24 de marzo de 2011

OPINIÓN.

Por Ernesto Espeche
Los medios y sus demonios
24.03.2011

Muchas páginas se ocuparon con detalle de denunciar el comportamiento de los grandes medios argentinos durante la última dictadura cívico-militar.

En ellas queda demostrado, con aplastante claridad, que la tarea ideológica asumida por la prensa hegemónica no se simplificó en una simple actitud de complicidad o un mero acompañamiento forzado por el temor y la censura oficial.

La etapa comprendida entre 1976 y 1983 –con el doloroso saldo de 30 mil desaparecidos, y miles de exiliados y presos políticos- estuvo bajo la conducción de un bloque complejo, que ejecutó un plan sistemático e irrumpió en la vida social a través de múltiples dimensiones. Así, las fuerzas represivas fueron el brazo armado; la iglesia, su reserva moral; los grupos económicos, la vanguardia estratégica; y los medios de comunicación, el tanque ideológico que operó la justificación integral del proceso.

El bloque tenía, entonces, una lógica interna que, a su vez, permitía una fluida relación de sus integrantes. Las empresas de comunicación participaron de los negocios del régimen y se involucraron de modo directo en las tareas represivas. La constitución forzada de Papel Prensa y la apropiación ilegal de hijos de desaparecidos son, hasta hoy, los ejemplos más aberrantes de aquella dinámica.

En ese marco, los medios de difusión comenzaron un ininterrumpido proceso de concentración económica y política que los ubicó en un lugar de privilegio en las relaciones de poder que emergieron en la etapa posterior.

Los años de la posdictadura fueron el escenario propicio para la definitiva consolidación de la corporación mediática en el centro del bloque de poder. Se constituyeron en poderosos grupos de negocios al calor del desmembramiento del aparato productivo y suplantaron a las desgastadas instituciones políticas.

Aquella centralidad fue una de las marcas más evidentes del periodo neoliberal. Obedeció, como dijimos, a un conjunto de variables. Pero se inscribió en la estrategia global del bloque: promover una sensación de ruptura simbólica con el pasado del genocidio y garantizar su impunidad y olvido. Y esa tarea, definitoria para el sostenimiento del modelo inaugurado en 1976, fue asumida por los medios de comunicación.

El mito de los dos demonios fue la verdad construida para sostener el esquema de poder. Su núcleo central sentenciaba que la sociedad fue víctima de un enfrentamiento violento entre dos fracciones igualmente repudiables en sus métodos y fundamentos. Es, por cierto, la esencia del ocultamiento deliberado en que incurre el poder mediático desde hace un siglo para justificar su pretendida neutralidad -independencia- ante los conflictos sociales. Los medios fueron, por ello, quienes estaban en mejores condiciones de configurar un sentido que permitiera avanzar con las transformaciones estructurales pendientes.

Es de este modo que los grupos mediáticos llegaron a la primera década del nuevo siglo en el centro del bloque de poder: subordinaron a la debilitada dirigencia política y hegemonizaron el flujo de negocios financieros. Llegaron hasta allí porque contaron con los instrumentos de manipulación para presentarse ante la sociedad en el cómodo lugar del medio, punto desde el cual se puede tomar distancia de los demonios de cada época.

Hoy las cosas no son como entonces. Se consolidó una fuerza política que, desde 2003, viene derribando mitos, se enfrentó a los poderes fácticos y desacralizó el lugar de los medios. Es ridículo, por estos días, argumentar la neutralidad de las corporaciones mediáticas. El mito de los dos demonios fue desplazado por una nueva y saludable centralidad de la política.

La evidencia es imponente: cada argentino decide tomar posición ante cada conflicto que cobra visibilidad gracias a la decidida intervención del gobierno nacional y las organizaciones de la sociedad. Esa actitud –y su materialización en hechos concretos- licúa el poder de las maquinarias mediáticas porque contrasta con la ficción de una mayoría ajena, aséptica y equidistante de los demonios. En esa dirección transita el rico proceso de transformación que acorrala, por primera vez en varias décadas, al proyecto de exclusión social y concentración económica iniciado en 1976.

APM Agencia Periodística del Mercosur
Fuente:Diagonales                                         

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