viernes 9 de septiembre de 2011
Guatemala o un nuevo fracaso de la democracia
Por Juan Gaudenzi
Aunque probablemente se necesite una segunda vuelta electoral, este domingo 11 de setiembre la mayoría del electorado guatemalteco elegirá a un general (retirado) como nuevo presidente de la República.
Que un pueblo desangrado por su propio ejército a lo largo de medio siglo opte “libremente” por un connotado represor (algo así como si en Argentina votaran por el “ángel de la muerte”, el marino Alfredo Astiz) por más demencial que parezca no tendrá nada de sorprendente.
¿O fue una sorpresa que tras el fracaso de la República de Weimar, el 19 de agosto de 1934 el 90 por ciento de los alemanes participantes en un plebiscito convocado por el entonces canciller Adolfo Hitler le otorgara plenos poderes para establecer el Tercer Reich?
Pero, tal vez la comparación no sea afortunada. La República de Weimar, pese a sus colosales errores, pasó a la historia como el proyecto democrático más avanzado de su tiempo. En cambio, por pusilánime e inoperante, el actual gobierno del autoproclamado socialdemócrata Álvaro Colom será olvidado en poco tiempo. A tal punto llegó su incapacidad – pese a una pléyade de ex revolucionarios reciclados en funcionarios estratégicos – que, pese a que la iniciativa fue de su antecesor, Oscar Berger, en un acuerdo sin precedentes a nivel mundial, entregó el Poder Judicial de una República soberana a la ONU por medio de una llamada “Comisión Internacional Contra la Impunidad en Guatemala” (CICIG).
En todo caso, la descomunal depresión e hiperinflación de la República de Weimar fue a Alemania lo que la corrupción, la omnipotencia de la delincuencia común y organizada y la violencia sin límites han sido para Guatemala en estos últimos años (con CICIG y todo).
En 1983 el ex presidente argentino Raúl Alfonsín sostuvo que “con la democracia se come, con la democracia se educa, con la democracia se cura”.
La República de Weimar y el gobierno de Colom demostraron que la democracia, por si sola, no sirve absolutamente para nada (salvo para enriquecer aún más a los más ricos). Y que un pueblo humillado, arruinado y hambreado como en la Alemania de entonces, o presa del pánico y la histeria colectiva, como en la Guatemala de hoy, está dispuesto a votar por cualquier oportunista –sin importarle sus antecedentes, ideología, programa y mentiras– que en el colmo de la demagogia les prometa solucionar de la noche a la mañana sus males.
En este país centroamericano el desprecio de las grandes mayorías por la moral, los principios, la retórica y hasta la legislación de carácter democrático es de tal magnitud que lo considerado absurdo en cualquier otra latitud hace tiempo superó el resultado de una elección. Por supuesto que el analfabetismo (no excluyente de las clases medias y altas) y las campañas del “stablishment” en todas sus manifestaciones, desde la Iglesia conservadora hasta la oligarquía, las trasnacionales, los centros privados de enseñanza, los partidos políticos de derecha, la Embajada de los Estados Unidos y la prensa, llevan siglos contribuyendo a esto.
Poblaciones indígenas masacradas por el dictador fundamentalista Efraín Ríos Montt terminaron apoyándolo. Y el 16 de mayo de 1999 el “No” ganó con un 50.6% un referéndum para incorporar a la Constitución Nacional reformas tales como abolir el Estado Mayor Presidencial (cuerpo de protección castrense con una tenebrosa reputación de violador de los Derechos Humanos), recortar los efectivos de las Fuerzas Armadas y limitar su función a la defensa externa, y reconocer debidamente los derechos socioeconómicos de las comunidades indígenas, para así sentar las bases de una nación "multiétnica, pluricultural y multilingüe".
Desde 1954 (aplastamiento a cargo de la CIA del único período auténticamente democráticos en lo político, económico y social que conoció Guatemala en su historia: los gobiernos de Juan José Arévalo y su sucesor Jacobo Arbenz) los breves paréntesis de democracia formal en medio de 24 años de sangrientas dictaduras militares ni siquiera le sirvieron al pueblo de Guatemala para comprender que la violencia no se combate con más violencia.
Por eso llevará a la Presidencia a otro general retirado, Otto Pérez Molina, cuya principal consigna de campaña es la “mano dura” contra la delincuencia, que casi todos los oficiales desempleados desde la firma de los Acuerdos de Paz con la guerrilla, en 1996, se encargaron de promover y amplificar para, por una parte, mantener en permanente estado de ingobernabilidad y zozobra a los gobiernos civiles que los sucedieron, y, por la otra, para presentarse como los únicos capacitados para ponerle fin y posibilitar que las capas medias urbanas, sobre todo, puedan volver a circular por las calles y dormir en paz.
“Pérez Molina nos quiere gobernar con mano tiesa, que representa al pasado oscuro; nos quiere gobernar con miedo, con sangre y temor”, dijo quien figura segundo en las encuestas, Manuel Baldizón (sospechoso de mantener vínculos con el narcotráfico en el departamento de El Petén).
Se trató de una estrategia perversa pero impecable en un país donde la izquierda revolucionaria (la ex guerrillera Unidad Revolucionaria Nacional Guatemalteca) prácticamente desapareció o, como en Argentina y en tantas otras naciones, se reacomodó al “nuevo orden” impuesto por Washington, el Banco Mundial, el FMI y la ONU, y donde los principales medios de comunicación –el matutino “Prensa Libre”, dirigido por el presidente de la Sociedad Interamericana de Prensa, Gonzalo Marroquín, y la televisión monopolizada por el mexicano radicado en Miami Ángel González y su principal “opinólogo”, el multimillonario Dionisio Gutiérrez– se dedicaron sistemáticamente a desprestigiar y debilitar al gobierno de Colom machacándolo en su flanco más débil: la inseguridad ciudadana.
Una estrategia consistente básicamente en: yo armo, financio y protejo –y, de paso me beneficio económicamente– a la delincuencia; tú te encargas de presentarla como el peor azote denunciando la inoperancia gubernamental y la impunidad existente; y juntos recuperamos el poder.
Pero, ¿quién es el próximo presidente de Guatemala?
Un militar guatemalteco “new age”, lo cual es mucho decir si se lo compara, por ejemplo, con los dinosaurios de “La Cofradía” (los viejos generales como Luis Ortega Menaldo, Jorge Perussina, Quilo Ayuso, etc.) quienes aun creen que Stalin controla el Komitern.
Un producto acabado de la Escuela de las Américas, del Colegio Interamericano de Defensa, con sede en Washington, y de la Junta Interamericana de Defensa, donde en el 2000 terminó su “brillante” carrera castrense.
- Genocida en los 80´s.
- Negociador de la Paz en los 90´s.
- Inescrupuloso empresario (¿al final de cuentas la marihuana y la cocaína no se cotizan en Wall Street?) y político neoliberal, rodeado de incondicionales de su promoción en la Escuela Militar (“Politécnica”) –la 73–, compañeritos de culto en el templo guatemalteco de Milton Friedman y Von Hayek (la Universidad Francisco Marroquín) y publicistas como Julio Ligorría, elogiado por “próceres” como el hijo de Vargas Llosa y el cubano Carlos Alberto Montaner, en el nuevo siglo.
Siempre al servicio de las políticas de Washington (y de sus propios intereses, obviamente) en la región, al punto de que si no trabajó para la CIA/DEA a lo largo de toda su carrera, hizo suficientes méritos para haberlo hecho.
Si concediera entrevistas, el capo del Cartel del Pacífico, el “Chapo” Guzmán, a quien, como jefe del Estado Mayor Presidencial, Otto Pérez capturó en Guatemala y entregó a México (para quedarse con unos cuantos millones de dólares y una flotilla de autos de lujo del narcotraficante, según las malas lenguas) mucho podría contar al respecto.
Cuando Washington necesitó acabar con la guerrillera Organización Revolucionaria del Pueblo en Armas (ORPA) y sus bases de apoyo, pero sin quedar demasiado en evidencia como el gran violador de los Derechos Humanos en América Latina y el mundo, el joven mayor Pérez Molina (comandante “Tito”) fue enviado a El Quiché (Triángulo Ixil) para aplicar la estrategia “30-70”= 30 por ciento de la población indígena asesinada; 70 por ciento cooptada por medio del terror y “programas de desarrollo”.
Cuando, con el fin de la Guerra Fría y la desaparición de la “amenaza roja” próxima a su frontera, para los Estados Unidos dejó de ser un buen negocio invertir en un ejército convertido en una poderosa y peligrosa banda de delincuentes, competencia desleal de la iniciativa privada y las inversiones extranjeras, Pérez Molina resultó un negociador clave: en lugar de una reducción del 33% de los efectivos militares, pactada en los Acuerdos de Paz, impuso un 66%. Y, de paso, dejó expeditas las principales rutas del narcotráfico rumbo al Norte.
Cuando, con el presidente Álvaro Arzú (y su sucesor, Oscar Berger) la maquillada vieja oligarquía llegó a la Presidencia, Pérez Molina, como jefe del Estado Mayor Presidencial (después de haber dirigido las Operaciones y la Inteligencia de la Defensa Nacional) fue el encargado de cuidarles las espaldas y sus negocios turbios.
Finalmente, como Inspector del Ejército hizo los suyos propios; unos cuantos ilícitos nunca investigados ni juzgados, como tampoco lo fueron –y probablemente ahora lo serán menos que nunca– las torturas y asesinato del guerrillero Efraín Bámaca en la base militar Santa Ana Berlín y la participación del futuro presidente en el asesinato del arzobispo de Guatemala, monseñor Juan Gerardi, en 1998.
Fuente:Argenpress
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