La “Masacre de Catriel” se cometió cerca de la medianoche del sábado 4 de septiembre de 1976 en una casa abandonada, ubicada en el número 321 de la calle homónima de Bahía Blanca.
Allí fueron asesinados Pablo Francisco Fornasari, Juan Carlos Castillo, Zulma Matzkin y Mario Manuel Tartchitzky. La pericia del prestigioso médico forense Mariano Castex determinó que las víctimas fueron acribilladas estando tendidas boca arriba en el piso.
El caso comenzó a ser ventilado en el marco del juicio oral y público a 17 represores, once militares retirados, cuatro policías y dos agentes penitenciarios, por delitos de lesa humanidad cometidos en jurisdicción del V Cuerpo de Ejército, que se realiza en el aula magna de la Universidad Nacional del Sur (UNS).
El 25 de agosto testimonió Susana Matzkin, hermana de la asesinada Zulma y una activa impulsora de la realización del juicio, que debió atravesar muchas dificultades para iniciarse en una ciudad muy conservadora y en la que su principal medio periodístico, el diario La Nueva Provincia, continúa reivindicando a la dictadura que asoló el país entre marzo de 1976 y diciembre de 1983.
Susana Matzkin integra la Comisión de Apoyo a los Juicios por Crímenes de Lesa Humanidad. Que, entre otras cosas, consiguió que el Concejo Deliberante de Bahía Blanca le haya impuesto el nombre “Cuatro de septiembre” a una plaza en conmemoración de la matanza.
Zulma Matzkin tenía 24 años al ser asesinada. Había estudiado Economía en la UNS dónde había militado en la JUP. Estaba casada con Alejandro Mónaco, que también fue asesinado por la dictadura.
Su hermana dijo que Zulma estaba clandestina antes del golpe cívico-militar de marzo de 1976, y que la casa paterna, en Pehuajó, había sido reiteradamente allanada en 1975.
Pablo Francisco Fornasari, otro de los jóvenes asesinados, había sido compañero de militancia de Néstor Kirchner en La Plata, confirmaron a Télam Investiga fuentes de la justicia federal de Bahía Blanca.
“Fornasari tenía 28 años y había sido compañero de Kirchner y de los diputados nacionales Carlos Kunkel y Carlos ‘Cuto’ Moreno en la Federación Universitaria por la Revolución Nacional (FURN) de La Plata a comienzos de los años ‘70”, ratificó la fuente.
"Fue secretario de prensa de la Universidad de La Plata y fundador de la Radio Eva Perón, que fue como se llamó originalmente Radio Universidad de La Plata", agregó el periodista Fernando Amato, subdirector de la revista Caras y Caretas.
La de Amato es una voz autorizada por ser coautor, junto a Christian Boyanovsky, del libro "Setentistas. De La Plata a la Casa Rosada" (Sudamericana) que se centra en la prehistoria platense de Néstor y Cristina Kirchner, y particularmente en la historia de las FURN, el grupo más antiguo de todos los que terminarían confluyendo y conformando la Juventud Universitaria Peronista (JUP).
Télam Investiga ofrece un relato de los hechos según consta en la requisitoria de elevación a juicio. Para su reconstrucción fue clave el testimonio de un sobreviviente del horror, Juan Oscar Gatica, entonces de 29 años y hoy de 64.
Fuente:Telam
Publicado el 26/08/2011
“El enfrentamiento fue fraguado”
Juan Oscar Gatica tiene 64 años y vive en Brasil donde trabaja en un programa de derechos humanos. Se refugió en ese país luego de sufrir el secuestro y la tortura en dependencias del Batallón de Comunicaciones 181, la caída de su compañera Ana María en “La Cacha” y el “Pozo de Bandfield” y la apropiación de un hijo y una hija por parte de las fuerzas del terrorismo de estado.
Estuvo en Bahía Blanca declarando ante el Tribunal Oral lo que no pueden contar Pablo Fornasari y Juan Carlos Castillo, fusilados el 4 de septiembre de 1976 junto a Zulma Matzkin y Manuel Tarchitzky en la Masacre de calle Catriel. La historia oficial da cuenta de un enfrentamiento con el Ejército.
“A Pablo Fornasari lo conocí en la militancia de la Juventud Peronista”, contó Juan que está afiliado al PJ desde los 18 años. Pablo también militaba desde muy joven y “en la época en que ocurrieron los hechos estábamos los dos como miembros de lo que entonces se llamaba el Partido Peronista Auténtico”.
Operativo en la ruta
Un día de junio de 1976, Juan Carlos Castillo manejaba la camioneta que lo traía de Médanos a Bahía junto a Gatica y Fornasari. Llegando a la ciudad se toparon con un control del Ejército.
“Había mucha gente demorada en ese lugar. Un suboficial constataba los nombres con una carpeta en la que encontró el de Juan Carlos Castillo. Nos hicieron descender de la camioneta y en primer lugar nos condujeron junto al grupo de gente demorada”. Se acercó un militar, los separó del grupo y les ordenó ubicarse a cinco metros de distancia entre sí: “Medio nos interrogó a los gritos ahí mismo”.
Ya en ese momento Fornasari pudo identificar al jefe del operativo porque había sido su superior durante el servicio militar, era el capitán Raúl Oscar Otero.
Sobre el atardecer los condujeron al V Cuerpo de Ejército en la camioneta de Juan Carlos. Llegaron a “un lugar llamado la guardia” donde los interrogó Otero “a los gritos”. Luego a un calabozo con tres celdas, cada uno con las manos en alto en la puerta custodiados por un milico cada uno y un perro adiestrado. La situación duró lo suficiente para que se les acalambrasen los brazos: “A cada movimiento que hacía uno para estirarlos se venían encima los perros”.
Tras un nuevo interrogatorio a cargo de Otero en el edificio de la “jefatura” terminaron el día en las celdas. A la noche un oficial les ofreció comida, café, colchones y frazadas. Bien temprano por la mañana: mate cocido, pan y afuera colchones y frazadas.
Primero vinieron por Juan Carlos
“Más o menos a las ocho y media ingresaron a la celda varios militares, suboficiales, rápidamente preguntaron por Castillo, lo esposaron para atrás, le vendaron los ojos e inmediatamente se lo llevaron. No lo vi nunca más, no tuve ninguna noticia más”, recordó Gatica.
Quedó con Fornasari y la incertidumbre acerca de su futuro todo el día en la celda “con el mismo ritual”. Era sábado. La tarde siguiente los pasaron a la celda de enfrente. Era más grande, tenía baño, camas y alojaba a una decena de detenidos con quienes intercambiaron información.
En ese grupo “había un señor mayor que nos contó que era dueño de una emisora de televisión en Río Negro, estaba con sus funcionarios. Parece que había aparecido una figura similar al Che Guevara durante la señal de abertura del canal. Era el más indignado y algunas veces reclamaba del trato que se les daba a los soldados”.
Desde las celdas más pequeñas podían ver hacia afuera a través de una ventana con rejas. “Teníamos contacto con los soldados, podíamos hablar con ellos, pedir agua, salir al baño, nos compraban cigarros, nunca nos faltaba nada”.
El martes o miércoles los llevaron a “la guardia” donde Otero insistió con el interrogatorio. A Gatica le llamó la atención “un fotógrafo que nos sacó de perfil, de frente pero que también preguntaba, interrogaba…”.
Les anunciaron su liberación, llenaron unos formularios donde declaraban que habían estado detenidos por averiguación de antecedentes, que los largaban ese día sin haber sido maltratados. Pasaron casi una semana solos, conversando, escribiendo cartas para sus familias que enviaban los soldados. Gatica les escribió a su esposa y a su madre. Fornasari a su mujer y a otros parientes de La Plata.
Los soldados dijeron que había cumplido su rol de carteros. “Con eso pensamos que posiblemente nos liberaban o nos liberaban y después nos mataban. Esas eran nuestras hipótesis. Querrían seguirnos, no había ningún indicio contrario”.
Después vinieron por Pablo
Gatica dijo al Tribunal que “el viernes siguiente, de la misma forma que se llevaron a Castillo se llevaron a Fornasari”. Lo agarraron dormido en la oscuridad de la madrugada y “con bastante violencia. Pablo sabía que si se repetía lo que pasó a Juan Carlos la muerte era una opción segura y advertía que iba a intentar resistir. “A mí me despertaron y me pidieron un cigarro para Fornasari, no lo vi más”.
El sábado a la madrugada lo vinieron a buscar a él. Lo vendaron, lo subieron a una camioneta abierta o jeep y transitaron tal vez por el interior del Comando -algunas veces por asfalto y otras por tierra-.
No pudo identificar el lugar donde fue “golpeado, torturado, me metieron la cabeza en una cosa con agua y me pegaban en las costillas. Me interrogaban, primero me preguntaban sobre qué íbamos a hacer nosotros tres y después cosas que no tenían nada que ver conmigo ni con Castillo ni con Fornasari. Cuándo lo van a matar a Videla, dónde está López Rega, cosas así”.
Si hubiese sabido algo ya era tarde. Después de una semana cualquier dato no valía nada, por ejemplo, la esposa de Gatica sabía que si él no volvía a las seis de la tarde tenía que irse a su ciudad. “Había que cumplir rigurosamente lo acordado, así que si en mi casa ya no había nadie imagínese si voy a saber dónde estaba López Rega”.
La cruz y la espada
Un tipo que había visto dentro del cuartel vestido de civil, con una gorra tipo vasca, levantando basura en un carro fue quien lo esposó cuando lo vinieron a buscar la tarde del sábado.
Era el mismo tipo al que un rato antes alguien le había dicho que aun no era el momento y que se había quedado con Gatica conversando sobre la pelea de Monzón con Rodrigo Valdéz. “Empate, pero el título se lo dieron a Monzón”, dijo el de la gorra.
Pero llegó finalmente su turno, otra vez las esposas, la venda puesta “a la vista de todos”, el viaje al lugar que no pudo identificar, las preguntas y a la noche celda, sopa y a dormir.
“El domingo esperaba que me pasaran a la celda con los otros y no me pasaron. Fui al baño como todos los días y a la tarde avisté un gran terreno, todo cuidado, verde, parecía un gran jardín. Le pregunté quién era el sacerdote que estaba ahí y me dijo que era monseñor Ogñenovich”, recordó Juan Oscar.
Su esposa cursillista había estudiado con Ogñenovich en Trenque Lauquen. Allí recibió la cadena que tenía puesta Gatica: “Le pedí al soldado que se la muestre diciéndole que era del esposo de una cursillista que estaba preso, si podía hacer algo. Fue, se la mostró, la miró y se la devolvió sin decir nada”.
El lunes apareció un sargento en la celda a decirle que lo conocía de Mercedes, cuando el servicio militar y el fútbol en el equipo del Regimiento de Infantería. El martes frente al capitán Otero, Gatica hizo los mismos trámites realizados junto a Fornasari, formularios, fotos y promesa de libertad.
“El fotógrafo siempre estaba presente y siempre preguntaba. Pasé otra noche en la celda, ese junio del 76 fue uno de los años más fríos de Bahía -8 o 9 grados bajo cero-. Para mantenerme caliente corría alrededor de la celda, cuando me cansaba paraba y luego comenzaba de nuevo. En una de esas vi que alguien me estaba mirando. Me preguntó que hacía ahí, le dije que no sabía y salió”.
Minutos después “me llamaron, me dijeron que estaba libre y salí”. Gatica recorrió la larga calle que da al Batallón hasta la parada de ómnibus. Sabiéndose perseguido tomó otro colectivo, pasó por la estación ferroviaria intentando perderlos. “Tenía que ir a mi casa porque no tenía otro lugar. Ellos ya sabían dónde era”. Como no tenía llaves una vecina le permitió entrar por el fondo de su rotisería.
Sin encender las luces, se cambió la ropa, verificó que uno de los soldados había tirado una de sus cartas por abajo de la puerta y salió por el fondo en bicicleta: “Tiempo después, me entero por los diarios y la radio que Fornasari y Castillo habían muerto en un enfrentamiento con las fuerzas públicas. Tengo que decir que ellos fueron presos, llevados para otros lugares de detención en distintos momentos, puedo garantizar que fue un enfrentamiento fraguado”.
Desde el momento en que Gatica sube a la bicicleta comienzan otras historias que relatará en las próximas emisiones del programa EL JUICIO DESDE LA CALLE e iremos publicando en este blog. Su esposa fue secuestrada en 1977 en La Plata y estuvo en “La Cacha” y el “Pozo de Banfield”. Su hija María Eugenia y su hijo Felipe fueron apropiados y después de ocho años rescatados por sus padres Y Abuelas de Plaza de Mayo durante la vuelta de la democracia.
Fuente:JuicioVCuerpoEjercitoBahiaBlanca
Pablo Francisco Fornasari
Juan Carlos Castillo
Sulma Raquel Matzkin
Manuel Mario Tarchitzky
FuenteFotos:JuicioVCuerpoEjercitoB.B.
Publicado el 31/08/2011
"ME VOY DE ACÁ CON UNA SONRISA"
Juan Carlos Castillo, abandonó sus estudios en Ingeniería en Petróleo en la Universidad del Comahue y vino a Bahía Blanca a fines de 1974, donde conoció a Ericilia Ángela Kooistra –aún desaparecida- con quien tuvo una hija.
Esa hija declaró ayer en el juicio por crímenes de lesa humanidad contra 17 represores que actuaron desde el Comando V Cuerpo de Ejército.
Esa hija, que se llama María Elisa, le contó al tribunal que según el relato que pudo construir, sus padres “se conocieron a finales de 1974 o 1975, se pusieron de novios, se enamoraron. Mi mamá tenía un embarazo de 6 meses cuando secuestran a mi papá en junio del 1976. Mi mamá se va de Bahía Blanca a Mar del Plata. Nací el 5 de septiembre del ‘76 y el 4 es el día que matan a mi papá en calle Catriel”.
Castillo fue detenido por una patrulla militar que aparentaba un control vehicular en la ruta 22 a la altura de Médanos. Circulaba en su camioneta, acompañado por Pablo Fornasari y Oscar Gatica. Juntos fueron trasladados a dependencias del Batallón de Comunicaciones 181. Posteriormente, fue llevado a “La Escuelita”, donde estuvo detenido alrededor de tres meses.
Entre las últimas horas del 4 de septiembre de 1976 y las primeras del 5 de septiembre, en el domicilio de Catriel 321 de Bahía Blanca, personal del V Cuerpo de Ejército -entre los que se encontraban los integrantes de la “Agrupación Tropas”- bajo la apariencia de un enfrentamiento, fusilaron a cuatro personas. Además de Castillo, Zulma Matzkin, Pablo Fornasari y Manuel Tarchitzky.
“Yo viví en Mar del Plata con mi mamá hasta el año y dos meses. Mi mamá trabajaba como mucama cama dentro, y un domingo, en su día libre, salimos a pasear. Unas personas – no estoy segura si eran civiles o militares- la detienen y a mí me dejan, a pedido de ella, en el lugar donde trabajaba. Desde ahí se contactan con mi abuela materna. Desde ese día no sabemos nada más. Al día siguiente mi abuela materna y mi tío me fueron a buscar y quedé al cuidado de mi abuela”, declaró María Elisa.
Contó que esperó muchos años a su mamá y que le fue muy difícil traer a su papá nuevamente a su vida pero asumió el reto porque “nadie se puede criar sin un papá, ¿no?”.
La reconstrucción de su historia
“Me enteré a los 12 años que lo habían matado. Fue difícil pero a la vez entendí un poco más. (…) Cuando cumplí 15 años los amigos y compañeros de militancia de Neuquén de mi papá me ayudaron a reconstruir la historia”.
Insistió en la dureza del camino pero “realmente fue positivo y me lleva a estar acá. Lentamente recuperar la historia, saber quién soy, no sentirme diferente o distinta, apartada, eso fue algo que tuve muy presente, sentía que me costaba encajar, no entendía por qué a mí no me iban a buscar mis padres a la escuela, porqué no me iba de vacaciones con mi mamá y mi papá… la vida ha sido otra después del asesinato de mis papás… soy otra persona”.
De chica su familia prefirió contarle que Juan Carlos había fallecido en un accidente de tránsito. “Es bastante común que esto suceda. Esto se hacía por seguridad y para protegerme. En algún punto generaba el daño de borrar las figuras”.
Preguntada por el fiscal agregó que nunca había creído la historia del accidente y un día escuchó a su abuela hablar con una amiga. “No fue por un relato directo” pero “fue un alivio saber que había pasado”.
María Elisa se crió solamente con su familia materna. “Estas cosas tienen un impacto muy grande”, dijo y comentó que esa familia entera fue víctima de la dictadura, fueron años donde no se podía hablar y la imposibilidad de saber quién era le quitaba las ganas de vivir.
Por otra parte, el terrorismo de Estado también se cobró la vida de sus tíos. La hermana de su papá y su esposo fueron asesinados en Buenos Aires unos meses después de la Masacre de calle Catriel. Su tía Ana María era asistente social, tenía uno hijo de 6 meses que, según su testimonio, “no tuvo la suerte que tuve yo de poder hacer este camino de reconstruir la identidad”.
María Elisa, hija de Juan Carlos Castillo
María Elisa acercó el documento al tribunal y allí llamó la atención el hecho de que su nombre esté acompañado por el apellido de su madre Ericilia Ángela Kooistra. El motivo es sencillo, su padre fue asesinado cuando ella aun no había nacido y la anotaron de esa manera.
Lo que no fue tan sencillo fue el trámite para asumir su identidad completa. “Fue un momento duro, tuve que hacer una demanda a mi tío paterno para que se hagan los análisis. Ahí se puede ver el daño hacia las víctimas. (…) El apellido de mi papá lo tengo incorporado desde siempre a raíz de la relación con sus amigos”.
“Cuando decido querer ser ante la sociedad hija de Juan Carlos Castillo comienzo un largo y difícil camino para poder comprobarlo. Para realizar los estudios tuve que exhumar los restos de mi abuela paterna que dieron positivos”, relató.
Este capítulo de su historia lo empezó a transitar a sus 22 años y lo terminó al llegar a los 30.
Consultada por el fiscal Córdoba sobre si se había preguntado acerca de los responsables del crimen de su padre, María Elisa relató hasta quebrarse: “Hace mucho tiempo que estoy vinculada a HIJOS, y me hice siempre la pregunta ¿cuántas veces me los habré cruzado por la calle?”.
El juez Jorge Ferro quiso saber qué le habían contado acerca de sus padres y ella respondió que “eran excelentes personas, con respecto a la militancia de mi papá tuve información cuando aparecieron sus compañeros. Yo tenía 15 años. Mi papá era una persona muy comprometida. Recuperé cartas de él cuando estaba en la universidad. Son cartas donde puede verse su compromiso e intereses y convicciones. Los compañeros de mi papá dicen que ellos están vivos porque él no habló en la tortura”.
“A pesar del dolor y de los nervios, es un momento muy bueno y único. Que me hace bien al corazón y me da paz. Qué reparador e inolvidable. Me voy de acá con una sonrisa”, dijo María Elisa Castillo antes de salir del recinto.
Fuente:JuicioVCuerpoEjercitoBB





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