11 de noviembre de 2008

UNA MIRADA SOBRE LA CREACION DE LA TRIPLE A

La Triple A fue creada en 1973 en el contexto político de una "guerra" entre la ortodoxia peronista y la izquierda peronista, a quienes los primeros llamaban "los infiltrados del Movimiento".
Esta "guerra" tuvo el aval político del Consejo Superior Peronista. En un documento reservado, que se publica en el libro López Rega, la biografía, el órgano de conducción del Partido Justicialista ordena "atacar al enemigo en todos los frentes y con la mayor decisión".
Y se enumeran una serie de ítems para la represión: inteligencia ("se creará un sistema de inteligencia al servicio de esta lucha"); medios de lucha ("se utilizarán todos los que se consideren eficientes, en cada lugar y oportunidad").
Y también convocan a los funcionarios a hacer uso de "todos los elementos de que dispone el Estado para impedir los planes del enemigo para reprimirlo con todo rigor". Las instrucciones comenzaron a circular el 1° de octubre de 1973, pocos días después de que Montoneros asesinara al jefe de la CGT José Ignacio Rucci.
Como muchos sectores del peronismo ortodoxo, José López Rega, apenas ingresó a la gestión pública en 1973, armó su banda criminal en consonancia con el paradigma de la época: "eliminar al infiltrado marxista".
Lo hizo desde el Ministerio de Bienestar Social, el puesto que le había elegido Perón con la aceptación del presidente Héctor J. Cámpora. En el Ministerio, a la par de la entrega de colchones, sillas de ruedas, pan dulce y pensiones a jubilados, que son gestos solidarios que hacen a la beneficencia y a la identidad peronistas, también encontraron refugio estatal militantes de las agrupaciones ortodoxas del peronismo, sindicalistas y agentes de las fuerzas de seguridad para participar de operaciones contra la izquierda peronista.
López Rega no era un criminal de Villa Urquiza, ni tenía su banda delictiva afincada en El Tábano, el club del barrio donde cantaba canciones líricas a capella y jugaba a las barajas junto con los obreros de la textil Sedalana.
Sí es cierto que era un estudioso de las ciencias ocultas, que hacía trabajos espirituales para armonizar los siete chakras y que creía que el hombre era una manifestación astral, compuesta por millonésimas de partículas que arribaban y partían del Eter para encarnarse en sucesivos cuerpos, y que a cada hombre le correspondía la misión de encontrar su átomo madre, su propio Maestro Interior, la chispa que le insufló Dios en el momento de su Creación y cuyo hallazgo le entregaría la perfección y la sabiduría.
Pero tampoco estas creencias volvieron a López Rega un criminal. Sí es cierto que con el paso de los años se había convertido en el brujo del barrio, que curaba las várices de las vecinas con plantas, que hacía horóscopos, cartas astrológicas y predicciones al instante y encantaba a las mujeres con sus relatos de las leyendas hindúes, y les marcaba el camino para alcanzar la Divinidad y recibir las radiaciones supremas de Dios en su espíritu.
Con este tipo de discursos, López Rega también encantó a Isabel Perón, que había sido educada en el espiritismo, y ambos formaron una alianza afectiva, política y espiritual con el propósito de sacar a Perón del ostracismo de su exilio madrileño, eliminar a todas las fuerzas que lo estaban dañando e impulsar su regreso triunfal a la Argentina.
López Rega, además, le prometió a Isabel que ella sería la nueva Evita: le transferiría su espíritu. La lógica del poder
Pero lo que volvió a López Rega un criminal no fueron sus "brujerías" ni sus supuestos "ritos satánicos", en los que, según la vulgar leyenda, le cortaba el cogote a las gallinas. Se convirtió en un criminal cuando entró a participar en la lógica de poder de las distintas facciones del peronismo de aquellos años.
Después la historia oficial, la hipocresía política y la necesidad de buscar un único culpable de tanto terror y tanta muerte demonizaron su figura para que pasaran al olvido los hechos más gravitantes: las complicidades y alianzas que López Rega cosechó en el justicialismo para encabezar la campaña contra la "eliminación del infiltrado marxista" y que luego los militares continuaron para "aniquilar a la subversión".
Por eso, López Rega representa la memoria más íntima y secreta del peronismo, el lado oscuro de la Argentina, y es necesario conocer su historia.
Tanto la izquierda como la ortodoxia peronista intentaron desligar a Perón y a su esposa Isabel de sus responsabilidades en las acciones del que fuera ministro de Bienestar Social.
Les resultaba incómodo. Prefirieron imaginar a un Perón momificado y ausente en los últimos meses de su vida, a una Isabel inexperta para la función pública y dominada por "un brujo" que había ingresado en la intimidad del poder, por afuera de las estructuras partidarias.
Pero el matrimonio Perón conocía las acciones clandestinas e ilegales perpetradas desde el Estado.
A tal punto que fue el presidente Perón el que, a fines de enero de 1974, reincorporó al comisario Alberto Villar y lo designó subjefe de la Policía Federal. Perón le pidió que actuara porque "el país lo necesita". Y Perón sabía quién era Villar porque éste, en la presidencia de Lanusse, ya había reprimido al peronismo.
Como primera medida, Villar creó el Departamento de Extranjeros en la policía, que facilitó a las dictaduras de Brasil, Chile, Bolivia y al "bordaberrizado" Uruguay la caza de los exiliados que escapaban de esos países para buscar refugio en el gobierno democrático argentino. Ya en agosto de 1974, decenas de ellos comenzaron a aparecer fusilados.
Villar era uno de los jefes de la Triple A, en la que también participaban grupos paraestatales de todas las fuerzas de seguridad.
En el caso de Isabel, para esa época, en las reuniones de gabinete que ella presidía como jefa de Estado en la residencia de Olivos se proyectaban diapositivas de los "subversivos" y se hablaba de la amenaza que significaban para la paz social. Era muy sencillo interpretar esos gestos como una invitación a la eliminación física.
Le ocurrió a Julio Troxler, uno de los héroes del peronismo que sobrevivió a los fusilamientos de la Revolución Libertadora de junio de 1956. Su imagen fue exhibida el 8 de agosto en Olivos. Un funcionario le hizo llegar la información y le recomendó que se fuera del país. Troxler no aceptó. Dijo que no era "subversivo": era peronista. El 19 de setiembre de 1974 apareció en una calle de Barracas de cara al sol del mediodía. Muerto.
Luego de la muerte de Perón en julio de 1974 y con la izquierda peronista y no peronista en proceso de eliminación, López Rega se convirtió en el hombre más poderoso de la Argentina. Tenía absoluto control político y personal sobre la presidenta. Entonces, el ministro comenzó a sufrir el embate de otras facciones que le disputaban el poder: los sindicatos ortodoxos y las Fuerzas Armadas, encabezadas por la figura del almirante Emilio Massera. La alianza entre ambos, aprovechando la explosión económica del "Rodrigazo", obligó a López Rega a marchar a un exilio otoñal durante más de diez años, en los que durante algunos meses fue protegido por el Estado español, y luego los que vivió con una concertista de piano que le masajeaba los pies para paliar su diabetes.
La guerra interna del peronismo en el período 1973-1976 redujo la política a una lucha entre personas y facciones que se disputaban el poder, con un claro perjuicio para las instituciones. No tenían posibilidades ni la Justicia ni el Congreso, y mucho menos el Poder Ejecutivo, para frenar los cadáveres carbonizados lanzados a la calle que aplastaban la realidad de cada día, porque era el mismo Estado el que superponía las fuerzas legales e ilegales para la represión del "enemigo interno".
De la debilidad de las instituciones devino el vacío de poder que le abrió el camino a las Fuerzas Armadas para profesionalizar el terror de una manera mucho más ordenada y pulcra, frente a los ojos de una sociedad que prefirió desertar de su responsabilidad civil para ya no ver más nada.
Luego, en 1983, un pacto político "por la unión nacional" del gobierno radical y el justicialismo se propuso olvidar las acciones ilegales de los tiempos de Perón y su esposa. Pero lo cierto es que de aquel período constitucional quedaron más de seiscientos desaparecidos.
Posteriormente, el Estado, que asumió su responsabilidad, indemnizó a sus familiares, pero jamás se hizo justicia sobre los responsables de esas desapariciones, ni de los dos mil crímenes como los de Achem, Miguel y "Tatu" Basile.
El mismo López Rega murió en 1989, en la cárcel, pero sin condena judicial.
Por Marcelo Larraquy
El autor es periodista. Autor del libro López Rega, la biografía, que acaba de publicar editorial Sudamericana, y coautor del libro Galimberti.

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