Relaciones entre Colombia y Venezuela: Uno de los mayores focos de tensión mundial
Por Juan Francisco Coloane
Venezuela y Colombia después del reciente encuentro de los presidentes Hugo Chávez y Juan Manuel Santos, han decidido reanudar relaciones aunque eso no significa que las asperezas desaparezcan. Los problemas de raíz subsisten. Estos son el izquierdismo y la autonomía del experimento bolivariano en Venezuela. Lo de autonomía es respecto a la hegemonía de Estados Unidos en la región, que es lo que más afecta a la poderosa nación del norte. El izquierdismo es un debate abierto.
Los problemas de raíz en Colombia no se superan. Se habla de que el gran mérito de Álvaro Uribe es haber recuperado lo que se llama en la jerga “un Estado fallido”. Supongamos que (por estándares que no conocemos), el Estado colombiano esté recuperado. Sin embargo el costo ha sido altísimo. Colombia aún no construye un sistema político de amplia participación ciudadana, comparando con lo que está desarrollando Ecuador con el liderazgo de Rafael Correa.
En Colombia, el duopolio de poder de más de un siglo concentrado en conservadores y liberales de derecha, permanece casi incólume. La militarización del Estado colombiano está acendrada como cultura política mientras existan las FARC y el narcotráfico. Puede que haya disminuido la tasa de secuestros y que las zonas de influencia de las FARC sean menores, con todo, estos no son indicadores para eludir el diagnóstico mayor de que la política en Colombia ha sido engullida por un sistema con omnipresencia del poder militar por sobre el poder político civil.
El trueque de sonrisas y de mensajes entre Chávez y Santos no disminuye la gravedad del problema basal de dos naciones que hasta el momento caminan por sendas diferentes y opuestas. El “partir desde 0” del presidente Santos, suena espectacular mediáticamente y el foco en expectativas de de desarrollo económico de su homólogo Chávez, suena igual. Esperemos que así sea sólo para terminar con las aspiraciones de supremacía absurdas de algunos cuarteles. Sin embargo ambas naciones atraen la atención mundial por diversas razones.
Colombia atrae a un sector del mundo como experimento de contención a la siempre latente insurgencia comunista, la que mientras existan las colosales inequidades en la región más desigual del planeta, se convierte en parte del cuadro establecido.
Por su parte en Venezuela, más que en ningún otro país de este hemisferio, se concatenan variables internacionales que van desde el capital financiero transnacional, hasta las cuestiones de seguridad continental. El referéndum de agosto de 2004 Venezuela fue una anticipación de las futuras batallas internas en los países de la región inducidas para desprenderse de, o acentuar la hegemonía estadounidense. Esas batallas se han sucedido una tras otra, y se podría decir que en el suelo llanero es donde se están llevando a cabo las batallas políticas más cruciales al comenzar este nuevo milenio, quizás tan cruciales como las exhibió Vietnam en otro plano y bajo otro contexto.
En Colombia se han establecido bases militares estadounidenses como una clara contrapartida al experimento autonómico bolivariano de Venezuela. Sin embargo estas bases son apenas la punta del iceberg en cuanto a las necesidades de la seguridad estratégica de Estados Unidos en esta parte del hemisferio occidental.
Colombia tiene una significación casi estrictamente local de control limitado a una zona. En cambio Venezuela se proyecta por su resonancia más planetaria en cuanto a que el independentismo (respecto al neocolonialismo) es una alternativa válida no solo por una cuestión de nacionalismo, sino también por una razón de desarrollo alternativo.
Hay un sector que promueve que el ALBA no prospere a toda costa, y que el experimento bolivariano venezolano se desplome. Una vez más se ve la lucha de dos polos. Colombia es la consecución del hegemonismo de un polo. En Venezuela se observa la necesidad de liberarse de la presión de ese polo, en este caso EEUU.
Desde el punto de vista del equilibrio en relaciones internacionales y las teorías más recurrentes, lo de Venezuela hay que observarlo con atención más allá de la distorsión del tóxico ideológico. Es doblemente meritorio no por la cualidad intrínseca de los resultados del experimento, sino porque lo lleva a cabo prácticamente “en solitario” (en cuanto a apoyos de grandes potencias o bloques de poder) sustentándose en coordenadas internas como eje y sostén y lo que es sin duda encomiable, sin acoplarse a una potencia mayor. Es puro coraje y romanticismo tal vez; por eso como ejemplo es peligroso y hay que eliminarlo.
Lo de Colombia no es ejemplo porque se ha acoplado a la potencia mayor formando parte del control hegemónico de esa potencia. Estados Unidos tiene buenos ejemplos en Asia en cuanto a que estas alianzas se han transformado en un Boomerang en el largo plazo.
Pocas veces el contexto internacional ha estado más centralizado en el fenómeno de la revolución bolivariana. Los procesos políticos, históricamente, como cualquier nación de América Latina, han estado distorsionados por la intervención extranjera.
El intervencionismo extranjero, sea de una potencia mayor como los EEUU, de la ex URSS hasta los ‘90, de Japón, de países europeos, de países vecinos por cuestiones de porosidad de fronteras, o por tratados desvencijados que se cuestionan, ha sido una constante, más que una excepción.
Desde la batalla contra España (1898), para obtener la posesión de Cuba, EEUU ha querido echar mano de Venezuela. Durante este período, hubo arrestos de mantener una férrea soberanía a través del general Cipriano Castro (1902), hecho presidente al encabezar la llamada revolución restauradora. Castro, se niega al desembarco de tropas estadounidenses a raíz de un conflicto con una compañía de asfalto. Posteriormente, el que lo sustituye, Juan Vicente Gómez, comandante general del Ejército, que permanece en el poder durante 25 años (1908-1933), coloca a Venezuela en una posición de alta dependencia política de los EEUU. “Cuando asume apeló al sentimiento de los EEUU y la Casa Blanca destacó en Venezuela al General W.L. Buchanan como alto comisionado, y con tres barcos de guerra como séquito” (L.A.Sánchez).
Aunque nunca ocupada territorialmente por los EEUU, como República Dominicana en distintos períodos, o Cuba 1898-1908), Venezuela a partir del crecimiento de la explotación de su riqueza petrolera, comienza a ser “invadida” por todos los sectores de su economía y su tejido social. Recibe una gran cantidad de inmigrantes de Europa, EEUU y América Latina, que se acoplan a esa creciente y enorme industria petrolera y sus subsidiarias. Venezuela crece en todo sentido, se hace más cosmopolita y se convierte en un país de alta complejidad.
Según el SSI (Strategic Studies Institute), un órgano del Pentágono, Venezuela ocupa un lugar central en el control estratégico de América del Sur y la parte sur del Caribe. Allí está el petróleo, su ubicación geográfica privilegiada y una apetecida masa de recursos humanos y físicos. También es conocida una trayectoria europea para tener influencia en ésta zona. El cruce de intereses europeos se observa a través de las editoriales y las columnas de opinión del diario El País de España, que ha estado en la vanguardia mediática para contener la llamada influencia chavista, en alianza con medios transnacionales del grupo Cisneros insertos en la política de hegemonía en la información del eje Time-Warner. Todo es una cápsula demostrativa de cómo se presiona desde la perspectiva del poder mediático transnacional, en una coyuntura local con significado global.
Colombia y Venezuela: Relación conflictiva
Por Ángel Guerra Cabrera
La relación entre Colombia y Venezuela descansa en un sustrato de conflictividad pues mientras en el primer país existe el régimen oligárquico más represivo y cercano a Estados Unidos y sus políticas neoliberales en América Latina, el de Venezuela es un gobierno popular con un líder promotor del socialismo y de la independencia de nuestra región respecto a Washington. Precisamente la razón principal para la instalación de sus bases en Colombia es mantener en jaque a la revolución Bolivariana.
Encima, en su última etapa el gobierno de Álvaro Uribe exacerbó todo lo que podía envenenar los nexos bilaterales hasta provocar la ruptura de las relaciones diplomáticas, actividad en la que contó con el apoyo estadounidense. Pero por más profundas que sean las diferencias ideológicas entre países hermanos de América Latina y el Caribe, cualquier asunto que deteriore sus relaciones interestatales perjudica en primer lugar a sus pueblos y sólo favorece los intereses imperialistas.
Por eso, el restablecimiento de relaciones diplomáticas plenas entre Caracas y Bogotá y el ambiente franco y cordial en que se logró el acuerdo adoptado por los presidentes Hugo Chávez y Juan Manuel Santos es una excelente noticia para los pueblos de los dos países y para todos los de nuestra región. El escenario del acuerdo, San Pedro Alejandrino, donde Simón Bolívar, libertador y fundador de las dos patrias, expiró y pasó sus últimos días no pudo ser mejor escogido. La distancia ideológica entre los gobiernos de Venezuela y Colombia no disminuye la gravitación de este símbolo ni el hecho ya señalado de que es el imperio quien fomenta y se beneficia de las desavenencias entre los países de nuestra región ni que existen una gran cantidad de cuestiones en las que ambos estados pueden cooperar para beneficio de sus pueblos. Además del alto volumen del comercio bilateral que hizo de Caracas el segundo socio comercial de Bogotá hasta que la crisis diplomática se acentuó el pasado año –con grave daño para ambas partes, sobre todo para Colombia-, las dos naciones comparten una frontera de 2219 kilómetros, donde existen vastas franjas de selva apenas poblada y núcleos urbanos en que colombianos y venezolanos están unidos por lazos de la vida cotidiana y hay sensibles necesidades sociales y de infraestructura que los dos presidentes se comprometieron a atender. En la consolidación del paso que se ha dado puede resultar muy útil el acuerdo de crear comisiones permanentes que se ocupen de estos temas; en particular, la de seguridad, puesto que el desbordamiento al lado venezolano del conflicto armado en Colombia hace necesario un mecanismo ágil y eficaz de consultas y cooperación que evite malos entendidos y eventuales conflictos, como los que pretende avivar CNN con el notable incremento de su feroz campaña antivenezolana, también con los ojos puestos en las elecciones del 16 de septiembre .
A diferencia de Uribe, salido de la lumpenburguesía ligada al narcotráfico y al paramilitarismo, Juan Manuel Santos es un hombre de la más rancia oligarquía colombiana, contra cuyos intereses llegó a actuar en más de una ocasión el primero con tal de complacer a Estados Unidos. Es imposible desligar a Santos de los desmanes cometidos por el gobierno anterior, del que fue ministro de defensa en el momento de la agresión a Ecuador y de los famosos “falsos positivos”, pero por otro lado los colaboradores que ha escogido y los pasos que ha dado en sus primeros días de gestión evidencian un deseo de alejarse del uribismo en política exterior, lo cual es lógico puesto que la oligarquía necesita reparar la situación de aislamiento internacional del país. En este terreno, los hechos corroboran sus reiteradas declaraciones de que la prioridad es restablecer las relaciones con Quito y Caracas. Preguntado sobre el discurso de toma de posesión del flamante mandatario el ex presidente Samper –reconocido adversario político de Uribe y de Santos- declaró que había “hecho girar la agenda política exterior y doméstica de Colombia 180 grados”.
Aunque Santos tenga, como parece, la voluntad política de normalizar las relaciones con Venezuela, no le será fácil. Tiene tres obstáculos visibles y beligerantes en los sectores más agresivos de la oligarquía colombiana y del imperio y en la contrarrevolución venezolana.
P.D. Mientras, sigue la cuenta regresiva hasta el 7 de septiembre, cuando Obama tendrá que decidir si tira o no del gatillo contra Irán.
Fuente:Argenpress
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