24 de noviembre de 2010

LOS JUZGA UN TRIBUNAL LOS CONDENAMOS TODOS.

DECLARO POR PRIMERA VEZ
El dolor de Beatriz
Beatriz Beletti guardó el secreto de su sufrimiento durante más de 20 años. Secuestrada el 14 de septiembre de 1976, en su casa, fue llevada al Servicio de Informaciones donde la torturaron. "Hace 34 años que me torturan", dijo ayer, y dio cuenta de un modo inapelable del efecto indeleble de esa crueldad. Esa noche de 1976, a su casa entró un hombre de contextura robusta, cabello rubio, ondulado, con nariz recta, más bien chica y ojos de un celeste intenso. Le pegó a su padre, amenazó con matarlos. Supo que era Alberto Vitantonio en 1997, cuando lo vio por televisión como policía en actividad, en plena democracia. Y ella, que jamás había denunciado el horror en carne propia, decidió colaborar con Esperanza Labrador por la desaparición de Miguel Angel, uno de sus hijos. El otro, Palmiro y su esposo, Víctor, fueron asesinados. "Yo guardé silencio durante todo el tiempo porque sentí que no tenía nada que decir. Era mío, me había pasado a mí. En este caso, era distinto, sentí que tenía la obligación de hablar", afirmó sobre su decisión de declarar, ya que Vitantonio había participado del secuestro de Miguel Angel Labrador.

Beletti fue explícita sobre la tortura. "Durante años pensé, sostuve, que no hay que hablar de la tortura. Sin embargo, voy a hacer una excepción porque creo que si todos venimos acá y decimos sólo que nos torturaron, no se va a tener la dimensión de lo que era eso". Le aplicaron picana en los genitales, en los pechos, hubo quemaduras con cigarrillos, bolsas de plástico en la cabeza para el tormento que después supo se llamaba submarino seco, golpes en la boca del estómago. Estaba vendada, pero al mover la cabeza para atrás podía ver, y vio a un compañero de la UES, Mancha Tartaglia, que presenciaba la tortura y les confirmaba a los torturadores si ella estaba diciendo la verdad. "Me decían que hablara, que iba a terminar teniendo un hijo de un hijo de puta. Me decían que tenían tiempo de hacerme un hijo, reventármelo y volver a hacerme otro", relató ayer. En ese momento, lloró. Lo hizo varias veces.

En la tortura, le preguntaban por el que había sido su marido. Como Tartaglia la conocía bien, decidió incriminarse. "Daba datos falsos de lo que ellos querían saber, de quién había sido mi marido. Para dar algo, para no dar todo", contó ayer.

Escuchó el sobrenombre de El Ciego (Lofiego), también pudo distinguir la voz de Carlos Brunato (Tu Sam), que le cantaba, en plena tortura, con ritmo de canción infantil, "a la SSA, a la triple triple A, en zanjones y cunetas aparecen las boletas". Le hicieron firmar una declaración que ni siquiera pudo leer.

El momento más duro de su declaración se refirió a los tormentos de una compañera, Ana Lía Murgiondo. A Beatriz, el 8 de octubre la llevaron a la Alcaidía. A los 5 días, la sacan de ahí para llevarla nuevamente al SI. "Apenas entro me vendan, me tienen esperando en una habitación, me gritan, me preguntan cómo se llamaba la hermana de su mejor amiga, mientras me pegan", rememoró. En ese momento, ubica a un hombre "muy imponente, con manos grandes", cree que se trataba del entonces interventor de la policía rosarina, Agustín Feced. La amenazaron con volver a torturarla. La llevaron frente a una chica que estaba desnuda, con signos de haber sido muy torturada. Era Ana Lía, pero entonces, Beatriz no conocía su nombre, sólo que le decían La Polaca. La chica empezó a pedirle perdón. "Yo sé que vos no querés hablar, pero mirá cómo estoy", le dijo Murgiondo. Beletti le contestó: "Yo no te conozco". Al recordar este episodio, ayer, el llanto de la testigo fue incontenible. "Una cosa es recordar lo que me pasó a mí, otra es lo que vi que le hacían a otros. Fue uno de los peores momentos de mi vida", dijo. La chica le hizo un pedido: "Cuidame a la nena, por favor". Según sus cálculos, era el 14 de octubre de 1976. De todas las heridas, esa pareció ser la más abierta de Beletti. "La llevo en el alma. No era mi amiga, lo único que nos unió fue ese momento. Haberla abandonado, en cierta forma, y no haber podido hacer nada por su nena", dijo antes de llorar desconsoladamente. Murgiondo es una de las víctimas de la masacre de Los Surgentes.

Beletti volvió a la Alcaidía, donde también sufrió la desconfianza de sus compañeras, por haber sido sacada durante todo un día. "No las culpo, la desconfianza tenía un motivo", dijo ayer. En junio de 1977 recuperó la libertad. Pero en noviembre de ese año la llevaron nuevamente a la Alcaidía, por un proceso de la justicia federal. En ese momento, estaba embarazada. Tuvo pérdidas, pidió ayuda pero no se la brindaron, perdió el bebe. "Antes no menstruabas porque tenías miedo de estar embarazada, ahora como querés estar embarazada estás menstruando", le dijeron. "Al día siguiente estaba en un sanatorio, me estaban haciendo un raspaje con serio riesgo de infección, porque sí estaba embarazada", dijo.

Para terminar, la testigo agradeció la disposición de "todos los estamentos de la justicia" y a la política nacional de derechos humanos. "Me mueve a hablar, primero que quiero una sociedad realmente con justicia para mis nietos, y por los que no tienen voz. Yo decido declarar por Labrador, porque una madre tiene derecho a saber qué hicieron con sus hijos, y por la memoria de Ana Lía Murgiondo", dijo ayer Beletti, sobre el final de su declaración. La apelación fue concreta: "Considero que como víctima, como tantas víctimas, lo único que necesito es justamente una acción sostenida de justicia. Sería terrible que cayera en el agua, que se lo llevara el viento. Es un dolor tremendo venir acá a relatar esto", dijo Beatriz, con la voz quebrada, pero firme. "El único bálsamo que puede tener el alma de la víctima es un relato, un correlato de justicia", terminó. Se retiró con aplausos.

Los hermanos Villarreal
Ayer declararon también Graciela y Raúl Villarreal, dos hermanos que fueron secuestrados, cada uno de su vivienda, el 27 de septiembre de 1976. Graciela fue privada de su libertad por el propio José Lofiego, que se identificó ante la madre de la adolescente, de 18 años. Primero la llevaron a una casa nueva, con césped, y luego al Servicio de Informaciones, donde fue tan torturada que tuvo marcas y heridas por muchos días. Después de la tortura, la pusieron en una escalera. Al salir de la sala de tormentos, llevaban allí a un chico rubio, le preguntaron si la conocía, la sacaron a ella y lo dejaron a él. "Estábamos todos doloridos, se sentían voces de dolor", relató ayer Villarreal. Años después, ya en democracia, en una manifestación de Familiares con las fotos de los desaparecidos, identificó a aquel chico rubio como Roberto De Vincenzo, el joven cuyos restos se identificaron en marzo, y fue enterrado en Granadero Baigorria el 23 de octubre pasado. El relato de Villarreal fue exhaustivo también, lleno de dolor. En noviembre de 1976 la trasladaron a Devoto, donde estuvo presa hasta diciembre de 1978. En todo su testimonio estuvieron muy presentes los olores. Sobre la impunidad y el terror, contó que antes de la llegada de la democracia, un día Lofiego entró al comercio donde ella trabajaba, en Rioja y España, a preguntar el precio de un producto.


"DURANTE TODOS ESTOS AñOS DE IMPUNIDAD, PASE MUCHAS NOCHES INSOMNE"
Ana Ferreira, un testimonio clave
"Una revive momentos de extremo dolor", dijo ayer la mujer que fue detenida el 15 de octubre de 1976 y traslada al Servicio de Informaciones de la policía -donde ya estaban sus padres y un hermano de 14 años- donde fue torturada.
Por Sonia Tessa
Beatriz Beletti y Ana Ferrari al salir de Tribunales.

Ninguna de las personas que asistió a la audiencia de ayer de la causa Díaz Bessone pudo salir de la sala siendo la misma. En especial, después de escuchar a Ana Ferrari y Beatriz Beletti, dos testigos que hicieron un enorme esfuerzo para poner en palabras un horror que parece inenarrable. Declararon también Graciela y Raúl Villarreal, dos hermanos que fueron secuestrados en septiembre de 1976. Ana Ferrari brindó una contundente declaración sobre la persecución a su familia, que comenzó muy temprano, en 1969, con el asesinato de su hermano Gerardo, sacerdote tercermundista. En 1970, el propio Agustín Feced allanó su casa y le dio una trompada a ella, entonces una niña de 12 años. Ana mantuvo la opción por los pobres, y se mudó a una villa cuando era adolescente. Allí participó en tareas como la construcción de un dispensario, o los reclamos de cloacas. "Todas cosas que me enorgullecen", dijo ayer. En junio de 1976, sus padres y su hermano de 14 años fueron secuestrados, y estuvieron en el Servicio de Informaciones. A Ana y su compañero, Manolo Fernández, los llevaron el 15 de octubre de 1976, de la casa de una abuela. Ana tenía un bebe, había dejado de militar. Al ver su documento, Raúl Guzmán Alfaro le dijo: "Así que vos sos una Ferrari, a vos y a toda tu familia los vamos a hacer mierda". La separaron de su hijo, al que amamantaba. Cuando la torturaban, le salía leche de los pechos. En una de las sesiones de tortura participó el propio Feced. Estaba sentada en la escalera del centro clandestino de detención cuando se llevaron a las víctimas de la masacre de Los Surgentes, el 17 de octubre. Nunca olvidará la mano de José Antonio Oyarzabal, a quien le decían Ciruja, sobre la suya. "Hasta la victoria siempre", se dijeron. "Durante todos estos años de impunidad, he pasado muchas noches insomne", le dijo ayer al Tribunal Oral Federal número 2.

Apenas llegaron a la casa de su abuela, Ana supo que iba a pasarla muy mal. Levantó a su bebé del moisés, pero uno de los represores le tironeaba las piernitas. Cuando relató ese momento ûcomo cada vez que mencionó a su hijo la emoción le congeló la garganta. Aún así, siguió. Un policía vestido de marrón le prometió cuidar que a su bebé no le hicieran nada durante el allanamiento. Y cumplió. Guzmán Alfaro y otro integrante de la patota, apodado Kuriaki, la llevaron a una pieza, le metieron una pistola en la vagina y le dijeron que iba a morir de esa manera. Después, la vendaron con una sábana que ella misma había hecho para su bebe. Ana tenía 18 años "recién cumpliditos".

Tras el allanamiento, la trasladaron en auto al SI. "Lo único que pensaba era que tal vez a mi hijo no lo iba a ver nunca más", dijo. Cuando la bajaron en la Jefatura, supo de inmediato donde estaba, porque meses antes había ido a llevarles comida a sus padres al mismo lugar. "Me tiraron contra la escalera y me dijeron: estás en el infierno", rememoró ayer.

Estaba en el SI cuando Feced llegó a verla, y le pegó. Una trompada por su madre, otra por su hermano muerto, otra por su hermano Pepe. Ana es la número 11 de 12 hermanos. "Tengo una familia numerosa, así que ligué mucho", dijo ayer, con un sentido del humor admirable para la ocasión. Demoró dos semanas, hasta que la trasladaron al sótano, en saber que su bebé estaba bien. Recién entonces la dejaron verlo unos instantes.

Antes de ir al sótano, sentada en la escalera del SI, Ana compartió un tiempo con Ana Lía Murgiondo (o la Petisa Carmen, quien rogó a los compañeros presentes que cuidaran a su hija), María Cristina Marquez y Cristina Costanzo. Por allí bajaron a Eduardo Felipe Laus y Oyarzabal, y también escuchó que decían "traigan al turco" por Sergio Jalil. Esa misma noche los asesinaron en la localidad cordobesa. "Fue el último día de vida de esos compañeros, el último día que estuvieron vivos", dijo con la voz ahogada por el dolor.

En cambio, no le tembló la voz para nombrar a los represores. "Sé con certeza absoluta que (José El Ciego) Lofiego participó de mi tortura y controlaba mis latidos cardíacos", dijo, para repetir la convicción sobre Mario "el cura" Marcote. Mencionó a Carlos Gómez, al Sargento, a Telmo Ibarra, a Kuriaki, a la Pirincha, a Kunfito, a Darío, a Kung Fu y a Tu Sam, que era Carlos Brunato, alguien que se había hecho pasar por integrante de la UES.

También recordó a Caramelo, Carlos Ulpiano Altamirano y contó que la hija del represor fue novia de su propio hijo. "La acepté en mi casa porque ella no tenía ninguna responsabilidad en lo que había hecho su padre. A él lo identifico un día que trae a su hija a mi casa. Jamás acepté las invitaciones a almorzar indicó ayer la testigo . Quiero recalcarlo para que se vea que entre nosotros no hay espíritu de revancha, de venganza". Aunque ella no unió todos los apodos con nombres, Darío era Julio Héctor Fermoselle, Kung Fu era Carlos Martín Ramos, la Pirincha era César Peralta.

En las sesiones de tortura "se nombraban entre ellos, se reían, se burlaban, se divertían", dijo la testigo ante una pregunta de la defensa. Ana mencionó un intento de violación de los represores, que la habían dejado desnuda en la rotonda del SI, pero fueron interrumpidos por Feced al grito de "No, la Ferrari es mía". Ayer, la sobreviviente usó la ironía. "No me violaron. ¿Se lo agradezco?", dijo ante los jueces Jorge Venegas Echagüe, Beatriz Barabani de Cavallero y Otmar Paulucci.

Afirmó que durante estos años, la persiguieron los recuerdos. Que pasó muchas noches sin dormir, recordando las torturas, la picana, las quemaduras de cigarrillo. "Me ha costado muchas noches de insomnio donde uno revive muchos momentos de extremo dolor, no sólo físico, sino también de indignidad, de vejación", dijo ayer.

Después de un mes en el Servicio de Informaciones, a Ana la trasladaron a Devoto, el 15 de noviembre de 1976. "Sé que a la noche siguiente Feced vino a buscarme para matarme. No se sabe de dónde salió la orden de trasladarme a Devoto, pero Feced se puso muy furioso por mi ausencia", recordó ayer la testigo. En esa cárcel supo que le habían abierto una causa federal. La defensora oficial era Laura Cosidoy, quien desoyó sus denuncias por torturas. "Hubiera preferido no tener abogado. Le hago la denuncia de lo que habíamos pasado y por supuesto que se hizo la sorda, no tomó ninguna referencia", contó la sobreviviente. Después, volvieron a llevarla a Rosario, esta vez a la Alcaidía. El 24 de diciembre de 1978 recuperó la libertad, pero debía ir tres veces por semana al mismo lugar donde la habían torturado para "firmar una libretita". A la familia de su esposo la diezmaron, y al salir en libertad, la única forma de reconstruirse fue tomar distancia, vivir en Entre Ríos y luego en Buenos Aires.

El relato fue extenso, mencionó a muchos compañeros y compañeras de cautiverio. "Estoy acá porque creo profundamente que la justicia tiene que servir para que los jóvenes crean en un país distinto. No se puede juzgar a un ladrón. No hay manera de juzgar a nadie si estos crímenes quedan impunes", dijo la testigo, quien llevó puestos los zapatos de la abogada Delia Rodríguez Araya, quien fue fundamental en el impulso de la causa Feced, al comienzo de la democracia. "Le quiero rendir homenaje", dijo Ana. Cuando salió de la sala, demoró un rato largo en transitar el camino hasta calle Oroño. A cada instante, alguien la abrazaba, con emoción. Al terminar su testimonio y también cuando salió a la vereda, recibió una ovación.


El esposo de Ferrari
Manolo y esas voces
Por José Maggi
Tres testimonios fueron brindados en la tarde de ayer en el marco del Juicio por terrorismo de estado que lleva el nombre del general Ramón Genaro Díaz Bessone: el de Manuel Fernández, (Manolo, el compañero de Ana María Ferrari), el de su hermano Ricardo Fernández y el de Carlos Usinger.

Manuel Angel Fernández relató que fue secuestrado el 15 octubre de 1976 en Agrelo 1592. "Sucedió a las 4.30. Estábamos con mi esposa Ana María Ferrari, su abuela y mi hijo de 6 meses. Me golpean mientras siento el nombre de Tu Sam, entre otros. En el baúl de un auto me llevan a la vieja jefatura de San Lorenzo y Dorrego. Me preguntaban por mi hermana Gloria Fernández que hasta hoy sigue desaparecida... Eramos varios, se escuchaban golpes, gritos de personas, de mujeres, llantos de criaturas, era insoportable escuchar las voces de terror de los demás porque yo pensaba en mi mujer, en mi hijo... En un momento me volvieron a bajar. Estuve al lado de Ana María en una escalera, le pregunto por mi hijo y me dijo 'quedáte tranquilo, me lo agarró un policía vestido de marrón que me prometió que se lo iba a dar a mi mamá'. Estaba toda lastimada, no la podía ver. Rezamos el padre nuestro, alguien nos escuchó y nos empezó a patear y a insultar, se habían ensañado totalmente con Ana".

"El Pollo Baravalle -prosiguió- me llevó a la favela, sentí que había menos personas. Llegó una orden de que nos iban a bañar, bajamos otras escaleras, había un baño donde pudimos asearnos. De ahí nos llevan a un sótano, en San Lorenzo y Dorrego. En la primer pieza a la derecha había todas mujeres. En la segunda pieza, justo en la esquina, ahí empiezo a tener contacto con Tossi, Piccolo, Giusti, Bocanera, Bustos, Pérez Risso, Moyano, ahí empiezo a conocer a algunas de las personas que subían y bajaban: era un oficial que andaba de civil, bajaba para traernos bolsos, ropa, era gordito, con peluquín, le decían Sargento. Otro gordito petisito Kunfito".

"Un vez una persona bajó y me pidió por favor que no diera su nombre, lo conocía porque era mi vecino, Oscar Gómez, me decía que ahí lo llamaban Carlitos Godoy, que me quedara tranquilo, que sabía dónde estaba mi hermana Gloria. Me recalcó que no dijera su nombre. Después me llevo al encuentro con mi vieja María Herminia Acevedo, que estaba toda golpeada", agregó.

Sobre su hermana se enteró en marzo del 77 "por compañeros de Coronda como el Bicho Mechetti, que Gloria había estado en el SI, que la habían torturado terriblemente, que se había portado muy bien, que había una saña personal contra ella de Oscar Gómez y que la habían trasladado. Y que los que la reconocieron a Manolita son el Caddy Chomicky y Gómez".

También declaró Carlos Usinger, detenido en junio de 1976 y llevado al Servicio de Informaciones, donde también fue salvajemente torturado. Mencionó haber visto, entre otros a Cacho De María, Charani, Enzo Tossi que estaba muy golpeado, lastimado, no podía comer, los otros que habían caído con él, el grupo completo de delegados del gremio de los que fabrican mosaicos, "trataban de convencerlo de que aunque sea tomara la sopa para recuperarse".
Fuente:Rosario12

martes 23 de noviembre de 2010
Juicio Díaz Bessone: “El cura Zitelli justificaba la tortura”
Este martes se retomaron las audiencias por el juicio contra la patota de la dictadura que condujo el comandante de Gendarmería Agustín Feced. Siete sobrevivientes ofrecieron sus testimonios ante el Tribunal Oral Federal N° 2 de Rosario –ubicado en Oroño 940–, donde se juzga a seis imputados de graves delitos de lesa humanidad. Beatriz Belleti, una de las sobrevivientes, se quebró cuando explicó a los jueces que estaba ahí por los que no tienen voz, los desaparecidos y asesinados”. Dos testimonios complicaron al cura Eugenio Zitelli.


Uno de los testimonios más impactantes que se escuchó ayer fue el de Beatríz Belleti, quien afirmó que durante 34 años guardó un silencio absoluto de lo que le había ocurrido, pero que ahora entendía que tenía sentido declarar, “por los que no tienen voz, por los desaparecidos y asesinados”, aclaró, al tiempo que explicó que gracias a la política de derechos humanos del gobierno nacional encontró otra motivación para dar su testimonio.

También declararon Graciela Villarreal, su Hermano Jorge Raúl, Ana Ferrari, su ex esposo Manolo Fernández, el hermano de éste Ricardo y Carlos Usinger. Todos militantes de la Juventud Peronista que estuvieron detenidos en el SI, que sufrieron secuestros, privación ilegítima de la libertad y tormentos.

Entre las atrocidades que se contaron en el juicio, se destacaron dos testimonios que complicaron al seriamente al cura de Casilda y ex capellán de la Jefatura de policía, Eugenio Zitelli.

Ana Ferrari recordó que cuando la trasladaron a la Alcaldía de mujeres, a metros del SI, el cura Eugenio Zitelli –capellán del la ex Jefatura de Policía–, les habló a las presas y les dijo que tenían que entender “que la tortura era un arma más de la guerra que estamos viviendo”.

En otro de los testimonios brindados la jornada de este martes, Jorge Raúl Villarreal, también atestiguó que pudo ver al mismo capellán “en un momento en el sótano del SI, donde estaban todos los detenidos, golpeados y torturados”. Villarreal aseguró que “era el capellán porque lo conocía de hace varios años, ya que había sido el cura que dio el último adiós en el velorio de mi padre, quien había sido un funcionario administrativo de la policía provincial”.

En este juicio se investiga a seis acusados de haber integrado la patota de Feced, que operó en el centro clandestino de detención del Servicio de Informaciones de la Policía de Rosario durante la dictadura –el mayor centro de exterminio montado por el aparato del terrorismo de estado en la provincia de Santa Fe–.

Los imputados son los ex policías Ramón Rito Vergara, Mario Alfredo Marcote, José Carlos Scortechini; el civil Ricardo Miguel Chomicky, el comandante del Segundo Cuerpo de Ejército, Ramón Genaro Díaz Bessone; y el ex oficial de policía José Rubén Lofiego. A estos dos últimos se les imputa además 17 homicidios.

Fuera del tribubal, desde las 11, organizaciones de derechos humanos y sociales nucleadas en el Espacio Juicio y Castigo, realizaron una radio abierta para acompañar a los testigos y querellantes.


martes 23 de noviembre de 2010
Juicio Díaz Bessone: La vigilia de Ana
...“Ana no duerme...canta palabras
canta y se torna en luz” (Luís Alberto Spinetta).
Por Juane Basso.
Ana Ferrari, una de las testigos del juicio contra represores de la dictadura que se está llevando adelante en el Tribunal Oral Federal N° 2 de Rosario, dio este martes un testimonio que partió la cabeza de los jueces y provocó varias ovaciones del público presente en la sala de audiencias. Luego un relato increíble de los sufrimientos a que padeció ella y su familia, la sobreviviente ‒que declaró infinidad de veces desde la vuelta de la democracia‒ explicó a los jueces que ha vivido “noches y noches de insomnio” en las que ha ido “repasando el dolor físico y psíquico” al que fue sometida “en el infierno” del Servicio de Informaciones de la Policía de Rosario. “Cada noche sin dormir, cada día que pasa recordamos un poco más”, señaló Ferrari, tras narrar las bestialidades cometidas contra ella misma y decenas de compañeros que compartieron su cautiverio en el mayor centro clandestino de detención que funcionara en Santa Fe durante el terrorismo de Estado.

Ferrari comenzó su declaración con el recuerdo de un hecho que la marcó “para toda la vida”, y que fue el asesinato en 1969 de su hermano Gerardo Ferrari, un cura enrolado en la Teología de la Liberación que se había acercado a las Fuerzas Armadas Peronistas (FAP), para luchar por el retorno al país del líder exiliado Juan Perón. “Yo tenía once años, pero me dije que si mi hermano había dado su vida para que no haya más pobres en la Argentina yo iba a seguir su camino. Para mi Gerardo era una especie de Santo”, explicó la testigo al tribunal.


Ana contó que al tiempo de la muerte de su hermano, a los 14 años, decidió con una de sus hermanas irse a vivir a “una villa miseria para ayudar a los pobres”. Luego, en una unidad básica del barrio Casiano Casas conoció a Manolo Fernández, con quien se casó a los 17 años, y tuvo un hijo.


Después de aquel asesinato tampoco nada fue igual para su familia. La casa de sus padres fue dos veces allanada por ejército y policía. Su padre y madre fueron detenidos junto a uno de sus hermanos de 14 años. Sus suegros sufrieron un hostigamiento similar de los represores. Una cuañada, Gloria Fernández, es una más de los 30 mil desaparecidos. Otro de sus cuñados, Ricardo, también fue secuestrado y llevado al SI, al igual que ella y su ex marido, Manolo.


La sobreviviente, quien tenía apenas 18 años cuando fue secuestrada, recordó cómo la patota ingresó a su domicilio en octubre de 1976, golpearon a su abuela, a su suegro y quisieron arrebatarle a su bebé. “En un momento –narró Ferrari– quieren agarrar a mi bebé, yo lo abrazaba fuerte para que no me lo saque, y uno de los secuestradores que lo tironeaba de una patita me dicen «a estos pendejos hay q matarlos porque después crecen y se hacen montoneros». Por suerte llega un policía vestido de marrón que me dice «démelo, se lo cuido hasta que termine el allanamiento, estos están locos».


La testigo –la número once de doce hermanos–, relató que buena parte de los integrantes de su familia sufrieron las diferentes dictaduras que hubo en el país. Incluso contó que en un momento el temible Feced la golpeaba en una sesión de torturas y le decía ante cada golpe, “este por tu madre, este por tu padre, este por tu hermano”. Ferrari describió un diálogo con el jefe del SI, donde éste le había dicho indignado que su “madre se había dedicado a parir subversivos”.


La sobreviviente fue sometida a repetidas sesiones de tormentos. La perversión de los torturadores estremeció a los que escucharon su testimonio cuando Ana recordó, que durante una de esas sesiones, mientras la picaneaban, todavía le brotaba de sus pechos de madre estrenados hacía apenas unos meses, la leche que no ya podría brindar a su hijito Gerardo ‒quien se encontraba presente en la sala del TOF2, junto a su hermana Gloria‒.


El ejercicio de la memoria, el hecho de haber declarado numerosas veces y ser uno de esos sobrevivientes que se pusieron al servicio de la reconstrucción de lo que fue el accionar del terrorismo de Estado, le permitió a Ana ser taxativa a la hora de señalar a sus verdugos. “Con absoluta certeza puedo reconocer entre mis torturadores y secuestradores” dijo Ferrari y enumeró una larga lista de represores que actuaron en el SI entre los que se encontraban varios de los imputados de este juicio como “el Ciego Lofiego y “el Cura Marcote”, aunque también identificó entre otros a Agustín Feced, Guzmán Alfaro, Pirincha, Carlitos Gómez, Kunfú y Kunfito.


Además de relatar las atrocidades que se cometieron contra ella y sus compañeros detenidos en el SI, Ferrari recordó que cuando la trasladaron a la Alcaldía de mujeres, a metros del SI, el cura Eugenio Zitelli –capellán del la ex Jefatura de Policía–, les habló a las presas y les dijo que tenían que entender “que la tortura era un arma más de la guerra que estamos viviendo”.


La seguridad es sus dichos, la fluidez de sus palabras, a pesar de que varias veces no pudo contenerse y rompió en llanto, dotaron al discurso de Ana Ferrari de una verosimilitud indiscutibles. A pesar de lo cual un joven abogado defensor de los represores, intentó esgrimir que había encontrado una contradicción entre su relato y un testimonio de suyo de 1984, que no fue tal para los jueces y fue rechazado de inmediato por el tribunal en pleno.


A continuación Ferrari reconoció ante el TOF2 que ha “pasado muchísimas noches de insomnio repasando y re-sufriendo lo vivido en el Servicio de Informaciones”, aseguró a los jueces que puede ser que se haya olvidado algunas cosas o recordado otras que no declaró en oportunidades anteriores, y afirmó que cada noche sin dormir, “he vuelto sobre el dolor, no sólo físico y cada noche que pasa recuerdo aún más”.

“Ana no duerme” escribió Luís Alberto Spinetta. En su relato cargado de futuro ‒Ferrari reclamó a los jueces que tenían la obligación de saldar esta deuda histórica para que los jóvenes puedan crecer en otro país‒, Ana dio cuenta de que también “espera el día”, en que finalmente llegue la demorada justicia.
Ana Ferrari es abrazada por Alicia Lesgart luego de brindar su testimonio
Fuente:DiariodelJuicio                                                                

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