26 de diciembre de 2011

El recuerdo de Goyo Levenson, de su mujer e hijos, muertos durante las dictaduras de Levingston y Videla.

El recuerdo de Goyo Levenson, de su mujer e hijos, muertos durante las dictaduras de Levingston y Videla
Retrato de familia
Publicado el 24 de Diciembre de 2011
Por Daniel Enzetti
Gregorio Goyo Levenson, mítico cuadro de la resistencia peronista y siempre presente tanto por su conducta militante como por sus furcios antológicos, falleció tranquilo a los 93 años, en 2004. Pero antes, las dictaduras le cobraron la vida de su mujer, torturada en la ESMA, y sus dos hijos, integrantes de Montoneros.

El 19 de diciembre de 1970, a Miguel Alejo Levenson le ganó un infarto. Tenía nada más que 33 años, pero en ese poco tiempo armó una vida militante que de adolescente lo llevó a fundar las Proto-FAR –antecedente inmediato de las FAR, Fuerzas Armadas Revolucionarias, luego fusionadas con Montoneros–, primera organización que ya a fines de los sesenta planteó la posibilidad concreta de estructurar en la Argentina un levantamiento contra la dictadura, como parte del plan revolucionario del Che Guevara en Bolivia.
Alejo –todos lo llamaban por el segundo nombre– murió por culpa de su corazón, encerrado en un cuerpo que no le daba descanso. Dos años antes decidió separarse de su mujer Susana, respiraba con la sensación permanente de que un comando militar le volaría la cabeza en cualquier esquina, no veía a sus hijos Laura y Martín, y había optado vivir a los saltos y en la clandestinidad, con el nombre de “Julián”.
Ese, el de diciembre, fue el primer golpe que la dictadura le daba a los Levenson. Con el asalto al poder de las bandas de Jorge Videla vinieron los otros. El 18 de octubre de 1976, Bernardo, hermano menor de Alejo, cayó en un enfrentamiento con la policía, mientras trataba de defender una central de comunicaciones de Montoneros ubicada en Yatay 707, en la Capital Federal. Y Elsa “Lola” Rabinovich, la madre de los chicos, fue secuestrada, torturada en la ESMA, y arrojada viva al Río de la Plata en agosto de 1977 desde un avión de la Armada.
Demasiado para Gregorio Levenson, Goyo, el marido de Lola, el padre de Alejo y Bernardo, anarquista en su juventud, afiliado al PC, enojado con el partido y sumado al peronismo de Perón en los ’40, campeón de los furcios, montonero, celoso administrador de los recursos de la Orga, empecinado en hablar con la zeta, pieza clave del histórico diario Noticias, corresponsal de guerra en la Nicaragua sandinista, exiliado en varios países, vuelto a la Argentina, trabajador para los pibes de la calle hasta su fallecimiento en el 2004, velado en la fábrica recuperada IMPA delante de los obreros. Que en el último momento le sonrió divertido a su nieta Laura, cuando frente a tanta muerte forzada en la familia, ella le dijo que se fuera tranquilo, así aprendía cómo era despedir a un ser querido por muerte natural.

ELSA, ALEJO Y BERNARDO. Lola fue militante de la Federación Juvenil Comunista. Después del alzamiento de Fidel Castro en 1959 participó en la fundación del Primer Comité Argentino de Ayuda a Cuba, lo que motivó su alejamiento del PC argentino, contrario a esa postura. En realidad, el portazo de Elsa se había originado antes, cuando el partido decidió formar parte de la Unión Democrática y minar el crecimiento de Perón. Política que derivó también en el alejamiento de Gregorio del PC, en una camada integrada entre otros por Rodolfo Puiggrós.
La mujer de Goyo fue secuestrada por la dictadura el 17 de febrero de 1977 y llevada a la ESMA, mientras trataba de que una patota no se quedara con su nieto Alejito, hijo de Bernardo. Sufrió torturas, la mayor parte de sus días en cautiverio aguantó encapuchada, y al grillete en su pie derecho los asesinos le sumaron un proyectil de cañón de 25 kilos de peso para que no pudiera moverse. Ana María Martí y Sara Solarz de Osatinsky, liberadas de Capuchita, que la vieron en esos días, declararon en 1979 a la Asamblea Nacional Francesa que Lola estaba extremadamente flaca y deliraba: “Si quiero puedo volar, pero no me voy a ir, porque acá estoy con todos mis hijos.” El ex capitán Adolfo Scilingo, verdugo de los vuelos de la muerte, dijo verla en uno de esos operativos.
En la década de 1940, Alejo ya acompañaba a su mamá en distintas actividades políticas. En 1945, a los ocho años de edad, escuchaba La Marsellesa y La Internacional, que Lola y Goyo le ponían de fondo para que durmiera. Estudió en el Nacional de Morón, se graduó de bioquímico en la UBA, y como parte de la Federación Juvenil Comunista fue consejero estudiantil en el gobierno tripartito de la Universidad Nacional dirigida por Risieri Frondizi. El ataque que se dio a sí mismo en su corazón ocurrió después de un operativo frustrado de las FAR contra la dictadura de Roberto Levingston.
Bernardo también formó parte de la FJC, mientras estudiaba medicina en la ciudad de La Plata. “Quiero ocupar el puesto que dejó vacante mi hermano”, le dijo a Goyo en 1971, y se metió de lleno a trabajar en el área de logística de la agrupación armada. El 18 de octubre de 1976, una delegación policial atacó la casa que ocupaba con Jorge Casoy y María Garzón Maceda, donde Montoneros manejaba una central de comunicaciones. Ninguno de los tres quedó vivo en el enfrentamiento. Su hijo Alejito tenía cinco años.

GREGORIO. “Con (Julio Iván) Roqué viene a la primera reunión un personaje espectacular –cuenta Miguel Bonasso en Diario de un Clandestino, recordando el surgimiento del diario Noticias, que la Orga publicó entre diciembre de 1973 y agosto de 1974–, que no tiene nada que ver con los arquetipos generacionales. Tiene 63 años, se llama Gregorio Levenson y es bajo, gordo, de nariz ganchuda y bigotito canoso a lo Francisco Franco. También es seseoso y dueño de un talento especial para perpetrar furcios que superan a los del propio Cámpora. Don Goyo, o Goyito, como le dice Roqué, es una especie de padrino de las FAR y padre de uno de sus jefes, Alejo, que murió después de una operación. En este proyecto va a manejar la guita.”
Considerado como un espejo político por muchos de los que integraron aquella redacción, como Bonasso, Horacio Verbitsky, Juan Gelman y Rodolfo Walsh, Levenson no se encargó sólo de cuidar la plata. También a sus “hijos”, amenazados permanentemente por los sicarios parapoliciales de la Triple A, sobre todo a partir de la muerte de Perón. Fue Goyo, de común acuerdo con Paco Urondo, el que contrató como “intendente” para la seguridad del staff a Julio Troxler, ex subjefe de la Policía Bonaerense, escapado de los basurales de José León Suárez en junio de 1956, y el único que a mediados de 1973 se atrevió a firmar un informe lapidario contra la derecha peronista, acusándola de haber provocado la masacre de Ezeiza.
“El padre de Goyo, Boris –agrega Bonasso–, era un obrero socialdemócrata que participó de la insurrección de San Petesburgo en 1905; su madre, Esther, pertenecía a una familia judía rusa de clase media alta, pero compartía con su marido la devoción por Rosa Luxemburgo y Karl Liebnecht. Una de sus hermanas, Raquel, peleó como voluntaria en la Guerra Civil Española… En los ’30 y en el comienzo de los ’40, Gregorio conoció la persecución y la tortura de las policías bravas, a las que engañó con sus trucos de Viejo Vizcacha”.
Antes de eso, en 1927, había sido uno de los responsables de agitar los astilleros de San Fernando, en una recordada protesta obrera de repudio a la ejecución en los Estados Unidos de Nicola Sacco y Bartolomeo Vanzetti. Después del golpe de 1976 se exilió en Venezuela, Roma, México, Nicaragua y Costa Rica, donde administró “Radio Noticias del Continente”, emisora montonera al servicio de la causa latinoamericana.
Escribió los libros De los bolcheviques a la gesta montonera e Historia del Movimiento Obrero. Y un tercero junto con Ernesto Jauretche: Héroes de la Argentina Revolucionaria.
Bernardo Alberte hijo, cuyo padre, ex edecán de Perón, fue asesinado por la dictadura en la madrugada del 24 de marzo de 1976, recuerda a Tiempo Argentino que “en 1996, durante un acto de homenaje a varios compañeros, noté que un señor viejito tenía en la mano un papel donde se leía ‘hijo del mayor Alberte’. Yo a Goyo no lo conocía, pero cuando vi eso, me acerqué y le dije quién era. Me saludó emocionado, y me dijo que sabía dónde estaba guardada la correspondencia que mi padre había mantenido con el General durante varios años. Explicó que la tenía Tomás Saraví en Costa Rica, con el que tomé contacto inmediatamente. Fue el nacimiento del libro Un militar entre obreros y guerrilleros, de Eduardo Gurucharri. A Goyo le debemos ese trabajo, y el habernos reencontrado con aquel material”.

Entrevista a laura levenson, hija de alejo
“Me dijo: ‘Por fin un nacimiento entre tantas muertes’”
Publicado el 24 de Diciembre de 2011
–Cuando murió tu papá vos tenías tres años. ¿Qué pudiste reconstruir de su historia personal en todo este tiempo, y qué imagen te despierta?
–Antes que nada, lo que más tengo presente de lo que me tocó es una visión familiar desde lo humano, porque estuve ajena a lo político, y a lo relacionado con la militancia. Y eso me ocurrió probablemente debido a lo que fue mi vida, tan cruzada por la dictadura, tan trágica para el país. Se trató de una familia, especialmente la paterna, muy involucrada con todo eso, y marcada fuertemente por el dolor. Mi papá falleció cuando yo era realmente muy chica, y antes de eso, cuando rondaba el año de vida, dejó de vivir con nosotros, se separó de mi mamá y pasó a la clandestinidad. Con lo cual nuestros encuentros eran escasos y generados por mi abuela, siempre en lugares públicos. Lo que sí recuerdo lejanamente es su velatorio en la casa de Ramos Mejía de mis abuelos. Aquella imagen me acompaña hasta hoy.
–¿Se te ocurrió rearmar en tu cabeza lo que había hecho?
–Al principio, para mí era un papá que no estaba, y un vacío muy grande en mi vida. Mucho después, cuando volvimos a Buenos Aires pasados varios años de exilio, tampoco quería ir al cementerio, pese a las peleas con mi abuelo Goyo, que insistía con que Alejo era un héroe. Yo, con mis rebeldes 16 años, no podía todavía despegar de la idea de que un día se fue y me dejó. Me llevó mucho tiempo entender un poco más esa postura frente a la vida, ese compromiso que él tenía, y que era más fuerte que el permanecer junto a los hijos. Esa necesidad imperiosa de luchar por sus ideales.
–¿Cómo fue crecer en el exilio?
–Me crié con mi mamá y mi hermano, con una muy fuerte presencia de Goyo durante todos esos años. Si bien no vivimos siempre en los mismos países, salvo en Costa Rica, donde nos quedamos dos años, siempre Goyo viajaba y compartíamos muchos meses con él. En ese tiempo era no sólo mi abuelo, sino el de todos mis amigos. Nos hacía barriletes, y regalaba esa imagen de hombre bueno. Yo estaba profundamente orgullosa de él como abuelo.
–Eras más grande cuando secuestran a tu abuela y matan a tu tío.
–Sí, el secuestro de Lola y la muerte de Bernardo, que para mí era Pachi, me marcaron bastante. Nunca me voy a olvidar de cómo mi mamá me explicó lo que pasó. A esa altura vivía en Venezuela, tenía alrededor de ocho años. Lola nos había visitado en 1976, conoció mi escuela, y en esa oportunidad fue la última vez que la vi. Era la abuela en su máxima expresión. Me vienen a la cabeza los panes con manteca y dulce de leche que nos hacía a todos, a la barra de amigos que teníamos en el barrio, en Ramos Mejía y en la casa de La Perla, en Mar del Plata, donde nos llevaba todo el verano. En ese lugar pasé momentos increíbles, carnavales de luchas de vereda a vereda con bombitas y baldes de agua, siestas obligadas, con un mono tití que estaba en la vid de la entrada de la casa. Lola estaba siempre, en la calle, a la salida de la escuela… Teniendo en cuenta la viudez de mi mamá, su imagen era infaltable.
–¿Y Goyo?
–Cuando digo Lola digo Goyo también, siempre. Recuerdo que todos los meses ella depositaba no se cuánta plata en cuentas de El Hogar Obrero. Abría una cuenta cada vez que nacía un nieto, y todos los meses dejaba dinero guardado para cuando fuéramos grandes. Qué triste se hubiera puesto si se enterara que 15 años después, cuando volví a la Argentina, en esas cuentas quedaban céntimos, desvalorizados totalmente. Goyo, con el nacimiento de un nuevo integrante de la familia, plantaba un pino en el fondo de la casa de Ramos. Hasta que vivieron allí había tres árboles: el de mi hermano Martín, el de mi primo Alejito y el mío. Goyo era reconocido por “ahorrativo”, digamos (se ríe). Y yo, a los dos o tres años, lo hacía gastar plata en taxis. Era una especialista en parar taxis cada vez que Goyo pretendía que viajara en colectivo. Siempre decían que si alguien podía sacarle un mango al viejo era Laurita. Imaginate, la única nena hasta ese momento de la familia. Al volver a Buenos Aires, después de vivir en varios países, a los 16 años regresé sola. Goyo también volvió, pero mi mamá y mi hermano tardaron un par de años más. Todos esos domingos, mi abuelo y yo almorzábamos en el centro e íbamos al cine, era un ritual. Estuve con él intermitentemente hasta los 19 años, y viví con él en forma permanente hasta que cumplí 24, cuando me mudé para estar con mi novio. Novio al cual Goyo nunca dejó quedarse a dormir en casa…
–Los compañeros lo recuerdan como alguien divertido, famoso por sus furcios, y tremendamente ético.
–Anécdotas de Goyo hay miles. Yo tenía 13 años, estaba con él en Costa Rica, y una vez empezó a correr a todos mis amigos con un palo de escoba en la mano. Después me contó que cuando se vio a sí mismo en esa escena, no lo podía creer. Se reía de su propia imagen terrorífica. Yo creo que en un principio él tenía la necesidad de convencerme de su postura política, y que de a poco empezó a respetar mi hermetismo frente a eso. Lo que sí compartíamos era todo lo referido a su concepción solidaria y comunitaria de la vida, y respetaba el hecho de que yo no me inclinara por ninguna bandera política. Siempre me sentí profundamente atraída por el compromiso social que demostró hasta el final. Goyo para todos era un patriarca, daba la imagen de hombre sabio, de viejo de la tribu, y yo también lo veía de esa manera. Era mi referente, y lo más impresionante es que yo terminé siendo el suyo. Cuando ya era más viejito, fui yo la que le daba paz, la que lo hacía sentirse seguro. Cada vez que pasaba algo me llamaba y, al verme, se relajaba. Sabía que la que había llegado era Laurita.
–Como no podía ser de otra manera, la jornada para despedir a Goyo en 2004 también fue muy particular. En una fábrica recuperada como IMPA, rodeado de obreros, compañeros y militantes.
–La despedida de Goyo, no la última, porque todavía estoy en deuda ya que por diversos motivos no pude dejarlo donde él quería, fue especial, casi surrealista, igual que su vida. Es como decís, en el comedor de la fábrica, después de haber pasado el féretro para que lo vieran los obreros que estaban trabajando. Y con el ataúd abierto, cosa transgresora para un descendiente judío. Te hablo y veo esa multitud de gente, y me veo a mí misma y a un grupo de compañeros haciendo café a más no poder, en ollas gigantes donde en realidad se hace puchero. Él estaba presente, parecía que hablaba desde algún rincón. No fue un momento triste. Fue como yo quería, una continuación de su fiesta de 90 años. Me encantaría saber si en este momento Goyo sería K. Él siempre fue opositor, pero ¿lo seguiría siendo ahora? Mi abuelo me marcó para siempre. Cuando tuve a mi hija en 2001, un año especial, Goyo me dijo: “Gracias, es el primer nacimiento en la familia después de tantas muertes, marca el fin de una etapa.” Eso fue muy fuerte, increíblemente cierto. Tan cierto como lo que yo le dije pocos años después, en sus últimos días, mientras peleaba y luchaba desgarradamente contra la muerte: “Ahora te toca a vos, enseñarme a mí lo que nadie me pudo enseñar, cómo se muere uno bien. Un nacimiento es importante, pero también es importante poder morir de muerte natural, ¿no te parece?” Me sonrió con ojos pícaros. Los dos sabíamos de qué estábamos hablando.

Opinión
Goyo: una enciclopedia de las luchas populares argentinas
Publicado el 24 de Diciembre de 2011
Por Roberto Baschetti*
Gregorio “Goyo” Levenson, Goyito para los amigos, bien puede ser una enciclopedia ilustrada de las luchas populares en la Argentina.
De jovencito y luego de un paso por el anarquismo, militó en el Partido Comunista, y cuando este se alió con el embajador de los Estados Unidos en nuestro país y con los oligarcas y conservadores, no lo dudó un instante y en 1945 pasó a engrosar las filas del naciente peronismo juntamente con Eduardo Astesano y Rodolfo
Puiggrós, entre otros. Conoció a Perón y Evita. Y participó en la redacción de la importantísima Ley de Minería de 1949, que reivindicaba para la Nación las riquezas naturales de nuestro suelo.
Pero fue a partir de principios de la década de 1970 cuando su apellido comenzó a trascender de diferentes maneras. Juntamente con sus hijos fue partícipe de la creación de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR), organización de la izquierda revolucionaria que adscribiría al peronismo combativo y años más tarde se fusionaría con Montoneros. Dos de sus hijos cayeron luchando por la patria socialista. Miguel Alejo con 33 años falleció el 19 de diciembre de 1970 producto de un infarto, luego de un frustrado operativo de las FAR, y Bernardo, su otro hijo, cayó en combate durante la dictadura militar de Videla, al defender una central de comunicaciones de Montoneros en Capital Federal. En 1977 un grupo de tareas de la ESMA secuestró y arrojó al mar a su querida esposa Elsa “Lola” Rabinovich. Y en esa acción le robaron a su nieto Alejito, que Goyo, con astucia y paciencia sin par, logró recuperar mucho tiempo después.
Como se aprecia con este relato, es evidente que la vida no le sonrió a Goyito, muy por el contrario. Sin embargo, él siempre estuvo dispuesto para participar, ayudar, aguantar, acompañar con fe inquebrantable, y muchas veces, inclusive con una sonrisa a flor de labios.
Se reivindicó como montonero hasta el fin de sus días, y al servicio de esa causa del nacionalismo popular revolucionario participó de varias acciones.
Ser su amigo y quererlo como si fuera mi abuelo, compartiendo sobremesas interminables, me permitió conocer inolvidables anécdotas de su vida, muchas de ellas arriesgadas, risueñas y emocionantes.
Querido Goyito. Quiero recomendarles a los compañeros tu libro, De los bolcheviques a la gesta montonera, verdaderas memorias de nuestro siglo XX, y ese otro anterior en colaboración con Ernesto Jauretche, Héroes. Historias de la argentina revolucionaria, donde rendías reconocimiento y admiración a tantos compañeros que dieron la vida por la Causa. De ser justos, el mismo debería tener una “addenda”, un agregado, un nuevo capítulo, ese que habla de tu vida sin par y de tu entrega sin límites.
(*) Escritor. Jefe del Departamento de Adquisiciones e Intercambio Bibliotecario de la Biblioteca Nacional.
Fuente:TiempoArgentino

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