Marcela Santucho“Un día aparecerá su cuerpo”
Marcela es querellante en la causa por la muerte de su padre.
Es la segunda hija de las tres que tuvo Mario Roberto Santucho con Ana María Villarreal. A casi 37 años de la Masacre de Trelew donde fue fusilada su madre, a 33 del secuestro de su padre, y a uno de su regreso del exilio, habla con Miradas al Sur sobre la búsqueda del cuerpo de su padre.
Por Gabriela Juvenal
Marcela (46) es la segunda hija de las tres que tuvo Mario Roberto Santucho con Ana María Villarreal. A casi 37 años de la Masacre de Trelew donde fue fusilada su madre, a 33 del secuestro de su padre, y a uno de su regreso del exilio, habla con Miradas al Sur sobre la búsqueda del cuerpo de su padre.
–¿Cómo era el día a día con tu familia?
-Cuando mis padres estaban en la clandestinidad, nos dejaron con mi abuela paterna. Pero no son mis mejores recuerdos porque yo siempre los extrañaba. Después logramos vivir con mi papá, cuando muere mi madre, hasta fines del ’75. Tengo lindos recuerdos de cuando vivíamos con los compañeros del PRT-ERP; se vivía en un ambiente muy jovial y de solidaridad. A nosotras nos educaron contra toda opresión, a prestar los juguetes y todo.
–¿Cómo era tu relación con tu madre, Sayo?
–Siempre me dio mucha fuerza. Decía que si pasaba algo, teníamos que ser fuertes, porque estaban en algo que podía tener consecuencias graves. Nos inculcaba los valores de la lucha contra la injusticia. Era tierna, buena, dócil, delicada. No era tosca. No era de hablar mucho. Escuchaba. Ya presa, la extrañábamos mucho.
–¿Y con tu padre?
–Fue alguien que nos educó sin pegar. Quizá lo máximo que hizo fue retarnos y alguna penitencia. Yo era muy cariñosa con él. Una vez, no sé por qué me puso en penitencia, y al rato volvió a hablarme. En ese momento, ví que sus ojos estaban llenos de lágrimas. Es que él sentía el pesar de que yo era huérfana de madre. Me quedó muy marcado. También, lloramos juntos cuando en el ’74 nos cuenta que iba a venir otra mujer…
–¿Cómo fue?
–Imaginate, más con el complejo de Edipo que siempre tuve. Nos dice que ese día vendría su nueva pareja a un asado. Las tres lloramos por nuestra madre. Y él también. A Liliana ya la conocíamos porque llegó a estar presa con mi mamá en el Buque Granaderos. Tenía, como toda madrastra, que llevarse bien con nosotras. Ese día cayó Benito Urteaga, que aún no tenía hijos, y me dice: “¿Estás celosita, vos?” Me contenía, me sonreía.
–¿Qué cambiarías en la lectura del pasado ?
–Que cuando se dice “por algo será” refiriéndose al horror de la dictadura, se diga “por qué será”. Igual, creo que hay más interés de la juventud en conocer, y ya no en la teoría de los dos demonios. –¿Imaginaste que un presidente mostraría interés en encontrar el cuerpo de tu padre?–Sinceramente no. Y, aunque me dicen que el Gobierno tiene problemas, es capitalista y todo eso, nadie nunca había firmado nada por mi padre.
–¿En qué quedó esa promesa?
–El decreto exige a los responsables que entreguen el cuerpo. Mi tía Blanca volvió a hablar con Cristina pero no hubo avances. Salió en los diarios y eso es bueno porque ayuda a que aparezcan testigos. Si habla un colimba, por ejemplo, no tendría problemas judiciales.
–Existe la versión de que el cuerpo estuvo en el museo de la subversión de Campo de Mayo, y que habría permanecido allí hasta 1996.
–Sí, pero no hay seguridad. El diploma de contador público de mi papá sí estuvo expuesto; se le pidió a Balza, y lo entregaron a mi hermana. Que tienen el cuerpo, seguro. Hay firmes testimonios de que alguien vio al cuerpo junto al de Urteaga en una cámara frigorífica.
–¿Qué hay de la causa?
–La retomamos, hay avances y creemos que el año que viene habrá respuesta. Hemos cambiado de abogados y de juzgado; tenemos a Pablo Llonto, más la ayuda de los ex PRT-ERP. Además, pasaron ya 33 años, los militares siguen envejeciendo y ya no tiene sentido seguir escondiendo a mi padre y a Urteaga como trofeo de guerra. Yo estaré involucrada en el juicio hasta las últimas consecuencias.
–¿Cuáles son las principales dificultades?
–El silencio de los militares. Y las mentiras.
–¿Ejemplo?
–Hay uno que afirma en la revista Tres puntos que los cadáveres llegaron a Campo de Mayo pero cuando lo citamos dijo que no sabe nada. El general Federico Verplaetsen dice, casi como los alemanes, que nunca vio ingresar ni muertos ni detenidos. El comandante de Institutos Militares, Santiago Riveros, dice que no existió ningún secuestrado allí. Después tenemos al ex colimba Juan Noselli que vio a través del soldado Barletta dos cadáveres en refrigeración en el Hospital de Campo de Mayo, uno era el de mi padre y otro de Urteaga. Después Carlos Españadero, del Batallón 601, que guarda secreto militar a pesar de que dio la entrevista a esa revista. Tenemos que hubo otro Museo de la Subversión del Ejército en Palermo. Después, bueno, esas versiones que dicen que Leonetti lo habría decidido por su cuenta, como que también le echan la culpa a Domingo Mena a quien encima lo torturaron por 8 meses, dicen que le sacaron un ojo y una mano. También la versión del recibo de la farmacia con la dirección donde estaba la cúpula del PRT-ERP. Tenemos escritores de derecha como Martín Andersen y Eugenio Méndez, que es de la Side, que dicen cosas, carne podrida, para desviar la verdad.
–Como cuando culpan a Montoneros...
–Claro, no lo creemos. Ellos culparon a dos o tres personas que estaban en el exilio y que después volvieron; si hubieran sido infiltrados se hubieran ido a Miami. Tanto Montoneros como PRT-ERP luchaban por un objetivo y el enemigo en común siempre dividió aguas.
(Fuente:Rdendh-Miradasalsur).
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