TERROR EN EL INFIERNO
Por Victoria Ginzberg
El represor, que se encargaba personalmente de fusilar a secuestrados indefensos, estaba condenado a perpetua por crímenes de lesa humanidad desde 2008. Responsable de más de 30 centros clandestinos, fue el único jerarca dictatorial que logró ser electo como gobernador en democracia.
A LOS 85 AÑOS Y CONDENADO POR CRIMENES DE LESA HUMANIDAD, MURIO EN TUCUMAN ANTONIO DOMINGO BUSSI
Torturador, represor, asesino, dictador y fusilador
Fue el único jerarca de la última dictadura que logró ser electo en democracia. Responsable de más de treinta centros clandestinos, su vida política comenzó a declinar cuando se supo que tenía una cuenta en Suiza. Fue condenado a prisión perpetua en 2008.
Por Victoria Ginzberg
“Bussi ha agarrado con una manguera a garrotear hasta que los ha muerto. Los ha muerto a esos dos personalmente”, relató un ex conscripto.
Cada quince días, llegaba por la noche al Arsenal Miguel de Azcuénaga. Los detenidos estaban atados con cables, los ojos vendados y de rodillas frente a un pozo recién excavado. Se hacía presente con su uniforme de campaña y con el casco debajo del brazo. Daba la orden de disparar al mismo tiempo que apretaba él mismo el gatillo a pocos centímetros de la nuca de la primera víctima. Así murió Ana Cristina Corral, de 16 años, que había sido secuestrada en su casa de San Miguel de Tucumán. Antonio Domingo Bussi, su asesino, murió ayer, 35 años después, a los 85 años, en el Instituto de Cardiología de Tucumán, debido a “un cuadro de insuficiencia cardíaca descompensada con alteraciones a la función pulmonar y renal”. Agonizaba desde el martes. “Mi papá es un hueso duro de roer”, dijo en la puerta de la Clínica Ricardo Bussi, mientras la muerte le llegaba lentamente al único jerarca de la dictadura que logró ser electo en democracia. Fue velado en una ceremonia íntima. Será enterrado en Pilar, condenado y degradado.
Antonio Domingo Bussi nació en Entre Ríos el 17 de enero de 1926 y en 1975 reemplazó a Acdel Vilas como jefe del Operativo Independencia, que fue la antesala y globo de ensayo del terrorismo de Estado en Tucumán. Se había preparado para eso: había viajado como observador a la guerra de Vietnam, donde fue recomendado como un interesante cuadro para una guerra antisubversiva e hizo el curso regular del Command and General Staff en Fort Leavenworth, Kansas. Sus jefes en el Ejército consideraban que se desempeñaba en “las misiones con gran escrupulosidad, celo y empeño, haciendo mucho más de lo preciso en el cumplimiento del deber”.
Con la dictadura, el mismo 24 de marzo de 1976 asumió como interventor y jefe militar de Tucumán. Fue responsable de las más de mil desapariciones en los más de treinta centros clandestinos que funcionaron en la provincia, entre ellos, la Jefatura Central de Policía, el Comando Radioeléctrico, el Cuartel de Bomberos, la Escuela de Educación Física, el Reformatorio y El Motel, Nueva Baviera, Lules, Fronterita y, el más importante, el Arsenal Miguel de Azcuénaga. Además, como explica el Nunca Más, “a la provincia de Tucumán le cupo el siniestro privilegio de haber inaugurado la ‘institución’ Centro Clandestino de Detención como una de las herramientas fundamentales del sistema de represión montado en la Argentina”. “La Escuelita” de Famaillá fue el primer sitio documentado por la Conadep montado especialmente para torturar y asesinar a personas secuestradas.
Como dictador de Tucumán no se privó de nada. Ordenó ejecuciones y ejecutó con sus manos. Planificó torturas y torturó con sus manos. Y también corrió a los mendigos y tullidos de las calles de la provincia y los exilió en un desierto de Catamarca. Al relatar ese episodio en 2004 en una nota en el diario La Nación, el escritor Tomás Eloy Martínez calificó a Bussi como un “pequeño tirano”, “feroz exterminador de disidentes” y “tiranuelo de Tucumán”. El tiranuelo le inició un juicio y le reclamó cien mil pesos por “daño moral”. Pero perdió. El juez Daniel Alioto recordó que “se llama tirano al jefe de una facción que obtiene el poder de manera irregular y gobierna una ciudad sin la distribución de competencias propias de un régimen republicano”, algo que incluso sin contar las muertes y torturas cuadraba con el rol que ejerció Bussi durante la última dictadura. El magistrado también descartó que la palabra “exterminador” perjudicara la reputación del represor “a la luz de sus antecedentes y de los registros de algunas circunstancias de su actuación pública”.
En 1999, Página/12 publicó el testimonio de un ex conscripto llamado Domingo Antonio Jerez que revelaba al mismo tiempo la existencia de un hasta el momento desconocido centro clandestino tucumano, Caspichango, y detallaba la participación directa del dictador en asesinatos a finales de 1976: “Bussi siempre andaba. Una vez lo han hecho llamar del Timbó Viejo, lo han hecho llamar exclusivamente para esa noche. Porque han agarrado a dos personas y este hombre ha ido. Estábamos parando en una escuela que había ahí. Nosotros estábamos acampando en una carpa. Yo he visto a dos, pero había más. Por esos dos exclusivamente ha ido Bussi. Siempre los tenían en slip, bien atados con sogas, boca abajo. A él lo hacen pasar para adentro, entonces yo miro por una rendija que había, no por la puerta, había que cuidarse de todo y ahí empezó a garrotearlos como dos horas, preguntándoles cosas, haciéndolos sufrir. Raro era al que no lo hacían sufrir. Bussi ha agarrado con una manguera a garrotear hasta que los ha muerto. Esa noche los ha muerto a esos dos personalmente. Al otro día nos han empezado a regalar cajas de cigarrillos, me acuerdo que a mí me han regalado tres cajas. Yo no fumaba pero lo mismo he agarrado porque eran cigarrillos finos”. La declaración de Jerez su sumaba a la más conocida del gendarme Omar Eduardo Torres, quien contó ante la Conadep cómo Bussi les daba el tiro de gracia a los secuestrados en el Arsenal Miguel de Azcuénaga. Los fusilamientos se hacían a 300 metros del centro clandestino, en el monte. Bussi usaba el arma reglamentaria, una 11.25, y una pistola 9 milímetros. El pozo lo rociaban con querosén o nafta y siempre había leña a mano para quemar los cuerpos.
También ladrón
Con la democracia se salvó de rendir cuentas a la Justicia gracias a las leyes de impunidad. Esto le permitió ser uno de los personajes de la última dictadura, junto con el subcomisario Luis Abelardo Patti, que mejor se “recicló” en democracia. Logró cumplir con el sueño masserista de ser ungido por el voto luego de fundar su propio partido, Fuerza Republicana.
Fue electo diputado nacional en 1993 y dos años después, gobernador. La “voluntad popular” lo acompañó a pesar de sus crímenes, pero su carrera política declinó cuando se supo que además de asesino, también había sido ladrón. El escándalo que no se había producido porque un represor fuera diputado y gobernador, estalló cuando los diarios contaron que Bussi tenía una cuenta en Suiza. La información se conoció en el marco de la investigación del juez español Baltasar Garzón sobre el genocidio argentino. “No lo niego ni lo afirmo”, dijo el entonces gobernador tucumano. Ese día, ante las cámaras de televisión, dejó de lado sus gestos feroces y lloró. Al día siguiente, la Legislatura aprobó la formación de una Comisión investigadora y poco después la cámara de diputados de la Nación abrió la declaración jurada que había hecho en 1993, en la que no figuraba el depósito en el extranjero. Así que volvió a llorar ante la prensa, reconoció la cuenta Suiza y que había evitado mencionarla al asumir su banca de diputados. “Se trató de una omisión sin intencionalidad”, aseguró. Dijo que el dinero era producto de “becas otorgadas por el Ejército y el gobierno de los Estados Unidos” y que lo había mandado al exterior en los años de la hiperinflación. La Legislatura tucumana le inició un juicio político y lo suspendió durante sesenta días, pero la oposición sólo juntó 16 de los 19 votos necesarios para destituirlo, aunque en el ínterin se conoció que también tenía casi 250 mil dólares en la Hollandsche Bank-Unie NV que estaban a nombre de su mujer, Josefina Bigolio, y su hija Fernanda Bussi, y que poseía una cantidad de bienes que no podía justificar en base a sus años de “servicio”. (Garzón ordenó el embargo de 17 departamentos en Palermo y Recoleta, sus cuentas bancarias –que ascendieron a ocho–, acciones y vehículos varios.)
La cuenta en Suiza también provocó un tribunal de Honor del Ejército, que lo sancionó con una amonestación grave. Se tuvo en cuenta su “actitud de quebrantamiento personal y el aflojamiento espiritual”. En 1999 volvió a ser electo diputado, pero esta vez, la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos lo impugnó por sus crímenes y por haber ocultado sus cuentas en 1993 y la Cámara de Diputados le impidió asumir. La Corte, tiempo después, dijo que debía hacerlo, pero como el mandato había terminado, el caso quedó abstracto. El dictador insistió en las urnas en 2003. Y todavía tenía resto. 17 votos a su favor le alcanzaron para consagrarse como intendente de San Miguel de Tucumán. Pero no llegó a asumir. Finalmente, fue detenido.
En agosto de 2008 fue condenado a prisión perpetua por la desa-parición del senador peronista Guillermo Vargas Aignasse. Un crimen entre los más de mil que debían habérsele achacado. Pero uno que bastó para que no muriera impune. Durante el juicio se presentaba con una sonda y la barba canosa crecida y en sus últimas palabras volvió a llorar. Pero también reivindicó sus crímenes (“los delincuentes buscaban convertir el país en un satélite del comunismo internacional”) y se consideró un “perseguido”. Su estado de salud le permitió evitar otros banquillos, pero no lo salvó de ver cómo se hacía justicia ni cómo su partido se desintegraba (sacó 3,2 por ciento en la última elección y sus dos hijos, Ricardo y Luis José, fueron en listas separadas) ni de enterarse que el Ejército lo había dado de baja.
No es raro equiparar a los represores con monstruos. Pero los estudiosos explican que al deshumanizarlos se pierde la capacidad de analizar y comprender los crímenes y cómo éstos fueron posibles. Sin embargo, a veces, evitar esas comparaciones se hace difícil.
Fuente:Pagina12
OPINION
Ni yerba de ayer
Por Mario Wainfeld
Fue dictador en Tucumán (bajo el mendaz alias de “gobernador de facto”), genocida y también constituyente, gobernador y diputado electo en democracia. Murió condenado a cadena perpetua, cumpliendo prisión domiciliaria, despojado por indignidad de su condición militar. Su otrora poderoso partido, Fuerza Republicana (FR), se fragmentó en las recientes elecciones y va hacia la consunción.
Hace veinte años el entonces presidente Carlos Menem sacó de la galera la candidatura a gobernador de Ramón “Palito” Ortega, único modo de impedir que Antonio Domingo Bussi llegara al poder. El ex tirano lo logró en 1995, con el voto popular. Con su hijo Ricardo como candidato, FR estuvo a punto de revalidarse en 1999: perdió por un tris contra el peronista Julio Miranda.
El genocida ganó ocho elecciones en Tucumán. Hubo algunos partidos procesistas que accedieron a gobiernos provinciales (en Chaco, en Salta), pero él fue el jerarca de la dictadura que ranqueó más alto en ese terreno. Jorge Rafael Videla se infatuaba fantaseando que “la cría del Proceso” sería revalidada en elecciones libres. Emilio Eduardo Ma-ssera trató de construir su propia candidatura trasvestido de sucesor del peronismo: su delirio no llegó muy lejos. Bussi los aventajó en esa carrera.
Los dieciséis años que van desde el cenit de Bussi hasta su fallecimiento en el desdoro y en soledad parecen mucho, máxime por los retrocesos de los partidos democráticos en la lucha contra la impunidad. Acaso no sean tantos en la dimensión de la historia de un país que viene recobrando su dignidad. Vale como referencia la comparación con lo que viene pasando en países hermanos o vecinos, que dan sus primeros pasos en un recorrido que la Argentina ha ahondado más, tanto que les sirve de ejemplo, de aliciente y de bandera.
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Una de sus últimas apariciones públicas, que lo pinta de cuerpo entero, ocurrió cuando habló en el juicio por el secuestro, tortura y asesinato del ex senador Guillermo Vargas Aignasse. El represor vituperó y calumnió a su víctima quien, como cuando cayó en 1976, no podía defenderse. Bussi aducía estar muy enfermo, pero le sobró firmeza para denigrar a quien había asesinado.
En esta misma edición de Página/12 se informa que avanza la causa que investiga el asesinato del obispo Enrique Angel Angelelli. Hay procesados por homicidio calificado y asociación ilícita. La investigación se había iniciado en 1984, se clausuró por imperio de las leyes de punto final y obediencia debida (ver nota en página 6). Fue obstruida decenas de veces, mientras la jerarquía de la Iglesia Católica silbaba bajito y miraba para otro lado. La coincidencia de la fecha es un azar del calendario. Pero nada tiene de casual que el ignominioso final de Bussi y la apertura de una hendija en la investigación sobre el crimen de Angelelli ocurran en esta etapa, enmarcados en un contexto de avance en la lucha por la memoria, la verdad y la justicia.
Las banderas siempre fueron sostenidas por los organismos de derechos humanos, por los familiares de las víctimas, por los sobrevivientes, por creciente cantidad de integrantes de la sociedad civil. La llama, que nunca se apagó, se reavivó a partir de 2003. Desde entonces, los tres poderes del Estado han hecho su parte, con compromisos y convicciones desparejos. Los presidentes Néstor Kirchner y Cristina Fernández de Kirchner sostuvieron, por primera vez, ocho años de continuidad en políticas de Estado vinculadas con los derechos humanos y fueron la avanzada de un cambio de época, ejemplar. El Congreso anuló las leyes de la impunidad que sancionara tiempo atrás. La Corte Suprema, renovada con magistrados idóneos y respetables, sumó lo suyo, aunque “por abajo” sobreabundan jueces y camaristas empecinados en encubrir criminales o cajonear los expedientes que los encausan.
Cada quien sabrá cuáles son sus emociones ante la muerte de un protagonista de una etapa oprobiosa, que supo saborear las mieles del aval democrático. La sociedad argentina, en su conjunto, puede felicitarse por la etapa histórica en que sucedió el hecho, sin bajar las banderas ni cejar en una lucha que todavía insumirá años.
Fuente:Pagina12
BUSSI, EL REPRESOR MAS SANGRIENTO DE TUCUMAN QUE GANO ELECCIONES EN DEMOCRACIA
El golpismo cívico-militar, un espejo de terror
Cinco años después de la retirada de la dictadura y tres después del juicio a los ex comandantes que acabaron con la excusa del “no sabía”, el represor ganó las elecciones de Tucumán en 1989 y volvió a hacerlo en 1995.
Por Andrés Jaroslavsky *
En 1987, apenas cuatro años después del retorno a la vida democrática, regresó a Tucumán y se presentó como cabeza de lista por un partiducho que nadie conocía. Obtuvo inmediatamente cerca del 18 por ciento de los sufragios. Los partidos tradicionales se escandalizaron sin derecho: Bussi gozaba de la impunidad que ellos mismos le habían garantizado. La debacle política de Tucumán le dio un empujón y en noviembre de 1989, cuando se realizaron las elecciones provinciales para elegir convencionales constituyentes, el bussismo obtuvo más del 55 por ciento de los votos.
En las elecciones de 1991, Antonio Domingo Bussi ya pisaba fuerte y compitió contra un invento político del menemismo que buscaba frenar su crecimiento: Palito Ortega. Menem comprendía perfectamente que el triunfo de Bussi podía resultar en una proyección a nivel nacional y un buen dolor de cabeza para su propio gobierno.
Bussi perdió esas elecciones, pero en 1995 se presentó nuevamente, derrotando al candidato del peronismo y al del radicalismo. Veinte años después del comienzo del Operativo Independencia, uno de los principales símbolos de la criminalidad de la dictadura retornaba al gobierno de Tucumán gracias al diluvio de votos de decenas de miles de ciudadanos.
Bussi demostraba así que aquel viejo espejismo de la sociedad argentina estaba intacto: ver en los militares a los correctores de los defectos de la democracia y la política. Tan intacto como en el ’55 o el ’76.
Su consagración como gobernador en democracia recordó al país una vez más que los militares de la dictadura no descendieron de platos voladores, las Fuerzas Armadas no “invadieron” Argentina. La sociedad, en su enorme mayoría, aceptó a las Fuerzas Armadas como preceptores del orden. Durante más de medio siglo, esta inmadurez de la sociedad argentina fue explotada por el partido militar que se presentaba vendiéndoles espejitos de colores, discursitos de orden y honradez.
Otros, más que aceptar, vivieron el régimen militar con euforia. Concentrar las críticas en Bussi, como símbolo y representante excluyente de los crímenes cometidos en Tucumán, es olvidarse de aquellos que le palmeaban la espalda. Representar a la dictadura como una acción puramente militar es un error grave de análisis que beneficia con olvido a los sectores que promovieron estos crímenes mientras lucraban con el régimen.
Cívico-militar
La visita del presidente Videla a Tucumán en junio de 1977 es un ejemplo que demuestra claramente hasta qué punto la dictadura fue civil y militar. Aquel invierno del ’77 encontró al general Bussi ansioso por mostrar su cuadernito de deberes a su superior. Ordenó tapiar las villas miseria y arrojar a los mendigos tucumanos en una provincia vecina. La propaganda estuvo a cargo de Mariano Grondona, quien fue invitado por la Secretaría de Información Pública para dar un ciclo de conferencias. El 12 de junio de 1977, luego de presentar sus saludos a Bussi, Grondona destacó que: “Los países que como la Argentina han luchado con las armas en la mano contra la subversión y ahora intentan continuar gradual y cuidadosamente una nueva democracia están destinados a la imcomprensión internacional hasta que demuestren en los hechos, la bondad de su fórmula”. “Es que somos un modelo nuevo, original, que viene a romper los esquemas convencionales. ¿Cómo es que un país debe guerrear por los derechos humanos y en esa guerra dejar de lado el esquema convencional de la represión delictiva? No lo comprenden. ¿Cómo es que un país debe abandonar la vía aparentemente democrática para edificar de veras una democracia? Tampoco lo entienden. Este es el precio de la originalidad”, aseguraba Grondona a La Gaceta, el diario de los García Hamilton.
Ese mismo día, en un agasajo al periodismo realizado por Bussi en el pueblo Teniente Berdina, el general le retribuiría los piropos. “El gobernador, general Antonio Domingo Bussi, dirige la palabra a sus invitados. Flanquean al mandatario el Dr. Mariano Grondona y el director de La Gaceta, señor Eduardo García Hamilton”. (...) “Los argentinos estamos viviendo la hora de la verdad, y en ese estado del alma es que sentimos la necesidad de sincerarnos. Por eso, en un impulso interior, debo decirles a ustedes periodistas, de nuestro reconocimiento por el apoyo brindado”, sostenía un Bussi agradecido.
Al día siguiente se realizó en la plaza principal de Tucumán la procesión del Corpus Cristi presidida por el arzobispo de Tucumán, monseñor Conrero. En la vereda de la iglesia catedral se emplazó una tarima con el altar, donde se situaron los abanderados de las escuelas y los colegios, las autoridades –presididas por Bussi–, los presidentes de la Corte Suprema de Justicia y de la Cámara Federal de Apelaciones.
Aquella imagen de autoridades militares, sacerdotes, maestros, alumnos y jueces marchando encolumnados en procesión se completa con un párrafo publicado en La Gaceta, que lleva este ritual a un plano casi irreal: “Terminado el oficio se inició la procesión. En la marcha se oró especialmente por el Sumo Pontífice, la Paz y el Amor en la patria (sic), la familia tucumana y la Acción Católica. Para finalizar se cantó el Himno Nacional, ejecutado por un sacerdote en un órgano, como expresión de reconocimiento de los ideales de la Patria y de todo lo que simboliza la bandera nacional”.
Finalmente, el día de la llegada de Videla, la Cámara de Contratistas de Obras del Estado publicó una solicitada, siempre en La Gaceta, saludando al “Exmo. Señor Presidente de la Nación, teniente general, Jorge Rafael Videla, en su visita a Tucumán”. El listado de empresas ocupaba dos páginas completas.
El director de La Gaceta invitó a los represores a poner en marcha las nuevas rotativas de su diario, destacando en su publicación del día siguiente que “la visita del presidente de la Nación, teniente general Jorge Rafael Videla, a los talleres de La Gaceta representó un honor de alta significación para nosotros. Por ello el 19 de junio de 1977 habrá de quedar como una de las fechas memorables de la historia de este diario”.
Sólo comprendiendo la atmósfera de ese Tucumán de 1977, ese “Jardín de la República” que sería la envidia del medioevo, se puede entender la elección de Bussi como gobernador. Una sociedad educada por una máquina de propaganda que dejaría a Goebbels convertido en un cadete de una fábrica de calcomanías.
La subversión
Bussi relevó al general de brigada Acdel Vilas en el mando del Operativo Independencia, en diciembre de 1975. En 1977, Acdel Vilas escribió sus experiencias durante el operativo, pero el material no fue publicado debido a una prohibición del Comando en Jefe del Ejército. En uno de sus párrafos Vilas sostiene que al dejarle el mando a Bussi “la subversión armada había sido total y completamente derrotada” (...) “La mayor satisfacción fue recibir días después, ya estando en la capital federal (sic), el llamado del general Bussi, quien me dijo ‘Vilas, Ud. no me ha dejado nada por hacer’”.
Sin embargo, luego del golpe, comenzaría una feroz carnicería comandada por Bussi, demostrando que el objetivo de la dictadura excedía ampliamente la aniquilación de la insurgencia armada. Las Fuerzas Armadas buscaban la exterminación de cualquier tipo de oposición o disenso para imponer un proyecto de reestructuración económica y social. Quienes se encargaban de la propaganda, los obispos que bendecían la masacre y las empresas que llenaban páginas con saludos a Videla compartían este objetivo.
Fue en esa sociedad, educada en el desprecio a la política, que Bu-ssi encontró eco y ganó la gobernación, jurando vengar a la población por las corrupciones de la democracia.
Sin embargo, sin las mordazas de la dictadura, la población pudo ver que Bussi era tanto o más corrupto que cualquiera de aquellos a quienes prometía combatir. El mito del militar como administrador eficiente, duro e incorruptible se desvaneció rápidamente a medida que afloraban como aguas podridas sus escándalos de corrupción y la televisión transmitía la imagen del valiente general llorando luego de admitir la existencia de sus cuentas en Suiza. Allí comenzó la decadencia de su carrera política. Bu-ssi no fue derrotado por una propuesta superadora de otros partidos, se derrotó a sí mismo hundido en sus propias mentiras. El talento de este general de la Nación sólo alcanzaba para torturar y fusilar detenidos. Si su administración hubiera conseguido un par de aciertos económicos que sostuviesen el “mito” de la eficiencia, su partido y su persona podrían haber alcanzado niveles aún más repugnantes.
Tirano-saurio
La sociedad argentina maduró y junto a los organismos y un nuevo gobierno con las cosas bien puestas se comenzó a enfrentar la impunidad. El general vivió lo suficiente para ver que, de aquel modelo de sociedad que quisieron imponer, no quedaba nada. Bussi fue juzgado en otro país. Un país al que ya no engañaba ni asustaba. Una nueva Argentina con una Corte Suprema respetable.
En agosto del 2008 fue condenado a prisión perpetua e inhabilitación con prisión domiciliaria. Fue dado de baja del Ejército perdiendo de este modo su rango y su condición de militar.
Fue así que el octogenario pasó sus últimos años encerrado, convertido en un momia tambaleante que se partía la cabeza contra los muebles o sentado por las noches en la galería de su casa, en el exclusivo country Yerba Buena Golf Club. Triste, solitario y final.
El mito de los militares, como preceptores de la moral de la Nación, alcanzó finalmente la jerarquía que siempre mereció. Es un cuento de hadas para un puñado de nostálgicos de ese pasado de desfiles, procesiones, miedo y obediencia. Un puñado que merecería vivir todavía en ese país.
Hoy, una nueva generación crece en una argentina libre, una generación que no implora por la llegada de salvadores, una generación que comprende que las sociedades siempre tendrán conflictos y toma con las dos manos el desafío de crear una Argentina mejor.
Por un par de días, las páginas de distintos medios se llenarán de adjetivos duros contra Bussi y finalmente pasará a ocupar un triste anaquel, aquel donde se exhiben las aberraciones que parió aquella Argentina, aquellas Fuerzas Armadas.
Resta, sin embargo, que esta nueva generación, esta nueva sociedad argentina, identifique y condene a aquellos que lo palmeaban en la espalda, aquellos que lo aplaudían fervorosamente, aquellos que se beneficiaron económicamente mientras el psicópata les hacía el trabajo sucio.
* Hijo de Máximo Jaroslavsky, médico desaparecido en Tucumán.
Fuente:Pagina12
OPINION
Bussi, el siniestro
Por Osvaldo Bayer
Murió Domingo Bussi, el general. Una de las más siniestras figuras de nuestra historia. Sí, no se cometería ninguna exageración si cuando se haga referencia a él se diga: “El general Bussi, el siniestro”. Sólo basta recorrer su biografía para constatarlo. La perfidia de sus crímenes llega a lo inimaginable. Y ahí está la pregunta que todavía no nos hemos contestado: ¿dónde aprendió Bussi su oficio de matar con total impunidad? ¿En el Colegio Militar, en la Escuela Superior de Guerra o en sus estadías en Kansas con el ejército yanki o en Vietnam durante su gira? Sea como fuere, fue un criminal de la mayor cobardía y crueldad. Sus crímenes comprobados y por eso condenado son todos de lesa humanidad. Su hazaña máxima como criminal es el haber exhibido el cadáver congelado de Santucho en el Museo de la Represión, en Campo de Mayo. Se le caía la saliva de la boca de puro placer. Pero, además, los mil casos de torturas, de “desaparición”, de asesinatos. El mismo ejecutaba a los presos políticos de un solo tiro. Está declarado por testigos. ¡Ah, general! La degradación. La absoluta validez de la ley del más fuerte.
Y ese episodio tan perverso, donde la vileza ya no tiene palabras para describirlo: cuando ordenó apresar a los vagabundos y los pordioseros de la capital tucumana y los transportó en camiones que los arrojaron por las sierras catamarqueñas, donde murieron de hambre y de frío. Occidental y cristiano el general. Eso ocurrió en tierras tucumanas donde en 1816, en aquel increíble 9 de julio, se cantó nuestro Himno Nacional con aquello tan sabio de “Ved en trono a la noble Igualdad, Libertad, Libertad, Libertad”.
Pero uno, como argentino, sintió aún mucho más vergüenza cuando el pueblo tucumano, ya en democracia, votó a ese abyecto personaje como gobernador de Tucumán. ¿Qué hubieran pensado los congresales de 1816 al saber que en esa misma tierra libertaria se había votado al abyecto supremo? Ahora, esos que lo votaron de los barrios bien y de los barrios que exigían “más seguridad” tendrían que tener el coraje civil de marchar frente a la Casa de Tucumán y pedir perdón por tamaña acción de burlar para siempre a la democracia.
Lo mismo que tendrían que hacer los diputados del radicalismo y de otros partidos conservadores que votaron el “Punto Final” de Alfonsín por el cual quedó en total libertad la jauría uniformada de la desaparición como método.
El “general” Bussi. Cuando trasladó el centro clandestino de detención de Famaillá al Ingenio Nueva Baviera, ahí sí que se sintió dueño de la vida y de la muerte. Dueño y señor de la picana y el submarino y de toda clase de torturas aprendidas en el General Staff College de Fort Leavenworth, en Kansas. Claro, siguieron las huellas de aquel general Julio Argentino Roca cuando mandó comprar diez mil remington, el invento estadounidense con que se había eliminado a los pieles rojas y a los sioux. Y con ellos Roca demostró que los argentinos somos los mejores europeos y americanos del norte. Videla, Menéndez, Bussi... la lista es larga. Pero por fin muchos de ellos ya están en cárceles comunes y retratados para siempre en el diccionario de la infamia.
Murió Bussi. El espectro de la infamia. General de la Nación. ¿De qué Nación? No aquella del 25 de Mayo ni de 1813 y del 9 de julio tucumano. No, la fiera sanguinaria salida de claustros castrenses argentinos y entidades “educadoras” norteamericanas. En su entierro, los argentinos que salieron a la calle para gritar “dónde están los desaparecidos” gritarán: “Nunca más”. Nunca más un general Bussi. El siniestro.
Fuente:Pagina12
Se cierra un ciclo social y político en la provincia que lo legitimó votándolo como gobernador
A los 85 años murió en Tucumán el genocida Antonio Domingo Bussi
Publicado el 25 de Noviembre de 2011
Por Ramiro Rearte desde Tucumán
Desde el martes estaba internado en una clínica de la capital provincial por un cuadro grave de insuficiencia cardíaca. Sus restos serán trasladados a Buenos Aires para ser sepultados en un cementerio privado de Pilar.
El represor y genocida Antonio Domingo Bussi murió en Tucumán a los 85 años, luego de haber estado internado en el Instituto de Cardiología, desde comienzos de semana. Bussi ingresó con una descomposición cardíaca severa, según consta en el parte médico firmado por el perito forense de la Corte Suprema de Justicia provincial, Raúl Asial. Tiempo Argentino difundió el parte en su edición de ayer.
Al momento de su muerte, Bussi estaba acompañado por sus cuatro hijos, dos de los cuales viven en la provincia.
El parte médico oficial, emitido por el Instituto de Cardiología, lleva la firma de la jefa de departamento de Insuficiencia Cardíaca, Lilia Lobo Márquez, quien resumió: “En el día de la fecha a las 16:45 ha fallecido en este servicio, a causa de un paro cardio-respiratorio el señor Antonio Domingo Bussi, quien padecía de insuficiencia cardíaca crónica. A pedido de su familia y por decisión del cuerpo médico actuante no se brindará mayor información que la expresada en el parte médico”, concluyó la profesional.
Desde temprano, el médico personal del represor, Ramiro Castellanos, aseveraba que la vida de Bussi se terminaba: “Hicimos todo lo que se podía para estabilizarlo pero su cuerpo no responde a los medicamentos”, declaró.
Los dos hijos varones (Ricardo y José Luis), ambos legisladores provinciales, entraban y salían de la clínica para llevar datos del estado de salud del represor al resto de sus familiares que se encontraban en los bares cercanos al nosocomio privado. “Murió sin sufrir, porque estaba inconsciente”, manifestó a los medios Ricardo Bussi, a los pocos minutos del deceso.
Desde que comenzara la internación de Bussi hasta su muerte, fueron muy pocas las personas que se acercaron a brindarle su apoyo; sólo fueron al instituto cardiológico algunos ex funcionarios del Gabinete que armó cuando salió electo gobernador en democracia, en el período 1995-1999. Por decisión familiar (y para evitar las expresiones de repudio de parte de los organismos de Derechos Humanos de Tucumán), los Bussi decidieron trasladar el cuerpo del genocida hacia Capital Federal, en la zona de Pilar, donde vive una de sus hijas, y donde se realizará el sepelio, según informaron a los periodistas que hacían guardia en la puerta del instituto.
Pasadas las 13:00, al término del horario permitido para las visitas, Bussi quedó solo acompañado por su esposa y su médico, ya moribundo. Luego de su muerte en plena siesta tucumana (la sensación térmica a esa hora trepó a los 39 grados), algunas mujeres que fueron afiliadas al partido que creó en democracia, Fuerza Republicana, desplegaron una bandera argentina frente a las puertas del instituto médico, como símbolo de apoyo. Ninguno de los organismos de Derechos Humanos se hizo presente en el lugar, ya que en ese mismo momento se llevaba adelante un juicio por delitos de lesa humanidad donde Bussi debía estar pero había sido excluido por su estado de salud. El hecho por el que estaba imputado ocurrió en 1976, cuando una pareja de militantes de la agrupación Montoneros de un barrio de la ciudad tucumana fueron asesinados por lo que se conoció como la patota policial y militar que el propio Bussi tenía a cargo.
El presidente de la Comisión de Derechos Humanos de la Cámara de Diputados del Frente para la Victoria (FPV), Remo Carlotto (quien hoy estará en Tucumán para reunirse con los jueces y fiscales federales y conocer el avance de las causas por delitos de lesa humanidad), dijo a Tiempo Argentino que “la democracia argentina consiguió que Bussi rindiera algunas de sus deudas que tenía con todo el pueblo. Tuvo un juicio penal por estar involucrado en delitos aberrantes y la sociedad tucumana lo condenó y lo repudió. El otro juicio que tuvo Bussi es con la Historia, que lo coloca entre los indignos de la Patria. Recuerdo haber estado presente en 2008, cuando fue condenado por primera vez, por la muerte y desaparición de Vargas Aignasse. Fue un momento histórico para todos”, señaló.
Con la muerte del represor Antonio Domingo Bussi se cierra un ciclo social y político en Tucumán, que supo acompañar la derecha más rancia de la provincia. La muestra más clara es que en 2003 Bussi había salido electo intendente por San Miguel de Tucumán, con más de 100 mil votos (luego fue detenido por la justicia federal), mientras que en las últimas elecciones provinciales, de agosto pasado, su partido no llegó al 1 por ciento.
Fuente:TiempoArgentino
Opinión
Un alivio para la humanidad
Publicado el 25 de Noviembre de 2011
Por Gerónimo Vargas Aignasse Legislador por Tucumán.
Los represores argentinos han marcado un standard difícil de igualar en la historia macabra de la humanidad, la figura del desaparecido, que no es otra cosa que el limbo más perverso al que podemos condenar a un ser humano y su entorno.
El degradado ex general Antonio Bussi fue uno de los valuartes e ideólogos de la figura del desaparecido, condición que no dejaba rastros ni huellas ni pruebas de su cantado destino final. Desde su condena a reclusión perpetua en 2008 por el secuestro, desaparición, tortura y muerte del senador Vargas Aignasse, los familiares y amigos guardábamos la esperanza de que el represor nos diera pistas e información sobre su destino.
Hoy, 24 de noviembre de 2011, con su muerte se va también nuestra última esperanza y la de miles de familiares que convivimos con el karma de los desaparecidos a los que no podemos rescatar del limbo del horror.
La muerte nunca es bienvenida, pero hoy la humanidad se alivia, se murió un represor.
Fuente:TiempoArgentino
Opinión
El asesino detrás de las urnas
Publicado el 25 de Noviembre de 2011
Por Hernán Dearriba Secretario de Redacción
Antonio Bussi no fue sólo un emblema de la más sangrienta dictadura de la historia argentina, fue también la cara visible de la convalidación política de ese genocidio. El amo y señor de los montes tucumanos en los ’70 se impuso en ocho elecciones en la provincia durante la década del ’90, la misma en la que imperó la política económica que la dictadura de Jorge Videla, Emilio Massera y Orlando Agosti intentó imponer a sangre y fuego.
Bussi fue el único de los jerarcas de la dictadura que pudo reconvertirse en democracia. Cumplió el sueño de Massera, fundó un partido político y se reinventó bajo los designios de la misma Constitución que pisoteó con sus botas de militar. Y lo más doloroso es que la sociedad tucumana lo convalidó, convalidó con el voto soberano e inapelable su pasado de sangre, picana y muerte.
Ayer se murió condenado, degradado y a las puertas de un nuevo juicio por violación de los Derechos Humanos, sin haber expresado jamás un ápice de arrepentimiento. Fue genuino, no sentía culpa por sus atrocidades.
En las últimas elecciones, dos de sus hijos buscaron otra vez el respaldo popular, les fue muy mal. La Argentina es un país mejor sin Bussi, un país que aprendió de su tragedia y que supo generar los anticuerpos necesarios para sentar en el banquillo a los asesinos de su pueblo, y condenarlos.
Fuente:TiempoArgentino
Fue un protegido de la oligarquía azucarera
El culpable
Publicado el 25 de Noviembre de 2011
Por Felipe Yapur
Lideró el Operativo Independencia, laboratorio represivo del terrorismo de Estado. Asesinó impunemente y fue condenado 32 años después.
Ha muerto un genocida. Ha muerto Antonio Domingo Bussi, que es de los muertos que no merecen ni siquiera pena, lástima y mucho menos un pésame. Se fue de este mundo juzgado y condenado, que no es poco para el responsable de “los cientos de campos de detención” que funcionaron en la provincia, tal como él lo reconoció ante el único tribunal que lo condenó, en 2008, a cadena perpetua.
Había llegado por primera vez a Tucumán en los años sesenta, cuando la dictadura de Juan Carlos Onganía, cerraba once ingenios azucareros generando una de las más importantes crisis económicas y sociales de su historia. Un hecho que no lo conmovió. A mediados de 1975 se instaló por segunda vez. En esta oportunidad fue para hacerse cargo del Operativo Independencia, el laboratorio represivo con el que los militares a su mando, pusieron a prueba el terrorismo de Estado que luego desplegaron en todo el país. El 24 de marzo de 1976 tomó el control de la provincia con su ya aceitada maquinaria de matar. En aquella madrugada, sus secuaces secuestraron –entre tantos otros– al senador peronista Guillermo Vargas Aignasse, quien permanece desaparecido. Seguramente, Bussi jamás imaginó que 32 años después, sería condenado por ese caso.
Entre las ceremonias que presidía en ese tiempo de mandamás de Tucumán, Bussi solía convocar a sus oficiales al centro clandestino que funcionaba en el Arsenal Miguel de Azcuénaga, ubicado en la zona norte de la capital provincial. Allí, frente a una fosa, se mostraba orgulloso de ser el primero en disparar a la nuca de los detenidos, que incluían a adolescentes, como el caso de Ana Corral. El macabro rito tenía como intención lograr la complicidad de los participantes y una segura omertá para los años venideros.
La democracia lo encontró retirado y gozando de las mieles de la fortuna acumulada en los años de la dictadura. El juicio a las juntas militares lo obligó a recluirse en Tucumán. Allí habían quedado viejos amigos de la oligarquía azucarera, esa que aprendió a soportar sus modales de general tropero pero que no lograba aplacarlo a pesar de aportarle fuertes sumas de dinero. No sólo lo recibieron, sino que lo cobijaron y hasta le hicieron de base para su incipiente carrera política. La ley de Punto Final le garantizó la necesaria impunidad y tranquilidad para desarrollar su nueva actividad. En 1989 asumió como diputado nacional desde donde prestó servicio fiel al menemismo privatizador. Ramón Ortega le impidió ser gobernador en 1991, pero cuatro años después, tras una pésima gestión del cantautor, el genocida consiguió el objetivo: conducir la provincia por el voto popular. Aquello significó un insoportable trauma para la democracia pero sobre todo para los miles de familiares de detenidos desaparecidos, que veían al verdugo de sus familiares convertirse en mandatario provincial. Fueron cuatro años plagados de atropellos, desaguisados y denuncias por corrupción. Para sorpresa de muchos, la aparición de millonarias cuentas a su nombre en bancos de Suiza, Alemania, los Estados Unidos y Holanda, terminaron con su carrera política.
Hubo que esperar que el gobierno de Néstor Kirchner anulara las leyes de impunidad, para que por fin el carnicero de Tucumán se sentara en el banquillo de los acusados. Durante el proceso judicial sólo hubo en él una muestra de humanidad. Fue cuando lloró y nada más. Nunca brindó siquiera un dato, una pista de dónde están los desaparecidos y mucho menos arrepentimiento. Lo importante es que se demostró que ni hubo errores ni excesos. Ahora bien, si la biología no lo hubiera cercado y la justicia lo condenaba en todas las causas que tenía abiertas, habría purgado algo así como 3125 años de prisión, según calculó el joven fiscal tucumano Pablo Camuña.
La condena le llegó gracias a la lucha y al tesón inclaudicable de cientos de madres que rondaron sin descanso la plaza Independencia de Tucumán. Seguramente que Pirucha Campopiano, Nena Ponce, Graciela Jeger, Marina Curia, Elsa Medina y tantas otras, podrán descansar en paz porque finalmente hubo juicio y castigo para Bussi, el culpable.
Fuente:TiempoArgentino
Viernes, 25 de Noviembre de 2011,
Murió un genocida corruptor de la política en Tucumán
Escribe Isauro Martínez
Murió un genocida corruptor de la política en Tucumán
La dirigencia local se entretenía en el clásico bipartidismo entre peronistas y radicales, cuando irrumpió, con comprobadas complicidades, la fuerza electoral la que representó los intereses ideológicos del Proceso, los económicos de la oligarquía local y los políticos de civiles que lo acompañaron durante la dictadura y después le fabricaron las condiciones para su emergencia.
La Fuerza Moral se diluyó en medio de un juicio político de destitución realizado por la Legislatura en la que aparecieron, formando parte de su patrimonio, las famosas cuentas secretas en Suiza y otras tantas propiedades a lo largo y ancho de la Argentina.
No hay nada que festejar, menos la muerte de tal lacra. Todo lo que tenga que ver con él son una imagen reiterada de la impunidad que consiguieron los genocidas del Proceso hasta hace pocos años.
Cuando resultó electo gobernador, ya en democracia, contó con la contribución electoral de vastos sectores del gorilismo provincial y de ciertos candidatos a intendentes del Justicialismo que prefirieron cortar boletas a su favor al sólo efecto de impedir el ingreso de Olijela del Valle Rivas. Palito Ortega le allanó el camino con una gestión digna del olvido que sólo alcanzó para un festival de privatizaciones de las pocas empresas que habían quedado? en manos del Estado. De a una cayeron Dipos, Agua y Energía, Banco de la Provincia y Banco Municipal.
Estas circunstancias promovieron un clima de desgaste que fueron aprovechadas por el genocida fenecido para cabalgar las contradicciones, los pliegues y repliegues de una sociedad humillada y reprimida, para insertarse en el sistema democrático a cualquier precio.
Se ponía en práctica la tesis en boga en el menemismo que premovía “integrar” los militares del Proceso a la política. Lo mismo había ocurrido años antes cuando reinaban los radicales, “mejor que estén adentro” para que no anden pensando en golpes, sería la lógica de aquellos días.
Pero a medida que pasaba el tiempo, el genocida que lograba la impunidad gracias a las leyes de Punto Final y de Obediencia Debida, se ahorraría, por algunos años, tener que transitar por los pasillos de la Justicia.
Todo iba bien, estaba todo en Orden. Su vigencia política estaba acompañada por el silencio cómplice de una porción de tucumanos, pero rápidamente, le fue imposible ocultar la resistencia y el señalamiento de importantes sectores sociales, entre los que se destacaron los Organismos de Derechos Humanos, porciones resistentes del Partido Justicialista, del radicalismo y de otras agrupaciones políticas y sociales, que se plantearon el constante señalamiento del origen espurio, conservador, antidemocrático y represivo del genocida. Fueron notables y de gran trascendencia, las movilizaciones organizadas por trabajadores estatales, docentes, municipales, alentadas por la gran mayoría de tucumanos que no lo habían votado.
Pero mientras en las calles se debatía sobre la agobiante crisis económica que pulverizaba los salarios del sector público que recibían como paga de sus sueldos un festival de “papeles pintados”, como socarronamente lo bautizara él mismo, su accionar en medio de tanta impunidad terminaron por mostrar su verdadera faceta de saqueador, como ya había ocurrido con el tristemente célebre “Fondo Patriótico Azucarero” implementado en pleno Operativo Independencia, cuyo destino final se supo fue a parar a los bolsillos de militares y civiles, los privilegiados de aquellos años.
La Fuerza Moral había comenzado a diluirse en el tercer año de su mandato en una dura mezcla de traiciones cruzadas. El genocida sabía que se le acababa el tiempo y sólo aspiraba a una continuidad en uno de sus hijos. Pero antes de ello su cinismo llegó hasta las lágrimas cuando una Comisión de la Legislatura le descubrió la larga lista de cuentas secretas en Suiza y el extenso padrón de propiedades. A los integrantes de la Comisión los llamó “maulas” y hasta dudó a los gritos, durante un acto frente al Palacio Legislativo, sobre la moral de una legisladora: “tiene la bombacha sucia”, dijo ante el aplauso de sus seguidores. Por otro lado, sonaban los teléfonos desde la Casa Rosada pidiéndoles a los legisladores, mayoritariamente del justicialismo, que salvaran las instituciones. “Por más que pidan no vamos a intervenir Tucumán”, insistía, secuaz, Corach..
Los aires comenzaron a cambiar. Las urnas determinaron que Miranda gobernara Tucumán, mientras que Diputados rechazaba por “inmoral” el pliego del genocida. Mientras tanto, la Alianza, con De la Rúa a la cabeza, se negó sistemáticamente aceptar el pedido de extradición de los militares de la dictadura realizado por tribunales españoles.
Luego llegó la crisis del 2001 …y Duhalde tuvo que llamar a nuevas elecciones. El genocida volvió a candidatearse, con el aval de la Justicia Provincial, que desechó cuestionamientos morales a su postulación a intendente, realizados por los Organismos de Derechos Humanos. Nuevamente, la connivencia política y ciega de algunos referentes de la época, preferían “convivir” con el genocida antes que comprender en todas sus letras el mensaje anti impunidad de Néstor Kirchner. Son memorables los insultos que recibieron tanto Miranda como su sucesor, de parte de Kirchner cuando se conocieron los resultados de aquellas elecciones. “No puede ser que se queden tan panchos con un asesino comprobado, de intendente”, bramó un recién asumido Kirchner y se puso manos a la obra.
En pocos días llegaba la prisión preventiva. No pudo asumir. La Justicia alcanzaría al autor de tantos atropellos, de tanta muerte, de tanto saqueo, de tanta violación sistemática a todos los derechos.
Tras el primer juicio por secuestro y desaparición del ex senador justicialista Vargas Aignasse, recibió la condena de prisión perpetua y la posterior quita de su grado militar. Claro que en esa larga lista de complicidades también se deben anotar que todo indicaba que debería estar recluido en el Penal de Villa Urquiza, pero siempre se aprovecharía de aquellos pliegues y repliegues de las instituciones y termina en un apacible country de Yerba Buena, con custodia especial, con médicos, siquiatras y defensores solventados por el Estado.
Ha muerto otro genocida. El Punto Final Biológico, tan denunciado, ha vuelto a actuar. Pero la sociedad tucumana conoce la verdad jurídica alcanzada con un solo juicio efectivo…Sabe que una condena fue y es suficiente para explicar el plan genocida que lo tuvo de mentor y ejecutor.
Fuente:TucumanHoy
24/11/2011
Muerte del genocida
Sacca: Bussi murió condenado y repudidado
El flamante diputado nacional por la UCR, Luis Sacca, opinó que el ex represor Antonio Bussi "murió condenado y repudiado por la mayoría de la sociedad argentina”. Tras conocerse el deceso del ex gobernador, que fue condenado en 2009 por crímenes de lesa humanidad, el joven funcionario de la UNT agregó que “el pueblo de Tucumán todavía se debe una fuerte autocrítica por haberlo consagrado gobernador en la época de Menem".
Sacca, egresado de la Universidad Nacional de Tucumán y actual Secretario de Políticas Administrativas y Gestión de esa Casa de Altos Estudios, también destacó: "como militante universitario no puedo más que recordar en éstos momentos a todos los estudiantes detenidos -desaparecidos que pasaron por nuestra Universidad. Los universitarios tenemos Memoria y seguiremos exigiendo Verdad y Justicia".
Fuente:TucumanHoy
CARTA AL GENOCIDA BUSI
Hoy leí la noticia que usted está agonizando, va camino a su muerte y decidí escribirle desde mi tristeza.Triste noticia, la de su espera en una clínica de la capital de Tucumán, cuando en realidad usted debería estar en una clínica de prisión.
Triste noticia la de su inminente muerte porque usted finalmente no pasó por la cárcel donde todo genocida debería estar.
Triste noticia que nos impide llevarlo a juicio por el secuestro, desaparición y tortura de nuestra madre Nelida Azucena Sosa de Forti. Usted es el principal responsable y mientras se muere, nosotros seguimos buscando saber qué pasó con nuestra madre, dónde están sus restos para poder darle un entierro digno, como el que usted tendrá sin merecerlo.
Triste noticia que su crimen quede impune porque usted no solo es responsable de la desaparición de mi madre, a quien mandó a secuestrar el 18 de febrero de 1977 junto a mis 5 hermanos de 16 a 6 años, todos forzados a bajar de un avión de Aerolíneas Argentinas en Ezeiza, cuando viajaban a Venezuela para encontrarse con mi padre.
Usted es también responsable de numerosos crímenes, abusos y robos realizados a ciudadanos tucumanos que aun esperan, como nosotros, que la justicia se haga una realidad. Y es también responsable de haber marcado traumáticamente nuestras vidas siendo muy jóvenes y de lanzarnos al exilio, experiencia difícil que se sumó al insoportable dolor de no saber nunca más nada de nuestra madre.
Triste noticia que usted muera sin el juicio ni el castigo necesario. Pero sepa que no logró destruir el legado humanista de mi madre, ni su memoria, ni su afán solidario, ni su defensa de los derechos sociales ni su prédica contra toda injusticia, porque toda ella vive en nosotros, sus hijos, como práctica viva en todos los países que nos han acogido.
Triste noticia la de su inminente muerte, pues siempre esperamos verlo sentado frente a los jueces gozando de las garantías que usted siempre violó. Y nos queda la duda de si algún día la justicia dejará de ser tan injustamente lenta.
Dra. Silvana Forti
Envío:Agndh









1 comentario:
¿terror en el infierno? bueno almenos ya saben que ya tenes a alguien mas esperandote para hacerte sufrir un poco mas. save Bussi
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