25 de marzo de 2012

A 35 AÑOS DE LA MUERTE DE RODOLFO WALSH.

A 35 AÑOS DE LA MUERTE DE RODOLFO WALSH
El día en que cerraron la trampa
El juicio de la ESMA estableció los hechos: el escritor y militante era centro de una vasta operación, el 25 de marzo de 1977 acudió a una cita “entregada” bajo tortura, lo esperaban entre 25 y 30 hombres, murió baleado en la calle.
Por Alejandra Dandan
Imagen: Leandro Teysseire.
La muerte de Rodolfo Walsh tiene una verdad jurídica: en diciembre, la Justicia dijo que lo asesinaron el 25 de marzo de 1977, hoy hace 35 años. “Ha quedado legalmente demostrado”, dice el fallo del juicio a la ESMA, que el 25 de marzo de 1977, entre las 13.30 y las 16.00, cuando él intentó sacar su pistola, “un grupo de la Unidad de Tareas 3.3.2 de la ESMA, integrado por entre 25 y 30 personas, comenzó a dispararle hasta que la víctima se desplomó en la avenida San Juan entre Combate de los Pozos y Entre Ríos”. Pese a las versiones previas y distintas, dice que la muerte se produjo inmediatamente, que lo cargaron ya muerto en un auto para trasladarlo a la ESMA “sin poderse precisar, al día de la fecha, el destino dado a sus restos”.

En el juicio, Walsh apareció en sus dimensiones múltiples: como militante, oficial primero en la organización Montoneros; como periodista a cargo de la Agencia de Noticias Clandestina (Ancla); como escritor, esposo, padre, abuelo. Como amante de los pájaros en las charlas ocasionales con los vecinos de San Vicente. Los relatos y documentos demostraron la prueba que estaba pendiente desde el Juicio a las Juntas de Comandantes, cuando se excluyó el caso de Walsh porque “la falta de prueba precisa sobre el hecho, sea de la captura o de su cautiverio, impiden tenerlo por probado”.

Pese a los avances, sin embargo, la escena final de la muerte no termina de armarse. El Tribunal Oral Federal N° 5 condenó a seis de los integrantes del operativo, que serían 25 o 30 y de los que falta identificar a la mayoría. Condenó a Jorge “El Tigre” Acosta y a Alfredo Astiz, a Juan Carlos Fotea alias “Lobo”, que se ocupó de uno de los autos, y al autor de parte de los disparos, Ernesto “220” Weber, entre otros. Recogió voces de sobrevivientes y de un testigo directo. Pero los jueces y los fiscales aceptan que si tuviesen que pasar los datos para armar una película no podrían hacerlo. Hay otras seis personas identificadas: tres quedaron absueltas en un fallo apelado por las querellas, uno está muerto y dos prófugos.

La imposibilidad de reconstruir plenamente ese momento parece a esta altura casi un hecho maldito. “Lo ‘maldito’ es el pacto de silencio de los represores”, dice Lilia Ferreyra, su viuda y compañera. “Y es que es en ese sentido que Rodolfo es realmente un desaparecido. Cuando él investigó la Operación Masacre tenía un testigo directo y habían pasado tres meses desde los fusilamientos. En ¿Quién mató a Rosendo? yo lo ayudé en la investigación y él estuvo apenas ocurrió. Pudo hacerse la reconstrucción, estaban el bar, los testigos. Pero acá, esto es lo que en realidad sucede con una cantidad enorme de desaparecidos de los que no hay un solo dato, no se sabe por dónde pasaron, ni exactamente qué día se los llevaron. Muchos estaban en condiciones de clandestinidad y el vínculo con sus familias era esporádico. Yo misma supe qué pasó con Rodolfo muchos meses después, incluso hasta junio de 1977 pensé que seguía vivo. A mí me parece que lo importante ahora es la sentencia: hasta acá había muchas voces de lo que le había pasado. Testigos que habían visto esto o aquello, ahora hay una verdad en el plano de la verdad judicial: el valor es que prueba que el Grupo de Tareas intervino en la muerte de Rodolfo y en el robo de los escritos inéditos, de todo lo que teníamos. Me parece que en este tipo de juicios, a 35 años, con una desaparición y un secuestro, la validez está en la condena de la Justicia que probó el modus operandi y escuchó los testimonios irrefutables de testigos y sobrevivientes.”

La Operación Walsh
“Ha quedado legalmente acreditado que el 25 de marzo de 1977, a las 12.00, Rodolfo Jorge Walsh, quien se sabía buscado por las Fuerzas Armadas –y a raíz de ello utilizaba el nombre ‘Norberto Pedro Freyre’– partió junto a su mujer, Lilia Beatriz Ferreyra, de su domicilio, sito en Triunvirato e Ituzaingó, de la localidad de San Vicente, provincia de Buenos Aires.” Así arranca uno de los párrafos relevantes de la sentencia. Walsh y Ferreyra se dirigían a la estación del Roca para abordar el tren a Constitución cuando Walsh encontró por casualidad a Victoriano Matute, que le entregó una copia del boleto de compraventa correspondiente a su domicilio, el que guardó, junto con las copias de la “Carta Abierta a la Junta Militar”, que había terminado de escribir el día anterior, en el portafolio que llevaba consigo.

En Constitución, Walsh confirmó telefónicamente una cita con José María Salgado, “Pepe”, que se iba a llevar a cabo entre las 13.30 y las 16.00 en San Juan y Entre Ríos. Tenía por objeto, al igual que otras dos previstas para ese día, difundir la carta que había escrito por el primer año de la dictadura militar. Además de Salgado, se vería con René Haidar, sobreviviente de Trelew, y con otra persona. Cuando caminaba por la vereda de San Juan, entre Combate de los Pozos y Entre Ríos, vestido con una guayabera beige de tres bolsillos, pantalón marrón, un sombrero de paja, zapatos marrones y anteojos, y portando consigo un portafolio y una pistola marca Walther PPK 22, fue abordado por un grupo operativo perteneciente a la UT 3.3.2. La UT estaba compuesta por entre 25 y 30 hombres que se desplazaban en más de seis vehículos: entre ellos un Peugeot 504, un Ford Falcon, una Ford F 100, una Renoleta y una camioneta a la que denominaban Swat.

“Walsh introdujo una de sus manos dentro de una bolsa y ante la sospecha de que opusiera resistencia, uno de los intervinientes dio aviso de una emergencia y al grito de ‘Pepa, pepa’ –término usado para denominar a las granadas– una gran cantidad de oficiales comenzó a dispararle hasta que la víctima se desplomó. Walsh sufrió varios impactos de bala en el tórax que le provocaron la muerte. Con posterioridad, fue introducido en uno de los rodados y conducido a la ESMA, donde arribó sin vida. Una vez allí, fue descendido raudamente por la escalera que unía el hall de la planta baja con el ‘Sótano’ del edificio, sin poderse precisar, al día de la fecha, el destino dado a sus restos.”

La reconstrucción
“La información relativa a la cita fue obtenida por medio del interrogatorio mediante torturas practicadas a José María Salgado, en algún momento posterior a su secuestro del 12 de marzo de 1977 –dice la sentencia–, con la suficiente antelación para diseñar y planificar minuciosamente el operativo.” El propósito era “capturar a Walsh con vida y tal circunstancia se debía a la condición de oficial primero que ocupaba en la organización Montoneros y toda vez que estaba a cargo de la Agencia Clandestina de Noticias (Ancla), y así someterlo a crueles sufrimientos destinados a obtener información. Precisamente por ello, era intensamente buscado desde hacía tiempo”. Para lograrlo, organizaron un operativo de “gran envergadura”, dato que se desprende del “importante despliegue” y de la inclusión de “un francotirador” (aún no identificado). Pese a eso, hay un señalamiento importante: para los jueces quedó probado que “más allá de la idea inicial, el plan criminal incluyó que, ante el menor atisbo de (resistencia) (...) el proceso concluiría con su muerte”. Los jueces Daniel Obligado, Ricardo Farías y Germán Castelli llegan a esa conclusión al indicar que si no hubiesen querido matarlo, el francotirador que era un experto podría haber disparado a órganos que no comprometieran la vida.

Lo “desapoderaron” de los objetos que llevaba: el portafolios, la pistola, un reloj Omega, la cédula de identidad a nombre de Norberto Pedro Freyre, que había usado en la investigación de los fusilamientos de José León Suárez, el boleto de compraventa y las copias de la Carta Abierta.

Un día después, un grupo de unas 50 personas se constituyeron en el domicilio de Victoriano Matute para que los condujera a la casa de Walsh. Llegaron a San Vicente “entre las 3.30 y las 4.00” de la mañana y luego de disparar en forma continua contra la finca, entraron y sustrajeron una importante cantidad de objetos. Entre ellos, cuentos, cartas y piezas literarias como “Juan se iba por el río”, un cuento inédito, “Carta al Coronel Roualdes”, textos de su diario con recopilación de notas periodísticas, una agenda, la libreta de enrolamiento, fotos familiares y la carta que escribió a sus amigos por el fusilamiento de su hija María Victoria. Los bienes fueron llevados a la ESMA y fueron vistos por diversos secuestrados.

Los testigos
La sentencia retoma fragmentos de varios testigos clave: Lilia Ferreyra, Patricia Walsh, Miguel Angel Lauletta y Martín Gras.

Ferreyra contó que esa mañana abordaron el tren que salió a las 12.00 de San Vicente a Constitución porque su Fiat 600 no había arrancado. En Constitución, Walsh habló por teléfono para confirmar la primera cita de San Juan y Entre Ríos. Y ella se acordaba que días antes lo había llevado muy cerca de ahí, a la esquina de Humberto 1º y Entre Ríos, donde Walsh arrojó (en las raíces de un árbol) un atado de cigarrillos a modo de contraseña. Lo vio por última vez cuando Walsh cruzó la calle Brasil: “El sabía de las torturas sin límites y que, por tanto, no quería ser capturado con vida”, dijo.

Walsh no llegó a las cinco de la tarde a un departamento de Malabia y Juan María Gutiérrez como habían acordado. Ferreyra no se preocupó porque lo habían previsto y al día siguiente volvió a San Vicente con Patricia Walsh, su marido Jorge Pinedo y los dos hijos porque habían organizado un asado. Cuando llegaron, no vio el Fiat ni el humo del asado. Las paredes de la casa tenían disparos, faltaban puertas y ventanas. Patricia Walsh dijo que cuando Ferreyra volvió al auto estaba “muy alterada, gritando que la casa estaba destruida y que había un gran desorden. En el exterior había diversos objetos tirados”. Se fueron rápidamente.

En los días siguientes, Lilia presentó un hábeas corpus. Patricia fue a ver a su tío el capitán de navío retirado Carlos Washington Walsh y a su mujer Elba Ostengo de Walsh. Les pidió que presenten un hábeas corpus, pero se negaron porque decían que no eran de utilidad. También visitó al hijo de un dirigente sindical que había estado en la ESMA y a la hermana de su padre, la religiosa Catalina Walsh, que hizo diversas gestiones. Patricia presentó un hábeas corpus en junio.

El operativo
La sentencia se valió también del testimonios de Miguel Angel Lauletta, entonces detenido-desaparecido y testigo directo porque lo llevaron al operativo en auto, como a Salgado. “Lauletta refirió que lo llevaron en un vehículo junto a un compañero de nombre Oscar Paz, por la avenida San Juan, desde Entre Ríos hacia el oeste”, en un operativo en el que intervinieron “entre 25 y 30 integrantes del grupo de tareas, que se conducían en más de 6 vehículos”. Mientras circulaban por San Juan, Lauletta escuchó por la radio del auto “emergencia, emergencia”. El conductor dio una vuelta en U por la avenida San Juan, que por entonces era doble mano. Al cruzar Combate de los Pozos, media cuadra antes de Entre Ríos, vio parado en medio de la calle a “Cobra”, Enrique Yon, y vio que tiraba con un “arma de puño”, como haciendo puntería, a un cuerpo en la vereda de enfrente. Al mismo tiempo gritaban “¡Pepa, pepa!”, que era como llamaban a las granadas. Lauletta miró para otro lado y vio que venía un Ford Falcon: “Manejaba Tiburón, un policía federal que estaba en la ESMA. Al lado iba Roberto González y atrás, ‘Lobo’ y ‘Angosto’: Fotea era Lobo y el Angosto no recuerdo”.

De ese y otros datos surge que Lauletta vio disparar a Yon, que dirigía el operativo. Walsh ya estaba tirado en el piso. Cuando al día siguiente se encontró adentro de la ESMA con 220 Weber, conoció qué había pasado del otro lado: “Entró 220 y me dijo ‘yo iba por atrás, para tratar de agarrarlo, y un boludo grita desde un coche: ¡alto policía! y Walsh en ese momento mete la mano en una bolsa de plástico que tenía, entonces le tuve que tirar’”. Otros “boludos”, siguió Weber, tiraron en paralelo a la pared, en vez de tirar perpendicular, y al parecer hirieron a una persona que pasaba. “Lo que yo vi –resumió Lauletta– es a Yon tirando, un Peugeot 504 de la vereda de enfrente yendo para el oeste con las puertas abiertas, que lo tengo como un coche dentro del operativo de la ESMA, y el Falcon verde.”

Los del Falcon eran: Tiburón, aún no identificado; Roberto Oscar “Federico” González, alias Fede o Gonzalito, según los datos del CELS subcomisario de la Policía Federal, integrante del GT332, principal de operaciones y prófugo desde 2006; Juan Carlos Fotea, “Lobo”, sargento de la policía, condenado en el juicio; Pedro Osvaldo Salvia, “Angosto”, prófugo desde 2005. Yon estuvo después en el Centro Piloto de París y ya está muerto. El fallo señala que Ernesto Frimón Weber intervino en el operativo y que fue uno de los que disparó. Ubica también ahí a Fotea, Ricardo Cavallo y Astiz. La sentencia absolvió a Juan Carlos Rolón, Pablo Eduardo García Velazco y Julio César Coronel. Las querellas acaban de apelar.
Fuente:Pagina12

Esperando al tío Malcolm
Por José Pablo Feinmann
El celador se llama Gielty. Como todo hombre tocado por la varita del poder, se había hecho malo, violento. Tal vez demasiado. Porque la varita del poder a algunos los vuelve malos, a otros perversos y sádicos y a otros no consigue derrotarlos, siguen siendo como eran. Si eran buenos, buenos. Si eran malos, malos. Gielty es brutal, grandote, ejerce una dictadura que padecen los internos de un colegio irlandés erigido por Capilla del Señor, allá por la década del ’30, a la que aún se suele llamar infame, algo que oblitera encontrar un nombre para las que vinieron después y no sólo holgadamente la superaron sino que incurrieron en todo tipo de aberraciones impensables hasta desde los claustros de ese internado en Capilla del Señor, reino del celador Gielty.

Se habla, en estas líneas, de un notable cuento de Rodolfo Walsh, “Un oscuro día de justicia”, que éste escribe por noviembre de 1967 –poco tiempo después de la muerte de Ernesto Guevara en el corazón húmedo de la selva boliviana– y habrá de publicar en 1973, poco tiempo antes del regreso de un viejo general que retornaba para salvar la patria y era recibido por un pueblo esperanzado. Tanto, que esa esperanza sumó millones de personas que caminaron por una larga autopista hacia un palco desde el que hablaría el salvador de la patria y desde el que –inesperadamente– hicieron fuego a mansalva los profesionales de la muerte conchabados para custodiarlo. Pocas veces una fiesta terminó tan mal, una esperanza se trizó en tantos pedazos de infelicidad. Así, el cuento largo de Walsh o su novela corta (en rigor, Siglo XXI la edita en un pequeño librito, autónoma, como nouvelle o novella) tiene el brillo temporal de la consecuencia –el tío Malcolm debe ser leído hacia atrás como metáfora de la muerte del Che– o del profetismo –el tío Malcolm debe ser leído hacia adelante como metáfora del regreso de Perón.

“Un oscuro día de justicia”, un relato escrito con minucia, con obsesión por las reglas y los esplendores de la lengua, con la mirada puesta en Borges, con quien Walsh se medía, cuenta la buena nueva de la muerte de los héroes, de su inutilidad. El sometimiento a Gielty sigue sin alteraciones. No es –incluso– difícil advertir que el celador está perdiendo la cordura. Cualquiera sabe que perder la cordura lleva a una sola y única encrucijada, lleva a encontrar la locura. Los días sábado todos los integrantes del internado eran sometidos a lecturas espirituales. “Gielty, siendo uno de los hombres más doctos del Colegio y acaso una promesa de la teología o de la ciencia, descollaba” (Walsh, Obra literaria completa, Siglo XXI, México, 1981, p. 471). Ese sábado parecía estar más iluminado que nunca. Si usamos la palabra “iluminación” es porque estamos en medio de un cuento que transcurre en un colegio religioso. Y “la luz” es un elemento central de las teologías, de la cristiana sin duda. La “luz” es siempre –en su faz más profunda– la de la gracia, la de fe o la del Señor. (Nota: Observemos hasta qué punto el omnipresente Heidegger de la filosofía actual está preñado de misticismo. Ya en Ser y Tiempo, su libro menos místico, o mejor dicho: su gran libro antropológico existencial, habla del mundo de lo óntico, el de los entes, para decir que no hay separación entre lo óntico y lo ontológico, lo perteneciente al plano del ser, pues “los entes son a la luz del ser”, el ser “ilumina” a los entes. Si en Heidegger, de una punta a la otra, el ser no es Dios sólo se debe a la buena voluntad y al esfuerzo de sus exegetas.) De un modo sesgado inicialmente y claro y directo después, Gielty se ubica, alto, en la tarima, con su pelo y su bigote rojos y brillantes, con la cara estragada o irreconocible por la fijeza de sus ojos (unos ojos fijos, helados, inmóviles no pueden sino entregar una de las caras más indudables de la locura) y se larga a hablar de Las Partes del Ojo. ¿Qué será eso? ¿Tiene, el ojo, partes? ¿Está, el ojo, partido? ¿Está, Gielty, loco? No cabe duda. Esa locura lo lleva a culminar brillantemente su discurso teológico. Todo apuntaba a la Revelación Divina. La luz de la Salvación surge del ojo de Dios y es el ojo del que se preparara a ser salvado por Su gracia el que la recibe. La certeza de la locura de Gielty aterroriza –más que a todos– al interno Collins. Durante esos días, Gielty lo ha obligado a trompearse con el Gato, que es superior a él, que boxea mejor y pega más duro. Collins no aguanta más. Recurre entonces a la que imagina como su única, posible salvación: el tío Malcolm. Le escribe una carta. Le confiesa que no quiere pelear más con el Gato. Que pronto morirá en alguna de esas peleas que Gielty provoca para su íntimo placer. Que Gielty está loco. Que todos los del internado padecen sus extravíos: “Así que por favor y por favor no dejes de venir, te lo pide tu sobrino que te quiere y que te admira atentamente” (Ibid., p. 474). La carta llega a conocimiento de los otros internos. Todos –que, como protección, se agrupan en algo que llaman la Liga y en la que Collins es desdeñado– la aceptan. Todos temen a Gielty. Más aún, así: loco. Porque “la conducta y la locura del celador Gielty eran ya una ofensa para todos, y es posible que alguna de sus bofetadas, arranques insensatos de furor, sarcasmos que escaldaban el alma, hubieran afectado a miembros verdaderos de la Liga” (Ibid., p. 474). Se decide esperar al tío Malcolm.

Días después llega una carta del personaje providencial. Promete lo que todos quieren que prometa: “El domingo iré, trompearé al celador Gielty hasta la muerte”. La espera se hace dura, dolorosa. Y éste es un punto axial del relato. Los internos (a los que Walsh empieza a llamar “el pueblo”) se impotentizan en la espera. Tal vez Gielty debió advertir que no habría de tener otro momento más favorable. Cuando el pueblo lo espera todo del Salvador, que no es el pueblo, que vendrá para ayudar al pueblo pero jamás para ser parte de él, que será siempre Otro frente al pueblo, Otro más fuerte, más seductor, más imprescindible que el pueblo mismo ya que la potencia del pueblo ha sido puesta en él, aquí, el pueblo se encuentra en su momento de mayor indefensión, de mayor debilidad. Todo lo espera del héroe. Toda su fuerza (en el modo de la esperanza) la ha puesto en-el-que-vendrá a salvarlo. El pueblo es sólo el pathos de la espera. Nunca, como durante esos días, Gielty estuvo más seguro. Nadie habría de atentar contra él. Porque el destinado a hacerlo aún no estaba, no existía dentro de los límites del internado sino meramente en la fe de los que deseaban y esperaban su llegada como el instante mágico (¿como la iluminación?) en que todo habría de solucionarse. Aquí, el pueblo de los irlandeses internados, semeja a los personajes de Beckett, Vladimiro y Estragón, que esperan a Godot. Hay una diferencia: Vladimiro y Estragón no quieren que Godot venga. El sentido de sus vidas es esperarlo. Si viene, ese sentido se destruye. Tendrán que inventar uno que incluya a Godot. No sabrán cómo. Es lo que se le reveló imposible al pueblo que esperaba a Perón. Perón vino. Todos quienes lo esperaban dijeron: “Vino para nosotros”. Y estalló la guerra entre facciones y esa guerra se tragó al héroe. Porque una cosa es el héroe que se espera y une a todos en esa espera y otra el héroe que está en la tierra baldía de quienes ya no lo esperan porque ahora “está aquí”. En esta encrucijada feroz, el héroe demuestra que, aun entre los suyos, sigue siendo el jefe, el único que puede llevarlos a la victoria, o se transforma en uno más, uno como tantos, no salva a nadie, ni a él se salva y muere. ¿Qué hará Malcolm? Malcolm llega. Los vítores de los internos celebran su presencia. Pelea con el celador Gielty. Se distrae (su vanidad lo distrae, cree que ha ganado, lo cree antes de tiempo y se solaza exhibiéndose ante el pueblo, saludándolo triunfal) y esa distracción le cuesta el triunfo. Gielty lo golpea brutalmente, una y otra vez. Lo humilla. Y se va. Entonces Walsh hace algo que –narrativamente– no habría hecho un gran escritor como él era, pero el militante (que también era y que cada vez sofocaba más al escritor, aunque nunca lograría ahogarlo: la “Carta a la Junta” está notablemente escrita y Walsh estudió las Catilinarias de Cicerón para que ese estilo, el suyo, fuera incisivo, porque una verdad, si está bien escrita, vale por veinte o por cien) no puede evitar: explicita el sentido del cuento. No se arriesga a que el lector, por sí mismo, lo entienda. Es tal su necesidad de ser comprendido, de llegar con su toque de alarma, que no le importa dejar de lado algunos buenos modales de la literatura. “Miren, por si no lo entendieron, este cuento quiere decir lo que ahora explico”. Y explica: “El pueblo aprendió que estaba solo y que debía pelear por sí mismo y que de su propia entraña sacaría los medios, el silencio, la astucia y la fuerza” (Ibid., p. 483). Se trata de un cuento contra los héroes providenciales. Apuesta a la garra de los pueblos. A su propia sustantividad. ¿Qué hizo el mismísimo Walsh en este campo? Creo que ganó. El héroe Perón se murió como murió el tío Malcolm, “un héroe en la mitad del camino” (Ibid., p. 483). ¿Y Firmenich? ¿Creyó Walsh en la conducción montonera? ¿Tuvo Firmenich algo del tío Malcolm, en el modo, aún más fértil, del jefe que conduce desde adentro y no desde la patria del mito que posibilita al héroe externo? No para Walsh. Discute y rompe con esa conducción. Le matan a su hija. No se exilia. No va a crear a Italia, entre brillos y luces de europeos siempre enamorados de las guerrillas latinoamericanas, el Partido Montonero. Se queda en una quinta, con su compañera Lilia. Y escribe su “Carta a la Junta”. Es el único en un país de cobardes, cómplices y delatores, que se le atreve a un gesto así. El, ahora, es el héroe solitario. (Acaso el punto de partida –o uno de ellos– del héroe colectivo.) Cuando mete su Carta en el buzón, cuando balea a los milicos con su mínimo calibre 22, cuando hace eso, él, en ese exacto instante de su tumultuosa temporalidad, es su propio héroe, su propio tío Malcolm.
Fuente:Pagina12                                    

No hay comentarios: