viernes 29 de abril de 2011
Pueblos originarios brasileños sobreviven pese a embates
Por Alejandro Gómez (PL)
Pese a ser los ocupantes originarios de sus tierras, 500 años después del encuentro de dos culturas las comunidades indígenas brasileñas luchan porque sus derechos sean reconocidos, evitar desalojos y dejar de ser considerados como piezas de museo.
Asimismo, los pueblos aborígenes reclaman del gobierno una mayor participación, que sus opiniones sean tomadas en cuenta sobre asuntos que los afecten, como la construcción de grandes obras en sus territorios, entre ellas las hidroeléctricas, y más particularmente las de Belo Monte y Jirau.
Cálculos conservadores fijan entre tres y cinco millones los indígenas residentes en este inmenso país a la llegada de los portugueses, cantidad que enfermedades, violencia y desalojos redujeron a unos 350 mil repartidos en unas 200 etnias, con 110 lenguas diferentes, y la mayoría de ellas con menos de 400 hablantes.
Entre las etnias nacionales sobresalen guaraní y yanomami, con decenas de miles de miembros, mientras en el lado opuesto, con unas pocas docenas de integrantes, están los akuntsu y los kanoe; todos repartidos en la enorme diversidad ecológica brasileña: selvas tropicales, praderas, sabanas y semidesiertos.
Con motivo de la conmemoración del Día del Indio Americano en 2011, la Articulación de los Pueblos Indígenas de Brasil emitió un documento entregado a los diferentes poderes brasileños, en el que critica la política hacia sus comunidades, la cual califica de precaria o nula, al amenazar la continuidad física y cultural de los aborígenes.
Al respecto, el senador Wellington Dias, descendente de nativos, abogó por un tratamiento diferenciado a los indígenas brasileños y aseveró que "los indios no son una pieza de museo. Brasil necesita reconocer que en el país son capaces de decidir su propio destino. El país no puede tratarlos como lo están haciendo hoy. No estamos en el camino correcto".
A las críticas de los pueblos indígenas no escapó tampoco la estatal Fundación Nacional del Indio, que los representantes de los pueblos originarios desean cambiar por un Consejo Nacional de Política Indigenista, órgano llamado a ser una instancia deliberativa, normativa y articuladora de todas las acciones vinculadas con los aborígenes.
Los originarios de este país proponen también la creación de una Política Nacional de Gestión Ambiental y Territorial de Tierras Indígenas a fin de asegurar la sustentabilidad y la protección de sus dominios. Brasil es una de las dos naciones suramericanas sin una legislación que defienda el control de los aborígenes sobre sus territorios ancestrales.
Los terrenos indígenas se han reducido por la codicia de empresas madereras, grandes ganaderos y el agronegocio en gran escala, sin descartar las obras realizadas por el gobierno en sus zonas de residencia, que también les ha disminuido su espacio o los obliga a desplazarse de sus tierras originarias.
Y por encima de todo eso, los pueblos originarios exigen la aprobación del Estatuto de los Pueblos Indígenas que desde hace 20 años tramita el Congreso Nacional y que ya prácticamente estaría requerido de algunas modificaciones.
Pero los aborígenes brasileños han logrado superar todos los embates contra su propia existencia física, pues en los últimos años se aprecia un crecimiento de la población indígena (considerada como tal la que vive en la forma originaria, pues se calculan en más de 100 mil los indios que residen en los diferentes centros urbanos).
Persisten en sus tradiciones ancestrales, las cuales contribuyen a esa diversidad étnica y cultural que es Brasil, un ajiaco de indígenas, europeos y africanos, incrementado en el último siglo por las fuertes oleadas de emigrantes procedentes de naciones árabes y asiáticas.
Fuente:Argenpress
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