Abella, Mayor Bonilla, Ohannessian, ,Comandante Chialanza, Sargento Pérez, Miguel Dalmao, Teniente 1o. Araujo, Teniente Cuello, Cap. Segnini, Cap. Antonio Tucci, Teniente 1o. Mario Menjou, Alférez Altes, Alférez Castiglioni, Sub Oficial Mayor Bobadilla,, Teniente Casco, Cresci, Achavarría, Victorino Vázquez, Jorge Grau Olaizola (alías Gonzalo), Wellington Asarle (alías Simón, Sargento Silva, Dr. Serkisian, enfermero Techera, Sargento González (mujer), Cap. Martínez, Alférez Abella, Dr. Rivero, Sargento Silva, Jefe de la Unidad Taramasco, Ariel, Cap. Aguirre, Alférez o Teniente Silva de Caballería, ambos de la OCOA, Sargento Gómez y Cap. Aquines, Cap. Felipe Gómez, Teniente Viera, Teniente Braida, Sargento “El Gato”, Teniente Coronel Rodríguez, Mayor Lucero, Teniente Coronel Albornoz, Coronel Orozco, Mayor Kuster, Teniente Coronel Brasca, Teniente Coronel Alemán, Mayor Maurente, Teniente de Coraceros Centurión, Teniente de Coraceros Gau, Teniente de Artillería Bonaboglia, Teniente Ramón Barboza, Capitán Fernañdez, Comisario Lucas, Comandante González, Coronel Camps, Cap. Omar Lacaza, Dr. Herneder, Dr. Revetria, Pomoli, Gresi, Tuceli, Fons, Ariel Ubillos, Cap. Manuel Cordero, Comandante Washington Varela, Teniente Ramón Barboza, Cap. Fernández, Comandante o Sargento Lucas, Comandante González, Sargento Pedro Faliú, Durán, Sargento Mello, Rodríguez, Maurín, Wolf, Caballero, Juana González, Carlota Vázquez, Pyñeiro, Benítez, Leites, Sánchez, Suárez, Lito Vsky, Teniente Silva, Armando Méndez, Aguirre,

Y a todos los oficiales y suboficiales que entre el período 1972 y 1985 se encontraban en los siguientes establecimientos: Penal de Punta de Rieles, 300 Carlos, Regimiento de Caballería No. 9, Cuartel Km. 14 Cno. Maldonado, Establecimiento La Tablada, Casa de Punta Gorda, Cárcel de Pueblo (Parque Rodó), Regimiento de Caballería No. 4, Hospital Militar, Artillería No. 1 (Cuartel La Paloma), Batallón de Ingenieros No. 1, Batallón de Infantería No. 5 de Mercedes, Batallón 5o. de Artillería, Cuartel de Infantería No. 7 de Salto, Cuartel No. 13, Cuartel No. 6 de Caballería.
Fuente:casaPueblos
Envío: Néstor Durante y Jorge Zabalza
Reenvío:
Cecilio Manuel Salguero
Licenciado en Comunicación Social

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