29 de enero de 2012

La complicidad de EE.UU. con la dictadura.

La complicidad de EE.UU. con la dictadura
Año 5. Edición número 193. Domingo 29 de enero de 2012
Por Raúl Arcomano
rarcomano@miradasalsur.com
La mejor música para sus oídos: eso escuchó el funcionario argentino, de boca del por entonces superinfluyente secretario de Estado norteamericano. “Si tienen que hacer ciertas cosas, háganlas rápido y vuelvan lo antes posible a la normalidad”, le espetó Henry Kissinger al interventor militar en la Cancillería argentina, el vicealmirante César Guzzetti. Era junio del ’76 y Estados Unidos daba vía libre para la represión que había empezado el 24 de marzo. Guzzetti volvió al país y dio la buena nueva a Jorge Rafael Videla. Cuatro meses después, el 7 de octubre, Kissinger y Guzzetti volvieron a encontrarse en el Hotel Waldor Astoria, en Nueva York.
–Nuestra lucha dio muy buenos resultados en los últimos cuatro meses. Las organizaciones terroristas han sido desmanteladas. Si continuamos en esa dirección, a fin de año, el peligro habrá sido puesto a un lado. Siempre habrá incidentes aislados –dijo Guzzetti.
–Nuestra actitud básica es que queremos que ustedes tengan éxito. Yo tengo un punto de vista, pasado de moda, que es apoyar a los amigos. Lo que no se entiende en los EE.UU. es que ustedes estén en una guerra civil. Leemos sobre los problemas con los derechos humanos, pero no vemos el contexto. Cuando más rápido ustedes tengan éxito, mejor. El problema de los derechos humanos está creciendo. Su embajador puede informarlo. Queremos una situación estable. No queremos causarles dificultades innecesarias. Si ustedes pueden terminar antes de que el Congreso reanude sus sesiones, mejor. Todas las libertades que restituyan ayudaría –contestó Kissinger. El funcionario no estaba preocupado por las violaciones a los derechos humanos, sino que quería que los militares “apuraran” el aniquilamiento. Temía que lo complicara el Congreso de su país, que empezaría a sesionar en enero de 1977.
Este dialogo, desclasificado en 2002, es un ejemplo de la actitud que tuvieron los Estados Unidos con las dictaduras latinoamericanas de los ’60 y ’70. Podría decirse que, al menos en la Argentina, el gran país del norte no participó activamente en el armado del golpe. Sí estaba al tanto de que ocurriría. Y apoyó y complotó en silencio. Es decir: no fue un actor principal como sí lo fue, por ejemplo, en el derrocamiento de Salvador Allende en Chile. Es que no querían repetir la experiencia chilena. “Los norteamericanos se mantendrían en una tensión entre la colaboración y la prudencia; los argentinos en un cínico desdoblamiento de su estrategia pública y clandestina”, analiza un texto del Proyecto de Documentación del Cono Sur del National Security Archive (NSA), realizado a 30 años del golpe de 1976.

Los cables secretos. El NSA analizó unos 4.500 documentos secretos desclasificados por el Departamento de Estado. Algunos de esos memos ya habían sido publicados antes en Argentina. En 1998, por ejemplo, el suplemento Zona del diario Clarín reveló que los funcionarios de Estados Unidos tenían conocimiento de que se llevaría a cabo un golpe de Estado. Unos diez días antes del 24 de marzo de 1976, el embajador estadounidense Robert Hill le envió a William Rogers, encargado de América latina, un cable secreto. Le contaba que el almirante Emilio Massera le había pedido a la sede diplomática los nombres de “dos reconocidas empresas de relaciones públicas para manejar el problema de la imagen del futuro gobierno militar”. Massera, según el cable, prometía que los militares argentinos “no seguirán el ejemplo de Pinochet” y que “tratarán de proceder dentro de la ley y con pleno respeto de los derechos humanos”. Los colaboradores de Kissinger le informaron que los militares realizarían una dura represión una vez en el poder. El funcionario de Richard Nixon contestó: “Quiero apoyarlos. No quiero dar la impresión de que están siendo hostigados por los Estados Unidos.”
Con este contexto, se entienden los dichos que hizo esta semana el ex subsecretario de Estado norteamericano, Elliot Abrams. Por videoconferencia, declaró en el juicio que el TOF 6 porteño sigue por la causa sobre el plan sistemático de apropiación de bebés. Funcionario de Ronald Reagan entre el ’82 y el ’85, Abrams dijo que el robo de chicos de desaparecidos respondía a un plan orquestado por los militares argentinos. Y que tenía conocimiento de que existía la decisión de entregar los bebés nacidos en cautiverio a “familias leales” al régimen. Afirmó: “No se trataba de uno o dos casos, ni de uno o dos oficiales involucrados, sino de muchos, por lo que había un patrón, un plan para separar a esos bebés de sus familias biológicas.” Abrams también confirmó una reunión que tuvo en 1982 en Washington con el embajador argentino en EE.UU., Lucio García del Solar. Esa charla fue documentada en otro cable secreto, dado a conocer en 2002 por Página/12. El memo que Abrams escribió para sus superiores dice: “Toqué con el embajador el tema de los niños, como los chicos nacidos en prisión o los chicos sacados a sus familias durante la guerra sucia. Mientras los desaparecidos estaban muertos, estos niños estaban vivos y esto era, en un sentido, el más grave problema humanitario”.
“La fórmula de la colaboración entre los militares argentinos que protagonizaron el golpe de 1976 y la diplomacia conducida por Kissinger parece haber sido la siguiente: ‘Nosotros (la Junta militar) simulamos moderación mientras secretamente aplicamos el terrorismo de Estado. Ustedes (el gobierno norteamericano) otorgan un genérico apoyo sin verse obligados a emitir opinión respecto de lo que pueden decir no tener conocimiento”, razona el informe del NSA. Un analista de ese organismo, Carlos Osorio, dice que algo queda claro: “Para Kissinger, la Argentina tenía que pagar con sangre para lograr la estabilidad en la región”.
Fuente:MiradasalSur

David Cox y su libro sobre la historia de la dictadura y el Herald
Por Felipe Deslarmes
politica@miradasalsur.com
David Cox: “Hay que ir a observar y contar historias. El periodismo es lo opuesto a lo que pueda hacer una celebridad. Es un compromiso con el pueblo, con el lector”. (ESTEBAN WIDNICKY)
“Si los diarios hubieran dicho la verdad, el destino de los desaparecidos habría sido otro”. El hijo de Robert Cox cuenta qué implicaba publicar lo que los militares y los diarios silenciaban. Su opinión sobre la responsabilidad de los medios en los ’70 y la actual política de DD.HH. del gobierno.

Los niños jugaban todavía cuando el padre ingresó a la casa, de noche, agitado, con otro de sus ataques de asma, cada vez más frecuentes. Había estado con el entonces ministro del interior, Albano Harguindeguy, a quien había intentado persuadir para que aparecieran dos niños secuestrados. Había dedicado la tapa del Buenos Aires Herald a ese caso, desde que supo de la búsqueda del abuelo de los chicos, y a pesar de las amenazas de la dictadura para cesar en el intento.
El que llegó a casa era, por supuesto, Robert Cox, el periodista inglés que solía publicar lo que los grandes medios callaban. Los niños a los que pretendía ayudar eran los nietos de Juan Pablo Schroeder, un abogado uruguayo que se presentó en el diario a pedirle ayuda luego de que un grupo de tareas matara a su hija y secuestrara a sus nietos.
“¿Qué vas a hacer?”, le preguntó Maud, su mujer, mientras sus hijos miraban una escena repetida. “Lo que le dije: voy a publicarlo hasta que aparezcan”. Un día después, a través de un llamado telefónico recibido en su casa a las ocho de la mañana, un periodista de otro medio le informaba que los niños habían aparecido en los escalones de una clínica del Gran Buenos Aires.
Cox había asumido el compromiso de informar sobre las violaciones a los derechos humanos cometidas por la dictadura entendiendo que sus publicaciones podían cambiar las cosas. Y así fue para muchos. Él fue quien empezó a entrevistar a las Madres de Plaza de Mayo antes de que empezaran las rondas, mientras esperaban desde la una de la mañana en la puerta del Ministerio del Interior para que sólo diez de ellas fueran atendidas a las siete de la mañana siguiente. El Herald sería uno de los pocos espacios en los que las madres serían oídas.
Más tarde lo detuvieron y sólo lo liberaron gracias a la presión internacional. Inmediatamente llegaron más presiones y amenazas destinadas a toda la familia. Finalmente los Cox decidieron exiliarse. “La prensa tiene el deber de decirle la verdad a la gente. Los familiares de las personas desaparecidas no pueden seguir siendo ignorados como si fueran leprosos”, escribió en la despedida a sus lectores, cuando todos los medios no sólo callaban, sino que aplaudían.
Buena parte de las vivencias de Robert Cox en los años de la dictadura permanecían ocultas. Hasta que uno de sus hijos, David, ayudó a sacarlas a la luz en su libro Guerra sucia, secretos sucios (Sudamericana). Cox hijo es de contextura grande, un hombre de habla tranquila y pausada.

–A mi padre le costaba muchísimo volver sobre esa época y escribir sobre lo que vivió. Y él es un documento viviente de los años atroces vividos en la Argentina.
David cuenta que insistió mucho ante su padre para que escribiera algún tipo de memorias. Parecía que llegó a convencerlo “pero nunca pudo pasar de la tercera página”.

–¿Cómo ve su padre el periodismo en los medios de hoy?
–Él siempre vio al periodismo como una forma de defensa de la democracia. Pero algo más cercano al oficio de un carpintero que a una estrella de cine. Para él el periodismo es un trabajo que hay que hacer en la trinchera. Hay que ir a observar y contar las historias. El periodismo es lo opuesto a lo que pueda hacer una celebridad. Es un compromiso con el pueblo, con el lector... y a veces contra el lector. Porque a veces el lector no quiere ver ciertas cosas. Eso sucedió en el Herald. Pero había que contar las cosas igual. Así como el periodista no puede estar condicionado por los intereses de la empresa, el periodista debe estar alerta para no ser cómplice.

–Su padre compara a los militares argentinos con los SS nazis. ¿Cómo vivieron ustedes el hecho de la derogación de las leyes de Obediencia Debida y Punto Final y que se haya vuelto a juzgar a estos “nazis”?
–Hemos hablado mucho de los SS nazis en Argentina y de las políticas de derechos humanos. Creemos que es imprescindible que se sepa, de una vez, toda la verdad, que no siempre es fácil de digerir, pero es necesario. Las leyes de impunidad fueron terribles para Argentina. Internacionalmente se está sabiendo recién ahora que lo que sucedió en Argentina fue equiparable a lo que hicieron los nazis, aunque a menor escala. El camino que la Argentina está eligiendo es el correcto.

–Su padre enfrentó a varios militares. ¿Cómo fue el encuentro con Harguindeguy?
–Eso está grabado. Había concurrido a una conferencia de prensa que daban los militares contando de las bajas del terrorismo y donde nadie repreguntaba ni hacía ningún cuestionamiento. Los periodistas tomaban nota y transcribían, nada más. Luego de la conferencia olvida, por suerte, apagar el grabador. Y va a la oficina del ministro del Interior. Se escuchan los pasos, todo. Mi padre le reclama por esos niños y Harguindeguy le reprocha que está publicando mentiras y que está equivocado. “No –le dice mi padre–, el equivocado es usted. Continuaremos publicando la nota hasta que aparezcan los niños”, y se fue. A esa altura, para él, la información no era sólo material para publicar, sino que también le permitía salvar vidas. Llegó a casa con un ataque de asma. Esa noche se la pasó escribiendo.

–¿Cómo recuerda su relación con él en esos años?
–Él trataba de hacer lo imposible por estar con nosotros. Pero la mayor parte del tiempo lo veía hablando por teléfono, escribiendo o atendiendo a gente que tenía familiares desaparecidos, o en conversaciones con la prensa internacional para conseguir apoyo, trabajando por las noches. Pero empezamos a recibir amenazas, todos, que era otra forma de llegar a él. Así decidió que nos fuéramos del país. Él iba a quedarse hasta las últimas consecuencias. Pero mi madre intervino y le hizo entender que sin él, nosotros no estaríamos bien.

–¿Cómo vivió personalmente el tener que irse y qué siente al volver?
–Tener que irme del país donde nací fue como asistir a mi propio entierro. Tuvimos que despedirnos de muchas cosas. Siento que ésta es la tierra a la que pertenezco. Y lo que más lamento es haber perdido el contacto con mi abuelo. Pero, por otro lado, pudimos sobrevivir.

–Recientemente se desclasificaron conversaciones entre Nixon y Kissinger que revelan que ninguno de los dos se preocuparía por los derechos humanos con tal de derrocar a Salvador Allende. “Vale todo”, dijo Nixon. ¿Cómo cree que debería castigar la comunidad internacional el apoyo que brindó Estados Unidos a las dictaduras de Latinoamérica?
–Sí, es interesante, ¿no?... Lo de Nixon no me sorprendió, y menos lo de Kissinger. Creo que todos los que hayan participado de violaciones a los derechos humanos, sean del país que fueren, deberían recibir algún castigo. Hay dos maneras de ver las cosas en el derecho internacional, como lo que el juez Baltasar Garzón quiere y lo que Estados Unidos reconoce.


–Baltasar Garzón estuvo hace poco en Buenos Aires. Su padre atestiguó frente a él contra Adolfo Scilingo, ¿cómo ven ustedes lo hecho por Garzón?
–Es un gran juez. Como familia estamos muy en favor de lo que ha hecho. Pero, en línea a lo que venís planteando, Estados Unidos tiene cierta resistencia a algunos temas. No va a permitir que Kissinger sea juzgado. Y a Garzón eso le interesa. Estados Unidos defiende a los suyos...

–Su padre se pregunta en el libro “por qué los propietarios editores de los principales diarios instintivamente miraron hacia otro lado”. Dice que “podrían haber marcado una diferencia como hizo el Herald”. ¿Qué responsabilidad les cabe a las empresas periodísticas?
–Los diarios tienen gran responsabilidad en lo que sucedió en Argentina. Cada dueño de diario debe responder por qué ocultó la verdad. Una prensa madura sólo lo es si refleja lo que sucedió y explica los motivos del silencio. Si los diarios hubieran dicho la verdad y contado las historias como sucedieron, habría sido otro el destino de los desaparecidos. Los militares no hubiesen tenido la libertad de llevar a cabo ese plan atroz. No hay dudas respecto de eso. Podrían haber ayudado al restablecimiento de la democracia. Si no hubieran tergiversado la información, la gente no habría podido negar lo que ocurría. Cuando el periodismo dice la verdad, la gente reacciona y puede tomar decisiones y cambiar las cosas.

–Miradas al Sur acaba de editar Silencio por Sangre, un libro que revela los negocios sucios entre Clarín y los militares por Papel Prensa y donde se desnuda que esa compra se hizo con los dueños en las camas de torturas.
–( Queda impactado. ) Qué bárbaro. No sabía eso. ( Piensa. ) Es interesantísimo. Es tremenda esa historia.
¿Hace mucho que se publicó?
–Este mes
–Bueno, eso explica muchas cosas... ¿no?
Fuente:MiradasalSur

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