28 de enero de 2010

LO QUE PASÓ EN LA TABLADA FUE IRRACIONAL.

"Lo que pasó en La Tablada fue irracional"
Entrevista al ex suboficial Jose Almada, que se animó a denunciar los excesos del Ejército.
Por Raul Arcomano
Por favor, señor, regáleme la vida. Estoy arrepentido –le suplicó el detenido al militar–. Estaba tirado sobre el pasto, boca arriba, con el torso desnudo y una remera que le cubría la cabeza.Otro compañero lo acompañaba. Alto, de pantalón y camisa. Estaban desarmados. Eran interrogados por dos oficiales de inteligencia. Cada pregunta iba acompañada de una patada o una trompada.
–Me llamo Iván –dijo uno–.
–Me llamo José –balbuceó el otro–.
El lugar: el fondo del cuartel de La Tablada. El día: 23 de enero de 1989, cuando el Movimiento Todos por la Patria (MTP) intentó asaltar el regimiento.A uno de los uniformados que participaba del operativo la situación lo sublevó.
–Basta. Por favor, señores. Entréguenlos al juez –les reclamó a sus compañeros–. “Me
acuerdo perfectamente que en ese duro trance en que ellos eran atormentados y flagelados
imploraban por sus vidas”, dijo tiempo después.Y trató de que no golpearan a los detenidos.
No lo logró. Los dos militantes fueron trasladados a unos vestuarios.Allí siguió la tortura. Y los gritos:
–Señor, por favor, no me deje matar –se escuchó–.
Al rato los militantes salieron abrazados y los siguieron golpeando.Fueron subidos a un Ford Falcon blanco y tirados en la parte deatrás. Las tres personas que estaban dentro del auto estaban vestidas de civil. Iván y José estaban heridos, pero conscientes. Se dijo en ese momento que se habían fugado en una ambulancia. No fue así. Fueron sacados del regimiento en el auto.Y nunca más aparecieron con vida.
Se trataba de Iván Ruiz y José Díaz, militantes del MTP. El soldado que intentó salvarles
la vida se llama José Alberto Almada. “La conclusión es directa: se les aplicó una ejecución sumaria”, declaró ante la Justicia en 2004. El ex militar fue testigo también de una
comunicación en la que se ordenó un fusilamiento, mientras accionaba su equipo de radio. Fue el 23 al mediodía:
–Aquí he capturado dos oponentes.Solicito temperamento a seguir.
–OK. Recibido. ¿Se encuentra en el lugar personal civil o periodistas?
–Negativo.
–OK. Póngalos fuera de combate.
“Tuve la seguridad de que se trataba de otra ejecución”, dijo Almada.Al día siguiente fue a la cantina, el lugar de detención. Intentó darle agua a uno de los capturados.Un oficial bramó: “Nada de agua. Que este hijo de puta le pida a Alfonsín”.
Almada fue el único militar que denunció desde adentro los excesos de las fuerzas de seguridad durante la recuperación del cuartel de La Tablada, del que se cumplen hoy 21 años. Se contabilizaron de manera oficial 29 muertos y desaparecidos del MTP. Nueve de ellos fueron asesinados tras su detención. Entre las fuerzas de la policía y el Ejército hubo 11 muertos y 38 heridos. Almada había ingresado al Ejército como suboficial de Comunicaciones en el ’77. Desde julio de 1989 intentó denunciar estos crímenes a los mandos más altos de la fuerza. Lo mismo intentó en la justicia federal de Paraná, donde vive desde hace unos años. En ninguno de los casos tuvo suerte. Recién en 2004 sus declaraciones tuvieron eco en la Justicia, cuando hizo una presentación en el juzgado federal de Morón. Le salió caro: fue dado de baja y recibe amenazas constantes. El ex militar habló con Miradas al Sur –por teléfono y por mail– de los sucesos de La Tablada, a los que calificó como “el producto de una irracionalidad manifiesta”.
–¿Qué recuerdos tiene de esos dos días?
–Aquel 23 de enero yo vivía en Hudson. Esa mañana, como en otras oportunidades, viajé hacia La Plata en tren y en un micro de línea hasta Arana. Era muy temprano cuando llegué al cuartel. Fue entonces cuando recibimos la orden de alistamiento y marcha rumbo a La Tablada, porque se había producido un asalto y copamiento de sus instalaciones por parte de personas de ambos sexos y vestidos de civil.
–¿Cuál fue su primera sensación?
–Al tratarse de una misión de combate real tuve una sensación de tensión, en virtud de que ése era el momento de la verdad para un soldado, que vive adiestrándose para eso.
Por otro lado, me embargaba un profundo dolor, pues tenía la información de que habían caído combatiendo heroicamente algunos camaradas que rechazaban el ataque.
–¿Resultó herido?
–Sí. Recibí algunas heridas, que aún hoy persisten, y excoriaciones propias del combate.
No di la novedad porque no quería abandonar mi puesto de operador de comunicaciones del Comandante de la Brigada 10ª. En esas circunstancias fui testigo de aquellas nefastas conductas que no guardan relación con la moral y la ética de un combatiente,que cumplía tan honorable misión encomendada por el Presidente, que es el comandante supremo de las FF.AA.
–¿Qué recuerda de la figura del ex presidente Alfonsín?
–Alfonsín en 1987 nos ordenó jurar fidelidad a la Constitución y a la Declaración Universal de los Derechos del Hombre. Esa fue la histórica oportunidad que el poder político les brindó a las FF.AA. para reivindicarse con la sociedad.Y producto de la decisión de algún trasnochado canalla se sometió a la institución militar nuevamente al mito de las cavernas.
–¿Cómo definiría la actuación del Ejército en La Tablada?
–Dije ante la Justicia que todo lo que se hizo en La Tablada es el producto de una irracionalidad
manifiesta. Ellos eran 42 personas. Sólo bastaba con rodearlos, aislarlos, cortar suministros y hostigarlos psicológicamente para doblegarlos. En menos de 48 horas no podrían haber resistido más. Así se hubiera logrado su detención y se los podría haber sometido a la Justicia.
–¿Por qué cree que se reprimió tan duramente, entonces?
–Sólo hace falta un canalla que mande para que otros cometan tantas canalladas. La doctrina militar nos enseña que para doblegar a un oponente es necesario contar con una relación de fuerza de cinco a uno.Nosotros éramos unos 3.500 hombres. Es decir: una relación de fuerza de ochenta a uno. De ahí mi definición de irracionalidad de mando y de comando. Además de esos “héroes”, capaces de flagelar y torturar a mujeres y hombres indefensos que no representaban una amenaza para nadie.
–Usted denunció lo que pasó con Iván Ruiz y José Díaz. ¿Cuál fue la suerte de
Claudia Deleis, otra militante?
–Deleis fue una chica que ingresó al cuartel. Al verse aferrada por el fuego y al no contar con ninguna posibilidad de éxito, decidió rendirse. Con una servilleta blanca hizo señas desde un edificio.Ahí los valerosos militares ordenaron fuego libre. Estaba totalmente indefensa y doblegada. Así, una vida más fue apagada irracionalmente.Lo correcto hubiera sido detenerla y entregarla a la Justicia. Esas cuestiones no estaban en el librito de nuestros mandos.
–¿Cuándo denunció por primera vez estos hechos?
–El 9 de julio de 1989, en el primer desfile del entonces presidente Carlos Menem.
Fui operador de radio del general (Martín) Balza. Y cuando observé a organizaciones de derechos humanos que pedían la aparición con vida de los detenidos de La Tablada, le comenté a Balza al respecto. Y él me dijo: “¿No le parece que tiene al pelo largo, Almada?”. Luego le di la novedad al general Bonifacio Isidro Cáceres, en la base aeronaval de Punta India, en el contexto de unos ejercicios militares.
–¿Qué sucedió?
–Ahí comenzó Inteligencia militar su labor persecutoria. Me trasladaron a Paraná.
Acá me armaron una causa disciplinaria nula y me pasaron a retiro, en 1997. Una bazofia
literaria de seudojusticia militar: me acusaron de “familiaridad con un subalterno” y ultrajaron mis derechos y los de mi familia. Me sancionaron con treinta días de arresto, fui privado ilegalmente de mi libertad dentro del cuartel, me confinaron a otra unidad militar y luego una junta de calificaciones, de dudosa honorabilidad, resolvió pedirme el retiro del Ejército. Medida que firmó Balza. Los mandos militares me pasaron la factura por no acompañar el criterio nefasto del “glorioso” Ejército.
–¿Lograron amedrentarlo?
–No. Seguí luchando hasta que la temática se instaló a nivel nacional. Pero previo a todo este derrotero fui a la Justicia federal de Paraná. Ellos me negaron justicia y archivaron la causa.Y por pedido del Ejército me desalojaron y me sacaron a la calle con mi familia, de una propiedad que el Estado me habían dado para vivir con mis hijas.
–¿Cuándo hizo las primeras denuncias judiciales de los hechos ocurridos en el copamiento de La Tablada?
–Denuncié los hechos en un medio de Paraná. Entonces me invitaron a presentar esa denuncia penal ante un magistrado de Buenos Aires. Acepté inmediatamente. Viajé en febrero de 2004 y realicé una declaración jurada ante el Juzgado Correccional y Penal 1 de Morón, a cargo de Germán Castelli.
–¿Qué pasó cuando la denuncia tomó estado público?
–Me llamó el entonces ministro del Interior, Aníbal Fernández. Me prometió apoyo del Ejecutivo, pero jamás ocurrió. Fui abandonado por el Estado. Siempre denuncié esto y pasaron varios ministros de defensa que jamás hicieron nada para encontrar caminos hacia la verdad.
–En ese momento conoció a Enrique Gorriarán Merlo, que comandó el ataque a
La Tablada. ¿Cómo fue?
–Para mí era una gran oportunidad de tener una charla madura y despojada de cualquier criterio mezquino. Consideré que más allá de las diferencias, era un momento de inflexión en la historia.Me interesaba que este señor me contara cuál fue el objetivo de tan demencial ataque a un cuartel militar en pleno estado de derecho.
–¿Y qué le manifestó?
–Dijo que fue producto de que las FF.AA., a través de sendos levantamientos carapintadas,
estaban llevando adelante un desgaste a los poderes del Estado. La finalidad: imponer
una máscara de impunidad y de obstrucción a la Justicia, que intentaba investigar las violaciones
de los derechos humanos de la dictadura. Y que a raíz de semejante movida del poder militar se allanaba el camino desestabilizador al gobierno de Alfonsín. Dijo que en ese sentido se planificó el ataque: como un llamado de atención a la sociedad.
–¿Siguieron esas conversaciones?
–Compartí largas charlas con él. Algunos mates y alguna cena. El me dio la posibilidad de entrevistarme con algunos familiares de desaparecidos en La Tablada.Para que yo pudiera en primera persona expresarles mis condolencias y contarles la verdad de los hechos.
Para que de una vez y para siempre ellos encontraran una cristiana resignación.
Es que a partir de los falsos informes del Ejército, estas familias aún esperaban el regreso
de sus seres queridos, porque se los había consignado como fugados.
–¿Tuvo reuniones con familiares o sobrevivientes del ataque?
-Gorriarán Merlo me dio la oportunidad de charlar con militantes del MTP que participaron
en el copamiento. Destaco a una señora y a un joven. Me reservo sus identidades.
La chica había sido capturada en 1989 y detenida por el Ejército. Había sido salvajemente
torturada en la cantina del cuartel por los valientes soldados. Estaba en ropa interior, muy lastimada y soportaba con gran valentía las flagelaciones que le propinaban.Recuerdo que cuando ingresé a ese lugar, la cubrí con un poncho para preservar su intimidad.
Luego limpié sus heridas.
–¿Qué pasó cuando volvieron a verse quince años después?
–Pude abrazarla, y ella me presentó a sus pequeñas hijas.Y me dijo:“Ellas existen y nacieron
en la cárcel gracias a que usted existió en La Tablada”. El muchacho en La Tablada estaba herido y también sufrió torturas. Cuando sintió que yo estaba en el lugar, me pidió agua. Yo saqué un sachet de agua y le ofrecí. Consideré eso como un acto y una conducta de un soldado profesional para con un enemigo. Un jefe militar me retó por esa actitud. Ésos son los personajes valientes que hoy huyen de la Justicia y que deben explicar estas nefastas conductas.
–¿Volvería a hacer las denuncias?
–Jamás dudaría en volver a denunciar estos delitos. Creo que cuando el concepto de verdad sale a la luz, quien lo dice luego debe vivir con sus consecuencias.
–¿Ha sufrido amenazas?
–Sí. Amenazas de muerte. En 2006 tuve una custodia policial en mi domicilio por orden judicial.Y en 2008, cuando la Presidenta decretó el acceso irrestricto a los antecedentes de Inteligencia de La Tablada, comenzaron nuevamente a amenazarme por teléfono.
Me decían: “Esta vez a Morón para el juicio no llegás”. Y un mail me advirtió que personal de Inteligencia del Ejército poseía un archivo con todos mis movimientos y que me estaban controlando para saber en qué andaba.
–¿Qué hizo al respecto?
–Hice llegar esta información al Ejército. Jamás me contestaron. Fui a la justicia federal.
Llamativamente, la justicia federal trasladó esa denuncia a la justicia provincial y ellos la elevaron de nuevo a Buenos Aires.
–¿Intuye de dónde provienen?
–No.Pero los mandos del Ejército siempre tuvieron hacia mi persona una actitud y una conducta que deja entrever con claridad la aquiescencia sobre los sucesos y el universo de las cuestiones que se investigan. Jamás tuvieron la voluntad política de abrir una investigación interna a fin de deslindar responsabilidades. Por el contrario: fueron muy consecuentes con el encubrimiento durante todo este tiempo. Siempre me hostigaron con amenazas de hasta querer llevarme a prisión por desobediencia.No tuvieron piedad ni siquiera con mis pequeñas hijas.Y con la complicidad de la Justicia me desalojaron violentamente de mi casa.
–¿Cómo recibió la noticia de la detenciónde Jorge Varando y Enrique Arrillaga,
a cargo de la recuperación del cuartel?
–Sentí que después de tanto trajinar, en soledad absoluta, mi verdad fue, es y será irrefutable. A pesar de todos quienes me ofendieron y ultrajaron mi honor de hombre y padre de familia.
–¿En quién pensó en ese momento?
–Sentí una gran necesidad de pedirles a todos los que jamás creyeron en mí y que me arrebataron un vaso de leche de la mesa de mi hogar, que se reconozcan como verdaderos
pusilánimes, destructores y mentirosos. Encumbrados en una posición dominante fueron capaces de destrozar a un subalterno. Deseo pedirles que hoy hablen y justifiquen con argumentos sus acciones nefastas.
–¿Cómo siguió su vida después de su baja
en el Ejército?
–A fin de lograr mi reinserción en el ámbito civil fui a la Universidad Autónoma de Entre Ríos, donde me gradué como profesor de enseñanza especial de EGB1/2, en el año 2001. Luego fui invitado por mis profesores a estudiar Ciencias de la Educación en la Universidad Nacional de Entre Ríos. Cursé durante tres años el profesorado y me quedan pendiente algunas cátedras. Porque decidí posteriormente estudiar la licenciatura en Filosofía, carrera que aún curso libre.
–¿Cuál es su ocupación actual?
–Sólo me he limitado a dar apoyo propedéutico a aquellos chicos que deseen entrar en la facultad. También he trabajado en el Plan de Alfabetización Nacional para jóvenes y adultos de nivel nacional, en zonas marginales o de campaña.Creo que mi aparato psíquico ha quedado muy dañado a partir de las cuestiones que injustamente he tenido que soportar. Por lo tanto,me ha costado mucho reinsertarme en el mundo del trabajo.
–¿Cambió radicalmente su vida a partir de denunciar estos hechos?
–Obviamente. Siento que soy un hombre ultrajado por el hecho de haber cumplido mi sagrado deber de soldado. No quiero expresar mi sufrimiento, dolor y padecimiento.No tiene sentido alimentar el ego de los valientes jefes que, encumbrados en un lugar de privilegio con mando y cargo, fueron capaces de ultrajar la dignidad de un hombre que, una vez en la vida, se animó a enfrentarlos y desenmascararlos socialmente. Prefiero vivir y morir como un hombre libre en una sociedad democrática y republicana y no ser un súbdito en una estructura tan esprestigiada. Muchos soldados íntegros aún patean, en sus redoblados pasos, cadáveres que los altos mandos militares escondieron
Fuentedeorigen:Miradasalsur
Fuente:Rdendh

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