4 de marzo de 2012

COLECTIVO CULTURAL.

LIBROS, ESCRITORES y POETAS
03.03.2012 
Saldría a la venta en todo el mundo antes de fin de año
Una amistad que creció por correo
Dos editoriales publicarán en conjunto un libro con la correspondencia que mantuvieron Paul Auster y el
premio Nobel J. M. Coetzee entre 2005 y 2008, remarcando la vigencia del género epistolar en el mercado actual.
Por:Juan Pablo Cinelli
Para quienes aman la literatura, el mundo de las letras y sus amanuenses es también un espacio intrigante que no deja de causar curiosidad. Más allá de asuntos como el origen de la inspiración, los ritos a la hora de escribir o cuál marca de champú o de champagne prefieren sus autores favoritos (mucha gente se preocupa por cuestiones de este tenor), hay un interrogante que puebla las fantasías de muchos lectores: ¿de qué hablan los escritores entre sí cuando nadie los oye? Una cuestión que difícilmente tenga respuesta, en vista de que toda conversación privada tiene como condición inevitable la de aborrecer el dominio público. Claro que en el caso de los escritores existen las cartas, un terreno ambiguo en el que de manera cada vez más conciente se sabe que toda confidencia realizada es, más tarde o más temprano, carne de editorial. Tan habitual se ha vuelto la práctica de publicar correspondencia, y tanto se ha popularizado el género epistolar, que no sorprende que las editoriales Anagrama y Mondadori se hayan unido (quizá complotado) para coeditar las cartas que desde hace años intercambian el estadounidense Paul Auster y el premio Nobel de origen sudafricano J. M. Coetzee. A tal punto llega el asunto, que no debe dejar de incluirse a los autores como partícipes necesarios de esta conspiración, ya que las cartas fueron deliberadamente escritas pensando en su publicación. En el barrio a esto se le dice no dar puntada sin hilo.

Ahora bien, ¿responderá el libro la pregunta original, revelando de qué hablan los escritores? Pues ya se sabe que en sus cartas Coetzee y Auster conversaron sobre el amor y la amistad, el deporte, la muerte o la escritura. Es decir, de mujeres, de fútbol, del trabajo y del futuro. De lo mismo que habla todo el mundo, ni más ni menos. Resuelta la intriga y satisfecha la curiosidad, justo cuando el tema parece apagarse sin remedio, es en este punto donde la literatura surge, disparando nuevas preguntas. Y enseguida se querrá saber si los novelistas escriben igual de entrecasa que en sus libros; si lo harán como en sus mejores obras o más bien como en las menos felices. O si, egos en un mundo de egos, competirán por ver cuál de los dos resulta más ingenioso, más divertido o más escéptico. ¿Se arrojarán filosos cuchillos u optarán por la corrección política de la mutua admiración?; ¿Se reirán de otros colegas, como hacían Borges y Bioy, o evitarán ese tipo de campos minados? En tal caso tal vez resulte entretenido sacarse las dudas leyendo qué tuvieron para decirse Auster y Coetzee, dos de los autores contemporáneos más leídos del mundo.
Fuente:TiempoArgentino




02/03/12
Sale la novela “perdida” de Saramago
Un escritor rechazado – que más tarde sería Nobel de Literatura– y un grupo de personajes de la Lisboa pobre de mediados del siglo pasado son los condimentos que atraviesan "Claraboya", que ayer se presentó ante el mundo de habla hispana.
POR Juan Carlos Anton
PILAR Y JOSÉ. Del Río tradujo la novela en el mismo escritorio donde Saramago escribió sus últimos libros.
Un escritor rechazado – que más tarde sería Nobel de Literatura– y un grupo de personajes de la Lisboa pobre de mediados del siglo pasado son los condimentos que atraviesan Claraboya, la novela “perdida” de José Saramago, que ayer se presentó ante el mundo de habla hispana. La maestra de ceremonias fue su viuda, Pilar del Río, quien en videoconferencia invitó a leer Claraboya como “puerta de entrada” a la literatura de Saramago. “Allí está el germen de todo”, dijo.

Cuenta la leyenda que hacia 1953 un Saramago de 31 años entregó el manuscrito de su segunda novela a una editorial. El texto pintaba personajes que él conocía de memoria –se había criado casi en la extrema pobreza– y estaba dedicado a su abuelo. Pero las páginas fueron a parar a un cajón. Nunca recibió respuesta. Nunca nadie le dijo ni siquiera “no”. “Para él fue una humillación”, dice Pilar. “Había puesto mucha carne en el asador. Y dijo: ‘Si lo que voy a escribir no les importa, mejor me callo’”. Ese silencio duró varias décadas.

Hacia 1989, lo llamaron de la editorial para decirle que habían encontrado el manuscrito pero Saramago se negó a publicarlo. “Sin embargo, decía: ‘por lo que recuerdo, no está mal escrita’. “No la quiso publicar en vida, y dejó la voluntad de hacerlo para quienes lo siguiéramos una vez muerto”.

Pilar aseguró que Claraboya es una novela fácil de leer pero muy compleja a la vez: “Sus personajes siguen vigentes. Ya no está la dictadura de Salazar pero sí la dictadura del dinero, de la industria del ocio. La novela habla de eso pero sin decirlo explícitamente. En el fondo, es un libro revolucionario”.
Fuente:RevistaÑ

02/03/12
Fábula de amor desgraciado
Clásico de los años 70, Guillermo Saccomanno y Mandrafina recuperan “El Condenado”.
POR Diego Marinelli
EL CONDENADO. Apareció por primera vez en las páginas de la revista Skorpio.
El Condenado apareció por primera vez en las páginas de la legendaria revista Skorpio, referente de uno de los momentos más brillantes del cómic argentino, en los 70. Es un verdadero clásico del género, como tantos otros que viene rescatando del olvido la colección Historietas Argentinas, de Doedytores.

Nacido de la pluma de Guillermo Saccomano y de la tinta de Domingo “Cacho” Mandrafina, El Condenado da cuenta de algunas de las predilecciones estéticas de la “generación dorada” de la historieta: conviven elementos de la novela negra y evocaciones de universos literarios propios de escritores aventureros como Joseph Conrad o Jack London.

El Condenado narra la historia de Marcel Clouzot, un francés fugitivo de la Isla del Diablo (¿homenaje a Papillon?) que logra desdibujar su rastro hasta Australia, donde se entrega a interminables borracheras. El punto de quiebre se produce cuando una prostituta de lujo lo rescata de su destino de paria y lo convierte en su chofer y guardespaldas personal, estableciéndose una relación compleja, una tensión amorosa cargada de resentimientos, que al paso de las páginas se convierte en un magnífico filón narrativo. En una travesía que alterna bajos fondos con elegantes palacios, Clouzot y Carol van arrastrando sus respectivas condenas en busca de una redención para la que no están destinados. Y, en ese camino, la moral del presidiario y la “cocotte” siempre aparece por encima de la de los políticos corruptos, las señoras conservadoras y los maridos aparentemente intachables.

Buenos lectores de tipos como Pratt y Oesterheld, Saccomano y Mandrafina dieron vida a una entrañable fábula protagonizada por amores desgraciados, canallas de buen corazón, pistolas humeantes y mares de whisky, en la que la felicidad es el único de los finales imposibles. Una fábula sobre la moral de los perdedores, sobre la épica de los condenados.
Fuente:RevistaÑ


Cuento
Muñecas
por María Rosa Lojo
“El primero de mayo, Evita pronunció lo que sería su discurso de despedida desde el balcón de la Casa Rosada. Perón tenía que sostenerla. Las fotos ofrecen la impresión de que sujetaba a una muñeca en sus manos.”
Joseph A. Page. "Introducción. Con mis propias palabras: Eva Perón".

La madre. Buenos Aires, 1952
Las puertas se abren. Para las cuatro mujeres que esperan es como si se abriesen las puertas del Paraíso, aunque nada parece más ajeno a la imaginería del Cielo que ese lugar aséptico y severo, sin color, sólo animado por las flores que ellas mismas siguen enviando, semana tras semana. El dios que allí vigila, minimizado y contraído, es un hombre maduro, de guardapolvo blanco, que les franquea, por fin, los secretos prohibidos de su reino.

Tiemblan al cruzar el umbral. Una de ellas, la madre, piensa que así debieron sentirse los pocos hombres y mujeres que en un país lejanísimo traspusieron la losa de piedra removida de un sepulcro. Pero en aquella tumba, donde los olores de la humedad y el moho se mezclaban con los perfumes y ungüentos funerarios, ya no había cadáver, solo la gloria de un Resucitado. La madre cierra los ojos cuando entra y vuelve a abrirlos. Esta habitación no es una cripta, sino un laboratorio: el lugar de tránsito donde un cuerpo paga su pasaje terreno a la inmortalidad bajo las artes de un científico que por momentos se parece a un hechicero, y en ella tampoco hay un cadáver. ¿O es que puede llamarse de esa forma a la muñeca dormida, perfecta y silenciosa en una urna de vidrio, que ningún príncipe destapará para besarla?

El príncipe está presente, sin embargo: ese hombre al que su hija quiso por sobre ningún otro, con devoción fanática que a la madre le había parecido siempre exagerada. Ningún varón —suspira— se merecía tanto. El yerno ha tenido, con todo, la deferencia de esperar y recibir, en esta primera visita, a una suegra que guarda contra él resentimientos varios: para empezar, el sordo debate sobre el legado espiritual y material de la difunta.

La asistente del doctor le acerca, oficiosa, una silla. Quizá cree que la señora, ya entrada en canas y excedida de peso, tan pálida como lo fue la hija, está a punto de desplomarse, abrumada por la emoción del reencuentro. Pero doña Juana no es menos dura. Hace una seña a Blanca y a Erminda. Apoyada en ellas, se arrodilla sobre el piso desnudo y reza un largo rato, sin buscar reparo. Cuando lo ha dicho todo, acepta la silla y se acomoda para mirar a la yacente. Alarga los dedos, le roza apenas el pelo trenzado, sin atreverse a más, como si la mejilla que desea tocar pudiese quebrarse o derretirse bajo el contacto.

El destino la ha sorprendido con brutales metamorfosis. Transformó en una reina descarada y sin corona a la nena que apenas ayer corría, en alpargatas, por las calles de tierra de un pueblo perdido. Y acaba de convertir a la reina proletaria en una faraona clausurada en su mausoleo, condenada a una frágil eternidad de muñeca. Mujeres y muñecas: unidas desde los orígenes. ¿No es una muñeca el primer amor de toda niña? ¿No es el espejo en el que se mira cualquier aprendiz de mujer, fascinada por su propio resplandor futuro?

En la niñez de María Eva, la Cholita, casi no hubo juguetes y tampoco espejos deslumbradores. El primer amor de Eva no había sido una princesa triunfante sino más bien una belleza minusválida: una refugiada de la mala suerte, milagrosamente aparecida sobre sus alpargatas una mañana de Reyes. Era alta, rubia, con pedigree de porcelana, pero también con una pierna menos. Doña Juana la había encontrado entre los rezagos de un bazar, ofrecida por el precio ínfimo que estaba a su alcance, y había explicado la pérdida de la pierna como el efecto desastroso de una caída del camello de los Magos. Eva, entonces, la quiso más que si hubiese sido perfecta. Se sintió obligada a compensarla de una tragedia provocada por el descuido de sus tres presuntos padres protectores, tan insuficientes como si fueran menos que uno, que la habían dejado deslizarse camello abajo y se habían marchado, aturdidos por el apuro.

Eva había pensado por ellos y más que ellos. La mutilación desapareció pronto bajo un vestido largo y azul, esmeradamente cortado y cosido por las hermanas mayores, y la muñeca paseó en carroza (un cajón de manzanas forrado con retazos) al que habían amarrado un cinturón en desuso. Su hija seguiría siendo siempre esa niña reparadora y maternal, obstinada en cubrir las ausencias de Dios Padre y de todos los padres.

Pero Eva había sido también ella misma una rara muñeca viviente, pintada, peinada y vestida de mil maneras, en escenarios cambiantes. Doña Juana recuerda, como en una película bruscamente acelerada, esas vicisitudes portentosas, que se sucedieron en tan pocos años. O los ejercicios de ventriloquia de los programas de radio, donde mujeres muertas en países remotos hablaban desde su voz apasionada y levemente ronca. Hasta que el coronel Perón descubrió el poder oculto en esas personificaciones de reinas y guerreras y supo convertirla —según decían los enemigos de ambos— en una muñeca adaptada para sus propios fines.

Doña Juana se irrita, rencorosa. Varones y mujeres igualmente implacables han criticado a su hija por razones opuestas. Bien por comportarse como un títere en manos de un ominoso titiritero, o por colocarse ella misma en el trono detrás del poder desde donde decidía los destinos de una república cada vez menos republicana. Ya pueden dormir tranquilos, murmura. Al menos, los segundos, porque los primeros, aquellos que vieron a Eva como una marioneta quizá justifiquen más que nunca sus juicios mordaces. Ahora, en efecto, ella es un objeto rígido y silencioso, que ya sólo habla por las imágenes filmadas de sus discursos, transportable con más facilidad que una estatua y mucho más efectiva que el mármol en su poder fascinador. Al fin y al cabo, una escultura no es más que un pedazo de piedra, mejor o peor trabajado por un artista humano. Pero esta Eva, aunque tenga, al tacto, una dureza escultórica, es la huella transfigurada de un cuerpo vivo, única e irrepetible obra del Dios que decidió también cuándo ese cuerpo debía dejar de moverse, de imprecar, de gozar y de reír, de trastornar multitudes sobre la faz de la tierra como pocos hombres y casi ninguna mujer lo habían logrado antes.

Le parece un consuelo extraño y doloroso verla así, reencontrar en la cara dormida, en el pelo que ha continuado creciendo después del final, todas las exterioridades de la vida, y resignarse, otra vez, a que ninguna llamada humana podrá despertarla. Ni siquiera la suya. Ese cuerpo, con huesos y entrañas reales pero muertos, se le antoja, también, un cuerpo nuevamente vulnerable. Sería mejor, se le ocurre, la disolución total: incorporarse a la tierra madre donde nada se pierde y todo se transforma, y esperar en el fondo, protegida, secreta, hasta ser despertada por el último Juez. ¿Será posible que un cadáver sufra? ¿Qué siga padeciendo un cuerpo después de haber cruzado el dolor hasta su último extremo? No lo sabe, pero teme que esa Eva póstuma, encerrada en una muñeca hecha con su propia materia, no descanse en paz.

Sale del cuarto, escoltada por sus hijas, por su yerno, el General, y por el doctor Ara: los dos hombres que pueden y que saben, los que han decidido por ella y acaso a pesar de ella prolongar la presencia tangible de un amado fantasma entre los vivos.

El Viudo. Madrid, 1971
Para muchos sigue siendo el viudo de la Única, la Irreemplazable, aunque se haya casado de nuevo con esa mujer menuda que necesita de altos peinados para llamar la atención sobre su persona porque le falta el ser que la Otra tenía en exceso y que derrochó a manos llenas, hasta quemarlo, durante su rápido paso por la tierra. Muchos, también, lo acusan de haber dejado a Eva sola para siempre, librada a su suerte en manos de los vencedores, mientras él se parapetaba en un exilio parecido a una jubilación tranquila y decorosa.

El viudo destapa el cuerpo, cubierto por una sábana de seda. Se le caen las lágrimas, como a la mañana, cuando por primera vez volvió a verla. En realidad, nunca ha dejado de verla, en sueños o en la inquieta duermevela, a la luz difusa de los amaneceres insomnes, cuando aparecen todos los fantasmas reales en los que no cree. Ella ha estado siempre rondando, mirándolo con una mezcla de ironía, piedad y acendrado amor, como si hubiese madurado en la ultratumba donde sin duda lo aguarda, sabiendo que todas las demás, las que hubo antes y las que hubo después, se desvanecerán ante su presencia como la pelusa de las flores del cardo, deshechas por el viento. El viudo se acerca, quebrado y reverente. La ama tanto como le teme, y le teme más, a medida que ella va creciendo del otro lado de la Muerte.

No fue siempre así. La muchacha que conoció en el festival a beneficio de las víctimas del terremoto de San Juan lo había encantado y divertido. No por la sensualidad impúdica que le atribuía el relato mítico de sus enemigos y que nunca poseyó, sino por las contradicciones y las desmesuras que la compusieron. Sin haber leído casi nada lo intuía casi todo. Ambiciosa hasta la temeridad, luchaba contra los terrores nocturnos y las precariedades de su cuerpo. La sacudían cóleras terribles y ternuras devastadoras.

Se acerca despacio a los pies de la difunta, tan estropeados como si hubiera hecho caminando su largo itinerario por países, depósitos y criptas. Las plantas están cubiertas por una capa de alquitrán, atacadas por los hongos. Pasa la yema de los dedos por la piel congelada de los tobillos, que habían sido, cuando estaba sana, ligeramente gruesos y que atormentaban su vanidad de joven estrella.

En vida, Eva solía ser temible para otros, pero no para él. Quizá ignoraba la mitología griega, pero no había dejado de reconocerlo como el maravilloso Pigmalión que había despertado a la Bella Durmiente prisionera del abandono y la injusticia, el que la había redimido de su condición de víctima oscura para llevarla al centro luminoso del poder. Eso, la oscuridad de la que ambos venían, era lo que los había unido más profundamente, pese a las diferencias de edad y de instrucción. El hijo natural de Mario Tomás Perón y de una empleada doméstica, la india Juana Sosa, aunque nieto de un médico eminente y legitimado por el tardío matrimonio de sus padres, podía comprender, desde las vísceras, a Eva la bastarda, que además sufría el inmerecido castigo de ser hembra y pobre.

Nadie tendría por él mayor gratitud que esa niña despreciada, oculta bajo el brillo reivindicador de las tapas de las revistas y los vestidos de baile, cuando –en contra de la cúpula militar, indiferente a las críticas o quizás acicateado por ellas-- se casó por el Registro Civil y por la Iglesia con aquella que la mayoría de sus compañeros de armas y la buena sociedad equiparaban a una puta.

Eva, convertida en la Señora, le había sido conmovedoramente fiel, aunque estaba lejos de ser obediente. Entre tantas otras cosas, no le había pedido anuencia para los desplantes de su viaje a Europa, que le dieron allí tanta fama como las joyas, las complicadas toilettes y la impuntualidad recurrente. ¿No había llegado a decirle, a la misma Carmen Polo de Franco, “a mí, ni mi marido me fija los horarios”? En realidad, afirmaban, a él le había complacido sostenerla en sus insolencias, que no eran sino la confirmación de su propio poder, ante el que todos, adictos y adversarios, bajaban la cabeza.

Paradójicamente, había comenzado a temer a Eva hacia el final, cuando aquellos que la odiaron respiraban ya con alivio y hasta con indisimulada celebración. Esa Eva, reducida a piel y huesos, pero capaz de dictar el impublicable testamento político de “Mi mensaje” era la sombra que lo desvelaba desde su sobremuerte. Había nacido, tal vez, el mismo día del Renunciamiento. Cuando su propia enfermedad mortal, por un lado, y el deseo de su marido de no malquistarse con los mandos militares, por el otro, la colocaron ante la encrucijada de declinar su candidatura a la Vicepresidencia.

El General le roza la frente con los dedos, le acaricia el pelo empastado y sucio por los años de prisión y descuido. Esa Eva, la última, había querido armar al pueblo para que defendiera por sí mismo la Revolución peronista. Esa Eva, convencida creyente, era la que acusaba a las jerarquías clericales por haber relegado la causa de los pobres y haber traicionado la Palabra de los Evangelios.

El General prefiere no escucharla, aunque reconoce los ecos de su pasión en muchos de los jóvenes que vienen a verlo y que traman su inminente retorno a la Argentina. No los disuade, no los desalienta. Es mejor que ahora los anime la furia de la Evita también joven, con la que se identifican. Una vez en el país, ya habrá tiempo de domesticarlos, de aplacarlos, de que escuchen razones. Si no mueren antes, ellos también envejecerán: se enfriarán, serán astutos, pactarán como todos, salvo Ella, la muerta, que lo mira con los ojos cerrados mientras el General sale del cuarto retrocediendo paso a paso, sin darle jamás la espalda, como si saludara a una reina.

La madre. Buenos Aires, 1977
La muñeca es el único ser vivo y entero en la casilla deshabitada.
Ema se abre paso hacia ella entre libros rotos y abiertos, un estetoscopio desarmado, pinzas e instrumentos de cirugía, muebles precarios hundidos a culatazos, ropas desgarradas y esparcidas por los rincones del cuarto.

—¿Todavía no ha tenido noticias? —oye que le dicen—.

Niega con la cabeza.

—¿Y ustedes? —alcanza a preguntar.

—Nada, desde que las sacaron de la cama el lunes a la noche. Nos dimos cuenta sólo por los ruidos y los golpes. A ellas no las oímos gritar.

Ema siente que las palabras se deslizan por fuera, en la superficie de las cosas. La piel se le ha vuelto de un plástico suave y resistente, como el cutis antiguo y casi invulnerable de la muñeca. La toma entre los brazos mientras se deja conducir al exterior por manos oscuras y voces en sordina. Sube al auto que la ha llevado hasta allí, sin hacer más preguntas, como si ya lo supiera todo.

Cuando entra en su casa, el marido la está aguardando en la penumbra del living.

—¿Cómo te fuiste allá sola? Es una imprudencia ¿No podías haber esperado un poco más? Hubiéramos ido juntos.

Ema habla de golpe, turbulenta, y llora a destiempo, por todo lo que no ha llorado mientras la rodeaban los extraños.

Él imagina soluciones, desecha reparos, inventa palabras razonables en las que no cree. De pronto, repara en la muñeca que Ema no ha soltado todavía.

—¿Qué es esto? ¿Dónde la encontraste?

—Estaba en la casilla. Sería de Julia, supongo. Es lo único que no destrozaron.

Él la libera con cuidado de la prisión o el amparo de los brazos. La coloca despacio sobre la mesa baja del living. Los dos la miran, perplejos.

La muñeca tiene una belleza convencional, inocua. Tal vez por eso la han respetado las armas. Es rubia, de cabellera larga y suelta, vestida de un azul claro como los ojos que se abren y se cierran entre pestañas tupidas.

Ella la revisa detalladamente, levanta el vestido, desabrocha los botoncitos de la espalda. Es una muñeca del tiempo de Perón. Las que Eva mandaba regalar para el Día de Reyes. Se miran, perplejos.

Julia es del año cincuenta y cuatro. Ha nacido después de la muerte de Eva, y casi después del poder de Perón. Y aunque así hubiese sido, ellos nunca se hubieran presentado a retirar semejante dádiva, ni a ninguno de la familia se le hubiera ocurrido regalarle ese mismo ángel inverosímil que en el Día de Reyes se posaba sobre las alpargatas de los “cabecitas”.

—A lo mejor se la obsequió alguna de las mujeres a las que atendía —aventura Ema—. Como no les cobraba.

Vuelve a vestirla, le alisa el pelo, le dobla las piernas y la sienta, sumisa y ordenada, contra los almohadones del sofá.

—Luis... Me olvidaba decirte. También se llevaron a la monja francesa.

Él tose, aterrado. Si ni siquiera la Iglesia ni las potencias de Europa pueden o quieren extender sus brazos casi todopoderosos para cubrir a uno de los suyos... ¿qué harán ellos?

Se van a dormir, o a fingir que duermen. Ema da vueltas, perturbada y aterida. La muñeca incomprensible la persigue en el sueño, desbordante de significados ambiguos. Se ve a sí misma arrodillada junto al alféizar de la ventana en su cuarto de niña, mirando sus zapatos de la Noche de Reyes, cuando aún no tenía siete años. Los párpados se le van cerrando con el sopor que precede a la madrugada y que termina venciendo todos los ojos infantiles: por eso ningún chico ha visto nunca el paso de los Reyes con sus turbantes de brocado o su mitra de donde brotan estrellas, y un rastro suntuoso de incienso que deja marcas doradas en el aire. Pero antes de que se duerma del todo, alguien le pone una muñeca, esa muñeca, entre los brazos. No son los Reyes. Es Evita, la Eva. No la Señora doña María Eva Duarte de Perón. No la diva presidencial con sus ropas de Reina Egipcia, ni de Ángel Azul, ni su absurda capa de martas cibelinas bajo el sol más ardiente del verano español. Tampoco la mujer de ajustado traje sastre, que no come y que apenas duerme, sentada tras su escritorio de la Fundación, donde atiende a los indigentes, besa a los leprosos y a los sifilíticos, escucha a los desesperados, calma, cura, consuela, reparte dones palpables, acariciables, de cercana materia, más inmediatos que la gracia de Dios.

Esta Eva llega descalza pero con las uñas de las manos y de los pies pintadas de una laca traslúcida. Vestida sencillamente con una túnica blanca, como si viviese en el Cielo, pero sin alas. Tiene el cutis seco y transparente como un papel de calco. Ema fuerza los ojos. Cree reconocer la foto de la Enterrada, devuelta por fin a sus hermanas y sepultada en un cementerio argentino.

Esta Eva muerta no la asusta, no obstante. Si bien nunca la ha tratado en persona, la saluda como si fuese una vieja conocida, e intenta devolverle la muñeca con deferente cortesía, para no ofenderla.

—Muchas gracias, Señora. Pero ya soy demasiado grande para estas cosas. ¿Por qué no se la regala a alguna nena?

Eva le roza, con brusco afecto, la mejilla derecha. Aunque las manos están rígidas, las yemas de los dedos tienen la textura delicada de un pétalo.

—Ninguna mujer es demasiado grande para tener una muñeca.

Ema insiste en el rechazo, mientras mira de reojo a los costados, con un apuro tímido, como si temiera que su padre apareciese en cualquier momento y la viese aceptar esa donación bochornosa. Eva se impacienta. Suelta una palabrota.

—¡Si serás....! No sé cómo me aguanto las ganas de pegarte una cachetada. ¿Querías saber de tu hija, no? Ya me agradecerás ese regalo. Pero no te espantes —añade con voz quebrada, compasiva—. No tengas pena, porque todo pasa.

Ema mira otra vez a la muñeca. Cuando busca nuevamente a Eva con los ojos, ya ha desaparecido. No de a poco, difuminada en un halo, como las imágenes de santas en las películas viejas, sino de golpe, como si una explosión inaudible la hubiera arrancado del mundo.

El ruido de la explosión se oye sólo del otro lado del sueño. En la pantalla de la calle, iluminada por faros, traspasada por sirenas, se suceden golpes, tiros y gritos. Ema se incorpora, repentina, convulsa. Quiere precipitarse hacia el balcón, abrir de par en par, mirar afuera. El marido la detiene. Se acerca él a la puerta ventana, espía por las rendijas de los postigos.

—Parece una requisa en la otra cuadra. No te muevas, querida. No es asunto nuestro. Ya bastante tenemos con lo que nos toca.

Ella apoya la cabeza contra la almohada mientras un brazo la rodea, empeñado en protegerla. Piensa en la muñeca que ha quedado en el piso de abajo, apoyada en el sofá, mirando al vacío con su cara seca, pálida, perfecta.

La mañana siguiente, Ema recuesta la muñeca sobre la cama, en la habitación que fue de su hija. Le ha lavado y almidonado el vestido, la ha peinado y le ha recogido el cabello en un rodete. Pasa cada vez más horas del día en ese ámbito de la casa, ya hace tiempo vacío de la presencia humana. Reordena papeles, revisa cartas, mira las fotos de una nena de pelo renegrido, en cuya cara asoma todo lo que hay de sangre meridional en la familia, y que en nada se parece a la muñeca. Teje pulóveres absurdos para abrigar un cuerpo lejano y ya inalcanzable.

Mientras tanto, Luis busca huellas por los despachos y las oficinas del ancho mundo exterior, donde siempre ha sabido moverse tan hábilmente. Pero los expedientes se pierden en las comisarías y los ministerios. Las voces de los amigos y conocidos se debilitan en susurros inútiles, corteses, o se precipitan, abruptas, en despeñaderos de silencio y miedo. Vuelve a la casa cargado apenas de consolaciones evasivas o de promesas ineficaces, avergonzado de sí mismo. Las audiencias con los altos jefes castrenses nunca llegan, o son denegadas —hay demasiados casos como el suyo—. El mundo que antes era una llanura confiable, fácil de transitar, se ha convertido en un campo minado, donde acechan enemigos ignotos y donde cualquier imprudencia podría provocar catástrofes.

Ema lo ve debilitarse y caer en el camino, sin que ella tienda las manos para ayudarlo. Los separa una zona impalpable de distancia. Los pies le pesan, los brazos se le agarrotan. Se siente incapaz de abandonar el dolor quieto y casi amodorrado del tiempo que se detiene en la habitación de Julia, como una modesta parodia de eternidad. Hasta que ve aparecer los primeros cambios en el cuerpo de la muñeca.

Una tarde el vestido azul empieza a teñirse de sangre a la altura del vientre. Ema levanta con horror la sobrefalda esponjosa de organza, y la falda de raso. La tensa piel de plástico se ha vuelto blanda, vulnerable, quebradiza, marcada por incisiones de cuchillo. Deja caer el cuerpo chico sobre la colcha de seda. Baja las escaleras, jadeante y en fuga. Afuera la está esperando el atardecer manso, vegetal, de cielo accesible, que tienen las ciudades en los suburbios. En algún lugar están quemando ramas y troncos enfermos. Ema aspira el olor a resina que exuda el incendio de tanto despojo. Empieza a ver esa ciudad que se le entrega como si fuera otra casa, no mucho más grande que la suya, donde su hija está jugando a las escondidas. Cuando vuelve, ya se ha hecho la noche. Un cielo excepcionalmente limpio trasluce con perfección los brillos altos de las Tres Marías y de la Cruz del Sur, más próximos sin embargo, y más resplandecientes, que los faroles mezquinos del alumbrado público.

Tras las cortinas del living hay una luz, y la silueta de un hombre encorvado sobre sí mismo. Ema, que no tiene llave –tanta ha sido la precipitación y la angustia de la huida- toca el timbre. Oye la voz de Luis, que indaga quién es, con una cautela antes desconocida. Cuando ella responde, él abre la puerta y la abraza, reprobándola.

—¿Dónde estabas? ¿Por qué me hiciste esto? ¿Cómo se te ocurrió irte sin avisarme, de esa manera?

—No lo pude evitar, Luis. Es que la muñeca empezó a sangrar. La cortaron, le hicieron tajos.

Él la mira y la toma del brazo para subir las escaleras, como si Ema pudiera desplomarse y rodar al primer golpe de aire.

Ya en la habitación, levanta la muñeca y se la muestra: el raso azul luce intacto, lo mismo que la espuma de organza. El vientre de plástico inmutable no tiene una hendidura, ni siquiera la marca de un roce.

—¿No ves? No pasa nada, no hay nada. Vas a enloquecerte todo el día acá sola, con las cosas de Julia. Tendrías que salir, distraerte, ver a tus amigas, volver a la vida de antes. Yo... yo hice todo lo que pude.

Ema asiente. Va a salir, pero no para volver a la vida anterior sino para crearse otra, porque ella aún no ha hecho todo lo que puede. Empieza a transitar por las oficinas públicas, y encuentra, en los pasillos, a otras mujeres. Comienza a frecuentar los lugares donde se reúnen las madres sobrevivientes, pero no se lo dice a Luis. Un día piensa en un primo lejano, militar todavía en actividad. Consigue una entrevista y lo visita en su despacho.

Es un hombre concentrado y flaco, que exhibe su brusquedad como otros su seducción. Él la escucha, mudo, durante un rato largo.

—Ya lo sabía todo— le dice, cuando termina.

—¿Por qué me dejaste hablar, entonces?

—Hablar consuela, desahoga, ¿no?

—Yo no quiero consuelo. Quiero que me devuelvan a mi hija.

—Hay otros que también quieren que les devuelvan sus hijos, o sus padres, o sus hermanos. ¿No sabías que un chico mío murió en Tucumán? ¿Que lo mataron los guerrilleros?

—No. Hace mucho que no nos vemos y yo no estoy tan informada como ustedes. Lo siento de veras. Pero ni mi hija ni la monja francesa mataron a nadie. A la villa iban a trabajar, a ayudar.

—Puede ser. Aunque por algo se empieza. Cualquiera sabe que las villas son aguantaderos de la subversión. Y en cuanto a tu hija y a la monja, no creas que se limitaban a vacunar negritos y a enseñarles el catecismo. Se metieron a averiguar lo que no debían. Estaban protegiendo a mujeres que buscan gente, como vos... ahora.

—¿Cómo no iban a buscar a los suyos? También yo las hubiera ayudado.

Él la mira. Por un solo momento, a ella le parece que tiene las pupilas como la muñeca de Eva, claras y aparentemente huecas, pero capaces de reflejar el dolor de los otros.

—No puedo decirte dónde está. Por lo demás, creo que sigue viva todavía.

Esa noche Ema gira la cara al techo con los ojos abiertos, mientras Luis duerme un sueño duro y artificial. Todas las luces están apagadas, salvo la pequeña lámpara del cuarto de Julia, que la madre se obstina en mantener encendida como si la habitación fuese una capilla ardiente donde alguien sigue en pie noche tras noche, velando a su muerta.

Un gemido comienza a enredarse en las cortinas apenas flotantes, mueve la puerta entornada, contamina de un duelo violeta el hilo de luz que llega del cuarto. Luego se convierte en un llanto y después en un murmullo de oración y después en el grito de un dolor imposible. Como el de un cuerpo vivo al que le hubieran trepanado el cráneo y abierto las venas para vaciarlas de sangre humana y llenarlas de alcoholes y de ácidos.

Ema clava las uñas en el colchón mientras la frente se le cubre de un sudor corrosivo. Luego se levanta y se dirige hacia el otro dormitorio, guiada por la estela de luz sombría. Antes de abrir la puerta de par en par, cierra los ojos. No se atreve a mirar de frente la piel martirizada de la muñeca. Teme encontrar un cuerpo sajado y mutilado, desnudo, herido por injurias y por golpes. Sin embargo, cuando abre los ojos, ella sigue rígida sobre el almohadoncito infantil en forma de corazón. Ni una sola de las hebras de náilon casi platinado se escapa del rodete tirante. El vestido de fiesta, expandido en forma de corola, rodea la cabeza impecable como el halo enjoyado de una reina difunta.

Ema levanta con aprensión esa campana de esplendor azul, y grita sin voz, como en las pesadillas. Mínimos manantiales de sangre fresca brotan en los lugares donde una mujer adulta hubiera tenido el sexo y los pechos. El torso parece comido a dentelladas, carbonizado por partes, perforado por agujeros de vacío que borran, hacia abajo, los tonos luminosos de la colcha de seda.
Fuente:Telam

Peronismo y socialismo
Autor: Juan José Hernández Arregui
Editorial: Continente
Este libro aparece en circunstancias agitadas de la vida política argentina y tiene por finalidad esclarecer algunas cuestiones que interesan y dividen a los argentinos. No es un libro neutral. Por su misma naturaleza, el trabajo carece de pretensiones teóricas. En otras palabras, es un libro de divulgación. Y si bien este hecho reduce su valor, tal diferencia pretende ser compensada con la enumeración de datos, de cuyo análisis de conjunto surgen en forma directa la realidad argentina e iberoamericana, la cuestión nacional y colonial, el examen del peronismo en su actual faz histórica, el papel de los sindicatos, el Ejército y la clase media, y por tanto, el destino del país mismo.

Así comienza su Prólogo el autor de esta obra, escrita en las postrimerías de la dictadura de Lanusse; es decir, cuando la larga resistencia de los trabajadores y el accionar de una juventud que había descubierto la potencia revolucionaria del peronismo jaqueaban al poder cívico-militar y tornaban inevitable el regreso definitivo de Perón a su patria.

La apasionada y lúcida mirada militante de Juan José Hernández Arregui hace de estas páginas un documento invalorable para comprender la esencia del peronismo y la de sus detractores internos y externos, y por qué hoy la juventud —política y sindical— revaloriza la obra de este autor, las enseñanzas de este maestro.

AUTOR: Nació en Pergamino, Provincia de Buenos Aires, el 29 de Septiembre de 1913. En 1931 se afilió a la UCR yrigoyenista y escribió en sus periódicos Debate, Doctrina radical y La libertad. En la década del ‘40 estudió en la Facultad de Filosofía y Letras de la ciudad de Córdoba, en la que tuvo como principal maestro al insigne Rodolfo Mondolfo. Se graduó en 1944 con Diploma de Honor y Medalla de Oro. En 1947 se produjo su acercamiento al peronismo, de la mano de Arturo Jauretche, quien lo llevó a colaborar en el gobierno bonaerense. En 1948 comenzó su labor docente en la Universidad Nacional de La Plata, y en la Facultad de Ciencias Económicas de Buenos Aires, hasta el golpe militar de 1955. En 1964 lanzó el movimiento CONDOR junto con otros intelectuales. El 19 de octubre de 1972 sufrió un atentado político en su domicilio. En 1973 fue distinguido como Profesor Emérito de la UBA. En junio de 1974 dirigió la revista Peronismo y liberación. Falleció el 22 de septiembre de 1974 en la ciudad de Mar del Plata.
Fuente:Telam

Biblioteca del sur
Año 5. Edición número 198. Domingo 4 de marzo de 2012
cultura@miradasalsur.com
Amor de aeropuerto
Después de una breve temporada en Italia, María planea regresar
a Madrid para seguir con su vida cotidiana. Sin embargo, en el aeropuerto de Roma su mundo será sacudido cuando conozca a Eva, una mujer bella, atractiva y enigmática que termina fascinándola. Ambas se ven obligadas a permanecer en la ciudad más tiempo del que habían previsto, ya que todos los vuelos han sido cancelados a causa de una amenaza de atentado. Desde ese momento, recorren juntas la ciudad, mientras se descubren la una a la otra. Éste es el inicio de una apasionante historia de amor entre dos mujeres, retratada de manera sutil y conducida por escenas memorables. A través de sus protagonistas, Susana Guzner muestra las primeras luces de la seducción y los claroscuros de
una pasión desbordante, llena
de sensualidad, dudas, ironías, desencuentros y complicidad.

Título: La insensata geometría del amor.
Autor: Susana Guzner.
Editorial: Punto de lectura

Las fallas del capitalismo
En México, lo que ha fallado es el capitalismo. Desde el título, el trabajo que publican los autores marca la línea general de su investigación. Ni una variante
(el keynesiano o el neoliberal), ni
una distorsión (el dependiente o subdesarrollado), sino el capitalismo sin adjetivaciones. De la Revolución Mexicana a la actualidad, pasando por las luchas de los estudiantes y obreros del '60, el zapatismo, la Comuna de Oaxaca, la pelea contra las privatizaciones y con un análisis de las sucesivas crisis que golpean desde fines de los '70, Alejandro
Valle Baeza y Gloria Martínez González logran la difícil tarea de
una explicación rigurosa y documentada de la historia
mexicana con un gran sentido didáctico. Articulan, de esta forma, una explicación general que servirá para entender que "su" crisis es "nuestra" crisis y que el internacionalismo obrero lejos de
una consigna vacía es una
necesidad acuciante.

Titulo: México, otro capitalismo fallido.
Autor:Alejandro Valle Baeza y Gloria Martínez González.
Editorial: Razón y revolución.
Fuente:MiradasalSur


MÚSICA
Roger Waters dedica concierto en Chile a Víctor Jara
Santiago de Chile, 3 mar (PL) El exlíder de Pink Floyd, Roger Waters, dedicó su primer concierto en esta capital al cantautor chileno Víctor Jara y a todas las víctimas de la dictadura militar de Augusto Pinochet (1973-1990).

"Quiero dedicar este show a la memoria de Víctor Jara y a todos los muertos, desaparecidos y torturados. Los recordaremos", declaró el artista británico ante unos 50 mil espectadores congregados en el Estadio Nacional de Santiago, donde fue precisamente asesinado el reconocido trovador.

El exvocalista de la mítica banda Pink Floyd ofreció la última madrugada un portentoso show en un escenario compuesto por una pared de casi 80 metros de largo y con efectos de pirotecnia y sonido cuadrafónico. "La idea es que la gente sienta que está dentro de una película", señaló Waters.

El público lo ovacionó ante clásicos como Run Like Hell, Confortable Numb, In The Flesh y Another Brick on The Wall, tema este último interpretado con un coro de niños chilenos.

Durante su estadía en Chile el exmiembro de Pink Floyd se ha pronunciado a favor de la lucha de los estudiantes por una educación gratuita y en contra del belicismo y coloniaje de su país.

"Me avergüenzo de nuestro pasado colonial", subrayó tras reivindicar la soberanía argentina sobre las islas Malvinas.

"Las Malvinas son argentinas", enfatizó el creador del célebre disco "The Wall".

Esta noche el músico británico tendrá su segunda y última presentación en Chile, antes de continuar su gira que lo llevará también a México, Brasil, Argentina y Estados Unidos.
Fuente:PrensaLatina

03 de Marzo
A 30 años de “no llores por mí” Seru Girán
Por Sergio Arboleya
Seru Girán, cuarteto de eximios artistas que logró una síntesis rockera capaz de combinar impacto, belleza y popularidad, concretó tres décadas atrás, los días 6 y 7 de marzo de 1982 en el estadio porteño de Obras, su primer disco en directo con el que marcó el final de una notable trayectoria de cuatro años.

El conjunto integrado por Charly García en teclados y voz, David Lebón en guitarra y voz, Oscar Moro en batería y Pedro Aznar en bajo, logró en esas dos inolvidables noches dar forma al disco “No llores por mí, Argentina”.

Con ese registro, Seru saldó la deuda capaz de dejar registro de lo que la banda era capaz de ofrecer en directo y despedir a Aznar que viajaría a Estados Unidos para estudiar y sumarse al Pat Metheny Group.

El álbum permitió el estreno del tema que dio título a la despedida y una festejada versión de “Popotitos” y se completó con una suerte de grandes éxitos que la banda había plasmado en sus anteriores cuatro placas: “Serú Girán” (1978), “La grasa de las capitales” (1979), “Bicicleta” (1980) y “Peperina” (1981).

“En la vereda del sol”, “Salir de la melancolía”, “Esperando nacer”, “Canción de Alicia en el país”, “Cuánto tiempo más llevará”, “Seminare”, “Mientras miro las nuevas olas”, “Encuentro con el diablo” y “Eiti Leda” completaron el recorrido capaz de exhibir la fuerza, el lirismo y el testimonio de una de las máximas expresiones de la historia del rock argentino.

“No llores por las heridas/que no paran de sangrar/No llores por mí, Argentina/te quiero cada días más”, repite el estribillo de la canción con la que Charly propuso una respuesta irónica al “Don`t Cry for Me Argentina” que Andrew Lloyd Webber y Tim Rice compusieron para el musical “Evita” creado dos años antes.

De la mano de “No llores por mí…”, Seru -en su tiempo criticado por la cierta frialdad de sus registros discográficos- consiguió empalmar varias de las canciones claves de su inspirado repertorio con el altísimo nivel de sus perfomances en directo.

Formado en 1978 en Brasil después de que García resolviera la conflictiva disolución de La Máquina de Hacer Pájaros, la agrupación fue impulsada por el también ex Sui Generis y Lebón, sumó la potencia de Moro (que venía de trabajar con Charly en La Máquina) y catapultó al jovencísimo y talentoso Aznar.

En la ciudad de San Pablo, los cuatro compusieron más de 15 temas y escogieron los que serían parte del álbum debut con el nombre de la banda que completó su grabación en Los Angeles para ofrecer canciones como “Eiti Leda”, “El mendigo en el andén”, “Separata”, “Seminare”, “Voy a mil” y “Cosmigonón”.

El registro, que incluyó la presencia de una orquesta de 24 integrantes en algunas piezas, encontró resistencias en la crítica y el público, pero ese rechazó no menguó la decisión estética de los creadores que doblaron la apuesta con “La grasa de las capitales", publicado en 1979.

Con una mayor dosis de rock que, sin embargo, no eliminó la búsqueda por conformar un entramado con referencias jazzeras y un cuidado trabajo vocal, la insistencia tuvo su premio y obras como “Noche de perros”, “Viernes 3 AM”, “Los sobrevivientes” y “Perro andaluz” ayudaron a allanar el vínculo entre Seru y el público joven.

La innovación constante y mucho por decir, tocar y cantar se multiplicaron gracias a “Bicicleta”, que en 1980 irrumpió con un cancionero bellísmo en que destacaron “A los jóvenes de ayer”, “Cuánto tiempo más llevará”, “Canción de Alicia en el país”, “Mientras miro las nuevas olas”, “Desarma y sangra” y “Encuentro con el diablo”.

En ese tránsito sobre ruedas, la banda presentó el disco los días 6 y 7 de junio en Obras inaugurando la puesta en escena en los conciertos de rock (gracias al aporte de Renata Schussheim, vieja amiga de Charly) y dando inicio a una serie de grandes shows.

En agosto, Seru se presentó en el Monterrey Jazz Festival en Río de Janeiro y su actuación mereció elogios generalizados del público y de otros colegas como John McLaughlin, Hermeto Pascoal, Egberto Gismonti, los Weather Report y, básicamente, Pat Metheny quien se fascinó con Aznar.

A mediados de septiembre, la banda quiso marcar otro hito al coordinar con Spinetta Jade la realización de un par de recitales con ambas formaciones compartiendo simultáneamente el escenario y cerró el año a lo grande convocando, el 30 de diciembre en La Rural, a 60.000 espectadores.

1981 trajo “Peperina”, un trabajo que completó el amasado concepto musical y estilístico de la agrupación y en donde brillaron composiciones que pasaron a integrar la galería de obras cumbre del rock local como la que da título al disco, “Llorando en el espejo”, “Esperando nacer”, “Cinema verité”, “En la vereda del sol” y “Salir de la melancolía”.

La partida de Aznar apuró el final de un proyecto que dotó al rock argentino de una propuesta que al amparo del talento de sus miembros logró multiplicar la cantidad de adeptos del género en el país y que mostró que una banda local era capaz de asomarse a las grandes ligas internacionales.

Un García lúcido y filoso, las dotes melodistas de Lebón, la arrolladora precisión de Moro y el hallazgo virtuoso de Aznar confluyeron en un conjunto irrepetible que sembró un mojón dentro de las músicas populares creadas en esta parte del mundo.

El par de conciertos del que se cumplirán 30 años en pocos días fueron el testimonio final de una experiencia que no mereció la vuelta meramente comercial que los cuatro encararon en 1992 con varios megashows en los estadios de Rosario Central, Córdoba y Monumental y la publicación de dos cd`s sin mayor trascendencia.
Fuente:Telam


CINE
Sorín vuelve a la Patagonia, esta vez, para rodar "Puerto Deseado"
Carlos Sorín volverá a la Patagonia argentina a mediados de marzo para rodar "Puerto Deseado", filme que tendrá como figuras centrales a Alejandro Awada, Vicky Almeida así como actores espontáneos como los que viene convocando el cineasta desde "Historias mínimas".

"Es una historia emotiva, la de un hombre de unos 50 años, un ex alcohólico que se desintoxicó y quiere empezar una nueva vida y recuperar todo lo que perdió por esa adicción", anticipó Sorín en el portal de la Municipalidad de Puerto Deseado.

"Entonces -dice refiriéndose al personaje protagonista- busca un hobby y decide venir a pescar a Deseado, porque él sabe que su hija esta acá, más allá de que hace como diez años que no tenga contacto con ella", explicó con más detalle el cineasta.

"Entonces la busca, la encuentra, y encuentra un nieto que no conocía. Esa historia, aparte de los tiburones que no aparecen a pesar de que los va a pescar, es el núcleo de la película", concluyó el director que en 2011 estrenó "El gato desaparece".

En enero se realizaron castings para una docena de personajes que requieren no profesionales en Viedma y Comodoro Rivadavia, más allá de que el rodaje será en Puerto Deseado, con algunas escenas en las vecinas Caleta Olivia, Fitz Roy, Jaramillo y Tres Cerros.
Fuente:Telam



POESÍA
Los enemigos
Ellos aquí trajeron los fusiles repletos
de pólvora, ellos mandaron el acerbo
exterminio,
ellos aquí encontraron un pueblo que cantaba,
un pueblo por deber y por amor reunido,
y la delgada niña cayó con su bandera,
y el joven sonriente rodó a su lado herido,
y el estupor del pueblo vio caer a los muertos
con furia y con dolor.
Entonces, en el sitio
donde cayeron los asesinados,
bajaron las banderas a empaparse de sangre
para alzarse de nuevo frente a los asesinos.

Por esos muertos, nuestros muertos,
pido castigo.

Para los que de sangre salpicaron la patria,
pido castigo.

Para el verdugo que mandó esta muerte,
pido castigo.

Para el traidor que ascendió sobre el crimen,
pido castigo.

Para el que dio la orden de agonía,
pido castigo.

Para los que defendieron este crimen,
pido castigo.

No quiero que me den la mano
empapada con nuestra sangre.
Pido castigo.
No los quiero de embajadores,
tampoco en su casa tranquilos,
los quiero ver aquí juzgados
en esta plaza, en este sitio.

Quiero castigo.
PABLO NERUDA
Pablo Neruda es un poeta chileno galardonado con el Premio Nacional de Literatura y el Premio Nobel de Literatura. También se desempeñó como diplomático y fue miembro activo del partido comunista, compromiso político que muchas veces se ve plasmado en sus obras. Ampliamente conocido por sus obras Veinte poemas de amor y una canción desesperada y sus Cien sonetos de amor, también es el autor de poemas tales como Ahora es Cuba, Alturas de Macchu Picchu, Los enemigos y Si tú me olvidas, entre tantas otras




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