11 de agosto de 2010

CHACO: MASACRE DE MARGARITA BELÉN-CAUSA CABALLERO.

Masacre de Margarita Belén
Juicio oral - día 18
“Que aparezcan los huesos de mi hermano”
Pidió Álvaro Piérola, hermano de una de las víctimas. Fue uno de los seis testigos que declararon ayer. Hoy se reanuda la Causa Caballero. Declaran: Hugo Dedieu, María Teresa Pressa de Parodi Ocampo, Carlos “Flaco” Páez, y Jorge Giles.
Informe: Gonzalo Torres
Edición: Marcos Salomón
Una maratónica audiencia se dio ayer, en la reanudación del juicio oral y público por la Masacre de Margarita Belén, que tuvo momentos de tensión, tragicómicos y de risa, durante la declaración de seis testigos.
Declararon Alfredo Galo, ex preso político que quedó ciego; Elsa Erztic, vecina de la alcaidía policial, testigo de la defensa; Gladys “Beby” Hanke, esposa de Eduardo “Lalo” Fernández, víctima de la Masacre; el periodista y ex preso político Hugo Dedieu, Norma Alejandría, que fuera vecina del cementerio; y Álvaro Piérola, hermano mayor de Fernando, también víctima de la Masacre.
En orden cronológico, así fueron las testimoniales:
Alfredo Galo: detenido en la alcaidía vio como juntaban a un grupo de 30 personas en el comedor. “Por favor no me peguen”, escuchó que gritaban los torturados. Vio a Carlos Zamudio y Arturo Franzen muy lastimados. Patricio Tierno y Piérola pasaron caminando cerca suyo y le dijeron “no se si nos vamos a volver a ver, si salimos de esta, cantá bien fuerte la marcha peronista”.
Elsa Erztic: esta vecina de la alcaidía fue el récord por su breve testimonio. Su nerviosa declaración duró exactos 10 minutos. Cuando un confiado Carlos Pujol, abogado defensor, le preguntó dónde estaba el 12 de diciembre de 1976, Elsa contestó: “No sé si habré estado o no en mi casa ese día…”. Pujol pidió hacerle reconocer su firma en una declaración anterior y la testigo reconoció que sí, que estaba ese día en su casa, pero que no había visto “nada raro”.
-“¿Usted conoce por dentro la Alcaidía?”, le preguntó Pujol.
-“¡Doctor! ¿Cómo le va a preguntar eso?”, lo retó la jueza Gladys Yunes, a lo que el abogado respondió con una sonrisa pícara: “Puede haber estado alguna vez…”.
Gladys “Beby” Hanke: se presentó como “supuestamente viuda” de “Lalo” Fernández, fundador de la Juventud Peronista de Goya. Después de marzo de '76 pasó a la clandestinidad, viajó a Corrientes, y luego al Chaco. Se lo vio en Resistencia a principios de noviembre de 1976.
“Desde hace más de 30 años quiero saber qué pasó con Lalo. Mi hijo no pudo conocerlo. Convivir con la figura de un familiar desaparecido es lo más terrible que hay. Uno hasta que no tiene los restos no puede honrarlo, la deuda con mi hijo es lo más duro”, señaló la mujer, madre de Juan Carlos, uno de los activos militantes de H.I.J.O.S. y miembro del Registro Único por la Verdad (RUV-Casa por la Memoria).
El caso de Lalo no es el único, Beby recordó a Dora Noriega detenida en el ex Regimiento de Infantería 9 (RI9) y trasladada al Chaco en diciembre, y a Ramón Vargas, otro detenido en el regimiento que continúa desaparecido y podría haber sido asesinado el 13 de diciembre de 1976).
La noticia más precisa sobre el destino de Lalo, lo escuchó en un aniversario por la Masacre de Margarita Belén, cuando el ex detenido político Rodolfo Bustamante le dijo: “Lo vi en la Brigada (de Investigaciones), muy golpeado, desde principios de noviembre hasta los primeros días de diciembre”.
Hugo Dedieu: el periodista misionero fue detenido en la casa en la que vivía con su mujer de entonces y sus dos pequeños hijos, por calle Sáenz Peña 530 por un comando de militares y civiles de la patota de Investigaciones liderado por el entonces teniente Aldo Martínez Segón (uno de los imputados).
Llevado a la Brigada -hoy volverá a declarar, pero en la Causa Caballero- lo amenazaron: “No solamente te vamos a sacar las uñas a vos, sino también a tu mujer y a tus hijos”. No lo salvó ni el hecho de un camarada de Wenceslao Ceniquel, hombre fuerte de la Patota.
Cerca de su celda pudo ver a Manuel Parodi Ocampo –víctima de la Masacre- y su mujer, y escuchó los alaridos de Tierno cuando lo torturaban.
Ya en alcaidía, Dedieu le preguntó a Chejolán, jefe de una de las guardias qué pasaría con él, a lo que el carcelero respondió: “Los que tengan escasa vinculación con la subversión van a salir en libertad, los que tengan una vinculación mediana van a estar muchos años presos, y los que estén muy comprometidos van a ser boleta”. En septiembre lo pasan a la U7, donde ve cómo sacan el 13 de diciembre de 1976 rumbo a la muerte a Mario Cuevas (estaba en su pabellón) y a Duarte y Franzen, (del pabellón de enfrente).
Norma Alejandría: fue amenazada, recibió llamadas de “una persona que me conoce, sabe dónde vivo y está vinculada a los servicios de inteligencia”, se quejó. Pero prefirió no dar más detalles por miedo a las represalias.
Norma vivía en la esquina de Pasaje Arazá y calle 3. La noche del 13 de diciembre, su hijo Lautaro, de 1 año, tuvo fiebre e intentó usar el viejo teléfono público de ENTEL del cementerio y allí “vi muchos uniformes militares, un camión, y una camioneta, creo que era una ambulancia, de la que bajaban un bulto, creo que iba envuelto en arpillera”.
Unos días después, un vecino del barrio de apellido Centurión, que era sepulturero, le comentó a Norma que los militares les ordenaron a los sepultureros: “Métanlos todos juntos y después planten gramilla para que no se note”.
Eran más de 20 los cuerpos que tuvieron que enterrar, algunos estaban en bolsas y otros en cajones de pésima calidad que se rompían y chorreaban sangre, tal como ya lo había publicado elDIARIO de la Región hace más de tres años. Además, el hombre le mostró a Norma el lugar donde se habría cavado la fosa común: “Debajo de una cruz de madera que ya no está, en donde hoy está lo que es la cruz mayor”.
Tras la declaración de Norma, el abogado defensor Pujol solicitó realizar las excavaciones pertinentes en el cementerio y la inspección ocular del lugar. El consenso entre querella, fiscalía y defensa fue total –por razones totalmente antagónicas, obviamente- y la jueza Yunes aprobó la solicitud.
Álvaro Piérola: el hermano mayor de los Piérola tuvo la participación más emotiva de todas. Al final de su testimonio, miró a los ojos a los imputados y dijo: “Que aparezcan, por favor, los huesos de mi hermano, que es lo que hace 30 años estamos buscando”.
Tras relatar su propia experiencia de detención, Álvaro recordó dichos del soldado Alfredo Pegoraro, que fuera chofer de Luis Alberto Patetta (imputado en la causa), a quien se le ordenó trasladar un grupo de cuerpos embolsados desde la morque al playón del regimiento de La Liguria, donde tuvo lugar una arenga militar sobre cuál era el destino de los que enfrentaban al Ejército.
Álvaro contó como su familia fue perseguida, su hermano Gustavo fue empujado al exilio, él fue detenido y apaleado y a su padre le robaron la sonrisa cuando le explicaron que el telegrama del Ejército que decía que Fernando había escapado después de un enfrentamiento era una ruin mentira.


Causa Caballero. Juicio oral - Día 18
“La tortura era más para él, que miraba, que en mi contra”
Así declaró María Pressa de Parodi, contando sobre su esposo Manuel. Tensión durante la testimonial de Jorge Giles. El horror de la Brigada de Investigaciones, al desnudo.

Casi siete horas de audiencia fueron necesarias para posibilitar la declaración de cinco testigos, en la reanudación del juicio oral y público por la Causa Caballero, en la que se juzga a diez policías y dos militares, por “tormentos agravados” cometidos entre 1975 y 1979, en la Brigada de Investigaciones de la Policía y en la alcaidía de Resistencia.
En este orden declararon: María Teresa Pressa de Parodi Ocampo, Eduardo “Dito” Saliva, Jorge Giles, Hugo Dedieu y Carlos “Flaco” Páez, menos éste último, todos declararon tanto en la Causa Caballero como en la Masacre de Margarita Belén.
El momento de mayor tensión se vivió durante la declaración de Giles (que salió en llantos abrazado a sus hijos), con un duro cruce entre defensa y querella, con una enérgica intervención del presidente del Tribunal Oral Federal, Víctor Alonso, para poner las cosas en orden, mientras resistía, pañuelo en mano, la gripe que lo aquejaba.
En tanto, José Marín, “Cabo Sotelo” como se lo conocía en la tortura, fue el protagonista de la escena tragicómica de la mañana: se escondía detrás de la inmensa humanidad de Humberto Caballero cada vez que los testigos lo nombraban.
Embarazada torturada
Con María Pressa de Parodi no tuvieron piedad ni por los cinco meses de embarazo que tenía –y su esposo, Manuel Parodi Ocampo - a la postre, terminó siendo una de las víctimas de la Masacre. En la Brigada de Investigaciones la recibieron quemándole los pechos con una plancha o una pava.
“Para que no se escuchen los gritos, tocaban el acordeón. Mientras, a los que estábamos en la antesala de la tortura, nos hacían bailar. Al que se caía o tropezaba le pegaban con una varilla de metal o de madera”, recordó María, justo en el momento en que Marín, quien ejecutaba el acordeón, comenzó a tratar de esconderse.
Estuvo en la celda grande, con otros presos políticos, hasta que se construyeron los cuatro calabozos de la planta alta. En ese derrotero, pudo escuchar cómo los torturadores amenazaban a Nora Valladares: “Hablá o le damos a tu hijo”.María reconoció la presencia en la Brigada de los militares Jorge Larrateguy (fallecido) y José Luis Patetta (imputado). De los policías, recordó a José Francisco Rodríguez Valiente, Gabino Manader, el fallecido Carlos Silva Longhi y los que se hacían llamar Cabo Bota y El Japonés.
“Las torturas eran sin sentido”, afirmó. “Cuando me torturaban le decían a mi marido que hable. La tortura era más para él que miraba, que en mi contra”, relató. A esa altura, las fuerzas de María por evitar quebrarse en llanto eran mínimas. Lágrimas, vaso de agua reconstituyente: “Cometieron todo tipo de vejámenes”, aseguró para no hablar más del tema.
Mientras estaba detenida en la Brigada con su esposo Manuel, la casa de ambos fue saqueada. Así encontró cuadros con dedicatoria a su padre del plástico Venturi. Ella misma después lo vio en el centro clandestino de detención (hoy Casa por la Memoria) que funcionaba frente a la plaza central de Resistencia y a 50 metros de la Casa de Gobierno. Siete días antes de su detención, el diario misionero El Territorio, es decir el 9 de abril de 1976, ya publicaba sobre su detención. Pero la mujer estaba libre, caminando por Resistencia.
Puerto Tirol
Para cuando Eduardo “Dito” Saliva contó que el “Cabo Sotelo” lo obligaba a cantar el chamamé Puerto Tirol y que cada vez que se equivocaba le “acercaba la picana de ganado”, el imputado Marín ya estaba totalmente refugiado detrás de la figura de Caballero, en la doble fila que forman los policías y militares, siempre con José Tadeo Luis Bettolli y Luis Alberto Patetta sentados al frente.
“Dito” fue torturado, golpes y picana, y escuchó cómo eran sometidos a tormentos otros presos políticos: “Era un infierno, queríamos salir, vivos o muertos”, fue el elocuente relato de su paso por la Brigada de Investigaciones.Escuchó relatos de mujeres violadas. Vio a la diputada nacional Elsa Quiroz “totalmente deteriorada por la tortura. Incluso, perdió varias veces el conocimiento”. Y completó el cuadro de la ignominia: “No nos desataban ni para comer, entonces, teníamos que comer como perros”.
Sitúa a Manader como el torturador de Nora Valladares: “Al bebé se ve que lo torturaban para que ella hable” y como quien “comandaba” a Enzo Breard y Rodríguez Valiente, entre otros.
Tensión
El largo y preciso relato de Jorge Giles consumió buena parte de la mañana. Abierta las preguntas a las partes, se encendieron las chispas cuando el defensor Ricardo Osuna comienza a preguntarle por una serie de nombres, entre ellos Juan Carlos Montenegro.
“Yo no soy el juzgado, los juzgados son sus imputados”, respondió casi encolerizado, tras una pausada y tranquila testimonial.
Ya en un tono que llenó la sala, Giles arremetió: “Puedo contar más detalles sobre la picaneada en el pecho, en el culo…”. Hace 34 años sus torturadores le preguntaban, picana en mano, por los mismos nombres que el defensor Osuna.El juez Alonso reprendió al abogado, que se quejó: “No nos dejan preguntar ni ejercer el derecho de defensa”. Más furioso, el magistrado pidió que el reclamo de Osuna constara en actas. Luego, también reprendió al abogado defensor Oscar Gómez y tuvo tiempo de retar al querellante Mario Bosch.
Bosch, que junto a los fiscales Carlos Amad y Hugo Rodríguez eran los únicos de una antes poblada mesa de abogados, recriminó a su contraparte: “Es poner a la persona en situación de tormento, es revictimizante”, citando la jurisprudencia que protege a los testigos.
“En estos cinco minutos volví a tener el mismo dolor en el pecho que en esos días”, cerró su declaración Jorge Giles, para terminar abrazado, en medio del llanto, a sus dos hijos adolescentes, que lo acompañaron desde el público.
El bandoneón
El oficio de periodista de Hugo Dedieu se tradujo en su alocución: preciso y pormenorizado, rico en detalles. Fue detenido el 4 de mayo de 1976 y delante de sus narices se llevaron algunos crucifijos, cadenas de oro y dos salarios que había cobrado días antes.
De allí a la Brigada de Investigaciones, donde no se salvó ni por ser el hijo de un viejo camarada de armas de Wenceslao Ceniquel, para ese entonces jefe de la Policía de Chaco. Sufrió golpes y picana eléctrica.
Sin vendas, un día, frente a Rodríguez Valiente, Cardozo, Manader y Silva Longhi, le dicen: “Sos de los nuestros, tenés que hablar”. Luego, el pedido de convirtió en amenaza de muerte y tortura contra él y su familia (su ex esposa María Emilia Rossi y sus dos hijos también sufrieron cárcel).
Durante una visita de su madre de la Brigada, queda en el garaje, mirando la salida, directamente a la plaza 25 de Mayo. “Entonces, el Cabo Sotelo me dice que me vaya, qué el me daba autorización” – el imputado Marín no sabía como hacerse más pequeño escondido detrás de Caballero-.
“El ‘Cabo Sotelo’, que era fanático del acordeón, pero desafinaba, un día entró más alterado que nunca, pero no con nosotros sino con ellos: Quieren saber quiénes son los hijos de puta: Manader, Rodríguez Valiente, Cordozo, Mesa, Silva Longhi, Caballero”, relató. De Marín, sólo se veían sus pies por debajo de las sillas. El resto del cuerpo, estaba totalmente enrollado en un extraño rictus de contorsión.
“No los puedo frenar”.
Por último, declaró Carlos Aníbal “Flaco” Páez, detenido a los 17 años en Sáenz Peña. Desde que lo llevaron de su casa hasta la alcaidía policial de la segunda ciudad de Chaco lo estuvieron golpeando.
Ya en la alcaidía lo vuelven a golpear salvajemente: zona de testículos, costillas y abdomen. También conoce la picana, que se la aplican en los genitales. De tantos golpes, le rompen la cabeza y pierde mucha sangre. Además, pierde el conocimiento.
De Sáenz Peña lo llevan a la alcaidía de Resistencia, donde durante dos días los guardia cárceles le pisan la boca, todo el cuerpo. De la celda para menores, aislada del resto, lo llevan a la “sala para dementes”.
En ese ínterin, en la sala del director de la alcaidía, el comisario Rolando Mora, quien fuera jefe de la Policía de Chaco, admite ante el joven Páez: “Discúlpeme pibe, no los puedo parar”, por la tortura que había sufrido antes en Sáenz Peña.Al final, “Flaco”, pudo declarar tras 36 años ante un Tribunal Oral, ya que en 1978, a pesar de ser absuelto por la Justicia Federal, no pudo recobrar la libertad, y así recorrió innumerables cárceles del país: “Alcaidía, U7, U6 de Rawson y U9 de La Plata en 1981”, es decir que pasó detenido desde los 17 hasta los 24 años.
Informe: Marcos Salomon
FuentedeOrigen:ChacoDiaporDia
Fuente:Agndh

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