23 de Diciembre
LESA HUMANIDAD: EL JUICIO
Testigo reconoció el lugar donde lo torturaron en la Comisaría Séptima
El Tribunal recorrió la seccional, que funcionó como centro clandestino durante la última dictadura militar. Estuvo en su calabozo
Por Daniel Calivares
Una frase de Bertolt Brecht rinde homenaje a los desaparecidos durante la dictadura a través de una placa que recuerda a Rubén Bravo en la Comisaría Séptima, en Godoy Cruz. Pero ayer, esa placa no fue la única que rememoró el rostro del actor que desapareciera en 1976, sino que también lo hizo Pablo Seydell, el testigo que el martes declaró ante el Tribunal Oral Federal 1 y que ayer guió la inspección ocular que se realizó en la seccional ubicada frente a la plaza comunal. En la recorrida, Seydell, por segunda vez desde que salió de allí hacia la Penitenciaría de Boulogne Sur Mer, visitó el calabozo en donde estuvo encerrado y pudo reconocer el lugar en donde vio a Bravo, como así también la pieza en la que él y los demás detenidos políticos fueron torturados.
LA RECORRIDA. Duró casi una hora y media el recorrido hecho por Seydell, los jueces y las partes del debate por delitos de lesa humanidad. En esos 90 minutos, Seydell rememoró dos de las peores semanas de su vida, en las que fue torturado en varias ocasiones a través de golpes y el uso de la picana eléctrica. En 30 años transcurridos, las diferencias no eran muchas. El edificio en donde se levanta la comisaría hoy es patrimonio provincial, por lo que la fachada no ha sido modificada y del interior son muy pocos los cambios que se han producido. El primer lugar a visitar fue un garaje situado detrás de los calabozos. Allí, Seydell indicó que ese mismo sitio se podía ver desde el pasillo ubicado antes de llegar a la sala de torturas y que, a través de ese garaje, se podía entrar a los calabozos mediante una puerta.
Allí surgió el primer problema, la puerta hace 34 años estaba permanentemente abierta para que los uniformados pudieran entrar y salir de los calabozos a ese garaje, pero hoy ese ingreso está soldado. Finalmente, tras hacer otro camino, Seydell y los demás fueron a los calabozos. Dos jóvenes observaban la situación desde una celda, ubicada justo antes de ingresar a las piezas de encierro, que se encontraban vacías. En total son cinco. Si bien miden un poco más que las del D2, que eran de 120 por 160cm, siguen siendo chicas. La medida de una de las celdas indicó que el espacio interior, donde era muy poca o nula la luz, era de 130 por 175cm. No hubo que esperar mucho. Rápidamente, Seydell reconoció la suya. Estaba al final, justo antes de llegar a esa puerta que ahora es imposible abrir. “Esta es la celda donde me habla el comisario y me dice que han detenido a mi madre”, expresó Seydell, al pararse en la puerta, y recordó el momento en que su hermana y su madre viajaron desde Córdoba a verlo y fueron detenidas por personal del Ejército.
Al salir de los calabozos, Seydell se encontró con el patio y pudo observar las marcas dejadas por unos ganchos donde lo ataron hace 34 años tras una sesión de picana. Allí, la querella pidió que constara que Seydell tenía razón, “nadie en la Séptima podía desconocer lo que ocurría ahí”, dijo el testigo en su declaración, y los jueces comprobaron que era cierto, ya que la mayoría de las oficinas de la seccional tienen una ventana que da hacia ese patio. Finalmente, en la recorrida por los lugares donde estuvo Seydell, el último sitio elegido fue el primer piso de la comisaría. Con los magistrados como testigos, Seydell señaló el pasillo por el cual lo pasearon y la puerta frente a la que lo frenaron para que mirara a una persona sostenida por otras dos.
Ese hombre era Rubén Bravo, a quien, en un espacio de unos minutos, vio dos veces, la segunda ya con la cabeza gacha, el pelo pegado a su rostro y señales de haber sido torturado. Junto a esa puerta, Seydell también recordó haber sido sentado para esperar que Francisco Amaya terminara de ser torturado y le tocara a él. Esa habitación hoy es un depósito en donde se guardan cajas, una cocina y el monitor de una computadora. “Había una cama, un elástico con que ajustaban a la gente, mojaban el elástico y a mí y los demás, atrás se ponía alguien con una almohada para taparme la boca cuando me picaneaban, excepto cuando interrogaban, porque si no contestabas lo que querían, te picaneaban pero dejaban salir los gritos”, recordó Seydell en la recorrida y explicó que esos gritos también se oían en los pasillos, cuando los detenidos, por los golpes, gritaban “por favor”, al pedir un poco de piedad.
Última jornada de debate del 2010
Con el testimonio de Horacio Martínez Baca, el juicio por delitos de lesa humanidad tendrá su última jornada por este año y se retomará el 10 de enero del 2011, según dispuso el Tribunal Oral Federal 1 (TOF1). El testigo es hijo del ex gobernador mendocino Alberto Martínez Baca, quien fue separado de su cargo al producirse el golpe de Estado de 1976
Fuente:ElSol.online

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