Por Carlos Eichelbaum
El sueño de Macri de pasear su candidatura por España chocó con el monstruo que engendró
Resulta tenebroso pensar en el espíritu y el contenido de la aún nonata fuerza policial.
El sueño de Macri de pasear su candidatura por España chocó con el monstruo que engendró
Resulta tenebroso pensar en el espíritu y el contenido de la aún nonata fuerza policial.

Macri y Rajoy en Madrid
El 28 de junio su sector perdió en las urnas 14 puntos porcentuales respecto de la elección anterior equiparable, casi exactamente lo mismo que el kirchnerismo. Desde que inició su gestión al frente del gobierno porteño, debió volver atrás sobre varias de sus iniciativas fundamentales porque tenían vicios ostensibles de concepción o de ejecución. La más importante de esas iniciativas, la de la creación de una policía metropolitana como eje de una política de "seguridad" propia, no deja de mostrar aún antes de su implementación definitiva la matriz autoritaria, dictatorial y anticonstitucional de la que está hecha y el perfil de espías y represores de sus principales ejecutores. Y, sin embargo, Mauricio Macri se pasea por el mundo en plan de precandidato presidencial y sostiene que es víctima de una confabulación que pretende "correr el foco de atención". Lo real es que, en el país y en el mismo momento en el que Eduardo Duhalde demuestra que considera prescriptos los poderosos motivos que en 2002 lo llevaron a adelantar su salida de la presidencia –el diseño represivo que provocó la Masacre de Avellaneda- puede no sorprender que Macri caracterice como juegos de distracción la investigación de la estrategia de espionajes masivos de sus policías de estrecha confianza, de la complicidad con ellos de jueces de su tierra, Misiones, allí donde tanto pesa su amigo Ramón Puerta. Después de todo, hasta Carlos Menem se anima reiterar pedidos de que se lo siga, que no va a defraudar. Puede no sorprender, aunque si se trata de recordar fenómenos asimilables resulta imposible eludir el recuerdo del "Watergate", el escándalo que en 1974 obligó a renunciar a su cargo al entonces presidente de Estados Unidos, el antiguo perseguidor de comunistas Richard Nixon, después de más de un año de intentar diluir su propia responsabilidad política en la operación de violación de las oficinas del partido de oposición, el Demócrata, y espionaje efectuada por agentes de inteligencia disfrazados. Como hizo Nixon en toda la primera etapa posterior al estallido del "Watergate", en 1972, el relato que hacen Macri y sus funcionarios sobre el caso del espionaje masivo realizado por el aparato de ex espías de la Policía Federal, comandado por Jorge "Fino" Palacios, pretende acotar responsabilidades a los operadores y "técnicos", como si el hecho no admitiera una lectura política; como si no se inscribiera en ninguna política. También había sido ése el recurso de Duhalde y sus funcionarios respecto de la represión a los manifestantes en el Puente Pueyrredón y sus alrededores del 22 de junio de 2002 que mató a Kosteki y Santillán: su línea argumental transitó entre el aserto inicial de que "los piqueteros se mataron entre ellos" hasta la teoría del brote individual del "comisario loco", Alfredo Fanchiotti, aun cuando se hubieran verificado 36 casos de heridos proyectiles de plomo en más de 20 cuadras a la redonda. A Macri, efectivamente, "le corrieron el foco de atención": había depositado muchas expectativas sobre los efectos proselitistas de su viaje a España y su foto con el rey Juan Carlos, toda vez que había decidido finalmente lanzarse como dirigente nacional y precandidato presidencial desde un espacio en el que, lo sabe, también tienen sus aspiraciones sus aliados Francisco de Narváez y Felipe Solá, y en el que crece la idea de reinstalar a Eduardo Duhalde. Por eso, desesperadamente, desde los cuarteles de PRO se intentan diluir los datos que relacionan estrechamente a Macri con Palacios y su gente desde hace mucho tiempo, y los que hablan de un concepción de "seguridad" sistémica, planteada desde la misma conducción del espacio político, que ya había empezado a instrumentarse a través de la recientemente disuelta Unidad de Control del Espacio Público, UCEP, y que debía encontrar continuidad, ya en la órbita de la Policía Metropolitana, en las tareas de inteligencia del equipo de los ex oficiales de la Federal y en los ya anunciados propósitos de represión de la protesta social en la calle. Ni los "condecorados" antecedentes de "Fino" Palacios ni las tareas previas conocidas avalan necesariamente la especie, pero es posible que para los sectores medios porteños el discurso de una política eficaz contra el delito cotidiano con la que se presentó el proyecto de la Policía Metropolitana quiten importancia a la impronta autoritaria de la política de "seguridad" del macrismo y sus componentes de espionaje en varias direcciones. Es posible, incluso, siempre para esos sectores, que aquellas promesas de represión a la protesta social resulten atractivas. Pero nadie puede negar –con la historia reciente del país y sus fuerzas de seguridad a la vista- que resulte más bien tenebroso pensar en el espíritu y el contenido concreto de la formación ya desarrollada de los agentes de la nueva policía de la ciudad en el marco del diseño de Jorge Palacios y Osvaldo Chamorro, aun si ellos dos, a pesar de las resistencias de Macri, tuvieron que alejarse de la conducción del cuerpo.
El 28 de junio su sector perdió en las urnas 14 puntos porcentuales respecto de la elección anterior equiparable, casi exactamente lo mismo que el kirchnerismo. Desde que inició su gestión al frente del gobierno porteño, debió volver atrás sobre varias de sus iniciativas fundamentales porque tenían vicios ostensibles de concepción o de ejecución. La más importante de esas iniciativas, la de la creación de una policía metropolitana como eje de una política de "seguridad" propia, no deja de mostrar aún antes de su implementación definitiva la matriz autoritaria, dictatorial y anticonstitucional de la que está hecha y el perfil de espías y represores de sus principales ejecutores. Y, sin embargo, Mauricio Macri se pasea por el mundo en plan de precandidato presidencial y sostiene que es víctima de una confabulación que pretende "correr el foco de atención". Lo real es que, en el país y en el mismo momento en el que Eduardo Duhalde demuestra que considera prescriptos los poderosos motivos que en 2002 lo llevaron a adelantar su salida de la presidencia –el diseño represivo que provocó la Masacre de Avellaneda- puede no sorprender que Macri caracterice como juegos de distracción la investigación de la estrategia de espionajes masivos de sus policías de estrecha confianza, de la complicidad con ellos de jueces de su tierra, Misiones, allí donde tanto pesa su amigo Ramón Puerta. Después de todo, hasta Carlos Menem se anima reiterar pedidos de que se lo siga, que no va a defraudar. Puede no sorprender, aunque si se trata de recordar fenómenos asimilables resulta imposible eludir el recuerdo del "Watergate", el escándalo que en 1974 obligó a renunciar a su cargo al entonces presidente de Estados Unidos, el antiguo perseguidor de comunistas Richard Nixon, después de más de un año de intentar diluir su propia responsabilidad política en la operación de violación de las oficinas del partido de oposición, el Demócrata, y espionaje efectuada por agentes de inteligencia disfrazados. Como hizo Nixon en toda la primera etapa posterior al estallido del "Watergate", en 1972, el relato que hacen Macri y sus funcionarios sobre el caso del espionaje masivo realizado por el aparato de ex espías de la Policía Federal, comandado por Jorge "Fino" Palacios, pretende acotar responsabilidades a los operadores y "técnicos", como si el hecho no admitiera una lectura política; como si no se inscribiera en ninguna política. También había sido ése el recurso de Duhalde y sus funcionarios respecto de la represión a los manifestantes en el Puente Pueyrredón y sus alrededores del 22 de junio de 2002 que mató a Kosteki y Santillán: su línea argumental transitó entre el aserto inicial de que "los piqueteros se mataron entre ellos" hasta la teoría del brote individual del "comisario loco", Alfredo Fanchiotti, aun cuando se hubieran verificado 36 casos de heridos proyectiles de plomo en más de 20 cuadras a la redonda. A Macri, efectivamente, "le corrieron el foco de atención": había depositado muchas expectativas sobre los efectos proselitistas de su viaje a España y su foto con el rey Juan Carlos, toda vez que había decidido finalmente lanzarse como dirigente nacional y precandidato presidencial desde un espacio en el que, lo sabe, también tienen sus aspiraciones sus aliados Francisco de Narváez y Felipe Solá, y en el que crece la idea de reinstalar a Eduardo Duhalde. Por eso, desesperadamente, desde los cuarteles de PRO se intentan diluir los datos que relacionan estrechamente a Macri con Palacios y su gente desde hace mucho tiempo, y los que hablan de un concepción de "seguridad" sistémica, planteada desde la misma conducción del espacio político, que ya había empezado a instrumentarse a través de la recientemente disuelta Unidad de Control del Espacio Público, UCEP, y que debía encontrar continuidad, ya en la órbita de la Policía Metropolitana, en las tareas de inteligencia del equipo de los ex oficiales de la Federal y en los ya anunciados propósitos de represión de la protesta social en la calle. Ni los "condecorados" antecedentes de "Fino" Palacios ni las tareas previas conocidas avalan necesariamente la especie, pero es posible que para los sectores medios porteños el discurso de una política eficaz contra el delito cotidiano con la que se presentó el proyecto de la Policía Metropolitana quiten importancia a la impronta autoritaria de la política de "seguridad" del macrismo y sus componentes de espionaje en varias direcciones. Es posible, incluso, siempre para esos sectores, que aquellas promesas de represión a la protesta social resulten atractivas. Pero nadie puede negar –con la historia reciente del país y sus fuerzas de seguridad a la vista- que resulte más bien tenebroso pensar en el espíritu y el contenido concreto de la formación ya desarrollada de los agentes de la nueva policía de la ciudad en el marco del diseño de Jorge Palacios y Osvaldo Chamorro, aun si ellos dos, a pesar de las resistencias de Macri, tuvieron que alejarse de la conducción del cuerpo.
(Fuente:Rdendh-Elargentino).
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