Domingo, 11 de marzo de 2012
El país del humo
En el mes de agosto de 1981, el número de la célebre revista de Sartre, Les Temps Modernes, estuvo enteramente dedicado a la Argentina. Sartre acababa de morir, reinaba la dictadura militar en nuestro país. El período comprendido entre el golpe de Onganía y la actualidad del Proceso era el eje del trabajo. Coordinado por el poeta César Fernández Moreno y el crítico y escritor David Viñas, contó con la colaboración de Julio Cortázar, Juan José Saer, Juan Gelman, Beatriz Sarlo, Noé Jitrik y Paco Urondo, entre otros. La Biblioteca Nacional recupera por primera vez la traducción íntegra en una revista libro que constituye un documento insoslayable del exilio argentino y un eslabón perdido entre Contorno, la dictadura y el presente.
Por Fernando Bogado
Acá la literatura son los cuerpos. Acá, en Argentina. Lo podemos decir así y argumentarlo con muchas citas y proposiciones, la mayoría, si se quiere apurar la polémica, provenientes de David Viñas, fallecido a comienzos del año pasado, un nombre ineludible si los hay, un cuerpo infaltable. Cuerpos: los de los humillados, los de los reprimidos, los de los desclasados (Lisandro de la Torre, el Che Guevara por mencionar dos), los de los desaparecidos. Cuerpos en exilio, también, y ahí está la categoría puesta otra vez sobre la mesa por la edición de la Biblioteca Nacional del número 420-421 de Les Tempes Modernes, publicación aparecida en julio-agosto de 1981 dirigida por un ya fallecido Sartre y coordinada por Claude Lanzmann. Con el título de “Argentina: entre el populismo y el militarismo”, la edición contó con la coordinación del propio Viñas y de César Fernández Moreno, quienes se encargaron de convocar a diversos intelectuales –exiliados o no– para pensar acerca de la Argentina, del camino que la llevó a la dictadura, imperante, sí, pero debilitada con el pasaje de Videla a Viola y resquebrajada por la aparición de aspiraciones democráticas consolidadas dentro del territorio. Pero sobre todo, del país que aman, que los obsesiona y al cual les duele reconocer como propio.
La lista de los colaboradores es, en sí misma, interesante: el número en cuestión cuenta con la participación de gran parte de la “mesa chica” de la mítica Contorno (el adjetivo ya sería puesto entre comillas no sólo por Juan José Sebreli, sino por el mismísimo Ismael Viñas en el prólogo a la edición facsimilar de la publicación, trabajo también llevado a cabo por la Biblioteca Nacional): Noé Jitrik, León Rozitchner y David Viñas, que, para seguir la costumbre instaurada en los años ‘50, firma algunos artículos con el seudónimo de Antonio J. Cairo. El resto de los nombres responde muy bien a la dedicatoria del número colocada por César Fernández Moreno: “A los que hicieron Contorno, a los que Contorno hizo”. Y en esa lista podemos ubicar a Beatriz Sarlo, Julio Schvartzman y Cristina Iglesia, todos ellos también “escondidos” detrás de seudónimos. Y después: Julio Cortázar, Juan José Saer, Osvaldo Bayer, Oscar Braun, Juan Carlos Portantiero... Todos ellos abocados a la tarea de repensar el país. El propio Fernández Moreno pone la situación desde cierta perspectiva amorosa con una frase tajante que abre el primer artículo de la revista: “Hay que revisar cuánto de lo que decimos del país es lo real y cuánto pertenece a las ilusiones de un enamorado que sufre desde la distancia. O peor, y en tono con la autocrítica sugerida por Viñas y Rozitchner en sus respectivos textos: cuánto no vimos, qué de aquello que no vimos llevó a esta derrota”.
GENEALOGIA DEL FRACASO
El planteo básico de la revista es armar precisamente una genealogía de hechos que llevaron a la situación económica, política y literaria actual; teniendo cada uno de esos puntos una dialéctica de desarrollo que coincide con una perspectiva total de la Argentina, esto es, una lógica propia del país que se mantiene constante no sólo en el tiempo sino en cada uno de estos apartados. ¿A qué se debe esa constancia? No a una cuestión de “espíritu” o “Ser nacional”. Ese mismo pensamiento es el que la Junta Militar utiliza para enmascarar acciones claramente antinacionales: se persigue al marxismo por ser una ideología extranjerizante, pero se beneficia a los capitales transnacionales. Aquí está la trampa, la imagen, la marca ideológica de la dominación de los poderes militares: ellos responden al mismo liberalismo que a lo largo de la historia se ha dedicado a encaramarse en el poder y no salir nunca de allí, solicitando la participación de las Fuerzas Armadas frente a cada situación peligrosa para sus propios intereses. La burguesía agraria de comienzos de siglo XX se ha diversificado con el tiempo en las finanzas y la industria sin perder por eso marcas ideológicas, que terminan coincidiendo en el desenlace trágico del país, que tiene como punto de partida el Cordobazo de 1969: la llegada de los militares en 1976 se debe a un intento de esa misma burguesía de recuperar el timón y volver a instalarse en el poder. Claro que esta “mirada hacia atrás” no hace otra cosa que imponer un anacronismo por la fuerza: aprovecharse otra vez de las “ventajas comparativas” (frase liberal por excelencia, cortesía de David Ricardo) es tener ganancias a corto plazo que, a la larga, terminarán demostrando que la falta de inversión en nuevas tecnologías y los problemas en el desarrollo científico e industrial terminarán afectando considerablemente el volumen de venta de carnes y cereales. El contexto internacional de 1880 es sumamente diferente al de 1970: si bien no se puede entender la aparición de los gobiernos de facto en América latina sin revisar la política internacional y el tipo de mercado al que apuntan, la necedad de esa clase para entender que a la larga ellos mismos terminarán perjudicados es, también, históricamente relevante. “Carne y conciencia”, uno de los textos de la introducción de Viñas, apunta precisamente a esta lógica liberal: la conciencia nacional “emerge” de la espiritualización de estas consideraciones puramente materiales instaladas por una clase dominante sobre otra. Campo, carne, cereales: el “Ser argentino” aparece como simbolizado frente a las potencias internacionales como una vaca, tal como insiste Viñas en otro artículo (“Los toros gordos y ‘la vaca bermeja’”), un animal manso que puebla las principales ciudades del país y que no ofrece ninguna resistencia, humilde, tranquilo, su imagen puesta en los anuncios del pabellón argentino en Le Monde. La clave está en la canción de Atahualpa: de las dos cosas, nuestro único patrimonio son las penas.
LO SINIESTRO
En su trabajo, Saer afirma tajante que el exilio no es una situación circunstancial del presente, sino una tradición nacional. Preocuparse por el exilio en ese ahora es ocultar que ya había un corrimiento del escritor y su producción en los momentos de “calma”. El conflicto puede ser silenciado o minimizado, pero no por eso no existe. La misma situación que Saer encuentra en el ámbito literario puede muy bien equipararse con la que Rozitchner observa en el fracaso de la militancia de los años ‘70: había algo que ya no estaba funcionando en el origen; las características de la actualidad de alguna manera estaban contenidas en las propuestas del comienzo. Rozitchner define a esta presencia con la categoría freudiana de “lo siniestro” en “Psicoanálisis y política: la lección del exilio”. Allí escribe: “El fracaso político nos hizo caer de lo familiar en lo siniestro que el terror impune abrió como verdad histórica”. ¿Qué hubo en esas experiencias que obligan a un repaso de las acciones, de las responsabilidades? Viñas lo pone bajo la perspectiva de “elementos regresivos” que ya estaban desde un primer momento, pero parece que Rozitchner lo retoma y particulariza: ya había un “vacío” en la militancia que fue llenado con ilusiones que distorsionaban lo real y no contemplaban la posibilidad de un fracaso, pero, sobre todo, ya era errada la idea misma de colocar al peronismo como una posible ideología revolucionaria y popular que permitiría alcanzar el éxito. No se vio que ese partido utilizó su ala de izquierda como una “vanguardia política” que le permitiría formar alianza con los sectores más conservadores de la Argentina. Fueron como un señuelo en donde Perón parecía decir: “Esto es lo más peligroso que tenemos en nuestras filas y sólo noso-tros podemos contenerlo: o se nos unen para evitar el desastre o los largamos y ya van a ver”.
Lo “regresivo” no sólo está en lo social y político: Jitrik se encarga de lidiar con esta constante en toda la literatura argentina encarnada en esa presencia permanente que lleva el nombre de “Borges”. En él se cifra toda la literatura nacional, no sólo por ocupar con su obra gran parte del siglo XX, sino también por escribir desde el liberalismo patricio que muchas veces terminó en fascismo. Borges, a su vez, está tironeado por dos líneas que marcan la particular dicotomía de nuestra literatura, entre la innovación y la conservación de la forma: Macedonio Fernández, por un lado, y por el otro Leopoldo Lugones. Y con Borges, también Victoria Ocampo –argumentan Schvartzman e Iglesia–: la gran impulsora de la literatura argentina no hizo otra cosa que mostrarse progresiva en asuntos como el feminismo, pero sumamente conservadora en lo que respecta a una apertura a lo latinoamericano. El conservadurismo liberal de las clases patricias es la voluntad por negar el “destino latinoamericano” que Borges mencionó en su “Poema conjetural” y que Viñas, por caso, entrevé como sepulturero de la burguesía agraria y sus pretensiones.
EJERCITO Y FAMILIA
La aparición de este número de Les Tempes Modernes en la excelente edición de la Biblioteca Nacional es, sin lugar a dudas, una pieza fundamental dentro del rompecabezas de la intelectualidad argentina durante los oscuros tiempos de la última dictadura militar. Horacio González, en el prólogo a esta edición, recupera la idea de “serie” –término usado notablemente por Viñas– para entender el lugar preferencial que este trabajo posee dentro de la historia nacional: allí no sólo está problematizado el exilio como constante dentro del devenir argentino, sino también se pone en cuestión la hegemonía política, económica y cultural de la burguesía agraria en lo que va de la historia nacional. Sin embargo, al mismo tiempo, es ella la que también percibe su derrota y desaparición y la que reacciona con un miedo manifiesto en dos comportamientos claros: la conservación del orden vigente a partir de una insistencia del pasado y la tradición (que ellos mismos construyeron como imagen de la patria) y el llamamiento a las Fuerzas Armadas como “fuerza retroactiva” que instala un orden paradójico: conservador en las costumbres y los aspectos sociales, “camaleónico” en lo que se refiere a lo económico, según los dictados del mercado internacional. Dos puntas que pueden sintetizarse en la idea de “familia”, analizada por Sarlo, como concepto que, por insistencia en todos los ámbitos de la vida cotidiana, empieza a funcionar como sistema de autorrepresión por parte de cada individuo y, por otro lado, en la imagen que los militares argentinos tienen de sí mismos: nacionalistas extremos basados en los principios del ejército prusiano, que toman el poder para luego “llamar a elecciones” cuando las papas queman, tal como se muestra en el trabajo de Osvaldo Bayer.
Entre los poemas de Juan Gelman y de Urondo (el primero dedicándole su texto al segundo), los testimonios de Laura Bonaparte Bruschtein o Roberto Madero, los muchos artículos de Viñas y las menciones al “detrás de escena” de este número de Les Tempes Modernes que se puede encontrar en Tartabul o los últimos argentinos del siglo XX –última, gran novela del escritor–, la claridad y contundencia con la que cada artículo arremete en contra de los dominadores (no existe otro término, ninguno que oculte con eufemismos su naturaleza) no sólo tiene importancia como documento histórico o material de trabajo, sino también que cobra relevancia por su vigencia para pensar la actualidad de la Argentina, sus ilusiones y realidades. Como en Contorno, quizás primero la literatura, pero luego cada uno de los demás órdenes invocados para pensar el país tienen que tener algo en común, un asunto que los envuelve, ya sea con su cuota salvífica o con su terrible costado de desolación y ausencia. Algo que sea, en última instancia, también, un asunto de cuerpos. Cuerpo a cuerpo.
Hipólito Yrigoyen y Eva Perón
Por Antonio J. Cairo (seudonimo de David Viñas)
Yrigoyen murió en julio de 1933 (...) Mi padre me llevó al entierro de Yrigoyen, yo era un niño y la enorme columna humana que seguía al féretro debía pasar por la avenida Callao en dirección a la Recoleta (ese cementerio de Buenos Aires al cual Borges hacía alusión tan a menudo). Vimos pasar esta multitud desde un balcón del décimo piso donde vivía una amiga de mi padre, que imitaba con obstinación a Libertad Lamarque sin gran resultado. Abajo, en la calle, miles y miles de personas no paraban de corear en un tono ronco y sombrío: “Re... go... yen...” “Re... go... yen”. El ataúd se balanceaba a un lado, luego al otro, por encima de esas olas humanas. Un escuadrón de granaderos surgió pretendiendo escoltar el entierro, pero la gente los silbó, los insultó: debieron renunciar. Allá arriba, en el balcón, a mi lado, mi padre observaba todo esto enrulando su barba. “Somos el parrtido más grande de la Argentina”, gruñó. “Llegamos del Congreso a la Recoleta. Somos numerosos, demasiado numerosos. Pero...”
Eva Perón murió en 1952, yo estudiaba en la universidad y había estado siempre en la oposición, yo era un “opositor” no un “gorila”, no. Matices. Me designaron como delegado de la oposición para recoger el voto de Eva Perón. Había elecciones nacionales, era un día lluvioso y debíamos ir hasta el policlínico de Lanús, en el Gran Buenos Aires, donde acababan de operarla. Alrededor de su cama y de su habitación había una especie de friso compuesto por todos los altos dignatarios del peronismo oficial; muy graves, como de cera. Afuera, cuando salimos por los jardines del hospital para transportar la urna que contenía el voto de Eva Perón avanzábamos –como en una suerte de travelling– en medio de una multitud de mujeres, bajo la lluvia, arrodilladas en el piso, los brazos extendidos para tratar de tocar la urna.
Realidad y literatura
Por Julio Cortazar
Detrás y antes del exilio, por supuesto, está la fuerza bruta de los regímenes que aplastan toda libertad y toda dignidad en mi propio país y en tantos otros del continente. Gabriel García Márquez afirmó que no volvería a publicar obras literarias hasta que no cayera Pinochet; creo que afortunadamente está cambiando de opinión, porque precisamente para que caiga Pinochet es preciso, entre otras cosas, que sigamos escribiendo y leyendo literatura y eso sencillamente porque la literatura más significativa en este momento es la que suma a las diversas acciones morales, políticas y físicas que luchan contra esas fuerzas de las tinieblas que intentan una vez más la supremacía de Arimán sobre Ormuz, y cuando hablo de la literatura más significativa quisiera que se me entendiera bien, porque de ninguna manera estoy privilegiando la literatura calificada de comprometida, palabra muy justa y muy bella cuando se la usa bien, pero que suele ser para tantos malentendidos y tantas ambigüedades como la palabra democracia, e incluso muchas veces la palabra revolución: hablo de una literatura por todo lo alto, como diría un español, una literatura en su máxima tensión de exigencia, de experimentación, de osadía y de aventura, pero al mismo tiempo nacida de hombres y mujeres cuya conducta personal, cuya responsabilidad frente a su pueblo los muestra presentes en ese combate que se libra en América latina desde tantos frentes y con tan diversas armas.
Sé de sobra hasta qué punto este auténtico compromiso del intelectual suele ser mal visto en sectores preponderantemente pragmáticos, para quienes la literatura cuenta sobre todo como un instrumento de comunicación sociopolítica y en último extremo de propaganda; me ha tocado en la época en que escribí Libro de Manuel, el soportar el peor y el más amargo de los ataques de muchos de mis compañeros de combate, para quienes esa denuncia por vía literaria del cruento régimen del general Lanusse en la Argentina no tenía para ellos la seriedad y la documentación de sus panfletos y sus artículos, porque el tiempo, encarnado en aquellos lectores que compartían mi ilusión del verdadero compromiso espiritual, dio todo su sentido y su razón de ser a esa tentativa de convergencia de la historia y la literatura, como dará siempre la razón a los escritores que no sacrifiquen la verdad a la belleza, ni la belleza a la verdad (...)
Las ilusiones del enamorado
Por Cesar Fernandez Moreno
El enamorado ama las cualidades que percibe en el objeto de su amor: algunas de estas cualidades son reales, otras no son más que imaginarias de su subjetividad amorosa.
En lo que concierne a nuestra patria, nosotros los argentinos somos particularmente proclives a adoptar esta actitud arriesgada. Siempre se juzgó que no estábamos demasiado orgullosos de la Argentina: tal vez los que así nos juzgaban tenían razón, tal vez muchas de las virtudes que le atribuíamos eran subjetivas, ilusorias.
Frente a la situación actual de la Argentina, nuestra doble condición de vencidos más o menos participantes y exiliados más o menos voluntarios, nos ubica en una posición peligrosa, donde nos es difícil hacer la distinción entre las cualidades reales e imaginarias, en esta Argentina que, contra todo pronóstico, continuamos amando.
¿Y si “ellos”, los vencedores, formasen, fuesen, la verdadera Argentina? ¿Si “nosotros”, los vencidos, no fuésemos más que un montón de amantes soñadores, rechazados por nuestra tan amada Argentina por la sencilla razón de que ella es en realidad algo fundamentalmente diferente de lo que creemos, de lo que creíamos? ¿Ella no ama a los otros, los vencedores, no solamente porque lo son, sino incluso debido a las condiciones que les son suyas y que los llevan a la victoria?
Sería desde luego imposible pretender que únicamente los acontecimientos de la última década, por no decir los de los últimos cincuenta años, hayan podido hacer nacer esta duda. Muy por el contrario, está enraizada, tan enraizada como es posible estarlo en la historia argentina.
Esta historia está asociada a la de Occidente en el momento del descubrimiento y de la conquista del Río de la Plata, y comenzó con la amarga desi-lusión de los invasores: nada del mítico El Dorado, ningún metal precioso... Hasta que descubren nuestra verdadera e inaudita sorpresa: la Pampa Húmeda, donde los pastos crecen por sí solos, donde la hacienda se desarrolla sola, con la sola y única condición de que guarde la posesión de sus tierras.
Y ahí no se trata de ilusión. Los intentos por hacer “otra cosa” de la Argentina, desde el virrey “progresista” Vértiz hasta unitarios utopistas que lograron hacer partir al tirano Rosas, desde el muy puro, Mariano Moreno, hasta el pícaro, Juan Perón.
La historia argentina se presenta ante nuestros ojos, de algún modo, como una sucesión de falsas partidas, como un elástico del cual se puede tirar, pero que retoma irremediablemente su posición original.
Los agentes de tensión, por supuesto, cambian con el tiempo. A la cabeza del imperio metropolitano tenemos a España hasta el siglo XVIII, Inglaterra en el XIX y desde luego Estados Unidos en el XX. Esos son los centros a donde va a parar la mejor parte de la producción gratuita de la Pampa Húmeda, por intermedio de la oligarquía local que la detenta. Y siguiendo las modalidades impuestas por cada uno de los imperialismos. España, el monopolio comercial; Inglaterra, los frigoríficos; Estados Unidos, las multinacionales.
Este número de Les Temps Modernes dedicado a la Argentina aplica su análisis a un período de quince años que va de 1966 a 1981, aunque ese marco a veces sea sobrepasado para remontarse hasta 1930 y a veces incluso hasta el siglo XIX. La publicación de este número es, además, ciertamente la mejor prueba de que todos los que aquí colaboramos estamos enamorados de la patria por la que tenemos un irrevocable “metejón”. Nuestra participación prueba también que estamos asaltados (la palabra tiene siniestras resonancias actuales), asaltados, digo, por las dudas propias de todo enamorado.
¿Es la Argentina con la que soñamos todos, con la que hemos coexistido en tiempos y espacios parciales? Este número especial no nos servirá solamente de catarsis, sino también tal vez de clave, permitiéndonos resolver el problema capital que nos plantea nuestra patria amada: seguir amándola tal como creemos que es, o si no es tal como la soñamos, sacar las conclusiones y tratar de olvidarla, es decir, asumir así nosotros mismos nuestro error afectivo. Un desenlace de tango, tragicómico, así como lo expresó anticipadamente el (metafóricamente) visionario Enrique Santos Discépolo:
“Entre todos me pelaron con la cero
tu silueta fue el anzuelo donde yo me fui a ensartar.
Se tragaron vos, ‘la viuda’ y `el guerrero’
lo que me costó diez años de paciencia y de yugar”.
Fuente:Pagina12-Radar-Libros

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