1 de diciembre de 2008

A 48 AÑOS DE UN HITO LOCAL DE LA MITICA RESISTENCIA.

Piris y Cravero rescatan el hecho histórico como homenaje a los militantes. Matías Sarlo
Luis Piris y José Cravero recuerdan la toma del Regimiento 11 con un objetivo principal: homenajear a todos los militantes de la Resistencia Peronista que participaron de aquel hecho del 30 de noviembre de 1960 y que ya no están, y en particular a quien comandó el levantamiento en Rosario y cayó bajo las balas del Ejército apenas comenzó: Julio Barredo.Barredo era el segundo jefe del grupo de la Resistencia que comandaba el general Juan Carlos Iñíguez. Ambos, militares que tuvieron bajo su mando a otros hombres de armas y a muchos civiles, que apenas llegaron a tener algo de instrucción militar.Entre estos últimos se contaron Piris y Cravero, que participaron de la toma con 22 y 26 años respectivamente y se sumaron a la Resistencia desde la Juventud Peronista que, según ellos mismo relatan, “no estaba muy activa” en aquellos primeros años.Incluso, recuerdan que no eran muchos los jóvenes que integraban las células del Movimiento Revolucionario Peronista al que pertenecían. Los jefes y el grueso de los militantes eran mayores de 40 años y no confiaban mucho en los más pibes.Así es que estos militantes, que hoy siguen trajinando las aguas del peronismo, fueron una excepción, y bien marcada: tanto, que Cravero estuvo al lado de Barredo aquel 30 de noviembre, integrando el grupo que se largó a ingresar al Regimiento 11 –donde luego funcionó el Batallón 121, en la zona sur– por el Casino de Oficiales.
El relato
“Cuando estábamos entrando nos encontramos con un miliquito que se asustó mucho. Entonces Barredo le agarró el fusil con las manos, pero el soldadito empezó a tironear y un coronel que estaba con nosotros, Berazain, le disparó. Fue un error, porque con una piña alcanzaba. Y cuando escucharon el tiro desde el Casino nos empezaron a tirar. Para mí que los que nos tiraron recibieron la orden de tumbar a Barredo, porque le dieron nueve tiros a él y los que estábamos al lado pudimos salir corriendo; sólo uno tuvo una herida leve”, relata Cravero.“Barredo caminó hasta una esquina donde estaba un jeep en el que habíamos llegado y murió ahí, en posición de firme”, agrega, y agranda el mito de aquellos hombres de la Resistencia que generaron un hecho político tan fuerte como la toma de un regimiento, aún –señala Piris– “medio desorganizada” y protagonizada por muchos militantes “casi sin preparación militar”, pero parte de una acción política “a puro corazón, con la fuerza que nos daba saber que Perón estaba vivo y que estábamos bajo sus órdenes”.“Nosotros siempre fuimos muy peronistas. Luchábamos por el retorno de Perón y el retorno de la Constitución”, se suma Cravero, que estuvo tres años preso por haber participado de la toma, que duró unas seis horas y tuvo como saldo cuatro muertos. Piris tuvo más suerte, pudo escapar y siguió la militancia, pero ya en otra etapa, en la que el objetivo era “golpear en lo económico”. “Por eso había un paro cada 24 horas, para debilitar a los gobiernos”, explica. En la primera etapa, en cambio, el afán era apuntar contra los militares que habían comandado el derrocamiento de Perón y también contra quienes los respaldaron ocupando lugares institucionales.Así es que los jóvenes Piris y Cravero se sumaban a sabotajes varios, como por ejemplo echar arena en los tanques de combustible de los autos de la Intendencia rosarina, poner “caños” (bombas caseras) a postes de energía eléctrica y “volver locos a los milicos”. “Teníamos compañeros del gremio de los telefónicos con nosotros, y entonces llamábamos al regimiento, les decíamos “esta noche les toca”, y al ratito les cortábamos el teléfono. ¡Se ponían locos!”, rememora Cravero, y sonríe junto con su compañero Piris, con quien comparte la pertenencia a la organización de vecinos de los Fonavi rosarinos que acaba de lograr una ley provincial que facilita la regularización de la situación dominial a los habitantes de esos barrios.
Un reconocimiento esquivo
Pero ellos no quieren hablar de ellos. Insisten en reclamar para todos sus compañeros de aquella época un reconocimiento que, afirman, aún no se ha dado como debiera darse. Y así es que se largan a mencionar nombres de quienes integraron la Resistencia, aseguran, desde un principio: Ángel Montero, Armando Pesenti (que era del Sindicato del Calzado), Osvaldo Dunda, Héctor Antuña –“terrible luchador”, acotan–, Miguel Montes, Aldo Pérez (el Papa, le decían), el Ronco Gigena, Antonio Pizarro, el abogado Lalo Constanzó –“jefe de la célula en Rosario”–, Chichín Amarello, “que era de la zona sur y no sabía leer ni escribir pero tenía unos huevos bárbaros”, enumeran.Y se enganchan Piris y Cravero a desgranar anécdotas y detalles de aquel pedazo de historia, que de tan intensa y vasta se escapa de los márgenes, siempre acotados, de los libros, las revistas y los diarios.
(Fuente:Elciudadano).

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