“EL AVIONCITO VOLVIA VACIO”
Por Diego Martínez
Dos ex conscriptos durante la dictadura testimoniaron sobre los vuelos de la muerte que se realizaban desde el campo clandestino La Cueva, en Mar del Plata. “Una vez bajaron mucha gente de un colectivo –relataron–, daban pasos cortitos, no podían caminar bien cuando los subieron”
Por Diego Martínez
Dos ex conscriptos durante la dictadura testimoniaron sobre los vuelos de la muerte que se realizaban desde el campo clandestino La Cueva, en Mar del Plata. “Una vez bajaron mucha gente de un colectivo –relataron–, daban pasos cortitos, no podían caminar bien cuando los subieron”
DOS EX CONSCRIPTOS FUERON TESTIGOS DE LOS VUELOS DE LA MUERTE QUE SE REALIZABAN EN MAR DEL PLATA
“Subían a personas embolsadas o maniatadas”
Ex conscriptos de la base donde funcionó el centro clandestino La Cueva declararon que los vuelos se hacían con un avión Albatros de la Armada. Algunas personas subían vivas y maniatadas. Otras ya muertas y embolsadas.
“Subían a personas embolsadas o maniatadas”
Ex conscriptos de la base donde funcionó el centro clandestino La Cueva declararon que los vuelos se hacían con un avión Albatros de la Armada. Algunas personas subían vivas y maniatadas. Otras ya muertas y embolsadas.

Los testigos confirmaron la relación sin intermediarios de los interrogadores con el juez Pedro Federico Hooft.
Por Diego Martínez
“El avión se desplazaba despacito por la pista y paraba frente al radar. Entonces los reflectores apuntaban a los puestos de guardia para encandilarnos. Pero poníamos atención y alcanzábamos a ver cómo entre dos oficiales o suboficiales alzaban a personas embolsadas. Otra vez bajaron a mucha gente de un colectivo. Daban pasos cortitos, no podían caminar bien. El avioncito despegaba, a los treinta o cuarenta minutos volvía vacío y entraba otra vez al hangar. El avión tenía la insignia de la Armada.”
Los hechos tuvieron lugar durante el primer año de la última dictadura en la Base Aérea de Mar del Plata. El viejo radar era la sede de La Cueva, el centro clandestino del Grupo de Artillería de Defensa Aérea 601 del Ejército, que comandaba el coronel Alberto Barda, condenado a prisión perpetua hogareña por el Tribunal Oral Federal 5. El relato pertenece a un ex conscripto clase 1957 que el viernes declaró como testigo en el juicio al suboficial retirado Gregorio Rafael Molina –su identidad se reserva a pedido de la Justicia– y confirma que los vuelos de la muerte no sólo partieron de los aeropuertos de Ezeiza, Jorge Newbery y Campo de Mayo.
El método argentino de desaparición de personas, que según Adolfo Scilingo bendijo la jerarquía eclesiástica, aún rinde frutos un tercio de siglo después. Más allá de condenas aisladas como las de los generales Riveros, Verplaetsen & Cía. por el asesinato de Floreal Avellaneda, cuyo cadáver apareció en la costa uruguaya, siguen impunes centenares de militares, prefectos, policías e “invitados especiales” que según Scilingo también participaban en los vuelos. El único procesado por ese delito es el capitán retirado Emir Sisul Hess, quien contó en privado que los enemigos “caían como hormiguitas”, y está en veremos la situación del teniente de fragata extraditado Julio Alberto Poch, quien la semana pasada declaró durante horas ante el juez federal Sergio Torres para convencerlo de que fue malinterpretado por sus colegas holandeses.
Los relatos que reactualizan el tema tienen un doble valor adicional: pertenecen a ex conscriptos, testigos centrales del terrorismo de Estado que recién ahora sienten que cuentan con las garantías necesarias para hablar, y tuvieron lugar durante un juicio oral y público, ante un tribunal de la Nación y mirando a los ojos al imputado, un torturador y violador de mujeres secuestradas que perteneció a la Fuerza Aérea Argentina.
Línea directa con Hooft
“En la base aérea había doscientas personas, incluidos ciento sesenta conscriptos, la mayoría del interior. En cinco meses nos conocíamos todos”, resume ante Página/12 en la sede del Programa Nacional de Protección de Testigos uno de los dos hombres que el viernes declararon durante horas y terminaron aplaudidos por sobrevivientes y familiares de desaparecidos. La condición para la entrevista es que se preserven identidades y rostros.
Uno padeció el servicio militar obligatorio en la oficina de comunicaciones de la base, destino que le permitió conocer a todos los interlocutores de los represores. “Tenía setenta internos. Después del golpe agregaron otro, creo que el 32, que comunicaba a quienes pedían por inteligencia. Empecé a escuchar y me di cuenta de que ahí abajo tenían a los detenidos”, recuerda.
“Había un tipo que jodía con los hábeas corpus, un tal Hooft”, declaró el viernes ante los jueces Juan Velázquez, Beatriz Torterola y Juan Carlos París. El nombre no sorprendió a los querellantes marplatenses: se refería el juez Pedro Federico Hooft, que continúa en funciones con varios pedidos de juicio político en el haber por su actuación durante la dictadura. “Hooft siempre pedía hablar con inteligencia. Cuando no atendían, el interno decía ‘va a ir el doctor Cincotta’”, agregó. Eduardo Cincotta era un militante de la Concentración Nacionalista Universitaria (CNU), organización que sembró de muertos Mar del Plata durante 1975. Después del golpe se integró a los grupos de tareas del GADA 601 y murió el año pasado, a poco de haber sido detenido y procesado.
A diferencia de los conscriptos marplatenses, a quienes los militares trataban de mantener al margen de la represión ilegal, los del interior debían participar de operativos en la ciudad y también cubrir guardias externas, que les permitían conocer los movimientos de la base, e internas, durante las cuales tenían breves contactos con los secuestrados. “Sólo había un mínimo diálogo cuando pedían ir al baño. Teníamos que darles una capucha y ponernos otra nosotros para no vernos las caras”, recuerda el hombre en referencia a las famosas medidas de contrainteligencia por cuyo relajamiento en la ESMA reniegan Pernías, Rolón & Cía. “Teníamos prohibido hablar”, agrega y se enorgullece de haber burlado la orden: le informó a un abogado marplatense dónde estaba secuestrado, le dio una birome para que escribiera una carta y se la hizo llegar a su familia. “No me animé a tocar timbre, la dejé en la puerta”, agrega.
Si bien la base era de la Fuerza Aérea, los interrogadores, que llegaban al atardecer y hacían su trabajo sucio durante la madrugada, pertenecían a inteligencia del Ejército, responsable primario de la represión ilegal. Los colimbas los llamaban “los verdugos”. Una tarde de lluvia camino a La Cueva los dos hombres hicieron escala en la oficina de comunicaciones y entre mate y mate mostraron la picana eléctrica, que llevaban en un estuche. “No dijeron nada sobre su uso y no me animé a preguntar.”
Los dos ex conscriptos, que entonces tenían veinte años, recuerdan a Molina como un personaje excéntrico. “Andaba lleno de granadas, cuchillos, cargadores, tipo Rambo, le faltaba un paracaídas, era fantástico.” La otra característica, que los sobrevivientes también recuerdan, era el olor al perfume. “Era un tipo pulcro, siempre bien arreglado y perfumado”, contaron ante el tribunal.
–¿Recuerda qué perfume usaba? –quiso saber un juez.
–No lo sé, doctor, pero en un cuartel un buen jabón de tocador ya es perfume –respondió y generó sonrisas en medio de tanta tragedia.
Bolsas desde La Cueva
“En la base había un solo avión, chiquito, que piloteaba (Gonzalo) Gómez Centurión. Después trajeron el Albatros de la Marina. Entonces empezaron los vuelos a la noche. Salía el avioncito, pasaban veinte, treinta minutos, y volvía. Decían que a la gente la llevaban semidormida y la tiraban al mar”, declaró ante el tribunal el ex colimba de comunicaciones, en base a relatos de compañeros.
Testigos directos a pesar de los reflectores eran los soldados que cubrían los doce puestos de guardia externa, desde donde no sólo veían entrar a los secuestrados encapuchados en los autos de civil de los grupos de tareas. “Una noche vi cargar cinco o seis bolsas al avión. Las subían entre dos, se conoce que eran pesadas. Otras veces las arrastraban desde una punta. Esas bolsas salían desde La Cueva”, explica a Página/12 el hombre de rostro curtido y mirada serena.
“Una vez vi salir gente del radar hacia los aviones. Los llevaban atados de los pies, seis o siete personas. Iban a los saltitos, subían como podían”, contó el día anterior, y agregó: “El avión tenía la insignia de la Armada”, dato curioso por tratarse de una base de la Fuerza Aérea y un centro clandestino del Ejército, que acondicionó el viejo radar abandonado para achicar distancias con Mar del Plata y así poder arrancar información rápido para retomar la cacería.
–¿Qué se siente después de declarar? –pregunta el cronista.
–Alivio. Es imposible vivir toda la vida con esa cruz. Fueron muchos años sin hablar, con trastornos psicológicos. Nadie se ocupó de nosotros. Hasta hoy nuestras familias no creen lo que vivimos, piensan que estábamos locos, dicen “¿cómo van a tirar gente al mar?”. Les vamos a llevar el diario para que lo crean. Uno siempre estuvo dispuesto a poner un granito de arena, pasa que el temor siempre existió.
–¿Por qué ahora sí?
–Vemos que la situación está cambiando, que hay garantías, que se puede tener más confianza en la Justicia. Todavía hay miedo pero de a poquito se va a ir perdiendo. Cuando otros colimbas se den cuenta de que acá no hay ningún lucro, que no es una pavada para sacar una nota, que es para esclarecer la verdad y que esta vez vamos en serio, van a empezar a hablar, todos van a hablar.
“El avión se desplazaba despacito por la pista y paraba frente al radar. Entonces los reflectores apuntaban a los puestos de guardia para encandilarnos. Pero poníamos atención y alcanzábamos a ver cómo entre dos oficiales o suboficiales alzaban a personas embolsadas. Otra vez bajaron a mucha gente de un colectivo. Daban pasos cortitos, no podían caminar bien. El avioncito despegaba, a los treinta o cuarenta minutos volvía vacío y entraba otra vez al hangar. El avión tenía la insignia de la Armada.”
Los hechos tuvieron lugar durante el primer año de la última dictadura en la Base Aérea de Mar del Plata. El viejo radar era la sede de La Cueva, el centro clandestino del Grupo de Artillería de Defensa Aérea 601 del Ejército, que comandaba el coronel Alberto Barda, condenado a prisión perpetua hogareña por el Tribunal Oral Federal 5. El relato pertenece a un ex conscripto clase 1957 que el viernes declaró como testigo en el juicio al suboficial retirado Gregorio Rafael Molina –su identidad se reserva a pedido de la Justicia– y confirma que los vuelos de la muerte no sólo partieron de los aeropuertos de Ezeiza, Jorge Newbery y Campo de Mayo.
El método argentino de desaparición de personas, que según Adolfo Scilingo bendijo la jerarquía eclesiástica, aún rinde frutos un tercio de siglo después. Más allá de condenas aisladas como las de los generales Riveros, Verplaetsen & Cía. por el asesinato de Floreal Avellaneda, cuyo cadáver apareció en la costa uruguaya, siguen impunes centenares de militares, prefectos, policías e “invitados especiales” que según Scilingo también participaban en los vuelos. El único procesado por ese delito es el capitán retirado Emir Sisul Hess, quien contó en privado que los enemigos “caían como hormiguitas”, y está en veremos la situación del teniente de fragata extraditado Julio Alberto Poch, quien la semana pasada declaró durante horas ante el juez federal Sergio Torres para convencerlo de que fue malinterpretado por sus colegas holandeses.
Los relatos que reactualizan el tema tienen un doble valor adicional: pertenecen a ex conscriptos, testigos centrales del terrorismo de Estado que recién ahora sienten que cuentan con las garantías necesarias para hablar, y tuvieron lugar durante un juicio oral y público, ante un tribunal de la Nación y mirando a los ojos al imputado, un torturador y violador de mujeres secuestradas que perteneció a la Fuerza Aérea Argentina.
Línea directa con Hooft
“En la base aérea había doscientas personas, incluidos ciento sesenta conscriptos, la mayoría del interior. En cinco meses nos conocíamos todos”, resume ante Página/12 en la sede del Programa Nacional de Protección de Testigos uno de los dos hombres que el viernes declararon durante horas y terminaron aplaudidos por sobrevivientes y familiares de desaparecidos. La condición para la entrevista es que se preserven identidades y rostros.
Uno padeció el servicio militar obligatorio en la oficina de comunicaciones de la base, destino que le permitió conocer a todos los interlocutores de los represores. “Tenía setenta internos. Después del golpe agregaron otro, creo que el 32, que comunicaba a quienes pedían por inteligencia. Empecé a escuchar y me di cuenta de que ahí abajo tenían a los detenidos”, recuerda.
“Había un tipo que jodía con los hábeas corpus, un tal Hooft”, declaró el viernes ante los jueces Juan Velázquez, Beatriz Torterola y Juan Carlos París. El nombre no sorprendió a los querellantes marplatenses: se refería el juez Pedro Federico Hooft, que continúa en funciones con varios pedidos de juicio político en el haber por su actuación durante la dictadura. “Hooft siempre pedía hablar con inteligencia. Cuando no atendían, el interno decía ‘va a ir el doctor Cincotta’”, agregó. Eduardo Cincotta era un militante de la Concentración Nacionalista Universitaria (CNU), organización que sembró de muertos Mar del Plata durante 1975. Después del golpe se integró a los grupos de tareas del GADA 601 y murió el año pasado, a poco de haber sido detenido y procesado.
A diferencia de los conscriptos marplatenses, a quienes los militares trataban de mantener al margen de la represión ilegal, los del interior debían participar de operativos en la ciudad y también cubrir guardias externas, que les permitían conocer los movimientos de la base, e internas, durante las cuales tenían breves contactos con los secuestrados. “Sólo había un mínimo diálogo cuando pedían ir al baño. Teníamos que darles una capucha y ponernos otra nosotros para no vernos las caras”, recuerda el hombre en referencia a las famosas medidas de contrainteligencia por cuyo relajamiento en la ESMA reniegan Pernías, Rolón & Cía. “Teníamos prohibido hablar”, agrega y se enorgullece de haber burlado la orden: le informó a un abogado marplatense dónde estaba secuestrado, le dio una birome para que escribiera una carta y se la hizo llegar a su familia. “No me animé a tocar timbre, la dejé en la puerta”, agrega.
Si bien la base era de la Fuerza Aérea, los interrogadores, que llegaban al atardecer y hacían su trabajo sucio durante la madrugada, pertenecían a inteligencia del Ejército, responsable primario de la represión ilegal. Los colimbas los llamaban “los verdugos”. Una tarde de lluvia camino a La Cueva los dos hombres hicieron escala en la oficina de comunicaciones y entre mate y mate mostraron la picana eléctrica, que llevaban en un estuche. “No dijeron nada sobre su uso y no me animé a preguntar.”
Los dos ex conscriptos, que entonces tenían veinte años, recuerdan a Molina como un personaje excéntrico. “Andaba lleno de granadas, cuchillos, cargadores, tipo Rambo, le faltaba un paracaídas, era fantástico.” La otra característica, que los sobrevivientes también recuerdan, era el olor al perfume. “Era un tipo pulcro, siempre bien arreglado y perfumado”, contaron ante el tribunal.
–¿Recuerda qué perfume usaba? –quiso saber un juez.
–No lo sé, doctor, pero en un cuartel un buen jabón de tocador ya es perfume –respondió y generó sonrisas en medio de tanta tragedia.
Bolsas desde La Cueva
“En la base había un solo avión, chiquito, que piloteaba (Gonzalo) Gómez Centurión. Después trajeron el Albatros de la Marina. Entonces empezaron los vuelos a la noche. Salía el avioncito, pasaban veinte, treinta minutos, y volvía. Decían que a la gente la llevaban semidormida y la tiraban al mar”, declaró ante el tribunal el ex colimba de comunicaciones, en base a relatos de compañeros.
Testigos directos a pesar de los reflectores eran los soldados que cubrían los doce puestos de guardia externa, desde donde no sólo veían entrar a los secuestrados encapuchados en los autos de civil de los grupos de tareas. “Una noche vi cargar cinco o seis bolsas al avión. Las subían entre dos, se conoce que eran pesadas. Otras veces las arrastraban desde una punta. Esas bolsas salían desde La Cueva”, explica a Página/12 el hombre de rostro curtido y mirada serena.
“Una vez vi salir gente del radar hacia los aviones. Los llevaban atados de los pies, seis o siete personas. Iban a los saltitos, subían como podían”, contó el día anterior, y agregó: “El avión tenía la insignia de la Armada”, dato curioso por tratarse de una base de la Fuerza Aérea y un centro clandestino del Ejército, que acondicionó el viejo radar abandonado para achicar distancias con Mar del Plata y así poder arrancar información rápido para retomar la cacería.
–¿Qué se siente después de declarar? –pregunta el cronista.
–Alivio. Es imposible vivir toda la vida con esa cruz. Fueron muchos años sin hablar, con trastornos psicológicos. Nadie se ocupó de nosotros. Hasta hoy nuestras familias no creen lo que vivimos, piensan que estábamos locos, dicen “¿cómo van a tirar gente al mar?”. Les vamos a llevar el diario para que lo crean. Uno siempre estuvo dispuesto a poner un granito de arena, pasa que el temor siempre existió.
–¿Por qué ahora sí?
–Vemos que la situación está cambiando, que hay garantías, que se puede tener más confianza en la Justicia. Todavía hay miedo pero de a poquito se va a ir perdiendo. Cuando otros colimbas se den cuenta de que acá no hay ningún lucro, que no es una pavada para sacar una nota, que es para esclarecer la verdad y que esta vez vamos en serio, van a empezar a hablar, todos van a hablar.
FuentedeOrigen:Pagina12
Fuente:Rdendh
El juicio por la causa MOLINA, continua el lunes 31 de mayo, 9hs dos testigos. Por la tarde empezarian los alegatos. Continuarian el dia 1 de junio, y una vez concluido los alegatos, se fijaria la fecha de la sentencia.
resumen 6º audiencia
“Se creían que eran los dueños de tu vida”

resumen 6º audiencia
“Se creían que eran los dueños de tu vida”
Rodolfo Facio, después de más de 30 años, sabe que en La Cueva en 5 pasos se estaba en el baño y en siete se llegaba a la sala de torturas. Ayer frente al tribunal que juzga a Gregorio Rafael Molina, recordó que durante su cautiverio caminó una vez por día esos siete pasos.
Facio que vive en el barrio Bosque Grande desde hace más de 40 años no recuerda el año exacto de su secuestro pero si sabe que fue el 12 de abril a la madrugada. Antes de llevárselo a él, la patota compuesta por personal del Ejército y Fuerza Aérea fue tres veces a su casa de Reforma Universitaria al 700. Primero se llevaron a su cuñado Rubén Rodríguez después a su primo Alberto Yansen. La tercera vez dieron con él.
El recorrido de Facio no fue distinto al de otros detenidos desaparecidos. En el baúl de una Chevy blanca que luego vio estacionada en la puerta del GADA 601, fue primero a la comisaría cuarta, luego al destacamento Jorge Newbery y por último a La Cueva, abajo del viejo radar de la Base Aérea. El testigo supo que estaba ahí al quinto día. El ruido de los aviones que llegaban y salían el aeropuerto y el silbato del referí en la cancha de Judiciales, los fines de semana fueron sus referencias espacio temporales.Facio estuvo 23 días detenido, ayer recordó que fue en un cuarto con piso de parquet. Con él estaban un trabajador de la construcción llamado Roberto Allamanda, su cuñado Rubén Rodríguez, Ramón Fleitas y otras cinco personas de las cuales no recuerda el nombre. Si sabe que entre ellas, había una mujer. También aseguró que había una joven embarazada pero estaba en otra habitación.
Durante su cautiverio siempre estuvo encapuchado pero eso no le impidió reconocer 8 años después junto a una comisión de la Conadep, el lugar donde estuvo alojado. Allí recibía trompadas y patadas durante el día y “máquina” a la noche. En la tortura le preguntaban siempre por las mismas personas. Una de ellas era Víctor Hugo Suárez, un hombre que solía parar en la casa de su cuñada y que los militares lo sindicaban como el responsable de la muerte Fernando Cativa Tolosa, un teniente del Ejército que murió durante un enfrentamiento en octubre del ‘76.
“Desde el primer día hasta el último siempre contesté lo mismo porque era lo único que sabía”, recordó Facio ante el tribunal. La persona que lo interrogaba era la misma que lo iba a buscar a la celda y la misma que le puso la pistola en la cabeza a su hija de a penas unos meses el día que lo secuestraron. Sabe que era petizo y que tenía un acento provinciano. “Voz de mando y autoritaria, se creían que eran los dueños de tu vida”, contó el testigo.
Facio aseguró que lo secuestraron porque los militares buscaban a Suárez, pero quien les “marcó” la casa al grupo de tareas fue José Sosa, un compañero de trabajo a quien consideraba su hermano. Tiempo después supo que era un informante del Ejército.Después de 23 días, Facio fue liberado. Le pidió a su carcelero que le dejara ver a su cuñado para avisarle que se iba. El guardia con acento correntino le dijo que seguro cuando llegara a su casa Rodríguez ya iba estar ahí e iban a festejar juntos. Su cuñado y el resto de las personas que vio en La Cueva continúan desaparecidas.
A sala llena, dos relatos conmovedores
A sala llena, dos relatos conmovedores
La sala del Tribunal Oral Federal 1 de Mar del Plata, ayer por la tarde, se vio colmada de gente. Es que, en el marco del juicio al ex sub oficial de la Fuerza Aérea, Gregorio Rafael Molina, por delitos de lesa humanidad, se esperaban dos de los testimonios más conmovedores de la lista de testigos –exceptuando aquellos que fueron realizados a puerta cerrada-. Se trata de dos mujeres, madre e hija. Una de ellas esposa del doctor Hugo Alais, la otra su hija.
Susana Alicia Muñoz de Alais fue la primera en tener que sentarse en el estrado una vez reanudada la audiencia, alrededor de las 15.30. Entera, con sus ojos claros clavados en el tribunal, la esposa de uno de los abogados víctima de la “Noche de las Corbatas” contó sus recuerdos más dolorosos en relación a la desaparición de su marido.
El relato cronológicamente ordenado y con minuciosos detalles comenzó en la noche del 6 de julio de 1977. Alrededor de las 21, en un operativo conjunto, un importante grupo de efectivos de civil, encapuchados y muñidos de armas largas, irrumpieron en la vivienda y en el estudio del doctor Alais.
En su lugar de trabajo, los miembros de la patota lograron dar con él y con otro abogado, el doctor Camilo Ricci, con quien compartía el estudio. Allí, los miembros de la patota los engrillaron para luego cargarlos un automóvil y llevarlos a su destino de cautiverio. Cabe destacar que, el estudio de los letrados estaba emplazado en un edificio de calle Falucho al 2000, a pocas cuadras del edificio de Tribunales y a corta distancia de una de las comisarías de la Policía Bonaerense.
Paralelamente, otro grupo de iguales características ingresaba a la vivienda de Alais, donde estaban esperándolo su esposa y sus hijas, una de 3 y otra de poco más de un año. La vivienda estaba ubicada en la planta alta de la casa de los padres del abogado, por lo que la patota también irrumpió allí.Inmediatamente, los sujetos comenzaron a preguntarle a Susana el paradero de Hugo, a la vez que encerraban a las dos pequeñas en uno de los cuartos.
Susana, desconcertada y atemorizada por lo violento de la situación, fue obligada a contestar una serie de preguntas en relación a sí conocía o no a un grupo de personas que figuraban en fotos familiares, que habían encontrado en uno de los placares de la casa.
Susana, por ese entonces trabajaba para un médico como técnica en hemoterapia. Por su profesión tenía un maletín donde guardaba sus implementos de trabajo –jeringas y otros menesteres-. Los miembros del grupo de tareas encontraron ese maletín y de forma inmediata la sometieron a una batería de preguntas al respecto.
El llanto de las niñas era incesante. Ante esto, el abuelo –que estaba en la vivienda de plata baja- pidió ir a buscarlas. Cosa que fue concedida por los captores. Cuando Alais padre subió a casa de su hija, Susana estaba encerrada en el baño y las niñas en la habitación. El abuelo tomó a sus nietas y bajó, siempre custodiado por los hombres de civil.Alrededor de una hora después, Susana escuchó los pasos de sus captores bajar las escaleras. Minutos después, su suegro le habría la puerta del baño para liberarla.
Pasó poco tiempo, entre el desconcierto de lo vivido, hasta que el hermano del doctor Ricci llegó a la casa de familia para avisar lo que había pasado en el estudio.
Inmediatamente Alais padre y el hermano de Ricci se dirigieron al juzgado del doctor Pedro Federico Hofft para presentar los respectivos habeas corpus por el secuestro de sus familiares. El tramite judicial, después de varios días, más precisamente el 14 de julio, fue rechazado.
El aparecido
El doctor Camilo Ricci pasó dos días detenido y luego fue liberado. No pasó lo mismo con el doctor Alais, quien aún hoy se encuentra desaparecido. Ricci no fue citado a declarar por el juez Hofft en el marco del habeas corpus presentado y tampoco tomó contacto con la familia de su colega. Es más, las pertenencias de Alais fueron devueltas por un envío y no personalmente.
Recién en 1984, una vez recuperada la democracia, Susana volvió a tomar contacto con él. Si bien no quiso darle detalles de lo que sucedió durante los dos días que posiblemente compartió cautiverio con Alais, si confeccionó una carta de recomendación para que la mujer pudiera presentar un reclamo ante el Colegio de Abogados para obtener un subsidio económico.
Este es uno de los elementos centrales en la declaración de Susana Muñoz ante el tribunal. Ella, como esposa de un desaparecido sufrió el terrorismo de Estado y fue víctima de él no sólo por la desaparición de su compañero de vida, sino también por las consecuencias económicas que le trajo a su familia. Susana fue echada de su trabajo a penas el médico para el que trabajaba se enteró de lo que estaba pasando. Así, ella y sus dos pequeñas hijas tuvieron que refugiarse en la localidad de Chivilcoy desde donde continuaban su pelea por la aparición del doctor Alais.
Un militante importante
Según explicó Susana Muñoz, con el tiempo ella se enteró de lo vivido por su esposo de boca de Marta García de Candeloro, quien también fue víctima del terrorismo de Estado y le tocó compartir cautiverio con Alais. Fue ella la persona que, a través de su testimonio, ha reconstruido los vejámenes a los fue sometido el abogado dentro del centro clandestino de detención La Cueva.
También fue ella la que explicó a su familia que para lo militares Hugo Alais era un detenido importante. Por eso lo mantenían aislado y engrillado constantemente.
Su militancia dentro del frente universitario del Partido Comunista Revolucionario lo colocaba entre los cerebros que la dictadura cívico militar no iba a permitir seguir pensando.
Teniente coronel, de apellido Coronel
Lo que parece un juego de palabras es el apellido y el cargo de uno de los miembros del Ejército que atendió a Susana Muñoz en el Gada 601. Allí llegó luego de una citación en mayo de 1978 acompañada por su madre y su suegro. Allí recibió un concejo impactante: “Dígale a sus hijas que su papá falleció”. A continuación el uniformado completó su concejo con el ardid típico de la época: “A su marido lo secuestraron los guerrilleros porque seguramente quiso desertar”.
La familia no creyó la versión militar pero comenzaron a entender lo que se estaba viviendo, más aún cuando el teniente coronel sentenció ante la pregunta de Susana de qué pasaba si ella les decía eso a sus hijas y un día Hugo aparecía. "No señora, con total certeza, su esposo no va a aparecer"
El testimonio de una hija
Eleonora Alais tiene 34 años. Es una de las militantes más reconocidas de la ciudad a la hora de hablar sobre derechos humanos. Es que, si hace falta algo para eso, su conmovedora historia la ha colocado –por elección- en un rol determinante en la lucha por la memoria. Junto a “sus hermanos de la vida”, como le gusta decir, y repitió ayer frente al tribunal, Eleonora forma parte de la organización Hijos por la Identidad contra el Olvido y el Silencio.Ella, tenía un poco más de un año aquella noche del 6 de julio cuando, junto a su hermana Gabriela lloraban sin entender demasiado lo que sucedía.
Las dos crecieron sin su padre y para poder protegerlas, tuvieron una versión de lo que sucedía que no creían demasiado. Les decían que su papá estaba trabajando en Buenos Aires o en España, pero ellas reclamaban, al menos un llamado telefónico.
Eleonora fue contundente: el Estado no protegió a las víctimas, incluso la demora en que los represores sean Juzgados son parte del desamparo que les toca vivir como víctimas del terrorismo de Estado.
Conmovedora, contundente y políticamente bien plantada la hija del doctor Alais pidió condena para los represores civiles y militares.
Puso en su voz el reclamo de los hijos que hoy no tienen la posibilidad de pedir justicia porque se han suicidado o porque aún permanecen en manos de los secuestradores.Puso su voz en la boca de los hijos de los obreros, estudiantes, intelectuales y gente de a pié que la dictadura hizo desaparecer.
El Colegio de Abogados
El doctor Rubén Junco, era el vicepresidente primero del Colegio de Abogados durante el periodo en el que se produce la fatídica noche para los letrados.
Ayer, frente al tribunal, explicó que una vez que la institución se enteró que sus colegiados habían sido secuestrados comenzó una “incansable” búsqueda.
Así llegaron a entrevistarse con el entonces ministro del Interior de la dictadura Alvaro Harguidenguy. Según declaró el testigo, en esa reunión realizada en Balcarce 50, el representante de los altos mandos militares explicó a los letrados, nombre por nombre qué pasaba con los abogados.Valiéndose de un fichero personal de cada uno, realizaba un perfil militante de los desaparecidos para luego, en la mayoría de los casos, decir que no tenía información de qué había pasado con ellos.
Además, Junco fue uno de los que reconoció el cuerpo sin vida del doctor Centeno, otro de los letrados víctima del terrorismo de Estado. En este sentido explicó que el cadáver estaba en un estado “muy deteriorado”, incluso presentaba marcas como del accionar de alimañas. Lo más llamativo era un edema violáceo que presentaba el abogado en la zona de su tórax.La autopsia explicó que la muerte se produjo por un derrame masivo interno. El médico que intervino, en su declaración durante el Juicio por la Verdad lo describió como “una bolsa de huesos”.
resumen 7º Audiencia.
"todo sospechoso es culpable"
resumen 7º Audiencia.
"todo sospechoso es culpable"
Luis Rafaghelli fue el testigo que inició la séptima audiencia ayer a la mañana. El actual juez del Departamento Judicial de Necochea era un joven abogado en abril de 1976 cuando un grupo de tareas compuesto por militares y policías lo fue a buscar a su estudio. Pasó 37 días detenido en la comisaría cuarta de esta ciudad y fue llevado dos veces a La Cueva para ser interrogado bajo tortura.
Rafaghelli recordó que el primer interrogatorio fue “muy primitivo” y el segundo “más detallado”,. Le preguntaban nombres de jueces y abogados. “Muchas veces insistían con el doctor Norberto Centeno, me preguntaban que opinaba de él”, contó el testigo.
El primer interrogatorio duró una hora y el segundo un poco menos. El testigo dijo que había una voz chillona que preguntaba y muchos otros que se reían a carcajadas mientras lo torturaban.
En la comisaría cuarta estuvo cautivo junto a Amilcar González, periodista y secretario general del Sindicato de Prensa de Mar del Plata, con maría Eugenia Vallejos que estaba embarazada, con maría Martínez Tecco y con su colega Martín Garmendy, entre otras personas.
Cuando lo liberaron lo llevaron a entrevistarse con el coronel Pedro barda jefe de la subzona militar XV y dueño de la vida y la muerte de los detenidos desaparecidos de la zona.
Rafaghelli recordó que lo hizo pasar a su oficina y que le dijo que quedaba en libertad pero le advirtió que si había otra denuncia en su contra “volvía otra vez pero con los pies para adelante”.
Barda tenía una Biblia sobre el escritorio, y el testigo no dudó en decirle que el comportamiento que habían tenido con él no se parecía a lo que ese libro predicaba. Sin inmutarse el coronel le dijo que se libraba una guerra y que “todo sospechoso era culpable hasta que se probara lo contrario”. Le dijo que había sido torturado durante su cautiverio y Barda respondió que era parte de la metodología.
Hoy Rafaghelli cree que lo secuestraron como una forma de represalia por su profesión. Seis días antes de su captura había ganado un juicio a favor de un delegado gremial.
“Era la autoridad le teníamos miedo”
A Roberto Oscar Pagni le tocó hacer el servicio militar en abril de 1979. Luego de un periodo de instrucción fue derivado a la Base Aérea local. Junto a otros seis conscriptos formaron el equipo de custodia del comodoro Cuello, titular del regimiento, su jefe directo era Gregorio Rafael Molina.
El escribano y ex funcionario de la administración del intendente Daniel Katz, contó ante el tribunal que Molina era la persona que se encargaba de instruirlos en tiro con diferentes armas y ejercicios para posibles enfrentamientos con “guerrilleros”.
Dijo que el imputado era un hombre muy severo y que llevaba la voz de mando dentro de la Base Aérea. Era quien daba las órdenes. “Era la autoridad le teníamos miedo”, definió Pagni.
La función del colimba de apenas 18 años era custodiar la casa y el traslado del comodoro Cuello. Debía revisar el auto cada mañana para asegurase que no haya un explosivo y debía tener siempre su pistola 11.25 con una bala en recamara y martillada por cualquier eventualidad.
Según Pagni, Molina y otro suboficial eran los únicos que ingresaban al “bunker” así llamaban al edificio del viejo radar sonde funcionaba “La Cueva”. Los conscriptos tenían prohibido pasar por allí.
Lo recordó como un hombre de humor cambiante y una sola vez lo vio borracho. Fue en la cena de despedida cuando la promoción de Pagni se iba de baja. Con algunas copas de más, Molina les contó el episodio en el que murió el teniente del Ejército Fernando Cativa Tolosa, durante un presunto enfrentamiento con un grupo Montonero. Por eso hecho culpó a un militar de apellido Cerutti, dijo que había sido “un cagón” que no acompañó a Tolosa.
Por último mencionó que Molina tenía un anillo muy grande y una pulsera de oro o plata. El anillo grande fue mencionado por otros testigos.
Inspección ocular al C.C.D. "La Cueva"
Los jueces y las partes estuvieron ayer en el centro clandestino de detención que funcionó en la Base Aérea local para constatar los dichos de los sobrevivientes.
Inspección ocular al C.C.D. "La Cueva"
Los jueces y las partes estuvieron ayer en el centro clandestino de detención que funcionó en la Base Aérea local para constatar los dichos de los sobrevivientes.
Los rastros de aquel infierno están ocultos: tapados con cemento, arrancadas de las paredes, disimuladas con otros muebles. Lo que fue el centro clandestino de detención (CCD) conocido como “La Cueva” es hoy un depósito de pertrechos militares.
Los jueces que juzgan al suboficial de la Fuerza Aérea, Gregorio Rafael Molina (66) acusado de dos homicidios calificados, 38 casos de secuestro y aplicación de tormentos y al menos dos violaciones, realizaron ayer a la tarde una inspección ocular al lugar donde fueron alojados, torturados y desaparecidos cientos de hombres y mujeres durante la última dictadura cívico militar.
El camino principal por el que se ingresa a la Base Aérea Militar Mar del Plata divide en dos todo el predio. Al final, a 600 metros de la entrada principal se cruza una huella de pedregullo que luego es tapada por el pasto largo. Ese camino va hasta el bunker donde funcionó el viejo radar y “La Cueva”.
La edificación fue pensada como un pequeño bunker, una loma de pasto en medio de un amplio descampado camufla la construcción subterránea. La vieja escalera que los sobrevivientes de La Cueva mencionaron a lo largo de todo el debate ya no existe. Los escalones que les obligaban a bajar a empujones para que se cayeran ahora son una rampa de cemento. A mano derecha se encontraba la sala de máquinas, que era utilizada como sala de torturas; la cocina y el baño. En la mano izquierda había seis recintos de diferentes dimensiones que eran utilizados como celdas, el acceso a dos de ellos era a través de otros, ya que no contaban con puertas que dieran directamente al pasillo.
A unos cuatro metros por debajo del suelo, hay una humedad helada y el zumbido eterno de los ventiladores que limpian el aire del pequeño edificio. Las viejas celdas no existen, algunas paredes fueron derribadas. Del baño ya no hay rastros ni rastros. Ahora todo es un enorme y laberíntico salón donde se amontonan computadoras viejas, y se improvisan aulas con pupitres y pizarrones verdes colgados de las paredes.
La inspección ocular realizada por la Conadep en 1984 permitió establecer donde estaba el baño, la sala de torturas y las celdas, a pesar de las modificaciones urgentes que realizaba el poder militar en retirada. Ayer, los jueces pudieron constatar los dichos del testigo Rodolfo Facio: “cinco pasos para ir al baño y siete para la sala de tortura”.
Las partes recorrieron “La Cueva” y cotejaron la fachada actual con las fotos tomadas en 2001, durante una nueva inspección. En aquella ocasión una sobreviviente reconoció la mesa en la cual mortificaban con picana a los detenidos y el armario donde guardaban los elementos de tortura.
El cuarto donde los prisioneros eran sometidos a interrogatorios es una habitación enorme con pequeñas ventanas en las paredes y un viejo extractor que renueva el aire y seca la humedad. Allí se reunían las cuatro o cinco voces que preguntaban y torturaban. Ahora es un depósito de ropa de fajina y enormes cajas verde oliva. Hay tiendas de campaña desarmadas y pertrechos militares.
Afuera desde un costado del bunker se puede ver el hangar del aeropuerto que nombró uno de los testigos en su testimonio. También se puede ver parte de la pista de aterrizaje. Se puede sentir el viento que mencionó el abogado Martín Garamendy, la primera vez que fue llevado para ser interrogado.
Menos de una hora bastó para que los jueces Juan Leopoldo Velázquez, Beatriz Torterola, y los conjueces Juan Carlos Paris y Martín Bava constataran los dichos de los testigos.Hoy a partir de las 9 comenzará la octava audiencia con la declaración de dos testigos. La próxima semana no habrá audiencias y el 31 de mayo, las partes esperan poder contar con la presencia del último testigo, un abogado platense que solicitó un plazo de 72 horas debido a una afección renal
resumen 8º audiencia.
"Molina era el jefe de todo"

resumen 8º audiencia.
"Molina era el jefe de todo"
Dos ex conscriptos de la Base Aérea aseguraron que el suboficial violaba a las cautivas, hablaron de “vuelos de la muerte” y dijeron que un juez y un abogado decidían la suerte de los detenidos
Dos colimbas clase ’57, que hicieron el servicio militar en la Base Aérea desde enero de 1976 hasta marzo del ’77, complicaron la situación del suboficial Gregorio Rafael Molina acusado de crímenes de lesa humanidad cometidos en el centro clandestino de detención (CCD) “La Cueva” que funcionó en el edificio del viejo radar.
Ambos testigos, cuyos nombres no pueden ser develados por orden de la Justicia, brindaron detalles del funcionamiento de la Base Aérea después del golpe de Estado. Además, aseguraron que como segundo responsable de Inteligencia, Molina “era el jefe de todo”. Uno de ellos vio como subían a prisioneros a un avión que regresaba vacío y el otro, dijo que el abogado Eduardo Cincotta y el juez Pedro Federico Hooft llamaban a la Base y pedían hablar con el sector de Inteligencia. De esos llamados dependía la suerte de algunos detenidos desaparecidos.
El primer testigo cumplió funciones en la compañía de servicio. Estaba a cargo del conmutador. Todas las llamadas telefónicas que entraban a la Base Aérea pasaban por él. El hombre con acento provinciano recordó que después del golpe de Estado, se habilitó un nuevo el interno, el número 2 y correspondía al viejo radar. Según el testigo, “un nido de ratas, un lugar abandonado” que acondicionaron para los detenidos desaparecidos.
El primer testigo cumplió funciones en la compañía de servicio. Estaba a cargo del conmutador. Todas las llamadas telefónicas que entraban a la Base Aérea pasaban por él. El hombre con acento provinciano recordó que después del golpe de Estado, se habilitó un nuevo el interno, el número 2 y correspondía al viejo radar. Según el testigo, “un nido de ratas, un lugar abandonado” que acondicionaron para los detenidos desaparecidos.
Al ex colimba le tocó dos veces hacer guardia en “La Cueva”. Dijo que allí había al menos 18 personas encapuchadas y maniatadas. En una oportunidad tuvo que acompañar a uno de los detenidos al baño. Dijo ser un abogado y se ofreció para llevarle una carta a la familia. El testigo cumplió su promesa. Dejó la esquela debajo de la puerta de una casa del barrio Chauvín.Ambos testigos dijeron que Molina representaba la autoridad en la Base Aérea. Era el segundo jefe de Inteligencia después del oficial Cerutti y siempre andaba muy armado. Aseguraron que el viejo suboficial había violado a algunas prisioneras. Participaba de los de los operativos de secuestro y lo llamaban “Charles Brondson o Sapo”. “Siempre andaba con carpetas y una tenía fotos de las personas que buscaban”. Una de esas imágenes era de un hombre que llamaban “Pájaro” y que lo acusaban de haber matado al teniente Fernando Cativa Tolosa.
Los colimbas contaron que durante la noche ingresaban autos de civil con gente encapuchada adentro y se dirigían directamente a La Cueva, al fondo del predio. También recordaron que el Casino de Oficiales era un lugar en que se alojaban presos. Lo llamaron los “presos vip”. Estaban en mejores condiciones y no eran torturados como los otros.
Los dos testigos coincidieron en que a la noche se escuchaban gritos y quejidos en La Cueva. Uno de ellos contó que había dos hombres de civil que venían desde el GADA 601 a interrogar a los detenidos.
A medida que pasaban los días, los colimbas se enteraban de aquellas cosas que en un primer momento fueron secretas y luego se transformaron en cotidianas. Los autos sin identificación llegaban con prisioneros cada vez más seguidos. Un Torino blanco, un Falcón y una Chevy eran los vehículos utilizados para los secuestros.
Según uno de los testigos, un tal “Pepé” –morocho grandote-, era quien manejaba la picana a la hora de los interrogatorios. “Los interrogatorios livianos eran a la tarde y los pesados a la noche”, dijo el ex conscripto. Sus dichos coincidieron con los de su compañero de promoción que relató que los gritos en La Cueva se escuchaban a la noche. La radio a todo volumen no podía tapar el quejido de los prisioneros durante la tortura.Ambos reforzaron las declaraciones de una sobreviviente.
Recordaron el día que una prisionera se cortó al frente tras caer de la escalera de entrada al viejo radar y los enfermeros Silva y Roldán la cosieron sin anestesia.
También hablaron del asesinato de unos de los detenidos, el cura Domingo Cachiamani, que se trabó en lucha con uno de los carceleros y éste le pegó un tiro.
Los vuelos de la muerte
A propósito de los vuelos de la muerte, uno de los ex conscriptos recordó que entre sus compañeros había un joven de apellido Quiroga. Había pedido prórroga para poder terminar la carrera de bioquímico. Luego hizo carrera dentro de la Fuerza Aérea y un día le confesó al grupo que se quería ir porque “el no había nacido para hacer ciertas cosas”. Le habían ordenado hacer un anestésico para adormecer a los prisioneros antes de subirlos a los aviones.
Testigo aseguró que el juez Hooft,llamaba por algunos prisioneros
Testigo aseguró que el juez Hooft,llamaba por algunos prisioneros

El conscripto que estaba a cargo del conmutador tenía la función de contestar cada llamada telefónica y derivarla a las distintas dependencias de la Base Aérea. Del GADA 601 llamaba el coronel Pedro Barda, jefe de la subzona militar XV. También lo hacía Alfredo Arrillaga, subjefe del GADA y responsable del servicio de Inteligencia de la zona. Desde la Base Naval se comunicaban Juan José Lombardo y Juan Carlos Malugani. Todos hablaban con el jefe de la Base.
Otros llamados eran directamente para los oficiales de Inteligencia Molina o Cerutti. El titular de la comisaría cuarta, el abogado Eduardo Cincotta y el juez Pedro Cornelio Federico Hooft se comunicaban seguido.El ex colimba contó que recordaba el nombre del abogado por la firma que fabricaba neumáticos. Contó que cada vez que llamaba Cncotta “había revuelo”. El abogado pedía hablar con Cerutti o Molina. Ese día había movimiento en el Casino de Oficiales porque alguien se iba. Al rato venía el abogado y se llevaba a algunos de los “presos vip”.
Cincotta fue militante de la Concentración Universitaria Nacional (CNU) y después del golpe de Estado pasó a colaborar con la represión como informante. En el 2008 fue procesado por delitos de lesa humanidad y encarcelado. El septiembre de 2009 murió sin ser juzgado a causa de un cáncer fulminante.
Según el testigo, Hooft llamaba para informar sobre algunos recursos de amparos. Lo llamativo era que el magistrado pedía hablar con los oficiales de inteligencia, los encargados de los secuestros y no con la máxima autoridad militar en aquel entonces, el coronel Pedro Barda.
Los colimbas que sabían lo que pasaban celebraban que llamara el juez porque sabían que ese llamado implicaba que alguien era liberado. Uno de los detenidos del casino de Oficiales se iba a su casa. En más de una ocasión –contó el testigo-, el juez llamaba y como no lo podían atender avisaba que mandaba a Cincotta a la Base Aérea.
La declaración del ex conscripto refuerza algunas de las denuncias que pesan sobre el juez con pedido de juicio político. Hooft sabía que en la Base Aérea funcionaba un centro clandestino de detención que había un grupo de militares que secuestraba personas y elegía a quien liberar y a quien no. A sabiendas que aquellos que quedaban a merced de los militares terminarían muertos o desaparecidos.
Por: Marcelo Nuñez
fotógrafo
Por: Marcelo Nuñez
fotógrafo
Fuente:Rdendh
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