EXCLUSIVO: ENTREVISTA AL PRESIDENTE DEL TRIBUNAL DE LA CAUSA ESMA
“En este juicio quedó totalmente evidenciado el horror”
El juez Daniel Obligado repasa ante Página/12 las particularidades del juicio y la sentencia que hizo historia el miércoles pasado. Las condenas más emblemáticas: Alfredo Astiz y Jorge “El Tigre” Acosta. La prueba del homicidio de Walsh y la ingesta de cianuro considerada como homicidio. El nuevo concepto de “politicidio”.
Por Alejandra Dandan
Imagen: Dafne Gentinetta
Daniel Obligado fue juez en el conurbano bonaerense. Fue uno de los que absolvieron a aquel muchacho conocido como Pantriste, acusado por el homicidio de un niño de 16 años. El juez lo consideró inimputable. Tras ese tránsito por la provincia, desembocó en el fuero federal cuatro años atrás, cuando formó parte del tribunal que encabezó el juicio al prefecto Héctor Febres, el primer acusado de la Escuela de Mecánica de la Armada en juicio oral, muerto por un supuesto envenenamiento. Obligado preside ahora el Tribunal Oral Federal Nº 5, que el miércoles pasado dictó una condena histórica a 16 de los 18 acusados de la megacausa ESMA, entre los que estuvieron Alfredo Astiz y Jorge “El Tigre” Acosta. Además de 12 perpetuas, la condena marcó posición en temas determinantes para el futuro en materia de juicios por la represión ilegal, como la prueba del homicidio de Rodolfo Walsh y el giro para considerar como homicidio la ingesta de cianuro de María Cristina Lennie. Tras el fallo, el presidente del tribunal repasa en diálogo con Página/12 algunos ejes del juicio y la sentencia. El momento en el que Astiz le acercó una copia dedicada de la Constitución Nacional, el testimonio de la madre de Fernando Brodsky, las razones de la muerte de Walsh, la acusación por el robo de los bienes culturales, los delitos de violencia sexual, pero también las demoras, las disidencias y lo que finalmente constituyó otra bisagra del juicio: la decisión de pedirle a la Corte Suprema que impulse en organismos internacionales la inclusión de la figura del “perseguido político” en el delito internacional de genocidio.
Obligado definió que en el país hubo un “politicidio”: “Acá lo que se probó es que hubo una persecución política, tomando la militancia política en su sentido amplio. No por el hecho de pertenecer al partido A o B: podían ser militantes sociales”. Para Obligado, ese “politicidio” debe ser incluido en la Convención Internacional contra el Genocidio, “y no solamente por el caso argentino”. “Acá no hubo una persecución para convertir a estas personas al cristianismo occidental y cristiano, porque eso hablaría de una persecución religiosa. ¿Y las monjas francesas? Por eso es politicidio: porque eran contrarios a ese régimen.”
El TOF Nº 5 llegó al Juicio ESMA después de dos juicios orales complicados. Uno con Febres, y otro con jefes de área, en que absolvió a tres de los cinco imputados. Obligado fue parte de ese tribunal, presidido por Guillermo Gordo. Obligado no lo dice con todas las palabras, pero cuando da cuenta de aquello dice que la autonomía que tiene un juez en un espacio colectivo como un tribunal es distinta de la que pueden tener los integrantes de la Corte: las decisiones del tribunal son más colegiadas, y en esa colegiación pierden las voces disidentes. ESMA empezó sin Gordo. Y terminó integrado por Obligado como presidente, Germán Castelli y Ricardo Farías, el voto que acumuló mayores disidencias. A tres días de la sentencia, Obligado arranca con sus hijos.
–Me preguntaron cuál era el testimonio que más me impactó. Creo que fue el de Sara Silver de Brodsky, en referencia a su hijo Fernando. El estaba ligado a un señor que había sido secuestrado en el conurbano bonaerense, y la señora ésta es una mamá. Mostró una foto de él en la juventud y después mostró una foto que exhibían de Basterra. Y entonces me decía: “¡Mire lo que hicieron con mi hijo!”. Eso es algo que me quedó grabado.
Víctor Basterra es el sobreviviente de la ESMA que pudo sacar fotos de varios detenidos desaparecidos y convertirlas, con los años, en pruebas de la desaparición.
–También hubo otra señora, que parecía un poco perdida. Se sentó a declarar y decía: “¿Y ustedes saben dónde está mi hijo?”. Les hablaba a los acusados. Era una señora muy mayor. Y lo suyo no era un acto político. No. Y menos una provocación. Era una pregunta sincera, porque ella estaba ahí porque quería aclarar ese tema, es decir, quería saber para poder llevar una flor.
–¿Por qué la foto de Brodsky?
–La foto es muy conocida. Es ese chico que está con una remera sin mangas, como de gimnasia. Y creo que los sobrevivientes decían que él hacía gimnasia, como una forma de contrarrestar la situación. Quizás esa remera la haya conseguido haciendo esa actividad. Ahora está desaparecido. Pero fue la mirada intensa: esas fotos interpelan. Hubo otra foto, de una chica secuestrada en una playa: está acusado por eso el señor Donda, y a ella se le advierte la malla, se ve que están golpeados los ojos, como que le aplicaron trompadas.
–Son datos del afuera del campo: remeras, la malla.
–Ella estaba como en otro universo. Se supone que una persona en la playa está descansando, asoleándose en un momento de distensión. Y la van a buscar y se la llevan, y miramos cómo queda reducida a un mundo totalmente diferente. Como que no estaba esperando el ataque, no estaba con un arma o escapando: por lo menos objetivamente no se estaba escapando, no sé si en ese lugar estaba de incógnito. Nadie se está escapando si está en malla tomando sol. También me impactó la religiosa Ivonne Pierron, un espíritu que traspasa las palabras.
–¿Lloró?
–No, no soy mucho de llorar en mi vida personal. Y a esta altura de la profesión, no. No sólo en estos juicios. Con la señora Sara creo que todos quedamos así, hasta las defensas. Hay momentos en que uno se conmueve y necesita tomar agua, por ejemplo. Pero uno mediatiza. Es lo que pasa con cualquier profesional: uno no se involucra, hace como una pirueta mental en la cual el otro queda como objeto de investigación. En Lomas de Zamora, donde trabajé, tuve unos casos de padres acusados de asesinar a su bebé, dos veces, una por fracturas y otra por introducir algodón, algo lamentable; estoy fogueado de este tipo de situaciones.
La ESMA, 35 años más tarde
–¿El juicio permitió redimensionar lo que significó la ESMA?
–En realidad, el primer caso que tuvimos fue Febres, apenas llegué al tribunal. Juré un 5 y el 20 estaba iniciando el juicio. Y esa semana hicimos la inspección en la ESMA. Así que de entrada tuve una vivencia de la ESMA. Y fuimos dos veces más. En este juicio, el querellante (Horacio) Méndez Carreras estaba preocupado porque durante la inspección vimos una inscripción en una viga con unos números: aparentemente los escribió la monja (Léonie Duquet), y eran del convento y del colegio de Morón donde enseñaba catequesis. Y están. Están. En función de esa inspección ocular y los testimonios, uno se hace una idea de qué pudo haber pasado, como si estuviera viendo una película.
–¿Y es distinta al modo en el que se pensó hasta ahora la ESMA?
–Es cierto que uno es un testigo privilegiado. Seguro que sabemos detalles que los conciudadanos no conocen. Todas las situaciones, el ruido de los aviones. A ellos, por ejemplo, los estaban torturando y sentían la algarabía de los chicos de la escuela Raggio jugando en el patio. Así que los testimonios no entran por lo que se está oyendo, por las palabras del testigo, sino también por las invocaciones visuales y sonoras que realiza. Ahí fue importante la constante alternancia entre el sumo displacer y hasta una dosis de placer, en el sentido del ruido de esos niños. Esa dualidad, ese ir y venir de una situación horrible a otra. O cuando iban a comer, aunque no creo que tuvieran ninguna situación grata ahí.
El caso Walsh
–¿Qué puntos discutieron más?
–Había desafíos técnicos muy interesantes. Uno, el tema del escritor Walsh: había problemas para superar y pronunciarse. Había sido elevado como privación ilegal de la libertad, y el fiscal de primera instancia y luego el del juicio acusó por homicidio. Había un problema con la defensa: ahondó mucho en eso, dijo que si había fallecido no había sido privado de la libertad. Murió en un enfrentamiento. Y otra línea en paralelo decía que no falleció en la ESMA sino que falleció en el lugar; que por lo menos no había certezas de dónde falleció. Y había que superar los dos obstáculos.
–¿Cómo hicieron?
–Un argumento muy considerado fue que no importaba si había fallecido de un lado o del otro de las rejas, de los límites de la ESMA, sino que debía considerarse lo que realizaban las personas que estaban dentro del plan, las personas acusadas que se comprobaba que habían salido de la ESMA y realizado esa conducta. Eso respecto del dónde. Y la privación ilegal de la libertad era ver cuándo se consideraba consumado un delito. Finalmente no se condenó por privación ilegal sino directamente por homicidio, porque en el contexto del plan sistemático la lógica era privar de la libertad, torturar y, en la generalidad de los casos, asesinar. Por más que dicen que la ESMA sería el centro con más sobrevivientes pero, bueno, ya el “más” es un eufemismo: es decir, la mayoría falleció. Son muy pocos los que, en comparación, vivieron; fueron menos de quinientos los sobrevivientes. Una barbaridad.
El genocidio
Se sabe que uno de los problemas de la Convención contra el Genocidio es que excluyó en su momento la figura de los perseguidos políticos como parte de ese delito. Hasta ahora se procuran planteos sustitutos que intentan mostrar a los desaparecidos como grupo nacional, alcanzado por alguna de las categorías. El TOF Nº 5 dio un giro en esa búsqueda. Por un lado pidió a la Corte que impulse una modificación de esa Convención en foros internacionales. Por otro, con la definición de “politicidio”, recuperó las identidades políticas de la víctimas y sobrevivientes. Un relato que no se pudo hacer en el contexto del Juicio a las Juntas y la teoría de los dos demonios, y que arrastra la deuda pendiente de que la Justicia los reconozca no como víctimas de una agenda de teléfono sino desde ese lugar.
–¿Cómo avanzaron con la figura del perseguido político?
–Dos querellas lo plantearon. Quedó habilitada así la jurisdicción y se consideró que es un “politicidio”, un término acuñado por un húngaro que habla de una exterminación por causas políticas. El tema es que el politicidio no está considerado en la Convención de Genocidio. Baltasar Garzón en España dijo que en la Argentina había habido un genocidio porque ahí hay un tipo penal de genocidio, ésa es una posibilidad. Pero un juez local no puede aplicar la Convención directa en su país si el tema no está en la Convención. Se intenta trasladar otras posibilidades, como la de la persecución indiscriminada por causas religiosas, étnicas o raciales, pero no la persecución política. En su momento, Stalin abogó para sacarla, pero debe ser incluida y no solamente hacerse cargo del caso argentino sino de otros tantos lugares del mundo donde hay persecuciones políticas. Garzón dijo que acá se pretendían instalar las pautas de la civilización occidental y cristiana, y entonces así habría una persecución religiosa. Yo no estoy de acuerdo. ¿Y las monjas francesas? Por eso politicidio: porque eran contrarios a ese régimen.
–¿Cómo evalúa al juicio como síntesis?
–Este juicio nos coloca a la cara del horror y quiero resaltar este concepto: quedó totalmente evidenciado el horror. A partir de ello, era indispensable realizarlo. No solo este y los casos subsiguientes. Es necesario conjurar la irracionalidad que se evidenció en este juicio con la racionalidad de una respuesta civilizada, sublimando la violencia. Deben empeñarse los mejores esfuerzos individuales, pero también institucionales que tributen a una política de Estado, como ya lo señaló la Corte.
Fuente:Pagina12
La Constitución de Astiz
Alfredo Astiz habló casi dos horas cuando le tocó pronunciar sus últimas palabras. Y antes de sentarse le dio al juez Daniel Obligado un ejemplar de la Constitución. Obligado, la aceptó. Una de las querellas cuestionó al magistrado por ese gesto.
–¿Qué le pasó cuando Astiz le dio la Constitución?
–No me pasó nada. Que se acerque y me entregue al Constitución, la verdad, es la primera vez que me pasa. Lo hice público porque estábamos en un acto público, para explicar cuál era la presencia de este señor en el estrado.
–¿Como fue?
–Antes de irse a su lugar, creo que volvió sobre sus pasos, como que se estaría olvidando de esa determinación: se ve que la tenía de antes porque está dedicada al presidente de la Corte, (Ricardo) Lorenzetti.
–¿No sintió que le faltaba el respeto?
–Son actitudes. Fue muy duro, no sólo con nosotros sino con las partes. Pero una persona que está acusada de delitos tan grandes y la pretensión punitiva es tan pero tan grave, lo menos que le puede pasar es estar de mal humor o agresivo, está dentro de lo posible. Se me criticó porque lo dejé hablar mucho tiempo, la idea mía fue que en todo el juicio todos pudieran decir, que no se vean cercenados. Las últimas palabras tienen que ser breves, pero nosotros teníamos una agenda prevista; en función de esa agenda, y como algunos habían adelantado que no iban a hablar, yo estimé los tiempos en alrededor de las dos horas. Con Astiz, el debate no llegó a las dos horas.
Fuente:Pagina12
El crimen de Lennie
María Cristina Lennie tomó una pastilla de cianuro cuando la estaban secuestrando. El caso entró al juicio como supuesto suicidio; pero, en otro giro jurídico importante, el tribunal acusó por homicidio al represor Oscar Montes a partir de un pedido del Centro de Estudios Legales y Sociales.
–Fue uno de los puntos más discutidos. ¿Por qué?
–Es un tema muy interesante, que va a dar lugar a debates. Porque, por un lado, se puede decir que se suicidó por decisión propia, y está todo ligado al acto de heroísmo de una persona. Y hay quienes dicen que es un homicidio, doloso, o es un homicidio preterintencional como fue decidido en la sentencia. No están todavía los fundamentos, pero en abstracto es preterintencional darle un golpe a una persona, que sin querer se muere.
–¿Eso entonces le quita intención? En la lógica de las condenas, ¿evitaría una perpetua?
–Sí. En Alemania hay antecedentes así de los campos de concentración. Se podía plantear un tema de instigación al suicidio como hipótesis. Pero lo importante en el caso de Lennie era saltar la gran discusión: si esto era un suicidio o había una consecuencia penal. La mayoría entendió que sí corresponde una consecuencia penal en la decisión de una persona en esas circunstancias. Creo que lo más importante es eso: decir que tiene consecuencias jurídicas.
Fuente:Pagina12
El cuerpo del delito
El juicio dejó sentado por primera vez jurídicamente el asesinato de Rodolfo Walsh. Los marinos estaban acusados hasta aquí por privación ilegal y tormentos, además del robo de bienes. La ausencia del cuerpo siempre impidió avanzar sobre el homicidio. Los testimonios de quienes lo vieron muerto en la ESMA sirvieron para abrir la posibilidad de un cambio en la figura legal, que exige una construcción de la prueba difícil para las querellas, a más de treinta años y con la lógica de invisibilidad de la represión.
–Se ha superado la idea de que para probar la existencia del cuerpo del delito en un homicidio haga falta el cuerpo material –dice Obligado—: lo que hace falta es el “cuerpo del delito” no el “cuerpo del finado”. El cuerpo del delito es el cúmulo de pruebas que indiquen que una persona dejó de pertenecer al mundo de los vivos. Aparte, hay testimonios de gente que lo vio (en ese estado) en el centro.
–¿Quedó claro por qué mataron a Walsh?
–Desde el punto de vista del plan, y esto es una especulación, el plan no sería matarlo en ese instante, sino torturarlo y obtener información. Quedó claro que no fue un suicidio, nunca se planteó, pero para aclararlo bien: nunca estuvo en duda que se haya suicidado, ni que tomó cianuro o disparó contra sí mismo. Fueron balas extrañas. Un testigo dijo que estaba partido al medio: como si una ráfaga de ametralladora lo hubiese partido. Pero con la falta del cuerpo no se puede saber. El llevaba un arma que no logró disparar.
Fuente:Pagina12
Las absoluciones
El tribunal absolvió a Juan Carlos Rolón y Pablo García Velazco, a quien los sobrevivientes inscriben como jefe del operativo que terminó con el crimen de Rodolfo Walsh. Rolón estaba acusado por dos hechos de 1977: el caso Walsh, de marzo, y el grupo de la Santa Cruz, de diciembre.
–¿Por qué las absoluciones?
–Sobre el señor García Velazco, que tiene un hermano mellizo que vive, la misma fiscalía había dicho: “Nos equivocamos de persona”. En el caso de Rolón había tres testigos que decían que durante el ’77 habría estado en la ESMA, pero hay que ver cómo fueron preguntados y cómo respondieron porque hubo que merituarlos con otros testigos que decían que, en cambio, había estado en dos períodos, primero en ’76 y después en el ’78 y eran contundentes y lo dejaban afuera en el ’77. También él dijo que estuvo en esos dos períodos: ése es un dato que debe tenerse en cuenta.
–En la sentencia hay varias disidencias del juez Ricardo Farías. ¿Por qué?
–Por criterios jurídicos. Uno tiene el objetivo de llegar por unanimidad a la sentencia, unas veces se logra y otras no.
–¿Por eso demoraron dos horas en el final?
–Pensábamos que íbamos a llegar a una hora y después se complicó con los últimos argumentos.
–¿Discutieron las perpetuas?
–Las discusiones pasaban por otras claves.
Fuente:Pagina12
OPINION
Los que sonríen tranquilos
Por Guillermo Levy *
“Angel rubio de la muerte de
qué poco te sirvió, el niño Jesús,
la bandera y el sol que te vio...”
León Gieco
“Acá somos Dios”, dicen que solía decir el Tigre Acosta, “las monjitas voladoras”, se mofaba Alfredo Astiz. Frases del paisaje demoledor que es para una sociedad la impunidad en los crímenes más tremendos.
Mi generación no es la generación aniquilada, tampoco es la de los Hijos que se forjaron como tales en los años noventa, tan llenos de frivolidad como de jóvenes que no firmaban el contrato menemista.
Mi generación nació a la política sobre el fin de la dictadura y bajo la mirada de madres y abuelas que dibujaron, demarcaron en la lucha política que cada uno siguiera, algunas líneas imborrables en cuanto a la ética imprescindible para cualquier horizonte político transformador y en cuanto a la importancia de no abandonar a sus muertos que se iban convirtiendo también en nuestros muertos. Muertos con toda la energía que emanan en la historia.
Ellos, los muertos, los desaparecidos y los sobrevivientes, fueron delineando en nosotros, los jóvenes de entonces, la necesidad de luchar por la transformación de nuestro país.
Las Madres y las Abuelas se convirtieron en nuestras Madres y Abuelas con las que crecíamos mientras se acrecentaba la impunidad.
Alfonsín pasó a la historia como el hombre que instaló los derechos humanos. Más allá del limitado pero histórico Juicio a las Juntas, vinieron claudicaciones e impunidades que nos trazaron otra marca: la democracia tenía como costo la impunidad. No sólo el perdón, no sólo el desprocesamiento, también el reconocimiento. Durante el gobierno de Alfonsín los hoy condenados Rolón y Astiz fueron ascendidos en sus cargos, ya que las leyes les habían borrado los delitos. Más tarde, De la Rúa salvó al represor y contrabandista Cavallo, garantizando, mediante la prohibición de las extradiciones, que ningún otro represor pudiera comparecer en el exterior frente a la impunidad local.
Con Menem, la lucha contra la impunidad empezó a reconstituirse a mediados de la década, convirtiéndose en un núcleo de unidad de muy diversos grupos y personas.
Las marchas del aniversario del golpe a partir de 1996 fueron cada vez más un recorrido de mucha gente que se encontraba, otra que marchaba por primera vez. Esas marchas se fueron constituyendo en ese lugar que una vez al año había que ir. Muchos habían estado siempre, muchos otros se sentían interpelados entonces.
Y en un mar de impunidad estatal e indiferencia social aparecieron los Hijos, las declaraciones de Scilingo –hoy preso en España–, los escraches, los juicios por la verdad, las causas a los represores en el exterior y los fallos de la Comisión Interamericana de DD.HH.
El cerco a la impunidad iba creciendo a pesar de que Menem había intentado silenciar el tema con astucia dando fuertes reparaciones económicas. Las indemnizaciones repararon muchas situaciones, pero no repararon heridas y la presión, más la unidad que daba la lucha contra la impunidad, siguió creciendo hasta que, el 24 de marzo de 2001, 150.000 personas fueron a la Plaza meses antes del estallido de diciembre.
Antes el Congreso tuvo de derogar las leyes de impunidad sin efectos retroactivos y en el 2001 un juez las consideró inconstitucionales.
Y llegó Kirchner, que dio un paso central al impulsar la anulación de las leyes y las reaperturas de las causas.
Hoy podemos mostrarles a nuestros hijos que a muchos de los que cometieron estos crímenes la democracia los juzga con todas las garantías y los condena.
Hoy podemos hablarles a nuestros alumnos del genocidio cometido pero sin terminar, como antes, diciendo “están todos libres”, despertando bronca, impotencia, desquicio y muchas veces indiferencia. Indiferencia, la receta del neoliberalismo para los que se integraban en el relato de que nada se puede cambiar.
Reparación como estas condenas no la da ninguna indemnización, reparación para los que hoy siguen desaparecidos, para sus compañeros y familiares y para toda la sociedad, cuyo piso de impunidad es, en cada fallo, más bajo.
Hoy Argentina es un poco mejor, el Angel Rubio, el perverso Acosta, torturadores como Rolón, siniestros de la inteligencia naval como Shaffer, apropiadores como Donda, o Weber, el asesino de Rodolfo Walsh, estarán en prisión por el resto de sus días.
Las monjas francesas, los curas palotinos, Rodolfo Walsh y miles más, desde algún lado seguramente, nos sonríen tranquilos.
* Docente (Facultad de Ciencias Sociales, UBA).
Fuente:Pagina12
Lilia Ferreyra
“Pensé: Rodolfo, te escucharon”
Publicado el 31 de Octubre de 2011
Por Martín Piqué
A pocos días de la condena a los represores que actuaron en la ESMA, la compañera de Walsh, y actual representante del Estado en el ente público Espacio de la Memoria, confiesa que al escuchar la sentencia recordó el último párrafo de la Carta Abierta a las Juntas Militares, donde el periodista expresaba: “Sin esperanza de ser escuchado”. “Sentí la satisfacción de haber cumplido con el mandato que él solía repetir, el de sobrevivir”, confesó.
Era un departamento de un ambiente. Tamaño mínimo, lo justo para quedarse a dormir en Buenos Aires si ya había partido el último tren diario a San Vicente que salía a las 18 desde Constitución. El monoambiente estaba en la calle Gutiérrez, a metros de Malabia y Las Heras, cerca del Botánico. Nadie conocía ese primer piso interno, de 3,20 por 2,60. Sólo ellos dos. Nadie, hasta ese día de abril de 1977 en que Lilia Ferreyra llegó al lugar acompañada por Horacio Verbitsky. Había pasado una semana de la caída de Rodolfo Walsh.
Lilia, pareja de Walsh, le había pedido ayuda a su amigo y compañero de ANCLA, la agencia de noticias clandestina que había creado el autor de Operación Masacre. Juntos vaciaron el departamento, del que se llevaron parte de los cables de ANCLA, algunos libros y una mesa plegable que Walsh solía usar para escribir su cuento inédito “Juan se iba por el río”. El relato nunca vio la luz, no llegó a publicarse. Está desaparecido, al igual que su autor.
Tampoco llegó a la imprenta el cuento que estaba escribiendo sobre el aviador y la bomba, que transcurría durante el bombardeo de la Plaza de Mayo realizado por la aviación naval en 1955. Lo mismo el cuento “Ñancahuazú”, sobre el Che en Bolivia. O el relato autobiográfico “El 27”, en que Walsh desnudaba la conflictiva relación con su padre. Todos esos papeles estaban en una carpeta que llevaba el título “Lidia”. La carpeta que formó parte del botín de guerra cuando los represores saquearon y bombardearon la casa de Ituzaingó y Triunvirato, en San Vicente. Allí vivían Walsh y Ferreyra.
La noche antes de caer en manos del grupo de tareas de la ESMA, al cumplirse el primer año del golpe, Walsh y Ferreyra brindaron en San Vicente con una botella de vino. El escritor había logrado cumplir con una promesa. Que el 24 de marzo de 1977 iba a tener terminados los dos textos en los que venía trabajando desde hacía meses: la Carta Abierta a la Junta militar y el cuento “Juan se iba por el río”. Walsh había sobrevivido un año a la maquinaria de producción de exterminio. En los meses previos habían sido muertos su hija María Victoria y su amigo Francisco “Paco” Urondo.
El miércoles pasado, Lilia escuchó las condenas a Alfredo Astiz y Jorge “Tigre” Acosta, entre otras caras emblemáticas de la ESMA, y pensó en dos textos escritos por Rodolfo. Recordó la frase final de los partes de noticias de Cadena Informativa: “Vuelva a sentir la satisfacción moral de un acto de libertad.” Y también repasó, en silencio, como si Rodolfo se lo estuviera leyendo otra vez en voz alta en la casa de San Vicente, el último párrafo de la Carta a la Junta: “Sin esperanza de ser escuchado, con la certeza de ser perseguido, pero fiel al compromiso que asumí hace tiempo de dar testimonio en tiempos difíciles.” “Sentí esa ‘satisfacción moral’”, dice Lilia a Tiempo Argentino mientras sus dedos tantean el paquete rojo de Jockey para buscar otro cigarrillo.
La compañera de Walsh conversa con este diario en su oficina en la ex ESMA. Es la representante del Estado Nacional en la dirección tripartita del Ente Público Espacio de la Memoria. Según el convenio firmado entre Nación y Ciudad en 2007, ratificado por ley en el Congreso y la Legislatura, el Ente Público asumió la potestad de adjudicar en tutela los 34 edificios que forman parte del predio. El organismo también monitorea el cumplimiento de los acuerdos que convirtieron a ese complejo en un centro internacional de los derechos humanos. En el predio también funcionan las dos señales televisivas que dependen del Ministerio de Educación: Encuentro y Paka Paka.
La oficina de Lilia es un modesto cuartito en el que predomina el blanco. Está ubicado en lo que supo ser el Pabellón Delta, donde los aspirantes a oficiales tenían su gimnasio. Una de las paredes está decorada con una foto enmarcada que la muestra dándole un abrazo a Néstor Kirchner en el ex patio de armas. En otra pared domina una ventana. Detrás del vidrio se ve el verde de los árboles. “Son 860 árboles en total”, informa Lilia gracias a los resultados de un relevamiento que mandó hacer en las 17 hectáreas del predio.
Conocer el número exacto de árboles no es un dato intrascendente: Lilia encargó el trabajo con un objetivo en mente: estaba buscando el lugar exacto para emplazar la instalación artística en memoria de Walsh en la que está trabajando el escultor y pintor León Ferrari. Ferrari y Walsh fueron amigos. Ambos colaboraron activamente con la CGT de los Argentinos. Ferrari tiene un hijo desaparecido, Ariel, que fue llevado a la ESMA.
La instalación será un homenaje a la Carta Abierta a la Junta Militar. Diez paneles de vidrio, con las letras iluminadas que tendrán la misma tipografía de la máquina de escribir portátil Olympia que Walsh utilizó para tipear el texto. “Los paneles van a irradiar una luz especial. Y la instalación quedará en forma permanente en el bosque de eucaliptos que está frente al Casino de Oficiales y sobre la Avenida del Libertador”, cuenta Lilia.
EL MANDATO DE SOBREVIVIR. “Cuando escuchaba la sentencia tuve como un diálogo imaginario, imposible, con Rodolfo. Recordé el último párrafo de la Carta Abierta, donde él dice ‘sin esperanza de ser escuchado’. Y entonces le dije ‘Rodolfo, te escucharon’. Pero fue un momento muy íntimo.” La compañera de Walsh está sentada en un escritorio, al rato entra una colaboradora y le pide que firme unos papeles. “Ahora soy una burócrata”, murmura, divertida, mientras busca la lapicera. “Al escuchar las sentencias, al oír que los imputados eran condenados por el homicidio de Rodolfo, pero también por el robo de sus bienes y de sus escritos, sentí la satisfacción moral de haber cumplido con el mandato que él solía repetir. El mandato de sobrevivir. Porque todo ese material inédito estaba en mi memoria. Esos textos, entre ellos ‘Juan se iba por el río’, estaban en San Vicente. Se los llevaron de ahí y no había copias”, dice.
–¿Y se acuerda del contenido de esos relatos?
–Sí. Me acordaba porque habíamos organizado juntos las carpetas. Sabíamos qué había en cada una, y en qué partes. La única persona que conocía la existencia de eso, que sabía del trabajo de él sobre esos textos, era yo. Ese material se perdió. Aunque mantenemos la esperanza insobornable de que alguna vez aparezcan. Rodolfo me decía que si pasaba algo yo tenía que sobrevivir. Me acordé de todo eso cuando leyeron la sentencia. Y sentí esa satisfacción moral de haber cumplido con el mandato de sobrevivir, para tener todo aquello en mi memoria, y así poder dar testimonio de sus escritos inéditos. Además, para un hombre como Rodolfo, un militante y un escritor, sus textos escritos, la apropiación de sus textos escritos puede, no equipararse de la misma manera pero sí ser similar, a la apropiación de los hijos. Porque es la apropiación de su creación.
–¿Qué le pasó por la cabeza cuando vio a Astiz tocar la escarapela, o cuando en su alegato se comparó con un “gladiador romano” y dijo que “lo que empieza mal, termina mal”?
–Es la pequeñez de un hombre perverso. Fue un gesto desafiante pero estúpido, pueril. No hizo más que reflejar su pequeñez y la miserabilidad de su condición humana. Es la imagen de la banalidad del mal que describió Hannah Arendt.
–La condena al grupo de tareas de la ESMA se produjo justo un día antes del primer aniversario de la muerte de Néstor Kirchner. ¿Cómo vivió esa coincidencia temporal?
–Sobre eso hay algo que quiero decir y que tiene que ver con Rodolfo. A fines de 1976, cuando él había empezado a trabajar en la Carta Abierta a la Junta Militar, estaba convencido de la derrota. Pensaba que iban a pasar entre 30 o 40 años para que el pueblo argentino pudiera iniciar su recuperación, para que pudiera renacer del estrago que estaba causando la dictadura en todos los planos. Decía que, como la política de la dictadura era el exterminio, lo que había que tratar de hacer era, justamente, buscar la manera de sobrevivir. Tratar de sobrevivir.
–Eso es muy distinto de la versión que circuló mucho en algunos libros sobre Montoneros, donde se decía que había una vocación suicida de algunos militantes, o que la muerte de los compañeros pesaba de manera algo culposa.
-No, no. Rodolfo era un hombre que lo que pensaba, lo decía; y lo que decía, lo escribía. Y lo que pensaba, decía y escribía, lo actuaba.
–También tendría algún defecto…
–Sí, por supuesto. Se equivocaba, se equivocó varias veces. Desde ya. Para nada es mi intención idealizarlo. Era un hombre. Pero un hombre de una gran coherencia. El hecho de tener una gran coherencia no quiere decir que sea alguien inequívoco. Significa, simplemente, tener coherencia. A fines de 1976, él decía que había que disolver la organización y que los compañeros que estuvieran dentro, o formaran parte de todo el movimiento militante, tenían que encontrar la manera de sobrevivir. Había que evitar el exterminio. Y en los casos de los compañeros que tenían situaciones de seguridad muy precarias, había que sacarlos del país o irse.
–Entonces él estuvo de acuerdo con que la conducción de Montoneros se fuera del país.
–Sí, por supuesto. Y otros, probablemente, tenían que tratar de sumergirse en el conjunto del pueblo, en distintos lugares y demás, para tratar de rehacer su vida, poniendo un negocio, comprando una vaquita. Viviendo, en suma. Lo importante, decía Rodolfo, era sobrevivir. Él pensaba que a la sociedad le iba a llevar muchos años recuperarse de la dictadura. Pero como era un optimista histórico y además tenía un profundo pensamiento estratégico, también pensaba que en el momento en el que la etapa histórica lo hiciera posible, muchos de esos compañeros que habían sobrevivido iban a aparecer. Iban a volver. Otros quedarían en el camino. En el año 2003, cuando Néstor asume el gobierno y dice en su discurso de asunción que no va a dejar sus convicciones en la puerta de la Casa de Gobierno, y luego habla de los sueños de una generación, yo me acordé de aquella premonición de Rodolfo sobre los tiempos históricos. Sentí esa premonición. Y cuando Néstor vino a la ESMA, a la inauguración de la Plaza de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, lo escuché decir “volvimos”. Entonces me abrí paso entre la gente que lo rodeaba, puede llegar hasta él, lo abracé. Y le dije: “Gracias, Néstor, aquí estamos.” A él ya le habían dicho quién era yo. Yo pienso que esa pareja de estudiantes de La Plata que se fueron al extremo sur del país, con la firmeza de las convicciones y la inteligencia de entender la etapa histórica y el momento político, están reconstruyendo paso a paso el rumbo del país. De todo eso hablaba Rodolfo con esa mirada estratégica que iba más allá de las décadas. A mí me hubiera gustado poder decirle todo esto personalmente a Néstor. No pude. Pero quisiera que nuestra querida Cristina lo supiera.
Fuente:TiempoArgentino


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