28 de julio de 2011

LA PLATA: ENTREVISTA A CRISTINA GIOGLIO.

Cristina Gioglio
“Yo apagué la luz en Arana”
Los recuerdos de una sobreviviente que quedó olvidada en el centro clandestino
18.07.2011
Cristina Gioglio representa el testimonio viviente de los horrores vividos en uno de los pozos clandestinos de la dictadura
El Destacamento policial de Arana fue uno de los pozos que la dictadura militar de 1976-1983 instaló en el país. Formaba parte del Circuito Camps. Allí se torturaba día y noche. Se fusilaba. Se desaparecían personas. La maestra marplatense Cristina Gioglio es una sobreviente que trae al presente aquella pesadilla: “Nosotros escuchábamos los autos y ya sabíamos que traían gente a torturar… escuchábamos los gritos... Arana era un infierno”. Lo particular de su historia es que quedó allí durante cuatro meses olvidada por sus secuestradores. Y convivió, sola, con los uniformados encargados de la custodia del predio hasta que llegó la orden de desmantelar el lugar.

Su voz se escuchará en el juicio que juzgará a 26 represores por los crímenes cometidos en ese circuito del terror que funcionó en La Plata. Relatará ante los jueces del Tribunal Oral Federal Nº1 cómo se la llevaron de su casa de Ranelagh al Pozo de Quilmes, donde la torturaron por primera vez; sus traslado a Arana y a la Comisaría Primera, donde la anotaron como una detenida legal pese a que seguía desaparecida.

Su secuestro tiene un contexto. El 6 de diciembre de 1977 la dictadura orquestó un operativo nacional para detener a todos los integrantes del Partido Comunista Marxista Leninista (PCML). Esa noche fue secuestrada Gioglio cuando volvía de trabajar a su casa de Ranelagh, donde se había mudado con su marido y su hijo de 15 meses. Su derrotero empezó en el Pozo de Quilmes y duró tres años y nueve meses, hasta el 4 de agosto de 1981, cuando fue liberada de la cárcel de Devoto.

-¿Cómo fue su secuestro?
- Me estaban esperando en mi casa. Yo en esa época vivía en Ranelagh porque soy docente especial y trabajaba en la escuela de Berazategui. Tenía a mi hijo que en ese momento tenía 15 meses y entonces habíamos decidido mudarnos más cerca de mi trabajo. Además, mi marido trabajaba en Astilleros Río Santiago y estaba en la comisión interna como delegado. Cuando dieron el golpe (de Estado de 1976) estaba en las listas negras, así que no se presentó a trabajar y nos fuimos de La Plata.

-¿La secuestraron cuando llegó?
-Yo volvía a mi casa a las ocho y media o nueve de la noche. Ese día me estaba esperando una patota en la esquina y cuando pasé me agarraron por detrás y me llevaron a mi casa, donde estaba mi compañero, tirado en el piso, amordazado, vendado y atado. Yo empecé a preguntar por mi hijo de 15 meses, porque se suponía que él lo iba a ir a buscar a la guardería, pero cuando llegué no estaba. La respuesta que me dieron fue bien policial: “Ahora te acordás que tenés un hijo. Lo hubieras pensado antes”.

Circuito. “Nos trasladaron al pozo de Quilmes. Me dejaron sentada en el piso esperando turno para la tortura. Era impresionante la cantidad de gente que estaban trayendo”, recordó Cristina del día de su detención. Esa parada era apenas el inicio de su periplo por el terror.

-¿Cuánto tiempo estuvo detenida en Quilmes?
-Estuvimos dos días en condiciones terribles. Cuando hice la inspección a ese lugar logré identificar el sitio donde nos tenían: era un locutorio donde los presos comunes se encontraban con las visitas. Allí estábamos tirados sin poder estirar las piernas, las teníamos encogidas. Así estuvimos hasta el 8 de diciembre a la noche, cuando nos cargan en un celular y nos llevan al destacamento de Arana, donde estuve casi cuatro meses, hasta el 30 de marzo de 1978.

-En La Plata, los detenidos eran llevados primero a la Brigada de Investigaciones o al destacamento de 1 y 60 y luego a Arana. Usted ingresó al circuito Camps por el pozo de Quilmes.
-En realidad a toda la gente que estaba conmigo la habían detenido en Quilmes, Ezpeleta y Berazategui, es decir que habían barrido toda esa zona y nos llevaron a Quilmes y después nos trasladaron a Arana. Pero el pozo de Quilmes también integró el Circuito Camps. Incluso compañeras que estuvieron en Arana conmigo, cuando las van a liberar, las llevan primero a Quilmes y las liberan desde ahí.

-¿Cómo fue su estadía en Arana?
-Cuando llegamos nos ponen en tres calabozos: a los varones todos juntos en uno que era un poco más grande, y las mujeres, que éramos tres, nos ponen a dos en uno y a mi sola en otro.

-¿Con quienes compartió cautiverio en Arana?
-Con Zulema Leira, Elda Viviani, que ya falleció, Raúl Bonafini, Fernando Acuña, Victor Iliodo, Lindoro Ciolín, y otro compañero, Roberto Figueredo. Los hombres eran choferes de una línea de colectivos de Quilmes.

-Estuvo cuatro meses en Arana, que no era un centro de detención sino un lugar de tortura ¿Por qué cree que pasó eso?
-No tengo una respuesta. A nosotros nos depositan ahí y permanentemente traían gente, porque día y noche se torturaba. Nosotros escuchábamos los autos y ya sabíamos que traían gente a torturar. Arana era un infierno. Pero por qué nos depositan ahí y no nos sacan, no lo se.


-¿Mientras usted estuvo detenida llegaron otros detenidos?
- Hubo otra gente a la que se llevaron. En un momento trajeron a una pareja. Él era montonero, se llamaba José Esteban Cugura, Chamaco le decían. Su mujer era Elisa Cayul, y los dos están desaparecidos. Un día se los llevaron y nosotros escuchamos que decían ahí que los habían matado, pero el año pasado me enteré que a ella la llevaron a la Cacha (el centro clandestino de detención que funcionó en Olmos) y esperaron que tuviera familia. Ella decía que creía que estaba embarazada, pero estaría de tres meses, porque no se le notaba. También llevaron a Arana a José Fanjul, que era compañero nuestro.


-El grupo inicial era de ocho ¿Permanecieron todo el tiempo juntos?
-No, a Raúl Bonafini se lo llevaron en enero. Después resultó que se lo habían llevado a La Cacha. Después se la llevan a Elda, a Víctor… no me acuerdo a quien más. Pero del grupo ese, el único desaparecido es Raúl. Todos los demás sobrevivieron.

-Así estuvo cuatro meses
-Pero el último mes estuve sola. Se los fueron llevando a todos, de a uno, y yo quedé ahí. Lo trato de tomar con humor y por eso digo: “Yo apagué la luz en Arana”. Porque mientras estaba ahí sola, llegó la orden de desmantelar el campo. Entonces se llevaron todas las armas, voltearon algo que yo sostengo que era el paredón de fusilamientos. Era una pared de ladrillos toda agujereada. Y dejaron una guardia mínima.

-Usted quedó en manos de esos pocos guardias…
Si, y ahí empezaron a preocuparse sobre qué iban a hacer conmigo. Como Arana era una casa, yo los escuchaba que hablaban por la radio y que preguntaban qué hacer conmigo. Y también escuchaba los comentarios en los que decían: “Que la maten ellos”. Yo ya era una especie de mascota, porque después de cuatro meses estaba destabicada (sin venda), comía con ellos…

-¿Había entrado en confianza con los guardias?
-Quizás les daba lástima. No lo se. Incluso había uno que decía: “Se va a volver loca esta mujer”. Porque pasaba el tiempo y no había ninguna certidumbre. Realmente, el último tiempo estaba en depósito ahí, porque no me interrogaban, ni me trasladaban, ni nada.

-¿Ellos conocían su nombre?
-Si. Incluso en una oportunidad vino un cura, el capellán de la policía (Antonio) Astolfi, a interrogarnos con una carpeta que tenía mi nombre. Con él se dio una situación de mierda, porque cuando se va pide que a mi me aíslen. A esa altura las tres mujeres estábamos juntas en una celda de dos por dos. Así que me separaron, pero cuando el tipo se fue me devolvieron a la celda con las chicas. Al rato las van a buscar para dejarlas en libertad. Es decir, los canas no sabían que las iban a liberar, pero el cura sí sabía. Ellas eran Cristina Bustamante y Zulema Leira. Desde ahí quedé sola.

-¿Cómo fue que salió de Arana?
-El 30 de marzo (1978) los canas de Arana organizaron un asado para los jefes de la Brigada, y es ahí cuando deciden mi Traslado. En ese asado estuvo “El Colorado” Alcántara, que era jefe de la Brigada. Vino al calabozo y me sacó el tabique, me obligó a mirarlo y me dijo: “Mirame bien. Yo soy el 'Colorado' Alcántara. Y te vengo a decir que zafaste, que te vamos a trasladar esta noche. Pero también te vengo a decir que para vos no hay una segunda vez. Así que tené cuidado con lo que haces, porque sino sos boleta”. Esa misma noche me llevaron a la Comisaría Primera.

-¿Allí deja de ser una detenida ilegal?
-Se da una situación kafkiana. Porque me anotaron en el libro, me destabicaron, me dejaron avisarle a mi papá, y él me fue a visitar, me empezaron a llevar la comida todos los días, pero yo seguía desaparecida y ni el comisario lo sabía.

-¿La legalizaron de hecho?
-Si, pero yo seguía como desaparecida. No estaba legalizada. Esto fue el 30 de marzo. Y recién el 28 de mayo, dos meses después, salió en el diario que me habían detenido a disposición del Poder Ejecutivo Nacional (PEN). Cuando el comisario, que se llamaba Rivera, vio eso, le agarró un ataque de locura.

-¿Cuánto estuvo en esa seccional?
-Estuve hasta los últimos días de julio, cuando me llevan a la Brigada femenina, y una semana después me llevan a a Devoto. Ahí estuve detenida desde fines de julio del '78 hasta el 4 de agosto del '81, cuando, así como me secuestraron, me sacaron a la calle, me sacaron a la vereda.

-¿Qué pasó con su compañero?
-Mi compañero quedó en brigada de Quilmes, después lo trajeron a la Comisaría Octava y después lo llevaron a la Unidad 9, a Rawson, a Caseros… Hasta que salió en libertad un poco después que yo.

-¿Qué espera del juicio?
-Como yo estaba destabicada, conozco a toda la patota con nombre, apellido y jerarquía. Pero se murieron casi todos. Creo que quedan dos. Algunos se murieron en Marcos Paz y otros en libertad. Lo que yo espero es justicia: que se pudran en la cárcel.
FuentedeOrigen:Diagonales
Fuente:Agndh

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