16 de mayo de 2010

MAR DEL PLATA: JUICIO CENTRO CLANDESTINO LA CUEVA.

Nuevos defensores para el represor. (3º Audiencia)
Con testimonios desgarradores y el análisis de una perito psiquiátrica sobre el ex militar se desarrolló una nueva audiencia del juicio por delitos de lesa humanidad perpetrados en nuestra ciudad.
Las conclusiones de la perito psicóloga que examinó a Gregorio Rafael Molina, imputado de crímenes de lesa humanidad cometidos durante la última dictadura cívico militar, complican la situación del viejo suboficial de la Fuerza Aérea. Por su parte, un ex detenido desaparecido le pidió al acusado que “rompa el pacto mafioso de silencio” para liberar su conciencia.
La doctora Adriana Gaig entrevistó a Molina en agosto de 2007. De aquellos exámenes pudo concluir que el imputado de dos homicidios calificados, 38 secuestros, torturas y violaciones a cautivas en el centro clandestino de detención “ La Cueva ”, es una persona lúcida y ubicada en tiempo y espacio. Que distingue lo lícito de lo ilícito y lo que perjudica de lo que beneficia.
La doctora Gaig fue la primera persona en prestar declaración en la tercera audiencia en el juicio que se realiza en el Tribunal Oral Federal 1 de Mar del Plata. Delante de los jueces Juan Leopoldo Velásquez (presidente), Beatriz Torterola, Juan Carlos Paris y Martín Bava aseguró que Molina no manifestó sentirse angustiado por la situación que atravesaba en ese momento. Incluso lo notó ansioso por ver si de esa entrevista podía obtener el beneficio del arresto domiciliario.
El suboficial mayor retirado dijo que cumplió funciones como oficinista en la Base Aérea de Mar del Plata. Al igual que mucho de sus camaradas que tiene que dar explicaciones a la justicia, se inventó una tarea inocua, a pesar que varios sobrevivientes del terrorismo de Estado lo reconocen como su carcelero.
Según Gaig, Molina presenta trastornos de personalidad que influyen en su comportamiento social. También aseguró que se trata de una persona que toma sus propias decisiones y no es manejable por terceros.
En aquella entrevista, Molina negó el uso de tóxicos, incluso el alcohol. Tal vez otra estrategia para despegarse de los delitos que le imputan. Sobrevivientes de La Cueva coinciden en que el sadismo del ex agente de inteligencia de la Fuerza Aérea se multiplicaba cuando se emborrachaba, cosa que hacía seguido.
La defensa de Molina se opuso cuando el fiscal general federal Daniel Adler intentaba preguntarle a la perito si el hecho de que el imputado se haya sonreído cuando le leían las acusaciones se correspondía con sus trastornos de personalidad. Gaig no pudo responder, el presidente del tribunal no dio lugar a la pregunta.
“Sólo me buscaban a mí”
Miguel Marcelo Garrote López es licenciado en Economía y docente de la Universidad Nacional de Mar del Plata. En 1973 fue militante de Unión de Estudiantes Secundarios (UES) y en la Universidad pasó a la Juventud Universitaria Peronista (JUP). El 9 de octubre de 1976 estaba en su casa de la calle Laprida 2200 cuando un grupo de tareas compuesto por cuatro o cinco personas entraron a su casa y se lo llevaron. “Sólo me buscaban a mí. Recuerdo la cara de uno de los tipos. Tenía una cara inequívoca de milico. Pelo corto y bigotes”, contó el ex detenido al tribunal.
Ya dentro de uno de los autos que lo fueron a buscar, uno de sus captores le preguntó si sabía por qué se lo llevaban y él respondió por ser estudiante. Un cachetazo en la cabeza se anticipó al “pensá mejor pibe”.
Lo llevaron a un lugar donde tuvo que bajar una escalera para ingresar. El testigo dijo que cuando vio los informes de la Comisión nacional por la Desaparición de Personas (Conadep) descubrió que había estado en la Cueva , el centro clandestino de detención que funcionó en la Base Aérea local.
Garrote López fue secuestrado un sábado y fue interrogado por primera vez el martes. El reconoció su militancia en las organizaciones peronistas y aquella voz de auto volvió a decirle: “viste que no era solo porque estudias”.
El testigo dijo que durante el cautiverio cree haber presenciado el asesinato del cura Domingo Cacciamani que fue secuestrado dos días antes que él y que trabajaba en la Facultad de Turismo.Recordó que el cura rezaba y se lamentaba por lo que pasaba en La Cueva y que un guardia se puso a debatir con él. El testigo sintió un golpe alguien que subía las escaleras y dos disparos. Cree que Cacciamani intentó escapar y lo mataron. El cura nunca apareció.
“El segundo interrogatorio duró una hora y fue más violento”, recordó Garrote López. Fue el día que lo liberaron y le preguntaron por “El Pájaro”, un militante que habría participado de un enfrentamiento en el que murió el teniente del Ejército Eduardo Cativa Tolosa. Conocía a dos personas con ese sobrenombre pero no sabia nada de ellos.
Luego de la tortura lo sentaron en una silla y le quitaron la capucha para hacerle una foto. En esos pocos segundos vio una pared de azulejos blancos que nunca olvidó. 30 años después cuando entró a La Cueva durante una inspección ocular vio la misma pared con los mismos azulejos.
El jueves 14 de octubre del 76 lo dejaron en la zona de Punta Mogotes. Con seis kilos menos y una apariencia fantasmal llegó a su casa. A los pocos días volvió a su puesto de trabajo en el Banco Hipotecario. El asesor letrado le dijo que le iban a descontar los seis días de ausencia por haber estado secuestrado. Hasta la vuelta de la democracia nunca tuvo un ascenso.
Solo con el tribunal y las partes, Garrote López mencionó el nombre del abogado que fue a ver su padre para que intercediera para su liberación. Era un abogado vinculado al aparato represivo del Estado. Habría mencionado a Eduardo Cincotta, el abogado ex integrante de la CNU , fallecido el año pasado e imputado de crímenes de lesa humanidad.
Antes de terminar su relato, el testigo le pidió a Molina –sin mirarlo-, que rompa “el pacto mafioso de silencio y cuente todo lo que ocurrió durante esos años, que va a ser liberador para su conciencia”. El imputado no se inmutó.
Un colimba de la JUP
Luego del cuarto intermedio, la audiencia se retomó alrededor de las 15.30 con la presencia ante el tribunal de Enrique Rodríguez quien realizó el servicio militar obligatorio entre marzo de 1976 y noviembre de 1977 en la Base Aérea local.
Según explicó el testigo, durante el periodo en el que él tuvo que estar allí pudo notar que en el edificio del viejo radar alojaban detenidos. Incluso, Rodríguez denominó al lugar como “ La Cueva ”, ya que posteriormente identificó el lugar con los dichos de detenidos desaparecidos.Además recordó que, mientras tenía que realizar guardias nocturnas en los puestos de entrada a la Base , a él y a otros soldados los obligaban a esconderse en los momentos en que entraban o salían los “grupos de tareas”.
El testimonio del ex colimba se extendió por casi dos horas y en él detalló la vida interna de la Base Aérea local. Entre las particularidades marcadas destacó que les estaba totalmente prohibido acercarse a la zona de La Cueva , sobre todo a los soldados oriundos de Mar del Plata. En este sentido, explicó que para las tareas que era necesario realizar allí los suboficiales –quienes tenían a cargo el funcionamiento del centro clandestino de detención- designaban a los conscriptos prevenientes del interior del país. Sin embargo, una sola vez le tocó al testigo llevar una vianda de comida a La Cueva y allí constató la presencia de un joven encapuchado quien le pedía por favor que avisara de su existencia. El testigo remarco que el joven le dijo que su familia se dedicaba a fabricar dulces en la zona de Chascomús.

Otro dato sustancial aportado por el testimonio de Rodríguez tiene que ver con la existencia de los vuelos de la muerte. El testigo explicó que, una noche en la que le había tocado guardo en la torre pudo divisar la presencia de aviones bimotores de la Marina a donde subían a personas que estaban atadas.
Rodríguez fue contundente al describir a Molina: “era un loquito que andaba con tres revólveres y granadas colgando”. En este sentido hizo referencia a un chiste que se hacían entre los colimbas: “si Molina se cae explota”. Además pudo precisar que a Molina se lo conocía como “El Sapo” entre los soldados.
Además expresó que lo recuerda con carpetas en la mano y que esto no era común a otros suboficiales de la Base.
Rodríguez no dudó en decir que hubo momentos en los que escuchó gritos provenientes del viejo radar y que, además, esos gritos eran de mujer y desgarradores.La existencia de listas con nombres de personas que eran buscadas es otro de los elementos aportados por este testimonio que posibilitó comprender cómo funcionaba el centro clandestino de detención en el interior de la Base Aérea.
Durante el testimonio el testigo recordó que en una de las salidas de los grupos de tareas pudo advertir a Eduardo Cativa Tolosa –miembro del Ejército- junto a personal de la Fuerza Aérea saliendo para un operativo y que llevaban a una joven que, en apariencia, estaba pertenecía al grupo de detenidos que estaba en la Base.
También durante la audiencia de ayer declaró Eduardo Félix Miranda quien permaneció desaparecido durante 11 días en el centro clandestino de detención “ La Cueva ”.Mientras estaba secuestrado allí, escuchó disparos que luego supo se trata de una balacera que terminó con la muerte de un cura a quien recordó como “Domingo”. El sacerdote murió desangrado luego de horas de agonía.
Sometido a simulacros de fusilamientos y vejámenes diversos, Miranda actualmente sufre las secuelas psicológicas de aquellos años.
La mesa de tortura
El último de los testigos en comparecer ante el tribunal fue el doctor Eduardo Salerno, miembro de la Asociación Gremial de Abogados, detenido desaparecido durante la dictadura militar.El testimonio de Salerno se caracterizó por lo concreto y contextualizado de sus recuerdos. Sobre todo, teniendo en cuenta que pudo brindar detalles minuciosos respecto del acoso represivo sobre los letrados que –incluso previo al golpe- trabajaban en pos de los derechos de los trabajadores.
En su relato, el testigo fue contundente al marcar la complicidad de un sector de la justicia con el terrorismo de Estado, entendiéndolo como un parte de un objetivo ideológico que apuntaba a terminar con los abogados que utilizaban la doctrina jurídica a favor de los sectores sociales y políticos perseguidos.
Salerno era socio del doctor Jorge Candeloro –abogado desaparecido en la Noche de las Corbatas- y junto a él intentó burlar la represión durante la década del ´70 teniendo incluso que realizar ambos un viaje a Córdoba a modo de exilio interno.
Por motivos laborales, a fines de 1974, retorna al estudio jurídico para retomar algunos casos gremiales que trabajaba junto a Candeloro. Salerno decidió realizar el viaje ya que pensaba que él no estaba tan expuesto como Candeloro. Sin embargo, una vez en el estudio, un grupo de civiles armados, que se presentaron como de la Policía Federal , ingresaron y revisaron absolutamente todo. Al mando, iba un “señor muy perfumado, elegante y con uñas propias de quien asiste a la manicura”. Este sujeto miró a los ojos a Salerno y le explicó que no lo mataban porque él iba a ser la carnada para atrapar al doctor Candeloro.
Días antes del golpe, Salerno fue detenido y alojado junto a otros abogados en la comisaría cuarta. Un grupo del Ejército, uniformados y con armas largas y cascos lo sacaron de su casa para, luego de dar una serie de vueltas donde detuvieron a más personas, lo llevaron a la comisaría mencionada. Allí se encontró con otros abogas, entre ellos el doctor Fertita.Salerno fue alojado en un buzón, desde donde vio pasar al periodista Amílcar Gónzalez muy lastimado.
El tercer día de su detención vio a una persona con poco pelo con un traje marrón a rayas que caminaba por los pasillos del lugar con una especie de séquito detrás. Posteriormente pudo determinar que se trataba de Alfredo Arrillaga, alto mando del Ejército.Poco después Salerno sería trasladado al centro clandestino de detención de La Cueva. Encapuchado , pudo determinar su posición por el sonido de los aviones y del tren que pasa cerca camino a Buenos Aires.
Allí, lo ataron a una mesa con patas de madera lo sometieron una constante tortura con picana eléctrica. Lo que buscaban saber era dónde estaba Jorge Candeloro y cuál era su vínculo con las organizaciones político militares de la época.
Ayer, Salerno se reencontró con parte de su pasado más terrible no sólo al recordar cada pasaje de su tortuoso cautiverio sino al reconocer en la parte trasera del Juzgado una mesa incautada como prueba que perteneció a La Cueva. El testigo fue claro, si bien no podía aseverarlo, la mesa claramente podía ser esa.
Motivo de orgullo
Dos días después del Golpe de Estado del 24 de marzo de 1976, entre 10 y 15 personas vestidas con ropas militares y de policía bonaerense se llevaron a Alberto Martín Garamendy de su casa de la avenida 2 y 89, en Necochea. Tenía 20 años y militaba en la JP luego de haber pasado por la JUP en la Facultad de Derecho de Mar del Plata. Ahora frente al tribunal, el abogado recuerda su odisea de casi un año que lo llevó hasta el “pabellón de la muerte” en la unidad penal 9 de La Plata. Sabe lo difícil que es estar en el lugar del testigo. “Este es un mal momento para mi pero bueno para toda la sociedad. Es el momento justo para sentirme orgulloso”, dijo con voz entrecortada.
Toma sorbos profundos para que el agua le limpie la angustia que le provoca evocar aquellos años y cuenta que la primera sesión de tortura fue en la oficina del comisario Héctor Bicarelli, en el destacamento de Díaz Vélez. Luego junto a otros dos compañeros de militancia –Omar Basave y Mario De Francisco-, fue trasladado a la comisaría cuarta de esta ciudad. Allí había otros detenidos, entre ellos, el periodista Amilcar González, Omar Serra, un hombre de apellido Aramburu junto su hija y una chica Martínez Tecco que estaba muy deprimida por todo lo que pasaba.
Garimendy recordó que los interrogatorios eran en otro lugar que quedaba en un descampado y que para llegar hasta la entrada recorría un camino de pedregullo y tenía que bajar una escalera. Como si fuera un sótano. Era una habitación grande con unas ventanas pequeñas. Allí fue torturado con picana al igual que el resto de sus compañeros
El primer traslado de Garamendy fue junto a Basave, Alfredo Bataglia y un dirigente del SOIP de apellido Lencinas. Por error los llevaron a Sierra Chica cuando tenían que ir a Devoto. A las pocas horas volvieron a la comisaría cuarta. De ahí en avión hasta la base aérea de El Palomar y después a Devoto.
El septiembre del 76 es trasladado junto a otros detenidos a la Unidad 9 de La Plata. Garamendy recuerda que el traslado fue muy violento. Los golpearon desde que salieron hasta que llegaron. Era un sistema carcelario muy riguroso.
Fue alojado en el pabellón 1 donde estaban los militantes de Montoneros y que luego fue conocido como el pabellón de la muerte. De allí sacaban a muchos para asesinarlos.
Fue liberado el 15 de febrero de 1977, los 21 años los cumplió en la cárcel. A los pocos días fue a ver al jefe de la zona militar, coronel Pedro Barda, quien le aconsejó que fuera buen chico, que estudiara y no se olvidara de ir a visitarlo con frecuencia. Eligió volver a la militancia y estuvo en la clandestinidad hasta el regreso de la democracia.

Una mujer complicó al represor (4' audiencia)
Una ex detenida desaparecida complicó la situación de Gregorio Molina al sindicarlo como la persona que abuso de ella durante su cautiverio en el centro clandestino de detención conocido como La Cueva.La mujer eligió declarar en una audiencia en privado y que su nombre no trascienda. Ante el tribunal compuesto por Juan Leopoldo Velázquez, Beatriz Torterola, Juan Carlos Paris y Matin Bava contó que fue secuestrada durante la última dictadura cívico militar y llevada en un primer momento a la comisaría cuarta. De allí, fue traslada a La Cueva donde estuvo tres días.
La testigo relató con escalofriante detalle que cuando ingresó al edificio del viejo radar donde funcionada en centro de detención en la Base Aérea local, lo hizo encapuchada y al descender la escalera de entrada otro detenido que llegaba junto con ella fue empujado por uno de los carceleros y ambos cayeron al piso. Sufrió un corte muy grande en la frente y el supuesto médico que la atendió suturó la herida sin anestesia provocándole un dolor inmenso.
La mujer contó que fue abusada mientras estuvo cautiva y si bien no pudo ver al violador brindó una serie de detalles que permiten inferir que se trató del suboficial Gregorio Rafael Molina.
Uno de esos indicios fue el tono de voz. Ayer durante la audiencia, al menos tres testigos hicieron referencia a una persona con una voz gruesa, radial que vincularon con la persona de Molina. Otro dato aportado por la mujer fue la manera en que fue abordada por el suboficial mayor retirado que coincide con lo relatado por otras mujeres que también fueron víctimas de Molina.Otro testigo que mencionó el nombre del imputado durante su declaración fue el abogado Alfredo “Tito” Bataglia, pocas horas después de iniciado el Golpe de Estado en su casa. Se lo llevaron en pijama y así estuvo varios días en los cuales lo trasladaron a la comisaría cuarta, a La Cueva y finalmente a la temida Unidad Penal 9 de La Plata.
Bataglia, reconocido militante comunista, pasó por varios centros de detención. Primero fue a Prefectura donde lo golpearon y simularon fusilarlo. Luego pasó por la Base Naval y por la comisaría cuarta. Ayer contó que junto a Julio Lencinas fueron los primeros detenidos alojados en el viejo radar de la Base Aérea. “Fue antes que se llamara La Cueva cuando nosotros llegamos la estaban acondicionando para alojar detenidos”, recordó Bataglia.
El abogado relató que en ese momento escuchó a varios militares mencionar el apellido de Molina como el oficial que formaría parte del grupo operativo de La Cueva.
Luego de unos días en la Base Aérea, Bataglia fue trasladado a Sierra Chica, luego a Devoto y finalmente a la UP 9 de La Plata. En el pabellón 4, destinado para los presos de origen marxista pasó el resto de su detención hasta que fue liberado en septiembre de 1977.
Otra mujer, una trabajadora del pescado, declaró que fue secuestrada en abril del 76 cuando tenía 18 años. El primer lugar de cautiverio fue el destacamento Peralta Ramos, actual comisaría quinta. Allí recibió su primera sesión de tortura: fue golpeada y abusada por sus carceleros. Luego contó que en dos oportunidades fue trasladada a La Cueva para ser interrogada junto a otros presos que se encontraban con ella en la comisaría cuarta. Después de varios días fue traslada a la cárcel de Devoto, donde permaneció hasta su liberación.
La cuarta audiencia en el juicio en contra de Molina fue inaugurada por el ingeniero Gustavo Adolfo Soprano. Fue secuestrado en un operativo en la ruta 2 cuando viajaba junto a su madre hacia esta ciudad. Los militares buscaban a su primo que tiene el mismo apellido y al hermano de un amigo suyo. Encapuchado y en la parte de atrás de un auto fue llevado directamente a La Cueva por orden del oficial del Ejército Cativa Tolosa, amo y señor del centro de detención hasta su muerte en octubre del 76.
Soprano contó que allí fue sometido a torturas físicas y psicológicas. Contó que conoció a otros detenidos y escuchó muchas veces los gritos de hombres y mujeres que eran torturadas. Uno esos episodios escuchó a una mujer y a su pequeño bebé llorar y gritar con desgarro.
Soprano permaneció 21 días secuestrados. Fueron más que suficientes para provocarles secuelas psicológicas a él y a su familia. Contó que su padre nunca se pudo reponer de su secuestro y se hundió en una profunda depresión.
Antes de finalizar su relato dijo al tribunal que los jueces tienen que poner las cosas en su lugar que el delincuente sea delincuente y la víctima sea víctima. Que el delincuente esté donde tiene que estar.
Que eso aún se puede reparar a pesar de la muerte y las desapariciones.Molina está acusado de homicidio agravado de los abogados Norberto Centeno y Jorge Roberto Candeloro; de privación ilegítima de la libertad y aplicación de tormentos y apremios ilegales de 38 personas y de violación en al menos dos casos.
Voces que no se olvidan" (5' Audiencia)
Uno de los testigos que brindaron declaración ayer reconoció por la voz al imputado como uno de los militares que lo torturó en La Cueva. Otro, también hizo referencia al ex sub oficial como uno de los jefes del centro clandestino de detención
Con cinco nuevos testimonios se realizó la quinta audiencia del juicio por delitos de lesa humanidad que tiene como imputado al ex sub oficial de la Fuerza Aérea, Gregorio Rafael Molina.
Al viejo militar nacido en La Rioja se le imputan dos homicidios calificados, 38 casos de privaciones ilegitimas de la libertad agravada e imposición de tormentos y al menos dos abusos sexuales.Dos de los cinco testigos fueron los que brindaron mayores detalles en relación a la causa y que pudieron identificar a Molina como parte del centro clandestino de detención que funcionó en la Base Aérea durante la última dictadura cívico militar.
Uno de ellos fue Julio César D´Auro, quien se hizo presente en la sala alrededor de las 17.30.
Una vez frente al tribunal, D´Auro explicó los sucesos que le tocaron vivir al momento de ser secuestrado, el 19 de julio de 1976.
En esa oportunidad el testigo fue abordado por una patota en el momento en que iba a buscar a su esposa al trabajo. Allí, lo encañonaron y lo obligaron a tirarse en la parte trasera de su vehículo. Aprovechando un descuido, D´Auro logró escapar sin percatarse que en la vereda había otro sujeto armado que le cortó el camino.
En ese momento comenzó a gritar desesperadamente denunciando que lo estaban secuestrando. Al ver lo que sucedía un colectivero de que pasaba por el lugar a bordo de su unidad frenó y descendió para auxiliar al joven. Sin embargo, efectivos policiales que ya habían llegado al lugar lo golpearon y trasladaron a la comisaría cuarta.Igual suerte le tocó vivir al testigo quien fue reducido y llevado al interior de un edificio a la espera de la llegada del jefe del operativo.
Allí sentado vio ingresar a un joven de aproximadamente 30 años, vestido con un sobretodo largo. Posteriormente, el testigo pudo comprobar que ese hombre, jefe del operativo en el que había sido secuestrado, era Fernando Cativa Tolosa, oficial del Ejército a cargo del funcionamiento de La Cueva.
D´Auro fue trasladado encapuchado a la delegación de bomberos, ubicada en Salta entre Gascón y Brown, y allí pudo percibir a un grupo de hombres y mujeres gritando de dolor.Sin embargo, ese no sería el destino final del testigo, minutos después el auto volvió a salir y, por lo que pudo percibir a través de la tela de la capucha con la que le tapaban la visión, lo llevaron camino a ruta 2 hasta que ingresaron a una especie de garaje, estrecho. Allí, lo obligan a descender del automóvil.
Por los recuerdos, D´Auro refiere que caminó unos metros y por debajo de la venda logró divisar una cocina, un pasillo y una habitación donde había un camastro metálico.Lo acostaron allí para luego someterlo a una extensa sesión de picana, en la cual le preguntaban por “El Cabezón” y “El Pájaro”, a quienes no conocía. También le preguntaban por compañeros de su militancia en la Juventud Peronista y en el Partido Peronista Auténtico.
En relación al lugar donde fue torturado en esa oportunidad, D´Auro no pudo precisar si se trataba de La Cueva o si lo habían llevado a un “famoso” chalet ubicado en la ruta 2 donde, incluso previo al golpe, se realizaban sesiones de tortura.
Según el testigo, ese chalet, posteriormente fue demolido producto de la explosión de una bomba colocada no se sabe por que fuerza política.Luego de la tortura, D´Auro volvió a ser trasladado esta vez a la comisaría cuarta. Allí, lo alojaron en un calabozo y lo mantuvieron incomunicada sin recibir alimentos de parte de la policía. Su familia aún no conocía su paradero.
Primera visita a La Cueva
Julio César D´Auro fue uno de los fundadores del Partido Peronista Auténtico en la ciudad. Además, fue consejero escolar y secretario del bloque de concejales del Frejuli luego del 11 de marzo del ´73 con el triunfo de Cámpora a nivel nacional.Por esto era una persona reconocida y con muchos contactos dentro de la militancia de la época.
Esto, seguramente fue lo que lo llevó más de una vez a la mesa de torturas.Una noche, mientras estaba alojado en la comisaría cuarta, aún sin saber quiénes era sus compañeros de cautiverio, un grupo de personas lo fueron a buscar a su calabozo y lo hicieron salir por una puerta lateral que desembocaba en una especie de estacionamiento.Allí, lo colocaron en el baúl de un automóvil viejo, con la tapa sin cerradura, atada con alambre. Esto le permitió observar a medida que viajaban el camino transitado y así pudo discernir con claridad que su destino era la Base Aérea. El recibimiento no fue menos de lo esperado. Una vez más fue colocado en una especie de “planchada” metálica y sometido a golpes y picana. Sin embargo esta vez, en el interrogatorio pudo darse cuenta de algo particular.
Una voz enérgica le hacía constantemente la misma pregunta referida a un tema que sólo una persona, a parte de él sabía. Tiempo atrás, un amigo le pidió que saliera de garantía para alquilarle un departamento a un militante que venía a Mar del Plata escapando de la represión. Posteriormente pudo saber que lo habían delatado.
Su amigo, José “El Gallego” Fernández, había estado detenido en la comisaría cuarta dos meses antes que él y había recuperado la libertad. Al momento de ser detenido, en un allanamiento a su vivienda habían encontrado armas. “Muchos nos preguntábamos después –explicó D´Auro en su declaración- cómo había salido en libertad siendo que estaba tan comprometido”.
En La Cueva estuvo alrededor de cuatro días. De allí recuerda perfecto que había un montón de personas, encapuchados y atados con las manos adelante, sentados contra la pared, sin poder moverse. Los detenidos eran sacados de noche y llevados a las sesiones de torturas. “algunos volvían, otros no”, explicó el testigo.
Cativa Tolosa y la voz de Molina
Durante los interrogatorios a los que fue sometido en La Cueva D´Auro pudo reconocer que la persona que daba las órdenes era ese joven de sobretodo que comandaba el grupo que lo secuestró. Además, durante los tormentos podía percibir que había otra voz particular que se movía en cercanía a la planchada de tortura. Incluso, el testigo pudo inferir que esa voz podría ser la persona que sostenía la picana bajo el mando de Cativa Tolosa.
Años después, durante las audiencias por los Juicios por la Verdad, D´Auro se llevó una gran sorpresa: Gregorio Rafael Molina fue llamado a declarar y allí escuchó la voz de su torturador. Esa voz tan particular que los testigos que las víctimas que pasaron por sus manos no pueden olvidar.D´Auro fue trasladado nuevamente a la comisaría cuarta. En esa oportunidad lo alojaron en un pabellón junto a otros presos. Allí tomó contacto con María Eugenia Vallejo, María Inés Martínez Teco, Margarita Ferre, una joven de nombre Dolores a quien la llamaba “Lola” y otra a quien apodaban “la Chaqueña”.
También estaban allí Eduardo Martínez Delfino (hoy desaparecido), Jorge Porthe, Jaime Starita (hoy desaparecido), Amílcar González, Héctor Ferrecio y un joven de la juventud comunista de quien no pudo referir el nombre.Durante este periodo en la cuarta, gracias a que “compró” a un policía con su alianza de casamiento, D´Auro logró que su familia supiera que estaba vivo. Además comenzaron a darle de comer y recibió ropa limpia. Sin embargo, las “mejoras” en las condiciones de detención se cortaron el 9 de octubre.La muerte de Cativa Tolosa en un enfrentamiento con la organización Montoneros, cambió la situación radicalmente.
El testigo recordó que el sargento Leites, de la comisaría cuarta, les anunció que se preparaban porque “se venía la maroma”, a la vez que les mostraba el diario donde se anunciaba el deceso del militar.Ese día, alrededor de las 19 los gritos marciales en los pasillos de la comisaría anunciaban que el presagio del sargento se estaba cumpliendo.
Una patota se dirigió directamente a los calabozos y sacaron a cinco personas de los pelos. D´Auro acompañaba a Margarita Ferré, a Martínez Teco y a sus compañeros de celda Jorge Porthe y a otro más que no pudo precisar.Los cinco fueron trasladados una vez más a La Cueva.
Allí, unos días más tarde, llamaron a D´Auro por su nombre y lo llevaron a un lugar donde pudo volver a escuchar esa voz “firme, de mando, no tan potente pero especial”, que se movía cerca de Cativa Tolosa durante sus torturas.
Esa voz lo volvió a interrogar, esta vez sin vejámenes, simplemente le pedía datos básicos de si ficha personal.Poco tiempo después fue cargado en el mismo auto en el que lo habían llevado al centro clandestino y los volvieron a dejar en la comisaría cuarta para, 5 días después ser trasladado definitivamente a Sierra Chica donde quedó a disposición del Poder Ejecutivo de la Nación.
Un día de la madre especial
El 17 de octubre de 1976, no sólo fue un “día peronista” sino que también, por arbitrariedades del calendario se festejó el día de la madre. Para los detenidos desaparecidos que estaban en La Cueva, también fue un día especial.Ese día no comieron el potaje habitual sino que les sirvieron ravioles.
Los militares a cargo del centro clandestino de detención no pudieron obviar el festejo. Muchos de ellos se alcoholizaron y acudieron a su mayor diversión: burlarse y reprimir a los desaparecidos.
Así fue como D´Auro volvió a encontrarse con la voz de su torturador. Las carcajadas borrachas de los militares llegaban desde el salón contiguo a donde él estaba detenido.
D´Auro, en su declaración afirmó que la voz ordenó a un grupo de detenidos hacer un trencito y sin quitarles la venda de los ojos los hacían correr hasta que golpeaban con las paredes o sus propios compañeros que estaban tirados en el suelo.
D´Auro no dudó en decir que la voz que daba las órdenes era la misma que rondaba su cama de tortura y la que frente a una máquina de escribir le tomó declaración.
D´Auro, ayer, ante el tribunal no pudo afirmar con sus ojos que esa voz sea la de Molina ya que siempre estuvo tabicado.
Sin embargo, ante la pregunta de la defensa y la querella respecto de si esa voz era la misma que había oído en 2004 en los Juicios por la Verdad cuando declaró Molina. D´Auro fue contundente: “A penas lo escuche hablar esos momentos se me vinieron a la cabeza. Esas voces son difíciles de olvidar”.
El hombre del sobretodo gris
Carlos Bozzi, sobreviviente del centro clandestino de detención (CCD) La Cueva aseguró que el suboficial retirado Gregorio Rafael Molina fue quien lo secuestró junto a su socio Tomás Fresneda y a la mujer de éste en el operativo conocido como la “Noche de la Corbatas”.
El abogado declaró ayer en la quinta audiencia del juicio a Molina, suboficial mayor retirado de la Fuerza Aérea acusado de crímenes de lesa humanidad cometidos durante la última dictadura cívico militar.
Al viejo militar nacido en La Rioja se le imputan dos homicidios calificados, 38 casos de privaciones ilegitimas de la libertad agravada e imposición de tormentos y al menos dos abusos sexuales.Bozzi pasó once días cautivo en La Cueva tras ser secuestrado la tarde del 8 de julio de 1977.
Ayer frente al Tribunal contó que el militar que dirigió el operativo de secuestro, el que lo interrogó y el que le comunicó su libertad fue siempre la misma persona y que por determinados indicios asegura que fue Molina.
Lo describió como el hombre de sobretodo gris, con una voz y perfume característicos. También lo reconocía por su anillo y los cigarrillos que fumaba.La primera vez que el testigo vio al “hombre del sobretodo gris” fue el 8 de julio de 1977. Bozzi lo recordó como la persona que ingresó al estudio que compartía con Tomás Fresneda y le apoyó una pistola en la cara. Luego le propinó dos trompadas cuando el testigo le dijo que no sabía la dirección de la casa de su socio.Tomás Fresneda, su mujer María de las Mercedes Argarañaz y Bozzi ingresaron a la Cueva esa misma noche. Su secuestro se incluye en el operativo denominado “Noche de las Corbatas” cuando los militares capturaron a un grupo de abogados laboralistas entre el 8 y 9 de julio del ‘77. Fresneda y su mujer continúan desaparecidos.Antes de empezar su relato Carlos Bozzi repartió a las partes y al tribunal fotocopias de un plano de La Cueva.
El testigo había señalizado cada habitación en la que estuvo durante su cautiverio.Contó que la primera noche estuvieron los tres juntos y que los habían atado y encapuchado. Sintió que gente se iba del lugar y quedaba una radio prendida que pasó el himno nacional. Enseguida un a voz que dijo: “Portense bien que no están en su casa, no queremos matar a nadie más”.
El testigo asoció esa advertencia con la muerte abogado Norberto Centeno, secuestrado y asesinado en La Cueva.
El certificado de defunción está fechado el 8 de julio de 1977.Al día siguiente un hombre se llevó a Argarañaz y a los 15 minutos la trajo a Mercedes y se llevó a Fresneda y por último a Bozzi. Era la voz del hombre del sobretodo gris, era el mismo perfume en las manos. El abogado contó que lo pusieron sobre una mesa y le ataron un cable en cada uno de los pies.
Después de algunas preguntas vagas, la voz le dijo que si había mentido lo mataba.Esa noche, calcula que era la segunda, Fresneda le contó que en el interrogatorio le dijeron que lo largaban pero que él y su mujer se quedaban. Cuando se levantó al otro día, el matrimonio Fresneda ya no estaba.Bozzi también relató que tiempo después, ya en libertad, investigó algunas fechas y supo que durante su encierro había llevado a La Cueva a los García, un matrimonio que fue secuestrado durante julio del ‘77.
Bozzi fue liberado en medio de un simulacro que organizaron sus captores. La idea era hacerle creer a la opinión pública que los abogados habían sido secuestrados y en algunos casos asesinados por Montoneros. La voz le dijo que se habían equivocado con su secuestro. Le dijo que estaba en manos de una célula montonera y que si quería se podía unir a ellos para enfrentar al régimen militar.
Bozo dijo que no y fue subido al baúl de un auto con las manos atadas y los ojos vendados. Después de un largo trecho el auto se frenó. Escuchó tiros, un quejido y un grupo de militares que lo liberó. Le dijeron “que hubo un enfrentamiento, que murieron dos extremistas y que el abogado Norberto Centeno estaba muerto en el interior del auto”. Tiempo después se supo que los supuestos “guerrilleros” eran dos jóvenes que habían sido secuestrados en La Plata.También recordó que en ese contexto de confusión apareció el abogado Eduardo Cincotta, por esos años militante de la CNU y colaborador del coronel Pedro Barda, jefe del aparato represivo en la subzona militar XV.
Murió el año pasado, víctima de un cáncer fulminante mientras se encontraba bajo prisión preventiva acusado de crímenes de lesa humanidad.Por Bozzi, Fresneda y Argarañaz se presentó un recurso de habeas corpus en el juzgado de Pedro Federico Hooft, el tramite nunca prosperó. Bozzi fue llamado a declarar por su secuestro pero no se presentó. Vivió en Corrientes varios años hasta que regresó a la ciudad.
Los diarios de la época titularon que Bozzi había sido liberado por el Ejército y que en el enfrentamiento murieron dos “extremistas”. Nunca corrigieron el error.
Violaciones en La Cueva
En su extensa declaración Julio César D´Auro explicó que por testimonio de mujeres que compartieron el cautiverio con él en la comisaría cuarta pudo saber que en el centro clandestino de detención La Cueva las mujeres eran violadas sistemáticamente.Esto lo pudo explicar en base al relato de una víctima de estos vejámenes a quien prefirió no nombrar.Pero no fue sólo esa mujer la que habló de sus padecimientos en aquellos días de cautiverio.
D´Auro nombró al menos a tres mujeres más que fueron violadas allí. Además, contó que una presa política, por su buen vínculo con sus captores había sido llevada a una oficina y allí, una vez que le sacaron la venda, Cativa Tolosa en persona le había dicho que “los iban a matar a todos, desde las cúpulas a los perejiles”, al tiempo que le mostraba un organigrama con nombres y apellidos de los responsables y militantes de las diferentes organizaciones revolucionarias.Además, esa mujer, le dijo al testigo que “En La Cueva pasa de todo, incluso te violan”.
Fuente:Rdendh

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