Estas fotos que les envío fueron sacadas cuando Néstor era presidente y vino a Forja, está Emi D´Ambra de Familiares, Sonia Torres de Abuelas, Paula Chabrol de Familiares y de la Plaza y yo que me acerqué a regalarle nuestro libro Eslabones y el me llamó para que nos sacáramos todas una foto con él. La otra es el acto de entrega del EX CCD La Perla.
Un abrazo a todos, Sara Waitman.
La muestra puede visitarse hasta el 16 de marzo, de lunes a jueves de 10 a 22 horas y de viernes a domingos de 12 a 24 horas, en las en las instalaciones del Paseo del Buen Pastor, avenida Hipólito Yrigoyen 325.
La entrada libre y gratuita.
Envio:AexppCdba.
Textos del libro Eslabones y relatos de nuestras comp que fueron madres
Tengo frío
Hace frío, no puedo dormir; el silencio solo es quebrado por las voces de los guardias que recorren el muro de la cárcel.Me incorporo de la fría cucheta de la celda; la puerta está abierta, el pasillo en penumbras, vacío y callado. Todas las compañeras duermen, yo no puedo.
Acaricio mi panza y mi bebé se mueve y patea; faltan solo veintidós días para que nazca.
Pienso y pienso en Cacho; en esta historia de horror; en mis hijos, hace cinco meses que no los veo. ¿¡Que pensarán!?
Irrumpieron con la violencia y el odio irracional de los represores y se lo llevaron primero a él; después vinieron por mí.
¡Cuánto dolor!; cuánta impotencia; cuánto que peleo por este bebé, cada minuto, cada día.
Es de noche y hace frío, no me puedo dormir y… ¡OH!...siento que se rompió la bolsa.
Luego todo es ligero, la celadora, los médicos, los guardias, el patrullero, las sirenas, la maternidad.
Tengo frío. Me bajan del patrullero; no hay gente en la calle, nadie me ve.
Rápido, muy rápido entramos a un consultorio. ¿No sé, que aspecto tengo?; con una frazada colocada como poncho y un mono pequeñito que apenas lleva una muda de ropita.
Médicos y estudiantes que van y vienen; muy cerca los milicos y policías armados me custodian. Las cadenas en las muñecas y tobillos me hacen doler; las siento muy frías; me amarran con candados al elástico de la cama.
Las contracciones son cada vez más seguidas, más fuertes. Grito.¡Rápido, un médico, mi hijo ya llega!.
Ayúdame - me dice el doctor -tomate de las rodillas- no puedo las, cadenas no me dejan mover, le grito. El doctor toma mis rodillas y las presiona hacia mi pecho.
Siento que mi bebé asoma su cabecita y su cuerpito. ¡Ya lo tengo conmigo, sobre mi pecho!.
Es un hermoso varón parecido a sus hermanitos.
Lloro y a mi lado el milico con total indiferencia va quitando los candados; los médicos continúan con su tarea.
Tengo frío; estoy en la habitación sola con mi pequeño ¡Es hermoso! Duerme en un sueño apacible…
La guardia sigue en la puerta –Entra una señora en camisón- ¿Qué raro? Nadie puede entrar, ni acercarse a mí.
Ella me pide que “le regale el niño”. Me dice que no puede tener hijos. Que “la milica” de la puerta le dijo (que nosotras): “las terroristas (¡!)” regalábamos nuestros hijos.
(¡¡QUE HIJOS DE PUTA!!). Le digo: señora, usted se equivoca ¡JAMAS Le daría a mi niño!; veo que se va; pero vuelve una y otra vez. Finalmente se convence y me pide disculpas; me regala una batita que era del bebé que perdió.
Pienso que nadie sabe que mi chiquito nació; lo acuesto a mi lado y lo aprieto muy fuerte para darle mi calor. YA NO TENGO FRÍO.
Nuevamente la cárcel, la celda, las compañeras.
A mi Sebastián (mi bebé) ya se lo llevaron. Me lo quitaron de mis brazos.
Pienso que sin mí debe tener frío y hambre de mis pechos llenos.
Dicen que se lo entregaron a mi mamá y que antes conoció a su papá, Cacho Leal.
Estoy rodeada de: MIEDOS, TORTURA Y MUERTE. Cada minuto, cada instante quieren hacerme creer que soy una cosa; que no sirvo; que ellos deciden sobre mi vida. Que cuando salga en libertad (si es que algún día salgo viva); no serviré para nada, ni para criar a mis hijos.
Se equivocan: Voy a contrarrestar sus políticas de odios. Con el amor; con los pequeños recuerdos de vida; los instantes felices que me dieron los hijos, la familia y mis compañeros (Ahora No Tengo Frío). Pienso en ellos y me duermo.
Estela Leal
Y así fue. Hoy al escribir, lo hago en presente porque lo pienso y son tan vívidas las imágenes, los sentimientos, que parece que todo sucedió ayer.
Hoy, Sebastián, hijo amado, estás lejos de mí. La vida te llevó distante. Tus hermanos, los que vinieron antes, los que vinieron después y para Vos Cacho, compañero de siempre, donde quiera que estés, los recuerdo con este homenaje a tanto AMOR y a TANTA VIDA. A tanta fuerza, que ni el odio ni el terror de la dictadura, pudieron robarle a mis sueños.
Los Amo…ESTELA LEAL
26 de junio de 1976
Ese fue el día del nacimiento de Cecilia, la placenta se rompió a eso de la 6 de la mañana, era un sábado y yo, si bien ya había tenido un hijo (Adrián) desde el mismo momento en que entré en la cárcel (07-05-´76) me había sucedido en diferentes ocasiones que pensaba que había roto bolsa y era solamente orina. Pensé: otra vez me oriné.Pero poco después empezaron las contracciones y dolores y desde ahí en adelante mi cabeza “no funcionó más”.
En mi piso, el 2º, estaban entre las que recuerdo de ese momento: Marta -la artista-, Beatriz Cottani, Cristina García- de San Francisco-, Una señora viejita -de Rosario-; no éramos muchas porque era el piso inaugurado recién después del golpe y también estaba “La Nuchi” Acosta que hacia pocos días había parido a su hijo, creo que fue el -13/06/´76-. Le dije a la Cottani que esta vez era en serio – me dirigí a ella porque tenía una voz particular y cuando pedía algo enseguida se la escuchaba-, que nacía, no sabía si estaba a término o no, había perdido mis cuentas, pero yo sentía que nacía.
Las compañeras comenzaron a gritar pidiendo “celadora” “celadora hay una compañera que le está por nacer el hijo”. Sé que llegó una de ellas a mi celda, no recuerdo la cara ni el nombre, y me dijo: ya llamamos al médico, está llegando. Ahí recordé que una de las tantas veces que había pedido un médico había venido uno que así nomás me dijo que él era dentista no ginecólogo, pero que sabía hacer de todo, rogué para que no me tocara esa persona. A todo esto llegó el “médico” y confirmó que había empezado el parto.
De ahí en mas fue un ir y venir de gente que decían: que la 4º brigada, que el III cuerpo, tenía que dar el permiso, que el penal no se hacía cargo de sacarme sin permiso y no se cuantas cosas más. Yo veía a todos como en un sueño, no me parecía que fuera “mío”. En el fondo yo no quería que naciera, para mi era una compañía, sabía que cuando naciese se iba afuera, que no la vería más o si la volvía a ver no sabía cuando sería, si la iba a ver crecer o no…Pero también sabía que una vez nacida/do, no se podría quedar allí, en el pabellón, junto al tarrito para la orina, con la comida asquerosa, con las ventanas cerradas, con los milicos que gritaban, gritaban, gritaban…
Más o menos a eso de las 10,30 hs, llegó el famoso permiso del III Cuerpo, y así yo y mí panza, los milicos y mi miedo salimos del pabellón.
Me quedaba sola con los milicos, sin las compañeras que servían de “ayuda”, fuimos dando la vuelta por el corredor que estaba entre las paredes de afuera y la pared de los pabellones; en algún momento pensé: aquí me pueden matar tranquilamente y chau Estela.
Llegamos a la puerta y grande fue mi sorpresa, me encontré con un tanque de esos chicos, un camión y un jeep lleno de militares, “todo para acompañar a la guerrillera”, entre medio de mis contracciones no sabía si reírme o llorar.
Viajando hacia la Maternidad recuerdo que miraba hacia fuera y mi Córdoba estaba allí… Igual. Para hacerme entrar en la “Maternidad Nacional” cortaron el tránsito en toda la Plaza Colon, bajando los milicos se ponían en fila de a dos y decían: “ahora puede bajar la guerrillera”. Para mis adentro pensaba que eran locos si pensaban que yo me iba a escapar, todo mi cuerpo lo único que deseaba era un lugar donde apoyarse y mis piernas querían abrirse para dejar paso a quien quería nacer. Todos los trámites de ingreso lo hicieron ellos, haciendo de intermediarios: me preguntaban mis datos y los pasaban a quien escribía. No debía existir contacto entre el personal y yo.
Me colocaron en una gran sala, se veía que habían desalojado a las demás mujeres para dejarme sola. Me acosté en la cama y allí mismo mi brazo izquierdo fue esposado al barrote de la cama, por lo que cualquier movimiento que intentara hacer era impedido o sujeto por las esposas. Iniciaron con el goteo porque no había dilatación. Un médico y una enfermera me decían que tenía que orinar y por más que me esforzaba no pasaba nada, por lo que empezaron a estimular la salida de la orina, con gran sorpresa después de un rato la orina salió.
Como me encontraba acostada salió como un torpedo yendo a mojar al milico que era el encargado de cuidarme y que estaba a los pies de la cama, vestido de militar con armas y encima de toda su armería tenía un guardapolvo blanco “para la higiene” decía él.
A eso de las 12hs.del día Cecilia vino al mundo, el milico me había seguido hasta adentro por lo que cuando me levantaba para hacer fuerza, entre medio de mis piernas lo veía con su vestimenta, así ridículo… tan anormal todo… era un sueño del que no despertaba.
Enseguida anotaron que había nacido: a las 12 hs. del 26/06/´76, con 2,300 Kg. que de nombre se llamaría Cecilia, por supuesto que de apellido era Robledo.
La enfermera muy gentil me dijo que me llevaban a una pieza chica y que me dejaban tenerla porque sabían que al día siguiente me llevaban nuevamente a la cárcel ya que no habían hecho puntos y el parto había sido normal. No podían tenerme más tiempo por más que ellos – médico y enfermera- hubieran querido hacerlo. Me preguntaron a quien podrían llamar para avisar que había nacido, me pidieron un número de teléfono, no dirección, le di el nombre de mi tío que trabajaba en el centro. Después supe que lo habían llamado de forma anónima, comunicándole que había nacido una nena hija de una pariente suya, dijeron el apellido y nada más. A veces quisiera agradecer a esa gente que en medio de ese infierno tuvo sentimientos de solidaridad.
Así fue que Cecilia y yo nos quedamos juntas todo el tiempo, yo la miraba intentando retener su imagen en mi memoria, porque no sabía si la volvería a ver, cuánto tiempo pasaría hasta entonces o si simplemente no la vería nunca más, porque me mataban antes.
El domingo 27/06/´76 nos preparamos y a eso de las 9 hs. de la mañana dejamos la maternidad y partimos para la cárcel, esta vez estaba el camión y el jeep, no el tanque.
En vez de llevarnos a la Penitenciaria – de Bº San Martín-, nos llevaron al Buen Pastor.
Tuve que decirles yo que no era mi “cárcel”, cambiamos de rumbo y fuimos a la Penitenciaria. Cuando llegamos a Cecilia ¡le pintaron las manitos! y como no las abría bien ¡le pintaron las planta de los pies!. Nos dejaron a la entrada, me preguntaron a quien podían llamar para que la vinieran a buscar, les di la dirección de mí Mamá, y nos comunicaron que debíamos esperar allí, que no podíamos entrar al pabellón.
Eso fue más o menos a las 12 hs, del medio día, así fue que no pude cambiarla, leche no tenía, y en medio todo el mundo que entraba y salía de esa oficina. Mi madre no vino a buscarla enseguida, porque en el momento que fueron a avisarle no estaba en casa. Por lo que se presentó en la cárcel recién a las 18 hs.
Vino un teniente me mostró el documento de mi vieja y me dijo: “como ve es el documento de su mamá, ahora me da la nena, escriba el nombre que quiere que le pongan, y despídase”. Escribí el nombre de Cecilia porque con Daniel habíamos hablado de que si era nena a mi me gustaba ese nombre y él estaba de acuerdo y agregué del Valle, porque le pedí a la Virgen el milagro de hacerme salir en libertad para poder cuidarla. Fue así que en el mismo momento que le daba mí Ceci al milico y otro me tomaba del brazo pensé: “Yo no se la doy, mejor que me peguen un tiro y se acabe todo”, pero no lo hice. Creo que el instinto de conservación fue más grande.
Y así Cecilia se fue.
Yo volví caminando con los milicos al pabellón, con una gran soledad, con mis pensamientos. Sola, porque por más que las compañeras trataron de acompañarme, cuando la celda fue cerrada con llave fue inevitable esa soledad.
Estela Julia Robledo de Pituelli
-Córdoba – 2007-
Envío:AexPPCdba.
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