7 de febrero de 2012

CIRCUITO CAMPS: LOS TESTIMONIOS DE NORA UNGARO Y CARLOS SCHULTZ EN EL JUICIO.

LOS TESTIMONIOS DE NORA UNGARO Y CARLOS SCHULTZ EN EL JUICIO POR LOS CRIMENES DEL CIRCUITO CAMPS
“Comían mientras yo recibía el tormento”
En el reinicio de las audiencias tras la feria judicial, los sobrevivientes relataron su paso por los centros clandestinos bonaerenses. Ungaro recordó a Ana Diego, la estudiante de astronomía que CFK mencionó en su discurso de reasunción.
Por Alejandra Dandan

“Nos conocíamos muchísimo. Eramos de la facultad del bosque”, dijo Ungaro sobre Ana Diego.Imagen: Sergio Goya

Convencida de que también le habla a la historia, entrenada en la tarea de testimoniar desde que quedó en libertad, Nora Alicia Ungaro se detuvo varias veces para reforzar aquello que decía. Explicar que sabía que la audiencia se estaba grabando y que eso, entonces, podía ser escuchado en el futuro por alguno de los hijos de sus compañeras desaparecidas. En La Plata, donde ayer se reanudó el juicio por los crímenes cometidos en el Circuito Camps, Nora recordó, entre muchas otras, a Ana Teresa Diego, aquella estudiante de astronomía que Cristina Fernández mencionó en el discurso de reasunción de la Presidencia. Ana y Nora eran parte de la Fede y sufrieron la embestida militar que se cobró buena parte de la vida de los universitarios de la zona.

Uno de esos días de secuestro, en la Brigada de Quilmes, en la misma celda, las dos se echaron en el piso, una al lado de la otra. “Por el mismo miedo –dijo–, nos acomodamos cabeza con cabeza, nos hablábamos al oído y cantábamos algunas canciones de la Guerra Civil española que nos enseñó mi papá, canciones de cuna, como les digo, para darnos un poco de ánimo.”

El juicio a Ibérico Saint Jean, Jaime Smart, Miguel Etchecolatz y otros 23 acusados de actuar en los centros clandestinos del Circuito Camps recomenzó después de la feria con el testimonio de dos sobrevivientes de la Fede y el movimiento universitario. Los jueces Carlos Rozanski, Roberto Falcone y Mario Portela tomaron juramento –más de una hora después de lo previsto– al entonces estudiante de medicina Carlos Schultz. Que cuando un querellante le preguntó si pudo identificar a quienes estaban secuestrados a su lado intentó explicar que no, que no podía, por las condiciones en las que estaban. “Estábamos todos encapuchados, acostados o sentados contra una pared, uno al lado de otro. Yo por lo menos no sabía si había alguien vigilándonos, lo más importante fue lo que hizo una compañera conmigo, que fue saber si era tal persona.”

Carlos sabía que con él sí estaba, en cambio, Ana Teresa, porque los habían levantado juntos, el 30 de septiembre de 1976 en los bosques de La Plata. Como una imagen a la que preferiría no volver, dijo sólo unas líneas: “Era en una esquina del bosque, no me acuerdo si me fui a reunir o nos encontramos con Ana Diego. Nos saludamos, me pidió la hora y en ese momento nos encapucharon y nos metieron adentro de un auto”. No hubo reacción de nada, dijo, “porque vinieron de atrás y nos metieron en la parte trasera de un auto”.

Se los llevaron a la Brigada de Investigaciones de Etchecolatz. Nora Ungaro se les sumó ese mismo día, aunque su odisea había empezado días antes, cuando una patota entró a la casa de su madre para llevarse a su hermano Horacio, parte de los desaparecidos de la UES, del quinto año del Normal 3 de La Plata, uno de los jóvenes de la Noche de los Lápices. Con Horacio levantaron a un amigo. Ese 30 de septiembre, Nora había ido a la casa de ese amigo, por los documentos para las denuncias y hábeas corpus.

“La mamá de Daniel estaba desesperada”, dijo. “En cama, de reposo; yo me puse de espaldas a la puerta del dormitorio, le tenía la mano, trataba de consolarla porque además de todo había fallecido el marido no hacía tanto tiempo.” Una patota también entró en ese departamento. Se llevaron a Nora después de encañonarla en la nuca, tirarla al piso y esposarla. Cuando les dijo que tenía los documentos en la cartera, la patota se alegró: “Mejor –dijeron–, así no tenemos que cortarte los dedos para identificarte”.

Nora se dio cuenta de que Ana y Carlos estaban con ella cuando llegó al Pozo de Arana. Habló de las torturas, de cómo escuchó que los represores se quejaban porque tenían poco voltaje y de cómo la corriente le dobló el cuerpo mientras alguien pedía mayonesa. “No me voy a extender porque es terrible –dijo–, pero escucho: ‘Lobo, alcanzame la mayonesa’, porque estaban comiendo, se estaban armando sanguchitos con lomito y lechuga, eso, mientras yo estaba recibiendo el tormento. ¿Y por qué cuento esto? Porque con la corriente, el cuerpo de uno se ahoga, son gritos, el cuerpo se arquea hasta lo último, a estallar, y digo todo esto para que se entienda esa escena.”

Después del “ablande”, preguntaron por su hermano. “Yo insulto en ese momento”, dijo. “¡¿Qué hiciste con mi hermano?!”, les soltó y recibió una paliza. “¿Saben por qué les digo esto?”, volvió a decir como si debiera contextualizar cada cosa. “Les digo esto porque después tenía que decir ‘señor’ cada vez que quería ir al baño.”

Nora habló de Ana. “Nos conocíamos muchísimo. Eramos de la facultad del bosque. Exactas era el punto de reunión para charlar de cosas. Nos ponen a Ana y a mí en una celda con dos chicas más, Angela López Martín, que era profesora de geografía del Nacional, y Eliana, que era Amelia Acosta de Badell: quiero detenerme un poco acá”, dijo. “Tanto Angela como Eliana eran seres maravillosos. Yo las conocía ahí, pero en esa celda, el cariño que nos dieron a Ana y a mí es irreproducible. Trataron de animarnos con cosas lindas. Hablar de la vida. Eliana había dejado dos niños pequeñísimos y decía: ‘Yo espero que la familia de mi marido se haga cargo’.”

Eliana es otro nombre simbólico del juicio. Y volvió a escucharse en uno de los momentos más difíciles del relato. Nora ya había contado quién era Eliana, que era chilena, compañera de Esteban y cuñada de Julio Badell, integrados a la Bonaerense y quienes, según la represión, se suicidaron. Nora explicó en el juicio que los organismos encontraron un acta de defunción de Eliana, un acta que ella entregó al Tribunal y firmada por el médico Jorge Bergés, uno de los acusados del juicio. “Esto que digo se está grabando en la sala”, dijo Nora en un momento casi gritando. “Acá está el acta de defunción de Eliana, yo quiero decirlo. En algún tiempo esto va a estar en Internet. Quiero que los hijos vean esto. Quiero que sepan que su madre los amó y que fue asesinada. Yo la dejé con vida. A las horas me trasladaron de ahí y yo la dejé con vida y me seguía comunicando.”

Efectivamente, a Nora se la llevaron de Arana a la Brigada de Quilmes durante un tiempo, aunque luego volvió a Arana. En Quilmes sucedió aquello de las canciones de la Guerra Civil española con Ana Diego, allí la vio por última vez. Y ahí también escuchó el nombre de su hermano entre las voces de sus viejos compañeros (ver aparte), y aún se acuerda cómo llegó: “Nos separaban varones y mujeres. Ibamos subiendo unas escaleras. Le aseguro que en ese momento tan terrible, imagínense, no habíamos podido ni lavarnos la cara con agua, en mi caso después de la tortura chorreé sangre hasta los tobillos, así que imagínense en qué circunstancias a éstos se les ocurre manosear a una mujer”.

Las audiencias continúan hoy. Entre otros declaran Lázaro y Zivana Aleksoski, hermanos de David Jose Aleksoski, conscripto desaparecido del Regimiento Granaderos a Caballo.

De celda a celda
A Nora Ungaro la llevaron del Pozo de Arana a la Brigada de Quilmes con otros compañeros. En Quilmes volvieron a ponerla con Ana Diego, pero alrededor algo no era igual. Después de un tiempo, empezó a escuchar voces de quienes adentro y a ciegas se iban llamando. De celda en celda, y entonces también ella pronunció el nombre de su hermano Horacio. “Comienzo a escuchar las voces: Gustavo o Emilce, y empiezo a gritar el nombre de mi hermano y el de su amigo Daniel Racero. Vuelve la respuesta de que ahí no estaba. Al rato, desde la celda de enfrente, donde había dos chicas, una me llama: ‘A tu hermano lo conozco, Emilce Moler, me llamo’”, le explicó. Emilce le dijo que Horacio no estaba con ellos: “Yo a tu hermano lo conozco desde los diez años –le dijo–, íbamos a la colonia y la vida nos juntó de nuevo en la militancia”. Nora supo en ese momento que a su hermano lo habían bajado en otro lugar, con otra parte de ese grupo de la UES que levantaron la noche que se conoció como Noche de los Lápices. Con el tiempo, Nora supo que a Horacio lo habían llevado de Arana al Pozo de Banfield.
Fuente:Pagina12

Volvieron al banquillo los 26 acusados del Circuito Camps
Cinco testigos prestaron declaración en la primera audición tras el receso impuesto por la feria judicial. Dos policías también declararon. Uno de ellos podría ser acusado por falso testimonio.
06.02.2012
Miguel Osvaldo Etchecolatz, uno de los represores acusados por el juicio Circuito Camps
La justicia federal de La Plata retomó las audiencias que se siguen contra 26 represores de la última dictadura militar, entre ellos un civil, por delitos de lesa humanidad cometidos contra 360 víctimas en seis centros clandestinos de detención que integraban el Circuito Camps. Un ex policía podría ser acusado por falso testimonio.

Los ex estudiantes universitarios Carlos Schultz y Nora Ungaro fueron los dos primeros testigos en declarar en el marco del juicio en el que se investigan los crímenes cometidos en los centros clandestinos de detención incluidos en el denominado Circuito Camps, luego del receso impuesto por la feria judicial.

El hombre, quien estudiaba Astronomía y era compañero de la desaparecida Ana Teresa Diego, narró los sucesos que rodearon su propio secuestro, en la zona del Bosque platense, su paso por lo que él supone era el Destacamento de Arana, y la posibilidad de reconocer a dos personas, entre ellas un sacerdorte, en un momento en el que se le bajó la venda de los ojos.

Ungaro, hermana Horacio, uno de los estudiantes secundarios desaparecidos en el marco de la denominada "Noche de los Lápices", también habló de las sesiones de torturas y abusos a los que fue sometidos en centros clandestinos como el de 1 y 60, Arana y Quilmes.

Tras un cuarto intermedio, declararon Susana Elena Habiaga y Guillemina y Carolina García Cano, esposa e hijas de Guillermo García Cano, el ingeniero desaparecido, constructor de la imprenta que funcionaba en la casa de la calle 30, donde murieron Daniel Mendiburu Eliçabe, Roberto César Porfidio, Juan Carlos Peiris, Alberto Oscar Bossio, y Diana Teruggi, y de donde fue secuestrada Clara Anahí Mariani, la nieta que busca Chicha Mariani.

Las mujeres recordaron el secuestro del hombre, ocurrido en La Plata el 20 de noviembre de 1976 y contaron que después de la detención se mudaron a Mar del Plata, aunque viajaban a La Plata para visitarlo, aún cuando estaba detenido en la Brigada de Investigaciones.

A última hora, declaró Gabriel Ernesto González, ex jefe de la custodia de Miguel Etchecolatz, quien defendió a su jefe al decir que no lo vio en la casa de calle 30 donde fue robada Clara Anahí.
Luego, el ex policía de la comisaría Quinta Omar Piacentini, imputado en otra causa por crímenes de lesa humanidad, se autoincriminó durante su declaración, por lo que la defensa pidió que su testimonio sea anulado, algo que se resolverá en las próximas horas. Un ex policía podría ser acusado por falso testimonio.

En su relato, Piacentini dijo que no sabía si las personas que eran trasladadas a la dependencia en la que él trabaja eran hombre o mujeres. Además, señaló que los detenidos no llegaban encapuchados. Con esas versiones, el ex policía se contradijo en su testimonio brindado en el Juicio por la Verdad.

El juicio continuará este martes. La entrada es libre y el que quiera asistir debe ir con documento.
Fuente:Diagonales                                                                

No hay comentarios: